Enrique VIII: El líder despótico

Por Luis del Prado:

 

El 2 de julio de 1613 (fecha en la que se incendió accidentalmente el Globe Theater de Londres) se estaba representando en su escenario “La famosa historia de la vida del Rey Enrique VIII”, de William Shakespeare, una de sus últimas creaciones. El drama narra todo un entramado político, social y religioso, por el que desfilan un sinfín de personajes, mostrando los acontecimientos de un período de la vida del rey Enrique VIII. La obra comienza en el momento de la destitución del Duque de Buckingham y se cierra con el nacimiento de Isabel, fruto de la relación del Rey con su segunda esposa, Ana Bolena. A lo largo del texto se describen las caídas en desgracia de la Reina Catalina de Aragón y del Cardenal Wolsey y se pinta el fuerte cambio político y sobre todo religioso que se produce en Inglaterra partir de la ruptura con el Vaticano. Shakespeare detiene la descripción de la vida de Enrique VIII en el momento del nacimiento de su hija Isabel, probablemente para evitar mencionar la decadencia del Rey y la inestabilidad política que volvió a aparecer en Inglaterra, derivada del divorcio del Rey y el casamiento con Ana Bolena. Al no mencionar los hechos posteriores, la obra concluye con la gran esperanza que supone el nacimiento de la princesa Isabel. Si bien la ruptura con la Iglesia de Roma generó conflictos importantes, el poder del Rey se reafirmó frente a su pueblo. Por otra parte, no puede dejar de mencionarse que el público de las obras de Shakespeare era testigo que Isabel I se había convertido en una gran reina, que produjo el desarrollo industrial y el crecimiento económico del país, y cuyo mito se agigantó con la victoria sobre la Armada Invencible española, hecho que convirtió a Inglaterra en la principal potencia marítima europea. Seguramente influido por una cuestión patriótica y religiosa, Shakespeare culmina la obra sin menciones elogiosas a María Tudor, primogénita del Rey, católica y con su lealtad dividida entre Inglaterra y España, la patria de su madre Isabel la Católica. A lo largo de esta obra, Shakespeare suaviza de manera evidente la oscuridad de este período de la historia inglesa (la reforma religiosa, las persecuciones, las ejecuciones de dos de sus esposas, etc.), seguramente motivado por no desagradar a su principal empleadora, la Reina Isabel I. Enrique VIII nació en 1547 y fue el segundo hijo de Enrique VII e Isabel de York. Se convirtió en el heredero de la corona debido a la prematura muerte de su hermano mayor, Arturo. Como era común en los príncipes del Renacimiento, había recibido una excelente formación humanista, hablaba francés, latín y español, componía poesía y pequeñas obras musicales y era un destacado deportista, aficionado a la caza y a las justas caballerescas.
Fue mecenas de varios artistas y pensadores europeos que acudieron a su corte. Entre los logros políticos de su reinado, se destacan la anexión a Inglaterra del País de Gales y de Irlanda. Enrique sucedió a su padre en 1509 y fue coronado a los 18 años de edad. Ese mismo año se casó con la viuda de su hermano Arturo, Catalina de Aragón, hija de los Reyes Católicos (Isabel y Fernando). Para poder celebrar ese casamiento, en esa época era necesaria una dispensa del Papa para revocar el “impedimento de afinidad”.1 El permiso del Papa fue concedido porque se afirmó que el matrimonio de Catalina con Arturo no había sido consumado, debido a la muerte de este último con solo quince años de edad. La relación entre Catalina y Enrique era de profundo entendimiento, tanto a nivel personal como político, hasta que surgió el problema de la sucesión. Catalina tuvo numerosos embarazos, pero la única sobreviviente fue su hija María. No existía impedimento legal alguno para que las mujeres accedieran al poder cuando no había varones en la línea de sucesión, pero la ausencia de un heredero varón era considerada un peligro para la continuidad de la dinastía. En el interín, Enrique fue seducido por una de las damas de la reina, Ana Bolena. Tomás Bolena quería mejorar la posición social de su familia, y no encontró mejor manera que alentar a su hija mayor María a tener un romance con el Rey. Enrique se cansaba pronto de sus amantes, por lo que Tomás Bolena tuvo que recurrir a su otra hija, Ana, quien estaba residiendo en la corte francesa. Ana logró el objetivo de seducir al Rey y quedó embarazada. En ese momento, Enrique VIII le planteó al Cardenal Wolsey la necesidad de divorciarse de Catalina y casarse con Ana para evitar que su futuro hijo fuera un bastardo. Wolsey fue el encargado de tramitar la anulación del matrimonio frente al Papa Clemente VII. El dilema que enfrentaba el Rey consistía en que los medios que tenía que utilizar para asegurar la continuidad de la dinastía eran contrarios a las leyes del Dios que lo había ungido en el trono. Enrique, determinado a conseguir su objetivo, utilizó el mismo argumento que esgrimió para poder casarse veinte años atrás con la viuda de su hermano, pero exactamente al revés. Un formidable ejemplo de “relato” para acomodar los hechos a su conveniencia. Enrique somete la cuestión a un tribunal canónico (obviamente manipulado por Wolsey) para determinar que había “vivido en pecado” durante todo su matrimonio con Catalina, ya que la unión no era legítima por la consumación del matrimonio previo con Arturo. La anulación del matrimonio lo dejaría en libertad para poder casarse con Ana.

1 En el Levítico del Antiguo Testamento, se afirma que “quien se case con la mujer de su hermano, será castigado y no podrá tener hijos”
Catalina no se doblegó, ya que, además de muy inteligente era una mujer sumamente determinada y estaba segura de su legitimidad como esposa y como madre. Por ello no aceptó la propuesta del Cardenal Wolsey que implicaba la reclusión de por vida en un monasterio. El reclamo de justicia de Catalina se ubica en el contexto de un sistema misógino, en el cual una mujer infértil podía ser condenada a muerte. Esta negativa colocó al Papa en una situación delicada, ya que estaba siendo presionado por Inglaterra para anular el matrimonio y por España para no hacerlo. Cabe mencionar que el Rey de España, Carlos V, era sobrino de Catalina y, además, Emperador del Sacro Imperio Romano. Ante la demora de los trámites y al comprobar que el Vaticano no accedería a su pedido, Enrique, ante la inminencia del nacimiento de su hijo, decidió romper con la Iglesia Católica Romana, repudiar a Catalina y casarse con Ana Bolena. Para no ofender a la Reina Isabel I, Shakespeare describe a Ana Bolena como una joven humilde, sin pretensión alguna de poder y gran admiradora de la Reina Catalina. Otros autores, como por ejemplo Calderón de la Barca (autor de “La Cisma de Inglaterra”), la muestran como un ser ambicioso, altivo y sin escrúpulos cuya vanidad y arrogancia la llevan a seducir al rey y ponerlo en contra de Wolsey y de Catalina. El Papa excomulgó a Enrique y este respondió con el Acta de Supremacía, por la que se declaraba la independencia de la Iglesia Anglicana, bajo la soberanía del rey, que se convertía en “Jefe Supremo de la Iglesia de Inglaterra”. Enrique dictó una serie de decretos en los que se acusaba de alta traición y castigaba con la muerte a todos aquellos que no reconocieran este hecho. Enrique en realidad no deseaba la ruptura con Roma, ya que había buscado por todos los medios encontrar otra solución, pero lo traicionó su temperamento, sumado a la pasión que sentía por Ana y a la necesidad política de un heredero varón. Antes del cisma, Enrique había apoyado fuertemente al Vaticano en contra de Lutero, e incluso el Papa le había otorgado el título de “Defensor de la Fe” por un escrito realizado por el rey, en contra del credo luterano. Este hecho es un punto de inflexión que marca el inicio de la transformación de Enrique de un Rey brillante, culto y carismático a un soberano arbitrario, despótico y gobernado por sus pasiones.

Enrique VIII tuvo tres hombres de confianza a lo largo de su reinado: el Cardenal Wolsey, Thomas Cromwell y Tomás Moro. En el caso de los dos primeros, Enrique se dio cuenta muy tarde que se trataba de personas manipuladoras, astutas, intrigantes, ambiciosas y vengativas. Tomás Moro, por el contrario fue un ejemplo de servidor honesto y virtuoso.
Con el caso del Cardenal Wolsey, Shakespeare muestra que la ambición es una tentación de la condición humana que, llevada a un extremo, convierte en víctimas a los demás y termina destruyendo al ambicioso. Wolsey fue abusivo en el cobro de impuestos, arrastró al Rey al deshonor por incumplir pactos políticos, se enriqueció indebidamente y eliminó a sus enemigos con calumnias. Todo ello lo condujo a su propia ruina. Hay muchos ejemplos en la obra que ponen de manifiesto la fragilidad del poder, que nunca es eterno, aunque los personajes no son conscientes mientras están en la cima de la gloria. Existen innumerables ejemplos de personas que ocupan cargos muy importantes y se consideran insustituibles, de un día para el otro pierden su posición y su poder. Rolf Breintenstein2 llama a esto “el síndrome del Cardenal Wolsey”. El Cardenal fue el hombre de confianza del Rey Enrique VIII durante un largo período. Hacía y deshacía a voluntad. Promovía a sus favoritos y castigaba duramente a sus enemigos. Además, era un administrador muy eficiente y talentoso, lo que reforzaba el favor del Rey. Pero en algún momento, Wolsey se olvidó que el poder efectivo lo tenía el Rey y perdió de vista que, a pesar de su enorme poder, seguía siendo solo un empleado. Wolsey pensaba en realidad que él no dependía del Rey, sino el Rey de él, ya que nadie sabía dirigir los asuntos del reino tan bien como el Cardenal. En ese contexto, las personas suelen excederse y descuidarse. Sus numerosos enemigos le tendieron una trampa y le hicieron llegar al Rey dos documentos muy peligrosos: un informe sobre la fortuna personal de Wolsey y su correspondencia privada con el Papa, el gran adversario del monarca. Este leyó los documentos y le retiró la confianza a Wolsey en cuestión de segundos. Para el Cardenal supuso el despido y la incautación de sus bienes y escapó de milagro al castigo usual en esa época: la decapitación en la Torre de Londres. Un momento de revelación dio por tierra con años de confianza. La imposibilidad de conseguir la anulación del matrimonio del Rey, contribuyó de manera decisiva a la caída en desgracia del Cardenal, quien fue sustituido en su cargo por un querido amigo del Rey: Tomás Moro. Moro era un humanista de refinada cultura, amigo personal de Erasmo de Rotterdam, uno de los padres de la historiografía inglesa y autor de la célebre Utopía, uno de los textos fundamentales de la filosofía política. A partir de esta obra, la palabra “utopía” se incorporó a todas las lenguas europeas.

2 Breintenstein, Rolf. (2000). Shakespeare para managers. Plaza y Janés Editores. Barcelona, España.

También fue uno de los mejores abogados nacidos en Inglaterra, cuyos conocimientos jurídicos y sentencias despertaron la admiración de los colegas de su época e incluso hasta nuestros días, al punto de ser el santo patrono de los abogados, gobernantes y políticos. Hombre de fuertes convicciones religiosas, Moro también fue fiel a sus compromisos terrenales: como humanista, diputado, abogado especialista en derecho marítimo y comercial, juez, embajador, consejero real, esposo y padre de cuatro hijos. En menos de 25 años, de 1504 a 1529, pasó de miembro del Parlamento a Lord Canciller del Reino de Enrique VIII. Fue el primer laico que ocupó la más alta dignidad pública de Inglaterra. Dimitió al día siguiente de que el clero inglés se sometiera definitivamente a la supremacía del rey sobre la Iglesia, alegando motivos de salud. Pero la razón más profunda pasaba por el hecho de no estar dispuesto a que el poder temporal usurpara la primacía de la verdad. Consciente de que su decisión le acarrearía un sin fin de dificultades personales y familiares, Moro reunió a su mujer, hijos y yernos para adelantarles el incierto panorama que les aguardaba y las penurias económicas en las que vivirían en el futuro cercano. Moro intuyó lo que se le venía encima. Pero no estaba dispuesto a permitir que nada ni nadie rompiera la unidad y la paz de su familia. Todas las personalidades más influyentes y las instituciones acabaron doblegándose a la voluntad de Enrique VIII. Aceptaron su divorcio de Catalina, las segundas nupcias del rey y la escisión de la Iglesia inglesa de Roma. Todos, salvo el Obispo Fisher y Tomás Moro. Conociendo el temperamento impulsivo del rey, nadie dudaba de que el rechazo al juramento podía costarle una larga prisión o la vida. No sería la primera vez. Pero Moro fue coherente con su habitual forma de proceder. Todos le pidieron que firmara el Acta, incluso su familia. Moro amaba la vida, como la ama cualquier ser humano. Pero amaba a Dios por encima de todo. Thomas Cromwell (quien sería su sucesor) le exigió que jurara el Acta de Sucesión. Moro la examinó con atención y por dos veces rechazó el juramento. “Si lo hago”, dijo Moro, “expongo mi alma a la condenación eterna”. Enrique no admitió el rechazo de su ex-consejero, porque creía que una sola excepción estaría dando “ocasión para que todo hombre rehúse la integridad del texto o su contenido”. Ningún súbdito inglés podía cuestionar el segundo matrimonio del rey. Moro pasó cuatro días custodiado y rechazó una vez más el juramento. Finalmente, fue encarcelado en la Torre de Londres. Moro padeció mucho en prisión por las incomodidades y las restricciones que tuvo que soportar, pero su espíritu permaneció alegre, lo que le permitió bromear con su familia y amigos cuando le permitían verlos. Moro negó los cargos de la acusación y denunció al procurador general por perjurio. Sabía que iba a morir, pero no quería darles ningún pretexto. Al ser interrogado si
reconocía, aceptaba y consideraba al rey como cabeza suprema de la Iglesia de Inglaterra, se negó a dar una respuesta directa, declarando: “No quiero tener nada que ver con esto, porque he tomado la firme decisión de dedicarme a las cosas de Dios y meditar sobre su Pasión y sobre mi paso por esta tierra”. El jurado lo declaró culpable y lo condenó a ser colgado en las horcas de Tyburn. Sólo entonces, con toda la agudeza jurídica de la que era capaz, Moro declaró públicamente la ilegitimidad del Acta de Supremacía. Después de algunos días, Enrique cambió la sentencia, decretando que muera decapitado en Tower Hill. El martes 6 de julio de 1535 tiene lugar la ejecución. El hacha sólo pudo cortarle la cabeza, expuesta luego en una picota en lo alto del Puente de Londres durante un mes. Fue el único modo que tuvo Enrique VIII de apoderarse de ella. Sin embargo, el rey no pudo apropiarse de la conciencia del que había sido su colaborador más cercano y su representante directo. Enterrado su cuerpo en la capilla de San Pedro ad Vincula, su espíritu permanece vivo entre los hombres, porque eligió ser fiel a Dios y a su conciencia. La hoja afilada del verdugo le arrancó la cabeza de un solo tajo, le cercenó el pulso, interrumpió los latidos de su corazón. Pero en el mismo momento que rodaba por el suelo del patíbulo la cabeza del “gran traidor”, se alzaba la vida eterna de su espíritu. Tras su muerte, comenzó en Inglaterra la destrucción más despiadada de cualquier vestigio de su existencia. Enrique VIII y Cromwell estuvieron a punto de conseguirlo. Pero no contaban con la profunda huella que Moro había dejado entre la gente del siglo XVI. Chapuys, el embajador español en Londres, escribió a Carlos V llamando a Moro “santo mártir”. El pueblo londinense tejió pronto la leyenda de su Lord Canciller, que culminó en el teatro en tiempos de Isabel I, la hija de aquella mujer por la que Enrique le cortó la cabeza. La onda expansiva trascendió la isla británica y se desbordó por todo el mundo, hasta nuestros días. En 1886, el Papa León XIII lo beatificó y en 1935, Pío XI proclamó santo “al laico Tomás Moro”.

El principal beneficiario de la caída de Tomás Moro fue Thomas Cromwell, un abogado sumamente ambicioso de origen humilde que supo servir con fidelidad al Cardenal Wolsey y ubicarse cada vez más cerca del círculo de confianza del Rey Enrique. Cromwell fue un ejemplo del hombre de confianza que no tenía escrúpulos y que estaba dispuesto a hacer el trabajo sucio para poder trepar en la escala social. Cromwell ejecutó la orden de disolución de los monasterios (para hacerse de sus bienes) y llevó a cabo el proceso de Tomás Moro y de la familia Bolena, cuando cayeron en desgracia. También fue responsable de las gestiones que colocaron a la familia Seymour en un lugar privilegiado de la corte, a partir del casamiento del Rey con Jane, su tercera esposa. Su caída se inició por la prisa con la que había impulsado a Enrique VIII para que se volviera a casar con Ana de Cleves después de la muerte prematura de Jane Seymour. La boda tenía como indisimulado objetivo hermanar a las dos ramas de la Reforma protestante: la anglicana y la luterana. Pero resultó que a Enrique le repelía físicamente su nueva esposa hasta el extremo de no poder consumar el matrimonio. Tras seis meses de casados, el enlace fue anulado y la furia real cayó sobre Cromwell. Thomas Cromwell había hecho numerosos (y poderosos) enemigos en sus años al servicio de la corona. En primer lugar, por su ferviente apoyo a la Reforma y la disolución de monasterios católicos, que lo había enfrentado a los sectores más tradicionalistas. Y, sobre todo, por lo que los nobles consideraban un imperdonable arribismo: hijo de un modestísimo herrero, tras graduarse en Derecho había ido ascendiendo por la escala social gracias a su inteligencia y, también, a sus acciones corruptas, siendo sucesivamente parlamentario, abogado de la corte, consejero real y finalmente secretario de Estado. Así las cosas, cuando sus oponentes vieron la oportunidad de derrocarlo merced al “asunto Ana de Cleves” la aprovecharon y fabricaron una serie de acusaciones contra él: traición, herejía y corrupción. Cromwell fue arrestado, encerrado en la Torre de Londres y condenado a muerte, y Enrique VIII, cegado por la ira, dio el visto bueno a los cargos y no atendió su petición de una audiencia. Más tarde, Enrique se lamentó de su decisión (tal como ocurrió con Wolsey y Moro) con esta frase: “Con el pretexto de algunas ofensas insignificantes, dejé que mataran al sirviente más fiel que tuvo el rey”.

La grandeza de Shakespeare radica, además de la belleza de su lenguaje, en su capacidad de transmitir que los seres humanos somos muy complejos, y detrás de las apariencias, hay razones que ocultamos a los demás y a nosotros mismos. Así, el lector de Enrique VIII, encontrará que existen muchos motivos entrecruzados que subyacen “por debajo” del discurso “aparente” de los personajes. Uno de estos asuntos es el temor a la usurpación del trono y el deber de asegurar la continuidad de la dinastía. En el siglo XVI aún no había desaparecido el temor a un posible usurpador. Los padres de Enrique, (Enrique VII de Lancaster e Isabel de York) habían logrado pacificar al país al unir sus linajes, que durante muchos años se habían disputado el trono durante sangrientas guerras civiles, siendo la Guerra de las Dos Rosas la última de ellas. La unión dio origen a una nueva dinastía: los Tudor. Enrique VIII hereda un reino en relativa tranquilidad, pero tenía el mandato de asegurar la continuidad de la dinastía por medio de un heredero varón. Tal como mencionamos anteriormente, este hecho desencadena la trama y el proceso de transformación del protagonista. Al escribir sobre Enrique VIII, Shakespeare no hace hincapié en sus comportamientos negativos ni en sus excesos, hechos que puntualiza en la vida de los reyes anteriores. Quizás la causa sea que el contexto histórico era distinto. Enrique VIII no era un rey medieval, sino renacentista y, en esta época, el poder absoluto de la monarquía se había impuesto en todo el continente europeo.
Los reyes renacentistas perdieron parte del simbolismo religioso de los reyes medievales, pero, por el contrario, aumentaron su poder terrenal y sus decisiones no podían ser discutidas. Harold Bloom3 afirma que: Shakespeare tuvo más libertad para hablar del pasado que de un rey más cercano en el tiempo. Además, de esta forma, logra proyectar en la mente de sus contemporáneos una reflexión sobre los errores del pasado que no deberían repetirse en el presente

Enrique es un claro ejemplo de alguien que disponía de todos los requisitos para ser un gran gobernante: educación, recursos, buenos consejeros, carisma, alianzas, etc. Y de hecho lo fue durante muchos años pero, a partir de su propia debilidad y de la obsesión por el heredero varón, acabó transformándose en un déspota. El miedo es el elemento esencial de un líder despótico. El miedo induce a desconfiar de todo el mundo y a jugar un perpetuo juego de ocultamientos; se ocultan las propias emociones y los valores creando relatos que justifican los desvíos morales y los actos aberrantes. Entre las personas que forman parte de estos círculos perversos suelen darse tres comportamientos bastante típicos: el resignado, el temeroso y el colaboracionista. El temeroso funciona como un sujeto inmaduro que necesita depender de otro. En un sistema absolutista como era la monarquía, no había espacio para trasgredir ni para disentir. Cuanto más fuerte es la cultura, más incómodo es no sumarse a ella. Como dice Aristóteles: “No existe opinión, por absurda que sea, que los hombres no hayan adoptado rápidamente cuando se les consigue persuadir de que es aceptada por la mayoría”. El resignado sufre en silencio por tener que cometer actos que reprueba. El colaboracionista es, sin duda, el comportamiento más vil y peligroso. Puesto en la necesidad de obedecer, se lleva a cabo la tarea con entusiasmo, delatando a sus pares y tratando de obtener alguna ventaja por el camino. Thomas Cromwell es un perfecto ejemplo de este comportamiento. Como reflexión final, la siguiente: Enrique no era alguien de naturaleza perversa que abusó del poder desde el instante que accedió a su posición. Por el contrario, fue un buen líder hasta el momento en que una situación límite puso de manifiesto que en su “árbol de liderazgo” lo que se veía en la superficie aparecía lozano, pero las raíces bajo tierra estaban podridas.

3 Bloom, Harold (1998). Shakespeare, the invention of the human”. Riverhead Books. New York, USA

 

Luis del Prado es Doctor en Administración. Es profesor y rector de ESEADE. Es consultor y evaluador en temas de educación superior, en el país y en el extranjero.

OTRA PERORATA DE NICOLÁS MADURO

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

 

El pasado 10 de agosto del corriente año se escuchó la arenga más soez del tirano incrustado hoy en tierra venezolana. Lo ocurrido en ese país es la burla más grotesca y perversa al sentido de la democracia y el significado de una constitución. La idea de constitución ha estado íntimamente vinculada a la limitación al poder, desde la Carta Magna de 1215 en adelante. Se trata de la protección a los derechos de las personas, facultades que son anteriores y superiores al establecimiento de todo gobierno.

 

El proceso que ahora vive Venezuela es la afrenta más brutal a la idea de democracia cuya parte formal es el voto popular que ha sido desconocido por Maduro y sus secuaces y su parte de fondo, es decir, el antedicho respeto a los derechos de los gobernados, son cotidianamente avasallados por los sicarios del régimen militar imperante.

 

Una pena y un agravio que esto ocurra en el lugar en que actuó Simón Bolívar quien escribió en el denominado “Discurso de Angostura”, el 15 de febrero de 1819, que “nada es tan peligroso como que permanezca largo tiempo un mismo ciudadano en el poder. El pueblo se acostumbra a obedecerle y él se acostumbra a mandarlo; de donde se origina la usurpación y la tiranía”. En Venezuela se acaba de consolidar el fascismo más crudo con la conocida farsa corporativista como legislativo.

 

Por otra parte, tengamos muy presente  que entre los postulados de la República (una expresión también manoseada y degradada por el chavismo) se encuentra la alternancia en el poder, la división e independencia de poderes y la igualdad ante la ley lo cual está indisolublemente atado a la Justicia del “dar a cada uno lo suyo” que, a su vez, “lo suyo” remite al derecho de propiedad, todo lo cual está absolutamente ausente en el sistema tiránico a que nos venimos refiriendo.

 

Este sistema chavista o del socialismo naturalmente ha hundido la economía venezolana en el mayor caos puesto que deriva de controles por parte del aparato estatal que reasignan los siempre escasos recursos a campos distintos de los que hubiera decidido la gente si se hubiera permitido que los mercados operen, es decir, si hubieran tenido lugar arreglos contractuales libres y voluntarios en lugar de los caprichosos comandos de los megalómanos en el poder.

 

El estado policíaco que sufren los venezolanos ha sido denunciado por todas las personas y  las entidades responsables del planeta y por todos los gobiernos que mantienen visos de decencia. Solo es aplaudido por los espíritus totalitarios y los sátrapas como los de Cuba, Corea del Norte, Irán, Rusia, Turquía, los corifeos de Nicaragua, Bolivia y algunas tribus africanas.

 

El referido discurso de Maduro se prolongó por tres horas y diez minutos en la llamada Asamblea Nacional Constituyente y estuvo plagado de chistes de mal gusto, alusiones a Nicolacito (su hijo narcotraficante sentado en la primera fila), alabanzas a MaoTse Tung y hasta a la forma en que le cosieron el traje que tenía puesto.

 

Pero peor que todo ese bochorno ha sido el triste espectáculo de los asistentes, una masa amorfa de carne constituida (esa es la única relación fehaciente con los constituyentes) en serviles aplaudidores que apestan por su renuncia a la condición humana de integridad moral.

 

El delirante de marras fue presentado por la presidente de la Asamblea como “el padre protector”, esas cosas que se dejan decir los dictadores de todas las estirpes y latitudes (como el canto ideado por Perón que le recitan sus huestes: “mi general, que grande sos, cuanto valés” y demás sandeces). Refiriéndose a la oposición dijo el mandamás que “han pretendido doblegar el espíritu nacional de dignidad y soberanía” lo cual, según él, ha sido contestado por “la Constituyente como poder regenerador de la patria” al tiempo que el régimen imperante elimina con mayor intensidad todo vestigio de libertad de prensa para que no pueda ser contestado, en el contexto de comentarios peyorativos y socarrones para con la BBC y a CNN.

 

También ha catalogado a los que no participan de su totalitarismo como “fuerzas oligárquicas y burguesas” sin percatarse del significado de las palabras ya que la oligarquía es el gobierno en provecho propio, precisamente lo que vienen haciendo los chavistas y que con la burguesía -que estiman  reprobable los esbirros del poder- nació de los pueblos libres (burgos) donde comenzaron a afianzarse los valores de la sociedad abierta.

 

Este payaso detestable que habla con los pajaritos sostiene sin ruborizarse que su movimiento es “tolerante” y que la idea de la Constituyente nació en su interior “como una llamarada” (Asamblea que anuló el Poder Legislativo que parió de elecciones libres, destituyó a la Fiscal General cuando la titular se dio cuenta de las barrabasadas del castrismo venezolano, embistió contra el Poder Judicial y mantiene en brete a las Fuerzas Armadas para que no vaya a ejercer su misión de dar cobijo a las libertades individuales al efecto de convertirlas en una vejada y maltrecha guardia pretoriana). Este gesto machista para con las Fuerzas Armadas lo declamó el sujeto en cuestión en medio declaraciones que apuntan a fabricar “la feminización de la república” (sic).

 

El sistema mal llamado bolivariano puede con justeza denominarse como una cleptocracia, es decir, el gobierno de ladrones de libertades, de propiedades y de sueños en libertad o como una kakistocracia, a saber, el gobierno de los peores, pero es un insulto a la inteligencia denominarlo democracia sin que los Giovanni Sartori contemporáneos se revuelvan en sus tumbas.

 

Tal como ha escrito Benjamin Constant “Los ciudadanos poseen derechos individuales independientes de toda autoridad social o política, y toda autoridad que viola estos derechos se hace ilegítima”. Por su parte, Bertand de Jouvenel ha insistido en que “La idea de libertad es, por naturaleza, ajena al carácter del poder. Su principio es el reconocimiento de todos los hombres de esa dignidad, de ese orgullo, que hasta entonces los privilegios consagraban y defendían solamente entre los aristócratas. Para proclamar la soberanía de cada uno sobre si mismo es preciso que cada miembro de la sociedad tenga un dominio propio en donde sea su propio señor”.

 

El espíritu liberal significa el respeto irrestricto a los proyectos de vida de otros. Los desbarajustes del Leviatán son incompatibles con la sociedad abierta. Hay una arrogancia superlativa en los planificadores de vidas y haciendas ajenas que convierten al ser humano en un muñeco subordinado a  los dictados de los burócratas de turno que no solo acumulan ignorancia al desconocer que el conocimiento está fraccionado entre millones y millones de personas, sino que se arrogan la facultad de decidir acerca de lo que se encuentra en la esfera privada de cada cual para elegir su camino y solo se justifica el uso de la fuerza de carácter defensivo, nunca ofensivo como el que imponen los comisarios de las conductas personales que no lesiona derechos de terceros.

 

El caso de Venezuela significa un patético retroceso en la historia de la civilización que es la historia de la libertad contra los absolutismos de diverso signo, para recaer con otro nombre en la monarquía despótica de antaño, igual que lo hacen los que hoy apoyan la tremenda devastación que presenciamos en aquel país. Por supuesto que antes del chavismo hubieron en esas latitudes gobiernos corruptos pero eso no justifica aumentar en grado exponencial los desmanes sino revertir el rumbo.

 

La oposición, hasta ahora en el MUD, se acaba de fracturar puesto que dirigentes como María Corina Machado y Richard Blanco se oponen a la participación en las elecciones regionales de fines de año puesto que sostienen que ello legitima a la dictadura. Están en desacuerdo con esta postura líderes del MUD como Hernique Capriles, Leopoldo López y Antonio Ledesma. Por su lado, el gobierno ha declarado que para votar cada ciudadano deberá contar con “un certificado de buena conducta” lo cual equivale a profundizar la trampa.

 

Personalmente y desde afuera de ese berenjenal estimo que tienen razón quienes se niegan a votar, creo que por tres razones. Primero por lo que dicen de no legitimizar al tirano, segundo porque el régimen no los deja ejercer como lo prueban las elecciones anteriores a la Asamblea Legislativa y tercero por lo dicho en cuanto a los “certificados de conducta” cuyo solo hecho convierte a las elecciones en un fraude.

En cuanto a la insinuación de Donald Trump de una posible intervención militar estadounidense en tierra venezolana, pienso que complicaría enormemente la situación, tal como la complicaron en los fiascos de Vietnam, Corea, , Somalia, Bosnia, Serbia-Kosovo, Irán, Nicaragua, Honduras, Haití, Republica Dominicana y la “guerra preventiva” en Irak. Menos que menos tratándose de un gobernante que en sus poco más de doscientos días en la Casa Blanca se ha peleado con periodistas, con el Poder Judicial por sus propuestas xenófobas, con el Poder Legislativo con su proyecto de salud y con países amigos como México, promueve un sistema cerrado para su país, despide a investigadores a raíz de sus enredos y la emprende con sus voceros y comunicadores los que ha removido en repetidas ocasiones en estos pocos días. Hasta ahora este magistrado no ha demostrado serenidad ni equilibrio para agregar una nueva aventura militar tan desaconsejada en Estados Unidos desde el general George Washington.

Muchos de los facinerosos que rodean a Maduro son peligrosos pero lo es muy especialmente Trareck El-Aissam,  vicepresidente, ministro del interior y comandante del consejo de defensa y seguridad, vinculado a grupos terroristas internacionales y máximo responsable del narcotráfico en Venezuela. Incluso fuentes sirias han difundido la supuesta noticia que en el seno del gobierno venezolano desde hace un tiempo habría “una gata parida” para que este personaje lo reemplace a Maduro (siempre estuvo presente en las peroratas de Maduro pero en la del 10 de agosto no estaba, lo cual puede explicarse porque no forma parte de la parodia del Legislativo, aunque Maduro se refirió a ministros presentes en esa ocasión).

 

Antes que sea muy tarde, es de desear que lo que queda de noble en las Fuerzas Armadas no siga haciendo de apoyo logístico de asesinatos y hambrunas ejecutadas por una maquinaria nefasta perpetrada contra la población venezolana. Hasta ahora se comportan como cómplices de una debacle completamente contraria a los juramentos y los deberes de todo oficial que, en definitiva, existe para custodiar principios y valores republicanos y no para ofender y maltratar a quienes se los obliga a actuar como súbditos indefensos. Es imperioso un contragolpe para defenderse del golpe de Estado que ha dado Maduro y sus otros asaltantes.

 

Por último, tengamos en cuenta que cada minuto que pasa la contaminación del virus totalitario se expande, especialmente en el terreno educativo en escuelas, universidades y centros de estudios militares. Esta situación conspira contra una posible recuperación puesto que las heridas y las cicatrices se van profundizando. Además de todo es lamentable que se haya derramado tanta sangre para independizarse de la férrea organización estatista y monopólica española para caer tan bajo y que, como se ha dicho, los ciudadanos terminen siendo colonos de su gobierno.

 

En estas líneas rindo sentido homenaje a todos los valientes venezolanos que vienen luchando diariamente por su libertad en muy diversos frentes.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

Volver a Keynes. Fundamentos de la Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero

Por Carlos Rodríguez Braun. Publicado el 6/7/12 en: http://www.elcultural.es/version_papel/LETRAS/31328/Volver_a_Keynes_Fundamentos_de_la_Teoria_general_de_la_ocupacion_el_interes_y_el_dinero 

Si lo que quería demostrar Kicillof es que Keynes era un enemigo de la libertad, no era necesario escribir medio millar de páginas petulantes para ello.

A España habían llegado noticias o comentarios sobre Axel Kicillof por su labor política, por haber sido subgerente de Aerolíneas Argentinas, la compañía aérea más deficitaria de América Latina, por integrar el importante y privilegiado grupo de poder denominado La Cámpora, ligado al hijo de los señores Kirchner, por haber apoyado la usurpación de los fondos de pensiones privados de la Argentina, por haber sido uno de los padres intelectuales de la confiscación de las acciones españolas de YPF y autor de esta frase, pronunciada nada menos que en el Congreso: “el concepto de seguridad jurídica es horrible”; y en general por su complicidad y protagonismo en la intervencionista, sectaria, y onerosa gestión con la que la dinastía Kirchner ha dañado al pueblo argentino.

Ahora sabemos también que es autor de este libro, que defiende a Keynes explícitamente y reivindica a Marx implícitamente. Las consignas más típicas del marxismo aparecen desde el principio, pero no se le atribuyen. Es Keynes el que se dedica a “desentrañar el carácter histórico de las doctrinas económicas…existe una relación directa entre cada periodo histórico y la teoría económica dominante… La teoría económica debe siempre reflejar con fidelidad los procesos sociales de su tiempo” (pp. 43, 55, 56). Su torpe historicismo encaja con distorsiones habituales, como que el lema del liberalismo es el “egoísmo individual”, tiene “escaso contenido científico”, y no es apoyado porque la gente aprecie la libertad sino por favorecer “los intereses de la fuerza social dominante” (p. 69).

Finalmente, quien acaba con el liberalismo no es el Estado sino “la historia” (p. 100), mientras que el Estado adquiere protagonismo “de manera espontánea” (p. 95), y el patrón oro, que fue liquidado por los estados, murió “de muerte natural” (p. 105). Eso sí, el mercado es ciego (pp. 96, 255, 273, 405, 409). Sobran otros errores y confusiones en ámbitos técnicos de teoría económica, y también el relativismo y la arrogante demonización de las ideas no intervencionistas, que no son solo erradas sino reaccionarias, inconfesables, etc. Pero es increíble que un historiador del pensamiento económico sugiera que no hubo teorías del paro, ni de los sindicatos, ni de los efectos expansivos del gasto, anteriores a Keynes, o que prevaleció el liberalismo a ultranza en el siglo XIX, o que antes de Keynes todo el mundo daba por sentado el pleno empleo como axioma, o que J.S.Mill se adhirió abiertamente a la ley de Say. Nada de esto puede sostenerse con el aval de los textos originales y la historiografía.

Finalmente, en la página 424, Kicillof llega a esta conclusión: “Para Keynes, el trabajo, ayudado por el estado de la técnica y operando en cierto ambiente natural, es la única fuente de nuevo valor”. Esto, independientemente de que es un clamoroso disparate, es en un punto indudable: se trata del eje de la teoría de Marx, es la base de su noción de la explotación del obrero por el capitalista, teoría que sus seguidores intentaron defender a capa y espada ante sus flagrantes deficiencias y contradicciones. Asombrosamente, es algo que Keynes no reconoció ¡y tampoco reconoce el propio Kicillof! ¿Cómo dejar de mencionar algo tan trascendental? Kicillof lo suelta, y habla de Ricardo, que precisamente no tenía, al revés de Marx, una teoría del valor-trabajo al 100 % (parafraseando a Stigler). Caben tres hipótesis, a cual más inquietante: o el autor no sabía que esa es la teoría de Marx, o no le pareció importante señalar la identificación, o bien prefirió no aclararla.

Ahora bien, si lo que quería demostrar Kicillof es que Keynes era un enemigo de la libertad, no era necesario escribir medio millar de páginas petulantes para ello. Eso es sabido, no solo por los análisis de los economistas e historiadores sino porque el propio Keynes se ocupó de subrayarlo una y otra vez, aunque quizá nunca como en el prólogo a la edición alemana de la Teoría General de 1937, del que Kicillof evita citar estas líneas: “La teoría del producto como un todo, que es lo que el presente libro procura plantear, se adapta con mucha más facilidad a las condiciones de un estado totalitario que… a las condiciones de libre competencia y un amplio grado de laissez-faire”.

El Dr. Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.