Enrique VIII: El líder despótico

Por Luis del Prado:

 

El 2 de julio de 1613 (fecha en la que se incendió accidentalmente el Globe Theater de Londres) se estaba representando en su escenario “La famosa historia de la vida del Rey Enrique VIII”, de William Shakespeare, una de sus últimas creaciones. El drama narra todo un entramado político, social y religioso, por el que desfilan un sinfín de personajes, mostrando los acontecimientos de un período de la vida del rey Enrique VIII. La obra comienza en el momento de la destitución del Duque de Buckingham y se cierra con el nacimiento de Isabel, fruto de la relación del Rey con su segunda esposa, Ana Bolena. A lo largo del texto se describen las caídas en desgracia de la Reina Catalina de Aragón y del Cardenal Wolsey y se pinta el fuerte cambio político y sobre todo religioso que se produce en Inglaterra partir de la ruptura con el Vaticano. Shakespeare detiene la descripción de la vida de Enrique VIII en el momento del nacimiento de su hija Isabel, probablemente para evitar mencionar la decadencia del Rey y la inestabilidad política que volvió a aparecer en Inglaterra, derivada del divorcio del Rey y el casamiento con Ana Bolena. Al no mencionar los hechos posteriores, la obra concluye con la gran esperanza que supone el nacimiento de la princesa Isabel. Si bien la ruptura con la Iglesia de Roma generó conflictos importantes, el poder del Rey se reafirmó frente a su pueblo. Por otra parte, no puede dejar de mencionarse que el público de las obras de Shakespeare era testigo que Isabel I se había convertido en una gran reina, que produjo el desarrollo industrial y el crecimiento económico del país, y cuyo mito se agigantó con la victoria sobre la Armada Invencible española, hecho que convirtió a Inglaterra en la principal potencia marítima europea. Seguramente influido por una cuestión patriótica y religiosa, Shakespeare culmina la obra sin menciones elogiosas a María Tudor, primogénita del Rey, católica y con su lealtad dividida entre Inglaterra y España, la patria de su madre Isabel la Católica. A lo largo de esta obra, Shakespeare suaviza de manera evidente la oscuridad de este período de la historia inglesa (la reforma religiosa, las persecuciones, las ejecuciones de dos de sus esposas, etc.), seguramente motivado por no desagradar a su principal empleadora, la Reina Isabel I. Enrique VIII nació en 1547 y fue el segundo hijo de Enrique VII e Isabel de York. Se convirtió en el heredero de la corona debido a la prematura muerte de su hermano mayor, Arturo. Como era común en los príncipes del Renacimiento, había recibido una excelente formación humanista, hablaba francés, latín y español, componía poesía y pequeñas obras musicales y era un destacado deportista, aficionado a la caza y a las justas caballerescas.
Fue mecenas de varios artistas y pensadores europeos que acudieron a su corte. Entre los logros políticos de su reinado, se destacan la anexión a Inglaterra del País de Gales y de Irlanda. Enrique sucedió a su padre en 1509 y fue coronado a los 18 años de edad. Ese mismo año se casó con la viuda de su hermano Arturo, Catalina de Aragón, hija de los Reyes Católicos (Isabel y Fernando). Para poder celebrar ese casamiento, en esa época era necesaria una dispensa del Papa para revocar el “impedimento de afinidad”.1 El permiso del Papa fue concedido porque se afirmó que el matrimonio de Catalina con Arturo no había sido consumado, debido a la muerte de este último con solo quince años de edad. La relación entre Catalina y Enrique era de profundo entendimiento, tanto a nivel personal como político, hasta que surgió el problema de la sucesión. Catalina tuvo numerosos embarazos, pero la única sobreviviente fue su hija María. No existía impedimento legal alguno para que las mujeres accedieran al poder cuando no había varones en la línea de sucesión, pero la ausencia de un heredero varón era considerada un peligro para la continuidad de la dinastía. En el interín, Enrique fue seducido por una de las damas de la reina, Ana Bolena. Tomás Bolena quería mejorar la posición social de su familia, y no encontró mejor manera que alentar a su hija mayor María a tener un romance con el Rey. Enrique se cansaba pronto de sus amantes, por lo que Tomás Bolena tuvo que recurrir a su otra hija, Ana, quien estaba residiendo en la corte francesa. Ana logró el objetivo de seducir al Rey y quedó embarazada. En ese momento, Enrique VIII le planteó al Cardenal Wolsey la necesidad de divorciarse de Catalina y casarse con Ana para evitar que su futuro hijo fuera un bastardo. Wolsey fue el encargado de tramitar la anulación del matrimonio frente al Papa Clemente VII. El dilema que enfrentaba el Rey consistía en que los medios que tenía que utilizar para asegurar la continuidad de la dinastía eran contrarios a las leyes del Dios que lo había ungido en el trono. Enrique, determinado a conseguir su objetivo, utilizó el mismo argumento que esgrimió para poder casarse veinte años atrás con la viuda de su hermano, pero exactamente al revés. Un formidable ejemplo de “relato” para acomodar los hechos a su conveniencia. Enrique somete la cuestión a un tribunal canónico (obviamente manipulado por Wolsey) para determinar que había “vivido en pecado” durante todo su matrimonio con Catalina, ya que la unión no era legítima por la consumación del matrimonio previo con Arturo. La anulación del matrimonio lo dejaría en libertad para poder casarse con Ana.

1 En el Levítico del Antiguo Testamento, se afirma que “quien se case con la mujer de su hermano, será castigado y no podrá tener hijos”
Catalina no se doblegó, ya que, además de muy inteligente era una mujer sumamente determinada y estaba segura de su legitimidad como esposa y como madre. Por ello no aceptó la propuesta del Cardenal Wolsey que implicaba la reclusión de por vida en un monasterio. El reclamo de justicia de Catalina se ubica en el contexto de un sistema misógino, en el cual una mujer infértil podía ser condenada a muerte. Esta negativa colocó al Papa en una situación delicada, ya que estaba siendo presionado por Inglaterra para anular el matrimonio y por España para no hacerlo. Cabe mencionar que el Rey de España, Carlos V, era sobrino de Catalina y, además, Emperador del Sacro Imperio Romano. Ante la demora de los trámites y al comprobar que el Vaticano no accedería a su pedido, Enrique, ante la inminencia del nacimiento de su hijo, decidió romper con la Iglesia Católica Romana, repudiar a Catalina y casarse con Ana Bolena. Para no ofender a la Reina Isabel I, Shakespeare describe a Ana Bolena como una joven humilde, sin pretensión alguna de poder y gran admiradora de la Reina Catalina. Otros autores, como por ejemplo Calderón de la Barca (autor de “La Cisma de Inglaterra”), la muestran como un ser ambicioso, altivo y sin escrúpulos cuya vanidad y arrogancia la llevan a seducir al rey y ponerlo en contra de Wolsey y de Catalina. El Papa excomulgó a Enrique y este respondió con el Acta de Supremacía, por la que se declaraba la independencia de la Iglesia Anglicana, bajo la soberanía del rey, que se convertía en “Jefe Supremo de la Iglesia de Inglaterra”. Enrique dictó una serie de decretos en los que se acusaba de alta traición y castigaba con la muerte a todos aquellos que no reconocieran este hecho. Enrique en realidad no deseaba la ruptura con Roma, ya que había buscado por todos los medios encontrar otra solución, pero lo traicionó su temperamento, sumado a la pasión que sentía por Ana y a la necesidad política de un heredero varón. Antes del cisma, Enrique había apoyado fuertemente al Vaticano en contra de Lutero, e incluso el Papa le había otorgado el título de “Defensor de la Fe” por un escrito realizado por el rey, en contra del credo luterano. Este hecho es un punto de inflexión que marca el inicio de la transformación de Enrique de un Rey brillante, culto y carismático a un soberano arbitrario, despótico y gobernado por sus pasiones.

Enrique VIII tuvo tres hombres de confianza a lo largo de su reinado: el Cardenal Wolsey, Thomas Cromwell y Tomás Moro. En el caso de los dos primeros, Enrique se dio cuenta muy tarde que se trataba de personas manipuladoras, astutas, intrigantes, ambiciosas y vengativas. Tomás Moro, por el contrario fue un ejemplo de servidor honesto y virtuoso.
Con el caso del Cardenal Wolsey, Shakespeare muestra que la ambición es una tentación de la condición humana que, llevada a un extremo, convierte en víctimas a los demás y termina destruyendo al ambicioso. Wolsey fue abusivo en el cobro de impuestos, arrastró al Rey al deshonor por incumplir pactos políticos, se enriqueció indebidamente y eliminó a sus enemigos con calumnias. Todo ello lo condujo a su propia ruina. Hay muchos ejemplos en la obra que ponen de manifiesto la fragilidad del poder, que nunca es eterno, aunque los personajes no son conscientes mientras están en la cima de la gloria. Existen innumerables ejemplos de personas que ocupan cargos muy importantes y se consideran insustituibles, de un día para el otro pierden su posición y su poder. Rolf Breintenstein2 llama a esto “el síndrome del Cardenal Wolsey”. El Cardenal fue el hombre de confianza del Rey Enrique VIII durante un largo período. Hacía y deshacía a voluntad. Promovía a sus favoritos y castigaba duramente a sus enemigos. Además, era un administrador muy eficiente y talentoso, lo que reforzaba el favor del Rey. Pero en algún momento, Wolsey se olvidó que el poder efectivo lo tenía el Rey y perdió de vista que, a pesar de su enorme poder, seguía siendo solo un empleado. Wolsey pensaba en realidad que él no dependía del Rey, sino el Rey de él, ya que nadie sabía dirigir los asuntos del reino tan bien como el Cardenal. En ese contexto, las personas suelen excederse y descuidarse. Sus numerosos enemigos le tendieron una trampa y le hicieron llegar al Rey dos documentos muy peligrosos: un informe sobre la fortuna personal de Wolsey y su correspondencia privada con el Papa, el gran adversario del monarca. Este leyó los documentos y le retiró la confianza a Wolsey en cuestión de segundos. Para el Cardenal supuso el despido y la incautación de sus bienes y escapó de milagro al castigo usual en esa época: la decapitación en la Torre de Londres. Un momento de revelación dio por tierra con años de confianza. La imposibilidad de conseguir la anulación del matrimonio del Rey, contribuyó de manera decisiva a la caída en desgracia del Cardenal, quien fue sustituido en su cargo por un querido amigo del Rey: Tomás Moro. Moro era un humanista de refinada cultura, amigo personal de Erasmo de Rotterdam, uno de los padres de la historiografía inglesa y autor de la célebre Utopía, uno de los textos fundamentales de la filosofía política. A partir de esta obra, la palabra “utopía” se incorporó a todas las lenguas europeas.

2 Breintenstein, Rolf. (2000). Shakespeare para managers. Plaza y Janés Editores. Barcelona, España.

También fue uno de los mejores abogados nacidos en Inglaterra, cuyos conocimientos jurídicos y sentencias despertaron la admiración de los colegas de su época e incluso hasta nuestros días, al punto de ser el santo patrono de los abogados, gobernantes y políticos. Hombre de fuertes convicciones religiosas, Moro también fue fiel a sus compromisos terrenales: como humanista, diputado, abogado especialista en derecho marítimo y comercial, juez, embajador, consejero real, esposo y padre de cuatro hijos. En menos de 25 años, de 1504 a 1529, pasó de miembro del Parlamento a Lord Canciller del Reino de Enrique VIII. Fue el primer laico que ocupó la más alta dignidad pública de Inglaterra. Dimitió al día siguiente de que el clero inglés se sometiera definitivamente a la supremacía del rey sobre la Iglesia, alegando motivos de salud. Pero la razón más profunda pasaba por el hecho de no estar dispuesto a que el poder temporal usurpara la primacía de la verdad. Consciente de que su decisión le acarrearía un sin fin de dificultades personales y familiares, Moro reunió a su mujer, hijos y yernos para adelantarles el incierto panorama que les aguardaba y las penurias económicas en las que vivirían en el futuro cercano. Moro intuyó lo que se le venía encima. Pero no estaba dispuesto a permitir que nada ni nadie rompiera la unidad y la paz de su familia. Todas las personalidades más influyentes y las instituciones acabaron doblegándose a la voluntad de Enrique VIII. Aceptaron su divorcio de Catalina, las segundas nupcias del rey y la escisión de la Iglesia inglesa de Roma. Todos, salvo el Obispo Fisher y Tomás Moro. Conociendo el temperamento impulsivo del rey, nadie dudaba de que el rechazo al juramento podía costarle una larga prisión o la vida. No sería la primera vez. Pero Moro fue coherente con su habitual forma de proceder. Todos le pidieron que firmara el Acta, incluso su familia. Moro amaba la vida, como la ama cualquier ser humano. Pero amaba a Dios por encima de todo. Thomas Cromwell (quien sería su sucesor) le exigió que jurara el Acta de Sucesión. Moro la examinó con atención y por dos veces rechazó el juramento. “Si lo hago”, dijo Moro, “expongo mi alma a la condenación eterna”. Enrique no admitió el rechazo de su ex-consejero, porque creía que una sola excepción estaría dando “ocasión para que todo hombre rehúse la integridad del texto o su contenido”. Ningún súbdito inglés podía cuestionar el segundo matrimonio del rey. Moro pasó cuatro días custodiado y rechazó una vez más el juramento. Finalmente, fue encarcelado en la Torre de Londres. Moro padeció mucho en prisión por las incomodidades y las restricciones que tuvo que soportar, pero su espíritu permaneció alegre, lo que le permitió bromear con su familia y amigos cuando le permitían verlos. Moro negó los cargos de la acusación y denunció al procurador general por perjurio. Sabía que iba a morir, pero no quería darles ningún pretexto. Al ser interrogado si
reconocía, aceptaba y consideraba al rey como cabeza suprema de la Iglesia de Inglaterra, se negó a dar una respuesta directa, declarando: “No quiero tener nada que ver con esto, porque he tomado la firme decisión de dedicarme a las cosas de Dios y meditar sobre su Pasión y sobre mi paso por esta tierra”. El jurado lo declaró culpable y lo condenó a ser colgado en las horcas de Tyburn. Sólo entonces, con toda la agudeza jurídica de la que era capaz, Moro declaró públicamente la ilegitimidad del Acta de Supremacía. Después de algunos días, Enrique cambió la sentencia, decretando que muera decapitado en Tower Hill. El martes 6 de julio de 1535 tiene lugar la ejecución. El hacha sólo pudo cortarle la cabeza, expuesta luego en una picota en lo alto del Puente de Londres durante un mes. Fue el único modo que tuvo Enrique VIII de apoderarse de ella. Sin embargo, el rey no pudo apropiarse de la conciencia del que había sido su colaborador más cercano y su representante directo. Enterrado su cuerpo en la capilla de San Pedro ad Vincula, su espíritu permanece vivo entre los hombres, porque eligió ser fiel a Dios y a su conciencia. La hoja afilada del verdugo le arrancó la cabeza de un solo tajo, le cercenó el pulso, interrumpió los latidos de su corazón. Pero en el mismo momento que rodaba por el suelo del patíbulo la cabeza del “gran traidor”, se alzaba la vida eterna de su espíritu. Tras su muerte, comenzó en Inglaterra la destrucción más despiadada de cualquier vestigio de su existencia. Enrique VIII y Cromwell estuvieron a punto de conseguirlo. Pero no contaban con la profunda huella que Moro había dejado entre la gente del siglo XVI. Chapuys, el embajador español en Londres, escribió a Carlos V llamando a Moro “santo mártir”. El pueblo londinense tejió pronto la leyenda de su Lord Canciller, que culminó en el teatro en tiempos de Isabel I, la hija de aquella mujer por la que Enrique le cortó la cabeza. La onda expansiva trascendió la isla británica y se desbordó por todo el mundo, hasta nuestros días. En 1886, el Papa León XIII lo beatificó y en 1935, Pío XI proclamó santo “al laico Tomás Moro”.

El principal beneficiario de la caída de Tomás Moro fue Thomas Cromwell, un abogado sumamente ambicioso de origen humilde que supo servir con fidelidad al Cardenal Wolsey y ubicarse cada vez más cerca del círculo de confianza del Rey Enrique. Cromwell fue un ejemplo del hombre de confianza que no tenía escrúpulos y que estaba dispuesto a hacer el trabajo sucio para poder trepar en la escala social. Cromwell ejecutó la orden de disolución de los monasterios (para hacerse de sus bienes) y llevó a cabo el proceso de Tomás Moro y de la familia Bolena, cuando cayeron en desgracia. También fue responsable de las gestiones que colocaron a la familia Seymour en un lugar privilegiado de la corte, a partir del casamiento del Rey con Jane, su tercera esposa. Su caída se inició por la prisa con la que había impulsado a Enrique VIII para que se volviera a casar con Ana de Cleves después de la muerte prematura de Jane Seymour. La boda tenía como indisimulado objetivo hermanar a las dos ramas de la Reforma protestante: la anglicana y la luterana. Pero resultó que a Enrique le repelía físicamente su nueva esposa hasta el extremo de no poder consumar el matrimonio. Tras seis meses de casados, el enlace fue anulado y la furia real cayó sobre Cromwell. Thomas Cromwell había hecho numerosos (y poderosos) enemigos en sus años al servicio de la corona. En primer lugar, por su ferviente apoyo a la Reforma y la disolución de monasterios católicos, que lo había enfrentado a los sectores más tradicionalistas. Y, sobre todo, por lo que los nobles consideraban un imperdonable arribismo: hijo de un modestísimo herrero, tras graduarse en Derecho había ido ascendiendo por la escala social gracias a su inteligencia y, también, a sus acciones corruptas, siendo sucesivamente parlamentario, abogado de la corte, consejero real y finalmente secretario de Estado. Así las cosas, cuando sus oponentes vieron la oportunidad de derrocarlo merced al “asunto Ana de Cleves” la aprovecharon y fabricaron una serie de acusaciones contra él: traición, herejía y corrupción. Cromwell fue arrestado, encerrado en la Torre de Londres y condenado a muerte, y Enrique VIII, cegado por la ira, dio el visto bueno a los cargos y no atendió su petición de una audiencia. Más tarde, Enrique se lamentó de su decisión (tal como ocurrió con Wolsey y Moro) con esta frase: “Con el pretexto de algunas ofensas insignificantes, dejé que mataran al sirviente más fiel que tuvo el rey”.

La grandeza de Shakespeare radica, además de la belleza de su lenguaje, en su capacidad de transmitir que los seres humanos somos muy complejos, y detrás de las apariencias, hay razones que ocultamos a los demás y a nosotros mismos. Así, el lector de Enrique VIII, encontrará que existen muchos motivos entrecruzados que subyacen “por debajo” del discurso “aparente” de los personajes. Uno de estos asuntos es el temor a la usurpación del trono y el deber de asegurar la continuidad de la dinastía. En el siglo XVI aún no había desaparecido el temor a un posible usurpador. Los padres de Enrique, (Enrique VII de Lancaster e Isabel de York) habían logrado pacificar al país al unir sus linajes, que durante muchos años se habían disputado el trono durante sangrientas guerras civiles, siendo la Guerra de las Dos Rosas la última de ellas. La unión dio origen a una nueva dinastía: los Tudor. Enrique VIII hereda un reino en relativa tranquilidad, pero tenía el mandato de asegurar la continuidad de la dinastía por medio de un heredero varón. Tal como mencionamos anteriormente, este hecho desencadena la trama y el proceso de transformación del protagonista. Al escribir sobre Enrique VIII, Shakespeare no hace hincapié en sus comportamientos negativos ni en sus excesos, hechos que puntualiza en la vida de los reyes anteriores. Quizás la causa sea que el contexto histórico era distinto. Enrique VIII no era un rey medieval, sino renacentista y, en esta época, el poder absoluto de la monarquía se había impuesto en todo el continente europeo.
Los reyes renacentistas perdieron parte del simbolismo religioso de los reyes medievales, pero, por el contrario, aumentaron su poder terrenal y sus decisiones no podían ser discutidas. Harold Bloom3 afirma que: Shakespeare tuvo más libertad para hablar del pasado que de un rey más cercano en el tiempo. Además, de esta forma, logra proyectar en la mente de sus contemporáneos una reflexión sobre los errores del pasado que no deberían repetirse en el presente

Enrique es un claro ejemplo de alguien que disponía de todos los requisitos para ser un gran gobernante: educación, recursos, buenos consejeros, carisma, alianzas, etc. Y de hecho lo fue durante muchos años pero, a partir de su propia debilidad y de la obsesión por el heredero varón, acabó transformándose en un déspota. El miedo es el elemento esencial de un líder despótico. El miedo induce a desconfiar de todo el mundo y a jugar un perpetuo juego de ocultamientos; se ocultan las propias emociones y los valores creando relatos que justifican los desvíos morales y los actos aberrantes. Entre las personas que forman parte de estos círculos perversos suelen darse tres comportamientos bastante típicos: el resignado, el temeroso y el colaboracionista. El temeroso funciona como un sujeto inmaduro que necesita depender de otro. En un sistema absolutista como era la monarquía, no había espacio para trasgredir ni para disentir. Cuanto más fuerte es la cultura, más incómodo es no sumarse a ella. Como dice Aristóteles: “No existe opinión, por absurda que sea, que los hombres no hayan adoptado rápidamente cuando se les consigue persuadir de que es aceptada por la mayoría”. El resignado sufre en silencio por tener que cometer actos que reprueba. El colaboracionista es, sin duda, el comportamiento más vil y peligroso. Puesto en la necesidad de obedecer, se lleva a cabo la tarea con entusiasmo, delatando a sus pares y tratando de obtener alguna ventaja por el camino. Thomas Cromwell es un perfecto ejemplo de este comportamiento. Como reflexión final, la siguiente: Enrique no era alguien de naturaleza perversa que abusó del poder desde el instante que accedió a su posición. Por el contrario, fue un buen líder hasta el momento en que una situación límite puso de manifiesto que en su “árbol de liderazgo” lo que se veía en la superficie aparecía lozano, pero las raíces bajo tierra estaban podridas.

3 Bloom, Harold (1998). Shakespeare, the invention of the human”. Riverhead Books. New York, USA

 

Luis del Prado es Doctor en Administración. Es profesor y rector de ESEADE. Es consultor y evaluador en temas de educación superior, en el país y en el extranjero.

TODO EMPEZÓ CON PLATÓN

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

 

En no pocas personas hay, a veces guardado en el interior,  a veces exteriorizado, un sentimiento de envidia, celos y resentimiento por los que tienen éxito en muy diversos planos de la vida. Y estos sentimientos malsanos se traducen en políticas que de distintas maneras proponen la guillotina horizontal, es decir, la igualación forzosa para abajo al efecto de contemplar la situación de quienes, por una razón u otra, son menos exitosos.

 

Pero estas alharacas a favor del igualitarismo inexorablemente se traducen en la más absoluta disolución de la cooperación social y la consecuente división del trabajo. Si se diera en la naturaleza lo que pregonan los igualitaristas como objetivo de sus utopías, por ejemplo, a todos les gustaría la misma mujer, todos quisieran ser médicos sin que existan panaderos y lo peor es que no surgiría manera de premiar a los que de mejor modo sirven a los demás (ni tampoco sería eso tolerable puesto que el premio colocaría al premiado en una mejor posición que es, precisamente, lo que los obsesos del igualitarismo quieren evitar). En otros términos, el derrumbe de la sociedad civilizada. Incluso la misma conversación se tornaría insoportablemente tediosa ya que sería equivalente a parlar con el espejo. La ciencia se estancaría debido a que las corroboraciones provisorias no serían corregidas ni refutadas en un contexto donde todos son iguales en sus conocimientos. En resumen un infierno.

 

Este ha sido el desafío de la corriente de pensamiento liberal: como en la naturaleza no hay de todo para todos todo el tiempo, la asignación de derechos de propiedad hace que los que la usen bien a criterio de sus semejantes son premiados con ganancias y los que no dan en la tecla con las necesidades del prójimo incurren en quebrantos. La propiedad no es irrevocable, aumenta o disminuye según la utilidad de su uso para atender las demandas del prójimo. Este uso libre maximiza las tasas de capitalización, lo cual incrementa salarios e ingresos en términos reales. Esto diferencia a los países ricos de los pobres: marcos institucionales que respeten los derechos de todos para lo cual los gobiernos deben limitarse a castigar la lesión de esos derechos.

 

No se trata de buscar una “justicia cósmica” al decir de Thomas Sowell, sino una terrenal en dirección a “dar a cada uno lo suyo”, a saber, la propiedad de cada cual, comenzando por su cuerpo, la libertad de la expresión del pensamiento y el  uso y disposición de lo adquirido lícitamente.

 

Sería muy atractivo vivir en Jauja donde no hayan terremotos ni sequías ni defectos humanos ni físicos ni mentales, pero la naturaleza es la que es no la que inventamos, de lo que se trata es de minimizar costos, especialmente para los más necesitados.

 

En cambio, hoy en día observamos por doquier gobiernos que se entrometen en los más mínimos detalles de la vida y las haciendas de quienes son en verdad súbditos de los aparatos estatales, en teoría encargados de proteger a los gobernados, a lo que se agrega el otorgamiento de privilegios inauditos a pseudoempresarios aliados con el poder político para explotar a la gente, endeudamientos estatales mayúsculos, presión fiscal astronómica, gastos públicos siderales y demás estropicios que lleva a cabo el aparato de la fuerza.

 

Se podrá decir que la guillotina horizontal no es necesaria llevarla al extremo del igualitarismo completo (por otra parte, imposible de realizar dado que cada ser humano es único e irrepetible en toda la historia de la humanidad), con que se “modere en algo” es suficiente. Pues bien, en la medida de que se tienda al igualitarismo, en esa medida surgirán los problemas señalados que, recordemos, siempre redunda en daños especialmente a los más pobres ya que son los que más sienten el impacto de la disminución en las antes referidas tasas de capitalización. El delta entre los que más tienen y los que menos tienen (al momento puesto que es un proceso cambiante) dependerá de las decisiones de la gente que cotidianamente expresan sus preferencias en los supermercados y afines.

 

Henos aquí que estos problemas y la manía del igualitarismo y el consecuente ataque a la propiedad privada comenzó a sistematizarse con Platón cuatrocientos años antes de Cristo. Platón en La República y en Las Leyes patrocina el comunismo, es decir, la propiedad en común y no solo de los bienes sino de las mujeres, en esta última obra dice el autor que su ideal es cuando “lo privado y lo individual han desaparecido” lo cual nos recuerda que con razón Milan Kundera concluye que cuando “lo privado desaparece, desaparece todo el ser”. Claro que Platón no vivió para enterarse de “la tragedia de los comunes”, aunque de modo más rudimentario la explicó su discípulo Aristóteles quien además destacó que los conflictos son más acentuados cuando la propiedad es en común respecto a la asignación de derechos de propiedad.

 

Claro que los autores que con más énfasis propusieron la liquidación del derecho de propiedad fueron Marx y Engels que en su Manifiesto Comunista escribieron que “la teoría de los comunistas se puede resumir en una sola frase: la abolición de la propiedad privada”.

 

Esta declaración marxista se subsume en la imposibilidad de evaluación de proyectos, de contabilidad, en definitiva, de todo cálculo económico puesto que cuando no hay propiedad no hay precios (que surgen del intercambio de propiedades), con lo cual no se sabe si es mejor una asignación de los siempre escasos recursos respecto de otro destino tal como lo explicó detalladamente Ludwig von Mises. En otros términos, no existe tal cosa como una economía socialista o comunista (Lenin escribió que el socialismo es solo la primera etapa para llegar al comunismo), de allí el descalabro que exhibió el derrumbe del Muro de la Vergüenza en Berlín.

 

Nuevamente reiteramos que no es necesario abolir la propiedad para que aparezcan los trastornos que señalamos en la medida en que se afecte esa institución clave. Cuando irrumpen los megalómanos concentran ignorancia en lugar de permitir la coordinación de conocimiento disperso a través del sistema de precios libres (en realidad un pleonasmo ya que los precios que no son libres resultan ser simples números que dicta la autoridad gubernamental pero sin significado respecto a la valorizaciones cruzadas que tienen lugar en toda transacción voluntaria), Con esos supuestos controles los gobernantes imponen sus caprichos personales con lo que indefectiblemente aparecen faltantes y desajustes de diverso calibre.

 

Además, la manía igualitarista presupone la falacia que la riqueza  es estática y que se basa en la suma cero (lo que uno gana lo pierde otro). Sin duda que la utopía comunista no es patrimonio exclusivo de Marx, hubo un sinfín de textos en esa dirección como los de Tomás Moro, Tommaso Campanella, William Godwin y no pocos religiosos desviados del mensaje cristiano de la pobreza de espíritu. Tal vez en este último caso sea pertinente detenerse a considerarlo.

 

Dos de los mandamientos indican “no robar” y “no codiciar los bienes ajenos”. En Deuteronomio 27, 17 se lee “Maldito quien desplace el mojón de su prójimo”, también en Deuteronomio (8, 18) “acuérdate que Yahveh tu Dios, es quien te da fuerza para que te proveas de riqueza”. En 1 Timoteo (5, 8) “si alguno no provee para los que son suyos, y especialmente para los que son miembros de su casa, ha repudiado la fe y es peor que una persona sin fe”. En Mateo (5, 3) “bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el reino de los cielos” fustigando al que anteponga lo material al amor a Dios (amor a la Perfección), en otras palabras al que “no es rico a los ojos de Dios” (Lucas 12, 21), lo cual se aclara la Enciclopedia de la Biblia (con la dirección técnica de R. P. Sebastián Bartina y R. P. Alejandro Díaz Macho bajo la supervisión del Arzobispo de Barcelona): “fuerzan a interpretar las bienaventuranzas de los pobres de espíritu, en sentido moral de renuncia y desprendimiento”  y que “ la clara fórmula de Mateo  -bienaventurados los pobres de espíritu- da a entender que ricos o pobres, lo que han de hacer es despojarse interiormente de toda riqueza” (tomo vi, págs. 240/241). En Proverbios (11,18) “quien confía en su riqueza, ese caerá”. En Salmos (62, 11) “a las riquezas, cuando aumenten, no apeguéis el corazón”. Este es también el sentido de la parábola del joven rico (Marcos 10, 17-22) ya que “nadie puede servir a dos señores” (Mateo 6, 24).

 

Lamentablemente hoy día las cosas han cambiado en el Vaticano, en este sentido y con independencia de otros párrafos véase con atención un pasaje donde queda evidenciado lo que escribía el papa León xiii en la primera Encíclica sobre temas sociales que a continuación reproduzco para destacar que nada ni remotamente parecido fue hasta ahora escrito o dicho por Francisco sino que viene afirmando todo lo contrario en cuanta oportunidad tiene de expresarse.

 

“Quede, pues, sentado que cuando se busca el modo de aliviar a los pueblos, lo que principalmente,  y como fundamento de todo se ha de tener es esto: que se ha de guardar intacta la propiedad privada. Sea, pues, el primer principio y como base de todo que no hay más remedio que acomodarse a la condición humana; que en la sociedad civil no pueden todos ser iguales, los altos y los bajos. Afánense en verdad, los socialistas; pero vano es ese afán, y contra la naturaleza misma de las cosas. Porque ha puesto en los hombres la naturaleza misma grandísimas y muchísimas desigualdades. No son iguales los talentos de todos, ni igual el ingenio, ni la salud ni la fuerza; y a la necesaria desigualdad de estas cosas le sigue espontáneamente la desigualdad de la fortuna, lo cual es por cierto conveniente a la utilidad, así de los particulares como de la comunidad; porque necesitan para sus gobiernos la vida en común de facultades diversas y oficios diversos; y lo que a ejercitar otros oficios diversos principalmente mueve a los hombres, es la diversidad de la fortuna de cada uno”. Y, por su parte, el papa Pio xi,  al conmemorar la Encíclica de León xiii, consignó que “nadie puede ser, al mismo tiempo, un buen católico y verdadero socialista”.

 

Y como, entre otros, explicaba Eudocio Ravines, “el socialismo no trata de una buena idea mal administrada, se trata de una pésima idea que arruina a todos, lo cual comienza con pequeñas intervenciones estatales que escalan ya que un desajuste lleva a otra intromisión y así sucesivamente”. En esta línea argumental subrayaba Alexis de Tocqueville “Se olvida que en los detalles es donde es más peligroso esclavizar a los hombres. Por mi parte, me inclinaría a creer que la libertad es menos necesaria en las grandes cosas que en las pequeñas, sin pensar que se puede asegurar la una sin poseer la otra”. En resumen entonces, los yerros más gruesos y dañinos en materia social comenzaron con Platón los cuales deben refutarse para evitar males, especialmente para proteger a los más necesitados que son siempre los que más sufren los embates de políticas equivocadas.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.