Las contradicciones del capitalismo “de estado”


Por Gabriel Boragina. Publicado en:
http://www.accionhumana.com/2021/08/las-contradicciones-del-capitalismo-de.html

Industrialización

Un crítico del “capitalismo de estado” fue Trotsky:, pero con argumentos muy diferentes a los nuestros y muy poco consistentes desde el punto de vista de un marxista ortodoxo como presumía ser. Hablando de él se nos dice:

“Sin embargo, tiene una razón más convincente: en su orden de ideas, el capitalismo estatal debe ser poseído privadamente; el Estado, como una gigantesca corporación, debe pertenecer a accionistas legitimados para vender y legar sus acciones. Si ellos no pueden vender ni sus hijos pueden heredar, el sistema no es capitalismo estatal. (Aunque estando seguro de lo que no era, Trotsky tuvo ciertos cambios de opinión acerca de lo que era. Véase asimismo A. Ruehl-Gerstel, «Trotsky in Mexico», Encounter, abril, 1982.)”[1]

Por supuesto que, ni hay “capitalismo estatal”, ni lo que no existe puede ser poseído privadamente. No es cuestión de elección ni de gustos si el capital puede o debe ser poseído por el gobierno o por los particulares, toda vez que la única forma de producir capital es a través de la acción privada y empleando recursos privados. No queda pues ningún margen de duda en cuanto a quienes son los dueños del capital, los que nunca pueden ser los burócratas y funcionarios estatales, quienes sólo pueden cumplir con respecto al capital su rol de expoliadores, y que es lo que -en los hechos- han venido haciendo en el curso de la historia económica hasta hoy y, seguramente, después de hoy lo seguirán realizando.

El estado-nación (lo dijimos muchas veces) es una entelequia y no una “corporación”; ningún ciudadano posee ninguna parte de él, ni mucho menos puede adquirirla como quien compra acciones en el mercado bursátil, o frutas en la verdulería. De esta manera –y paradójicamente- Trotsky llega –por vías distintas- a la misma conclusión (o a la inversa) de quienes pensamos que el capitalismo estatal no existe ni puede hacerlo.

“Es triste ver a un marxista reducido a una tal posición. Para Trotsky deben ser la «producción de mercancías», la alienación del trabajo, su dominación por el capital y el modo de apropiación de plusvalía los que definan las «relaciones de producción», no si las acciones se venden o se heredan.”[2]

Ya nos había advertido L. v. Mises (en otra obra que hemos comentado) que Trotsky era un dogmático intransigente que nunca había leído absolutamente nada que no fuera literatura marxista, por lo que no puede sorprendernos la afirmación que luce en la cita. Lo que si azora es que, dejando de lado los dogmas fundamentales del credo marxista, se detenga a sacar conclusiones partiendo de la base de si las acciones se venden o se heredan, lo que de alguna manera contradice los propios fundamentos de la fe marxista abrazada por Trotsky ya que, conforme a esa confesión marxista, en su sistema nada puede venderse ni heredarse, desde el momento que se trata de una organización donde -por definición- no existe la propiedad privada. Por ese lado parece que apunta la crítica que le hace el autor que hemos citado.

“Debe añadirse que la utilización por Lenin de la expresión «capitalismo de Estado* para designar a un sistema de empresa privada bajo estrecho control estatal no fue merecedora de mayor respeto socialista. En concreto, es difícil comprender cómo el Estado, que (pese a cierta «autonomía relativa») debe por virtud de las relaciones de producción ser controlado y dominado por la empresa privada, las controla a pesar de todo.”[3]

Este párrafo parece referirse a la teoría marxista en el punto en que sostiene que el estado/gobierno es -en el sistema capitalista- “controlado” por las empresas privadas, cosa que no solamente no es cierta sino que siempre ha sido a la inversa. La cuestión es casi de sentido común, por cuanto el gobierno es el que tiene el monopolio de la fuerza legal y -por lo tanto- no hay prácticamente otro poderío paralelo que se le pueda resistir, excepto el del pueblo mismo que es, en última instancia, quien le confiere aquella fuerza, sea por acción o por omisión, electoral o de hecho.

Se puede, sin duda, sobornar a funcionarios de bajo o medio rango para obtener algunos favores burocráticos en beneficio de ciertos empresarios. Lo que no se puede nunca es hacerlo con todo el gobierno en su conjunto como deliran socialistas, izquierdistas o como gusten llamarse.

Desde el momento que, formando parte de ese poder el gobierno tiene y se reserva el monopolio de emisión monetaria, queda facultado por el mismo a emitir la cantidad de dinero que necesite para adquirir cualquier cosa, lo que incluye, por supuesto, las empresas que supuestamente lo estarían “dominando” según los desquicios marxistas. El verdadero poder reside precisamente en el del dictar las leyes necesarias que le den al gobierno todo el control necesario sobre cualquier recurso económico, expropiándolo o cercándolo en su accionar, o simplemente confiscándolo. Pocos o ninguno de los partidos políticos que se turnan en el poder pierden la oportunidad de echar mano a estas leyes, las que si no existen, sencillamente las promulgan, y si ya las hay las amplían extendiendo su alcance al máximo posible, de tal suerte que cada vez sean más los recursos privados que queden bajo su tutela.

En países como la Argentina los sucesivos gobiernos se han tomado la costumbre de hacer sancionar al Congreso las ya tristemente célebres “leyes de emergencia económica” que -en la práctica- otorgan al poder ejecutivo aquellas facultades extraordinarias que el art. 29 de la Constitución de la Nación Argentina prohíbe concedérsele bajo la pena de infames traidores a la Patria. Norma constitucional que casi ningún político (sobre todo si está en el poder) se toma en serio.

“Resulta interesante encontrar razones expresamente no-marxistas para definir al capitalismo de Estado en una línea leninista como «la simbiosis del Estado y las corporaciones» (en P. J. D. Wiles, Economic Institutions Compared, 1979, pág. 51). ¿Qué es, entonces, el capitalismo y cómo lo distinguimos del capitalismo estatal? Wiles considera que esta última expresión es «abusivamente aplicada» a la Unión Soviética porque «ciertamente tiene una ideología que la sitúa aparte del verdadero capitalismo estatal». El verdadero capitalismo estatal, que es «más o menos indiferente respecto a la propiedad», está desprovisto de ideología.”[4]

Insistiremos, en este punto, que la expresión “capitalismo estatal” es auto contradictoria y -por tal motivo- hemos sugerido descartarla. No es una cuestión de ideología sino más bien una imposibilidad técnica la que impide adoptarla. No hay un capitalismo “privado” y otro “estatal”, ya que la primera palabra excluye por completo la segunda.


[1] Anthony de Jasay. El Estado. La lógica del poder político. Alianza Universidad. Pág. 306/307 (nota)

[2] de Jasay, A. ibídem, Pág. 306/307 (nota)

[3] de Jasay, A. ibídem, Pág. 306/307 (nota)

[4] de Jasay, A. ibídem, Pág. 306/307 (nota)

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero. Síguelo en  @GBoragina

Capitalismo “de estado” y privado

Por Gabriel Boragina. Publicado en: http://www.accionhumana.com/2021/07/capitalismo-de-estado-y-privado.html

Hemos –de acuerdo a L. v. Mises- criticado la locución capitalismo “de estado” como un nombre intercambiable con la tradicional designación de socialismo, más familiar y ampliamente conocida. No obstante, emprendimos el análisis del tema estableciendo una serie de comparaciones entre la primer fórmula reprochada en oposición al uso convencional empleado con el rótulo de capitalismo. Sin embargo, el grupo de autores que conservan el nombre de capitalismo para sistemas antagónicos, han adoptado -con el fin de diferenciar al primero del segundo- la etiqueta de “capitalismo privado” para reservarlo al opuesto al llamado “de estado”.

“Parece faltar un eslabón crucial para que el capitalismo de Estado sea un sistema factible. Pues si el Estado es el único patrón, puede liberar recursos para su propia utilización discrecional diciéndole al pueblo lo que tiene que hacer sin pagarle en exceso por su obediencia. “[1]

                Esta clara que la referencia es al socialismo. La realidad es que no solamente falta un eslabón sino que muchísimos más que uno. La cita alude al factor laboral. Imagina un escenario donde el estado/gobierno es el único empleador de todos. Dueño de todos los recursos disponibles puede decidir a quién remunerar y a quién no. Esto no aporta nada nuevo a lo que ya sabemos sobre el socialismo. Efectivamente, donde quiera que se lo hubiera implementado el socialismo siempre se ha comportado de dicha manera. El caso más conocido a nivel mundial ha sido el de la ex Unión Soviética. La frase “liberar recursos” de la cita parece aludir a aprovecharse de los mismos decomisándolos del fruto del trabajo ajeno. Pero bien, sentado esto, el punto es que no hay allí capitalismo alguno, porque el gobierno no posee la propiedad privada de ellos, siempre es propiedad detraída a particulares, lo que hace que en el punto el gobierno se comporte como un vulgar ladrón.

“Pero ¿qué va a impedir que un rival lo estropee todo y puje por el poder político prometiendo salarios más elevados —como pujaría por el poder político en el capi­talismo privado prometiendo más justicia distributiva—?”[2]

Es una situación difícil de darse en un régimen socialista puro donde -por definición- el poder político y económico esta monopolizado (de hecho o de derecho) por el estado/gobierno. Pero podría ser el caso de una socialdemocracia, que es el más común, donde se permite cierto pluralismo político, lo que implica partidos y elecciones. En otras palabras, el primero sería un sistema estatista en el cual el empleo es captado en su mayor parte (o en toda) por el estado/gobierno, y se introduce un competidor (puede ser un partido o cualquier otra fuerza política) que ofrezca menos estatismo y algo más de capitalismo (“salarios más elevados”). El segundo escenario supone –a la inversa- un régimen capitalista (el autor lo llama “capitalismo privado” impropiamente a nuestro juicio por redundante). En este caso, el rival sería una fuerza o partido estatista prometiendo más redistribucionismo.

“¿Podemos, para ser más concretos, dar por supuesto que una vez que el poder económico esté plenamente concentrado en el Estado, las formas políticas democráticas pierden ipso facto su contenido y, aunque se con­serven piadosamente, se convierten en ritos vacíos?”[3]

La respuesta es claramente afirmativa pero, a pesar de ello, sigue siendo incorrecto llamar a eso capitalismo “de estado”. El poder económico -por si solo- no es sinónimo de capitalismo. Los estados socialistas tienen poder económico pero no por ello son “capitalistas” por mucho que quisieran hacerse llamar así. Su poder económico no es propio sino que es ajeno, es robado a los genuinos capitalistas. Es cierto que las prácticas democráticas quedan desfiguradas en tales situaciones, pero advirtiendo que debemos aclarar a qué tipo de “democracia” nos referimos, ya que hemos trabajado bastante sobre el tema distinguiendo disímiles formas democráticas, dada a la excesiva latitud del vocablo “democracia”.

“En cualquier caso, si es que las revoluciones modernas son concebibles, hay una presunción de que por las mismas razones que le obligan a ser totalitario, el capitalismo de Estado corre mayo­res riesgos y necesita defensas más poderosas contra la revuelta que los Estados que no poseen, sino que meramente distribuyen lo que otros poseen.”[4]

Sin quedar clara la vinculación realizada entre “las revoluciones modernas” y el capitalismo “de estado” (socialismo) excepto que -en términos marxistas- este solamente podría imponerse por evolución y no por revolución (aunque Marx sostuvo ambas posturas contrapuestas casi simultáneamente) aquí parece aludirse a una revolución contra el socialismo (capitalismo “de estado” en la nomenclatura del autor comentado). Sería algo así como una revolución capitalista o pro-capitalista quizás mejor expresado.

Los regímenes socialistas o comunistas naturalmente necesitan ser más férreos que los menos orientados a esas ideologías, porque los primeros poseen más recursos apropiados al sector privado de la economía que los otros. Es decir, en esos lugares hay más riqueza expropiada que en otros, por ende están más expuestos a ser objeto de revoluciones o -al menos- disturbios de envergadura.

Poca diferencia hay, en rigor, entre “gobiernos que poseen vs los que no poseen” ya que ambos -en última instancia- deben distribuir los recursos generados por los particulares (excepto claro en un sistema capitalista como lo entendemos nosotros) . Pero dado que la redistribución es más fluida entre los últimos, daría la impresión que genera menos resistencias entre los desposeídos que la que originan los primeros.

“Una de las más débiles de las diversas razones débiles avanzadas por Trotsky de por qué no existe y «nunca existirá» tal cosa como el capitalismo estatal fue que «en su calidad de depositario universal de la propiedad capitalista, el Estado sería un objeto demasiado tentador para la revolución social» (León Trotsky, The Revolution Betrayed: What is the Soviet Union and Where is it Going?, 5.* od., 1972, pág. 246). [Hay trad. cast., Ed. Proceso, Buenos Aires.]”[5]

El estado/gobierno que se auto-constituye como “depositario” de la propiedad capitalista asume el mismo papel que el del ladrón que resguarda en su guarida el botín fruto de atraco. Él es guardián de la propiedad de otros y no de la suya, y ese mismo botín será “demasiado tentador” para los demás ladrones como él. Probablemente, no fuera esto lo que quisiera decir Trotsky. Debe haber querido significar que, en esa situación, el Estado seria depositario de riquezas tan grandes (en rigor todas las existentes) que, en lugar de ser el paradigma de la “revolución social” seria exactamente su contrario y el contraejemplo de esa misma revolución. En realidad, un estado/gobierno como el imaginado, seria inspirador de una contrarrevolución: la de los desposeídos de su capital contra el gobierno “depositario” (hurtador, en buen romance) del mismo por recuperarlo.


[1] Anthony de Jasay. El Estado. La lógica del poder político. Alianza Universidad, p. 301

[2] de Jasay A. Ibídem. p. 301

[3] de Jasay A. Ibídem. P. 301

[4] de Jasay A. Ibídem. P. 306

[5] de Jasay A. Ibídem. P. 306/307 (nota)

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero. Síguelo en  @GBoragina

El camino al socialismo

Por Gabriel Boragina. Publicado el 28/2/16 en: http://www.accionhumana.com/2016/02/el-camino-al-socialismo.html

 

A pesar de que estamos convencidos y pensamos que la historia nos demuestra en forma clara y completa, que el socialismo fue realizado en muchísimas partes del planeta, quedan aún, algunos obcecados que se empecinan en seguirlo negando. Niegan que las experiencias de la URSS, China, Corea, Vietnam, Europa Oriental, Cuba, etc. hayan sido socialistas, acusándolos de “desviacionismo”.

No lo creemos, es más, estamos convencidos que no fueron “desviaciones”, sino construcciones serias y efectivas del socialismo real, pero aun posicionándonos en la postura más favorable para estos negadores, creo que ninguno de ellos se animará a objetar que, tales experiencias, al menos, si fueron –desde su propio punto de vista- intentos de llegar al socialismo, excepto que crean que el socialismo puede imponerse de golpe; -considero que los críticos más sensatos no comparten esta idea- tendrán que admitir –entonces- que el socialismo sólo podría aplicarse por etapas, secuencias o grados; y que si lo efectuado en los países descriptos no fue (según estos críticos siempre) socialismo, al menos admitirán, que fueron medios, vías, conductos o caminos para llegar al estado socialista. Si mis críticos y yo estamos de acuerdo en este punto, me parece que también tendríamos que estar de acuerdo en que esta metodología para tratar de imponer un ideal, no ha sido en absoluto satisfactoria, y en mi particular opinión, mucho menos que satisfactoria, sino directamente nefasta. El populismo socialdemócrata asume como cierta esta conclusión sin abandonar su defensa del socialismo. Lo mismo hace el populismo socialista (por ejemplo. el castrochavismo venezolano).

Fundamentalmente, entre los colectivistas hay dos posturas respecto a la forma de llegar al socialismo: una vía abrupta y otra gradual, la característica común que comparten estos dos caminos es, que ambos se transitan por medio de la violencia. Hay una tercera vía muy minoritaria entre los marxistas y que está representada por la sociedad Fabiana y los gramscianos (así llamados por inspirarse en las ideas del ideólogo italiano Antonio Gramsci). Hoy en día, los marxistas no renuncian a ninguna de estas vías, al menos -por el momento- han resignado las formas extremo-violentas de llegar al poder.

De los dos medios agresivos que señalamos al principio, la diferencia entre ellos radica en el grado y fuerza de la violencia. En la tesis original (la de sus acuñadores K. Marx y F. Engels), la única metodología propuesta (o mejor dicho profetizada) era la primera: la violencia en una sola primer y última etapa, es decir, la revolución total. El grupo “moderado” –sin dejar de patrocinar la violencia- proponía ataques graduales, algo menos despiadados, pero regulares y prolongados en el tiempo. Y el tercer grupo minoritario, dejaba casi por completo de lado la violencia, la penetración del socialismo según ellos (fabianos y gramscianos) llegaría por la vía de la educación y la instrucción. Es de hacer notar aquí, que K. Marx y F. Engels, no descartan en absoluto esta vía, ya que la educación estatista es uno de los 10 puntos del Manifiesto Comunista propuestos por K. Marx y F. Engels como método de llegar al socialismo. El populismo socialdemócrata (como el de los Kirchner de Argentina) es mucho menos afecto a la violencia que el populismo socialista (como el castrochavismo venezolano).

Ahora bien, volviendo a la cuestión de sí el socialismo se ha aplicado -o no- en el mundo, veremos que en efecto; si dejamos la teoría de lado, aunque sea por un momento, como tantas veces nos han pedido, y nos limitamos, simplemente, a contemplar los hechos, más claramente, la situación actual en la que quedaron los países y regiones citadas luego de la fracasada intentona de imponer el “socialismo real”; uno no puede menos que sentirse defraudado con tales experiencias “a medias” o como ellos dicen, “intentos fallidos“ y si digo “no menos que defraudado”, es para no decir -directamente- horrorizado.         Baste señalar algunos nombres de personas y lugares tales como Stalin, Trotsky, Kerensky, Pol Pot, Mao Tse Tung, El Gulag, los campos de concentración en la Siberia, la KGB, las razias, el hambre, la miseria y la pauperización creciente de los pueblos del Asia y de la Europa oriental, en fin, pero tornando a los resultados, estos “críticos” que afirman que el socialismo “jamás se realizó”, serían demasiado necios si dijeran que estos ejemplos dados no fueron –al menos- intentos, medios, vías, conductos o caminos en busca de dicha construcción, y mucho más necios serian si, asimismo, negaran el rotundo y absoluto fracaso de tales intentos, vías o caminos.

La conclusión a la que se arriba no puede ser otra que; afirmar que la tentativa de realizar el socialismo es cruel y sanguinaria y ha dejado en el camino, un tendal pavoroso de víctimas.
Otros socialistas, -el tercer grupo ya aludido antes- algo menos obcecados y algo más sensatos (aunque tan equivocados como el primer grupo analizado) creen acertar cuando dicen que el error fue tratar de imponer el socialismo por la vía violenta (como exigían Marx, Engels y ejecutaran Lenin, Stalin, Mao, Fidel Castro, Pol Pot, entre otros) a la par que sostienen que; el socialismo sólo encontraría plena y cabal consumación, únicamente por la ruta pacífica. En este grupo, se destacan –entre muchos otros- el italiano Antonio Gramsci y los fabianos británicos, así conocidos por haberse agrupado en la célebre Sociedad Fabiana de Londres, y sus numerosos y entusiastas seguidores. De esta vertiente es de donde ha surgido la moderna -y tan de moda- socialdemocracia.

La socialdemocracia, dice ser de sí misma, una vía híbrida que pretende “conciliar” socialismo con capitalismo, pero teniendo como meta final la implantación del socialismo y utilizando el capitalismo sólo como medio, nunca como fin, esta doctrina política deriva en lo que Ludwig von Mises acertara en denominar intervencionismo. Nosotros decimos que la socialdemocracia es la faceta política del intervencionismo o, a la inversa, el intervencionismo es la cara económica de la socialdemocracia, visto de este modo, hablar de intervencionismo y de socialdemocracia; son casi sinónimos. Sucede que el socialismo democrático -por más democrático que quiera ser- no dejar de ser socialismo. Y socialismo y capitalismo son antagónicos. Ergo, la socialdemocracia no es viable. Por esto mismo es que el populismo socialdemócrata y el populismo socialista no son conducentes.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

Gutierrez: Teologo de la liberacion.

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 31/1/14 en: http://www.libertadyprogresonline.org/2014/01/30/gutierrez-teologo-de-la-liberacion/

 

Siempre me ha resultado digno de respeto la persona que es fiel a su pensamiento y lo expone sin tapujos, por el contrario, el timorato y vergonzante que busca interpretaciones retorcidas a hechos y textos para esconder sus pareceres es desde todo punto de vista reprobable y no merece la más mínima confianza. El Padre Gustavo Gutiérrez es sin duda del primer tipo.  La honestidad intelectual constituye el requisito básico de una persona íntegra, sin perjuicio del contenido de sus ideas.

El trabajo más conocido del Padre Gutiérrez es Teología de la Liberación, libro publicado en 1971 inmediatamente después de la reunión fundacional de la novel teología de la liberación ocurrida en Chimbote (Perú), en 1968, que influyó notablemente en las reuniones de Obispos y sacerdotes en Medellín primero y Puebla después. El libro de referencia cuenta con doce ediciones en castellano, obra traducida al inglés, francés, italiano, alemán, portugués, holandés, vietnamita, coreano, japonés y polaco.

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El eje central del libro consiste en señalar que la teología tradicional (“lírica” dice el autor) no se ha comprometido con las políticas concretas de este mundo y que las mismas son capitalistas, lo cual estima significan la explotación a los relativamente más pobres. Respecto a esto último, no menciona el hecho que hoy día no existen prácticamente vestigios de capitalismo puesto que los entrometimientos del Leviatán con las vidas y haciendas ajenas es permanente y creciente a través de alianzas con mal llamados empresarios (que son en verdad ladrones de guantes blancos) que viven del privilegio con el apoyo de instituciones internacionales nefastas como el FMI, a través de gastos estatales elefantiásicos, deudas públicas descomunales que comprometen el patrimonio de futuras generaciones que ni siquiera han participado en la elección del gobernante que contrajo la deuda, a través de impuestos insoportables y de regulaciones absurdas y asfixiantes que, entre otras muchas cosas, generan un desempleo colosal.

Tampoco Gutiérrez considera que la inmensa ventaja de la sociedad abierta inexorablemente se traduce en mejoras en la condición de vida de la gente, especialmente de la más necesitada puesto que las inversiones constituyen la única razón para el incremento en salarios e ingresos en términos reales. Y no se trata de la sandez del “efecto derrame” como si se tratara de saciar la sed de los opulentos y lo que rebalsa lo beben los miserables de la tierra. El fenómeno de las mejoras de quienes están en el margen  es un proceso paralelo: cada incremento en la tasa de capitalización (herramientas, maquinarias, instalaciones y conocimientos pertinentes) hace de apoyo logístico para aumentar la productividad del trabajo, lo cual significa ingresos más altos.

Todos provenimos de la caverna, cuando no del mono, la forma de progresar es contar con marcos institucionales que resguarden el respeto recíproco, lo cual significa el derecho a la vida, a la libertad y a la propiedad. Esta última institución resulta indispensable puesto que los bienes son escasos en relación a las necesidades, por lo que la asignación y reasignación se lleva a cabo vía las compras y abstenciones de comprar, es decir, como hemos destacado antes, se premia a quien ha dado en la tecla con las preferencias del prójimo y los que yerran incurren en quebrantos. Así es como los factores de producción se van adaptando a los requerimientos de la gente. Si se opta por los bienes en común sucede “la tragedia de los comunes” (lo que es de todos no es de nadie y los incentivos se pervierten) y no hay manera de conocer cuales son las cambiantes prioridades de la gente para asignar recursos.

Vamos ahora resumidamente a lo que aconseja el Padre Gutiérrez en su afamado libro. En este sentido, escribe que “Marx irá construyendo un conocimiento científico de la realidad histórica. Analizando la sociedad capitalista en la que se dan en concreto la explotación de unos seres humanos por otros, de una clase social por otra y señalando las vías de salida hacía una etapa histórica en la que la persona humana pueda vivir como tal […] Iniciativa que debe asegurar el paso del modo de producción capitalista al modo de producción socialista […] creadas las condiciones de una producción socializada de la riqueza, suprimida la apropiación privada de la plusvalía, establecido el socialismo, las personas puedan comenzar a vivir libre y humanamente”, para lo cual recomienda “una revolución social” y “una radicalización política” y que “la revolución cubana ha cumplido un papel acelerador” e insiste en los beneficios del “foquismo guerrillero” y “nuevas formas de lucha armada” y que “ello supone y facilita, por otra parte, un diálogo doctrinal con el marxismo” ya que “un sector importante del clero latinoamericano pide” que no hay que “confundir violencia injusta de los opresores que sostienen este ´nefasto sistema´ con la justa violencia de los oprimidos que se ven obligados a ella para lograr su liberación”.

Al fin y al cabo nos dice este sacerdote dominico que la liberación del pueblo judío de Egipto y que Jesús haya muerto en manos del poder político son hechos de gran importancia, a lo que replicamos nosotros que no se trataba para nada de salir de una esclavitud para ir a otra en el caso egipcio y el conflicto con el poder político no es para imponer un sistema totalitario.

Finalmente el Padre Gutiérrez, por un lado, subestima el mensaje evangélico en cuanto a la “pobreza espiritual” y, por otro, le atribuye un significado que convierte en un galimatías la idea de pobreza en el contexto de “la opción preferencial por los pobres” puesto que si se toma la pobreza material como una virtud habría que eliminar la caridad puesto que mejora la condición del receptor y, además si la Iglesia fuera de los pobres habría que concentrarse en los ricos puesto que los primeros estarían salvados.

En otra oportunidad hemos citado algunos pasajes bíblicos al efecto de subrayar la importancia de la pobreza de espíritu. Ahora lo hacemos nuevamente como la antesala del fin de esta nota periodística: en Deuteronomio (viii-18) “acuérdate que Javeh tu Dios, es quien te da fuerza para que te proveas de riqueza”. En 1 Timoteo (v-8) “si alguno no provee para los que son suyos, y especialmente para los que son miembros de su casa, ha repudiado la fe y es peor que una persona sin fe”. En Mateo (v-3) “bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el reino de los cielos” fustigando al que anteponga lo material al amor a Dios (amor a la Perfección), en otras palabras al que “no es rico a los ojos de Dios” (Lucas xii-21), lo cual aclara la Enciclopedia de la Biblia (con la dirección técnica de R. P. Sebastián Bartina y R. P. Alejandro Díaz Macho bajo la supervisión del Arzobispo de Barcelona): “fuerzan a interpretar las bienaventuranzas de los pobres de espíritu, en sentido moral de renuncia y desprendimiento”  y que “ la clara fórmula de Mateo -bienaventurados los pobres de espíritu- da a entender que ricos o pobres, lo que han de hacer es despojarse interiormente de toda riqueza” (tomo vi, págs. 240/241). En Proverbios (11-18) “quien confía en su riqueza, ese caerá”. En Salmos (62-11) “a las riquezas, cuando aumenten, no apeguéis el corazón”. Este es también el sentido de la parábola del joven rico (Marcos x, 24-25) ya que “nadie puede servir a dos señores” (Mateo vi-24).

Por último, debe subrayarse una vez más que la influencia de este autor y de la Teología de la Liberación ha sido y es muy grande y profunda, pero ocurre que hay muchos que les resulta chocante la violencia recomendada y la declarada simpatía por Marx, Lenin, Trotsky, Marcuse, Hegel y Gramsci por lo que prefieren no hacer referencia a esta escuela de pensamiento pero toman el nudo de las reflexiones de Gutiérrez y sus numerosos discípulos para difundir el núcleo de sus metas, siempre articulando un discurso recubierto con las expresiones de amor, solidaridad, compasión, Dios, las maravillas de la creación, paz y la llamada justicia social (Gutiérrez escribe que “El sentido de la comunidad de bienes es claro: suprimir la pobreza por amor al pobre”).

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. En Administración. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer Rector de ESEADE.