Otra visión de la crisis

Por Gabriel Boragina. Publicado en: 

 

Una explicación más a la crisis argentina es la gran cantidad de personas incapacitadas que ocupan puestos de trabajo, tanto en la función pública como en la privada. Este análisis microeconómico rara vez se encuentra en los textos y notas que ocupan los comentarios periodísticos. Las redes sociales son -a veces- una buena fuente de los mismos, pero la experiencia cotidiana también lo demuestra. La mediocridad de este mercado laboral es cada vez mas notoria.

Son muchos los índices que lo manifiestan. Por ejemplo, las consultas que no son respondidas o lo son extemporáneamente, generalmente traen como respuestas por parte del funcionario o empleado particular cuestiones o materias que no fueron objeto de la consulta.

La falta de capacidad de empleados y funcionarios para contestar a temas simples no sólo es patente, sino que también contribuye al dispendio de tiempo y recursos, lo que obstruye la oportuna resolución de problemas y -al fin y al cabo- la productividad de la economía. En mi trabajo, lo veo y experimento a diario. Tengo experiencia de primera mano en lo que expongo.

Es manifiesto que los procesos de selección de personal o bien no existen o son hartos flexibles, o -quizás- empresas y reparticiones públicas no tienen más remedio que tomar gente que ya viene descalificada desde la escuela y la universidad.

La comunicación por escrito es -prácticamente- un problema mayor aun, por la verdadera ausencia de comprensión de textos por parte de empleados y funcionarios, en tanto el “intercambio” oral resulta un verdadero “diálogo de sordos”, que obliga a la redacción de la consulta, repitiéndose el ciclo, con lo que todo el circuito se convierte en un círculo vicioso.

No hace mucho, cuando un empleado llano no podía resolver una inquietud del cliente o del usuario de un servicio, la cuestión normalmente se solucionaba por medio de un jefe, supervisor, o del gerente del área. Hoy en día, ya ni siquiera en estos niveles se encuentran respuestas útiles, coherentes y mucho menos inteligentes. Uno se pregunta cómo es que personas como esas pueden estar ocupando cargos jerárquicos y de responsabilidad. Y ni imaginar que podría estar sucediendo en escalas superiores, ya sean directores regionales o presidentes de empresas. La chatura circundante es descomunal.

Deviene evidente que -en cada vez más ámbitos- los niveles de exigencia de selección y de posterior gestión han caído de manera estrepitosa, tanto en el campo laboral como educativo. Se vive una apariencia de “ilustración” cuando, en realidad, lo que se observa es deseducación. Los pocos esfuerzos por elevar el nivel son -en la mayoría de los casos- vanos a juzgar por las consecuencias.

Hace pocos años atrás, mis nuevos colaboradores en la oficina entendían la tarea a realizar con la primera explicación. Raramente hacía falta una segunda. Al día de hoy, los nuevos colaboradores contratados necesitan que exactamente la misma tarea les sea explicada hasta tres o más veces para “poder” -al fin y a duras penas- “comprenderla”. Y, aun así, después de que “parecieron” asimilarla, cometen y repiten los mismos errores más de tres o cuatro veces, lo cual revela severos defectos de atención y de retención. Y no hablamos, por cierto, de labores en absoluto complejas, sino de las más sencillas y elementales que se les asignan justamente por iniciarse en la actividad. Ni que decir cuando tengo que adjudicarles otra de alguna mayor o efectiva complejidad.

Esta es otra visión y explicación de la crisis que vivimos. Revela un descalabro educacional que deviene en otro laboral y, por último, desemboca en uno económico, ya que el sistema funciona como una cadena de transmisión, que produce un “efecto dominó” que va de lo micro a lo macro.

Por supuesto que, el origen de todo lo anterior es la educación, como tantas veces hemos insistido, pero no solamente aludimos a la educación formal, sino también a lainformal donde el entorno familiar tiene que ver mucho en este movimiento declinante. Hace mucho que, en el seno de la mayoría de las familias no se educa, sino que se deseduca. El rol de la familia en la educación puede decirse que, hoy por hoy, es nulo, pero -en cambio- inmenso en el mecanismo de deseducación. Basta la indiferencia en cuanto a los contenidos que los alumnos reciben en la escuela para que la corriente des-educativa se inicie y prosiga.

El pobre nivel de actividad general se debe -en buena parte- a la falta de preparación de la gente que trabaja, ya sea en el sector privado como en el estatal.  Una baja calificación educativa conlleva otra menor en el campo laboral, esto impide que las remuneraciones sean elevadas, y expulsa directamente del mercado laboral a los que menos habilidades pueden exhibir, lo que añade otro elemento perturbador al mercado del trabajo ya maltrecho por las numerosas leyes laborales que, en lugar de “proteger” al trabajador lo desamparan perjudicándole, ya que -entre otras negatividades- lo desmotivan para perfeccionarse.

Tiempo atrás solía hablarse de “talentos” para referirse al personal contratado. Hoy en día dicha palabra deviene casi vacía de contenido y obsoleta, porque si hay algo difícil de encontrar en el mercado laboral argentino son verdaderos “talentos”. Basta conformarse con que alguien pueda -a duras penas- desempeñar tareas básicas.

“Profesionales” egresados que carecen de las competencias mínimas para las cuales se supone que deberían estar calificados tornan inexplicable cómo los mismos pudieron haber recibido un título universitario, cuestión que se torna día a día más palpable en el campo en el cual me desempeño. Y en otros ajenos al mío también.

Si se instala una “cultura” por la cual el mérito no vale nada y se retribuye por igual la indolencia que el esfuerzo, el efecto natural de esta anomalía será un vuelco masivo de la sociedad hacia la apatía y su consiguiente rechazo a cualquier tipo de iniciativa por mínima que sea. Y esto se observa claramente en la sociedad argentina de nuestros días, lo que no es por cierto un fenómeno nuevo, sino que la explanación a la actual debacle que sufre tal sociedad.

Revertir esto no es tarea de un gobierno, ni de muchos, sino que es algo más de fondo. No es un problema meramente coyuntural.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

La UBA está en crisis hace años

Por Yamil Santoro: Publicado el 3/5/16 en: http://opinion.infobae.com/yamil-santoro/2016/05/03/la-uba-esta-en-crisis-hace-anos/ 

Soy uno de los cientos de miles que hoy tienen un título universitario gracias al sacrificio de millones de argentinos que, con sus impuestos, permitieron que pudiera estudiar. También hoy estoy recibido gracias al esfuerzo de miles de profesores que donaron (y donan) sus horas de clase. A pesar del sacrificio de tantos, veo que actualmente unos pocos oportunistas se quieren colgar de la Universidad de Buenos Aires (UBA) para criticar al Gobierno de Mauricio Macri, al opacar con su miseria política un debate mucho más profundo y concreto: la UBA está en crisis hace años.

La UBA sufrió un serio proceso de desfinanciamiento durante la gestión kirchnerista. Si bien aumentó a nivel nacional el porcentaje del PBI que se invierte en educación superior, dicha distribución no fue uniforme, ni se rigió por criterios de eficiencia ni de necesidades reales. En la repartición, la UBA salió perdiendo. Así las cosas, en el 2008, la UBA recibió el equivalente a aproximadamente 50 pesos diarios por alumno: unas ocho veces menos que la Universidad de Avellaneda (455 pesos diarios) y unas seis veces menos que las universidades que se fueron creando desde el 2009 (301 pesos diarios). Esto surge de las partidas asignadas según la ley de presupuesto nacional nº 27.008, cruzándolo con la cantidad de alumnos por casa de estudios. La universidad más grande del país, bajo la gestión kirchnerista, recibió uno de los menores presupuestos por alumno.

De hecho, en términos reales, la UBA tuvo un achicamiento presupuestario entre el 2014 y el 2015. El aumento presupuestario fue del 29,6%, una disminución en torno al 10% si se tiene en cuenta que la inflación 2014 estuvo cerca del 40% anual. Nos vienen ajustando hace rato para beneficiar, en cambio, a universidades con pocos alumnos o recientemente estatizadas. A eso debe sumársele que ha pasado de representar un 31% del total del presupuesto universitario a estar en torno al 28 por ciento. La UBA perdió terreno frente a universidades más chicas bajo la gestión kirchnerista. Para coronar el desfinanciamiento kirchnerista, antes de irse, aprobaron el presupuesto 2016, que tenía previsto un aumento real del 0% (30% en términos nominales, similar a la inflación 2015).

Más del 53% de los docentes de la UBA trabajamos ad-honorem hace años. En parte esto se debe a fallas organizativas, dado que hay gente que cobra sin ir a dar clases y nos bloquea el acceso a quienes efectivamente trabajamos. De hecho, muchos buenos docentes se terminan yendo de la UBA porque no reciben un pago por su trabajo y si lo reciben, es una miseria. La docencia en la UBA es un sacerdocio y muchos lo hacemos por apostar genuinamente a la educación pública. Pero lejos está de ser una organización sostenida con fondos públicos. Esa es una mentira que tenemos que dejar de repetir, es una entidad de economía mixta que se sostiene en buena parte por el sacrificio de docentes que donan sus horas y alumnos que sufren las consecuencias de una mala administración o una insuficiencia de fondos, según el caso.

El problema fundamental en torno a la educación pública en Argentina es que los fondos no se distribuyen con criterios técnicos ni estratégicos. De hecho, el Congreso Nacional tuvo la deshonrosa irresponsabilidad de estatizar la Universidad de las Madres de Plaza de Mayo sin que existiera ninguna razón técnica ni educativa para hacerlo. Son fondos que nos robaron a los docentes que trabajamos para sostener estructuras políticas. Un insulto para todos los que integramos la comunidad educativa. Varias universidades más fueron creadas sin el aval del Consejo Interuniversitario Nacional. Gastaron la plata sin pensar en la calidad educativa, no hubo planificación estratégica y a nadie le importó corregir injusticias: el clientelismo movió la mano de los funcionarios durante años y perdió la educación.

Hace años que la comunidad educativa advierte sobre los riesgos de este crecimiento irresponsable. Julieta Claverie, doctora en Educación e investigadora del Centro de Estudios de Estado y Sociedad, advirtió: “El tema es cómo se sostendrá ese financiamiento a largo plazo. No se está pensando la articulación del sistema en su conjunto; en el Conurbano algunas universidades se están ‘pisando’ entre sí”.

A nivel regional, la UBA tampoco sale favorecida. A valores de 2015, estaba recibiendo un aproximado de 5-6 dólares, muy por debajo de los 73 dólares diarios que maneja la Católica de Chile (que es privada), los 68 dólares diarios que tiene la de San Pablo o la Autónoma de México, que posee aproximadamente 15 dólares diarios, con la misma cantidad de alumnos. Y aun así mantenemos un muy buen nivel. ¿Por qué? Por los miles de héroes que donan sus horas y trabajan a pesar de todo, no por el vendaval de oportunistas que ahora salen a decir que la UBA tiene problemas porque aumentó la factura de luz.

Hay varias partidas presupuestarias que pueden optimizarse o deberían auditarse. Por ejemplo, tomando algunos números del presupuesto 2015, ¿son necesarios los 672 mil pesos de “subsidios de viajes a decanos”? ¿Y los 3.843.000 pesos de la gestión de relaciones internacionales? Sólo por poner un par de casos. ¿Saben cuánto representa la factura de luz en el presupuesto de la UBA? Se encuentra en torno al 1% del total. La Constitución Nacional consagra la autonomía universitaria, es decir, la UBA elige cómo administrar sus recursos.

Con base en todo lo anterior tenemos dos discusiones que dar: primero, dónde estamos invirtiendo; indudablemente la UBA ha perdido terreno en términos presupuestarios por una administración clientelar de la inversión educativa y se han desviado fondos para financiar universidades sin respaldo técnico, cuando existen muchas necesidades en algunas de las universidades existentes. Segundo, la UBA se maneja con escasa transparencia y sin un debido control. Sin ir más lejos, las páginas de esta universidad sobre datos presupuestarios no poseen información actualizada (la última resolución sobre presupuesto subida es del 2013 y la última auditoría publicada es del 2012).

La UBA está en crisis hace años. Funciona gracias al sacrificio de muchos y muy por debajo de todo su potencial. Quizás sea un buen momento para dar un debate serio sobre el papel de la UBA. Hay muchas injusticias por corregir, pero para empezar a cambiarlas debemos sacarnos las anteojeras del chiquitaje político-partidario y comprometernos con el tema de fondo: la educación pública.

 

Yamil Santoro es profesor de Microeconomía en la Carrera de Administración de Empresas de ESEADE.

El hombre es más animal que racional

Por Alejandro A. Tagliavini. Publicado el 28/2/16 en: http://www.eluniversal.com/opinion/160228/el-hombre-es-mas-animal-que-racional

 

Días atrás, durante las operaciones electrónicas luego del cierre de Wall Street, Alphabet, la casa matriz de Google, alcanzó una valuación de US$ 570.000 millones -debido al aumento del 8% en sus acciones-  arriba de los US$ 533.000 millones de Apple, convirtiéndose en la compañía más valiosa del mundo. El salto se dio al conocerse que sus ganancias netas durante el cuarto trimestre de 2015, de US$ 4.900 millones, superaron los US$ 4.700 millones del año anterior.

Por primera vez una compañía que no vende productos físicos conquista ese podio. Así es que tiene autoridad para enseñar cómo organizar una empresa y qué es útil a la hora de crear un mundo mejor, más humano. Según el director de Recursos Humanos de Google “los antecedentes académicos no sirven” y “las puntuaciones en los test son inútiles como criterio de contratación”, en contra lo políticamente correcto que es decir que, ser buen alumno, equivale a ser buen empleado.

La proporción de empleados de Google sin título universitario crece y ya son el 14%. De paso, digamos que parte de los jóvenes más ricos de EEUU, dejaron las universidades. Es que el Estado se cree “responsable primario de algo tan importante” como es la educación y ha decidido imponer coactivamente -en base al monopolio de la violencia- “programas de estudio”, y “títulos habilitantes” sin los cuales está prohibido ejercer ciertas profesiones. El resultado es que la “educación” se parece a un lavado de cerebro donde se memorizan los contenidos oficiales.

Así, en las economías actuales hay que respetar la “educación estatal” -que premia la ingesta cerebral acumulativa, sin procesar- porque de lo que se trata no es de crear cosas nuevas sino de cumplir con las leyes del gobierno. El presidente de una destacada multinacional me dijo abiertamente que no querían genios. Es que estas empresas no viven de la creatividad, sino de cumplir rigurosamente las “leyes” -y privilegios- estatales. Ergo, necesitan empelados que cumplan los mandatos y no que “pierdan tiempo” proponiendo innovaciones.

Por caso, que la violencia es inmoral, aun en casos de defensa propia y urgente, ya lo había desarrollado la filosofía aristotélico tomista (ver S.Th., I-II, q. 6, a. 5; y La Gran Moral, I, XIII en Aristóteles, ‘Moral’). Hoy la ciencia ha demostrado de modo concluyente que los métodos eficientes para la resolución de conflictos son los pacíficos mientras que los violentos empeoran la situación.

Pero la violencia es “sagrada” -en los “programas de estudio” estatales- ya que en su monopolio se basa la “autoridad” de los Estados. Muchas veces pedí una explicación científica, racional, que justificara la afirmación de que la violencia puede ser útil en algún caso. Jamás obtuve una dilucidación racional como sí existe una que demuestra científicamente -comprobable empíricamente- que la defensa eficiente en cualquier caso solo se consigue pacíficamente.

Desconcierta que personas, incapaces de dar una explicación racional, científica seria, sigan apoyando a otros que utilizan la violencia hasta para cometer homicidios “en nombre de la ley”. Es decir, saben que no tienen explicación, pero siguen promoviendo el homicidio porque creen “que tienen razón”. Esto demuestra cierto lavado de cerebro, que ha logrado la “educación estatal”, y la poca racionalidad del ser humano.

 

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Es Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.