Los números que explican los beneficios del libre comercio

Por Martín Krause. Publicado el 7/5/20 en: https://www.infobae.com/opinion/2020/05/07/los-numeros-que-explican-los-beneficios-del-libre-comercio/

 

Hay frases que dicen muchas cosas. El canciller Felipe Solá dijo una de esas: “Los que piden tratados de libre comercio del Mercosur con otros países no pueden destacar un solo beneficio para el trabajo argentino. Su posición es ideológica: el libre comercio siempre será mejor por definición”.

Vamos por partes. Al demandar que se presente, aunque sea, un beneficio del libre comercio el canciller manifiesta que evalúa el tema en relación a sus consecuencias, al resultado. El libre comercio puede defenderse desde otra perspectiva: que se trata de un derecho. Tomemos a esos trabajadores argentinos que menciona en la frase. ¿Tienen derecho a disponer de su ingreso como les parezca apropiado? ¿Pueden decidir si lo van a gastar comprando a alguien del barrio, o de otra provincia, o del Uruguay, o de México, o de Noruega y Finlandia, que tanto le gustan al Presidente?

No es esa la visión del canciller, pero es la que defienden en otros ámbitos. ¿Acaso no plantean también que las personas tienen “derecho” a un cierto ingreso sin tomar en cuenta las consecuencias? Que tienen un derecho a la ayuda del Estado aunque este no tenga recursos, aunque emita para pagarlos, aunque genere más inflación que deteriora esos mismos recursos, aunque desafíe la hiperinflación. Esas parecen ser cuestiones de “derechos”, y no de consecuencias. Entonces, ¿cuándo tomamos en cuenta derechos y cuándo resultados?

Respecto a si el libre comercio siempre será mejor por definición, eso es correcto, pero no es una posición “ideológica”, que implica “sesgada”, sino una posición “científica”. Es lo que señala la ciencia económica desde que David Ricardo desarrollara la teoría de las ventajas comparativas en su famoso texto de 1817. No es una teoría que se haya mantenido inalterada, sin embargo. La “revolución” que implicó considerar al valor como algo subjetivo llevó a la reformulación de esta teoría en base al costo de oportunidad por Gottfried Haberler en 1930 y en las décadas recientes ha avanzado desde analizar las ventajas comparativas de países, a las de industrias y a las de empresas, con aportes, entre otros, de Paul Krugman, que le valieran el premio Nobel, no sus artículos en el New York Times.

Es que esa “ley” económica no es más que parte de la llamada Ley de Asociación, según la cual a cada uno de nosotros nos conviene dedicarnos a algo y luego comprar lo que necesitemos de los demás. Ya Adam Smith señalaba que no nos parecería lógico que un padre de familia intentara producir desde el alimento que le va a dar a sus hijos, pasando por su ropa, sus libros y cuadernos para el colegio hasta sus vacunas o tratamiento dental. Y lo que es razonable para una familia no deja de serlo para un “reino”.

Supongo que el Canciller querrá seguir a quienes han desafiado estas teorías, aceptadas por el 95% de los economistas según encuestas entre ellos. No hace mucho, George Mankiw, director del Departamento de Economía de Harvard, volvía a hacer referencia a esto señalando que “pocas proposiciones logran tanto consenso entre los economistas profesionales como que el comercio global abierto incrementa el crecimiento económico y los estándares de vida”.

Los países que se han abierto al comercio internacional han mejorado consistentemente su nivel de ingresos y diversificado su comercio internacional. Así, por ejemplo, los dos países con menores barreras al comercio son Singapur y Hong Kong. En el primer caso el ingreso per cápita era de 3.503 dólares en 1960, según el Banco Mundial, y ahora es $ 58.247; para Hong Kong de $3.380 a $38.781 en el mismo lapso.

Son muy distintos a Argentina, se dirá. Veamos uno un poco más parecido en cuanto a recursos, Nueva Zelanda, que está en el tercer lugar como economía más abierta. Pasó de $20.973 en 1970, cuando decidió abrir su economía, a $37.797 ahora. Australia es mucho más parecido a nosotros en cuanto a recursos disponibles, se encuentra en el puesto 17° y su ingreso per cápita pasó de $19.378 en 1960 a $ 56.842 ahora. Canadá también tiene recursos parecidos, y está en el puesto 10° de apertura comercial y con un cambio de $16.449 en 1960 a $51.391 ahora. Mientras tanto Argentina está en el puesto 71° de apertura comercial y nuestro ingreso ha crecido de $5.642 en 1960 a $10.043 en 2018.

Nótese que en el caso del país más abierto, Singapur, el ingreso per cápita se multiplicó 16,6 veces; en Hong Kong 11,4 veces; en Australia 2,93 veces; en Canadá 3,12 veces, mientras que en Argentina creció 1,78 veces en el mismo período.

Si queremos tomar algunos ejemplos más cercanos, Chile pasó de un ingreso per cápita de $4.465 en 1983 cuando comenzó a abrir su economía, a $15.130 en 2018, unas 3,38 veces. Como siempre se dirá que fue una dictadura aunque el proceso continuó y se aceleró en gobiernos posteriores. Si no es ese podemos ver el caso de Perú, que inició sus reformas en los 90s, es el primero en la región en cuanto a apertura comercial y vio crecer su ingreso de $2.589 en 1992 a $6.453 en 2018, 2,49 veces en 25 años.

¿Podrán destacarse estos resultados como los “beneficios” que el Canciller dice nadie puede mostrar? No hay ninguna ideología acá, lo que hay es teoría confirmada por los hechos. Ideología puede ser la del Canciller, que le impide ver los resultados.

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade). Síguelo en @martinkrause

LIBRECAMBIO Y SENTIDO COMÚN

Por Alberto Benegas Lynch (h).

Estamos otra vez en plena época del mercantilismo que irrumpió en el siglo XVII en el que se destacaba la manía por la acumulación de dinero en el comercio exterior, los balances comerciales “favorables”, todo en el contexto de lo que luego se bautizó como el Dogma Montaigne.

 Se ha perdido nuevamente la brújula de la economía puesto que en general se piensa que la gracia del comercio internacional consiste en maximizar los saldos de caja sin percatarse que, al igual que una empresa, lo relevante es el patrimonio neto y no los índices de liquidez como objetivo. Si se exporta por valor de cien y en el viaje el producto exportado se deteriora con lo que se puede comprar en el exterior (importar) solamente por valor de cincuenta, el balance comercial es “favorable” pero sin embargo se ha producido una pérdida evidente.

 Lo ideal para un país es comprar todo lo que se necesita del exterior y no vender nada, con lo cual los extranjeros estarían obsequiando sus productos. Para una persona es lo mismo, lo ideal sería poder comprar y comprar sin vender nada, pero y a bastante dificultoso se hace que nos regalen para nuestro cumpleaños para pretender que el prójimo nos regale todo el tiempo todo lo que necesitamos. Entonces, no hay más remedio que vender para poder comprar ya sea a nivel individual o grupal: en este último caso decimos que el costo de las importaciones son las exportaciones.

 Por esto es que el balance comercial es irrelevante, lo importante es el balance de pagos que, en un mercado abierto, está siempre equilibrado debido a las entradas y salidas de capital. Exportación e importación son dos caras del mismo proceso. Al exportar entran divisas con lo que el tipo de cambio se modifica incrementando el valor de la moneda local frente a la extranjera que queda depreciada. Esta depreciación hace que se torne más barato importar que al proceder en consecuencia sucede el fenómeno inverso, es decir, se aprecia la divisa extranjera y se deprecia la local con lo que se estimulan las exportaciones y así sucesivamente.

 Sostener que se debe “vivir con lo nuestro” constituye un desatino superlativo puesto que, además de retrotraernos a la autarquía de la cavernas, supone que se puede exportar sin importar, lo que naturalmente hace que el tipo de cambio refleje depreciaciones astronómicas de la divisa extranjera lo cual, paradójicamente, bloquea las mismas exportaciones (los costos de los bienes se elevan) ya que no se permite la válvula de escape de las importaciones que, precisamente, harán posible exportar.

 Desde luego que los aranceles y tarifas dificultan el mencionado proceso abierto así como también las manipulaciones en el tipo de cambio que necesariamente debe ser libre al efecto de que funcione el antedicho mecanismo regulador y también se distorsiona cuando irrumpe la deuda pública externa que simula entrada de capitales lo que afecta el balance de pagos artificialmente.

 El Dogma Montaigne se traduce en nuestro caso en que el que vende se enriquece a costa del comprador puesto que incrementa su saldo de caja sin prestar atención al lado no-monetario de la transacción que es lo que le permite mejorar su situación al comprador que precisamente compró debido a que estima en más el bien recibido que la suma monetaria que entregó a cambio. Ambas partes se benefician debido a la valorización cruzada del dinero y del bien en cuestión.

 Desde la perspectiva de la sociedad abierta, las naciones se constituyen al solo efecto de evitar los enormes riesgos de concentración de poder de un gobierno universal, por ello el planeta está fraccionado en naciones y éstas a su vez en provincias y en municipios para diluir y mitigar los efectos del poder concentrado. Pero de allí a tomarse seriamente las fronteras como si fueran alambrados culturales hay un salto lógico inaceptable.

 Los aranceles siempre significan mayor erogación por unidad de producto, es decir, menor productividad y, por ende, menor cantidad de productos que a su vez significan menor nivel de vida puesto que la lista de los bienes se reduce respecto de lo que hubieran sido de no haber mediado el arancel.

 Entonces, en mal llamado “proteccionismo” en verdad desprotege a los consumidores y solo significa una pantalla para cubrir privilegios de empresarios ineficientes. La alegada protección a “la industria incipiente” se basa en premisas erróneas puesto que supone aranceles transitorios para permitir que la industria madure, sin ver que si la empresa necesita un período antes de ser competitiva son los mismos empresarios los que deben absorber los costos y no trasladárselos sobre las espaldas de los consumidores. Como en cualquier evaluación de proyectos, no siempre las ganancias comienzan en el momento uno sino que requieren de tiempo, para lo cual se buscan fondos en el mercado al efecto de financiar el período necesario, transcurrido el cual los beneficios más que compensarán los quebrantos. Si los recursos no se obtuvieran en el mercado, es por uno de dos motivos: o el proyecto no es rentable, o siendo rentable hay otros que merecen atención prioritaria y como todo no puede hacerse al mismo tiempo debido a que los recursos son limitados, el proyecto en cuestión debe postergarse o darse de baja por ineficiente.

 Por esta especie de esquizofrenia del balance comercial es que Jaques Rueff en The Balance of Payments afirma que “no dudaría en recomendar la eliminación de las estadísticas del comercio exterior” debido a la permanente tentación de los gobernantes de intervenir con lo que inexorablemente generan las antedichas distorsiones.

 Respecto al tema laboral, se piensa equivocadamente que la completa eliminación de aranceles provocará desempleo. Muy por el contrario, la desaparición de las trabas al comercio exterior libera trabajo para desempeñarse en otras tareas inconcebibles hasta el momento puesto que estaba esterilizado en otras faenas. Esto es lo que ocurrió con el hombre de la barra de hielo cuando apareció el refrigerador o con el fogonero cuando se fabricó la locomotora diesel. Los recursos son limitados y las necesidades son ilimitadas, el recurso por excelencia es el trabajo puesto que no se concibe la producción de ningún bien ni la prestación de ningún servicio sin su concurso. En competencia a las empresas les interesa la capacitación de futuro personal para poder sacar partida de nuevos productos en el mercado. La eliminación de aranceles tiene el mismo efecto que el descubrimiento de un procedimiento más productivo: reduce la inversión por unidad de producto con lo que se hacen posibles más productos. La tragedia de la desocupación se debe a la legislación laboral y no a la mayor productividad que eleva salarios e ingresos en términos reales debido a las mayores tasas de capitalización que la eficiencia permite.

 Se ha sostenido que los aranceles puedan justificarse cuando se hace dumping, lo cual tampoco es cierto. El dumping es venta bajo el costo, situación que puede significar simplemente un quebranto impuesto al empresario debido a las condiciones de mercado, o puede ocurrir deliberadamente como política comercial con la idea de incrementar la tajada en el mercado. Si es lo primero no hay nada que comentar, si es lo segundo deben tenerse en cuenta los anticuerpos del propio mercado.

 Dichos anticuerpos consisten en que los competidores compran al precio de dumping y revenden al precio de mercado, y si no lo pudieran hacer debido a que, por ejemplo, se trata de un producto a medida como las turbinas de cierto avión los competidores esperarán a que el que hace dumping agote su stock para luego seguir en la misma situación anterior. Este tema es una típica pregunta de examen puesto que habitualmente el estudiante asume que la venta de quien hace dumping es mayor de la del propio ejemplo. Si fuera mayor la situación es distinta puesto que el empresario en cuestión deberá expandir sus instalaciones para cumplir con la demanda total a ese precio, lo cual significa un precio de liquidación que beneficia a los consumidores. Pero ni bien el empresario del dumping pretenda restringir su producción para sacar ventaja de su posición en el mercado aparecerán competidores que venderán las diferencias para satisfacer la demanda o, como queda dicho, comprarán al empresario del dumping para el consiguiente arbitraje.

 Todo lo dicho no toma en cuenta que muchas veces cuando se alega dumping no se verifican los libros contables del que se dice lo práctica y es meramente una excusa para defenderse de productores más eficientes. Por otra parte, debe subrayarse que si en un país se practica dumping al exterior con el apoyo gubernamental es ese país el perjudicado y, como ha enfatizado Milton Friedman, el resto del mundo es beneficiado equivalente a la situación en la que decidiera regalarle sus productos al extranjero lo cual es un motivo para celebrar en el extranjero.

 A veces las argumentaciones resultan tragicómicas como cuando se dice que se imponen aranceles “en reciprocidad” por los establecidos por otros. Este peculiar razonamiento se traduce en que porque el país receptor se perjudicó porque sus ventas son bloqueadas en el exterior, “en represalia” duplican el perjuicio aumentado los costos de los bienes que importa. ¡Vaya represalia!

 El librecambio tiene mala prensa no solo por las incomprensiones mencionadas sino debido a que de tanto en tanto se han impuesto llamadas “aperturas” manejando los aranceles como una política de chantaje con la idea de que bajen los precios internos los cuales se elevan debido a las inflaciones internas con lo que las políticas se traducen en una estructura arancelaria en forma de serrucho que provoca cuellos de botella insalvables entre las industrias finales y sus respectivos insumos, al tiempo que se manipula el tipo de cambo con alquimias inauditas y se incrementa la deuda estatal que, como se ha señalado, interfiere en el balance de pagos permitiendo importaciones y viajes al exterior que la situación económica no hace posible.

 Se suelen generar interminables debates tan insustanciales como impropios sobre posibles devaluaciones, sin la más mínima sospecha de que el precio de la divisa extranjera frente a la moneda local depende de las cantidades ofrecidas y demandadas lo cual resultará en el tipo de cambio de mercado en el que no habrán faltantes ni sobrantes, situación que no depende de voluntarismos de ningún megalómano. En el mismo error garrafal caen los burócratas (y algunos empresarios y sindicalistas malinformados) a través del tristemente célebre espectáculo del “acuerdo de precios”, como si éstos indicadores fueran consecuencia de decisiones independientemente de lo ofrecido y demandado en cada reglón. Si lo acordado es más bajo que el precio de mercado habrán faltantes y si es más alto habrán sobrantes, esto resulta inexorable.

 Se dice que las integraciones regionales constituyen un primer paso para la liberación al mundo pero este “primer paso” lleva siglos ya que los economistas clásicos refutaron las tesis mercantilistas en el siglo XIII. Es increíble que las tecnologías hayan reducido notablemente los costos de transporte desde la época de las carretas y ahora resulta que al llegar la mercadería a la aduana se revierten décadas y décadas, como si esas reducciones colosales no hubieran tenido lugar. Es como ha dicho irónicamente el decimonónico Bastiat para ridiculizar al mal llamado proteccionismo, “los productores de velas debe aconsejar el tapiar todas las ventanas para protegerse de la competencia desleal del sol”. Comprar barato es de sentido común, pero las xenofobias no ayudan a la comprensión de este precepto básico para prosperar. Es como reza el conocido dictum de Voltaire “el sentido común es el menos común de los sentidos”.

 Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. En Administración. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer Rector de ESEADE.

División del trabajo y sustitución de importaciones

Por Nicolás Cachanosky. Publicado el 14/8/12 en http://economiaparatodos.com.ar/ver_nota.php?nota=3820

 Es un tema recurrente en Argentina el argumento que sostiene la necesidad de políticas de sustitución de importaciones. Es decir, producir domésticamente aquellos bienes que son importados para así favorecer un saldo “positivo” de comercio internacional. La política de sustitución de importaciones, sin embargo, hace la vista gorda a varios problemas económicos.

Hay un número de cuestiones a considerar frente a estas políticas: (1) el saldo comercial positivo, (2) la llamada “ley de ventajas relativas,” (3) el valor agregado de la producción y (4) la defensa de puestos de trabajo.

Veamos, brevemente, cada una de ellas.

(1) Siguiendo las viejas nociones mercantilistas, al sustituir importaciones se busca incrementar el saldo comercial. Es decir, al producir localmente se contribuye a un saldo comercial positivo, de modo tal que se “vende” más de lo que se “compra.” Hay dos problemas con este planteo. En primer lugar la terminología de saldo comercial “positivo” o “negativo.” Estas palabras conllevan claras connotaciones positivas y negativas que pueden inconscientemente viciar el análisis. En segundo lugar, los países no son empresas que deben vender más de lo que compran para tener ganancias. No es Argentina quien vende y compra al resto del mundo, sino que son empresas y personas Argentinas que comercian con otras personas y empresas de otros países.

En una economía sana, el saldo comercial está en equilibrio. Algunos años será positiva, otos negativa, pero en promedio ambos saldos se compensan. Si, en cambio, hay una acumulación de saldos positivos o negativos, bien se puede deber a desequilibrios que se están gestando en la economía (recordar, por ejemplo, los saldos negativos durante los 90, cuando se importaba más que lo que se exportaba).

Otra manera de ver esto es cambiando el punto de vista. ¿El gobernador de la Provincia de Buenos Aires, por ejemplo, se preocupa por el saldo comercial con las otras provincias de Argentina? La respuesta es no, y el motivo central es que las provincias, a diferencia de los países, no poseen bancos centrales. El banco central que necesita de dólares sí se preocupa por el saldo comercial. El BCRA, por ejemplo, recibe los dólares de las exportaciones y entrega los pesos correspondientes a los exportadores. En la medida que las exportaciones sean superiores a las importaciones posee un excedente de dólares que se guardan como “reservas.” Estas reservas, luego, pueden ser canjeadas por Letras del Tesoro (intransferibles!) para que el gobierno pueda pagar sus deudas en dólares y/o importar energía de otros países. Esta es la lógica detrás del cierre a las importaciones y las restricciones a la compra e dólares, no un mal llamado a la soberanía nacional del Peso Argentino.

(2) La políticas de sustitución de importaciones y trabas al comercio internacional también tienen que explicar cómo es que superan a la división internacional del trabajo. Si Argentina es más eficiente produciendo el bien X, y Brasil el bien Y, entonces ambos países pueden mejorar su situación si se dividen la producción y luego comercian entre ellos. Pero los beneficios de la división del trabajo van aún más allá. Estos beneficios existen también en casos donde uno de los países es menos eficiente en la producción de todos los bienes que el resto de los países. Es decir, si un país es menos eficiente en la producción de X y de Y que otro país, aun es posible obtener ventajas con la división del trabajo. Este resultado, claramente contraintuitivo, puede ilustrarse con el siguiente ejemplo.

Supongamos que un cantante de ópera puede ganar 1 millón de USD por concierto. Este cantante de ópera vive en una casa con un gran jardín que requiere de varias horas de cuidado, por lo que el cantante de ópera no puede dar un concierto y cuidar de su jardín al mismo tiempo. Su vecino también disfruta de cantar, pero no ha sido dotado con una voz como la de su vecino y no puede cobrar nada por sus servicios musicales. Este vecino también posee un jardín por lo que sabe como cuidar del mismo. El cantante de ópera, sin embargo, es mejor jardinero que su vecino. Si el cantante de ópera sigue una política de “vivir con lo nuestro” debería cantar y cuidar su jardín. Si, en cambio, se abre al comercio internacional con su vecino, puede contratar al mismo para que le cuida su jardín mientras él ofrece un concierto extra. El costo de oportunidad de cuidar el jardín es muy alto para el cantante de ópera. Su situación mejora ofreciendo un concierto extra por más que deba pagar algunas horas extra de jardinería a su vecino que no es tan buen jardinero como él. El jardinero, a su vez, consigue un buen cliente dispuesto a pagar por sus servicios. Los beneficios económicos de las políticas de sustitución de importaciones descansan más en espejismos que en resultados reales. En economía importa tanto los efectos que no se ven como los que sí se ven.

(3) ¿Pero acaso no hay que producir bienes con valor agregado para que el país pueda crecer y desarrollarse? ¿No puede ser, entonces, necesaria una política de sustitución de importaciones para evitar la “explotación externa” y producir bienes de alto valor agregado? El problema no radica en el valor agregado en sí, sino de dónde proviene el mismo. El valor agregado depende de la eficiencia en el proceso productivo. Es decir, cuántos menos recursos  (menos costoso para ser más precisos) sean necesarios por unidad de producción mayor es el valor agregado. Ninguna actividad económica o industria es por sí misma generadora de más o menos valor agregado. No es la máquina visible y tangible lo que genera valor agregado, sino la eficiencia en la producción. Si las actividades más eficientes son las que generan mayor valor agregado, es el mercado mismo el que lleva a que sean estas actividades las que sobrevivan a la competencia. Bien puede ser que para Argentina sea más barato adquirir autos de alta gama vendiendo trigo, soja y carne que intentar sustituir la importaciones de bienes de alta gama con una industria local incapaz de producir el mismo auto a costos razonables y renunciar a lo que sería el concierto extra del cantante de ópera.

Regulaciones excesivas en el mercado, alta carga impositiva, arbitrariedad en las reglas de juego, justicia lenta y de dudosa imparcialidad, son sólo algunas de las políticas que llevan a un incremento generalizado de los costos en la economía y a una subsecuente disminución del valor agregado. Los países no crecen ni se desarrollan sustituyendo importaciones, crecen y se desarrollan cuando se deja que sean los sectores más eficientes lo que empujan la economía.

(4) Dados los 3 puntos anteriores, debería ser claro que sustituir importaciones e imponer trabas al comercio internacional no ayudan a la generación de trabajo doméstico. Nuevamente, un ejemplo numérico puede ayudar a simplificar el problema. Supongamos que el cantante de ópera cambia su auto todos los años cuyo precio es de $50.000. Dadas las políticas de sustitución de importaciones y trabas al comercio, si desea adquirir un auto similar importado debe pagar unos $60.000. En cambio, de haber libre comercio podría importar un auto similar a un precio de $40.000, en lugar de comprar el doméstico a $50.000. Es posible que sea tapa de diarios el cierre del productor local de autos. Lo que dificilmente sea tapa de diarios es el destino de los $10.000 que se ahorra el cantnate de ópera y todos aquellos que compraban sus autos a esta empresa. Hay dos alternativas, (1) o estos $10.000 que ahora se encuentran disponible se destinan al consumo de otros bienes y servicios o (2) se invierten en el mercado a través de ahorro en el sistema financiero. En ambos casos, un aumento en consumo, o un aumento en inversiones, resultan en un aumento en la demanda de trabajo y factores productivos. El resultado no es mayor desempleo, sino un cambio en la composición del empleo del trabajo y factores productivos.

Entonces. ¿dónde se encuentra el problema? Una economía que insiste en mantenerse cerrada por un largo período del tiempo ha impedido que los ajustes que requiere el mercado se hagan paso a paso. Una economía que se ha mantenido cerrada durante largos períodos de tiempo debe hacer todos los ajustes de golpe el día que decide incorporarse al mundo globalizado. Es un error, sin embargo, ver el problema en la apertura comercial en sí y no en las distorsiones acumuladas por una economía que insiste en sustituir importaciones eficientes por producción doméstica ineficiente.

Ninguno de estos puntos quiere decir que toda sustitución de importaciones sea problemática, pero sí lo es cuando la misma es una política de estado y no cuando es el resultado propio del mercado.

Nicolás Cachanosky es Lic. en Economía, (UCA), Master en Economía y Ciencias Políticas, (ESEADE), y Doctorando en Economía, (Suffolk University). Es profesor universitario.

 

Kicillof: “Quieren que devaluemos, pero es todo verso”

Por Adrián Ravier. Publicado el 2 de Junio de 2012 en: http://puntodevistaeconomico.wordpress.com/2012/06/02/kicillof-quieren-que-devaluemos-pero-es-todo-verso/

Esta frase posiblemente quede en los registros históricos de la historia argentina.

Y no lo digo por el primer gráfico que acompaña este post, pues si bien el tipo de cambio nominal viene subiendo, el tipo de cambio real que se presenta en el segundo gráfico, se ha apreciado mucho en los últimos años.

El segundo gráfico muestra que la tendencia de los últimos años es un retorno al 1 a 1.

En pocas palabras, a la evolución del tipo de cambio nominal, tenemos que agregar en el análisis la evolución de los precios, y la inflación en Argentina supera el 20 por ciento anual.

La pregunta que me queda para Kicillof es cómo van a impulsar el crecimiento del “modelo K”, sin devaluación, bajo su propia lógica de sustitución de importaciones.

No digo con esto que haya que devaluar… eso es otro debate.(Ver Juan Carlos Cachanosky, “Devaluaciones competitivas frente a ventajas comparativas”)

Lo que digo es que van a devaluar, y las palabras de Kicillof quedarán en la historia.

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín.

 

Autoabastecimiento y soberania: una nota:

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 16/5/12 en: http://www.cronista.com/contenidos/2012/05/16/noticia_0053.html

El principio elemental del comercio descansa en la noción de las ventajas comparativas. Si a alguien se le ocurriera producir todos los bienes que necesita vería su nivel de vida comprimido al nivel de las cavernas. La división del trabajo es lo que permite incrementar la productividad conjunta.
En general, el uruguayo consume diariamente yerba mate pero la importa en su totalidad de Brasil, Japón es un cascote sin recursos naturales que solo el veinte por ciento de su territorio es habitable. En el transcurso de la historia de Estados Unidos no ha regido la opresiva legislación colonial que tanto daño le han hecho a muchos pueblos latinoamericanos.
El autoabastecimiento que ahora se reclama en nuestro país para el petróleo al efecto de decidirla por decreto, constituye una meta autodestructiva. Se necesitan marcos institucionales civilizados que garanticen los derechos de propiedad en lugar de imponer políticas que imposibilitan la inversión (que luego, paradójicamente, es invocada para arrancar empresas de sus dueños y politizar lo que debe operar con todos los rigores del mercado y sin privilegio alguno).
El economista decimonónico Frédéric Bastiat ilustra el derroche y el absurdo del autoabastecimiento a través del proteccionismo y la discriminación en su célebre Petición de los fabricantes de velas en donde sugiere que todas las casas deberían tapiar sus ventanas “para defenderse de la competencia desleal del sol”.
Por otra parte, la idea de la soberanía está mal concebida. Como señala Bertrand de Jouvenel en Los orígenes del estado moderno, la idea estrafalaria de ubicar la soberanía en el rey fue trasladada a los votos mayoritarios en lugar de instalarla en el individuo y el gobierno como garante de aquellos consiguientes derechos. Ahora se ha desplazado la idea a los bienes: así se declama “la soberanía del petróleo” lo cual es tan desatinado como aludir a la soberanía de la zanahoria o del garbanzo.
El texto constitucional de 1853 estaba inspirado en los trabajos de Alberdi quien enfáticamente sostuvo en Sistema económico y rentístico de la Confederación Argentina según su Constitución de 1853 que “tanto la legislación minera, como los reglamentos de caza y pesca, las leyes agrarias y los estatutos rurales que han existido hasta aquí en la República Argentina, deben considerarse derogados”.
Esto marcaba una reacción frente a la legislación estatista-colonial, según Alberdi el “sistema de Carlos V y Felipe II a quienes se atribuye la ruina de la libertad económica” al efecto de mantenerse en guardia respecto a que “después de ser máquinas del fisco español, hemos pasado a serlo del fisco nacional”.
Luego, el llamado Estatuto de Hacienda y Crédito y la Ley Minera de 1886 modifican radicalmente ese espíritu y lo retrotrayeron al esquema colonial debido a que, como ha consignado Luis Roque Gondra, “la voracidad fiscal tiene más poder que las constituciones”.
A esto se agregaron dos artículos en el Código Civil de 1871 que, al decir de Joaquín V. González, “se deduce la vacilación o la incertidumbre del codificador para dar al derecho de propiedad de las sustancias minerales una posición jurídica, clara y terminante”.
Esta situación se viene agravando en los últimos tiempos y ha hecho eclosión con las recientes medidas de público conocimiento. Es de desear que pase esta ola de patrioterismo xenófobo digno de trogloditas y típico del nacionalismo fascista y retomemos la cordura en el contexto republicano, donde se abandonen la políticas del zigzag mezcladas con los negocios de amigos del poder que nada tienen de empresarios y mucho de barones feudales.
No se trata de inventar el círculo cuadrado jugando al profesionalismo en medio de la polítiquería. Hoy todo el cuadro de situación se presenta como de acendrado fascismo que, por definición, simula lo privado pero el aparato estatal maneja el flujo de fondos.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía, Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fué profesor y primer Rector de ESEADE.