Ucrania busca renacer

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 26/2/14 en: http://www.lanacion.com.ar/1667230-ucrania-busca-renacer

 

Las urnas nunca aseguran que quienes resultan electos gobiernen luego respetando las instituciones y los valores esenciales de la democracia. Incluyendo el respeto de los derechos humanos y las libertades civiles y políticas de los ciudadanos, que a todos corresponden por igual. Tanto a quienes concuerdan con la visión del circunstancial oficialismo, como a quienes difieren con ella, incluyendo a quienes están ubicados en sus antípodas.

El conmovedor caso de Ucrania así lo demuestra. El ahora ex presidente Víctor Yanukovich fue en su momento electo en comicios casi normales, para transformarse paulatinamente en un líder totalitario. Yanukovich fue -paso a paso- dejando de lado todo compromiso con la democracia, reemplazándolo por una deriva autoritaria que ciertamente se aceleró en los últimos tiempos, empujada por las nostálgicas ambiciones de grandeza -y las maniobras geopolíticas consiguientes- del presidente ruso, Vladimir Putin.

Como consecuencia, en los últimos tres meses se generó una vertiginosa espiral de protestas callejeras a las que Yanukovich enfrentó (como es habitual en los regímenes marxistas) con dura violencia represiva. Todo tuvo su epicentro en la simbólica plaza Maiden de la ciudad de Kiev, la capital del país, que se transformó en un incandescente corazón rebelde tan pronto como Yanukovich decidió desatar -con sus fuerzas de seguridad y matones a sueldo- la violencia para acallar las protestas. La furia popular se extendió al resto del país, incluyendo -en los últimos días- al este del mismo, donde la influencia rusa es significativa. Este último episodio, propio de la Guerra Fría, terminó entonces por contagiar a toda Ucrania.

Las muertes que siguieron a la lamentable decisión de Yanukovich, encendieron definitivamente el ánimo de los corajudos manifestantes y alimentaron una decisión apasionada de no cejar en sus esfuerzos. Cualesquiera fueran los riesgos a enfrentar. Hasta la posibilidad real de morir en la empresa.

Lo cierto es que el sostenido desafío popular culminó en la destitución de Yanukovich por el Parlamento (Rada) ucraniano, donde hasta los legisladores oficialistas (como también lo hicieran las fuerzas armadas del país) le dieron la espalda, dejándolo absolutamente solo. Más aún, obligándolo a escapar de Kiev, quedando la ciudad en manos de grupos heterogéneos de civiles que, con cascos deportivos y armados apenas con palos, comenzaron a “custodiarla”.

Ya en Kharkiv -ciudad del noreste del país, en la que la influencia rusa es enorme- el presidente depuesto intentó, sin éxito, escapar a Rusia y al tiempo de escribir estas líneas está escondido en algún lugar de Ucrania, con paradero desconocido, aunque con orden de captura por su responsabilidad en delitos de lesa humanidad.

El parlamento ucraniano -ante la repentina deserción de un Yanukovich que al intuir un posible final “a la Ceausescu” decidió correr- lo destituyó “por abandono de sus funciones constitucionales”. Y convocó a elecciones presidenciales para el 25 de mayo próximo. Además, regresó a la Constitución del 2004, reduciendo de ese modo el enorme poder concentrado en el Ejecutivo y, como también era de esperar, dictó una amplia amnistía para aquellos que estaban detenidos como consecuencia de las protestas. Asimismo, ordenó liberar a la líder opositora Julia Timoshenko, quien desde hacía dos años y medio estaba presa por haber -presuntamente- abusado de su poder cuando ejerciera la presidencia del país, con relación a la compra de gas natural a Rusia.

Con su salud seriamente comprometida, utilizando una silla de ruedas y visiblemente deteriorada por su encarcelamiento (que sugestivamente ocurriera también en la ciudad de Kharkiv) la legendaria Julia Timoshenko, luego de liberada, celebró -en Kiev- el triunfo de las protestas, agradeció -emocionada- a su pueblo y adelantó simultáneamente su candidatura presidencial.

En el conflicto ucraniano, la Unión Europea -con la participación fundamental de Polonia, Alemania y Francia- alentó a quienes ansiosamente procuraban su apoyo para no quedar sumergidos en el totalitarismo. Rusia, en cambio, endosó abiertamente a Yanokovich. Y hasta se negó a suscribir los acuerdos interinos en cuya negociación había previamente participado.

Las protestas, cabe recordar, comenzaron cuando, tres meses atrás, Yanikovich imprevistamente cerró la puerta al acercamiento de Ucrania a la Unión Europea. Ocurre que -cuando se cumplen 25 años desde la caída del Muro de Berlín, comienzo de la implosión de la Unión Soviética- está claro que para los ucranianos la pertenencia a Europa significa una garantía -no menor- de protección de sus libertades individuales y de sus derechos humanos. Así como la defensa de las instituciones democráticas.

Por ello, las emociones se encendieron instantáneamente luego de ese episodio, en lo que rápidamente se transformó en una lucha por no regresar a las utopías, preservar la libertad y mantener a Ucrania entre los países democráticos. Lo que supone rechazar la uniformidad colectivista y abrazar la pluralidad democrática así como combatir la generalizada cleptocracia, fenómeno cada vez más evidente en los gobiernos autoritarios, que ha sido constante en Ucrania, desde la independencia, en 1991. Como lo certifica concretamente el extravagante palacio que Yanukovich se construyera en la localidad de Mezhigorie, en las afueras de Kiev.

La memoria alimentó entonces la lucha desigual del pueblo ucraniano. Lo que quizás no debiera sorprender demasiado porque una democracia sin memoria es vulnerable, no sólo moral sino políticamente. Y encendió vivamente el nacionalismo, con todo lo que esto significa. Bien o mal.

Pese al derrocamiento de la dictadura, no serán nada sencillas en el camino que Ucrania tiene por delante. El país y su economía son campos minados. De aquellos que obligan a caminar mirando sólo a los propios pies, postergando el futuro y concentrando fuertemente la atención en el presente. Lo que está lejos de ser ideal.

En lo inmediato, Ucrania debería conformar un gobierno de transición, idealmente con la participación de tecnócratas reconocidos. Y evitar caer en las cacofonías. Por el momento, el parlamento ucraniano ha designado a dos políticos cercanos a Timoshenko en cargos absolutamente claves. A Arsán Avákov, como presidente del parlamento, y a Olexandr Turchinov, como nuevo presidente interino. A su vez, el nuevo ministro de defensa es el ex Jefe del Estado Mayor del Ejército ucraniano, el general Vladimir Zamana, quien -pese a las presiones rusas y de Yanukovich- se negara a reprimir a su pueblo.

Muchos ex altos funcionarios de la hoy administración desplazada de Yanukovich han escapado a Rusia. Como el ex primer ministro, Mykola Azarov. Esta es una señal inequívoca de que saben que han perdido la esperanza respecto de poder cabalgar los cambios que están sucediendo en Ucrania

Si se decidiera mantener el calendario que apunta a tener elecciones presidenciales el próximo 25 de mayo, hay por lo menos cuatro candidatos en la “grilla de largada”. Arseniy Yatsenyuk, del Movimiento de la Tierra de Nuestros Padres; Vitali Klitschko, un ex campeón mundial de boxeo, ahora líder de la Alianza Democrática para la Reforma de Ucrania; Oleg Tyagnibok, del nacionalista partido Svoboda y Julia Timoshenko, según ella misma acaba de anunciar. Esto parecería un exceso de diversidad ante un momento plagado de dificultades -incluyendo la virtual quiebra de la economía- en el que se requiere paso firme e identidad sustancial de visiones para poder alejarse de la crisis. Por esa razón, sería positivo que se pudieran conformar coaliciones o alianzas capaces de proyectar estabilidad, al menos de corto plazo.

A lo que cabe agregar la necesidad de contar con apoyo externo. Incluyendo el de Rusia, que ya lo comprometiera (aunque interesadamente) en tiempos de Yanukovich. Este país tiene sus ojos puestos en Crimea, donde (en la ciudad de Sebastopol) está emplazada la base de su importante Flota del Mar Negro, con la que Rusia proyecta su potencia militar a Siria y al Mediterráneo. Y acaricia sueños geopolíticos, ahora frustrados. También debería contarse con los Estados Unidos, que hasta el momento han asumido una actitud de relativo poco compromiso con la situación de Ucrania. Y con la Unión Europea que, en cambio, ha contrabalanceado -aunque discretamente- el abierto endoso ruso a las ambiciones de Yanukovich.

Lo sucedido en Kiev impactará en el mundo, más allá de las fronteras de Ucrania. Porque, por ejemplo, podría fortalecer la decisión de quienes -en Caracas y otras ciudades venezolanas- han tomado la decisión de protestar pacíficamente contra el autoritarismo marxista que los asfixia y posterga. Saliendo del hartazgo que genera una larga década de insultos, demonizaciones, maltrato y hasta explotación. En defensa de las libertades que les han sido cercenadas. Y aspirando a regresar a una democracia que, en Venezuela, ha sido desarticulada, hasta hacerla irreconocible. Conscientes de que si el futuro que les espera es el de Cuba, vivirán condenados a la miseria a la que conducen una ideología y un modelo perimidos que, sin embargo, tienen todavía alguna vigencia en rincones de América latina. Precisamente en aquellos en los que los derechos humanos y las libertades esenciales de los ciudadanos son ignorados o conculcados.

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.

Ucrania: hora de cambios

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 5/2/14 en: http://www.lanacion.com.ar/1661200-ucrania-hora-de-cambios

Kiev está, desde hace dos meses, en tensión. Altísima. Tiene, una vez más, a multitudes encolerizadas acampando en sus calles y protestando airadamente contra la corrupción, la mentira, la incapacidad de los políticos y los fraudes electorales. Hartos de sus propias circunstancias. Ocupando, desafiantes, algunos edificios públicos. En el oeste del país, pro europeo, el fenómeno se repite en otras ciudades. Pero las protestas se han extendido -sorpresivamente- en el este del país, donde se habla ruso y la influencia de la Federación Rusa es enorme. Al tiempo de escribir estas líneas, todavía 14 de los 25 edificios de los gobiernos regionales siguen ocupados.

Ocurre que, pese al clima gélido, las plazas y las calles ucranianas están calientes. Llenas de pasión y rabia. La protesta tiene un habitual centro neurálgico: la simbólica Plaza Maidan, la de la Independencia, en la capital del país. Algunos manifestantes esgrimen palos. Otros portan toda suerte de armas primitivas. Y hasta los normalmente inocuos fuegos artificiales han sido transformados, de pronto, en una inesperada arma de guerra. Actúan a la manera de sublevados. Fundamentalmente exigen que se convoque a elecciones presidenciales anticipadas, de modo de sacarse de encima -con alguna legitimidad- al presidente filo comunista Viktor Yanukovich, cuya renuncia piden a gritos.

La persistente presión popular parecería estar dando algunos resultados. Pero nada es definitivo. Sobre todo, porque las muertes y golpizas que se acumularon cuando las protestas se reprimieron con dureza, pesan enormemente sobre los hombros de quienes las ordenaron. Suele ser así. De allí el terror de los políticos cuando de asumir esa compleja responsabilidad se trata.

Un Yanukovich a la defensiva ofreció a la oposición, en diálogo directo, nada menos que ocupar los cargos de primer y viceprimer ministros. Una suerte de rendición política. Pero -cuidado- siempre con él como presidente. Porque no parece dispuesto a irse. Lo que es inaceptable para las decenas de miles de enfervorizados ciudadanos instalados en las plazas y calles de Kiev, pese a los riesgos. Ellos creen posible un triunfo que, al menos esta vez, no se les birle. Inapelable, entonces. Definitivo.

La oferta de Yanukovich suponía designar como premier al líder del principal partido de la oposición: Arseniy Yatsenyuk (correligionario de la popular dama rubia de las trenzas, la ex premier Yulia V. Tymoshenko, que sigue encarcelada) y, como vicepremier, a Vitali Klitschko, un ex campeón mundial de boxeo de peso pesado, hoy transformado en el líder carismático que encabeza otro de los principales partidos del arco opositor y es candidato a ser presidente de Ucrania, con altas posibilidades de ser electo si los comicios se hacen con limpieza.

La respuesta de los líderes de la oposición a la oferta de Yanukovich fue terminante. Negativa. Porque tienen claro que no es lo que exige la gente, a la que, en rigor, nadie conduce efectivamente. Y porque sabe que un gobierno sin credibilidad -como es el de Yanukovich- no está en condiciones de pretender, ni de imponer, casi nada. Lo saben porque, presionado que fuera, ya ha forzado la renuncia del primer ministro, Mykola Azarov y el despido del resto del gabinete.

Yanukovich anunció que está, además, dispuesto a cambiar la Constitución, de modo de recortar las facultades del presidente (las suyas, entonces) y transferirlas a la “Rada” (el Parlamento unicameral de Ucrania). Así como también a dejar sin efecto el odiado paquete de 12 normas opresivas y restrictivas de las libertades esenciales sancionado el 16 de enero pasado. Lo que acaba de suceder, aunque condicionado a la desocupación de los edificios públicos.

Pero para todo esto hay que ir cubriendo etapas. Ocurre que cuando la credibilidad de un gobierno se deteriora sustancialmente, los márgenes políticos de maniobra se achican. Lo que, desde el poder, no siempre se advierte a tiempo. En otras palabras, cuando no hay confianza, todo es muy difícil.

Las protestas exigen, en rigor, suscribir inmediatamente un acuerdo de integración con la Unión Europea, que aleje a Ucrania de la órbita rusa. Lo que el propio Yanucovich hace un par de meses tuvo la oportunidad de hacer pero se negó, desatando la tormenta que hoy lo envuelve. La exigencia tiene su lógica. Por todo lo que significa. Quienes vivieron bajo el comunismo -y saben, por experiencia propia, lo que significa el hecho gravísimo de perder la libertad- no desean ir para atrás. Y, desconfiando del autoritarismo ruso, lucharán a brazo partido para que ello no ocurra.

Las calles de Ucrania también piden la liberación de Tymoshenko y la de los demás presos políticos. Además, una rápida reforma integral de las normas electorales, de modo de asegurar la transparencia en las elecciones y eliminar la posibilidad de que se repitan los fraudes conocidos, por parte de los comunistas.

Ni la policía, ni la fuerza especial de seguridad a la que se conoce como “Berkut” parecen capaces de controlar a la masa indignada de gente que acampa en las calles de muchas de las ciudades ucranianas. En ese ambiente de alta tensión, las treguas duran lo que un suspiro. Sólo eso. La insistencia de quienes protestan es permanente. Y dura. A esta altura de los acontecimientos, hasta la violencia represiva parecería incapaz de cambiar el rumbo de las cosas. Es más, si se la desatara, hasta podría fortalecer las protestas.

Los principales oligarcas -presintiendo un desenlace cercano- están cambiando de vereda y de discurso, lo que es toda una señal en la confusa situación ucraniana. El capitalismo de amigos es peligroso, queda visto, para sus beneficiarios centrales. Tanto es así, que cualquier compromiso político que se alcance tendría que estar garantizado, para evitar marchas atrás y nuevos engaños.

El presidente Yanukovich (a la manera de Mikhail Gorbachov, en 1991) de pronto solicitó “licencia por enfermedad”, generando un peligroso vacío de poder. Pero se apresta a retomarlo. Debe, sin embargo, comprender que ha llegado la hora del paso al costado. Y de estar hasta dispuesto a exiliarse. Lo que no será sencillo, desde que las multitudes exigen que se haga cargo de sus errores, incluyendo la violencia y la corrupción.

Por el momento seguirán seguramente las barricadas y continuarán las columnas de denso humo negro que se levantan desde neumáticos ardientes. Porque es cierto aquello de que el valor espera y el miedo es el que va a buscar. Después de la reciente reunión de los líderes opositores con John Kerry y Sergei Lavrov en Mónaco, los tiempos parecen haberse flexibilizado un poco. Pero cuando de conformar a multitudes se trata, nada es cierto, ni seguro.

Rusia, actor principal de esta crisis, que había comprometido 15 billones de dólares de asistencia, ha suspendido sus desembolsos pero, para no dramatizar las cosas, no ha utilizado su arma más temida: la de cortar el suministro de gas natural, sin el cual Ucrania quedaría rápidamente en el caos. En cambio, los Estados Unidos y la Unión Europea han sugerido que habrá asistencia de emergencia, si fuera necesaria.

Con un poco más de espacio, la seria crisis ucraniana parece encaminarse ahora hacia su desenlace, todavía impredecible.

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.