Las coincidencias del Kremlin con los populismos latinoamericanos.

Por Ricardo Lopez Göttig: Publicado el 14/7/14 en: http://opinion.infobae.com/ricardo-lopez-gottig/2014/07/14/las-coincidencias-del-kremlin-con-los-populismos-latinoamericanos/

 

En busca del protagonismo mundial que su país perdió tras el desplome de la Unión Soviética, el presidente de la Federación de Rusia, Vladimir Putin, visitó la Argentina pocos meses después de que anexó por la fuerza a la península de Crimea y de seguir en conflicto con Ucrania. Lejos está de la prominencia que tuvo el zar Alejandro I, que se instaló en París para elegir al sucesor del emperador Napoleón en el trono de Francia; también está distante del pasado soviético reciente, que desde Stalin en adelante puso en vilo a la humanidad por su carrera atómica con Occidente.

El régimen de Putin, un ex agente de la desaparecida KGB, se sostiene por un férreo nacionalismo que sirve para legitimar un sistema político con fuertes connotaciones autoritarias y de fachada democrática, ya que se celebran elecciones en las que las fuerzas opositoras liberales apenas pueden hacerse oír. El actual mandamás del Kremlin es el beneficiario de la transición de hierro de Rusia, en el que la antigua nomenklatura se reconvirtió para seguir manipulando la economía y la política. Es la figura central de la política rusa desde que llegó a ser primer ministro en 1998, cuando Boris Yeltsin era presidente. Ocupó la primera magistratura desde el 2000 al 2008, hizo un enroque con Dmitri Medvedev como primer ministro del 2008 al 2012, y volvió a ser presidente de la Federación de Rusia desde entonces.

La presidente Cristina Fernández de Kirchner da una señal tan clara como equivocada hacia el mundo democrático, al invitar a la cena con Vladimir Putin a Nicolás Maduro y Evo Morales. Y es que Venezuela, Bolivia, Cuba y Nicaragua fueron países que votaron en contra de la resolución que rechazaba la anexión de Crimea y la desintegración territorial de Ucrania, aprobada por los representantes de cien naciones en la Asamblea General de las Naciones Unidas en marzo de este año. Si bien la República Argentina se abstuvo, las expresiones públicas de la presidente Fernández de Kirchner fueron de simpatía hacia la posición de Putin.

Tras la fuerte presión que Putin ejerció sobre el entonces presidente ucraniano, Viktor Yanukóvich, para que no firmara el acuerdo de asociación con la Unión Europea, tratando a Ucrania como si fuese un país vasallo, despertó la ira de sus vecinos. A partir de la anexión de la península de Crimea y el apoyo a los rusoparlantes que viven en Ucrania, Putin ha salido en busca de nuevos socios en el mundo para afianzar su posición, virando hacia los regímenes autoritarios del Asia Central y la República Popular China. Con esos países tiene vínculos militares a través de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (CSTO), la Organización para la Cooperación de Shangai (SCO) y comerciales con la Unión Aduanera con Bielorrusia y Kazajistán. Los medios de comunicación en Rusia se han hecho eco de un discurso xenófobo y fuertemente hostil hacia Europa y los Estados Unidos, fomentando la sensación de aislamiento en la opinión pública.

La cultura y la ciencia rusas, tan ricas y geniales, no han dotado al gigante eslavo de gobernantes demócratas respetuosos del derecho. Los rusos de hoy, desprovistos de la ideología imperial zarista que heredaron de Bizancio y del marxismo en versión leninista, apoyan hoy mayoritariamente a Putin como el hombre fuerte que los volvió a instalar como una nación con presencia en el escenario mundial. Pero para ello necesita socios, aun cuando sean lejanos como los de América latina y sólo los una el rechazo hacia la esencia limitante del poder del constitucionalismo liberal. Aquí es donde entran en sintonía la autocracia de Putin y los populismos latinoamericanos, buscando crear lazos comerciales para prolongar el sustento material de sus regímenes, a la vez que ponen frenos al desarrollo de la sociedad civil, a la prensa independiente y al surgimiento de economías de mercado competitivas que no estén manipuladas por los amigos y cómplices del poder.

 

Ricardo López Göttig es Profesor y Doctor en Historia, egresado de la Universidad de Belgrano y de la Universidad Karlova de Praga (República Checa). Es Profesor titular de Teoría Social en la Maestría en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE.

La paz y la libertad son el camino

Por Alejandro Tagliavini. Publicado el 10/3/14 en: http://www.hoybolivia.com/Blog.php?IdBlog=39694&tit=la_paz_y_la_libertad_son_el_camino#.Ux2bB0EjYQw

 

Inicialmente, entre los jefes de Estado y de Gobierno convocados para acordar una postura común de la Unión Europea (UE), con respecto a la crisis desatada en la península de Crimea, se han visto adhesiones en torno a dos bloques: el liderado por Reino Unido, siguiendo el trazo de EE.UU., que pretende sanciones sobre Rusia si prosigue en su despliegue de tropas, y el segundo, encabezado por Alemania, que propone mayor diálogo con el Gobierno ruso. Los líderes europeos discutían, entre otros asuntos, el apoyo económico y financiero a Ucrania para contribuir a evitar su bancarrota, si logra cerrar un acuerdo con el FMI.

Como respuesta, los senadores rusos han amenazado a Occidente que, si se decide a introducir sanciones contra Rusia, el daño será para ambas partes, como ya lo había advertido el presidente, Vladímir Putin, en su encuentro con un grupo de periodistas. En esta línea, el Consejo de la Federación (nombre oficial de la cámara alta rusa) está elaborando un proyecto de ley que permita al Kremlin, en caso de que sea necesario tomar medidas en respuesta, hasta confiscar los bienes, activos y cuentas de las compañías europeas y estadounidenses que funcionan en Rusia.

Viene bien recordar que ningún conflicto resuelve problemas: los agrava. Por caso, Cuba hoy no sería la dictadura férrea y aislada que es de no ser por la sanciones promovidas por EE.UU., que aíslan al pueblo cubano y lo encierran en su laberinto. Por el contrario, si la UE quiere salvar a Ucrania debe levantar unilateralmente toda restricción al movimiento de personas, bienes, capitales y servicios desde y hacia ese país logrando una fuerte integración que terminará por “ganar la guerra” de modo pacífico. Siendo que paz y libertad son sinónimos, en cuanto que es necesaria la coacción violenta –con las tensiones que conlleva- para limitar estos movimientos. En cuanto a los US$ 15.000 millones ofrecidos por la UE, más los 1.000 millones por EE.UU., son solo limosnas que no van al fondo.

De más está decir que la alternativa de un conflicto armado es ridícula. Es increíble, patético y hasta tragicómico que, a esta altura del desarrollo tecnológico y científico, todavía existan personas incapaces de analizar la historia de modo serio y objetivo y verificar que jamás una contienda armada obtuvo un saldo positivo. La idea de que las guerras pueden ser beneficiosas es tremendamente errónea. Sí es cierto -y esto provoca grandes confusiones- que precisamente los menos violentos –los mejores, los más justos- son los que suelen ganar las batallas. Pero la verdad final es que el conflicto pudo haberse resuelto, con superiores resultados, aplicando todo lo contrario a una acción militar: más libertad y, su sinónimo, la paz.

Ni siquiera la hollywoodense Segunda Guerra Mundial (SGM) consiguió su objetivo de “terminar con la tiranía”. Por el contrario, luego de más de 60 millones de muertos y un elevadísimo costo en destrucción del mercado y cercenamiento de libertades, sustituyó a un tirano, Hitler, por otro, Stalin, que desparramó globalmente el marxismo y la guerra fría. Otro sería el mundo hoy, probablemente sin Cuba y sin muchos populismos al estilo chavista, de no haber existido la SGM. Y la sangrienta –y no electa- tiranía soviética luego cayó por la vía pacífica, demostrando que Hitler, mucho menos poderoso que la URSS, hubiera caído pacíficamente y más rápidamente.

 

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Es Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.