La clave es la batalla cultural

Por Alberto Benegas Lynch (h) Publicado el 31/8/19 en:  https://www.infobae.com/opinion/2019/08/31/la-clave-es-la-batalla-cultural/

 

Friedrich Von Hayek (Photo by Granger/Shutterstock (8684686a)

Friedrich Von Hayek (Photo by Granger/Shutterstock (8684686a)

 

Este tema es el central. Si no se resuelve la comprensión de ciertos valores y principios que hacen de brújula a la acción, no resulta posible avanzar hacia una sociedad libre. Si nos estancamos en consideraciones del momento, nunca vamos a abrir los ojos para disfrutar de horizontes más fértiles y siempre nos quedaremos empantanados en nimiedades. La única manera de progresar es primero estudiar y luego difundir ideas que calen hondo y, por tanto, vayan al fondo de los problemas.

Lo primero de todo es aclarar que queremos significar con la expresión “cultura”. En nuestra época se ha degradado tanto el término que alude a cualquier manifestación humana en cualquier dirección, así es que con esta acepción se puede hablar de la cultura de la antropofagia y otras manifestaciones de anticultura. Es que en su acepción clásica, la palabra cultura remite a cultivar el espíritu que es lo más preciado que tiene el ser humano, no es ejercitarse en ladrar o reptar sino en cultivar su mente o su psique que es lo que lo distingue de otras especies conocidas y lo reafirman en su condición humana.

Ahora bien, las manifestaciones culturales abarcan las relaciones intraindividuales y las interindividuales. Las primeras abarcan todas las conductas que desarrollen las potencialidades de cada cual al efecto de buscar el bien, mientras que las segundas se circunscriben a las relaciones con el prójimo. En estas líneas nos limitamos a lo segundo para concluir que la batalla cultural apunta a que nos respetemos entre nosotros, independientemente de la conducta que cada uno decida en la esfera privada. Apuntamos a la convivencia civilizada para lo cual es indispensable que cada persona considere sagrada la esfera individual de sus congéneres y, por tanto, se abstenga del modo más categórico a interponerse y mucho menos a recurrir a la fuerza o amenaza de fuerza para con sus vecinos y recurra a esta vía extrema sola y exclusivamente cuando hay lesiones de derechos de terceros.

Cuando nos referimos al respeto a los derechos de otros no estamos diciendo que compartimos o adherimos las conductas individuales de nuestro prójimo, más aun podemos discrepar radicalmente con esos modos de proceder. En realidad la demostración cabal de respeto es, precisamente, cuando no compartimos la conducta privada de nuestros coetáneos. Y utilizamos la palabra “respeto” y no “tolerancia” porque este último vocablo tiene la connotación de cierto tufillo inquisitorial. Los derechos se respetan, no se toleran como si estuviéramos en lo alto de una loma perdonando los errores de otros como si fuéramos infalibles en cuanto a percepción de la verdad.

La verdad es la correspondencia entre el juicio y el objeto juzgado, pero para lograr aprehenderla se requiere esfuerzo en una permanente peregrinación al efecto de desprendernos del mar de ignorancia en el que nos debatimos para incorporar algo de tierra fértil. De allí la importancia de debates abiertos y absoluta libertad de expresión para arribar a buen puerto e incorporar nuevos conocimientos.

Por todo esto es la definición a la que arribé hace mucho tiempo y celebro que otros la hayan adoptado en cuanto a que el liberalismo es el respeto irrestricto a los proyectos de vida de otros. Entonces, en este contexto, cuando nos explayamos sobre la cultura nos estamos refiriendo al respeto a los comportamientos de otros seres humanos y estamos descartando cualquier manifestación de contracultura, a saber, conductas que invaden el fuero íntimo de nuestros semejantes, a toda manifestación que avasalle la privacidad del prójimo. De esto se sigue el respeto a la vida, a la libertad y a la propiedad de cada cual, entendiendo por esto último la consideración irrestricta al uso y disposición de lo que pertenece a cada uno.

En esto consiste la batalla cultural que debe darse antes que ninguna otra cosa si queremos vivir en una sociedad libre. Las expresiones que se refieren a lo coyuntural son del todo secundarias respecto a la batalla cultural, puesto que la coyuntura es una consecuencia de esa batalla. No hay circunstancia alguna que no derive de esa batalla para lo cual es menester trabajar en el terreno teórico al efecto de contar con una práctica civilizada.

Sin duda que los medios de comunicación deben informar sobre la coyuntura pero es indispensable que se le otorgue suficiente espacio a la batalla cultural, es decir, al debate de ideas de fondo si es que se desea corren el eje de las agendas que apunten al respeto recíproco.

Hay dos planos de acción que es perentorio clarificar y precisar. Esta diferenciación de naturalezas resulta decisiva al efecto de abrir cauce al progreso. Constituye un lugar de los más común -casi groseramente vulgar- sostener que lo importante es el hombre práctico y que la teoría es algo etéreo, mas o menos inútil, reservado para idealistas que sueñan con irrealidades.

Esta concepción es de una irresponsabilidad a toda prueba y revela una estrechez mental digna de mejor causa. Todo, absolutamente todo lo que hoy disponemos y usamos es fruto de una teoría previa, es decir, de un sueño, de un ideal, de un proyecto aún no ejecutado. Damos por sentado nuestros zapatos, el uso del avión, la televisión, la radio, internet, el automóvil, el tipo de comida que ingerimos, las medicinas a que recurrimos, los tipos de edificaciones, la iluminación, las herramientas, los fertilizantes, plaguicidas, la biogenética, la siembra directa, los sistemas políticos, los regímenes económicos etc. etc. Todo eso y mucho más, una vez aplicado parece una obviedad, pero era inexistente antes de concebirse como una idea en la mente de alguien.

John Stuart Mill escribió con razón que “toda idea buena pasa por tres etapas: la ridiculización, la discusión y la adopción”. Seguramente, en épocas de las cavernas, quienes estaban acostumbrados al uso del garrote les pareció una idea descabellada el concebir el arco y la flecha y así sucesivamente con todos los grandes inventos e ideas progresistas de la humanidad. En tiempos en que se consideraba que la monarquía tenía origen divino, a la mayoría de las personas les resultó inaudito que algunos cuestionaran la idea y propusiera un régimen democrático.

Los llamados prácticos no son más que aquellos que se suben a la cresta de la ola ya formada por quienes previa y trabajosamente la concibieron. Los que se burlan de los teóricos no parecen percatarse que en todo lo que hacen son deudores de ellos, pero al no ser capaces de crear nada nuevo se regodean en sus practicidades. Todo progreso implica correr el eje del debate, es decir, de imaginar lo nuevo al efecto de ascender un paso en la dirección del mejoramiento. Al práctico le corren el piso los teóricos sin que aquel sea para nada responsable de ese corrimiento.

El premio Nobel Friedrich A. Hayek concluye: “Aquellos que se preocupan exclusivamente con lo que aparece como práctico dada la existente opinión pública del momento, constantemente han visto que incluso esa situación se ha convertido en políticamente imposible como resultado de un cambio en la opinión pública que ellos no han hecho nada por guiar”. La práctica será posible en una u otra dirección según sean las características de los teóricos que mueven el debate. En esta instancia del proceso de evolución cultural, los políticos recurren a cierto tipo de discurso según estiman que la gente lo digerirá y aceptará. Pero la comprensión de tal o cual idea depende de lo que previamente se concibió en el mundo intelectual y su capacidad de influir en la opinión pública gradualmente a través de sucesivos círculos concéntricos y efectos multiplicadores desde los cenáculos hasta los medios masivos de comunicación.

En todos los órdenes de la vida, los prácticos son los free-riders (los aprovechadores o, para emplear un argentinismo, los “garroneros”) de los teóricos. Esta afirmación en absoluto debe tomarse peyorativamente puesto que todos usufructuamos de la creación de los teóricos. La inmensa mayoría de las cosas que usamos las debemos al ingenio de otros, incluso prácticamente nada de lo que usufructuamos lo entendemos ni lo podemos explicar. Por esto es que el empresario no es el indicado para defender el sistema de libre empresa porque, como tal, no se ha adentrado en la filosofía liberal ya que su habilidad estriba en realizar buenos arbitrajes (y, en general, si se lo deja, se alía con el poder para aplastar el sistema), el banquero no conoce el significado del dinero, el comerciante no puede fundamentar las bases del comercio, quienes compran y venden diariamente no saben acerca del rol de los precios, el que maneja un celular no puede fabricarlo, el especialista en marketing suele ignorar los fundamentos de los procesos de mercado, el piloto de avión no es capaz de fabricar una aeronave, los que pagan impuestos (y mucho menos los que recaudan) no registran las implicancias de la política fiscal, el ama de casa no conoce el mecanismo interno del microondas, ni de la refrigeradora y así sucesivamente. Tampoco es necesario que esos operadores conozcan aquello, en eso consiste la división del trabajo y la consiguiente cooperación social. Es necesario, pero sí que cada uno sepa que los derechos de propiedad deben respetarse para cuya comprensión deben aportar tiempo, recursos o ambas cosas si desean seguir en paz con su practicidad y para que el teórico pueda continuar en un clima de libertad con sus tareas creativas y así ensanchar el campo de actividad del práctico.

Desde luego que hay teorías efectivas y teorías equivocadas o sin un fundamento suficientemente sólido, pero en modo alguno se justifica mofarse de quienes realizan esfuerzos para concebir una teoría eficaz. Las teorías malas no dan resultado, las buenas logran el objetivo. En última instancia, como se ha dicho, “nada hay más practico que una buena teoría”. Como queda dicho, consciente o inconscientemente detrás de toda acción hay una teoría, si esta es acertada la práctica producirá buenos resultados, si es equivocada las consecuencias del acto estarán rumbeadas en una dirección inconveniente respecto de las metas propuestas.

Como hemos señalado, no solo no hay nada que objetar a la practicidad sino que todos somos prácticos en el sentido que aplicamos los medios que consideramos corresponden para el logro de nuestras metas, pero tiene una connotación completamente distinta “el práctico” que se considera superior por el mero hecho de aplicar lo que otros concibieron y, todavía, reniegan de ellos…los que, como queda dicho, hicieron posible la practicidad del práctico.

Afirmar que “una cosa es la teoría y otra es la práctica” es una de las perogrulladas mas burdas que puedan declamarse, pero de ese hecho innegable no se desprende que la práctica es de una mayor jerarquía que la teoría, porque parecería que así se pretende invertir la secuencia temporal y desconocer la dependencia de aquello respecto de esto último, lo cual no desconoce que la teoría es para ser aplicada, es decir, para llevarse a la práctica. Por eso resulta tan grotesca y tragicómica la afirmación que pretende descalificar al sostener aquello de que “fulano es muy teórico” o el equivalente de “mengano es muy idealista”, pues bienvenidos los idealistas si sus ideales fortalecen la cultura y se apartan de la contracultura en el sentido definido en esta columna periodística.

Estemos atentos y en la punta de la silla para juzgar las contribuciones que en estos momentos aparecen, como los debates sobre el dilema del prisionero, las externalidades, la asimetría de la información, el equilibrio Nash, los balances sociales y equivalentes pues el espíritu liberal está siempre en ebullición ya que no hay palabras finales para los mortales, de allí el extraordinario lema de la Royal Society de Londres nullius in verba.
Si se desea alentar la cultura y combatir la contracultura y la consiguiente batalla cultural, debe enfatizarse la importancia del trabajo teórico y el idealismo, y no circunscribirse al ejercicio de practicar lo que ya es del dominio público. Por ello resulta tan estimulante el comentario de George Bernard Shaw cuando escribe: “Algunas personas piensan las cosas como son y se preguntan ¿por qué? Yo sueño cosas que no son y me pregunto ¿por qué no?”.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

LA TIRANÍA DE UNA AGENDA NEFASTA

Por Alberto Benegas Lynch (h)

Resulta en verdad llamativo que personas que se consideran independientes y con un coeficiente intelectual aceptable se dejen manipular y llevar de las narices por quienes los embarcan en temas que en definitiva son irrelevantes. Tal vez si no les impusieran las agendas sobre los asuntos a tratar, ellos seleccionarían otros temarios pero aparentemente no pueden zafar de lo que se comenta y quedan entrampados en lo que otros dicen.

Este es el caso típico de las ofertas electorales: a medida que se acercan las fechas de los comicios o de un cambio de gobierno las discusiones se limitan a quien es el menos malo o si se votará entre el abismo y lo inoperante, entre las medias tintas o el despeñadero. Se consume así parte importante de la vida y se hace abandono de lo crucial, cual es el fundamento mismo de la sociedad abierta. Se dejan de lado esfuerzos tendientes a mostrar ideas de fondo que precisamente permitirán un mejor futuro. Es la tiranía de un temario suicida. Como he consignado antes, se procede como el perro histérico que en círculos pretende morderse la cola.

Se argumenta que no hay tiempo para imaginar otros horizontes y, paradójicamente, se extermina la cuarta dimensión con nimiedades en comparación con proyectos que permitirían zafar de los incendios cotidianos.

Los torrentes salivares y los mares de tinta que absorben lo temas comiciales no dejan resquicio para resolver los problemas a través del estudio y la difusión de valores y principios que permitirán salir del atolladero.

Todo este cuadro de situación parece montado deliberadamente para bloquear soluciones de fondo al machacar en intercambios interminables sobre lo superficial. Es que resulta más cómodo declamar sobre candidatos electorales en lugar del trabajo que demanda el escudriñar sobre los fundamentos de la libertad y las consecuencias nefastas de los atropellos a los derechos por parte de los aparatos estatales.

Algo parecido sucede con ciertos personajes que se consideran intelectuales pero que la juegan de políticos proponiendo medidas que reconocen que no apuntan ni remotamente a lo más conveniente pero que las sugieren porque son “políticamente correctas” con lo que abdican de su rol intelectual y en la práctica se venden al mejor postor.

La cuestión clave es comprender que la opinión pública en última instancia se mueve por las ideas al momento dominantes y que esas ideas nacen primero de cenáculos intelectuales que se van esparciendo como los círculos concéntricos en un estanque cuando se arroja una piedra. Se desplazan hacia los lados en donde se van tocando áreas cada vez más amplias. Las ideas no vienen del aire, son fruto de trabajos previos.

Pero si en lugar de ocuparnos de las ideas nos circunscribimos a pontificar sobre fórmulas electorales, habremos perdido lastimosamente  el tiempo y siempre estaremos empantanados en comicios circunstanciales.

Repetir como loros lo que ya está en los diarios y en los noticieros no tiene gracia. Es como detenerse en consideraciones meteorológicas frente a un enfermo grave de la familia que requiere nuestra atención.

Es hasta tragicómico observar con la rapidez que las personas suelen engancharse en acaloradas discusiones sobre nimiedades electorales mientras el país se derrumba.

En otras oportunidades me he detenido por separado y en detalle en ejemplos de ideas que podrían debatirse. En esta oportunidad solo los menciono al correr de la pluma al solo título recordatorio: la eliminación de todas las embajadas en vista de los modernos canales de comunicación, cambio del sistema nefasto del mal llamado sistema de seguridad social en realidad de inseguridad antisocial, liquidación de la banca central y el curso forzoso para que la gente pueda elegir el activo dinerario de su preferencia, el establecimiento de un genuino federalismo donde las provincias coparticipen al gobierno central solo para relaciones exteriores y defensa, eliminación de los ministerios de educación y cultura como opuestos a sistemas abiertos y competitivos en busca de excelencia, prohibición de deuda externa gubernamental al efecto de no comprometer futuros patrimonios de quienes no han participado en el proceso electoral que eligió al gobernante que contrajo la deuda, reestructuración de la maraña impositiva para establecer solo gravámenes indirectos, proporcionales y mínimos para atender los requerimientos del republicanismo, eliminación  de aranceles que siempre incrementan la inversión por unidad de producto, permitir negociaciones libres en el mundo del trabajo en el contexto de la eliminación de retenciones al fruto del trabajo ajeno y la introducción de vallas adicionales a los aparatos estatales en los tres poderes en base a lo sugerido por pensadores consubstanciados con la tradición liberal.

Por supuesto que para los distraídos estas propuestas de debate suenan como un balde de agua fría si han centrado las energías solo en descifrar embrollos comiciales sin haber prestado atención a los temas de fondo. Y no es que deban adoptarse las sugerencias telegráficamente mencionadas en esta nota periodística, sino que se trata de salir del letargo y trabajar las neuronas para eventualmente proponer otros caminos y así abandonar el pantano. Pero, nuevamente, si nos limitamos a consideraciones sobre cuales son los nombres propios de las alianzas electorales circunstanciales no habremos avanzado nada hacia lo que es en realidad la meta de toda persona de bien: el mayor progreso moral y material para cada una de las personas, especialmente para los más necesitados.

En todas las reuniones a las que asisto últimamente cuando comienzan los comentarios sobre vericuetos de la política vernácula propongo que dejemos de lado lo ya sabido y es que en el escrutinio final votaremos por el menos malo de quien tenga posibilidades de ser electo, pero para salir del pantano y alejarnos de la calesita reiterativa y tediosa más bien pasemos a otro asunto clave y es que nos preguntemos que hace cada uno diariamente para despejar ideas y por tanto para cambiar el rumbo que en el caso argentino nos aplasta hace siete décadas.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

SOBRE ÉXITOS Y FRACASOS

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

 

Es interesante detenerse unos minutos en este tema del éxito y el fracaso puesto que hoy en día son conceptos un tanto bastardeados, mal comprendidos y tergiversados. Estas ideas vienen de atrás y muchas veces comienzan en los colegios donde se interpreta que el exitoso se circunscribe al que tiene más amigos, tiene buena apariencia y baila bien. Quienes no están a estas alturas son perdedores (loosers) y, en su caso, los más aplicados y los más débiles, sujetos a bullying.

 

Cuando son más grandes la idea general del exitoso se traslada a los que tienen más dinero y, eventualmente, a los que gozan de más poder político.

 

En este cuadro de situación queda completamente eclipsada la noción del éxito como ser humano para confundirla con algunas de las metas que pueden ser objetivos legítimos parciales (descarto las ilegítimas que también se suelen admirar).

 

Una cosa es sostener que si la meta es, por ejemplo, treparse a un árbol y se logra el cometido se concluya con razón que se ha sido exitoso, lo mismo en un partido de tennis, en un negocio y así sucesivamente (nuevamente a los efectos didácticos dejo de lado las actividades que lesionan derechos de terceros, sea un asalto, un fraude y similares).

 

Si se logran aquellos propósitos es natural que se sostenga que se ha tenido éxito y si no se han logrado que se ha fracasado. En esta línea argumental todas éstas son metas parciales que pueden ser muy loables pero no aluden al éxito o al fracaso como seres humanos.

 

Esto último es de la mayor importancia puesto que no se refiere a medios sino más bien a fines. Como es sabido, la característica sobresaliente del ser humano es su racionalidad, es su libre albedrío, es su capacidad de elección, su responsabilidad y su consecuente vinculación con la moralidad de sus actos.

 

Muchas son las potencialidades que el ser humano puede actualizar pero el aspecto fundamental consiste en su intelecto, su dotación para dirigir su vida hacia fines nobles. Entonces, el éxito o el fracaso son inseparables de su conducta para lo cual es menester cultivar su conciencia al efecto de proceder del mejor modo posible.

 

En este contexto el exitoso es aquel que puede enfrentarse a si mismo al tener en claro que dijo e hizo lo mejor que estuvo a su alcance. Es un fracasado aquel que sabe que evitó decir y hacer lo mejor debido a criterios oportunistas que prevalecieron.

 

Ahora bien, esto también puede ser mal interpretado. No se trata simplemente de ser una buena persona en el sentido de no matar, no robar, acariciar a los enfermos, darle agua a los sedientos, procrearse, alimentarse y dormir bien. Se trata de mantenerse en la condición humana sin renunciamientos y proceder en consecuencia al intentar hacer que el mundo sea un poquíto mejor respecto a cuando el sujeto en cuestión nació.

 

Y esto es de vital importancia al efecto de cumplir mínimamente con la prueba tan efímera de esta vida terrena y buscar la excelencia en esa labor de contribuir a mejorar no solo las formas sino, sobre todo, el fondo de los acontecimientos que a cada cual toca vivir.

 

Aunque lo dicho no necesariamente está relacionado de modo directo a la religión, hay un pasaje evangélico que ilustra lo que comentamos. Lo transcribo en inglés debido a que en esa lengua se refleja más ajustadamente el sentido de lo dicho: “He who listens carefully the perfect law of liberty and stays firm, not as a forgetful listener but as a doer, he, practicing it, will enjoy happiness” (James, 1: 25). Digo que no directamente alude a la religión pero está tácita en lo que respecta al sentido de trascendencia y el esfuerzo de autoperfección (una senda siempre plagada en los humanos de avances y retrocesos), por más que no se adhiera a ninguna religión oficial: el contacto aunque sea subconsciente con la Primera Causa, la Perfección que hizo posible nuestra existencia, lo cual no hubiera ocurrido si las causas que nos engendraron fueran en regresión ad infinitum, esto es, que nunca hubieran comenzado.

 

Pues bien, el punto de partida necesario para que cada uno actualice su respectiva potencialidad y siga el camino que estime pertinente es que exista respeto recíproco. Esta condición ineludible para la cooperación social debe comprenderse, aceptarse y adoptarse, lo cual no es un proceso automático sino que requiere del necesario estudio y difusión.

 

Es a esto a lo que nos referimos como tesis central de esta nota: para que cada uno evalúe su éxito o fracaso como ser humano se hace imperioso que prevalezca la libertad para que cada uno elija su camino y asuma la correspondiente responsabilidad.

 

Ergo, todos los que pretenden que se los respete cualquiera sea el estilo de vida que adopten,  deben estudiar los fundamentos de una sociedad abierta y contribuir a difundir sus valores y principios.

 

Si no se procede en consecuencia no hay derecho a la queja cuando sus proyectos de vida son interferidos y violentados. Más aun, la sociedad libre es un prerrequisito para abrir puertas y ventanas de par en par al efecto de contar con las máximas posibilidades de tener éxito o fracasar como seres humanos ya que en ámbitos autoritarios se reduce considerablemente el radio de acción de cada uno y buena parte de sus conductas no pueden catalogarse de meritorias o inmorales puesto que fueron realizadas por la fuerza.

 

Entonces, hay una cuestión de orden para maximizar el significado y el peso de lo exitosos y lo fracasado y es el clima de libertad. En este contexto, se da rienda suelta al mayor espacio de éxitos y fracasos verdaderamente humanos, independientemente de los resultados en los negocios y equivalentes.

 

No es que en ambientes opresivos no pueda juzgarse el éxito o el fracaso como seres humanos según se haga más o menos para salir de esa situación miserable, es que a medida que aumenta el territorio de la libertad aumenta también la posibilidad de leer el éxito o el fracaso, que como queda dicho, es la valoración que cada uno hace de si mismo frente al espejo.

 

Pero para poder contribuir a que mejoren las cosas (y no simplemente quejarse) y tenga lugar el necesario respeto recíproco se hace inexorable dedicar mucho tiempo a pensar y, como queda dicho, a estudiar para después recién poder influir en otros. En esta dirección Josef Pieper explica que lo contrario al negocio es el ocio, esto es, la vida intelectual y escribe que “el ocio es uno de los fundamentos de la cultura occidental”, que el ocio quiere decir “en latín schola, en castellano escuela. Así pues, el nombre con que denominamos los lugares en que se lleva a cabo la educación e incluso la educación superior, significa ocio”, que en consecuencia “el ocio es el punto cardinal alrededor del cual gira todo” y que es lo contrario a la pereza puesto que “pereza y falta de ocio se corresponden. El ocio se opone a ambas” (todas estas citas son de El ocio y la vida intelectual de Pieper; Madrid, Ediciones RIALP).

 

Curiosamente se piensa que lo valioso y ejemplar es la persona que tiene una agenda muy apretada y se mueve agitadamente de un lado a otro repleto de almuerzos y reuniones de negocios siempre urgentes. En verdad son los que duermen la siesta de la vida puesto que mientras se desplazan raudamente, quienes ejercen el ocio, es decir, meditan y estudian, para bien o para mal

les mueven el piso a los primeros y manejan los acontecimientos que toman por sorpresa a los “ocupados” que no se dieron tiempo para pensar lo que ocurre ni se percatan de donde vinieron los cambios.

 

Debe subrayarse que no resulta relevante si lo que se expone en defensa de la sociedad abierta es avalado por pocas personas, el éxito humano es inescindible de la integridad moral y la honestidad intelectual…”The Courage to Stand Alone” como ha escrito Leonard Read en su célebre ensayo (New York, The Foundation for Economic Education).

 

No solo es muy respetable el negocio (negación del ocio) siempre que sea lícito sino que es necesario para el bienestar material, pero de allí a convertirlo en el paradigma del éxito humano hay un buen trecho que no puede obviarse ni acortarse si no se establecen las prioridades que comentamos muy telegráficamente en este artículo.

 

Dado que los humanos somos seres limitados e imperfectos, los éxitos en el sentido comentado están habitualmente rodeados de fracasos. Es un proceso de prueba y error. Unamuno resume bien el tema al escribir que “de cada cinco martillazos en la herradura, uno da en el clavo”. Esto no justifica que se yerre sino que aumenta la responsabilidad de lograr la meta de excelencia propuesta.

 

Va de suyo que en todos los estudios debe buscarse siempre la verdad lo cual es a contracorriente de la denominada posverdad o de lo posfactual que apunta a razonamientos que pretenden esconder la verdad y disfrazarla con  discursos emocionales etiquetados con nombres de lo políticamente correcto como “comunicación estratégica” (la primera vez que se usó el término de la posverdad fue por el dramaturgo Steve Tesich en 1992 a raíz del escándalo de Watergate veinte años antes).

 

Por último, señalo lo absurda de la afirmación de quienes posan de serios y que suelen comenzar la parla sobre el éxito y el fracaso (o sobre cualquier asunto) de este modo: “como sociedad, tenemos que pensar” en tal o cual cosa, cuando ese decir constituye un grosero antropomorfismo. Es un grave error el suponer que “la sociedad” pueda pensar cuando son los individuos los que lo hacen, actúan o deciden y no un bulto al que se le atribuyen propiedades que pertenecen a la condición individual. La misma tropelía que afirmar “la Nación quiere” o “el Estado dice”. Tampoco es “la gente” la que reflexiona o actúa, por las razones apuntadas Ortega concluye en El hombre y la gente que, en rigor, “la gente es nadie”. Una cosa es recurrir a simplificaciones al efecto de resumir el discurso y otra es tomarse en serio títulos como que “África propuso” y “Estados Unidos contestó”, como si los continentes o los países hablaran.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

LAS BASES MORALES DE LAS GANANCIAS

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Lo primero nos parece señalar que en el contexto de el tema que ahora trataremos es que la moral alude a valores y principios que permiten la convivencia y la cooperación social. Primero se sustentó en intuiciones morales mucho antes de hacerse explícitas las normas de conducta moral y en medio de una bruma y ciertas contradicciones aunque en muchos casos resultaba claro que no conducía a la armonía el asesinato, el robo y el incumplimiento de la palabra empeñada. Luego, en no pocos casos esas intuiciones se endosaban a la voluntad de los dioses frente a lo cual había quienes se revelaban por considerar esas disposiciones arbitrarias y sin fundamento, hasta que finalmente se percibió que esos valores y principios no surgían de caprichos sino que eran el resultado de un largo proceso evolutivo de descubrimiento como lo era, por ejemplo, el derecho, en ambos casos derivados del orden natural, de propiedades y características que no aparecen como consecuencia de la ingeniería social y el diseño sino de procesos y nexos causales anteriores a la voluntad del hombre. Sin duda que los gobernantes megalómanos continúan con la manía de imponer sus voluntades sobre las cosas, con los resultados por todos vistos.

 

Dicho esto es menester aclarar que la moral tiene dos vertientes: una se refiere a las relaciones interpersonales que son las relevantes en materia social y que se concretan en el respeto irrestricto a los proyectos de otros y la otra se refiere a las relaciones intrapersonales que aluden al fuero interno de cada cual al efecto de maximizar las potencialidades pero que en esta nota vamos a dejar de lado porque no hace al tema que pretendemos analizar.

 

Desde muy chicos escuchamos hablar de lo que está bien y lo que está mal. El relativismo epistemológico es contradictorio puesto que el relativismo convierte en relativo a esa postura y, por otro lado, quien manifiesta que no hay tal cosa como lo bueno y lo malo se molesta cuando lo violan, golpean o asaltan.

 

Vamos ahora de lleno al asunto que nos ocupa. Hay dos maneras de proceder de modo para que se cumplan: una es abstenerse de hacer el mal y otra es hacer el bien. Podemos decir que ésta última es jerárquicamente superior y es la que calza, entre muchas otras conductas, en la del empresario. Pensemos en que todo lo que existe en el mundo de los bienes y servicios proviene de la función empresarial: la ropa, los medicamentos, los alimentos, las comunicaciones, los libros, el teatro, las presentaciones musicales, los procedimientos agrícola-ganaderos, la luz, el agua etcétera, etcétera. El empresario que da en la tecla respecto a lo  que demanda la gente obtiene ganancias y el que yerra incurre en quebrantos. Este es el proceso que permite hacer el bien a la gente en todo cuanto reclama, aunque el fin sea mejorar el propio patrimonio.

 

Es cierto que hay una forma aun más valiosa desde el punto de vista de la bondad y es de quienes, también en su interés personal, hacen el bien sin esperar recompensa monetaria y es los que proceden a realizar actos caritativos sean monetariamente, a través del apostolado (por aquello de que “es mejor enseñar a pescar que regalar un pescado”) o llevando a cabo faenas personales en pos de la ayuda al necesitado. Es por cierto muy encomiable y necesaria la caridad pero tengamos muy en cuenta que no puede vivir una comunidad a puro rigor de beneficencia puesto que se derrumbaría la sociedad toda.

 

En otros términos, el rol del empresario (sea o no consciente de ello) es de una categoría moral que debe ser muy apreciada y agradecida (de allí es que en cada transacción comercial ambas partes se agradecen, una que presta el servicio y la otra que lo recibe). Por supuesto que queda excluido el empresario que no opera en el mercado sino que lo hace en base al privilegio que otorga el aparato estatal con lo que de hecho se está robando con el apoyo de la legislación del momento.

 

En este contexto, es pertinente detenerse a considerar casos extremos, denominados en ciencias sociales “life boats situations” sobre lo cual nos hemos pronunciado en otra oportunidad pero es del caso reiterar parcialmente el punto puesto que ilustra la necesaria comprensión del proceso que abastece las necesidades, especialmente en casos extremos.

 

Afinemos el lápiz para explicar el asunto de las situaciones consideradas límite, se trata de situaciones aparentemente excepcionales por las que se sostiene equivocadamente que habría que proceder conforme a reglas diferentes a las habituales.

 

Por ejemplo, después de un terremoto de envergadura gente que se queda sin lugar para vivir reclama que el aparato estatal controle los precios de los alquileres o de la compra de casas que han subido más o menos astronómicamente debido al sismo de marras. Se dice que esta es una situación fuera de lo normal y que, por tanto, debieran imponerse medidas también de carácter excepcional.

 

Pues bien, si se procede en esa dirección ocurrirá que la demanda habitacional excederá la oferta debido a la destrucción del caso y, en segundo lugar, al colocarse los precios a niveles artificialmente bajos, la inversión será atraída hacia otros reglones cuando precisamente se necesitan estímulos para la construcción de viviendas.

 

Con mi familia vivimos un terremoto de grandes proporciones en Guatemala (7.8 en la escala Richter), caso en que la destrucción de viviendas fue devastadora. Hubieron más de veinte mil muertos que, de más está decir, lamentablemente nada pudo hacerse al respecto. Afortunadamente, a pesar de insistentes consejos en otras direcciones, no se intervino en el mercado de viviendas con lo que la reconstrucción fue relativamente rápida. Sin embargo, unos años antes, en Nicaragua, tuvo lugar también un sismo de proporciones, pero en ese caso el gobierno decidió dejar el mercado abierto para habitaciones de lujo e intervenir en las más modestas (“para proteger a los pobres”). Esta política entonces hizo que la reparación fuera bastante veloz en el mercado de viviendas de alto precio, mientras que no sucedió lo mismo con las humildes, franja en la que la construcción se estancó junto a las mencionadas escaseces crecientes.

 

Es que el precio siempre limpia oferta y demanda, si había mil viviendas antes del terremoto para mil familias y después del accidente geológico quedaron en pie cien, indefectiblemente habrán novecientas familias en la intemperie. Frente a esta emergencia hay dos caminos para transitar: controlar precios con lo que irrumpirá el espejismo de la habitación barata, pero en la práctica, solo cien familias entran en cien casas y el resto se quedará con la ilusión. Pero lo realmente trascendente es que los precios achatados artificialmente no inducirán a la construcción para proceder en consecuencia con lo que el drama se prolonga.

 

En cambio, si se dejan libres los precios éstos subirán sideralmente lo cual resulta indispensable para acelerar al máximo la construcción. En cualquier caso debe tenerse muy presente que solo habrá cien viviendas  inmediatamente después de la catástrofe, cualquiera sea la política que se adopte pero, como queda expresado, en un caso se perpetúa y agrava el problema y en el otro se soluciona lo mejor posible dadas las circunstancias imperantes y al incrementarse la oferta los precios se contraen.

 

Y aquí viene un punto central en este análisis, las situaciones consideradas límite resulta que en último análisis no son tan límite. Por ejemplo, sabemos que hoy hay muchas personas en el continente africano que deben resignarse a la muerte de sus hijos porque no cuentan con los recursos suficientes para adquirir antibióticos. ¿Cuál es la solución? Si “por esta única vez” se implantan precios máximos a los productos farmacéuticos, sucederá lo que señalamos para la construcción: habrán filas de personas que pretenden comprar el medicamento pero éste no se encontrará disponible para la demanda inflada debido a precios artificialmente reducidos y, tal como apuntamos antes, lo más relevante es que las inversiones serán atraídas a otros reglones con lo que en verdad se estará matando a más gente y extendiendo la situación límite a otros sectores.

 

Se repite en diversos foros que lo importante es tener en cuenta los intereses de la sociedad y que no prevalezcan los intereses personales del individuo, de lo contrario, se sigue diciendo, se abren las compuertas para situaciones límite que en definitiva perjudican a todos.

 

Este razonamiento adolece de varios defectos de cierta magnitud. En una sociedad abierta no hay tal cosa como conflicto de intereses entre el conjunto y las partes puesto que la ventaja para el conjunto precisamente estriba en las ventajas de cada una de las partes. En otros términos, está en interés de la sociedad que sus componentes mejoren (es una forma de ilustrar la idea ya que, en rigor, no existen “los intereses de la sociedad” a menos que caigamos en un horrible antropomorfismo puesto que la sociedad no existe fuera de los individuos que la componen, lo cual nada tiene que ver con que la cooperación social genera nuevas posibilidades y perspectivas, siempre se trata de relaciones interindividuales).

 

Por último, para consignar solo un ejemplo más, se mantiene que otra situación límite en la que deben dejarse de lado los principios económicos sería cuando en un lugar alejado los aparatos estatales deben ocuparse de establecer líneas férreas, conexiones de aviones y equivalentes para facilitar el acceso aunque esos emprendimientos naturalmente arrojen quebrantos. Debe sin embargo comprenderse que las pérdidas las sufraga la comunidad, muy especialmente los más pobres como consecuencia del derroche de capital y la menor inversión que repercute de modo muy contundente sobre las franjas de menores salarios, lo cual hace que se amplíen las zonas inviables porque la miseria se extiende a medida en que se extienden las políticas antieconómicas. Todos provenimos de ancestros que vivían en “zonas inviables”, en cuevas miserables, sin caminos ni accesos, el progreso no consistió en destruir otras chozas sino en el respeto recíproco.

 

Se ha pretendido cuestionar la moralidad del empresario al sostener que puede haber “abuso del derecho” lo cual es una contradicción en los términos ya que un mismo acto no puede simultáneamente ser conforme y contrario al derecho. Del mismo modo se argumenta que la libertad tiene sus límites sin percatarse que lo que debe limitarse no es la libertad sino el libertinaje, o sea la anti-libertad. El ataque a las ganancias “normales” o “excesivas” (por lo que ello pueda significar) constituye un tiro en el propio zapato puesto que en un mercado libre son siempre el resultado de los votos que la gente deposita diariamente en el supermercado y afines con sus compras y abstenciones de comprar.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

EL VALOR DE LAS INSTITUCIONES: GIOVANNI SARTORI

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Ha muerto quien hasta ahora y en el contexto de esta etapa de la evolución puede considerarse uno de los representantes más destacados de la ciencia política desde Aristóteles. No es una exageración decir que ese pensador es Giovanni Sartori. No lo conocí personalmente pero conservo nuestra correspondencia a raíz de la presentación de mi ensayo “Toward a Theory of Autogovernment” en un seminario en Seúl, en agosto de 1995, patrocinado por la International Cultural Foundation, trabajo que tuvo la amabilidad de comentar (lo cual agradecí en mi libro El juicio crítico como progreso de 1996).

Por marcos institucionales Sartori entendía las normas que protegen los derechos individuales a la vida, a la libertad y a la propiedad de lo cual depende la civilización. Su recorrido intelectual lo dedicó a estudiar y enseñar acerca de los límites al poder político para que no se salga de sus funciones específicas a la protección a aquellos derechos y, asimismo, el señalar los graves peligros de que los aparatos estatales se conviertan de protectores en agresores con lo que los gobiernos a través del abuso de mayorías destrocen los valores y principios de una sociedad abierta.

Sin duda su obra de mayor calado es el multivolumen Teoría de la democracia . Subraya Sartori que la democracia ilimitada o degradada contradice su esencia y su etimología ya que no se trata de demos sino de antidemos. En palabras del autor “por tanto, el argumento es de que cuando la democracia se asimila a la regla de la mayoría pura y simple, esa asimilación convierte en un sector del demos en no-demos. A la inversa, la democracia concebida como el gobierno mayoritario limitado por los derechos de la minoría se corresponde con todo el pueblo, es decir, con la suma total de la mayoría y la minoría. Debido precisamente a que el gobierno está limitado, todo el pueblo (todos los que tienen derecho al voto) está siempre incluido en el demos“.

Esta preocupación y ocupación de Sartori se debe a lo que de un tiempo a esta parte viene sucediendo que la democracia se ha ido mutando en cleptocracia, es decir, el abandono de todo sentido de los valores y principios de la democracia convirtiéndose en una caricatura para de contrabando transformase en el gobierno de ladrones de libertades, propiedades y sueños de vida. No es cuestión que la libertad sucumba y se torne en un inmenso Gulag en nombre de la democracia. Por eso es de tanta relevancia prestar debida atención a propuestas que apuntan a introducir nuevos y más efectivos límites para frenar los abusos y atropellos del Leviatán cada vez más adiposo y agresivo.

Este enfoque enfatiza el serio inconveniente que suscribió Platón con su estropicio del “filósofo rey” que en lugar de resaltar los aspectos institucionales centra su atención en las personas que ocupan cargos públicos, exactamente lo contrario de lo que apuntaba Popper para que “los gobiernos hagan el menor daño posible”.

Es en verdad sumamente curioso que hay quienes se declaran “liberales en la política” y niegan el liberalismo en la economía como si tuviera algún sentido suscribir el continente y negar el contenido cuando justamente el continente (la libertad política) es para que cada uno pueda usar y disponer libremente de lo propio.

Sartori enseño en su natal Florencia y en Yale, Standford, Harvard y Columbia y publicó numerosos ensayos y libros entre los cuales, a nuestro juicio, son criticables algunas de sus consideraciones sobre las “sociedades multiéticas” y sus percepciones del homo videns aunque sus reflexiones sobre el poder de las imágenes son de gran provecho puesto que éstas dan todo servido y anulan el pensamiento que, por ejemplo, brinda la lectura donde el ritmo y la imaginación están a cargo del lector.

En las épocas que corren es evidente que el mayor peligro para la supervivencia de la genuina democracia consiste en el nacionalismo como sello del populismo, es decir en las culturas alambradas habitualmente atadas al racismo, los caudillos (“encantadores de serpientes” según Sartori) que usan la supuesta democracia en provecho propio y en los estatismos siempre empobrecedores.

Ya el magistral J. F. Revel demuestra en su libro La gran mascarada el estrecho parentesco entre el nacionalsocialismo y el comunismo (en este caso, resabios de la Nomenklatura). En esta oportunidad nos concentramos en uno de los aspectos xenófobos del nacionalismo lo cual para nada excluye los graves problemas económicos que producen los aranceles y demás controles y reglamentaciones que conducen a la miseria con el pretexto de “la economía nacional y popular”-

Como ha señalado Thomas Sowell, los sicarios nazis debían rapar y tatuar a sus víctimas para distinguirlas de sus victimarios. Hitler, después de mucho galimatías clasificatorio, finalmente sostuvo que “la raza es una cuestión mental”, con lo que adhirió al polilogismo racista, bajo la absurda pretensión de que el ario y el semita tienen una estructura lógica distinta. Esto fue calcado del polilogismo marxista, por el que se arguye que el proletario y el burgués tienen distintas lógicas, aunque, como ha señalado Mises, nunca se explicó en qué se diferencian concretamente esas estructuras del pensamiento. Tampoco se explicó qué le ocurre en la cabeza a la hija de una burguesa y un proletario ni qué le ocurre a este último cuando se gana la lotería o comienza a tener éxito en los negocios.

Por otra parte, en estos embrollados ejercicios, se suele confundir el concepto de lengua con el de etnia. En este último sentido, la filología demuestra que el entronque del sánscrito con las llamadas lenguas europeas -como el griego, el latín, el celta, el alemán, el inglés y las lenguas eslavas- dio como resultado las lenguas denominadas indoeuropeas o indogermánicas, expresiones que más adelante se sustituyeron por la de ario, debido a que el pueblo que primitivamente hablaba el sánscrito en la India se denominaba arya. Max Müller (Biography of Words and the Home of the Aryans) dice: “En mi opinión un etnólogo que hable de la raza aria comete un error tan importante como el que cometería un lingüista que hablara de un diccionario dolicocéfalo o de una gramática braquicéfala.”

También, en este mismo contexto, es frecuente que se asimile la idea estereotipada de raza con religión, por ejemplo, en el caso de los judíos. Antiguamente, este pueblo provino de dos grupos muy disímiles: unos eran del Asia menor y otros de origen sudoriental de procedencia árabe. A esto deben agregarse los múltiples contactos con otras civilizaciones y poblaciones de distintas partes del planeta, lo cual ha producido las más variadas características (en última instancia, todos somos de todas partes, ya que nuestros ancestros son de orígenes muy mezclados).

Como ha dicho Darwin, hay tantas supuestas razas como clasificadores. En verdad produce congoja cuando -ingenuamente a veces, y otras no tan ingenuamente- se hace referencia a las “diversas sangres” que tendrían diferentes grupos étnicos. Vale la pena aclarar este dislate. Hay solamente cuatro grupos sanguíneos que están distribuidos entre todas las personas. La sangre está formada por glóbulos que están en un líquido llamado plasma. Los glóbulos son blancos (leucocitos) y rojos (hematíes), y el plasma es un suero compuesto de agua salada y sustancias albuminoides disueltas. La combinación de una sustancia que contiene los glóbulos rojos, denominada aglutinógeno, y otra conocida como aglutinina, que contiene el suero, da como resultado los antes mencionados cuatro grupos sanguíneos. Eso no tiene nada que ver con las respectivas evoluciones que van estableciendo diversas características exteriores. Y esos grupos sanguíneos no pueden modificarse ni siquiera con transfusiones.

Los rasgos físicos que hace que hablemos de etnias responden a procesos evolutivos. En el planeta tierra todos provenimos de Africa (y, eventualmente, del mono). Spencer Wells- biólogo molecular, egresado de las universidades de Oxford y Stanford- explica magníficamente bien nuestro origen africano (The Journey of Man) y las distintas migraciones que, según las diversas condiciones climáticas, hicieron que la piel y otros rasgos físicos exteriores vayan adquiriendo diferentes aspectos.

En este último sentido, siempre me ha llamado poderosamente la atención que muchas personas llamen en Estados Unidos a los negros “afroamericanos” como una manifestación un tanto atrabiliaria de lo que se ha dado en llamar political correctness. Curioso es en verdad que muchos negros se dejen llamar afroamericanos como si fuera algo distintivo. Esto no los diferencia del resto puesto que, por las razones apuntadas, por ejemplo, el que esto escribe es afroargentino.

Sin duda, el ejemplo más repugnante estriba en la criminal judeofobia alimentada por tanto mequetrefe que anda suelto por el mundo. Obras tales como Veintitrés siglos de antisemitismo, del sacerdote Edward Flannery, y la Historia de los judíos de Paul Johnson son suficiente testimonio de la barbarie racista.

Karl Popper muestra la fertilidad que se produce a través de los estrechos vínculos interculturales y ofrece, como ejemplo, la Viena del siglo de oro antes de que la hediondas botas nacionalsocialistas produjeran otra de las tantas diásporas características de los regímenes totalitarios. Ese caso se ilustra con las notables manifestaciones en el campo de la música, la literatura, la ciencia económica, el derecho y el psicoanálisis.

El oxígeno resulta indispensable y esto se logra abriendo puertas y ventanas de par en par. La guillotina horizontal que pretende nivelar y enclaustrar necesariamente empobrece. La cultura no es de esta o aquella latitud, del mismo modo que las matemáticas no son holandesas ni la física es asiática. Nada más absurdo que la troglodita noción del “ser nacional” y nada más truculento y tenebroso que las banderas de la “cultura nacional y popular”.

En una sociedad abierta, las jurisdicciones territoriales tienen por única función evitar los peligros de la concentración de poder que significaría un gobierno universal. Pero de allí a tomarse seriamente las fronteras hay un salto lógico inaceptable. Obstaculizar cualquiera de las muchísimas maneras de intercambios culturales libres y voluntarios constituye una seria amenaza y una forma grotesca de contracultura.

El nacionalismo es una de las formas de ofender a la democracia que tanto desvelaron a Sartori que sostuvo que avanza merced al lenguaje de “lo políticamente correcto que resulta un procedimiento solapado para anular el pensamiento”. La revalorización del derecho ha sido una labor muy fértil de Sartori en circunstancias que el positivismo legal ha hecho estragos en no pocas facultades de derecho.

Por último en esta nota periodística, transcribo una cita de Arnold Toynbee que se conecta con los temas de Sartori en cuanto a la razón de los esclavos modernos que piden ser esclavizados: “La gran ley de desarrollo social consiste en que el paso de la esclavitud a la libertad significa el paso de la seguridad a la inseguridad de ser mantenidos”.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

 

El liberal uruguayo

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 14/1/17 en  en El País de Montevideo. Edición impresa.

 

Cada tanto tiempo aparecen en muy diversos lugares personas que dejan una huella profunda en las mentes de sus congéneres. Es como dice en la Biblia -Isaías (1:9)- cuando alude a “un reducto minúsculo” que será la esperanza para mantener valores y principios que las mayorías circunstanciales suelen rechazar. El coraje moral de pocas personas permite mantener viva la llama.

En el caso que ahora nos ocupa, el de una extraordinaria personalidad: Ramón Díaz, se destaca nítidamente en la historia uruguaya reciente quien acaba de morir, ha dedicado parte importante de su vida a mostrar las ventajas de la sociedad abierta (para recurrir a terminología popperiana). Un gran liberal que trascendió en mucho las fronteras de su país.

Fue presidente de la internacional asociación liberal Mont Pelerin Society fundada en la segunda posguerra por el premio Nobel en economía Fredrich Hayek, secundado por eminentes economistas y cientistas sociales como Milton Friedman, Ludwig von Mises, Leonard Read, Wilhelm Röpke y Frank Knight.

Personalmente lo conocí en una de las reuniones de esa asociación de la que fui miembro del Consejo Directivo. Me invitó varias veces a dictar clases en la Universidad Católica de Uruguay donde mantenía una cátedra regular de economía, período en el cual escribió su obra cumbre sobre la historia económica uruguaya que ha servido como uno de los textos más valiosos del recorrido económico del país hermano. Me honró al sugerir mi nombre para integrar la Academia Nacional de Economía del Uruguay que presidió y de la que soy miembro correspondiente.

Cuando murió mi padre se publicó un libro en su homenaje al que Ramón fue invitado a contribuir. Su emotivo trabajo se tituló “Un pionero de la libertad” en referencia al homenajeado donde lo abre afirmando que Adam Smith inició el debate sistematizado sobre la trascendencia del mercado libre a contracorriente del denominado “mercantilismo” que hoy podemos denominar populismo o simplemente estatismo que contienen todas las falacias que seguimos desafortunadamente discutiendo hoy.

Nuestro mundo sigue empecinado en gastos públicos astronómicos en el contexto de reclamos por “Estados presentes” como si no se percatara de que el Estado es el vecino que financia todo ya que ningún gobernante pone de su peculio (más bien se suele llevar recursos a sus arcas personales que pertenecen al erario público). A esto se agrega un colosal endeudamiento estatal que compromete futuras generaciones que no han participado en el proceso electoral para seleccionar al gobierno que contrajo la deuda. Como si esto fuera poco, la presión tributaria se torna insoportable en vista de la manía gubernamental de entrometerse en los más mínimos recovecos de la vida privada en lugar de concentrarse en la Justicia y la seguridad que son las áreas que generalmente no atiende. Y solo para mencionar algunos desvíos, los aparatos estatales imponen restricciones al comercio exterior como si fuera una gracia obligar a los locales a comprar más caro y de peor calidad bajo presión de pseudoempresarios que pretenden mercados cautivos a expensas de su prójimo. En otros términos, después de más de trescientos años desde Adam Smith y con argumentos muy reforzados desde entonces, resulta que retornamos al mercantilismo del siglo XVII que hoy opera bajo el rótulo del nacionalismo, el socialismo o el Estado Benefactor (esto último una contradicción en los términos puesto que la fuerza no puede hacer beneficencia).

Vivimos la era de los megalómanos que con una arrogancia superlativa imponen lo que debe hacer cada cual con su vida y el fruto de su trabajo. Miran con desconfianza la coordinación del mercado abierto y se entrometen con lo que generan escasez y desperdicio de capital lo cual se traduce en una inexorable reducción de salarios puesto que estos dependen de las tasas de capitalización. Se encaprichan por la llamada “redistribución de ingresos” situación que necesariamente significa que se contradicen las indicaciones que los consumidores llevan a cabo en el supermercado y afines. Como se ha dicho “la primera regla de la economía es que los bienes no son sobreabundantes y la primera regla de la política es desconocer la primera regla de la economía”.

Cuando fui rector de la institución de posgrado Eseade (Escuela Superior de Economía y Administración de Empresas) el primer profesor invitado fue Ramón Díaz, quien pronunció su conferencia inaugural sobre los daños que produjo la Cepal en América Latina al insistir en políticas estatistas especialmente en cuanto al sector externo, pero no solo respecto a la manipulación cambiaria y arancelaria sino también en cuanto a la multiplicación de empresas estatales que están siempre fuera del mercado.

Recuerdo la emoción que todos sentimos con esa presentación inicial en una casa de estudios que recién comenzaba sus maestrías. A raíz de una de las preguntas de uno de los alumnos que se interesó por conocer la diferencia entra el liberalismo político y el económico, Ramón explicó con claridad meridiana el tema. Señaló que el liberalismo es inescindible y que el así llamado “liberalismo político” alude al continente, es decir, a la libertad de expresión del pensamiento, al Estado de Derecho, a la división e independencia de los poderes y equivalentes, mientras que el “liberalismo económico” se dirige a la libertad de los mercados, a saber, que cada uno pueda usar y disponer de lo propio sin que se lesionen derechos de terceros. A continuación Ramón preguntó a la audiencia para que sirve el continente (la libertad política) si no es para proteger el contenido (las acciones diarias de la gente para disponer de su propiedad).

Despedimos al amigo que, fuera de sus dotes profesionales, fue una excelente persona. Ha sido un privilegio conocerlo y aprender de su notable versación.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.