ASPECTOS EN LA OBRA DE SIGMUND FREUD

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Resulta muy difícil juzgar in toto a un escritor y cuanto mayor es la cantidad de sus obras, naturalmente mayor es la dificultad. Para emitir una opinión sobre un autor generalmente se alude a lo que se estima es el eje central de su contribución. De todos modos, no siempre es fácil la tarea puesto que en algunos casos se entremezclan en los aportes aspectos considerados positivos y negativos.

En el caso de Sigmund Freud nos parece pertinente citar algunos de sus pensamientos para arribar a alguna conclusión. Por ejemplo, en Problemas de la civilización sostiene que, en el ser humano, debe “descartarse el principio de una facultad originaria y, por así decirlo, natural, apta para distinguir el bien del mal”, mas aún, en Tótem y tabú escribe que “las prohibiciones dictaminadas por las costumbres y la moral a las que nosotros obedecemos, tienen en sus rasgos esenciales cierta afinidad con el tabú primitivo” y, en el mismo libro, afirma que la negación de las relaciones incestuosas constituye “la mutilación mas sangrienta, quizás, que se ha impuesto en todos los tiempos a la vida erótica del ser humano”.

Esto va para la moral y las costumbres pero también la emprende contra el sentido mismo de libertad, por ejemplo, en su Introducción al psicoanálisis donde se refiere a “la ilusión de tal cosa como la libertad psíquica […] eso es anticientífico y debe rendirse a la demanda del determinismo cuyo gobierno se extiende sobre la vida mental”. Al decir de C.S. Lewis, esta perspectiva, que convertiría al ser humano en meras máquinas, significaría “la abolición del hombre”.

Sin duda, igual que lo que sucede con prácticamente todos los autores de renombre, Freud ha realizado aportes que han sido útiles para variados fines, por ejemplo, su preocupación para que personas que reprimen en el subconsciente hechos e imágenes que estiman inconvenientes puedan asumir los problemas y ponerlos en el nivel del consciente. También fue quien inició el método de asociación de ideas recurriendo al per analogiam incluso para la interpretación de sueños apartándose de una estricta exégesis e internándose en una suerte de hermenéutica onírica y de los sucesos de la vida en general.

Pero estos dos ejemplos resultan controvertidos puesto que hay quienes sostienen que muchas veces la llamada “represión” constituye un mecanismo de defensa para evitar daños mayores y que solo es constructivo que afloren los problemas si efectivamente pueden resolverse y no simplemente por el mero hecho de sacarlos a luz. A su vez, hay quienes sostienen que la interpretación analógica de diversos sucesos conduce a conclusiones tortuosas y equivocadas cuando, en verdad, una interpretación directa (o, si se quiere, literal) conduce a un mejor entendimiento de lo que se analiza.

En el epílogo al tercer tomo de su Derecho, legislación y libertad el premio Nobel Friedrich Hayek escribe: “Creo que la humanidad mirará nuestra era como una de supersticiones básicamente conectadas con los nombres de Karl Marx y Sigmund Freud. Creo que la gente descubrirá que las ideas más difundidas del siglo veinte -aquellas de la economía planificada basada en la redistribución, manejada por arreglos deliberados en lugar del mercado y el dejar de lado las represiones y la moral convencional y seguir una educación permisiva- estaban basadas en supersticiones en el más estricto sentido de la palabra”.

Hans Eyseneck señala en Decadencia y caída del imperio freudiano que “lo que hay de cierto en Freud no es nuevo y lo que es nuevo no es cierto”. Thomas Szasz y Richard LaPierre llegan a la misma conclusión en La ética del psicoanálisis y La ética freudiana respectivamente. Ronald Dabiez en su voluminoso tratado El método psicoanalítico y la doctrina freudiana señala que las ideas que Freud no comparte las considera “neurosis”, lo cual abre las puertas a peligrosas persecuciones bajo el manto del “tratamiento”. Por ejemplo, Dabiez explica que “la actitud de Freud frente a las creencias religiosas ha evolucionado en el sentido de una hostilidad cada vez mas acentuada, al menos por la frecuencia de sus manifestaciones, puesto que, para Freud, la equiparación fundamental de la religión a la neurosis obsesiva se encuentra desde 1907”.

También Henry Hazlitt concluye en Los fundamentos de la moralidad que, según Freud, “la sociedad” debe financiar obligatoriamente la irresponsabilidad de hogares y colegios permisivos y que “el criminal está ´enfermo´ y, por ende, no debe ser castigado” y que “el cumplimiento de normas morales solo conduce a la neurosis”.

Entre las 673 páginas de una de las obras de Richard Webster titulada Why Freud Was Wrong, leemos que “Freud estaba convencido que la mente podía y debía describirse como si fuera parte de un aparato físico […] Freud no realizó ningún descubrimiento intelectual de sustancia […], sus hábitos de pensamiento y su actitud frente a la investigación científica están lejos de cualquier método responsable de estudio”. De este libro escribe James Liberman en el Journal of the History of Medicine que “hasta donde yo sé, es el mejor tratamiento del tema tanto en contenido como en estilo.”

Por otra parte, Lecomte du Noüy destaca en Human Destiny que “De arriba abajo en toda la escala, todos los animales, sin excepción, son esclavos de sus funciones fisiológicas y de sus hormonas y secreciones endoctrinales” pero, con el hombre, “aparece una nueva discontinuidad en la naturaleza, tan profunda como la que existe entre la materia inerte y la vida organizada. Significa el nacimiento de la conciencia y de la libertad […] La libertad no solo es un privilegio, es una prueba. Ninguna institución humana tiene el derecho de privar al hombre de ella”. De cada uno de nosotros depende el resultado de esa prueba y no de pseudodeterminismos del profesor vienés de marras que estarían fuera del alcance humano.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

VIKTOR FRANKL: LOGOTERAPIA EN LA VIDA MODERNA

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Se conoce como la Tercera Escuela Vienesa de Psicoterapia la contribución de Frankl, siendo la primera la de Freud y la segunda la de Adler. En esta nota periodística intentaré resumir los aspectos centrales de la logoterapia y conexos en base a citas de su fundador tomadas de su Psycotherapy and Existencialism (Londres, Simon and Schuster, 1967) donde se recogen los ensayos de mayor peso de Frankl. Procederé en cuatro capítulos comenzando con citas del autor de la referida obra, seguidas de elaboraciones personales.

 

En primer lugar, el significado de la logoterapia. Escribe Frankl que “Logoterapia se ocupa no solamente de ser sino del significado, no solo con el ontos sino con el logos […] En otras palabras, la logoterapia no solo es análisis sino terapia […] es mi convicción que el hombre no debe, en verdad no puede, apuntar a la identidad de un modo directo, más bien encuentra su identidad en la medida en que se compromete en una causa más grande que su persona. Nadie lo ha puesto de un modo más claro que Karl Jaspers cuando dijo: ´Lo que el hombre es equivale a una causa que la ha convertido en propia´ […] El sentido de la vida no debe coincidir con lo que es, el sentido o significado tiene que estar delante de lo que es. El significado marca el camino para el ser”.

 

Frankl subraya la importancia de contar con ideales (lo cita a Ludwig Binswagner quien sostiene que “los ideales son la verdadera causa de supervivencia”).  Remarca que el actualizar las potencialidades en busca del bien es lo que abre paso a la felicidad. El mal naturalmente hace mal.

 

Tal como se ha señalado en diversas oportunidades, todos actuamos en nuestro interés personal el cual podrá ser sublime o ruin. En definitiva constituye una perogrullada sostener que está en interés del sujeto actuante actuar como actúa. También cabe recalcar que siempre apunta a lo que estima lo hará más feliz, ya se trate de un masoquista, un suicida o un acto corriente de los que se llevan a cabo cotidianamente.

En última instancia entonces todos los actos se basan en la conjetura de que lo realizado proporcionará más felicidad, lo cual no significa que en realidad esto ocurra: la persona en cuestión puede o no percibir el error después de llevada a cabo la acción pero la felicidad no es escindible del bien en el sentido de la incorporación de valores que alimenten el alma. Naturalmente el mal objetivamente considerado aleja de la felicidad por más que se lo pueda malinterpretar subjetivamente puesto que las cosas son independientemente de lo que se opine que son, de lo contrario caeríamos en el relativismo epistemológico (que convierte en relativa la propia afirmación del relativismo), lo cual no contradice el hecho  de la interpretación subjetiva (el prefiero o no prefiero, me gusta o no me gusta).

La vida está conformada por una secuencia de problemas de diversa índole, lo cual naturalmente se desprende de la condición imperfecta del ser humano. La ausencia de problemas es la perfección, situación que, como es bien sabido, no está al alcance de los mortales. Además, si los seres humanos fueran perfectos no existirían ya que la perfección -la suma de todo lo bueno- es posible solo en un ser (la totalidad de los atributos no pueden residir en varios).

De más está decir que el asunto no consiste en buscarse problemas sino en mitigarlos en todo lo que sea posible, al efecto de encaminarse hacia las metas que actualicen las potencialidades de cada uno en busca del bien ya que, como queda dicho, las incorporaciones de lo bueno es lo que proporciona felicidad. De todos modos, el estado de plenitud no es posible en el ser humano, se trata de un tránsito y una búsqueda permanente que exige como condición primera el amor al propio ser, cosa que no solo no se contradice con que ese cuidado personal apunte a la satisfacción de otros sino que es su requisito indispensable puesto que el que se odia a si mismo es incapaz de amar a otro debido a que, de ese modo, renuncia al gozo propio de hacer el bien.

El bien otorga paz interior y tranquilidad de conciencia que permiten rozar destellos de felicidad que es la alegría interior sin límites, pero no se trata solo de no robar, no matar, acariciar a los niños y darle de beber a los ancianos. En el contexto de la visión de Frankl, se trata de actuar como seres humanos contestes de la enorme e indelegable responsabilidad de la misión de cada uno encaminada a contribuir aunque más no sea milimétricamente a que el mundo sea un poco mejor respecto al momento del nacimiento, siempre en el afán del propio mejoramiento sin darle descanso a renovados proyectos para el logro de nobles propósitos.

Los estados de felicidad siempre parciales por las razones apuntadas, demandan libertad para optimizarse ya que esa condición es la que hace posible que cada uno siga su camino sin que otros bloqueen ese tránsito ni se interpongan en el recorrido personalísimo que se elija, desde luego, sin interferir en idénticas facultades de otros. Como veremos más abajo, en la perspectiva de Frankl los atropellos del Leviatán necesariamente reducen las posibilidades de felicidad, sea cual fuera la invasión a las autonomías individuales y siempre debe tenerse en cuenta que los actos que no vulneran derechos de terceros no deben ser impedidos ya que la responsabilidad es de cada cual. Nadie deber ser usado como medio para los fines de otros.

Voltaire, en uno de sus reflexiones se pregunta si no será más feliz alguien que no se cuestiona nada ni intenta averiguar tema alguno sobre las cosas ni siquiera sobre su propia naturaleza y concluye que esto último es compatible con el estado de satisfacción del animal no racional y no es propio de un ser humano. Esto no desconoce que todos somos muy ignorantes, que desconocemos infinitamente más de lo que conocemos, pero se trata del esfuerzo por mejorar, por la autoperfección según sean las posibilidades y las circunstancias por las que atraviesa cada uno, se trata de la faena de incorporar algo más de tierra fértil en el mar de ignorancia en el que nos desenvolvemos para así honrar nuestra condición humana.

En resumen,  la imperiosa necesidad de contar con proyectos nobles y de mantener la brújula, no significa tomarse demasiado en serio y perder el sentido del humor, especialmente la saludable capacidad de reírse de uno mismo. En este sentido, conviene tener presente la sentencia de Kim Basinger: “Si lo quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes” y también la sabia reflexión de quien fuera mi entrañable y queridísimo amigo José Ignacio García Hamilton en cuanto a que “lo importante no es lo que a uno le sucede, sino como uno administra lo que le sucede”. De cualquier manera, en línea con la conclusión aristotélica, Pascal afirma con razón que “todo hombre tiene a la felicidad como su objetivo; no hay excepción”, el secreto reside en no equivocar el rumbo y distinguir claramente la huella del pantano.

La segunda parte en este resumen que mencionamos en las conclusiones del doctor Frankl alude, como anticipamos, a la sociedad abierta. Escribe este autor en la obra citada que “Prefiero vivir en un mundo en el que el hombre tiene el derecho de elegir, aun si se trata de elecciones equivocadas, mejor que un mundo en el que no le está permitido al hombre elegir […] Prefiero este mundo al mundo de total, o totalitario conformismo y colectivismo en el que el hombre está rebajado y degradado a un mero funcionario del partido o del estado”.

Efectivamente la sociedad libre constituye condición necesaria para las realizaciones personales sin interferencias de mandones que pretenden administrar vidas y haciendas ajenas, lo cual no solo extermina psicológicamente a las personas sino que destruye toda posibilidad de bienestar material. Como es sabido, Frankl vivió la experiencia en campos de concentración nazis de modo que conoce el extremo del espíritu totalitario, pero apunta que no es necesario llegar a esas acciones criminales para producir daños morales y materiales en la medida en que los aparatos estatales se exceden de sus misiones de resguardar y garantizar los derechos individuales.

La tercera parte de lo que estimamos es el eje central de la propuesta de Frankl consiste en su crítica de la mal llamada enfermedad mental. Así escribe en el libro referido que “La búsqueda de significado o sentido a la vida no es patológica, pero más bien un signo inequívoco de la condición humana […] Tradicionalmente el clínico no está preparado en nada que se salga de los términos médicos. Por tanto está forzado a considerar el problema como algo patológico. Más aun, induce a su paciente a interpretar que está enfermo y que debe curarse en lugar de ver que se trata de un desafío que debe encararse”.

En esta misma línea argumental Thomas Szasz explica en The Myth of Mental Illness que la patología enseña que la enfermedad se traduce en lesión de órganos, tejidos o células pero que las ideas y los comportamientos no pueden estar enfermos, lo cual no pretende desconocer problemas químicos, en los neurotrasmisores o en la sinapsis lo cual es muy distinto. Sostiene Szasz que es un abuso inaceptable el considerar enfermos a quienes tienen comportamientos que el resto no aprueba, situación que no descarta la persuasión al efecto de eventualmente modificar conductas o las medicaciones en caso de referirse a problemas físicos pero no mentales. En este contexto es de interés prestar atención al título metafórico de Erich Fromm: La patología de la normalidad.

La cuarta y última sección de nuestro esquema telegráfico se dirige al libre albedrío. En este sentido Viktor Frankl (1905-1997), siempre en el libro de marras, enfatiza que “En realidad hay dos clases de personas que mantienen que su albedrío no es libre: los pacientes esquizofrénicos que sufren de la ilusión que su voluntad es manipulada y que sus pensamientos están controlados por otros y con ellos están los filósofos deterministas”.

Antes he consignado aspectos que hacen a este problema que ahora sintetizo. John Hick sostiene que allí donde no existe libertad intelectual, lo cual es propio del materialismo, naturalmente no hay vida racional, por ende, la creencia que el hombre está determinado “no puede demandar racionalidad. Por tanto, el argumento determinista está necesariamente autorefutado o es lógicamente suicida. Un argumento racional no puede concluir que no hay tal cosa como argumentación racional”.

 

Con razón el premio Nobel en neurofisiología John Eccles concluye que “Uno no se involucra en un argumento racional con un ser que sostiene que todas sus respuestas son actos reflejos, no importa cuán complejo y sutil sea el condicionamiento”.

 

Es de interés destacar la opinión del premio Nobel en física Max Planck en este contexto quien afirma que “se trataría de una degradación inconcebible que los seres humanos, incluyendo los casos más elevados de mentalidad y ética, fueran considerados como autómatas inanimados en manos de una férrea ley de causalidad”.

 

Juan José Sanguineti resume bien el problema al escribir en Neurociencia y filosofía del hombre que “Los actos intencionados son de las personas, no de las partes ni potencias de las personas. Si doy un apretón de manos a un conocido para saludarlo calurosamente, no tiene sentido decir ´mis manos te saludan calurosamente´, pues soy yo quien saluda con calor mediante un apretón de manos”. En este sentido junto a otros colegas (como Maxwell Bennett y Peter H. Hacker) se lamenta de que la literatura neurocientífica acuda con demasiada frecuencia a expresiones como ´mi cerebro cree´, ´mi hemisferio izquierdo interpreta´, ´la neocorteza percibe, ´las neuronas deciden´, ´el hipocampo recuerda´, ´mi sistema límbico está enfadado´, porque atribuir a cosas como células o grupos de células actos como entender, tomar decisiones, preferir etc., simplemente no tiene sentido […] Se puede decir mi ojo ve, aunque sería más exacto decir yo veo con mis ojos”.

 

La tesis de esta cuarta y última parte pone en evidencia que una cosa son los estados de conciencia, la mente o la psique y otra el cerebro que aunque están íntimamente vinculados son diferentes tal como lo ilustra el título del libro en coautoría de Karl Popper y el antes mencionado Eccles: El yo y su cerebro.

 

En resumen, Victor Frankl ha revolucionado la ciencia con sus contribuciones de gran valía. Como queda dicho, la obra que comentamos contiene aspectos medulares de lo que han sido sus escritos que son muy numerosos y apreciados por calificados científicos modernos a pesar de ir a cotracorriente de la opinión por el momento dominante.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba.

LA FUERZA DEL ESPÍRITU HUMANO

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Un tanto redundante el título de esta nota puesto que el espíritu es necesariamente humano, pero la reiteración es deliberada ya que lamentablemente vivimos en una época del más crudo materialismo en la que se considera al hombre un aparato que se limita a kilos de protoplasma.

 

Retomo la crítica a esta visión aberrante que no otorga espacio a la psique, a la mente o a los estados de conciencia, lo cual anula la posibilidad del libre albedrío y, consecuentemente a la libertad y al sentido de lo moral ya que todo se resumiría a los nexos causales inherentes a la materia por lo que no había ideas autogeneradas, proposiciones verdaderas y falsas, razonamiento ni argumentación posible,  incluso para defender racionalmente al materialismo ya que todo lo que hacemos o decimos estaría condicionado y no decidido por la voluntad independiente.

 

Repasemos el fondo de este asunto sobre el que consigno parte de lo que he escrito antes con algunas variantes. Karl Popper ha bautizado como “determinismo físico” el supuesto de que el ser humano en verdad no elije, decide y prefiere, es decir, no actúa, sino que está programado para decir y hacer lo que dice y hace, esto es, el antedicho materialismo filosófico en cuyo caso la libertad sería una ficción. Así escribe este filósofo de la ciencia que “si nuestras opiniones son resultado distinto del libre juicio de la razón o de la estimación de las razones y de los pros y contras, entonces nuestras opiniones no merecen ser tenidas en cuenta”.

 

En la misma línea argumental, John Hick sostiene que allí donde no existe libertad intelectual, lo cual es propio del materialismo, naturalmente no hay vida racional, por ende, la creencia que el hombre está determinado “no puede demandar racionalidad. Por tanto, el argumento determinista está necesariamente autorefutado o es lógicamente suicida. Un argumento racional no puede concluir que no hay tal cosa como argumentación racional”.

 

Con razón el premio Nobel en neurofisiología John Eccles concluye que “Uno no se involucra en un argumento racional con un ser que sostiene que todas sus respuestas son actos reflejos, no importa cuán complejo y sutil sea el condicionamiento”. Si no se acepta la condición humana de la libre decisión, todas las demás elucubraciones en ciencias sociales carecerían de sentido puesto que las bases de sustentación desaparecerían y no existiría acción humana sino mera reacción como en las ciencias naturales.

 

Es de interés destacar la opinión del premio Nobel en física Max Planck en este contexto. Afirma que “se trataría de una degradación inconcebible que los seres humanos, incluyendo los casos más elevados de mentalidad y ética, fueran considerados como autómatas inanimados en manos de una férrea ley de causalidad […] El papel que la fuerza desempeña en la naturaleza, como causa del movimiento, tiene su contrapartida, en la esfera mental, en el motivo como causa de la conducta”.

 

El matemático Alan Turing llevó a cabo un experimento en el que ubicaba a una persona en una habitación en la que se ubicaban dos terminales de computadoras, una conectada en otra habitación con otra computadora y la otra conexión a otro ordenador manejado por otra persona. A continuación, Turing solicita a la primera persona referida que formule todas las preguntas que estime pertinentes por el tiempo que demande su investigación al efecto de conocer cual es cual, de lo contrario, si no pudiera establecer la diferencia (distinguir cual es cual) concluye Turing que es una prueba que no hay diferencia con el humano en cuanto a sus cualidades de decisión.

 

Por su parte, el filósofo John Searle refuta las conclusiones de ese experimento con otro que denominó “el experimento del cuarto chino”. Este consistió en ubicar también a una persona aislada en una habitación y totalmente ignorante del idioma chino a quien se le entregó un cuento chino escrito en esa lengua y se le entrega una serie de cartones con preguntas sobre la narración del caso y otros tantos cartones con respuestas muy variadas y contradictorias a esas preguntas. Simultáneamente también se le entregan otros cartones más con códigos claros para que pueda conectar acertadamente las preguntas con las respuestas acertadas.

 

Explica Searle que de este modo el personaje de marras contesta todo satisfactoriamente sin que haya entendido chino. Lo que prueba este segundo experimento es que el sujeto en cuestión es capaz de seguir las reglas, los códigos y programas que le fueron entregados que es la manera en que la máquina del primer experimento se equipara en el sentido operativo mencionado y eventualmente con mayor rapidez (desde luego no en todos los sentidos como su incapacidad de amar, autoconciencia, decisión independiente  y equivalentes), lo cual significa mera reacción de la computadora en base a programas insertos (por nuestra parte agregamos que la persona del ejemplo actuó en el sentido que decidió seguir el programa cosa que podía haber rechazado, decisión que no puede asumir la máquina).

 

Por su parte el lingüista Noam Chomsky señala que “No hay forma de que los ordenadores complejos puedan manifestar propiedades tales como la capacidad de elección […] Jugar al ajedrez puede ser reducido a un mecanismo y cuando un ordenador juega al ajedrez no lo hace del mismo modo que lo efectúa una persona; no desarrolla estrategias, no hace elecciones, simplemente recorre un proceso mecánico”.

 

El uso metafórico algunas veces se convierte en sentido literal, tal es el caso de las expresiones “inteligencia”, “memoria” y “cálculo” aplicado a los ordenadores. La primera proviene de relacionar la comprensión de conceptos en base al inter legum, esto es leer adentro, captar significados. Y como apunta Raymond Tallis aplicar la idea de memoria a las computadoras es del todo inadecuado, de la misma manera que cuando nuestros abuelos solían hacer un nudo en su pañuelo para recordar algo no aludían a “la memoria del pañuelo”, del mismo modo que cuando se almacena información en un depósito no se concluye que el galpón del caso tiene una gran memoria, puesto que “la memoria es inseparable de la conciencia”. En el mismo sentido, este autor destaca que en rigor las computadoras no computan ni las calculadores calculan puesto que se trata de impulsos eléctricos o mecánicos sin conciencia de computar o calcular y si se recurre a esos términos debe precisarse que “solo se hace en el mismo sentido en que se afirma que el reloj nos dice la hora”.

 

En este plano de análisis hay muchas otras metáforas que arrastran el peligro de su literalidad (los economistas estamos acostumbrados a lidiar con estos peligros). Tal es el caso de uno de los ejemplos que critica Thomas Szasz sobre lo que coloquialmente se dice brainstorming y, para el caso, brainwashing cuando estrictamente se trata de mindstorming y mindwashing. También puede agregarse el error de hacer referencia al “deficiente mental” cuando es “deficiente cerebral”. Si los humanos fuéramos solo kilos de protoplasma determinados por nexos causales inherentes a la materia, seríamos como el loro de nuestro ejemplo (claro que no físicamente sino desde la perspectiva de la inexistencia de argumentación, razonamiento y conceptualización). Sin embargo, para intentar probar la verdad de algo es  inexorable la existencia de estados de conciencia (Popper), mente (Wilder Penfield), voluntad (Roger W. Sperry) o psique (Eccles) distinta aunque estrechamente vinculada al órgano por el cual el hombre se comunica con el mundo exterior, es decir, el cerebro, tal como apunta Nicholas Rescher.

 

En la misma obra citada, Szasz subraya las inconsistencias de una parte de las neurociencias al pretender que con mapeos del cerebro se podrán leer sentimientos y pensamientos pero “el cerebro es un  órgano corporal y parte del discurso médico. La mente es un atributo personal parte del discurso moral […] equivocadamente se usan los términos mente y cerebro como se utilizan doce y una docena”.

 

También Szasz se refiere a otra metáfora peligrosa en cuanto a la mal llamada “enfermedad mental” cuando esto contradice la noción más elemental de la patología que enseña que una enfermedad es una lesión orgánica, de tejidos y células y, por tanto, no puede atribuirse a comportamientos e ideas.

 

Es sabido que todo lo material  de nuestro cuerpo cambia permanentemente con  el tiempo y, sin embargo, mantenemos el sentido de identidad (a menos que se haya padecido de una enfermedad o accidente que lesione partes vitales del cerebro que no permitan la interconexión mente-cuerpo).

 

Antony Flew y John Hospers precisan la diferencia entre causas y motivos. Flew escribe que “cuando hablamos de causas de un  evento puramente físico -digamos un eclipse de sol- empleamos la palabra causa para implicar al mismo tiempo necesidad física e imposibilidad física: lo que ocurrió era físicamente necesario y, dadas las circunstancias, cualquier otra cosa era físicamente imposible. Pero  este no es el caso del sentido de causa cuando se alude a la acción humana. Por ejemplo, si le doy a usted una buena causa para celebrar, no convierto el hecho en una celebración inevitable”.

 

También Hospers manifiesta que “enunciando sólo los antecedentes causales, nunca podríamos dar una conclusión suficiente: para dar cuenta de lo que hace una persona en sus actividades orientadas hacia fines hemos de conocer sus razones y razones no son causas”.

 

Aparece una gran paradoja que, entre otros, expresa George Gilder en cuanto a que los procesos productivos de nuestra época se caracterizan por atribuirle menor importancia relativa a la materia y un mayor peso al conocimiento y, sin embargo, irrumpe con fuerza el materialismo filosófico.

 

Ludwig von Mises apunta que “Para un materialista consistente no es posible distinguir entre una acción deliberada y la vida meramente vegetativa como la de las plantas”, Murray Rothbard explica que “si nuestras ideas están determinadas, entonces no tenemos manera de revisar libremente nuestros juicio y aprender la verdad, se trate de la verdad del determinismo o de cualquier otra cosa” y Friedrich Hayek nos dice que “Todos los procesos individuales de la mente se mantendrán para siempre como fenómenos de una clase especial […] nunca seremos capaces de explicarlos enteramente en términos de las leyes físicas”.

 

Autores como Howard Robinson , John Foster, Richard Swinburne y Thomas Reid concretan su perspectiva mostrando que sus estudios se refieren a dos planos de una misma realidad humana. Una, la física o la material y, la otra, la mental o los estados de conciencia. Robinson resume este ángulo de análisis: “Lo físico es público en el sentido de que en principio cualquier estado físico es accesible (susceptible de percibirse, de conocerse) para cualquier persona normal […] Los estados de conciencia son diferentes porque el sujeto a quien pertenecen -y solo ese sujeto- tiene un acceso privilegiado a eso” y, además, “el pensamiento es sobre algo […] mientras que los estados físicos no son sobre algo, están simplemente ahí […] y los pensamientos pueden también ser sobre lo que no existe” pero lo físico es por definición lo que existe como tal (lo cual no quiere decir que todo ello pueda tocarse o, en su caso, ni siquiera verse, como los campos gravitatorios, las ondas electromagnéticas y las partículas subatómicas).

 

Juan José Sanguinetti resume bien el problema al escribir en Neurociencia y filosofía del hombre que “Los actos intencionados son de las personas, no de las partes ni potencias de las personas. Si doy un apretón de manos a un conocido para saludarlo calurosamente, no tiene sentido decir ´mis manos te saludan calurosamente´, pues soy yo quien saluda con calor mediante un apretón de manos. [Maxwell] Bennett y [Peter M.] Hacker [en Philosophical Foundations of Neuroscience] se lamentaron, en este sentido, de que la literatura neurocientífica acuda con demasiada frecuencia a expresiones como ´mi cerebro cree´, ´mi hemisferio izquierdo interpreta´, ´la neocorteza percibe, ´las neuronas deciden´, ´el hipocampo recuerda´, ´mi sistema límbico está enfadado´, porque atribuir a cosas como células o grupos de células actos como entender, tomar decisiones, preferir etc., simplemente no tiene sentido […] Se puede decir mi ojo ve, aunque sería más exacto decir yo veo con mis ojos”.

 

El antes citado Eccles muestra la conexión necesaria entre el materialismo y el determinismo en La psique humana. Por su parte, Pierre Lecomte Du Noüy resume magníficamente la trascendencia y la potencia del espíritu humano y cifra sus esperanzas en que se abra paso cada vez con mayor énfasis este aspecto que estima hace a la esencia de la dignidad del hombre, entre otros en su libro titulado de modo muy ilustrativo: El provenir del espíritu.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba.

Pensando en Marx sobre materialismo

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 27/10/17 en: https://puntodevistaeconomico.wordpress.com/2017/10/27/pensando-en-marx-sobre-materialismo-por-alberto-benegas-lynch-h/

 

Días pasados estaba releyendo algunas partes del primer libro que Marx y Engels escribieron juntos publicado en 1845, La sagrada familia. Crítica de la crítica crítica (no fue una errata, es así el título) en el que aluden a estudios realizados por Bruno Bauer y sus hermanos Edgar y Egbert.

La obra contiene muchas aristas pero la que tomo en esta oportunidad es el materialismo de Marx ya puesto en evidencia en su tesis doctoral sobre Demócrito (que a veces mezcla con sus diatribas contra el judaísmo a pesar de descender de una familia rabínica, aunque su padre cambió de religión al efecto de contar con mayor número de clientes en su bufete de abogado en el contexto del régimen prusiano).

A juzgar por lo que ocurre en nuestro mundo el materialismo filosófico o, al decir de Popper, el determinismo físico aparece hoy en muy diversos campos y proviene de muy diferentes tradiciones de pensamiento: en la economía (paradójicamente en la “teoría de la decisión”), en el derecho (especialmente en la rama penal), en interpretaciones de variantes psicológicas (a pesar de que el vocablo alude a la psique), en algunos médicos (sobre todo en el campo de la neurología) y en ciertas manifestaciones de la filosofía. En otras oportunidades me he extendido en este tema que estimo crucial, ahora lo condenso. Veo también que no pocos liberales que desarrollan temas muy sofisticados y provechosos pero no se ocupan de los cimientos de esa corriente puesto que si no hay libre albedrío no habría tal cosa como libertad, con lo que se estaría construyendo sobre arena.

Sin la capacidad independiente de decisión del ser humano, no habría tal cosa como proposiciones verdaderas o falsas, no habrían ideas autogeneradas, no habría argumentación ni razonamiento, no habría responsabilidad individual, no tendría sentido la moral ni, como queda dicho la propia libertad. Si fuéramos solo kilos de protoplasma seríamos loros, loros complejos pero loros al fin con lo que se habrá negado la condición humana.

En la misma línea argumental, John Hicks sostiene que allí donde no existe libertad intelectual naturalmente no hay vida racional, por ende, la creencia que el hombre está determinado “no puede demandar racionalidad. Por tanto, el argumento determinista está necesariamente autorefutado o es lógicamente suicida. Un argumento racional no puede concluir que no hay tal cosa como argumentación racional”. Los fenómenos físicos no son ni verdaderos ni falsos, simplemente son, para que tengan sentido las proposiciones verdaderas o falsas es necesario el juicio independiente.

Es de interés destacar la opinión de Max Plank quien escribe que en este contexto “se trataría de una degradación inconcebible que los seres humanos, incluyendo los casos más elevados de mentalidad y ética, fueran considerados como autómatas inanimados en manos de una férrea ley de causalidad […] El papel que la fuerza desempeña en la naturaleza, como causa del movimiento, tiene su contrapartida, en la esfera mental, en el motivo como causa de la conducta”.

Alan Turing llevó a cabo un experimento en el que ubicaba a una persona en una habitación donde se colocan dos terminales de computadoras, una conectada en la habitación contigua con otra computadora y la segunda conexión al otro ordenador manejado por una segunda persona. A continuación, Turing solicita a la primera persona referida que formule todas las preguntas que estime pertinentes por el tiempo que demande su investigación al efecto de conocer cual es cual, de lo contrario, si no pudiera establecer la diferencia (distinguir cual es cual) concluye Turing que es una prueba que no hay diferencia con el humano en cuanto a sus cualidades de decisión.

Por su parte, John Searle refuta las conclusiones de esa prueba con otra que denominó “el experimento del cuarto chino”. Consistió en ubicar también a una persona aislada en una habitación y totalmente ignorante de ese idioma a quien se le entregó un cuento escrito en esa lengua con una serie de cartones con preguntas sobre la narración del caso y otros tantos cartones con respuestas muy variadas y contradictorias. Simultáneamente también recibió otros cartones con códigos claros para que pueda conectar acertadamente las preguntas con las respuestas.

Explica Searle que de este modo el personaje de marras contesta todo satisfactoriamente sin que haya entendido chino. Lo que prueba este segundo experimento es que el sujeto en cuestión es capaz de seguir las reglas, los códigos y programas que le fueron entregados que es la manera en que la máquina del primer experimento se equipara en el sentido operativo mencionado y eventualmente con mayor rapidez (desde luego no en todos los sentidos como su incapacidad de amar, autoconciencia, decisión independiente y equivalentes, tampoco iniciar nada fuera de lo programado).

Noam Chomsky señala que “No hay forma de que los ordenadores complejos puedan manifestar propiedades tales como la capacidad de elección […] Jugar al ajedrez puede ser reducido a un mecanismo y cuando un ordenador juega al ajedrez no lo hace del mismo modo que lo efectúa una persona; no desarrolla estrategias, no hace elecciones, simplemente recorre un proceso mecánico”.

El uso metafórico algunas veces se convierte en sentido literal, tal es el caso de las expresiones “inteligencia”, “memoria” y “cálculo” aplicado a los ordenadores. La primera proviene de relacionar la comprensión de conceptos en base al inter legum, esto es leer adentro, captar significados. Y como apunta Raymond Tallis aplicar la idea de memoria a las computadoras es del todo inadecuado, de la misma manera que cuando nuestros abuelos solían hacer un nudo en su pañuelo para recordar algo no aludían a “la memoria del pañuelo”, del mismo modo que cuando se almacena información en un depósito no se concluye que el galpón del caso tiene una gran memoria, puesto que “la memoria es inseparable de la conciencia”. En el mismo sentido, este autor destaca que en rigor las computadoras no computan ni las calculadores calculan puesto que se trata de impulsos eléctricos o mecánicos sin conciencia de computar o calcular y si se recurre a esos términos debe precisarse que “solo se hace en el mismo sentido en que se afirma que el reloj nos dice la hora”.

En este plano de análisis hay muchas otras metáforas que arrastran el peligro de su literalidad (los economistas estamos acostumbrados a lidiar con estos peligros). Tal es el caso de uno de los ejemplos que critica Thomas Szasz sobre lo que coloquialmente se dice brainstorming y, para el caso, brainwashing cuando estrictamente se trata de mindstorming y mindwashing. También puede incurrirse en el error de hacer referencia al “deficiente mental” cuando es “deficiente cerebral”. Sin embargo, para el intento de probar la verdad de algo es inexorable la existencia de estados de conciencia (Popper), mente (Wilder Penfield), voluntad (Roger W. Sperry) o psique (John Eccles) distinta aunque estrechamente vinculada al órgano por el cual el hombre se comunica con el mundo exterior, es decir, el cerebro (Nicholas Rescher).

En la misma obra citada, Szasz subraya las inconsistencias de una parte de las neurociencias al pretender que con mapeos del cerebro se podrán leer sentimientos y pensamientos pero “el cerebro es un órgano corporal y parte del discurso médico. La mente es un atributo personal parte del discurso moral […] equivocadamente se usan los términos mente y cerebro como se utilizan doce y una docena”. También Szasz se refiere a otra metáfora peligrosa en cuanto a la mal llamada “enfermedad mental” cuando esto contradice la noción más elemental de la patología que enseña que una enfermedad es una lesión orgánica, de tejidos y células y, por tanto, no puede atribuirse a comportamientos e ideas (lo cual para nada contradice la relación mente-cuerpo).

Es sabido que todo lo material de nuestro cuerpo cambia permanentemente con el tiempo y, sin embargo, mantenemos el sentido de identidad (a menos que se haya padecido de una enfermedad o accidente que lesione partes vitales del cerebro que no permitan la interconexión mente-cuerpo).

El significado del principio de incertidumbre en el plano de la física cuántica no pone en duda que en el mundo subatómico pueda existir decisión y, en consecuencia libertad, tal como han referido físicos como el propio Heisenberg , el antes citado Plank, Louis de Broglie ya que las limitaciones en las mediciones son consecuencia de los instrumentos para operar como apuntan Gerald Holton y Stephen Brush .

Antony Flew escribe que “cuando hablamos de causas de un evento puramente físico -digamos un eclipse de sol- empleamos la palabra causa para implicar al mismo tiempo necesidad física e imposibilidad física: lo que ocurrió era físicamente necesario y, dadas las circunstancias, cualquier otra cosa era físicamente imposible. Pero este no es el caso del sentido de causa cuando se alude a la acción humana. Por ejemplo, si le doy a usted una buena causa para celebrar, no convierto el hecho en una celebración inevitable”.

También John Hospers manifiesta que “enunciando sólo los antecedentes causales, nunca podríamos dar una conclusión suficiente: para dar cuenta de lo que hace una persona en sus actividades orientadas hacia fines hemos de conocer sus razones y razones no son causas”. John Thorp ilustra la diferencia entre un acto y un proceso automático tal como ocurre “entre una decisión y un estornudo”.

Aparece una gran paradoja que, entre otros, expresa George Gilder en cuanto a que los procesos productivos de nuestra época se caracterizan por atribuirle menor importancia relativa a la materia y un mayor peso al conocimiento y, sin embargo, irrumpe con fuerza el materialismo filosófico.

Nathaniel Branden apunta que “Si el determinismo fuera cierto, ningún conocimiento resultaría posible […] incluyendo la teoría del determinismo”. Estrictamente, el pensamiento requiere libertad intelectual puesto que un proceso mecánico y necesario no permite elegir en que pensar y dejar abierto el resultado.

Por último, Thomas Nagel se pregunta sobre la consistencia de presuponer que la física lo explica todo porque “si la mente es en si misma meramente física, no puede explicarse por la ciencia física […], algo más se requiere para explicar como puede haber conciencia, seres pensantes”. Autores como Howard Robinson resumen el punto: “Lo físico es público en el sentido de que en principio cualquier estado físico es accesible (susceptible de precibirse, de conocerse) para cualquier persona normal […] Los estados de conciencia son diferentes porque el sujeto a quien pertenecen -y solo ese sujeto- tiene un acceso privilegiado a eso” y, además, “el pensamiento es sobre algo […] mientras que los estados físicos no son sobre algo, están simplemente ahí […] y los pensamientos pueden también ser sobre lo que no existe” pero lo físico es por definición lo que existe como tal (lo cual no quiere decir que pueda tocarse o, en su caso, ni siquiera verse, como los campos gravitatorios, las ondas electromagnéticas y las partículas subatómicas).

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es Asesor del Institute of Economic Affairs de Londres

REFLEXIONES SOBRE EL SUICIDIO

Por Alberto Benegas Lynch (h).

Es en verdad triste y muy lamentable que alguien decida voluntariamente quitarse la vida puesto que el haber nacido constituye un privilegio y brinda la posibilidad de realizar contribuciones para que el mundo sea un poco mejor aunque resulte en una dosis milimétrica y, sin desconocer los costos inherentes a la vida misma, permite sacar partida de la extraordinaria experiencia vital. Una secuencia sin solución de continuidad de nuevos y renovados proyectos que dan color y sentido a la vida tal como, entre otros, ha explicado reiteradamente Viktor Frankl, lo cual la convierte en una aventura que abre muy fértiles avenidas.

 Si nos abstenemos de una arrogancia superlativa e impropia, frente a un acontecimiento de tamaña proporción como el suicidio solo queda inclinar la cabeza en señal de respeto a las autonomías individuales y rezar, lo cual para nada implica adherir a una religión oficial sino la religatio con el inexorable momento primero -no como algo contingente como el Big-Bang sino como algo necesario que nos excede- ya que si las causas que nos engendraron fueran para atrás ad infinitum, no existiríamos puesto que significaría que dichas causas nunca comenzaron.

 No es comprensible la actitud que encierra una soberbia ilimitada de quienes condenan el hecho como si fueran parte de una especie de Tribunal Supremo sobrehumano, infalible e inapelable (en lo personal esa gente me infunde miedo). Habitualmente son los mismos que concluyen la sandez mayúscula de que “no debemos juzgar” sin percatarse que eso mismo constituye un juicio y que todos los actos necesariamente implican uno. En el caso que nos ocupa, sin embargo, no podemos abrir un juicio por razones operativas puesto que nuestras facultades mentales no nos permiten traspasar el umbral de la interioridad de quien ha tomado una decisión de esa envergadura (o si se prefiere, juzgar que no es posible juzgar en este caso sin caer en una formidable presunción de conocimiento).

 Cuando un acto lesiona derechos de terceros es nuestro deber y obligación juzgarlo y condenarlo si pretendemos vivir en una sociedad abierta, pero cuando no invade ese campo el territorio es otro: en todos los casos debe ser tolerada la conducta independientemente si coincide o no con nuestra forma de vida (no se si la palabra tolerancia es la adecuada ya que encierra cierto tufillo inquisitorial como perdonando al prójimo por su error, más bien decimos que, en este contexto, debe respetarse la conducta ajena). En algunos casos concluimos que no compartimos las acciones y formas y, en otro, nos declaramos incompetentes para juzgarlos.

 Siempre tengo presente las consideraciones del Padre Domingo Basso en Nacer y morir con dignidad. Estudios de bioética contemporánea: “En el mismo Antiguo Testamento aparecen casos de suicidio que, al menos en apariencia, son aprobados por la Biblia; los casos más citados son los de Sansón (Jueces, 16, 22-3) alabado por el autor de Hebreos (11, 32 ss) y el sumamente impresionante anciano Razis, descrito en el II libro de los Macabeos (14, 37-46). Más también se cuentan casos, en la historia de la Iglesia, de mujeres, veneradas luego como santas, que prefirieron el suicidio a ser objeto de violación […], la ética, incluso católica, ha venido modificando paulatinamente su visión del suicidio. No en el sentido de haber modificado las normas objetivas por las que se ha de juzgar el fenómeno, sino porque existen serias dudas sobre la imputabilidad moral de la acción suicida”.

 Se ha pretendido enmascarar el acto suicida con el estigma de “enfermedad mental” pero como bien explica Thomas Szasz en El mito de la enfermedad mental y en Insanity: The Idea and its Consequences, desde el punto de vista de la patología una enfermedad significa una lesión física a través de un funcionamiento anormal de órganos, tejidos o células por lo que resulta inaceptable aludir a la enfermedad mental del mismo modo que es impropio hacer referencia a la enfermedad de las ideas. El asimilar la llamada “enfermedad mental” a la tuberculosis, la viruela o la simple gripe se traduce en el desconocimiento de principios elementales de la medicina y la separación entre cerebro y mente. Consecuentemente decimos nosotros, aquello significa identificar al ser humano con meros kilos de protoplasma, visión materialista que no da lugar a la existencia de proposiciones verdaderas o falsas y niega la posibilidad de ideas autogenradas, la revisión de los propios juicios, estados de conciencia, la moral, la responsabilidad individual y la libertad. Todo lo cual no quita que no se puedan presentar problemas químicos en el cerebro, lo cual, de más está decir, no puede en modo alguno extenderse a todos los suicidas.

 Diana Cohen Agrest en su obra titulada Por mano propia desmenuza de modo magistral y con una pluma de gran calado todos los aspectos más relevantes del suicidio, desde las perspectivas filosóficas, históricas y algunos aspectos jurídicos. Allí plantea y en gran medida resuelve los interrogantes de mayor peso, y surgen de ese trabajo cuestionamientos interesantes como ciertos cambios semánticos -a veces de contrabando- para describir situaciones como las de pacientes que se niegan a seguir tratamientos adecuados a su estado de salud, a personas que se maltratan en cuanto a su dieta alimenticia, a los deportistas que asumen enormes riesgos de muerte, los excesos de alcohol y drogas y equivalentes que constituyen manifestaciones de autoaniquilamiento o, en su caso, el involucrarse de modo voluntario en claros riesgos de muerte (es un tanto pastoso decir que en algunos ejemplos no se busca la muerte como objetivo puesto que los medios preexisten en los fines: la muerte es de una alta probabilidad aunque sea provocada en cuotas).

 También esta autora aborda con gran solvencia y erudición el tema de la eutanasia, en especial la denominada pasiva, es decir, el incuestionable derecho de un enfermo terminal a decidir que no le sigan proporcionando fármacos y otros apoyos logísticos que brinda la moderna tecnología médica.

 Más controvertida resulta la eutanasia activa que significa provocar la muerte de otro a su expreso pedido (por más que se trate de un arreglo contractual libre y voluntario entre adultos), también en el caso de pacientes terminales, ya sea en el momento en que se presenta la situación o habiendo el titular manifestado con anterioridad este requerimiento si se produjeran los hechos del caso. 

 Otro punto debatido en relación al suicidio es la racionalidad de ese acto tildando de “irracional” a lo equivocado lo cual conduciría a sostener que toda la medicina antigua era irracional puesto que ha sido sustituida por nuevos procedimientos, fármacos y tecnología moderna. Un salto lógico es un error pero no es irracional si parte de un ser racional, es decir, de un ser humano. Mantener que la tierra es cuadrada o que el oxígeno es veneno para los humanos constituyen falsedades pero no irracionalidades. Tal como explica Ludwig von Mises en La acción humana, no debe asimilarse la coherencia o ausencia de contradicción con la racionalidad, o la irracionalidad con la adopción de medios inadecuados ni la formulación de tesis que pueden considerarse disparatadas (como la que exponen habitualmente la mayor parte de los gobernantes). Por otra parte, no han sido pocos los casos de teorías que han sido juzgadas como ridículas, absurdas, fantasiosas y contradictorias pero que terminaron por ser incorporadas al acerbo cultural (Robert Nozick en Invariances. The Structure of the Objective World lo cita a John Stuart Mill quien escribió que “toda buena idea atraviesa indefectiblemente por tres etapas: ridiculización, discusión y adopción”). De lo contrario, dado que el conocimiento está formado por corroboraciones provisorias sujetas a refutaciones, buena parte de lo que hoy damos por sentado mañana será considerado irracional. Entonces, las manifestaciones pueden ser inválidas desde el punto de vista lógico o falsas en la proposición correspondiente, pero no “irracionales” si provienen de un animal racional como es el caso de los humanos.

En cuanto a la normalidad de los actos (los del hombre promedio), debemos tener en cuenta que todos somos distintos, únicos e irrepetibles en un contexto multidimensional. No hay tal cosa como la persona normal (el que no se sale de una supuesta media estadística), en este sentido remito al título muy ilustrativo de uno de los trabajos de Erich Fromm: La patología de la normalidad.

 El caso freudiano resulta tortuoso y contradictorio. Tanto en “el primer Freud” como en su tesis posterior de “la pulsión de muerte” el análisis carece de validez desde que adhiere al antes referido determinismo físico (para recurrir a una expresión popperiana). Así, Sigmund Freud en su Introducción al psicoanálisis subraya que “la ilusión de tal cosa como la libertad psíquica […] esto es anticientífico y debe rendirse a la demanda del determinismo cuyo gobierno se extiende sobre la vida mental”. Y en su correspondencia que se incluye en el volumen quince de The Standard Edition of the Complete Psychological Works of Sigmund Freud, nuevamente se lee que constituye “un ilusión tal cosa como la libertad psíquica […] Ya otra vez le dije que usted cultiva una fe profunda en que los sucesos psíquicos son indeterminados y en el libre albedrío, pero esto no es científico y debe ceder a la demanda del determinismo cuyas leyes gobiernan la vida de la mente”.

 Por otro lado, independientemente de las coincidencias o disidencias que se tengan con el análisis que efectúa David Hume (es imposible concordar en todo con un autor, en no pocas ocasiones al reconsiderar escritos de uno mismo nos percatamos que podíamos haber mejorado la marca…recordemos el aserto borgeano en cuanto a que no hay tal cosa como el texto perfecto), en sus Essays, Moral, Political and Literary en la sección dedicada al suicidio remarca con énfasis que no es en modo alguno reprobable cuando el suicida estima que su vida se ha tornado espantosamente miserable e insoportable y sin esperanza alguna de ser revertida (y argumenta que la condena al suicidio también condenaría a muchos mártires). En aquel sentido, posiblemente asomaría algún eventual sustento en lo escrito por Shakespeare en Othello: “Es tonto vivir cuando la vida es un tormento”.

 Otro de los libros de Thomas Szasz, en este caso La libertad última, se convierte en un formidable alegato a favor del respeto irrestricto a las autonomías individuales, por más que, nuevamente, todo lo dicho en esa obra no satisfaga al lector. Cada uno sabe cuales son los límites de su resistencia a los diversos avatares. Los aparatos estatales nada tienen que hacer cuando no hay lesión de derechos, de lo contario es como ha dicho irónicamente John Hospers en La conducta humana en cuanto a que los fanáticos del Leviatán tienden a que se le aplique la pena capital al intento de suicidio.

 Toda acción humana apunta al interés personal del sujeto actuante sea el acto sublime o ruin: la madre que cuida al hijo es por su interés personal del mismo modo que, en otro plano,  el interés del ladrón de bancos es salir airoso de su delito. En realidad sostener que todos los actos proceden en interés personal de quien lo lleva a cabo resulta en una perogrullada puesto que actúa precisamente porque está en su interés y no de otro (por más que aparezca redundante, si toma en consideración los intereses de otros es debido a que le interesan). Hay aquí un estrecho correlato con la especulación (una expresión tan frecuentemente incomprendida) que sencillamente significa conjeturar que se pasará de una situación menos satisfactoria a una que le proporcione mayor satisfacción al sujeto actuante según su personal estructura axiológica. Nadie actúa para estar en una situación peor después de haber llevado a cabo el acto (lo cual no quita que la conjetura sea finalmente errada). El que da la vida por otro es porque según sus particulares valores es eso lo que le asigna prioridad. En este contexto entonces, el suicida también procede según estima son sus intereses y especula con que eso es lo mejor dadas las circunstancias imperantes. Un tercero podrá opinar lo contrario pero sus creencias son irrelevantes ya que tiene prelación lo que concibe la persona que actúa y debe tomar la decisión.

 En una nota periodística no es pertinente escarbar demasiado, pero viene al caso mencionar a vuelapluma que no deben tomarse como sinónimos el interés personal y el egoísmo ya que este caso deshecha como motivo del interés todo lo que se vincule con el prójimo. También es del caso advertir que el altruismo es un imposible conceptual puesto que sería hacer el bien a costa del propio bien, cuando en verdad la ayuda al prójimo es porque le interesa al que proporciona la filantropía tal como lo muestra Adam Smith en las primeras líneas con que abre su Theory of Moral Sentiments.

 Tal vez resulte superfluo comentar que la vida no es un patinar idílico sobre un lecho de rosas, esa no es la condición humana. Los problemas son una implicación lógica de la acción humana puesto que ésta significa optar, elegir y seleccionar entre diversos medios para la consecución de específicos fines. Estas decisiones implican esfuerzos, es decir problemas y éstos son costos en el sentido más específico del término ya que como no podemos hacer todo al mismo tiempo debemos renunciar a ciertos valores para obtener otros que consideramos de mayor jerarquía (costo de oportunidad, según decimos los economistas). “No pain, no gain” reza el conocido y muy ilustrativo aforismo inglés. Los problemas permiten el crecimiento personal ya que lo contrario significa que nunca se resolvió nada ni se sorteó ningún obstáculo lo cual no es vivir sino vegetar. Quien tiene proyectos necesariamente deberá enfrentar problemas y quien no cuenta con proyectos se estanca o retrocede. El ensanchamiento del alma a través del conocimiento acarrea faenas difíciles e intrincadas que deben estudiarse y resolverse a cada paso. La buena vida consiste en una buena actitud frente a los problemas que se presentan, lo cual naturalmente requiere del espíritu adecuado para enfrentarlos.

 Por último y para cerrar, en otro orden de cosas y en otro plano, debido a los crímenes aberrantes que se vienen sucediendo en diversos lares como consecuencia de la apatía de gobiernos para cumplir con su misión específica de proteger y garantizar los derechos de las personas, es de interés recordar un pensamiento de Juan Pablo II respecto a la legítima defensa  que señala “no solo es un derecho sino un deber”, afirma en la Sección 55 de su Encíclica Evangelium Vitae del 29 de marzo de 1995: “Por desgracia sucede que la necesidad de evitar que el agresor cause daño conlleva a veces a su eliminación, en esta hipótesis el resultado mortal se ha de atribuir al mismo agresor que se ha expuesto con su acción incluso en el caso que no fuese moralmente responsable por falta del uso de razón”. Es pertinente apuntar lo dicho debido al sonado y estremecedor caso de quien se suicidó a raíz de la condena que sufrió por haberse defendido de un intento de homicidio.

 Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. En Administración. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer Rector de ESEADE.

 

Acerca de la maldad

Por Alberto Benegas Lynch (h) Publicado el 7/6/12 en http://diariodeamerica.com/front_nota_detalle.php?id_noticia=7312

Vez pasada publiqué una columna en la que como una anotación marginal hice mención a dos libros: Hacia una teoría general de los hijos de puta. Un acercamiento científico a los orígenes de la maldad de Marcelino Cereijido y, de Stanton Samenow, Inside the Criminal Mind. A raíz de mi referencia, me llamó la atención el haber recibido correos en los que lectores me sugieren que me explaye sobre este apunte que deslicé al margen, incluso en número mayor de los e.mails ingresados que aluden al eje central de mi artículo. Pongo entonces manos a la obra, un tema sobre el cual ya he escrito y que ahora estoy en vena de volverlo a hacer explorando otros andariveles.
 
Lo primero que se me ocurre precisar es que cuando se hace alusión a la maldad no se hace referencia a aquellos actos que pueden ser viciosos e inconvenientes pero no lesionan derechos de terceros. Los grados de malicia, de perversidad, el engaño, la trampa, el daño, las acciones criminales y las abominables contra personas siempre están conectadas a la demolición de las autonomías individuales de otros.
 
Creo que debe distinguirse el vicio del crimen (que puede o no ser castigado por la ley…incluso hay leyes que son en si mismas criminales). Cuando con razón se dice que “como la luna, todos tenemos nuestro lado oscuro” no necesariamente se alude a la maldad sino al desbarranque personal en la búsqueda de la excelencia y de hábitos viciosos. Lo mismo va para lo que podríamos denominar “la psicología del doctor Jekyll y mister Hyde” (para recordar a Stevenson) donde se exponen dos costados que en el contexto de esta nota que ahora escribimos no alude necesariamente al mal en el sentido de lesionar derechos de terceros (aunque ese ingrediente esté potencialmente presente, no se actualiza debido al autocontrol).
 
Ahora bien ¿cómo es que se gesta el mal? Es un tema de razonamiento, de modo de ver el mundo y la propia persona del malvado. Es la indiferencia por el daño infringido a otros y la petulancia de considerarse superior al resto de los mortales y digno de satisfacer cualquier demanda respecto a lo que pertenece a otros. Sin duda que la educación influye en las personas para bien o para mal según lo que se trasmita, pero en el caso que nos ocupa se trata de sentimientos, de instintos que marcan la maldad del homicidio, de no hacer llorar y sufrir con deliberación y alevosía al vecino, de no engañarlo y trampearlo, no violar a sus hijas, ni sustraerle sus pertenencias, ni torturar y martirizar al prójimo. La educación y, sobre todo, la autoeducación y el ejercicio diario de abstenerse de observar hechos delictivos contribuye a formar (o, caso contrario, a desformar) la propia sensibilidad, pero no hace que la persona se convierta en una malvada. Todos nuestros ancestros provienen de las cavernas, eran rústicos, brutos y muy precarios pero no necesariamente criminales.
 
Es de gran interés prestar debida atención a lo que dice Stanton en la obra citada: “Cuando comencé este libro creía que el comportamiento criminal era un síntoma de conflictos enterrados en la persona fruto de traumas y depravaciones de un tipo u otro. Pensaba que los criminales lo eran debido a desórdenes psicológicos de algún tipo, una situación social opresiva o ambas cosas [….] sin embargo, descubrí que debía desaprender prácticamente todo lo que había aprendido en mis estudios de posgrado […] El propósito de este libro es mostrar que nuestras conclusiones habituales sobre las causas de la criminalidad están totalmente equivocadas y por qué las soluciones convencionales no son en absoluto soluciones […] La noción que los desempleados cometen crímenes es absurda, en primer lugar los desocupados no son todos delincuentes, más bien muchos de los criminales no desean trabajos honestos […] Constituye una idea racista de la peor especie el suponer que porque una persona es negra (marrón o amarilla) es inadecuada para asumir su entorno y, por ende, no puede dejar de convertirse en un criminal […] Situaciones económicas difíciles se suelen asociar a la criminalidad […] Si eso fuera correcto tendríamos mucho mas crímenes de los que tenemos. La mayor parte de de los pobres respetan la ley y la mayor parte de los que provienen de hogares destruidos no son delincuentes”. En verdad, el atribuir la criminalidad a la pobreza constituye un insulto gratuito a nuestros ancestros que provienen de las miserias más escalofriantes.
 
Stanton explica que “Los criminales causan crímenes, no padres inadecuados, la televisión, los colegios, las drogas o el desempleo. El crimen reside en la mente del criminal y no es causada por condiciones sociales […] Todo debe comenzar atribuyendo la plena responsabilidad al autor de las ofensas. Esto significa que la persona es responsable por haber cometido un crimen, independientemente de sus antecedentes sociales o de las adversidades que debió afrontar […] La conducta es consecuencia del pensamiento. Todo lo que hacemos es precedido o acompañado y seguido de pensamientos […] Los criminales aprenden a engañar a psiquiatras y a las cortes para obtener encierros en hospitales que son más cortos y benévolos que hacerlo en prisión […] Los criminales son todo menos enfermos. El criminal es frío, calculador y deliberado en sus acciones. Los criminales distinguen el bien del mal. De hecho, algunos de ellos conocen las leyes mejor que sus abogados […] Los criminales no fueron forzados por otras personas a ser criminales, ellos eligen compañeros que aprecian y admiran […] Al colocarse en la situación de víctimas, buscan la simpatía y mantienen la esperanza de ser absueltos de culpabilidad”.
 
Thomas Szasz en The Myth of Mental Ilness apunta que no hay tal cosa como “enfermedad mental” ya que la medicina enseña que la enfermedad constituye una lesión orgánica y que, por tanto, es una metáfora muy peligrosa concluir que la mente, la psique o las ideas son susceptibles de estar enfermas en el sentido en el que la patología usa esa expresión, lo cual no excluye la posibilidad de problemas orgánicos (químicos) en el cerebro situación que alude a otro plano de discusión bien distinto.
 
Hay quienes tienen la manía de atribuir estados de “enfermedad” a todos aquellos cuyas conductas estiman se apartan de la media. En este sentido, es muy provechoso prestar atención al título de una de las obras de Erich Fromm: La patología de la normalidad para mostrar que cada persona tiene sus características especiales sobre las que debe asumir su responsabilidad. La tesis contraria (y la más común) proviene de Sigmund Freud quien era determinista-materialista y, por ende, no creía en la libertad y consecuentemente atribuía todo a causas anteriores, lo cual pone de manifiesto, entre otros escritos, al referir “la ilusión de que existe algo como libertad psíquica […] eso es anticientífico y debe ceder ante la demanda del determinismo lo cual se extiende a la vida de la mente” (Introductory Lectures on Psychoanalysis, en The Standard Edition of the Complete Psychological Works of Sigmond Freud, Londres, Hoargath Press, vol.XV, 1917/1974, p.106), al contrario de autores que se separaron de esa visión como Alfred Adler quien, por ejemplo, respecto a los criminales, escribió que adolecen de “una equivocada concepción del mundo y una equivocada noción de su importancia y de la importancia de otras personas” (en “Individual Psychology and Crime”, Quartely Journal of Corrections, 1930/1977), p.11).
 
Hace unos días un ex alumno mío me mostraba que había incorporado en uno de sus trabajos en curso, estadísticas de fuentes varias sobre la criminalidad en cierto país en las que se exhibía que el grueso de los crímenes eran perpetrados por jóvenes provenientes de condiciones muy pobres y, también, que la impunidad era grande debido a que la mayor parte de los imputados se los excusaba de la cárcel o, a poco andar, quedaban el libertad. En esa oportunidad pregunté si se había incluido en las referidas estadísticas a llamados empresarios que lucran en gran escala debido al favor oficial pero que, en la práctica, significa esquilmar a la gente como, por ejemplo, cuando se decreta que los bancos no deben devolver los depósitos a sus clientes y así sucesivamente. También pregunté a mi contertulio si había incluido en esos cuadros y gráficos a los crímenes de los narcotraficantes multimillonarios. La respuesta fue que no se incluyeron esos crímenes en ninguno de los dos casos, de lo contrario hubiera quedado en claro que la impunidad es mucho mayor de la que se supone, la edad promedio hubiera subido y los montos también se hubieran elevado exponencialmente.
 
Por su parte, en el trabajo mencionado de Cereijido se ilustran muy bien maldades de diverso calibre, aunque, de modo contradictorio, el autor suscribe el determinismo físico o materialismo filosófico con lo que la imputación de maldad desaparece debido a la negación del libre albedrío y el dualismo mente/cuerpo, suponiendo que los humanos somos solo kilos de protoplasma (además de los errados supuestos que surgen en el mismo libro donde se instala la suma cero como fundamento de las transacciones de mercado). Los ejemplos de perversidad son múltiples en esa obra. En este sentido, ni siquiera por haber sido la cuna de la aparición del homo sapiens se respetó a los habitantes del continente africano, puesto como escribe el autor, la “rapiña y abuso omnipresente tuvieron y siguen teniendo alturas de sublime hijoputez. Así, entre 1440 y 1870 se llevó a cabo un tráfico de esclavos que sentó las bases de muchas economías planetarias. Los africanos, hombres y mujeres, luego de su captura, eran trasportados en barcos, sin ropa, ensardinados unos junto a otros y engrillados todo el tiempo; situación en la que hacían sus necesidades, unos sobre otros”. Alude también a quienes roban y saquean en medio de catástrofes como terremotos o inundaciones. Subraya que “el político recurre a usar cierto tipo de palabras, trajes y peinados; se fotografía con su familia y su perro en un lugar apacible de la casa. Y sonríe. Hasta el más truhán logra aparecer en las fotos como un candidato moralmente sano y responsable. En algunas de éstas, carga con sus brazos a algún bebé desconocido en un acto público para que el retrato sugiera que es humano, sensible y protector”…cáscara del poder para dominar, en este sentido recordemos el aforismo de que “cuando se detenta un martillo, todos los problemas comienzan a parecer clavos”. También Cereijido sostiene que “Una forma menos obvia, pero no por ello menos maligna, es el adoctrinamiento de los niños en dogmas que perjudican su capacidad de interpretar la realidad”. Se refiere a las guerras “habitualmente hechas por unos pocos individuos que poseen gran poder (líderes nacionales, estadistas respetados), quienes en general actúan aconsejados por sus más inteligentes estrategas […] A pesar de que los cuadros los pintan blandiendo su espada a la vanguardia de sus escuadras, los generales están en verdad muy alejados del frente de batalla; normalmente, dejan su espada en el guardarropa y entran a sus despachos para dar órdenes de aniquilar al enemigo sin más agresión o emoción que cuando ordenan al jardinero cortar el césped o regar los jazmines”. Finalmente, este doctor en fisiología destaca en su libro las iniquidades de la venta de indulgencias, la Inquisición, el robo y la vejación a desvalidos y otras maldades (que, dicho sea al pasar, muchas de ellas nunca aparecieron en las estadísticas de la criminalidad).
 
Entonces, no es que la maldad resulte irreversible, el tema central es evitar a toda costa formular un diagnóstico equivocado y, a partir de eso, si se quieren corregir estos problemas, lo primero es comprender que el malvado debe asumir toda la responsabilidad y comenzar a desandar el camino percatándose y detectando sus razonamientos desquiciados, lo cual puede ser apoyado y ayudado con el concurso de terceras personas siempre y cuando se lleven a cabo con recursos propios y no succionando el fruto del trabajo ajeno…y menos aun de las propias víctimas de los crímenes.
 
Finalmente, queda para otro trabajo analizar el mal realizado por personas de buena fe pero que destruyen vidas de otros, por ejemplo, a través del aparato estatal propugnando medidas autoritarias. En este caso, nada calza mejor que aquello de que “el camino al infierno está empedrado con buenas intenciones”.  

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía, Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer Rector de ESEADE.