Biden y el salario

Por Alberto Benegas Lynch (h) Publicado el 31/01/21 en: “El País” del Uruguay

Finalmente terminó la pesadilla de Trump, no voy a repetir aquí lo que he citado de tantos referentes del Partido Republicano en cuanto a su desconocimiento de valores estadounidenses de respeto por las instituciones fundamentales señalados originalmente por los Padres Fundadores. A título de muestra, solo transcribo lo dicho en una última entrevista recién publicada a su primer Secretario de Estado -Rex Tillerson, antes CEO de la tercera empresa de mayor facturación en el mundo- cuando le preguntan de Foreign Relations  como ha sido trabajar con Trump en relaciones exteriores. La respuesta fulminante fue “Su entendimiento de eventos globales, su entendimiento de historia global, su entendimiento de la historia de Estados Unidos es realmente limitada. Es muy duro mantener conversaciones con alguien que ni siquiera entiende la razón por la que estamos conversado de estos asuntos.” Sus alegatos de fraude electoral una y otra vez fueron rechazados en todas las instancias judiciales puesto que el triunfo de Joe Biden fue debidamente certificado por los cincuenta estados.

Como también hemos puntualizado antes, el eje central de estos episodios protagonizados por Trump se refieren a la inconsistencia mayúscula de jugar a la democracia y pretender adaptarse a las reglas correspondientes y cuando pierde en la confrontación electoral resulta que se desconoce y alienta desmanes de diverso tenor y envergadura. Este es el motivo por el cual muchos de sus anteriores financiadores de campañas le han retirado el apoyo y bancos y plataformas le han cerrado las cuentas.

Es importante volver a subrayar que en su gestión Trump elevó sideralmente el gasto público, el déficit fiscal y el endeudamiento. Es cierto que redujo algunos impuestos pero lo anterior es lo que marca el balance neto, como he consignado en otra oportunidad  la aludida reducción me recuerda a cuando los conquistadores españoles les entregaban espejitos de colores a los indios para poder más fácilmente imponer las instituciones esclavistas de la mita y el yanaconazgo.

No es para nada una sorpresa que el Partido Demócrata pretende inflar aun más al Leviatán. Muchas veces escribí que para evitar ser ametrallado no es cuestión de dejarse acuchillar al efecto de referirme a las perspectivas del gobierno de Biden respecto a la administración de Donald Trump. Los partidarios de la sociedad libre debemos seguir en la difícil faena de explicar las ventajas del respeto recíproco y de la consiguiente protección a los derechos de las personas tal como fueron establecidos por los antes mencionados Padres Fundadores. En este sentido, para referirme a la lamentable declinación de esos principios que hicieron grande a Norteamérica publiqué mi libro Estados Unidos contra Estados Unidos cuya edición original es del Fondo de Cultura Económica.

En todo caso, en esta nota periodística quiero centrar la atención en la primera medida anunciada del actual gobierno estadounidense: el establecimiento de un nuevo salario mínimo, una política tantas veces fracasada en muy diversos lares. Si la suba de los ingresos fuera un asunto voluntarista habría que hacer de una vez a todos ricos y no andarse con vueltas, pero lamentablemente las cosas no son de ese modo. Los salarios e ingresos en términos reales son consecuencia exclusiva de las tasas de capitalización, esto es, el volumen de inversión que hace de apoyo logístico al trabajo para aumentar su rendimiento. Ese es el motivo central por el que unos países son ricos y otros pobres. No es un tema de buena voluntad ni de recursos naturales (el continente africano cuenta con las mayores riquezas naturales mientras que Japón es un cascote del que solo es habitable el veinte por ciento).

Entre muchos otros, tal como han señalado una y otra vez los premios Nobel en economía Milton Friedman, Friedrich Hayek, Gary Becker, James Buchanan, Ronald Coase, George Stigler y Vernon Smith los salarios mínimos, es decir, ingresos superiores a los que marcan las antedichas tasas de capitalización, inexorablemente conducen al desempleo perjudicando muy especialmente a los que más necesitan trabajar.

En carpeta hay otras medidas estatistas que contempla la recién inaugurada administración pero, como queda dicho, en estas líneas me circunscribo al salario mínimo pues perjudica muy especialmente a los más vulnerables. Es una regla básica de la economía que los precios máximos invariablemente conducen a la escasez artificial, mientras que los precios mínimos -en este caso el salario- provocan sobrantes artificiales. De todos modos, es pertinente reconocer que ha sido bueno que Joe Biden invite al embajador de Guaido al traspaso de mando, que se haya quejado por la inaudita detención de Alexei Navalny y que incorpore a once millones de indocumentados. También conciliador su mensaje inaugural. Pero volviendo al salario mínimo, no hay magias, en un plano más amplio Margaret Thatcher lo resumía de esa manera: “Nunca nos olvidemos de esta verdad fundamental: el Estado no es fuente de recursos, lo que tiene es del trabajo de la gente. Si el Estado gasta más solo lo puede hacer apoderándose de los ahorros de la gente o estableciendo más impuestos.”

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

MÁS SOBRE KEYNES

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Mucho se ha escrito sobre John Maynard Keynes a favor y en contra, pero es de interés intentar una vez más indagar en aspectos centrales de su tesis al efecto de comprender el cometido con la mayor claridad posible.

 

En el capítulo 22 de su Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero Keynes resume su idea al escribir que “En conclusión, afirmo que el deber de ordenar el volumen actual de inversión no puede dejarse con garantías en manos de los particulares”.

 

En el capítulo 2 del segundo volumen de su Ensayos de persuasión afirma que “Estamos siendo castigados con una nueva enfermedad, cuyo nombre quizás aun no han oído algunos de los que me lean, pero de la que oirán mucho en los años venideros, es decir el paro tecnológico”. Este comentario sobre “la nueva enfermedad” pone de relieve la incomprensión de Keynes sobre el tema del desempleo.

 

Como se ha puntualizado en diversas ocasiones, en una sociedad abierta, es decir, en este caso, allí donde los salarios son el resultado de arreglos libres entre las partes nunca se produce sobrante de aquél factor que resulta esencial (el trabajo manual e intelectual) para la producción de bienes y para la prestación de servicios. En otros términos, no hay desocupación involuntaria (la voluntaria es irrelevante para nuestro estudio como lo es la involuntaria para quienes están en estado vegetativo).

 

Esto es así aunque se trate de un grupo de náufragos que llegan a una isla desierta: no les alcanzarán las horas del día y de la noche para todo lo que deben trabajar. Sin duda que los salarios en términos reales en ese caso serán reducidos por falta de inversión suficiente pero no habrá desempleo. Por su parte la nueva tecnología permite liberar recursos humanos y materiales al efecto de asignarnos en otros emprendimientos que no podían encararse mientras los siempre escasos factores de producción estuvieran esterilizados en las áreas anteriores.

 

Y no es cuestión de centrar la atención en la transición puesto que la vida es una transición permanente. Cualquiera que cotidianamente en su oficina propone un cambio para mejorar está de hecho reasignando recursos hacia otros campos. La mayor productividad produce siempre ese resultado. Los empresarios en su propio interés están interesados en la capacitación en los nuevos emprendimientos.

 

Tampoco tiene sentido aludir a una así denominada “desocupación friccional” puesto que todos pueden trabajar si se adaptan a los salarios ofrecidos según sean las tasas de capitalización del momento. En el extremo, si por arte de magia todo estuviera robotizado (dejando de lado el trabajo para fabricar robots) estaríamos en Jauja puesto que el objeto del ser humano no es trabajar. Pero en la realidad debe verse el asunto como lo hemos ejemplificado tantas veces con el hombre de la barra de hielo cuando apareció la refrigeradora o el fogonero cuando apareció la máquina Diesel. La tecnología incrementa la productividad y, por ende, los salarios e ingresos de la población. En última instancia, el volumen de inversión es lo que diferencia un país adelantado de uno atrasado.

 

La enorme desocupación que observamos en distintos países se debe precisamente a las intromisiones gubernamentales al pretender el establecimiento de salarios por medio del decreto que naturalmente sacan del empleo formal a quienes más necesitan trabajar. La ocupación informal es una respuesta de la gente para sobrevivir en lugar de estar condenados a deambular por las calles sin encontrar empleo a los salarios y con los tributos impuestos por las normas de aparatos estatales irresponsables.

 

  1. R. Steele en su Keynes and Hayek resume bien el aspecto medular del autor a que nos venimos refiriendo al sostener que Keynes paradójicamente aparece como el salvador de un sistema que condena, es decir el capitalismo y concluye que “Keynes considera el capitalismo como estética y moralmente dañino por cuya razón justifica el aumento de las funciones gubernamentales” y afirma muy documentadamente que “Hayek tenía gran respeto por el hombre, pero muy poco respeto por Keynes como economista”.

 

Su conocida visión de que las obras públicas en si mismas permiten activar la economía pasan por alto el hecho de que los recursos del presente son desviados de las preferencias de los consumidores para destinarlos a las preferencias políticas lo cual implica consumo de capital. Si las obras en cuestión son financiadas con deuda, se comprometen los recursos futuros de la gente.

 

Todas las acciones políticas, cualquiera sea su color, son consecuencia de previas elucubraciones intelectuales que influyen sobre la opinión pública que, a su turno, le abren caminos a los buscadores de votos. Muy citado y muy cierto es un pasaje escrito por John Maynard Keynes en la obra mencionada que “Las ideas de los economistas y de los filósofos políticos, tanto cuando están en lo cierto como cuando no lo están, son más poderosas de lo que se supone corrientemente. Verdaderamente, el mundo se gobierna con poco más. Los hombres prácticos, que se creen completamente libres de toda influencia intelectual, son generalmente esclavos de algún economista difunto”.

 

El párrafo no puede ser más ajustado a la realidad. Keynes ha tenido y sigue teniendo la influencia más negativa de cuantos intelectuales han existido hasta el momento. Mucho más que Marx, quien debido a sus inclinaciones violentas y a su radicalismo frontal ha ahuyentado a mas de uno. Keynes, en cambio, patrocinaba la liquidación de la sociedad abierta con recetas que, las más de las veces, resultaban mas sutiles y difíciles de detectar para el incauto debido a su lenguaje alambicado y tortuoso. Los ejes centrales de su obra mas difundida a la que hemos hecho referencia consisten en la alabanza del gasto estatal, el déficit fiscal y el recurrir a políticas monetarias inflacionistas para “reactivar la economía” y asegurar el “pleno empleo” ya que nos dice  en ese libro que “La prudencia financiera está expuesta a disminuir la demanda global y, por tanto, a perjudicar el bienestar”.

 

Como hemos recomendado antes, subrayamos nuevamente que tal vez los trabajos mas lúcidos sobre Keynes estén consignados en el noveno volumen de las obras completas de Friedrich A. Hayek (The University of Chicago Press, 1995), en el meduloso estudio de Henry Hazlitt traducido al castellano como Los errores de la nueva ciencia económica (Madrid, Aguilar, 1961) y ahora agregamos el  voluminoso análisis de William H. Hutt  The Keynesian Episode (Indianapolis, IN., Liberty Press, 1979). Numerosas universidades incluyen en sus programas las propuestas keynesianas y no como conocimiento histórico de otras corrientes de pensamiento, sino como recomendaciones de la cátedra. Personalmente, en mis dos carreras universitarias y en mis dos doctorados tuve que estudiar una y otra vez las reflexiones keynesianas en el mencionado contexto. Todos los estatistas de nuestro tiempo han adoptado aquellas políticas, unas veces de modo explícito y otras sin conocer su origen. Incluso en Estados Unidos irrumpió el keynesianismo mas crudo durante las presidencias de Roosevelt: eso era su “New Deal” que provocó un severo agravamiento de la crisis del treinta, generada por las anticipadas fórmulas de Keynes aplicadas ya en los Acuerdos de Génova y Bruselas donde se abandonó la disciplina monetaria.

 

A veces no hay más remedio que reiterar algunos temas debido a la aceptación de algunos conceptos sin analizar debidamente, como algunas de las  terminologías y los neologismos más atrabiliarios que son de factura del autor de marras. No quiero cansar al lector con las incoherencias y los galimatías de Keynes, pero veamos solo un caso que hemos apuntado en otra oportunidad y es el que bautizó como “el multiplicador”. Sostiene que si el ingreso fuera de 100, el consumo de 80 y el ahorro 20, habrá un efecto multiplicador que aparece como resultado de dividir 100 por 20, lo cual da 5. Y préstese atención porque aquí viene la magia de la acción estatal: afirma que si el Estado gasta 4 eso se convertirá en 20, puesto que 5 por 4 es 20 (sic). Ni el keynesiano más entusiasta ha explicado jamás como multiplica ese “multiplicador”.

 

En definitiva, Keynes apunta a “la eutanasia del rentista y, por consiguiente, la eutanasia del poder de opresión acumulativo de los capitalistas para explotar el valor de escasez del capital”. Resulta sumamente claro y específico lo que escribió como prólogo a la edición alemana de la obra mencionada, en 1936, en plena época nazi: “La teoría de la producción global, que es la meta del presente libro, puede aplicarse mucho mas fácilmente a las condiciones de un Estado totalitario que la producción y distribución de un determinado volumen de bienes obtenido en condiciones de libre concurrencia y un grado considerable de laissez-faire”.

 

Resulta esencial percatarse de lo inexorablemente malsano de cualquier política monetaria del mismo modo que es altamente inconveniente la politización de la lechuga o de los libros. Este es el consejo, entre otros, de los premios Nobel en economía Hayek y Friedman en su última versión. Cualquier dirección que adopte la banca central ya sea para expandir, contraer o dejar la base monetaria inalterada, alterará los precios relativos con lo que las señales en el mercado quedan necesariamente distorsionadas y el consiguiente consumo de capital se torna inevitable que, a su turno, empobrece a todos.

 

Por último, para no recargar una nota periodística, es del caso destacar la voltereta de Keynes para apoyar al proteccionismo aduanero que, a diferencia de lo que sostenía con anterioridad, según su último criterio favorece el empleo y la actividad económica tal como, entre otros, subraya R. F. Harrod basado en extensas citas consignadas en La vida de John Maynard Keynes, cuando justamente esa política obliga a una mayor inversión por unidad de producto lo cual naturalmente se traduce en una menor cantidad de productos adquiridos a mayor precio y con una menor calidad, lo cual significa que se reduce la productividad y, por ende, se contraen  salarios e ingresos en términos reales.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.