La empresa, culpable de la crisis económica

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 4/8/14 en: http://bit.ly/1zRz6v9

 

Todas las crisis explotan el recurso al mejor amigo del hombre, que no es el perro sino el chivo expiatorio. La última no ha sido ninguna excepción. Como ya sucedió ampliamente en los años 1930, se echó la culpa al malvado mercado libre, al pérfido capitalismo y a la peor y más cruel de las sanguijuelas: la empresa.

La argumentación más extendida, en efecto, ha sido que la crisis se debió principalmente a la codicia de unos empresarios irresponsablemente obsequiados por el poder político y legislativo con una libertad excesiva.

Esto de la codicia es un viejo truco para demonizar a los empresarios. Ante todo, se convierte en vicio lo que en realidad es una virtud: intentar mejorar nuestra propia condición. ¿Por qué va a ser malo? Y, sobre todo, si no es malo que los trabajadores procuren ganar más, ¿por qué va a serlo en el caso de los empresarios? Si no hay violencia ni fraude, la búsqueda y el logro de un mayor beneficio para el capital es algo tan bueno, noble y provechoso como la búsqueda y el logro de un mayor salario.

El absurdo

Pero, además, recurrir a la codicia para explicar la crisis es absurdo: si las crisis se debieran a la existencia del vicio, viviríamos siempre en crisis. Asimismo, resulta entrañable que alguien pueda pensar seriamente que el pecado es sectorial, y que lo cometen los empresarios pero no los trabajadores. Aún más delirante, e implícita en esta demonización de los empresarios, es la fantasía de que la codicia es un atributo de los empresarios o en todo caso del mercado o el sector privado de la economía, como si no tuviéramos suficiente experiencia como para afirmar que algún papel cumple en la política y las Administraciones Públicas.

Posiblemente, el mayor desatino, relacionado con el punto que abordamos en el artículo anterior, es atribuir la crisis a una libertad económica excesiva. Esto nunca ha sido así, pero proclamarlo a raíz de la reciente crisis no resiste la menor contrastación con la realidad. Por un lado, como ya vimos, lejos de haber sido privatizados o desmantelados en beneficio de una supuestamente imparable expansión empresarial, los estados son más grandes que nunca. Y los impuestos, los gastos y la deuda pública alcanzan niveles históricos, en flagrante contradicción con un pretendido triunfo del liberalismo que sólo ha existido en la imaginación de la corrección política. La intervención, por fin, ha sido particularmente generalizada y profunda allí donde precisamente estalla la crisis: el dinero, la banca y las finanzas. En el caso concreto de nuestro país habría que añadir por supuesto el sector de la construcción, también ampliamente intervenido por la política y la legislación en todos los niveles de la Administración.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.

 

 

 

 

Al mundo le bastaria con ser coherente

Por Alejandro A. Tagliavini. Publicado el 18/9/13 en: http://www.atlas.org.ar/index.php?m=art&s=286 

Solucionar los problemas del mundo es sencillo, bastaría con ser coherentes, sobretodo ejerciendo la virtud moral de la humildad para aceptar aquellas ideas que van contra nuestros intereses creados, y la sencillez para ver lo que la realidad, y el sentido común, nos muestra aunque sea contra nuestras ideas pre concebidas. Siendo que  la moral no es un ridículo listado de normas represivas dictadas por alguna “autoridad competente”, sino la adecuación del hombre a la naturaleza, al orden del cosmos, al orden natural, como ya lo sabían los griegos. Así, todo lo que es “pecado” (inmoral)  es delito y, la inversa, aquello que no es “pecado” no es delito sencillamente porque la ley moral y la natural coinciden.

Hoy la mayor incoherencia se da en la idea de violencia, sobre la que se basa la idea de “autoridad”. Un intelectual católico me aseguraba que podía “explicar las relaciones del poder político legítimo con la coacción y el uso de la fuerza, que no es violencia”. El “uso de la fuerza” y la violencia serían cosas distintas. Insólito y, por cierto, desmentido por la filosofía “clásica”, griega y escolástica. Santo Tomás de Aquino copia de Aristóteles que “La violencia se opone directamente a lo voluntario como también a lo natural, por cuanto es común a lo voluntario y a lo natural el que uno y otro vengan de un principio intrínseco, y lo violento emana de principio extrínseco”, en la Suma de Teología, I-II, q. 6, a. 5.

Así, Etienne Gilson asegura, en el Capítulo VIII de la Segunda Parte de “El Tomismo”, que para el Aquinate “Lo natural y lo violento se excluyen… “. Para redondear recordemos que Aristóteles en ‘La Gran Moral’ (I, XIII) señala que “… por ejemplo, se puede obligar a un caballo a que se separe de la línea recta por donde corre, haciéndole que cambie la dirección… Y así, siempre que fuera de los seres existe una causa que los obliga a ejecutar lo que contraría su naturaleza o su voluntad, se dice que estos seres hacen por fuerza lo que hacen… Esta será, pues, para nosotros la definición de la violencia y de la coacción: hay violencia siempre que la causa que obliga a los seres a hacer lo que hacen es exterior a ellos; y no hay violencia desde el momento que la causa es interior y que está en los seres mismos que obran”.

O sea, hacer una distinción entre “uso de la fuerza” y violencia es una burda incoherencia y, si es católico, además desdice a la más profunda teología cristiana que reafirma la Infinita Misericordia de Dios, esto es, que Dios perdona absolutamente y a ninguna falta penaliza ni memoriza. Esto termina con la idea del “uso de la fuerza” (la violencia) como castigo y queda por analizarla en el caso de prevención delictiva. Solo el hecho de que esto supone prejuzgar ya invalida el argumento, pero suponiendo que el prejuzgar la comisión de un delito fuera “justo” o necesario, “el fin no justifica”  los medios, no puede cometerse un acto inmoral (la violencia) para evitar otro.

Se dirá que un mundo así de coherente sería utópico, pues no lo sería porque hasta en los casos de defensa propia y urgente los métodos no violentos son los eficaces. Por el contrario la “autoridad” que se basa en el “uso de la fuerza” siempre destruye, como toda violencia, y por esto y no por otra cosa cuanto más estatista (cuanto más se abusa del monopolio estatal de la violencia para imponer “autoridad”) más destruido y pobre queda cualquier país.

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Es Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.