Mitos sociopolíticos

Por Gabriel Boragina. Publicado en:  http://www.accionhumana.com/2019/12/mitos-sociopoliticos.html

 

A veces resulta interesante pararse a reflexionar sobre los mitos que anidan en la cabeza de los electores argentinos. Dicho análisis, especialmente cuando se conversa con personas comunes, revela significativamente el porqué de la desgracia de ciertos países como en el caso puntual que tratamos ahora: el de la Argentina. Por eso, me propongo reproducir (lo más textual posible) el diálogo con una persona que intentó controvertir mi análisis de la situación política que vive el país.

Todo comenzó cuando expuse que:

-En un país como Argentina, no es cuestión de culpar a los políticos exclusivamente ya que, como tantas veces hemos dicho, ellos son parte y resultado de la sociedad de la cual emergen, son un subproducto cultural de la misma-.

En ese punto, alguien del público intentó cuestionar mi afirmación diciendo lo siguiente:

-Es relativo. Los políticos manejan la educación, mantienen bruta a la gente para manipularla, sumirla en la pobreza y lavarle el cerebro para que los vuelvan a votar. Y encima esa gente se reproduce a alta tasa, en pocas décadas, te definen el futuro de un país-

Si bien la crítica estaba bien orientada, sin embargo, no llegaba al fondo del asunto y no resultaba del todo exacta.

Con el propósito de hacerle ver más profundamente el tema y no caer en lo que hubiera sido una conclusión absurda a la que llegaría lo que esa persona acababa de decir, le formulé la siguiente pregunta para observar si por si misma reconocía lo defectuoso de lo que estaba diciendo:

– ¿Y quién manejó la educación de los que después llegaron a ser políticos? –

Pero la persona en materia no captó su propio superficial razonamiento y se quedó encerrada en su inconsistente afirmación, lo que muestra su respuesta a mi pregunta:

-Otros políticos. Por eso, es relativo. –

Traté entonces de ser más explícito en mi intento de ayudarla a que se diera cuenta de lo ligero de lo que estaba diciendo y sobre todo de la manera falaz en la que trataba de razonar y le manifesté:

-Pero si los políticos manejaron la educación de los otros políticos estos nunca podrían haber llegado a ser políticos porque hubieran sido brutos, manipulados, pobres y con el cerebro lavado, es decir, nunca hubieran podido haber llegado a ser políticos, y -además- se hubieran reproducido a altas tasas en pocas décadas y hoy seriamos todos políticos. …siguiendo tu razonamiento claro. –

Al contestarme reveló otra falacia e ignorancia generalizada de cómo se maneja la educación en la Argentina. Veamos lo que respondió:

-Los políticos no van a escuelas públicas, perdón, me equivoqué. Lo que pasa es que ser político es fácil y cómodo, los que llegan acomodan a sus familiares y se perpetúan en el poder. –

Mas allá de la mezcolanza que hacía semejante respuesta revelaba no sólo una mentalidad al extremo prejuiciosa sino también muy ignorante. Aun así, intenté ayudar a dicha persona a razonar y de paso ilustrarla en ciertos puntos y le dije:

-Soy profesor. Te cuento que los contenidos y programas de las instituciones educativas públicas y privadas tienen que ser aprobados por el ministerio de educación que es del «estado». Así que en el fondo son lo mismo. No todos los políticos *llegan* como decís. La mayoría no llega. Té aclaro: no soy político-

No hubo más respuestas de mi interlocutora.

No consideré necesario abundar en cuanto a que muchos de los políticos (contrariamente a lo que ella sostenía) si habían concurrido a las escuelas «públicas», por lo que decidí hacerle advertir el trasfondo del punto, que era que -en definitiva- toda la educación en Argentina es estatal (mal llamada «pública») porque lo que en aquellas se enseña (y no se enseña) esta digitado por el gobierno a través de los ministerios o secretarías (según el caso) de educación que, en realidad, son de deseducación.

El coloquio, de todos modos, fue significativo por cuanto confirma que los mitos socio-políticos de antaño siguen tan vigentes entre la gente común como nunca, pese a la gran difusión que han tenido quienes procuraron deshacerlos, entre los cuales he tratado de aportar mi pequeño granito de arena.

Y entre esos mitos que revela el intercambio reproducido se encuentra el que sigue creyéndose que hay una educación «pública» a la cual sólo asisten los pobres e ignorantes y no los ricos. Se sigue entendiendo que la educación se limita a la escuela primaria (mi oponente no cuenta como educación ni el colegio secundario ni la universidad, ámbitos donde también el estado-nación extiende sus tentáculos).

Aclaré a mi interlocutora que no soy político porque evidentemente desconocía toda mi obra, y pensaba que mi afirmación quería constituir una defensa a la clase política cuando lejos estaba y estoy de ello.

También el breve intercambio sirvió para poner de manifiesto que el común de la gente se considera víctima de los políticos y a estos sus victimarios. Este pensar podría quizás tener algún justificativo en regímenes dictatoriales, pero no cabe la menor duda que no conserva ninguna validez en lugares donde al menos formalmente (como en la Argentina) cada cuatro o dos años se vota para presidente, gobernadores y legisladores respectivamente.

En todo caso, resulta medio extraño -en el argumento de mi opositora- que las víctimas voten a sus victimarios sin que les quepa ningún grado de culpa en lo que están haciendo. No corresponde sostener, después de cierto tiempo y cierta regularidad votando en las urnas, que la consecuencia de absolutamente todas las elecciones se deba a un estado de ignorancia permanente e irreversible (como daba a sugerir aquella) ya que no es en modo alguno así. Si, en cambio, puede decirse que las secuelas de la gran mayoría de las elecciones políticas en Argentina son fruto de errores y, muchas veces, graves de los votantes, pero no se puede confundir ligeramente error con ignorancia pese a que tengan -en muchos casos- las mismas consecuencias.

La educación sigue siendo la clave del problema, pero no se agota en la educación formal sino también alcanza a la informal. Se parcializa mucho el análisis si -como sucede popularmente- por «educación» se considera exclusivamente la primaria y de las escuelas mal llamadas públicas.[1]

[1] Ver nuestra obra la educación

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero. Síguelo en  @GBoragina

MOMENTOS

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 9/6/19 en: http://gzanotti.blogspot.com/2019/06/momentos.html

 

Hay momentos hermosos en la vida en cuanto a la amistad.
Hubo grupos de amigos con quienes compartíamos un colegio, una universidad, otros grupos con los cuales compartíamos los primeros comienzos de un proyecto, hubo grupos de estudio, hubo grupos de salidas.
Hubo grupos de alumnos, hubo camadas extraordinarias de estudiantes, hubo reuniones hasta la madrugada donde arreglábamos el mundo y nos despertábamos al día siguiente en el mundo de siempre.
Atesoramos esos momentos en nuestra más afectiva memoria (¿hay otra?) porque verdaderamente fueron muy intensos.
Pero a veces intentamos volver, y ya no es lo mismo. Intentamos recrear la situación, vernos de vuelta, pero ya todo cambió. Ya cada uno tomó otro camino, se formaron familias, se formaron nuevos grupos, ya está, ya pasó.
Y está bien.
Y muchas veces recordamos todo eso como si en el momento presente no estuviéramos atravesando por amistades similares, y sí, la verdad es que sí lo estamos, pero no nos damos cuenta. Vivimos como los personajes de Medianoche en París, yéndonos al pasado, y descuidamos el presente.
Pero en el presente los amigos, los compañeros, los alumnos, también están. Sepamos valorarlos un poco más, sepamos verlos como un precioso regalo de la Providencia, pero perecedero, y está bien, porque las vocaciones siguen su camino.
El asunto es que los reencuentros no tengan reproches. Hemos amado mucho, hemos compartido mucho, pero luego sencillamente apenas si hemos podido con el afán de cada día. Cuando pasen los años, y se produzcan los reencuentros, que la ternura de un abrazo nos muestre que los afectos siguen allí, inmutables, frente a la mudable rapidez de la existencia.
Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación. Síguelo en @gabrielmises 

Impacto visual, infantilismo, medios y educación

Por Gabriel Boragina Publicado  el 17/9/17 en: http://www.accionhumana.com/2017/09/impacto-visual-infantilismo-medios-y.html

 

La necesidad popular de un líder carismático se proyecta en muchos ámbitos que exceden -por supuesto- el político.

La gente con débil personalidad, aunque tenga buena formación y lo -que para los parámetros habituales- se denomina un “buen nivel cultural”, demuestra cotidianamente su necesidad de tener un referente o un líder.

Algunos los buscan en la universidad o centro de estudios donde cursan. Otros, en sus empleos o trabajos, y finalmente, estás demandas terminan proyectándose en el ámbito político.

La necesidad y rastreo de un líder viene determinado -a mi juicio- por la falta de autoestima que convive o desemboca en una personalidad dependiente.

A pesar de tener ambos una fonética muy similar, dependencia e interdependencia marcan dos conceptos emparentados, pero en esencia disimiles.

Las personas de alta autoestima, amor propio, etc. son interdependientes. Las que carecen de esos atributos o son portadores de sus contrarios, conforman el grupo de los dependientes. Estos, por regla general, necesitan de un soporte externo o patrón que les indique en todo tiempo (o muy a menudo) cómo, dónde y de qué manera han de actuar, conducirse, pensar, hablar, etc. Sin este punto de referencia son incapaces de valerse por si mismos para todos esos menesteres. Esto no significa que el líder que ellos elijan para dichos fines haya de ser siempre el mismo. Porque si el líder de turno perdiera la capacidad de dirigir a otros, inmediatamente sus seguidores lo abandonarían e irían detrás de otro que demuestre si tener la condición de mando adecuada.

Encuentran esos sus tentáculos externos (fuera de los lideres domésticos que los gobiernan en sus áreas específicas) en el ámbito político, periodístico, y del mundo del espectáculo[1].

Otra de las características de estos temperamentos dependientes de débil personalidad es la grandísima influencia que tienen sobre ellos los medios audiovisuales, que es donde acuden ávidamente para encontrar esos apoyos idolátricos que necesitan para saber cómo deben pensar, decir y actuar. De allí, la alta demanda por parte de este tipo de personas de productos televisivos y audiovisuales en general.

Este es el perfil que doy en llamar infantil o infantilista[2]

Siempre me pareció muy revelador el contenido de los medios masivos audiovisuales que, como todo producto comercial, ofrecen al público lo que ese público demanda. Por ejemplo, lo que siempre consideré como un espacio deprimente y vulgar como es la televisión argentina, donde cada vez es más raro encontrar excepciones a esta regla (aunque hay 1 de cada 100) que juzgué y sigo entendiendo muy demostrativo en el sentido que vengo exponiendo.

No me refiero a los programas documentales, o aquellos canales como “National Geografic”, “Animal Planet”, “Discovery Channel”, o por el estilo. De hecho, el contenido de estos canales es consumido por gente con un contorno más independiente y -por consiguiente- muy minoritario.

Aludo, más bien, a los canales de noticias, policiales, espectáculos, etc. que son los de mayor audiencia o televidencia, y cuya característica encuadra, en su mayoría, en el prototipo infantilista[3], con las salvedades del caso.

El personaje infantilista necesita ver o escuchar programas periodísticos para darse cuenta de lo que está ocurriendo en el país y, por, sobre todo, está atento a lo que el periodista que se lo muestra le indica que debe pensar al respecto. Su antítesis, el independiente -en cambio- armado de un buen bagaje intelectual, simplemente está atento a lo que ve y escucha en su entorno, en su diaria actividad laboral y social (valga la redundancia) y analiza todo ello a la luz de lo que sus estudios profundos sobre tales cuestiones le sugieren. Su fuente primaria de formación son los libros y no los periódicos o los noticieros.

Las personas que tuvieron la suerte de tener una buena educación que les dio las herramientas para darse cuenta de cuando un país mejora o empeora son tan escasas como particularmente afortunadas, y son las más capacitadas para dirigir. Lo que -por supuesto- no dice nada de las condiciones morales de tales sujetos, quienes podrán emplear sus habilidades adquiridas para bien o para mal, dependiendo de su vocación de servicio hacia otros o, exclusivamente, hacia si mismo.

Es importante aclarar que una buena educación no significa cualquier educación[4].

Los individuos que apliquen dichos conocimientos a la realidad política y económica podrán entender que nada bueno podía suceder en ambos campos si, por ejemplo (en el caso argentino) el peronismo volvía al poder como lamentablemente sucedió después de la caída del ex-presidente De la Rúa. Poco importa si era el peronismo K o alguna otra variante de ese partido. Las herramientas para poder prever los acontecimientos sociales son -en mi opinión- poseer buenos estudios de economía, política, filosofía e historia (diría que, en ese mismo orden, aunque no es determinante). Pero insisto, no basta tener tales sapiencias, lo crucial pasa por el uso que se haga de los mismos. Lo cual -a su turno- requiere de otro tipo de erudiciones.

Muchas personas saben la diferencia entre lo malo y lo bueno, pero, a la hora de actuar, deciden aplicar lo malo en lugar de lo bueno si, en el caso, aprecian que tal proceder les acarreará a ellos (o a los suyos) beneficios concretos en el corto plazo. Por eso -antes dijimos- salimos del plano gnoseológico y entramos en el campo de lo moral.

Lo malo y lo bueno lo son siempre en el largo plazo, aunque en el corto plazo uno y otro pueden beneficiar o perjudicar a ciertos individuos o grupos. Por citar un ejemplo clásico: que un político se corrompa es bueno para él y malo para la sociedad en el corto plazo, pero en el largo plazo será malo para todos incluyendo al corrupto en cuestión, porque el día que ya no esté más en el poder también el sufrirá (como miembro de la misma sociedad a la cual estafó) las consecuencias económicas que los actos de corrupción acarrean (siendo bastante probable que las secuelas -en dicho plazo- sean aún más malas para el corrupto del ejemplo, en caso de que esa sociedad cuente con un poder judicial eficiente y justo, que envíe a la cárcel al corrupto en cuestión.

 

[1] Ver mi nota La política «farandular»

[2] Ver mi nota Discurso político y paternalismo

[3] Ver mi nota Paternalismo e infantilismo

[4]Véase mi libro La educación (una primera mirada)

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.