¿Otra vez regulación de los alquileres?

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 30/11/16 en http://www.cronista.com/columnistas/Otra-vez-regulacion-de-los-alquileres-20161130-0013.html

 

No se puede creer que, por unanimidad –es decir, macristas y oposición–, el Senado le haya dado media sanción a un proyecto para regular alquileres. Es como si se viviera en otro planeta. ¿No alcanzan las catástrofes que indefectiblemente han producido todas las legislaciones que han regulado alquileres en todas partes del mundo?

Las regulaciones compulsivas sobre alquileres naturalmente reducen sus valores artificialmente respecto a lo que hubieran sido si se respetaran los arreglos contractuales entre las partes.

Este aplanamiento forzoso de los alquileres por voluntad del Congreso estimula también artificialmente la demanda para alquilar, pero, por otra parte, indefectiblemente se reducirá la oferta con lo cual se producirá escasez en el mercado inmobiliario que, a su turno, afectará la construcción.

¿No es suficiente lo que ocurrió con las leyes peronistas de alquileres y desalojos que, de hecho, esquilmó a cientos de miles de familias de inmigrantes de sus ahorros que habían destinado para invertir en departamentos para alquilar de lo que dependía sus futuros?

Es que la grave enfermedad del voluntarismo está extendida en las cabezas de muchos burócratas: con solo desear un resultado lo legislan como si por arte de magia se produjera el desenlace que se pretende. Como se ha dicho, para esto es mejor no andar con rodeos e ir al grano y legislar la felicidad de toda la población.

Es de desear que este proyecto no pase la prueba de la Cámara de Diputados y es de suponer que a esta altura del partido la gente no coma vidrio con toda la experiencia vivida en tantos terrenos donde las demagogias han demostrado sus reiterados y estrepitosos fracasos.

Entre otros, el premio Nobel en Economía Friedrich Hayek ha explicado una y otra vez la arrogancia, la soberbia y la petulancia de gobernantes que pretenden coordinar el proceso de mercado por la fuerza, sin percatarse el orden espontáneo que subyace en el que el conocimiento está siempre disperso y fraccionado entre millones de operadores.

Precisamente Hayek en sus tres tomos de una de sus obras se dedica a diferenciar el derecho de la simple normativa y cómo, en este contexto, se destroza la idea de la Ley y el Orden para sustituirse por legislación y desorden.

Esta visión se complementa con una parte sustancial de la corriente de pensamiento conocida en su versión original como Law and Economics en la que resulta patente la íntima conexión entre dos campos tradicionalmente estudiados como independientes.

Esta separación altamente inconveniente ha hecho que el abogado considerara que su especialidad nada tiene que ver con los procesos de mercado y, a su vez, el economista estimara que su jurisdicción no tenía relación alguna con los marcos institucionales.

Las dos áreas son inseparables por lo que el que legisla tiene la responsabilidad de haber estudiado y entendido el estrecho correlato entre los mencionados campos de investigación.

En pleno siglo XXI no hay excusa para proponer leyes que en el mejor de los casos son ridículas y en el peor arruinan vidas y haciendas de aquellos que están obligados a representar.

El alarmante voluntarismo que pone de manifiesto el proyecto es digno del más escabroso escenario orwelliano.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

 

 

ZOOM A LAS PROTESTAS MASIVAS

Por Alberto Benegas Lynch (h)

En nuestra época surge una modalidad diferente, principal aunque no exclusivamente debido a la comunicación instantánea y vertiginosa que permiten las redes sociales. No es que las manifestaciones multitudinarias constituyan una novedad en la historia. Las ha habido en muchísimas ocasiones para los más variado propósitos, pero las que tienen lugar en nuestros días aparecen con características peculiares y es de interés hurgar sus componentes sociológicos para entender mejor su sentido.

Sin duda que tal vez se corre el riesgo de sobresimplificar si se analizan todas las protestas masivas de los últimos tiempos en forma conjunta. Sin embargo, a riesgo de esquematizar demasiado es de interés estudiarlas a todas debido a que cuentan con comunes denominadores aunque con pesos relativos distintos y expresiones y anhelos en algunos casos tácitos y en otros directos. Claro que no han sido calcadas unas de otras. Cada una ha mostrado signos distintivos y sobresalientes, sea las Egipto,  Grecia, España, Francia, Turquía, Estados Unidos, Brasil, Chile o Argentina para citar las más sobresalientes. De todos modos, insistimos que el fenómeno comparte rasgos similares aun con reclamos que varían en su jerarquía y, como queda dicho, algunas características se mantienen en el trasfondo y otras salen a la superficie.

Lo primero que debe subrayarse en estas protestas es el grado de enfado y hartazgo de los participantes. En algunas ocasiones la mecha que inicia el incendio muta con el tiempo para reclamar otras cosas, sobre todo cuando la sensación de aglomeración infunde renovado entusiasmo.

Lo segundo es que por más que no sea la razón central de la marcha, casi siempre subyace el descontento con el nivel de vida de los manifestantes y en este punto debemos detenernos. No pocos son los jóvenes que se ven frustrados por lo que les ocurre en el mercado laboral, lo cual habitualmente se endosa a que no son suficientes las llamadas “conquistas sociales” o, en otros casos, las demandas se dirigen a empresarios que se estima los devora la afán de lucro. Ni lo uno ni lo otro tiene que ver con el problema.

Precisamente, el desempleo es consecuencia de promesas absurdas de demagogos irresponsables que a legislar  salarios e ingresos superiores a los de mercado naturalmente se expulsan empleados. Es imperioso que se comprenda que el nivel de vida no depende de voluntarismos sino exclusivamente de las tasas de capitalización que hacen de apoyo logístico al trabajo para aumentar los rendimientos (no es lo mismo arar con las uñas que hacerlo con un tractor). Esa es la diferencia entre un país próspero y uno pobre. No es el clima, las etnias, la geografía, los recursos naturales, ni la buena voluntad de burócratas, son marcos institucionales que respetan y garantizan los derechos de todos, muy especialmente los derechos de propiedad al efecto de asignar eficientemente los siempre escasos recursos.

Entonces, los manifestantes de marras no solo deben entender el tema mencionado del mercado laboral sino que deben comprender las ventajas de contar con instituciones civilizadas y políticas concordantes con la sensatez y la prudencia financiera. Tampoco se trata del lucro empresario que es otra manera de decir que les interesa mucho obtener ganancias, lo cual es absolutamente indispensable para lograr los objetivos de mejorar la condición de los más necesitados debido a las referidas tasas de inversión. Es de interés destacar que nadie declara que sus ingresos son demasiado altos, aunque se diga que es un deseo “desmedido”, no aparecen muchos candidatos a inculparse personalmente de ese mal puesto que siempre está referido al prójimo. El tema de las necesarias prioridades a los temas de la vida es otro asunto, pero hay mucho de hipocresía en esta materia.

La tercera cuestión está referida a la educación o más bien des-educación puesto que muchos de los que protestan lo hacen para reclamar más de lo mismo, a saber, mayor intervención estatal en los asuntos privados en lugar de permitir arreglos libres y voluntarios y liberar energía creadora. En esta plano resulta que se reclaman mayores prebendas por parte del gobierno, es decir, pedido de una más intensa succión al fruto del trabajo ajeno. En este contexto es que suelen aparecer quejas y críticas furibundas contra un capitalismo inexistente, al tiempo que se exige que se acelere el intervencionismo de los aparatos estatales en las vidas y haciendas privadas.

El cuarto tema es la corrupción de los gobernantes, situación que resulta contradictoria puesto que esta surge de poderes discrecionales del gobierno de turno, lo cual es contrario a la clara definición de las funciones gubernamentales limitadas a la Justicia y la seguridad que son faenas que habitualmente no proporcionan los gobiernos. Al exigir mayor entrometimiento de los funcionarios públicos necesariamente aumenta la discrecionalidad y, por ende, los espacios para la corrupción por más nobles que puedan ser las intenciones de muchos manifestantes.

Por último, para resumir apretadamente esta gimnasia por disecar el fenómeno que comentamos, debe subrayarse el creciente clima de reiteradas demandas para que se otorguen servicios “gratis”, es decir, demandar que se arranquen recursos a otros para entregarlos a quienes protestan. Este ejercicio dañino conduce al desmembramiento de la sociedad para convertirla en una tribu salvaje en la que se torna insoportable e imposible de establecer las mínimas condiciones para la cooperación pacífica entre las personas.

Esto nada tiene que ver con las intenciones, puesto que como queda dicho entre los manifestantes hay mucha gente con los propósitos más abnegados pero los resultados no siempre se encaminan en la buena dirección, a lo que se agrega la frecuente infiltración de grupos de facinerosos que suelen cometer todo tipo de desmanes. Sin duda que también ha habido marchas pacíficas que se limitan a protestar por actitudes inauditas de sus gobiernos, pero en la mayor parte de los casos flotan algunos de los aspectos que hemos mencionado telegráficamente en esta nota. Como decíamos al comienzo, no es posible tomar todas las manifestaciones de protesta como si fueran homogéneas, estrictamente ni siquiera dentro de la misma marcha pueden considerarse a todos con idénticos propósitos puesto que cada uno tiene su personalidad, historia de vida e intenciones últimas.

La idea básica de este pantallazo es esbozar lineamientos generales que suelen tener lugar en estas expresiones modernas y tener en cuenta que la protesta es una manifestación de salud siempre que su objetivo sea noble como las beneméritas marchas por la rebelión fiscal cuando los gobiernos se extralimitan en sus atributos.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. En Administración. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer Rector de ESEADE.

El estado colgado del mercado

Por José Benegas. Pubicado el 2/8/13 en http://josebenegas.com/

En su novela más conocida, “La Rebelión de Atlas”, Ayn Rand pone en boca del personaje Francisco D´Anconia un memorable discurso sobre el dinero. Ahí explica cuál es la naturaleza moral de ese instrumento creado por el mercado llamado dinero del que los gobiernos después se apropiarían para extender su dominación. Se trata de una visión de valores opuesta a la de ese puritanismo del lucro llamado izquierda que tiene raíces religiosas:

El dinero es un instrumento de cambio, que no puede existir a menos que existan bienes producidos y hombres capaces de producirlos. El dinero es la forma material del principio que los hombres que desean tratar entre sí deben hacerlo por intercambio y dando valor por valor. El dinero no es el instrumento de mendigos que claman tu producto con lágrimas, ni el de saqueadores que te lo quitan por la fuerza. El dinero lo hacen posible sólo los hombres que producen”. En Internet puede encontrarse con facilidad la versión completa.

D´Anconia es un argentino que padece la decadencia de su país sometido al colectivismo, la omnipotencia estatal y la persecución al que produce en nombre del bienestar popular. Un país que paga con fracaso y pobreza el saqueo de sus gobernantes. Es decir a esta altura realismo puro.

Lo más hipócrita del estatismo que alimenta la culpa sobre el dinero para poder despojarnos de él y limpiarnos de pecado, es que sin dinero no iría a ningún lado. Y esto es en el fondo una dependencia total de la acción individual egoísta.

Con el apoyo de la intelectualidad parasitaria de América Latina el pensamiento anti mercado pretende convencer de que las relaciones económicas voluntarias no alcanzan, que son necesarios azotadores como secretarios de comercio o ministros de economía, para que las ovejas no nos descarriemos. Nos dicen que sin el estado el mercado colapsa y que menos mal que los políticos existen porque si no, ahogados por nuestro egoísmo (que contrasta con la generosidad de ellos) llegaríamos rápido al apocalipsis. Pero la realidad es la opuesta, sin la acción voluntaria el estado como lo conocemos no duraría 24 horas. Por eso es que el gobierno recauda dinero, en vez de obligarnos a trabajar para él de manera directa.

Si fuera verdad que para producir se necesitara la disciplina impuesta por la política, cuando no los estímulos, entonces el estado no necesitaría pagar, es decir, dar valor por valor para obtener lo que consume (desperdicia).

Sin embargo el estado no recurre a sus doctrinas para absorber los bienes y el trabajo que requiere. Ni mucho menos se fija a si mismo precios máximos a pagar para que la gente y las empresas estén dispuestas a hacer o darle algo. Recaudar le resulta fácil, se trata de un despojo, pero para conseguir ayuda o bienes debe lograr que la gente quiera hacerlo, por lo tanto paga. El estatismo que nos enseña lo peligrosa que es la voluntariedad y lo nefastas que son las ambiciones privadas, compra lo que necesita en el mercado. Su botín llamado recaudación vale gracias al mercado.

Los precios coordinan expectativas, ambiciones, recursos disponibles de gente que actúa de manera libre, sin látigos. Los precios nos aseguran que las cosas se hacen o se obtienen porque no dependen ni de la buena voluntad ni del castigo. Controlar los precios es ahuyentar a las personas y al capital (trabajo que se acumuló) que intervienen en la producción y distribución. El estado hace en cambio esto con nuestros precios porque que nosotros nos quedemos sin lo que necesitamos no le interesa mucho y encima de cualquier manera la casta que lo regentea obtiene votos de las víctimas que están más asustadas y culpabilizadas que atentas a que se las está perjudicando. Ahora, a si mismo no se aplica precios máximos, sale y compra porque además ni siquiera produce para obtener su dinero.

Incluso lo falsifica y lo hace para que la gente esté dispuesta a trabajar y darle cosas de manera voluntaria. Al final del día, hasta el estado tira por la borda sus doctrinas anti-mercado para subsistir.

Imaginemos que en vez de comprar el estado tuviera cada cosa que tiene con leyes, reglamentos y resoluciones que nos obliguen a darle en especie y hacer cosas por el, con el mismo espíritu con el que los legisladores sacan todas esas leyes estúpidas que nos dan instrucciones económicas.

El mercado,  que no es otra cosa que una abstracción que grafica la acción pacífica de la gente del modo en que Ayn Rand lo describe, es más grande que el estado. Sin el mercado el estado no dura una jornada. El problema es que nos tiene metidos en una jaula quitándonos recursos, esa vejación es sencilla y barata, es hasta ahí donde puede llegar. Pero como el ladrón que saca la pistola para quitarnos la billetera, a la hora del almuerzo es un cliente más pagando las cuentas.

 

José Benegas es abogado, periodista, consultor político, obtuvo el segundo premio del Concurso Caminos de la Libertad de TV Azteca México y diversas menciones honoríficas. Autor de Seamos Libres, apuntes para volver a vivir en Libertad (Unión Editorial 2013). Conduce Esta Lengua es Mía por FM Identidad, es columnista de Infobae.com. Es graduado del programa Master en economía y ciencias políticas de ESEADE.