El valor del pensamiento crítico

Por Enrique Aguilar: Publicado el 3/7/17 en: http://www.lanacion.com.ar/2039159-el-valor-del-pensamiento-critico

 

En  1993 Giovanni Sartori publicó un pequeño libro titulado La democracia después del comunismo, que concibió como apéndice de su célebre teoría de la democracia. Se refería allí a algunos de los problemas que minan las democracias contemporáneas, entre los cuales mencionaba el “ideologismo”, entendido como un modo de silenciar el pensamiento ajeno mediante epítetos descalificadores que el ideólogo atribuye al que no concuerda con su opinión. “Quien no está conmigo está contra mí, y quien está contra mí es, según los casos, fascista, reaccionario, capitalista, elitista, racista, etc.” De esta forma, “el epíteto sustituye el argumento” y el disidente se convierte en el enemigo condigno de ser tratado como tal.

La afirmación parece hecha para nosotros y nuestros acostumbrados enfrentamientos, que en los últimos lustros se vieron exacerbados por una retórica que probablemente se propagó por contagio. “Sos un kirchnerista resentido”, le espetaron a un amigo mío, fiel votante de Pro, por haber cuestionado en una red social el estado de la ciudad de Buenos Aires (que algunos vemos sucia, indefensa e intransitable) y un incremento del ABL en un porcentaje muy superior a la inflación proyectada. Nuevamente, la violencia verbal, el epíteto que estigmatiza sustituye el argumento.

Otros no llegan a tanto. Pero para conjurar el escepticismo se apresuran a decir: “Es cierto, hay muchas cosas para señalar, pero esperemos a que pasen las elecciones. Lo importante ahora es evitar que vuelvan…”. En buen romance, abstengámonos de “fogonear” a los indecisos para no comprometer el triunfo de Cambiemos. ¿No será contraproducente? ¿No será que al callar contribuimos, indirectamente, a que el Gobierno se cierre sobre sí mismo y confunda, en épocas de electorados “flotantes” y sin preferencias partidarias, un voto de confianza con una forma más genuina de adhesión? ¿No es un signo de madurez política que un ciudadano haga valer su independencia en lugar de prestarse a un proselitismo que lo incomoda?

En verdad, no parece sensato pretender que quienes suscribimos el cambio resignemos nuestro derecho a discrepar olvidándonos por unos meses de la pobreza, la inflación, las promesas incumplidas, los pronósticos errados, la inseguridad, el narcotráfico, la “tragedia educativa”, la insoportable presión fiscal o las sospechas de corrupción cajoneadas por un sector del Poder Judicial que actúa menos como guardián de la Constitución que como garante de la impunidad. Males heredados, sin duda. ¿Quién podría negarlo como no sea desde la hipocresía? ¿Acaso cabe endilgar a Macri el país saqueado que recibió, la existencia de un Estado omnívoro o la inacción de la justicia federal que tanto nos escandaliza? Sin embargo, resulta asimismo indudable que algunos de esos males se han visto agravados en el último año y medio, afectando principalmente a quienes ya no cabe demandar sacrificio alguno mientras el ajuste recae, como siempre, en el sector productivo, los cargos públicos sobreabundan y los legisladores, con un agudo sentido de la oportunidad, incrementan sus dietas.

Al releer aquellas páginas de Sartori, recordé otras de Octavio Paz relativas al valor del pensamiento crítico que lleva al inconformista a reconocer en su soledad más bien una bendición que una condena. Si las divergencias, afirmaba Paz, constituyen un “signo de salud intelectual y moral”, la uniformidad y la ausencia de discusión pública ocasionan “la muerte del espíritu, la petrificación del pensamiento”. También nos exhortaba a recordar que, tanto en el dominio del arte como en el de la política, el resurgimiento de la imaginación “siempre ha sido preparado y precedido por el análisis y la crítica”, que, como un “ácido benefactor”, disuelve las falsas imágenes. La crítica, continuaba Paz, “no es el sueño, pero ella nos enseña a soñar y a distinguir entre los espectros de las pesadillas y las verdaderas visiones […], es el aprendizaje de la imaginación en su segunda vuelta, la imaginación curada de fantasía y decidida a afrontar la realidad del mundo”.

Tal vez algunos confíen en que a una mayoría de argentinos nos unirá el espanto. Es probable. Entretanto, que se alcen voces críticas en el seno mismo de un electorado que apostó, esperanzado, al cambio no es hacerles el juego a la oposición ni a quienes desde su sectarismo ideológico distorsionan el pasado para que luzca mejor en el presente. Tampoco se trata de desdeñar los logros alcanzados, sino de contribuir, modestamente, a extirpar los fanatismos. Vista así la crítica, ese “ácido benefactor”, mientras sea de veras bienintencionada y no programática, quizá sea también, como pensaba Paz, “una forma libre de compromiso”.

 

Enrique Edmundo Aguilar es Doctor en Ciencias Políticas. Ex Decano de la Facultad de Ciencias Sociales, Políticas y de la Comunicación de la UCA y Director, en esta misma casa de estudios, del Doctorado en Ciencias Políticas. Profesor titular de teoría política en UCA, UCEMA, Universidad Austral y FLACSO,  es profesor de ESEADE y miembro del consejo editorial y de referato de su revista RIIM. Es autor de libros sobre Ortega y Gasset y Tocqueville, y de artículos sobre actualidad política argentina.

Cuba como una mancha de sangre:

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 5/7/12 en: http://www.diariodeamerica.com/front_nota_detalle.php?id_noticia=7361

 Escribo estas líneas a raíz del suceso que tuvo lugar la semana pasada que, sin duda, fue el espectáculo del más grande y morboso humor negro de estos tiempos por el que el gobierno cubano se opuso a que se retirara la confianza al presidente de Paraguay puesta de manifiesto por la Cámara de Diputados y confirmada por la de Senadores de ese país, objeción debida a que el aparato político de la isla estima que se ha incurrido en “un golpe de Estado”. Sin entrar ahora a juzgar el hecho en si mismo ocurrido en tierras paraguayas, si no fueran dramáticas las circunstancias la declaración cubana de marras movería a carcajadas homéricas debido la fuente de donde proviene la condena que constituye una tomada de pelo colosal y una estruendosa bofetada al sentido común. Esta admonición fue acompañada por algunos de los gobiernos que aplauden entusiastamente la tiranía impuesta a rajatabla en Cuba.
 
Es inconcebible pero cierto que la isla-cárcel cubana se ha mantenido por más de medio siglo en las garras y fauces criminales de los sátrapas castristas donde irrumpe por doquier la miseria más espeluznante y sobrecogedora, las golpizas y encierros en truculentas mazmorras a quienes se atreven a levantar la voz de queja, la inexistencia de la prensa y el asfixiante parloteo del partido único. Este clima bochornoso y nauseabundo parte el corazón de cualquier persona normal, pero todavía hay cretinos que alaban el régimen totalitario, organizaciones internacionales que aceptan que las integre representaciones de los antedichos asesinos seriales y hay quienes viajan a las playas cubanas reservadas como emboscada para recoger divisas a turistas que no parece importarles el hecho de que sirven para alimentar las tropelías de los carceleros hacia su pobre gente (si se me permite la grosería, re-coger es un término muy apropiado del léxico argentino) en el contexto de los balseros que cruzan el mar en busca de libertad, asumiendo los tremendos riesgos de los fusileros de la isla, los tiburones o el naufragio.
 
Como es sabido, desde que los aborígenes descubrieron la expedición de Colón se asentaron en la isla los españoles imponiendo su esquema colonial hasta la trifulca del siglo dieciocho con los británicos que en su carácter de victoriosos se les entregó a cambio de Cuba la península de La Florida, etapa en la que España reforzó el envío de tropas y redobló su cerrado mercantilismo hasta el episodio del Maine por el que la metrópoli perdió la susodicha base de operaciones y luego de la breve ocupación estadounidense Cuba se independizó, en términos muy generales con la idea básicamente liberal (aunque con desvíos mayores o menores según la época) que había esbozado con anterioridad el por entonces muerto José Martí, un admirador de Estados Unidos y residente durante largos períodos en ese país donde escribió que “ Estoy, por fin, en un país donde todos aparecen como amos de sí mismos. Uno puede respirar libremente, aquí la libertad es el fundamento, el escudo y la esencia de la vida” (citado en John M. Kirk “José Martí and the United States: A Further Interpretation”, Journal of Latin American Studies, Cambridge University. noviembre de 1977). Por su parte, Hugh Thomas en sesuda obra titulada Cuba. La lucha por la libertad señala que después de la independencia “gracias a la ayuda norteamericana […] La Habana era aún una ciudad española, pero a punto de adoptar el estilo norteamericano”.
 
Como he apuntado antes, a pesar de las inauditas e inaceptables  barrabasadas de Batista, Cuba era la nación de mayor ingreso per capita de Latinoamérica, eran sobresalientes en el mundo las industrias del azúcar, refinerías de petróleo, cerveceras, plantas de minerales, destilerías de alcohol, licores de prestigio internacional; tenía televisores, radios y refrigeradores en relación a la población igual que en Estados Unidos, líneas férreas de gran confort y extensión, hospitales, universidades, teatros y periódicos de gran nivel, asociaciones científicas y culturales de renombre, fábricas de acero, alimentos, cigarros, turbinas, porcelanas y textiles. La divisa cubana se cotizaba a la par del dólar. Pero debido a los pasos de Batista en dirección al paulatino cercenamiento de libertades, el pueblo cubano recibió de buen grado el levantamiento contra ese estado de cosas en vista de las promesas de los insurrectos en cuanto al establecimiento de la democracia, todo lo cual, de más está decir, a poco andar se transformó en una tiranía de infinito peor calado en el contexto de permanentes fusilamientos a los miles de detractores que surgían e incluso a los anteriores amigos de la revolución que se iban percatando de las características nefastas del nuevo régimen.

Como también he escrito en otras oportunidades, hoy resulta inadmisible que alguien con dos dedos de frente insinúe que la educación en Cuba es aceptable puesto que, por definición, un régimen tiránico exige domesticación y solo puede ofrecer lavado de cerebro y adoctrinamiento (y con cuadernos sobre los que hay que escribir con lápiz para que pueda servir a la próxima camada, dada la escasez de papel). Del mismo modo parecería que aun quedan algunas mentes distraídas que no se han informado de las ruinas, la miseria y las pocilgas en que se ha transformado el sistema de salud en Cuba y que solo mantiene alguna clínica en la vidriera para impresionar a necios fogoneados por la mala fe, pese a los múltiples registros de esta lamentable e infrahumana situación.

Y no se trata de aprobar los inconducentes bloqueos estadounidenses a la isla que sirven de pretexto al régimen para explicar sus desventuras, bloqueo que por otra parte es abiertamente violado a través de operaciones trianguladas y equivalentes. Se trata de un tema de decencia elemental por el que toda persona con un mínimo de espíritu independiente debería condenar en todos los frentes este agravio y esta herida abierta que sangra en sentido literal de manera abundante y en sentido figurado como un estremecedor alarido en busca de apoyo moral, a contracorriente de tantas instituciones civiles y religiosas que la juegan de imparciales pero que esconden un puñal bajo el poncho Solo para citar un par de ejemplos, las autoridades de la Facultad de Derecho -si, la casa de estudios donde se enseña derecho- de la Universidad de Buenos Aires, dieron cabida al tristemente conocido barbudo para que cante loas a su régimen totalitario desde las escalinatas de ese edificio educativo y, tal como consta en documentos oficiales del Vaticano, desde las más altas esferas se ha reiterado que el régimen imperante en la isla promueve “el espíritu de solidaridad” y constituye un “pilar del edificio de la paz” (sic).

Y ¿que me cuentan estimados lectores de los imbéciles que jamás contribuyeron a la libertad de nadie (siempre fueron free-riders del trabajo de otros) y dicen que adquirir activos en Cuba puede ser “una excelente oportunidad de un jugoso arbitraje” para cuando caiga la tiranía comunista? Frente a situaciones críticas siempre se pone al descubierto quien es quien, como ha sentenciado Warren Buffett “cuando la marea baja se descubre quienes nadaban desnudos”.

Los liberales herederos de las Cortes de Cádiz que integraban la llamada Generación del 98 en España -puesta en primer plano a raíz de la antedicha guerra por Cuba- se oponían tenazmente a todo autoritarismo, movimiento que puede decirse representaba bien Miguel de Unamuno quien resumió su pensamiento al escribir que “El socialismo, última transformación de los sistemas absolutistas, subordina la sociedad al Estado, sacrifica la libertad a la igualdad”, en cambio, consigna que “el liberalismo es la fórmula suprema del alma del hombre”.

Para cerrar este apunte telegráfico -aunque me consta de las muchísimas personas que contribuyen diariamente a la liberación de la Cuba castrista fuera y dentro del ese país- quiero rendir sentido homenaje a un muy célebre y reconocido cuarteto contemporáneo de ejemplar coraje y valía: Carlos Alberto Montaner, Armando Valladares, Huber Matos y al ya desaparecido Guillermo Cabrera Infante, a quienes todos los hombres libres debemos estar sumamente agradecidos.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía, Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer Rector de ESEADE.