La Escuela Austríaca de Economía (2° parte)

Por Gabriel Boragina. Publicado en: http://www.accionhumana.com/2019/03/la-escuela-austriaca-de-economia.html

 

“Muchas de las ideas de los principales economistas austriacos de mediados del siglo XX, tales como Ludwig von Mises y F.A. Hayek están fundadas en las ideas de economistas clásicos tales como Adam Smith y David Hume, o en las de algunas figuras de principios del siglo XX como Knut Wicksell, además de Menger, Böhm-Bawerk y Friedrich von Wieser.”[1]

Confluyen en las vertientes de la Escuela la de los autores clásicos de los cuales aquí solo se dan algunos pocos nombres. Habría que agregar a Edmund Burke, Adam Ferguson, John Locke, Herbert Spencer y varios otros más que, desde posturas más o menos afines, confluyeron en un núcleo de ideas que daría punto inicial a la Escuela Austríaca de Economía. No obstante, se pueden encontrar algunos denominadores comunes en la diversidad de los nombres citados. Y esos puntos coincidentes son la coincidencia de todos ellos en la necesidad de la libertad y la propiedad privada como basamentos de toda economía sin las cuales ninguna economía podría llegar a merecer ese nombre. De todos ellos, Ludwig von Mises es quizás el más enfático a este último respecto.

“Esta diversidad de tradiciones intelectuales en la ciencia económica es todavía más evidente entre los economistas de la Escuela Austriaca en la actualidad, quienes han recibido la influencia de algunas de las figuras más relevantes de la economía contemporánea. Estos incluyen a Armen Alchian, James Buchanan, Ronald Coase, Harold Demsetz, Axel Leijonhufvud, Douglass North, Mancur Olson, Vernon Smith, Gordon Tullock, Leland Yeager y Oliver Williamson, además de Israel Kirzner y Murray Rothbard. Mientras que algunos pueden afirmar que una única Escuela Austriaca de economía opera dentro de la profesión económica en la actualidad, también se podría argumentar con cierta sensatez que el rótulo “austriaco” ya no posee ningún significado sustantivo.”[2]

Ciertamente el rótulo “austríaco” ha perdido todo su significado como para designar con precisión los postulados de la escuela, pero resulta ser que ha alcanzado su arraigo a través de una tradición que se mantiene en nuestros días y resulta bastante difícil de erradicar. Maxime si se tiene en cuenta -como bien dice el párrafo – la multiplicidad de aportes que han realizado a la escuela intelectuales que -en principio- son ajenos a la misma o empezaron siéndolo y finalmente terminaron adhiriéndose a sus proposiciones. Algunos autores, como el profesor Alberto Mansueti, han preferido -con acierto a nuestro juicio- utilizar las palabras “escuela austriana” y referirse a sus miembros como “austrianos”. De todas maneras, más que de las etiquetas, nos interesa ocuparnos de los contenidos, y en este sentido las contribuciones de todos los mencionados (faltan muchos nombres más, por cierto) son de una importancia y relevancia fundamental.

Veamos seguidamente algunas de las propuestas más relevantes de nuestra escuela:

“Proposición 1: Sólo los individuos eligen.  El hombre, con sus propósitos y planes, es el principio de todo análisis económico. Sólo los individuos eligen; las entidades colectivas no hacen elecciones. La tarea principal del análisis económico es hacer inteligible el fenómeno económico, apoyándolo en los propósitos y planes de los individuos. La tarea secundaria de la economía consiste en indagar las consecuencias no intentadas o no previstas que pueden surgir como consecuencia de las elecciones individuales.”[3]

Toda acción es individual y toda acción es fruto de una decisión, mucho o poco meditada, pero, siempre deliberada que es lo que va a desembocar en una acción, la cual -por definición- solo puede ser individual y humana. No hay actos no deliberados ni automáticos en el campo de la acción humana. Aun las conductas más impulsivas han sido fruto de un cierto grado de deliberación sobre la misma. De tal suerte que, no cabe sino metafóricamente hablar de acciones “colectivas” lo cual no es más que una impropiedad, tal como cuando de ordinario se alude a “decisiones” de países, naciones, gobiernos, sociedades, grupos, etc.”. Sólo pueden concebirse estas últimas expresiones en un sentido puramente figurado, pero nunca literal. La acción siempre es humana y siempre es individual, no colectiva.

“Proposición 2: El estudio del orden del mercado versa fundamentalmente sobre el comportamiento de intercambio y las instituciones dentro de las cuales tiene lugar el intercambio. El sistema de precios y la economía de mercado se entienden mejor bajo el término “catalaxia”, y la ciencia que estudia el orden de mercado cae bajo el dominio de la “cataláctica”. Estos términos se derivan de la palabra griega katalaxia –que significaba la acción de intercambiar y convertir a un extraño en amigo, como consecuencia del intercambio. La cataláctica centra el análisis en las relaciones de intercambio que surgen en el mercado, la negociación que caracteriza el proceso de intercambio, y el contexto institucional en el que estos intercambios tienen lugar.”[4]

En un campo más amplio aún, toda relación social implica acciones de intercambio de todo tipo, pero esos intercambios (que pueden ser, incluso, de ejemplo, afectivo o familiares) adquieren interés para la cataláctica cuando se realizan por un precio, entendido como síntesis del entrecruzamiento de valores dispares que son, en suma, los que motivan a los agentes económicos a intercambiar. Es cuando alcanza sentido entonces esta última locución “agentes económicos”. Para que exista cataláctica, entonces, han de haber relaciones de intercambio dentro de un proceso que se denomina de mercado. Los elementos de este proceso se distinguen como de oferta y demanda. Friedrich A. von Hayek ha caracterizado el sistema de precios como un tablero de señales que ofician de guía pare indicar -tanto a compradores como a vendedores- dónde existen escaseces relativas que son -en definitiva- los renglones a los cuales se orientarán los recursos, dando lugar a un mecanismo más: el de inversión.

Sin precios, sin propiedad privada y sin moneda, sencillamente, no hay mercado, y sin mercado no hay economía. Por eso, se dice que constituyen tres pilares fundamentales para la existencia de un verdadero sistema económico.

[1] Peter J. Boettke. *Hacia una Robusta Antropología de la Economía**La Economía Austriaca en 10 Principios* Instituto Acton Argentina. Trad: Mario Šilar

[2] Peter J. Boettke , Ibidem.

[3]Peter J. Boettke, Ibidem.

[4] Peter J. Boettke, Ibidem.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

El negacionismo económico. Un manifiesto contra los economistas secuestrados por la ideología: De Pierre Cahuc y André Zylberberg

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 16/3/18 en: http://www.elcultural.com/revista/letras/El-negacionismo-economico-Un-manifiesto-contra-los-economistas-secuestrados-por-la-ideologia/40795

 

Pierre Cahuc y André Zylberberg

Este libro expulsa a los economistas antiliberales más radicales, como los podemitas galos “aterrados”, al mundo de la superstición. La economía, alegan los autores, es una ciencia, y oponerse a sus conclusiones es como sostener que el tabaco garantiza la buena salud de los pulmones.

Y la economía demuestra que la demonización de las finanzas y la propuesta de la Tasa Tobin (que no es de Tobin) son insostenibles, aunque “prestan inmensos servicios a los políticos, sobre todo en campaña electoral y en periodos convulsos. Con arrojarlas de carnaza a las masas vengativas, el éxito está asegurado”. Además: “las subidas de impuestos tienen un efecto negativo en el crecimiento”. Desmontan asimismo varias falacias de suma cero, o maltusianas: la llegada de inmigrantes no aumenta el paro ni reduce los salarios, y la reducción de la jornada laboral no crea empleo, como tampoco lo crean las prejubilaciones. Terminan refutando las jeremiadas sobre los peligros de los robots y “el fin del trabajo” pregonadas desde Davos y otros saraos análogamente arrogantes y buenistas.

Para colmo, nadie puede acusarlos de ser agentes del poder económico. Cahuc y Zylberberg dedican un capítulo a desollar a los “empresarios que arruinan Francia” con los camelos de la “política industrial”, cobrando fortunas de consumidores y contribuyentes. Es el típico capitalismo de amiguetes, “fábula” que no sirve para nada “porque son las empresas en declive las que más se movilizan para recibir ayudas públicas. Se juegan su supervivencia. Por desgracia, también vemos que las subvenciones concedidas a esas empresas no les permitieron superar sus dificultades”.

Como era de esperar, muchos han arremetido en Francia contra los autores acusándolos de liberales, y llevándose las manos a la cabeza: ¿cómo es posible que sigamos con el liberalismo del FMI, de los bancos centrales, y de la economía neoclásica? Sin embargo, la teoría neoclásica no es liberal, como sabe cualquiera que haya hojeado un manual, los bancos centrales tampoco, y el FMI menos todavía, porque se ha pasado toda la vida reclamando subidas de impuestos. Y, por asombroso que parezca, tampoco lo son los autores. No critican a los bancos emisores, y no quieren que el gasto público sea menor sino mejor. Afirman que bajar los impuestos es apenas un “remedio milagroso”. Ellos quieren subirlos. Les gusta, como a tantos en la izquierda y en la derecha, el modelo escandinavo, con altos impuestos, con retenciones y sin deducciones, para que nadie se escape, pero con mercados abiertos y flexibles.

Los liberales estarán tentados también de criticarlos por su reduccionismo, o “cientismo”, que diría Hayek, y por su visión de la economía como una disciplina puramente experimental. No estoy de acuerdo. La teoría económica no está tan alejada de los problemas reales de la gente como a veces se afirma, y ha mostrado en las últimas décadas una mayor pluralidad de enfoques, incluido el institucional. Los autores no declaran que la economía es igual que la física; y, por cierto, la economía experimental no es terreno exclusivo de los antiliberales: que se lo cuenten a Vernon Smith.

Las debilidades de este volumen son otras, empezando por su propio énfasis en la contrastación, que los lleva a ser imprudentes, como cuando dan por sentado que los multiplicadores del gasto local están en torno al 1,5: B. Dupor y R. Guerrero calculan, en cambio, que se sitúan entre el cero y el 0,5 (Journal of Monetary Economics, diciembre de 2017). Como muchos otros economistas, no analizan bien el Estado, y creen que es una suerte de condición exógena, que plantea unas demandas, que los economistas responden de manera técnica y asignativa.

La lógica del propio Estado, como decía equivocadamente Hicks, nos es ajena. Se trata de desatino, que a la postre bloquea el análisis robusto de la realidad. Hay otros errores, como cuando hablan de “bancos” en España, y es obvio que se refieren a las cajas; o de “desregulación” cuando quieren decir lo contrario.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.

Todo lo que he aprendido con la psicología económica: de Richard H. Thaler

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 16/12/16 en: http://www.elcultural.com/revista/letras/Todo-lo-que-he-aprendido-con-la-psicologia-economica/38954

 

El Premio Nobel de Economía consagró la economía conductual en 2002, premiando a Daniel Kahneman y Vernon Smith. Colaborador del primero, Richard Thaler (East Orange, Nueva Jersey, 1945) cuenta en este libro cómo se fue abriendo camino la behavioral economics. Conviene ponderar el debate planteado por estos economistas, porque ha sido malinterpretado como si fuera un rechazo tajante a la economía convencional y a su supuesto liberalismo.

El origen de la economía conductual es la insatisfacción con el homo economicus neoclásico, porque el comportamiento de las personas reales no se ajustaba al que predecían los modelos de racionalidad y optimización. Siguiendo a pioneros como Herbert Simon, con su “racionalidad limitada”, y otros, los economistas conductuales empiezan a estudiar las reacciones aparentemente irracionales de mucha gente, que los economistas no pueden explicar. Thaler establece un irónico contraste entre los “Econs” y los “Humanos”, repasando situaciones de todo tipo, desde las finanzas, donde estos científicos se hicieron fuertes académicamente, hasta la contratación de jugadores en el mercado de fútbol americano.

Mientras desfilan interesantes y a veces chocantes análisis y experimentos sobre el efecto dotación, la contabilidad mental, la aversión a las pérdidas, y otros, Thaler consolida su argumento de fondo: entendemos mejor la conducta económica efectiva de las personas si incorporamos enfoques psicológicos, sociales y emocionales. Como dijo Amartya Sen: “El economista puro está muy cerca de ser un imbécil social, y la teoría económica ha prestado siempre demasiada atención a este zopenco racional”.

Dicho esto, Thaler y sus colegas no están en contra de los modelos, sino sólo de sus supuestos poco realistas. Por eso critica a Eugene Fama y sus “mercados eficientes”, pero admite que “la hipótesis de los mercados eficientes es lo mejor que tenemos en el campo de la economía del comportamiento” (p. 355).

Los defectos de los mercados entroncan con la cuestión del liberalismo, que este volumen aborda de manera insuficiente y confusa. Ante todo, identifica la economía neoclásica con la defensa del mercado libre, lo que está muy lejos de ser cierto, porque está claro que no son lo mismo Samuelson, Tobin o Solow que Stigler, Becker o Friedman, por mencionar sólo a algunos premios Nobel.

Este error se combina con otro igualmente grave, que es ignorar a los economistas que no son neoclásicos. Por ejemplo, asocia el value investing solo con la teoría neoclásica, con Fama y los mercados eficientes, cuando destacados inversores que siguen ese criterio, como el español Francisco García Paramés, se declaran abiertos partidarios de la Escuela Austriaca, opuesta al neoclasicismo, y que no cree en los mercados perfectos. Comete así la misma equivocación que Kahneman, cuando asegura que la fe en la racionalidad humana es fundamental para la crítica liberal al intervencionismo (cf. Pensar rápido, pensar despacio, Debate, 2012, pág. 535).

Dice Thaler que sus críticos los acusaron de “comunistas encubiertos” (p. 426). No lo parecen. Más bien su visión es ingenua, aunque secundada en la profesión, pero no abiertamente antiliberal. Cita elogiosamente a Adam Smith; el efecto dotación gira en torno al coste de oportunidad, y pocas escuelas lo han empleado más que la Austriaca, que no cita. Elogia a Keynes por su visión de las expectativas, y hace bien, pero no respalda su defensa del gasto público en las recesiones. Tampoco respalda a Samuelson y su elegante teoría de los bienes públicos de 1954. A propósito de los juegos como el dilema del prisionero, afirma que las soluciones cooperativas son más predominantes de lo que habitualmente se piensa.

En realidad, este libro analiza poco el Estado, y no lo hace bien. No menciona a Buchanan, e incurre en la incoherencia de pedir a la vez una política inflacionista (p. 200) y reclamar que las autoridades tomen medidas “preventivas” ante las burbujas (páginas 357-8). Reconoce que los burócratas pueden padecer “sesgos y prejuicios” (p. 377), pero el libro termina aludiendo a los impuestos, y parece que el único problema que plantean es cómo consiguen las autoridades modificar la conducta de quienes aún no pagan.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.

Transparency And Independence: Think Tanks Rather Than Lobbying Tanks

Por Alejandro Chafuen: Publicado el 2/5/16 en: http://www.forbes.com/sites/alejandrochafuen/2016/05/02/transparency-and-independence-think-tanks-rather-than-lobbying-tanks/#b4dcb8a72d73

 

Last week, the leaders of most of the most relevant think tanks in North America attended a meeting to discuss the major challenges they face today. The 3rd Annual North America Think Tank Summit was held under Chatham House rules so I will focus on the substance of the discussions and the published material rather than mention who said what. Eighty-five participants from 60 organizations took part in candid presentations and exchanges. The meeting was convened by The Think Tanks and Civil Society Program at the University of Pennsylvania and co-hosted by three prominent think tanks: the Hudson Institute, Brookings, and the Carnegie Endowment. The combined income of the U.S. non-profit organizations present at the summit amounts to over $1.2 billion (based on data from 2014), so this was a very relevant group.

This year, the topic of the meeting was “Assuring the Quality, Independence, and Integrity of Think Tanks.” It is healthy that think tanks in North America, especially those based in the United States, show concern for their reputation. Within the think tank sector, U.S. think tanks are the envy of the world; no country can boast such a wide variety of well-funded organizations. Think tanks are diverse not only in philosophy, as are more ideological think tanks like the Center for American Progress, Cato Institute or the Heritage Foundation, but also in focus, from the Urban Institute and the Rand Corporation (security and strategy) to the Acton Institute (religion and public policy).

Think Tank Leaders gather for the Third North American Summit at the Brookings Institution.

Think Tank Leaders gather for the Third North American Summit at the Brookings Institution.

Yet despite their deep pockets and hard earned global recognition as major policy players, U.S. think tanks are not always well regarded by the public. Dr. James McGann, who headed the conference, included in the conference materials a series of quotes to exemplify the media coverage that has shaped negative perceptions of U.S. think tanks. He cited the following widely read articles from respected publications such as the New York Times and the New Republic: “Fellows at think tanks accepting funding from lobbyists to publish findings without disclosing the funding source,” published in the New York Times; “Conflicts of interest in think tank scholars that are registered lobbyists” from the New Republic; and “Conflicts of interest in think tank funding from foreign governments and corporations” also in the Times. One expert who has been studying think tanks’ public perception noted that 95% of key media coverage and existing scholarly literature on U.S. think tanks presents these organizations negatively. Several leaders took offense at the comment, trumpeting their own accomplishments and listing counter-arguments to this assertion.

Negative perceptions of think tanks often rise from conflicting visions of the role and purpose of these types of organizations. Think tanks sometimes pursue opposite policy goals, that is to say, what one regards as an accomplishment, the other regards as a destructive result. Promoted by “progressives” and despised by conservatives, Obamacare is a case in point. The same with immigration. Often there is a perception that rather than basing their policy prescriptions on independent research, think tanks do the opposite: they start with a conclusion commissioned by donors and supporters, and then produce research to accommodate that predetermined narrative. This perception exists even among expert scholars and intellectuals: Nobel Laureates Paul Krugman and Vernon Smith famously differ on their views on the think tank sector. “Progressives” tend to applaud Krugman’s interventionist views while pro free economy groups (such as the Independent Institute, Manhattan Institute, Mercatus, and Cato, all of which participated at the summit) generally fall in line with Vernon Smith’s ideas.

When prompted to address the effects of this special election year on their work, most speakers acknowledged that as the major think tanks in the United States, they tend to be publically regarded as part of the elite, which has earned them distrust from conservative and socialist bases alike. Most of these meetings took place at Brookings and the Carnegie Endowment, located side-by-side in Washington D.C.’s Embassy Row. Indeed, gathering in such near palatial surroundings, inside a room full of people with graduate degrees from top schools makes it hard to refute the claim that think tank leaders are part of the elite. I heard only one speaker acknowledge that researchers should pay attention to the frustration from voters. Another speaker stressed the difference between philosophy and ideology as guides for the work of think tanks. Many ideologies are too rigid; from immigration to trade, it is all or nothing. And when relevant segments of the population believe that think tanks respond to concerns and challenges in a dogmatic fashion, they begin to discount them as merely another type of lobbyist, a stone’s throw away from those on the Hill.

Discussions then turned to how think tanks should respond to a changing political environment. Some reflected on the danger of being reactive to politics, but most argued that advocacy and educational efforts based on solid research are much needed mantles for think tanks to take on. Within the United States tax code, non-profit organizations that get involved in politics fall under section 501 (c) (4), which dictates that up to 50 percent of these organizations’ activities can be political in nature. Think tanks like Heritage have created their own section, Heritage Action. The Center for American Progress also has one. Representatives from this center and from Heritage mentioned that the foundation’s research arm has eight times more income than their political and advocacy arm. Rather than shying away from admitting involvement, several of the groups present were proud of their role in helping enact legislation. Among the cases presented were: Brookings and the drafting of the Marshall Plan in the late 1940s; the Heritage Foundation and its Mandate for Leadership reform manual during the Reagan Administration; and the Center for American Progress and its role in passing Obamacare.

Think tanks from Mexico and Canada had different concerns. The representatives from the Mexican organizations focused on other issues: Their think tanks are much smaller, mostly as the result of a weak philanthropic culture. The Canadians described their country’s more stringent provisions, which prevent think tanks from entering into political debates.

There was no consensus on how much additional transparency is needed. The most recent study to cause alarm was the 2015 think tank transparency report. Produced by Transparify.org, this report detailed the levels of financial disclosure of over 160 think tanks located in 47 countries worldwide. Pro free-market think tanks with outstanding reputations scored very low in that ranking. One of those, CEDICE Libertad, is in Venezuela, a country where the government detains political opponents. In countries with weak rule of law, the only think tanks that can be transparent are those who are allied with their corrupt governments. In the United States, the recent cases that bring the politicization of the Internal Revenue Service (IRS) to surface are cause of additional alarm. While all non-profits in the United States have to disclose their main donors to the IRS, no such obligation exists for state filings or for public disclosure. Several states, however, including New York and California, are requesting the same information that is submitted to the federal government. Due to fears that information will be leaked for political objectives, several think tanks are challenging this request. As I mentioned in an earlier column, when rule of law is politicized, transparency is a complicated topic.

A think tank leader from Canada, which scores very high on rule of law rankings, confided that as their publications and research usually cast doubt on government policies, they would lose a major portion of their income if they were forced to disclose the names of all their donors to the public. Corporations in particular are afraid to be associated with those who do not toe the official line. In the United States, only a small percentage of think tanks’ income derives from corporations (10% in average) while abroad, corporate donations account for usually a third or more of a think tank’s income.

U.S. Think Tank experts discuss how to position their work in the current political environment. (L to R): Winnie Stachelberg, Center for American Progress, Lee Edwards, Heritage Foundation, Tom Carver, Carnegie Endowment, David Boaz, Cato Institute, and William Galston, Brookings

U.S. Think Tank experts discuss how to position their work in the current political environment. (L to R): Winnie Stachelberg, Center for American Progress, Lee Edwards, Heritage Foundation, Tom Carver, Carnegie Endowment, David Boaz, Cato Institute, and William Galston, Brookings

The larger, Washington-based think tanks disputed the notion that the source of donations (that is to say, whether they are corporate, government, or from individuals and foundations) correlate with independence. Most noted that more and more, foundations have their own agendas and use think tanks as research arms. On the other hand, when think tanks become major institutions of civil society, corporations begin to donate to become part of the “club”—not necessarily because they agree with the organization’s policy positions. Think tanks that are seen as beneficial to their civil societies begin to attract donors in the same way as museums, hospitals, and universities. Representatives from the smaller think tanks present at the meeting, which were not many, chimed in on the problems that can come with accepting corporate or government donations.

Several new challenges faced by think tanks were mentioned during the meeting. One is the threat by city governments to disregard the non-profit status of think tanks in their tax collection efforts; Acton Institute recently won its case versus the city of Grand Rapids. Another challenge is the effort by several Attorney Generals to seek detailed donor information from the Competitive Enterprise Institute, which has produced major research on issues like global warming and climate change.

These challenges are not limited to the United States. Foreign governments are also using “transparency” as an excuse, in order to stifle divergent views. Only a couple of days after the end of the think tank summit, the Chinese government passed a lawrequiring full disclosure of foreign non-profit activities. It is clear that the Chinese government is more interested in control than transparency. Yes, transparency and independence are desirable—but when government authorities begin using selective and arbitrary requirements to define transparency and independence, then think tank leaders are right to be concerned. There may not yet be a consensus on how to achieve transparency, integrity, and independence, but increased competition and accountability to stakeholders—within an environment of governments and judicial systems that live by the principle of equality before the law—would be a start.

 

Alejandro A. Chafuén es Dr. En Economía por el International College de California. Licenciado en Economía, (UCA), es miembro del comité de consejeros para The Center for Vision & Values, fideicomisario del Grove City College, y presidente de la Atlas Economic Research Foundation. Se ha desempeñado como fideicomisario del Fraser Institute desde 1991. Fue profesor de ESEADE.

El origen de las normas y la propensión al intercambio, hasta en los monos.

Por Martín Krause. Publicado el 28/9/14 en: http://bazar.ufm.edu/el-origen-de-las-normas-y-la-propension-al-intercambio-hasta-en-los-monos/

 

Con los alumnos de OMMA-UFM en la Maestría de Economía, un interesante grupo con predominio de españoles y guatemaltecos, comenzamos a ver el papel de las normas en el funcionamiento de los mercados y la economía en general. Revisaremos la teoría y comenzamos ahora a considerar el libro. De su primer capítulo, destaco aquí la importancia de la normas:

“La convivencia pacífica en sociedad es posible porque seguimos ciertas normas, formales e informales, que nos permiten determinar cuál va a ser la conducta de los demás. En ausencia de ellas, la vida en sociedad sería difícil. El filósofo inglés Thomas Hobbes pensaba que se asemejaría al “estado de naturaleza” donde rigen la “ley de la selva” y el “sálvese quien pueda”.

No obstante, parece que nunca ha existido tal cosa como un “estado de naturaleza” donde el ser humano viviera sin normas pues éstas serían anteriores al hombre mismo. Y éste nunca vivió en un paraíso de independencia individual sino que siempre, desde su origen, formó parte de grupos. Los estudios antropológicos muestran que los derechos de propiedad existieron mucho antes que el desarrollo de la agricultura hace unos diez mil años, lapso que es tan sólo un breve momento en la historia del ser humano quien ha cazado y producido herramientas en pequeños grupos de familias o tribus por unos dos millones y medio de años. El origen del comercio se remonta a unos cien mil años atrás.

Nuestros esquemas de normas éticas habrían surgido, no como el fruto del uso de la razón, sino al compás con su desarrollo.[1] Ciertas visiones enfatizan la necesidad de un acto formal que de origen a la norma. Por ejemplo, Buchanan (2009, p. 26) plantea este ejemplo: Robin Hood y el Pequeño Juan se encuentran frente a frente en un puente donde solamente pasa uno de ellos. No habría ninguna regla “natural” que se pudiera invocar para quien sigue y quien se retira[2]. Sin embargo, esto es muy dudoso, a esa altura de la evolución es más que probable que existiera ya una norma que es generalmente reconocida como tal: la establecida por el propietario del puente, o por quien lo construyera, la del que llega primero al comienzo del puente, la del que viene del Norte, o de Sur, la del que va a la ciudad, o el que regresa, etc.

Las normas fueron desplazando a nuestras respuestas instintivas porque los individuos comenzaron a ver los resultados positivos que obtenían respetándolas. De la misma forma en que los animales comenzaron a desarrollar sus propios instintos de “posesión” o “territorio”, los seres humanos desarrollaron tempranas normas de propiedad, muy probablemente en relación a sus propios “territorios” o a sus herramientas y utensilios. Las bandas de cazadores no tenían desarrollado un concepto de propiedad sobre la tierra, pero sin duda respetaban distintos territorios y sabían muy bien de quién era cada herramienta y el derecho que tenía para usarla.[3]

Intercambio monos

La propensión al intercambio, según Vernon Smith, estaría presente incluso en los ancestros del ser humano. Si los seres humanos y los chimpancés modernos se separaron de nuestro ancestro común hace unos 5 a 6 millones de años, comparten, más que ningún otro primate no humano, una notable so­fisticación en su organización social y tienen una notable capacidad para involucrarse en actos de reciprocidad, tanto positiva como negativa. Smith llama “reciprocidad po­sitiva” al acto en que un individuo respondea los bienes o favores que otro le ha transferido previamente. Citando las investigaciones del biólogo holandés Frans de Waal comenta que el número de transferencias de comida entre chimpancés en una dirección se relacionaba positivamente con las transferencias en la dirección opuesta: “si A comparte mucho con B, entonces B, en general, comparte mucho con A, y si A comparte poco con C, entonces C también comparte poco con A”. También “el acicalamiento afecta el compartir posterior: la probabilidad de A de ob­tener comida de B mejoraba si antes A había acicalado a B duran­te el día” (De Waal, 1996).

 

[1] Dice Hayek (1990, p. 55):“La capacidad de aprender es más el fundamento que el logro de nuestra razón o de nuestro entendimiento. El hombre no viene al mundo dotado de sabiduría, racionalidad y bondad: es preciso enseñárselas, debe aprenderlas. No es la moral fruto de la razón, sino que fueron más bien esos procesos de interacción humana propiciadores del correspondiente ordenamiento moral los que facilitaron al hombre la paulatina aparición no sólo de la razón sino también de ese conjunto de facultades con las que solemos asociarla. El hombre devino inteligente porque dispuso previamente de ciertas tradiciones –que ciertamente hay que emplazar entre el instinto y la razón- a las que pudo ajustar su conducta. A su vez, ese conjunto de tradiciones no derivan de la capacidad humana de racionalizar la realidad, sino de hábitos de respuesta. Más que ayudarle a prever, se limitan a orientarle en cuanto a lo que en determinadas situaciones reales debe o no debe hacer.”

[2] Una vez que salimos de las actividades que son en gran medida (si no completamente) internas de las personas, estrictamente privadas en el sentido real de éste término, hay pocos límites ‘naturales’ que puedan lograr de manera convincente un acuerdo general”. “En ausencia de fronteras ‘naturales’ entre individuos en las actividades que puedan emprender, surge la necesidad de una estructura definitoria, una imputación entre personas, en sí misma, sea arbitraria”. (Buchanan 2009, p. 27).

[3]Comenta Vernon Smith (2004, p. 124): “La clave para entender nuestra vieja “propensión al trueque e intercambio” se encuentra, creo, en nuestra capacidad para la re­ciprocidad, que fue seleccionada evolucionariamente y que cons­tituye la base del intercambio social, mucho antes que hubiera co­mercio en el sentido económico convencional. Todos los humanos, en todas las culturas, intercambian favores. Aunque la forma en que se expresa culturalmente la reciprocidad es infinita­mente variable, desde un punto de vista funcional, la reciprocacidad es universal. Hacemos cosas beneficiosas para nuestros amigos e implícitamente esperamos que nuestros amigos hagan cosas bene­ficiosas para nosotros. Es más, esta condición define esencialmen­te la diferencia entre amigos y enemigos. Evitamos relacionarnos con aquellos que no reciprocan. Tú me invitas a comer y dos me­ses después yo te invito a comer. Te presto mi auto cuando el tu­yo está en el garage y luego tú me ofreces tus entradas para el fút­bol cuando estás de viaje. Las amistades no necesariamente están conscientes de “llevar cuentas” de sus reciprocidades mutuas y el hecho que estemos en una relación de intercambio es tan natural como inconsciente, por lo que, en la práctica, la damos por senta­da. Sin embargo, una vez que dos amigos toman conciencia de una asimetría en la reciprocidad, la amistad se ve amenazada. Más aún, a las personas que persistentemente tienen problemas en es­tablecer o mantener amistades se les califica de sociópatas subclí­nicos (personalidad antisocial), que no poseen la capacidad in­consciente y la intuición para la reciprocidad”.

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

“Scioli y Massa se están disputando la estructura de poder kirchnerista”: Entrevista a Adrian Ravier

Publicado el 17/2/14 en http://puntodevistaeconomico.wordpress.com/2014/02/17/scioli-y-massa-se-estan-disputando-la-estructura-de-poder-kirchnerista-entrevista-a-adrian-ravier/

 

Antes que nada, le agradezco la buena predisposición.

El agradecido soy yo.

¿Cómo describiría su experiencia laboral como economista? ¿Diría que la demanda de este tipo de profesional surge desde el campo de la investigación y no desde el ámbito empresarial?

En mi caso sí, pero no es lo más común. El economista tiene diversas posibilidades de salida laboral. Puede trabajar en empresas privadas y bancos, si acompaña la licenciatura con un MBA. Puede trabajar en el mercado de valores si agregar a la licenciatura un Master en Finanzas. Puede trabajar en la Academia con una Maestría y un Doctorado, por ejemplo. Puede trabajar en la prensa como periodista económico. O puede trabajar en el gobierno, en distintas funciones. Siempre sugiero a quienes están interesados en las ciencias económicas que primero estudien la licenciatura en Economía, y sólo después se especialicen con una Maestría en aquello que más les interese.

Usted escribió un artículo, “Kiciloff, mi profesor”, donde relata su experiencia con el ministro de economía, ¿Como lo describiría ante alguien que no lo conoce? ¿Y a alguien que quiere profundizar sobre su perfil?

Tengo respeto por el actual Ministro de Economía, aunque mis columnas son críticas en lo que hace. Kicillof fue mi profesor en Economía Marxista, en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de Buenos Aires. Lo traté varias veces, aunque no lo conozco en la intimidad. Su interés está especialmente en la historia del pensamiento económico. Conoce a los autores clásicos en profundidad, y ha sabido ganarse un lugar como catedrático e investigador de esa facultad. Es cierto que siempre contó con el respaldo del Centro de Estudiantes por su afinidad en la línea de pensamiento, pero si uno lee sus libros puede encontrar un teórico profundo. Siempre cuento que me sorprendió su paso a la política, pero supongo que yo haría lo mismo si tuviera la oportunidad de incidir en el futuro de la política económica Argentina. Kicillof es marxista, aunque su tesis doctoral la desarrolló sobre Keynes. En otra nota, mencioné que en su nuevo rol, vendría a ser un “Keynes argentino”. El cree en la capacidad del estado de controlar y regular los mercados. Desconfía de los mercados libres y del empresario. Mi impresión es que su gestión va en línea con su pensamiento. Por eso insisto en que el problema no es lo que hace, sino la teoría en la que cree. Aquí es donde volvemos a insistir en que los economistas pro mercado, debemos trabajar mucho para demostrar las falacias del pensamiento desarrollista, estructuralista, keynesiano y marxista. Kicillof y este gobierno creen en ello. 6,7 8 y otros programas oficiales buscan crear consciencia nacional en línea con aquellas ideas. Es una oportunidad y un desafío para nosotros desmantelar estas ideas y que la gente tome consciencia de que necesariamente fracasarán, más allá de sus buenas intenciones.

Con respecto a la UBA, como centro de formación académica, ¿Que crítica le haría al sistema educativo universitario? ¿Qué alternativas existen?

Históricamente la UBA ha sido una universidad que se ha ganado el prestigio de toda Latinoamérica. Por su tamaño, la cantidad de alumnos que recibe cada año, y la oferta académica que tiene, pienso que es de las mejores universidades de la región. Pero en las últimas décadas, la universidad se ha politizado. Y en las Facultad de Ciencias Económicas es donde más se nota. Los profesores que encabezan las cátedras no siempre tienen los méritos académicos para ocuparlas, y aun cuando las ocupan, en general, no asisten a dictar las clases. Un alto porcentaje de mis cursos fueron dictados por alumnos no recibidos, que el semestre anterior habían aprobado la materia. Básicamente daban sus primeros pasos en la docencia, lo cual garantizaba mediocridad. Más polémico aun resulta el perfil que se le da al programa de estudios. Siempre comento que la Escuela Austriaca estuvo ausente, lo cual es un problema generalizado de la gran mayoría de las universidades. Pero más grave aun es que en la UBA prácticamente no se enseñó el monetarismo de Milton Friedman o el pensamiento de la Nueva Macroeconomía Clásica de Robert Lucas y Thomas Sargent, quienes representan la corriente neoclásica predominante en todo el mundo. Se enfatizó en Prebisch y el estructuralismo, en el pensamiento de Keynes y Marx, mucho más de lo que se puede observar en programas tradicionales. Siempre recuerdo al profesor Ramal dictando “Organización Industrial”, bajo una mirada totalmente marxista. Resumiendo, me parece que la universidad pública -si la hay- tiene que ser menos dogmática, y más abierta. Más plural. No podemos ignorar a varios premios Nobel en Economía como Friedrich Hayek, James M. Buchanan, Milton Friedman, Robert Lucas, Douglass North, Vernon Smith, Elinor Ostrom, por más que sus ideas fueran críticas del Estado de Bienestar y el Socialismo.

Su pensamiento está influenciado por autores como Ludwig von Mises, Hayek, Kirzner, Rothbard, entre otros teóricos. ¿Quién es el más influyente y cuales son, para usted, las principales ideas que podrían cambiar la concepción de la economía y política en Argentina?

Así es. Afortunadamente, bajo la guía de mi padre, pude conocer a estos autores en paralelo con el estudio formal de mis cursos en la UBA. Es difícil decir qué autor es el más influyente, pero supongo que me inclino por Mises y Hayek. El aporte de Kirzner es más limitado a áreas específicas como la función empresarial o la teoría del capital, y en el caso de Rothbard, si bien tiene aportes extraordinarios, también tiene excesos con los que no coincido. Ahora, si nos concentramos en el legado de estos autores para cambiar la política económica en la Argentina, me parece que debemos atender a las Seis Lecciones de Ludwig von Mises en Buenos Aires, en 1959. Un pequeño libro titulado “Política Económica” reúne las seis conferencias. En ese entonces Mises logró que centenares de alumnos cubrieran el auditorio y los pasillos de la Facultad. Mi impresión es que aquellas lecciones tienen más vigencia hoy, que en aquellos tiempos. Luego, me parece que Hayek tiene un aporte más amplio para ofrecer porque no se concentra sólo en la parte económica, que es a lo que se refieren aquellas seis conferencias, sino también a la política y al derecho. Aceptar su análisis de la democracia y las instituciones, o su distinción entre derecho y legislación, hoy harían una gran diferencia en nuestro país. Por último, agregaría a los autores mencionados el Public Choice de James M. Buchanan, que veo como una continuación del análisis de Hayek a la filosofía política, y también agregaría a Juan Bautista Alberdi. Me parece que todavía nos debemos una extensa investigación para desarrollar la consistencia que existe entre las ideas de Alberdi plasmadas en las Bases, y las ideas de la Escuela Austriaca y el Public Choice. Aplicar el pensamiento austriaco y del public choice a la Argentina de hoy, implicaría básicamente retornar a las Bases de nuestra nación, a su Constitución original de 1853, con una política económica que privilegiaba el equilibrio fiscal, la apertura económica, la estabilidad monetaria y un fuerte Estado de Derecho.

En torno a este objetivo, ¿Le gustaría hacer política?

Siempre dije que no, y mi posición actual sigue siendo la misma. Me imagino trabajando en el aula durante toda mi vida, para intentar formar a los jóvenes en estas ideas. Dicho eso, tengo que reconocer que si tuviera la oportunidad que tuvo Kicillof de influenciar en la política económica de la Argentina, no podría negarme a intentar desmantelar todo lo que se hizo en la última década. Volver a las Bases de nuestro país es necesario, y no veo en la oposición gente con ideas claras que tenga ese deseo.

Parece creer que el verdadero cambio se origina en las aulas, ¿es así?

Yo tengo esa idea. Pero las regulaciones del Estado entran en el aula cuando definen los contenidos mínimos de los programas de estudio.Siempre cuento la misma anécdota, también en la UBA. Ya me había recibido, tenía mi licenciatura, mi maestría y mi doctorado en Economía. Se abrió un concurso para ocupar un cargo de profesor adjunto en Macroeconomía, en esta misma facultad donde estudié. Me presenté junto con otros 15 candidatos, y tuve que enfrentar a un tribunal evaluador que nos hizo algunas preguntas. Al consultarme por mis propuestas para la cátedra, les dije que en mi experiencia, en macroeconomía, sólo había aprendido las ideas de John Marynard Keynes.Que me parecía un error. Que había que enfatizar también las ideas de Friedrich Hayek y aquel famoso debate que mantuvo con Keynes en los años 1930, justamente porque allí se originó la macroeconomía. Que además de la macroeconomía de Keynes, teníamos otros enfoques relevantes como la macroeconomía monetarista de Milton Friedman, la macroeconomía de expectativas racionales de Robert Lucas y la macroeconomía del capital del propio Friedrich Hayek y Roger W. Garrison. Les comenté que tenía publicado mi libro En Busca del Pleno Empleo que justamente resumía las comparaciones en estos enfoques y que estaba dispuesto a plantearle al titular de cátedra su incorporación en el programa de estudio. Yo sabía que todo lo que decía podía ser tomado como un problema y que no obtendría el puesto, pero lo que más me llamó la atención fue la respuesta del tribunal. Me dijeron que la Macroeconomía “es” Keynes. Eso fue todo.

Volviendo al tema político, ¿Qué piensa del silencio de CFK durante 34 días y su posterior aparición y viaje?

Me parece que su enfermedad la llevó a ausentarse, justificadamente, y que la prensa no fue oportuna en las críticas. Su regreso no me sorprende. Sigue en línea con lo que ha sido su gobierno. Anoche ofreció un largo discurso donde atacó a los medios, a los empresarios y a los sindicalistas por “conspirar” contra su gobierno. El relato oficialista intenta decir que los problemas de la Argentina no son responsabilidad del gobierno, sino de la conspiración.Mi opinión personal, sin embargo, es que la inflación no es algo que nos pasa, es algo que nosotros producimos. Siempre recuerdo a la Presidente decirle a la gente, “yo no subo los precios, los suben ustedes”, lo cual me causó mucha gracia. En economía hay pocos consensos, pero uno bastante amplio es precisamente este, que la única causa de la inflación es la expansión de la oferta monetaria por encima de su demanda. En cuanto a los sindicatos, me parece que en la Argentina están jugando un rol importante que es intentar presionar para evitar que los trabajadores pierdan poder adquisitivo con la inflación creciente. Finalmente, en cuanto a los medios, me parece que son la única herramienta que tenemos para desmantelar el relato. Es notorio como el kirchnerismo ha atacado a los medios que desmienten el discurso oficial. Los argentinos tenemos que defender a los medios, o perderemos mayor libertad de expresión de la que ya se ha perdido.

¿Cree que la futura presidencia se la disputará el oficialismo, quizás, con Scioli y, la oposición, con Sergio Massa? ¿Qué opinión le merece a este último?

Soy economista, y como tal, me cuesta aventurarme a analizar la política. Pero diré algo: Scioli y Massa se están disputando la estructura de poder kirchnerista. Ambos piensan que ahí radica el camino a la presidencia. Si tienen razón, y cualquiera de ellos gana, el cambio de rumbo será demasiado pequeño.

¿Qué opina cuando relacionan su pensamiento con “el de los 90” o lo llaman “neoliberal”?

Me preocupa. En primer lugar por qué nunca comprendo qué significa ese término. Si neoliberal implica defender los principios de la libertad individual, la economía de mercado, la propiedad privada y el gobierno limitado, entonces lo soy. Si por el contrario esto implica justificar a los militares y los desaparecidos, o coincidir con las políticas menemistas en general, no lo soy. Al margen de que nadie sabe bien qué significa el neoliberalismo, me parece que es necesario volver a hacer el esfuerzo de analizar qué pasó realmente en la década de 1990 en Argentina. Qué responsabilidad tuvo… 1- la ley de convertibilidad, 2- la acumulación de déficit fiscales y endeudamiento, 3- la privatización del sistema de jubilaciones y pensiones, 4- la apertura económica, 5- los shocks externos en la crisis de 2001/2002. De mi parte, todos mis estudios me conducen a la conclusión de que el problema central fue fiscal, propio de un gobierno peronista que no supo detener el incremento de gasto durante toda la década y duplicó la deuda pública.Podemos insistir en los shocks externos también, pero me parece que su efecto habría sido mucho más pequeño con un país que hubiera mantenido el equilibrio fiscal durante todos esos años. Dicho esto, la década neoliberal es algo que va más allá de la Argentina, y en este caso debemos notar que Chile, Perú, Colombia y México continuaron aquel camino, y liderando el crecimiento económico en la región. A los críticos del neoliberalismo les pediría que me expliquen por qué este modelo fracasó en la Argentina y no en otros países vecinos.

Solía verse al economista como una suerte de futurólogo con capacidades técnicas, las cuales no podían ser cuestionadas por el oyente estándar. Es indudable que, en general, su reputación ha decaído en la última década. ¿Cree usted que esto se debe únicamente a su poca capacidad de predicción que los caracteriza?

Lo que el economista puede predecir y lo que no puede predecir es un problema en el que la profesión debe profundizar. Mi impresión es que el economista puede predecir cualitativamente las consecuencias de cada política económica sobre cada variable en juego. Lo que no se puede predecir es cuantitativamente, cuál será el impacto de una política sobre diversas variables. Hoy en Argentina se discute si una devaluación irá a precios o no. El análisis económico nos enseña que sí, aunque no podemos definir en qué medida lo hará. No podemos predecir magnitudes. Sí podemos estimarlas, pero ahí el margen de error es el de toda estadística. Por otro lado, hay otro problema que enfrentamos los economistas que es el “timing”. Sabemos cuáles son las consecuencias de corto y largo plazo de ciertas políticas, pero no podemos definir con precisión cuándo esos efectos serán observables. Y es que la economía trabaja con fenómenos mucho más complejos que otras ciencias como la física o la biología, que es la impredecible acción humana. El economista no puede hacer un experimento de laboratorio como el físico, y aislar variables. Luego, debe aislar las variables conceptualmente y predecir los efectos bajo ese límite. Sería muy útil que los economistas que predicen, adviertan acerca de los límites de la predicción.

Usted ha declarado con anterioridad, que la aparición de monopolios se debe exclusivamente al favorecimiento del gobierno mediante el otorgamiento de ciertos privilegios a sectores empresariales. Por ende, ¿cree imposible la formación de este tipo de mercados bajo un sistema de laissez-faire puro?

Una respuesta completa requiere definir qué entendemos por “monopolio”. Si yo le dijera que una única empresa de celulares en la Argentina puede abastecer al mercado a un precio competitivo, más bajo que el de toda la región, quizás “ese” monopolio no nos preocuparía. El problema surge cuando un monopolista fija un “precio monopólico”, muy por encima de su costo, para obtener ganancias extraordinarias. Si esta es nuestra preocupación, debo sostener que nunca una empresa podría hacer tal cosa en un mercado libre y competitivo. Y es que si lo hiciera, obtendría grandes ganancias, y éstas conducirían a competidores potenciales a entrar en ese mercado para aprovechar la situación. Sintéticamente, no hay monopolios en mercados libres.Donde sí hay monopolios es en aquellos lugares donde ciertos pseudo-empresarios se asocian al poder político y obtienen a través del lobby ciertos privilegios para explotar ciertos mercados en ausencia de competencia. Esto explica por ejemplo los precios que fijan las automotrices en la Argentina para vehículos que en otros países tendrían precios muy inferiores. Se prohíbe la importación y con ello el consumidor está obligado a sacrificar años de trabajo para comprar un vehículo. Otro ejemplo es la educación universitaria. Hay pocas universidades privadas en la Argentina que aprovechan el oligopolio a través de las restricciones de los Ministerios de Educación al surgimiento de nuevas universidades.Debemos entender que más competencia, sólo puede beneficiar al mercado. Luego, hay casos especiales que debemos analizar, como los monopolios naturales, ejemplificado en los servicios públicos, como luz, agua, gas, electricidad. En estos casos, se dice que hay que aprovechar las economías de escala, y por ello asignar a una única empresa la distribución del servicio. En definitiva, el problema es tecnológico. Aquí mi sensación es que el mercado puede encontrar respuestas también, superiores a las del Estado. Pero aun dejando esto de lado, los monopolios serían casos excepcionales. Para cerrar, el punto central de esta discusión está en torno a las patentes. Si el gobierno le concede el privilegio a una empresa de favorecerse de una patente, entonces en esos mercados no puede haber competencia. Aquí el debate es muy amplio. Hay quienes dicen que una patente es necesaria para que haya inversión, y hay quienes dicen que aun sin patentes, habría inversión. El debate es complejo, pero mi posición es la de abandonar completamente las patentes. Resumiendo, si entendemos que en una sociedad libre se defiende la economía de mercado, la propiedad privada, la libertad individual, y el gobierno limitado, entonces no hay monopolios. Y es que no habría privilegios y tampoco patentes.

En su escrito, “Caminos Abiertos para América Latina”, critica la tesis sostenida en el libro de Eduardo Galeano, Las Venas Abiertas de América Latina. En el sostiene que “en Latinoamérica predomina una mentalidad anti-capitalista” ¿Podría ejemplificar cuales son las características de esta mentalidad específica?

Esto se observa fuera del círculo de colegas con quienes compartimos la visión del mundo, que por suerte es bastante amplio. Lo vemos conversando con familiares y amigos, o incluso en las preguntas de los alumnos. Y es que ellos ven ganadores y perdedores en el intercambio pacífico y en el comercio. Si el empresario gana, es porque el consumidor pierde. Bajo esa premisa, no se pueden advertir las ventajas del capitalismo. Si uno observa el intercambio de un modo subjetivo, entonces la conclusión cambia. Si yo compro una coca cola en el supermercado, pago 1 dólar por ella. Una visión objetiva me dirá que pagué más de lo que vale, pagué más que su costo. El dueño del supermercado gana y yo pierdo. Pero si entendemos que nadie me obligó a hacer ese intercambio, que es un intercambio voluntario, entonces se puede apreciar que las dos partes ganan. Si yo entrego un dólar por algo que vale la mitad, es porque aprecio más la coca cola que el dólar que entrego en cambio. Si el dueño del supermercado recibió más dinero que el que le costó la coca cola, justifica su negocio. Lo mágico del intercambio es que se ha creado valor para ambos. Ambos recibimos algo que valoramos más, por otra cosa que valorábamos menos. Otra forma de verlo es en la estatolatría. Impera en América Latina la idea del Dios Estado que puede resolvernos todos los problemas y que nos empuja a la inacción. Si el estado debe garantizarme salud, educación, trabajo y hasta un hogar, entonces no tengo incentivos para movilizarme. Hasta que no terminemos con este mito del estado benefactor, no podremos convertirnos en un país desarrollado. Tenemos que comprender que si el Estado ofrece algo, es porque se lo ha quitado a alguien más. Los economistas usamos la frase famosa de que “no hay almuerzo gratis”. Alguien necesariamente lo paga. El Estado cuenta con tres fuentes principales de financiamiento. La primera son los impuestos. Si alguien paga un impuesto, para que el estado haga algo, debemos advertir que ese impuesto redujo el consumo privado del que pagó el impuesto. La segunda es la inflación, emitiendo dinero. Si el gobierno financia su gasto, imprimiendo papeles, tenemos que advertir que está aplicando un “impuesto inflacionario” en los tenedores de dinero. Lo que está haciendo es reducir el poder adquisitivo del circulante. Este es el peor de los impuestos, porque siempre recae especialmente sobre los que menos tienen. La tercera es el endeudamiento. En este caso hoy nos beneficiamos de un gasto superior, pero esto es inmoral, porque estamos comprometiendo el consumo futuro de generaciones que ni siquiera participaron de la elección del gobierno que ahora asume la deuda.

Es común escuchar, no sólo en el urbe porteño, sino también en universidades y medios de comunicación que la crisis actual es una especie de cáncer inevitable originado en el seno mismo del sistema capitalista.¿Es correcto esto?

Esta es otro debate complejo. Me parece que la gran mayoría de las discusiones son semánticas porque al discutir no nos tomamos el tiempo para definir qué entendemos por los vocablos que usamos. El mejor ejemplo nos lo acaba de dar el Papa Francisco. Francisco atacó al capitalismo, pero al hacerlo, criticó claramente el capitalismo intervenido que hoy gobierna el mundo. Cuando nosotros defendemos el capitalismo, no nos referimos a este sistema, sino a uno más puro. De hecho, hay mucha consistencia entre la crítica de Francisco y la que nosotros mismos hacemos al estado actual de la política económica. Dicho eso, en aquella crítica mencionada a Eduardo Galeano justamente hacía un llamado a “purificar” los mercados. Los problemas no los vamos a resolver con más presencia del Estado sobre el capitalismo, sino con menos intervención. La burbuja inmobiliaria americana de 2008 con su efecto global, es un claro ejemplo del fracaso del Estado al regular los mercados.

Para cerrar, ¿cree que exista alguna ley incuestionable en economía?

Es muy significativo que terminemos la entrevista con esta pregunta, porque acabo de completar un trabajo en homenaje a Joseph Keckeissen, quien falleció recientemente. El trabajo se publicará en la revista Laissez Faire de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Francisco Marroquín, quizás en octubre de este año. Keckeissen participó del seminario privado de Mises en Nueva York y desarrolló su tesis doctoral bajo la dirección de Israel Kirzner. Para desarrollar este trabajo tuve que leer su tesis, y esa tesis, tiene la respuesta a esta pregunta. La tesis trata acerca del significado de las leyes económicas. Mi conclusión, combinando a Keckeissen con mi maestro y amigo Gabriel J. Zanotti, es que sí existen leyes incuestionables como la ley de utilidad marginal, la ley de rendimiento decrecientes, la ley de preferencia temporal, la ley de demanda, la ley de oferta, la ley de los precios, entre tantas otras, pero habría que hacer varias aclaraciones al respecto, para lo cual los invito a leer ese trabajo mencionado.

 

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín.