Los costos no determinan los precios: lo esencial, no es visible a los ojos, hay que pensar

Por Martín Krause. Publicado el 8/6/15 en: http://bazar.ufm.edu/los-costos-no-determinan-los-precios-lo-esencial-no-es-visible-a-los-ojos-hay-que-pensar/

 

Con los alumnos de OMMA-Madrid leemos a Böhm-Bawerk sobre la relación entre los costos y los precios.

Lo esencial, no es visible a los ojos, decía el Principito, de Saint Exúpery. Algo así sucedió por mucho tiempo en relación a los precios y a los costos (que también son precios). Durante siglos, filósofos y luego economistas, discutieron la relación entre precios y costos, confundidos porque a simple vista parece que cualquier comerciante, por ejemplo, simplemente toma en cuenta su costo de compra y le suma un cierto porcentaje para establecer sus propios precios. Es cierto, ése es un método sencillo que utilizan muchos, pero no nos explica la real relación entre costos y precios. Sí lo hace Böhm-Bawerk:

Bohm Bawerk - Positive Theory of Capital

“En lo que sigue trataré, tan breve y claro como sea posible, de describir la concatenación entre Valor, Precio y Costos; y creo que no exagero al decir que, entender claramente esta conexión, es entender claramente la mejor parte de la Economía Política.”

“La formación del valor y el precio comienza con las valoraciones subjetivas de los consumidores sobre los productos terminados. Estas valoraciones determinan de la demanda de esos productos. Como oferta, contra esta demanda, se encuentra, en primer lugar, el stock de productos terminados que mantienen los productores. El punto de intersección de estas valoraciones bilaterales, la valoración de los pares marginales, determina, como sabemos, el precio y, por supuesto, determina el precio de cada clase de producto separadamente. Así, por ejemplo, el precio de rieles de hierro es determinado por la relación entre la oferta y la demanda de rieles, y, similarmente, el predio de todo otro producto hecho con el bien de producción hierro –tales como espadas, arados, martillos, láminas, calderas, máquinas, etc- es determinado por la relación entre la oferta y la demanda de cada uno de esos productos específicos.

Para que quede esto bien claro, asumamos que la relación entre los requerimientos y los stocks de distintos productos de hierro –y, por ende, sus precios- son diferentes; que el precio de una cantidad de un producto que puede fabricarse de una misma unidad de material- por ejemplo una tonelada de hierro- varía de 2 para el más barato a 20 para el más caro de los productos. Estos precios son el resultado de la posición del mercado en el momento, y hemos ya asumido que el stock de productos (la oferta) son una cierta cantidad. Pero lo son solamente por un momento. A medida que pasa el tiempo, están siendo siempre suplementados por la producción, y esto los convierte en una cantidad variable. Sigamos las circunstancias de esta producción.

Para la manufactura de productos de hierro los fabricantes, por supuesto, necesitan hierro. Bajo el sistema de la división del trabajo deben comprarlo en el mercado del hierro. Los fabricantes representan esta demanda de hierro. En cuanto a la magnitud de la demanda, está claro que cada productor comprará tanto hierro como le requiera producir la cantidad de bienes que espera vender entre sus clientes. Obviamente ningún fabricante pagará más por la tonelada de hierro de lo que pueda obtener de sus propios clientes en la forma del precio; pero hasta este punto, aun en el peor caso, podrá competir y competirá antes que dejar que su proceso se pare por falta de materia prima. El fabricante, entonces, que puede emplear rentablemente la tonelada de hierro si obtiene 20 de sus clientes será un comprador en el mercado; aquél que puede emplear rentablemente una tonelada de hierro a 16 naturalmente, no comprará a un precio superior a 16, y así sucesivamente.

De esta forma, el precio de mercado que cada productor de productos de hierro obtiene por sus productos específicos (o la proporción del precio de mercado que cae sobre el hierro según la ley de los bienes complementarios) lo provee de la valoración concreta que tienen en mente cuando se suma a la demanda de hierro.”

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

 

Otra vez, precios máximos:

Por Alberto Benegas Lynch (h) Publicado el 13/1/14 en: http://www.cronista.com/contenidos/2014/01/13/noticia_0036.html

Reconozco que es muy tedioso repetir conceptos archiconocidos. Desde Diocleciano en Roma, se vienen explicando los efectos nocivos que se suceden cuando los aparatos estatales intervienen en el mecanismo de precios bajo el rótulo de ‘acuerdos de precios’ o bajo cualquier otra pantalla. Como en nuestro medio estamos enredados con los tomates y otros menesteres tragicómicos, es pertinente volver sobre el asunto.
Como es sabido, el precio surge como consecuencia de la interrelación de las estructuras valorativas entre compradores y vendedores. No mide el valor puesto que éste opera en direcciones opuestas en la demanda y la oferta (si tuvieran el mismo valor no tendría lugar la transacción). Es como si se tratara de un tablero donde se indican las diversas posiciones (permanentemente cambiantes) que revelan los distintos márgenes operativos que observan los actores en el mercado al efecto de invertir o desinvertir.
Cuando el Leviatán se inmiscuye e impone un precio máximo (es decir un techo obligatorio que naturalmente es más bajo que el de mercado), inexorablemente tienen lugar varios efectos. Primero, se producirá una expansión en la demanda ya que habrá más gente que puede adquirir el bien en cuestión.
Segundo, en ese mismo instante se sucede un faltante artificial del producto puesto que por arte de magia no puede incrementarse la oferta. De allí las colas y las frustraciones debido a que hay quienes pueden comprar pero el bien no está disponible.
Tercero, en la escala de los comerciantes hay los más eficientes que cuentan con márgenes operativos mayores y los menos productivos cuyos beneficios son reducidos. Éstos últimos son los primeros en desaparecer del mercado porque entran en el terreno del quebranto.
Cuarto, se agudiza el faltante mencionado ya que no solo aumenta la demanda sino que ahora se contrae la oferta. Y quinto, se alteran los márgenes operativos del antedicho tablero situación que, al leerse señales falsas, resulta que se tiende a invertir en áreas que la gente en verdad considera menos urgentes (que aparecen relativamente con ganancias más atractivas) y se abandonan justamente los sectores que más se necesitan por deprimir sus márgenes operativos artificialmente.
Si se tiene en cuenta que habitualmente los precios máximos recaen sobre productos de primera necesidad, es en éstos sectores en los que paradójicamente se producen los primeros problemas. En la medida en que se generalizan los precios máximos, se generalizan sus efectos y se extienden las dificultades en la evaluación de proyectos, la contabilidad y el cálculo económico en general puesto que se basan en números que en ese momento le agradaron al burócrata y no en precios en el sentido técnico de la expresión.
Es justamente el problema de los precios lo que condujo al Muro de la Vergüenza y a su demolición: si no hay precios por los ataques a la propiedad privada, se pierde por completo el rumbo de la economía y se desconoce la magnitud del consumo de capital puesto que no hay forma de detectarla en ausencia de precios. Por eso hemos ilustrado antes el problema con que, en el extremo, no se sabe si conviene construir caminos con oro o con asfalto.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. En Administración. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer Rector de ESEADE. 

Pobreza vs desigualdad:

Por Gabriel Boragina. Publicado el 27/9/13 en http://www.accionhumana.com/

Es bastante frecuente que en la sociología político-económica los términos pobreza e igualdad se traten como sinónimos. Asimismo, ambas suelen relacionarse como un verdadero problema socio-político-económico. Sin embargo, darles este empleo sinónimo es bastante desacertado. La pobreza y la desigualdad son cosas distintas. También es incorrecto tratar ambos conceptos como «problemas sociales», ya que si bien la pobreza si es efectivamente un problema -y por cierto muy severo-, la desigualdad -en cambio- no lo es. Intentaremos de ilustrar lo hasta aquí dicho con un ejemplo.

Supongamos que tenemos cuatro personas: A, B, C, y D. Imaginemos que A tiene una mansión, B posee una fábrica, C un caballo y D cinco gallinas. Lo primero que salta a la vista es que A, B, C y D son todos ellos desiguales entre sí, tanto en lo que respecta a sus propias personas como en lo que se refiere a sus bienes. Si A es Juan y B es Pedro, resulta evidente que Juan no es igual a Pedro.

En cuanto a sus posesiones, a pesar de tener bienes mas «valiosos» que los que poseen C y D, A y B son desiguales entre si y, recíprocamente, pese a tener bienes menos «valiosos» que los que poseen A y B; C y D también son desiguales entre sí. Considerada, ya sea en forma horizontal o vertical, en forma cruzada o directa, entre los cuatro existe la más completa desigualdad. Ahora bien, desde otro ángulo, puede decirse que C y D son «pobres» respecto de A y B, y que estos últimos son «ricos» respecto de los primeros, donde las mansiones y las fábricas se consideran «mayor riqueza» que los caballos y las gallinas.

Figurémonos ahora que el gobernante de la isla donde viven A, B, C, y D, (que llamaremos G) decide -en un emotivo acto de «justicia social»- «limar las desigualdades» entre los primeros, trasfiriendo -como hacen todos los gobiernos del mundo- la riqueza o los ingresos de los «ricos» en dirección hacia los «pobres», para lo cual resuelve entregar media mansión de A a C, y media fábrica de B a D. Con lo que C pasará a tener un caballo y media mansión (que antes pertenecía a A) y D ahora tendrá en propiedad media fábrica y las cincos gallinas que antes poseía, en tanto que A sólo le quedará media mansión y a B media fábrica. ¿Ha eliminado o reducido G las desigualdades entre ellos? Obviamente la respuesta es no. Siguen siendo los cuatro tan desiguales como lo eran antes del reparto del «estado social» o «benefactor». No obstante lo cual, ha habido un cambio significativo ¿cuál es? Podría decirse que ahora -a primera vista- A y B son más pobres que antes y C y D menos pobres que antes del reparto del «justiciero social», pero si miramos más de cerca notaremos que media mansión no tiene utilidad alguna y -por lo tanto- ningún valor en el mercado, como no lo tiene medio auto, sino el coche completo. Lo mismo sucede con la media fábrica de B (y ahora de D) a ninguno de ellos le servirá para nada, porque lo útil y valioso era la fábrica entera y no las mitades divididas de ella. Ni media mansión le sirve para vivir a nadie, ni media fábrica le sirve para producir ni trabajar a nadie. Con lo que, en suma, los cuatro A-B-C y D han resultado hundidos todos ellos en la más absoluta pobreza. Moraleja: el redistribucionismo y las «políticas sociales de reparto» y de «justicia social» lo que redistribuyen y reparten es más miseria para todos. Pero, y esto es lo más relevante y significativo: no disminuyen las desigualdades, que ya existían antes, existen ahora y seguirán existiendo en el futuro, con o sin la intervención del gobierno. Lo que sí hizo el gobierno es agudizar las desigualdades entre los cuatro, y destruir la riqueza que existía antes de la intervención.

No se redujo la pobreza sino que simplemente se le dio otra dirección diferente. Incluso si la mansión y la fábrica pasan íntegras a C y D, tendremos invariable desigualdad y a la vez más pobreza.

Por supuesto, A, B, C, y D pueden ser una, ciento, miles o millones de personas y, de la misma manera, las mansiones, fábricas, caballos y gallinas pueden ser 1, 100, 1000 o millones. Podrán ser aviones o frutas, buques o zapatos, o sus equivalentes en dinero. El resultado final siempre será el mismo, se traten de los bienes o servicios que se traten.

El verdadero problema social es la pobreza y no la desigualdad, y en tanto la pobreza tiene solución incrementando la riqueza existente mediante la producción, el ahorro y la capitalización del mismo como sólo lo hacen –y pueden hacerlo- los mercados libres, la desigualdad no constituye «problema» alguno, como acabamos de demostrarlo. La desigualdad sólo consiste en un dato de la realidad y nada más que eso. Es cierto que mesiánicos megalómanos pueden llegar a ver (y proclamar a) la desigualdad como «problema», pero tarde o temprano habrán de convencerse que, si así quieren considerarlo, comprobarán que como tal, no tiene «solución» alguna. Y no tiene «solución» porque no es un «problema». La «desigualdad» es meramente la excusa perfecta que tienen los envidiosos del éxito ajeno para tratar de arrebatarles por la fuerza o mediante artilugios político-legales, los bienes que los envidiados poseen en legítima ley.

Mientras los pretensos reformadores sociales de buena fe (de los de mala fe no hay nada que decir, excepto que parece ser que cada vez son más) no se concentren en la solución del verdadero problema que es la pobreza y -en cambio- erróneamente sigan enfocados en el falso de la desigualdad, la pobreza será cada vez mayor y más extendida en un mundo que fue, es y será siempre desigual. Y la solución a la pobreza es la creación de riqueza, la que sólo el mercado libre y el capitalismo garantizan.

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.