Acerca del origen de la propiedad

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 17/10/19 en https://www.infobae.com/opinion/2019/10/26/acerca-del-origen-de-la-propiedad/

 

John Locke (Shutterstock)

John Locke (Shutterstock)

Con total desconocimiento de la realidad social, se dice que todos los humanos tienen derecho sobre la Tierra por el solo hecho de haber nacido. Si ese fuera el caso, si todos tuvieran derecho sobre la Tierra, aparecería de inmediato “la tragedia de los comunes” primero expuesta conceptualmente por Aristóteles, un fenómeno así bautizado por Garret Hardin. Es decir, si fuera de todos en verdad no sería de nadie y necesariamente mal utilizada puesto que los incentivos de administrar lo propio es completamente distinto a lo que teóricamente pertenece a todos, tal como revela reiteradamente la experiencia cotidiana.

Dado que los recursos son escasos en relación a las necesidades, se hace imperioso asignar derechos de propiedad a los efectos de darle el mejor uso posible a criterio de quienes compran o se abstienen de comprar en el supermercado y equivalentes. En ese contexto, el que mejor uso le da a su propiedad está sirviendo mejor los deseos y preferencias del prójimo. En otros términos, cada propietario para mejorar o mantener su propiedad debe ofrecer bienes y servicios que agraden a los demás. Si deja inexplorados sus recursos o los explota mal a criterio de otros, incurrirá en quebrantos y se consumirá el capital. Es decir, las posiciones patrimoniales no son irrevocables, cambian de manos según sea su uso y los que dan en la tecla en el gusto de los demás preservarán o incrementarán su patrimonio, por el contrario los que yerran incurrirán en pérdidas.

Como queda dicho, las diferencias de ingresos y patrimonios son, en el mercado abierto, el resultado de las votaciones en el plebiscito que tiene lugar con las transacciones cotidianas. Ahora bien, debe destacarse muy especialmente que nada de lo dicho tiene lugar si en vez de operar en el mercado los operadores reciben privilegios gubernamentales de cualquier naturaleza que sean. En este caso, las diferencias de ingresos y patrimonios son el resultado de una tremenda injusticia debido a que proceden de la vil explotación de así llamados empresarios puesto que nada tiene que ver con la competencia y el favor de la gente sino que surgen de la prebenda de los aparatos estatales que otorgan favores a los amigos del poder.

En cambio, la asignación de derechos de propiedad hace que los más meritorios administren los escasos recursos para bien de los demás, lo cual simultáneamente aprovecha al máximo el capital y maximiza las inversiones, que es el único factor que hace que los salarios e ingresos en términos reales aumenten. Y esto último es el fin y el propósito de la sociedad abierta desde la perspectiva crematística y que permite el respeto recíproco y que cada uno siga su camino sin lesionar derechos de terceros.

Los fundamentos del derecho de propiedad se han ido solidificando a través del tiempo con innumerables contribuciones, básicamente con los trabajos notables de John Locke, Robert Nozick e Israel Kirzner (en ese orden). Paso ahora a resumir muy telegráficamente esta tríada sobre esa institución clave. En ausencia de propiedad privada, por ejemplo, nadie sembrará para que otros cosechen y así sucesivamente, lo cual, entre otros muchos casos, precisamente produjo las hambrunas horribles en tierras norteamericanas a raíz del experimento comunista de los primeros 102 colonos instalados en Plymouth -en lo que luego sería Estados Unidos- que desembarcaron del Mayflower en 1620. Hambrunas detalladas en el célebre informe del gobernador William Bradford (Of Plymouth Plantation) donde resultan claras las razones por las que se abandonó la idea de la propiedad colectiva, cambio también señalado por no pocos economistas y cientistas políticos.

En The Second Treatise on Government, Locke fundamenta el origen de la propiedad del siguiente modo: “Cada hombre tiene la propiedad de su propia persona, a esto nadie tiene derecho más que él mismo. El trabajo de su cuerpo y el trabajo de sus manos podemos decir que son propiamente suyos. Entonces, cualquier cosa que remueva el estado de naturaleza significa que ha mezclado su trabajo y lo ha juntado con algo que es suyo, y, por tanto, lo hace de su propiedad. Lo ha removido del estado común y le ha agregado trabajo lo cual excluye eso del derecho común de otros hombres”.

Es decir, el derecho en la concepción lockeana parte de cada cual sobre sí mismo y se extiende a lo que obtiene lícitamente, el derecho a la vida supone el de mantenerlo sin lesionar derechos de terceros. Pero aparece una complicación cuando Locke agrega lo que se conoce como el lockean proviso y es que “este trabajo es incuestionablemente la propiedad del trabajador, ningún hombre sino él tiene el derecho sobre aquello que ha sido de este modo anexado, por lo menos allí donde hay suficiente que queda para otros”.

Y aquí es donde viene la crítica de Nozick, formulada en su Anarchy, State and Utopia, donde sostiene que este lockean proviso constituye un absurdo puesto que aquella limitación hace imposible el derecho de propiedad ya que al invertir la secuencia en regresión partiendo de la persona que “no dispone de lo suficiente” no se debería permitir que la persona anterior en la cadena pueda apropiarse de lo que le falta, por tanto, esa otra persona no podría ejercer su derecho. A su vez, la situación de esa otra persona “fue afectada” por una tercera al apropiarse de cierta propiedad por lo que ésta tercera persona tampoco tendría derecho a la propiedad y así sucesivamente hasta llegar al ocupante original. En base a esta secuencia argumental el propietario original es el causante de todo lo demás, lo cual conduce a que no podría existir el derecho de propiedad mientras hayan indigentes. Esta argumentación de Nozick limitó las formidables contribuciones de Locke.

Este análisis fue retomado por Kirzner, en Discovery, Capitalism an Distributive Justice, donde con una mirada distinta introduce un nuevo elemento que es el descubrimiento de un valor por parte del propietario original expresado por medio de signos por el que le resulte claro a terceros quien descubrió ese valor del cual se apropia sin que haya tenido propietarios anteriores. Se elimina así el problema del lockean proviso y las objeciones de Nozick, mostrando como el proceso de mercado optimiza la productividad, especialmente para los más necesitados. Los usos y costumbres harán que varíen los aludidos signos exteriores, los cuales deben ser renovados periódicamente al efecto de que resulte claro a quien pertenece esa propiedad.

Es del caso señalar que en la obra mencionada de Nozick también descarta la noción lockeana de “mezclar el trabajo” puesto que sostiene que no resulta claro, por ejemplo, hasta donde se extiende la propiedad de un astronauta que decide limpiar una parcela en Marte: no es claro si es dueño de la parcela o de todo ese planeta. También escribe que no resulta claro que con la construcción de un cerco se es solo dueño de la tierra bajo el cerco hasta el centro de la Tierra (o hasta el otro lado) o si es dueño solo de la tierra cercada. Asimismo, se pregunta cual es la razón de que el mezclar trabajo lo hace propietario en lugar de perder ese esfuerzo, lo cual ilustra cuando se arroja una lata de jugo de tomate al mar y se pregunta si se adueña del océano al mezclarse con sus moléculas o si solo se trata de perder una lata de jugo de tomate. Por último, se cuestiona la razón de sostener que al agregar trabajo necesariamente incrementa el valor del bien, lo cual no sucede, por ejemplo, con un cuadro al que se le tira un frasco de pintura encima, lo cual más bien arruinará el cuadro en cuestión.

Estas reflexiones de Nozick han contribuido a mostrar falencias de Locke y a ponderar las elaboraciones de Kirzner en esta materia.

Antes de cerrar esta nota periodística aludo a tres temas adicionales. En primer lugar, planteamientos en torno a la denominada sobrepoblación y el supuesto deterioro del derecho de propiedad como institución que no serviría para alimentar a muchos que serían excluidos del mercado. A contracorriente de esta conclusión, Thomas Sowell apunta que la sobrepoblación malthusiana no es tal e ilustra su contrafáctico al señalar que en los setenta (cuando publicó su estudio) toda la población del planeta cabría solo en el estado de Texas con 670 metros cuadrados por familia tipo de cuatro personas y que Manhattan tiene la misma densidad poblacional que Calcuta y lo mismo va para Somalia respecto a Estados Unidos. Estas conclusiones son al efecto de destacar que el problema no es la población sino la calidad de los marcos institucionales, precisamente y en primer lugar debido a la insuficiencia de asignación de derechos de propiedad.

En segundo lugar y por último, al margen señalo que hay quienes siguen a Henry George sosteniendo que las cargas fiscales deben concentrarse en la propiedad de la tierra ya que argumentan que el valor de ésta crece con el tiempo cuando se incrementa la población “sin que tenga mérito alguno el propietario”, lo cual -la tesis de la “renta inmerecida”- desconoce que esto, puesto de esta manera, se aplica a todos nuestros ingresos que son fruto de las tasas de capitalización que generan otros, con el lenguaje que de hecho existía antes de nuestro nacimiento, lo mismo con las diversas instituciones y demás externalidades positivas. La renta de la tierra y nuestros ingresos son consecuencia principal del modo en que asignemos recursos y la productividad en línea con las preferencias de terceros y, como queda dicho, según las acciones de otros en el mercado que derivan en el valor de los activos que si el titular no le da el uso adecuado, no podrá retener el bien.

En tercer término, es pertinente volver a insistir en que hay un correlato entre precios y propiedad puesto que en las transacciones las condiciones pactadas surgen del uso y la disposición de lo propio. En la medida en que se afecta la propiedad a través de intromisiones de los gobiernos se desdibujan los precios que hubieran sido distintos de no existir la intervención de marras, por lo que la contabilidad, la evaluación de proyectos y el cálculo económico en general se distorsionan lo que, a su turno, provoca consumo de capital y consecuentemente se contraen salarios.

Por último, invito a mis lectores a que observen los abultadísimos patrimonios -casi siempre malhabidos- de quienes atacan la propiedad desde la cima del poder político, es “la nueva clase” de que nos habla Milovan Djilas.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

LOS LIBERALES ESTAMOS EN DESVENTAJA

Por Alberto Benegas Lynch (h) Publicado el 25/1/ 19 en https://www.infobae.com/opinion/2019/01/25/los-liberales-estamos-en-desventaja/

 

Debido a que no hay de todo para todos todo el tiempo, es decir, los recursos son escasos en relación a las necesidades, se hace necesario asignar derechos de propiedad al efecto de que se coloque en las manos más eficientes para atender los requerimientos del prójimo. Quienes dan en la tecla obtienen beneficios y quienes yerran incurren en quebrantos. Los patrimonios y las rentas no son posiciones irrevocables, deben ser convalidadas permanentemente en el mercado abierto.

 

Dada esta situación, naturalmente habrá quienes tienen más éxito que sus vecinos lo cual se traduce en desigualdades de resultados, indispensables para el logro de los objetivos señalados de abastecer a los demás y al premiar a los más eficientes para tal fin se abren las puertas para maximizar las consecuentes inversiones que dan lugar a las mayores tasas de capitalización posibles que, a su turno, son las únicas causas de incrementos en salarios e ingresos en términos reales. Lo relevante en toda sociedad no es el delta entre pobres y ricos sino la mejora de todos, al fin y al cabo, como queda dicho, las desigualdades de rentas y patrimonios son consecuencia directa de los plebiscitos diarios en el mercado con las compras y abstenciones de comparar de cada cual. Por eso resulta una torpeza mayúscula que los políticos impongan “redistribuciones” puesto que significan volver a distribuir por la fuerza la distribución pacífica y voluntaria de las gentes cotidianamente en el supermercado y afines.

 

Habiendo dicho esto, ahora es menester dar otro paso en nuestro análisis para comprobar que debido a que la gran mayoría no se ha adentrado en el proceso a que acabamos de aludir, no se conforman con mejorar sino que pretenden estar al nivel patrimonial de los más eficientes sin exteriorizar los talentos y las condiciones de aquellos. Sobreviene entonces la envidia que no es el sentido de la sana emulación sino el deseo irrefrenable de arrancarle recursos a los mejores. Como no pueden ganar legítimamente los recursos adicionales a que aspiran, entonces pugnan por el manotazo y como saben que el asalto a mano armada está condenado y penado, pretenden que los aparatos estatales hagan la faena por ellos. No solo esto sino que hay empresarios con complejo de culpa por sus ganancias sin entender tampoco el proceso de mercado competitivo.

 

Asimismo, los políticos al recibir tamaño mensaje incorporan a sus plataformas electorales diversas maneras de expropiación para ganar las elecciones y así asumir el poder (y cuando aparece alguien disfrazado de semi-liberal resulta que era para ocultar otras derivaciones o para fabricar negociados). Es cierto que, como se ha indicado en reiteradas oportunidades, la democracia para ser tal demanda renovados límites al poder para que no se convierta en mayorías ilimitadas que arrasan con los derechos de las minorías en abierto conflicto con la misma esencia de la democracia, pero de todos modos en mayor o menor medida está siempre latente el riesgo señalado. Por otro parte, no hay alternativa puesto que en esta instancia del proceso de evolución cultural la otra posibilidad es la dictadura lo cual entierra todo vestigio de respeto a las autonomías individuales.

 

Entonces solo queda el camino de la educación en valores y principios compatibles con la sociedad abierta. Pero aquí surge otro obstáculo que subraya las desventajas en las que se encuentra el liberalismo ya que como, entre otros, ha escrito el premio Nobel Friedrich Hayek todo lo referido a los fundamentos de la libertad “resulta contraintuitivo”, es decir, lo primero que se infiere está mal y necesita digerirse y meditarse cuidadosamente. Esto último acentúa la desventaja de marras puesto que si bien los debates centrales se llevan a cabo en las aulas, las personas están naturalmente  inclinadas a promover medidas inconvenientes para el funcionamiento de la sociedad libre debido a lo contraintuitivo del caso. Esta desventaja es aun mayor cuando los gobiernos manipulan la educación.

 

Tremendo desafío entonces el de los liberales que parten en la carrera con marcadas desventajas. Una lucha desigual que, sin embargo, debe darse como única salida al marasmo estatista y autoritario del momento. Es sumamente alentador observar la muy gratificante reacción de alumnos cuando tienen la posibilidad de estar expuestos a tradiciones de pensamiento habitualmente poco exploradas. Estas reacciones constituyen una gran esperanza para el futuro que contrarresta la envidia a la que nos referimos más arriba que habitualmente se base en la errada noción de la suma cero sin percatarse que la riqueza no es algo estático sino dinámico y cambiante según sean las necesidades de la gente.

 

Antes he aludido al libro más conocido de Thomas Piketty en el contexto de las críticas más contundentes como son las de Anthony de Jasay, Thomas Sowell y más recientemente la de Steven Pinker. En esta ocasión pensamos que ilustra la desventaja de los liberales (ilustra el embrollo en que estamos). Se trata de comentar nuevamente  una obra menos conocida de Piketty titulada La economía de las desigualdades. Como implementar una redistribución justa y eficaz de la riqueza.

Abre este nuevo escrito con una oda a la justicia social como eje central de su análisis, sin percatarse que esa expresión en el mejor de los casos constituye una grosera redundancia puesto que no está presente el concepto de justicia en el reino vegetal, mineral o animal donde no hay responsabilidad individual. En el peor de los casos significa lo opuesto a la idea de justicia según la definición clásica de “dar a cada uno lo suyo”. Piketty recurre al término en  este último sentido con lo cual da por tierra con la noción de justicia para abrir cauce a las arbitrariedades de los burócratas de turno. Por su parte, Hayek agrega que el adjetivo “social” seguido de cualquier sustantivo lo convierte en su antónimo,  como, por ejemplo, es el caso del constitucionalismo social, la democracia social, los derechos sociales etc.

A continuación incurre en otro equívoco de proporciones al sostener que la “desigualdad en el empleo” fue una de las mayores causas de la desigualdad de resultados, desconociendo que el desempleo involuntario (el voluntario no es el problema) se debe exclusivamente a la imposibilidad de concretar arreglos contractuales libres como consecuencia de las mal llamadas “conquistas sociales” que imponen salarios superiores a los del mercado, es decir, superiores a los que las tasas de capitalización permiten (sin embargo, Piketty sugiere hacer esto). En otras palabras, si la desigualdad se conecta con el desempleo la solución estriba en liberar el mercado laboral de trabas e impuestos al trabajo que justifican la existencia de la economía informal al efecto de poder emplearse y no estar condenado a deambular por las calles y eventualmente morirse por inanición  por no encontrar trabajo en ninguna parte.

Sorprende en grado sumo su aseveración en cuanto a que la compilación de estadísticas es una faena complicada “respecto a la desigualdad que existió en los países comunistas, porque había muchos beneficios en especie que son difíciles de cuantificar desde el punto de vista monetario”. Las cursivas son nuestras para destacar lo de los “beneficios” en el sistema del Gulag en los que se liquidó a millones de personas por hambrunas espantosas y por fusilamientos y purgas varias, nos suena tan disparatado como hablar de los “beneficios” que se otorgaban a las víctimas de los hornos crematorios de los sicarios nazis.

Concluye que “Para Marx y los teóricos socialistas del siglo XIX, aunque no cuantificaban la desigualdad de la misma manera, la respuesta no dejaba lugar a dudas: la lógica del sistema capitalista es amplificar incesantemente la desigualdad entre dos clases sociales opuestas, capitalistas y proletarios”. A esta altura de la evolución cultural, sorprende este razonamiento puesto que todos los análisis serios han puesto en evidencia el esparcimiento de la riqueza ya desde la aparición de las sociedades por acciones y los mercados de capitales, además del incremento notable de salarios debido precisamente a los aumentos en las inversión per capita a lo que debe agregarse la improcedencia de la confrontación “de clases” en lugar de ver la antedicha cooperación entre las tasas de capitalización al efecto de incrementar salarios e ingresos en términos reales.

Encomillamos la expresión “de clase” porque si bien es ampliamente utilizada, es desafortunada ya que clase proviene del marxismo que sostenía vía el polilogismo que el proletario y el burgués tienen una estructura lógica distinta, a pesar de que ningún marxista haya explicado concretamente en que consisten esas diferencias respecto de la lógica aristotélica.

Lo que si es sumamente dañino y peligroso es la alianza reiterada entre supuestos empresarios y el poder lo cual se traduce inexorablemente en la explotación de los que no tienen poder de lobby. Esto que nunca menciona Piketty nos retrotrae al antiguo régimen en el que los ricos nacían y morían ricos independientemente de su capacidad para servir al prójimo y los pobres nacían y morían pobres y miserables con total independencia de su capacidad para atender las demandas de los demás, por lo que la movilidad social se torna indispensable.

Y es en este sentido que el autor que comentamos reitera su recomendación de establecer gravámenes altos y progresivos, lo cual, como dijimos antes altera las posiciones relativas en el mercado (contradice las indicaciones de la gente con sus compras y abstenciones de comprar), al tiempo que introduce una concepción fiscal regresiva al afectar la inversión que repercute especialmente sobre los ingresos más bajos y, por último, no solo significa un castigo a la eficiencia sino que privilegia a los más ricos que se ubicaron en el vértice de la pirámide patrimonial antes del establecimiento del tributo progresivo que bloquea la mencionada movilidad social.

Piketty se pregunta “¿Por qué los individuos que heredan un capital deberían disponer de unos ingresos vedados a quienes sólo heredaron su fuerza de trabajo. En ausencia de toda eficiencia de mercado, esto bastaría en amplia medida para justificar una redistribución pura de las ganancias del capital de las ganancias del capital hacia los ingresos del trabajo […] ¿Acaso la desigualdad de la distribución del capital entre individuos y entre países no solo es injusta sino también ineficaz?”.

La herencia de bienes obtenidos legítimamente es el componente de mayor peso en el proceso económico puesto que incentiva en grado sumo la producción con la idea de trasmitir lo producido a las próximas generaciones. El aplicar la guillotina horizontal en este campo mina esos potentes incentivos. En el mercado resulta del todo irrelevante en nombre y el apellido de quienes poseen recursos, lo relevante y decisivo es la forma en que se administran. En la medida de la aptitud o ineptitud de los herederos incrementarán o dilapidarán lo recibido.

En esa misma cita Piketty incluye la redistribución a nivel internacional. Henos aquí un tema sobre el que han escrito profusamente autores como Peter Bauer, Melvyn Krauss, Doug Bandow y James Bovard apuntando a que los dólares sacados compulsivamente del fruto del trabajo ajeno no solo han generado subsidios cruzados sino que han facilitado que los gobiernos receptores continúen con políticas estatistas y corrupciones que provocaron los problemas de la fuga de capitales y la huída de personas en busca de horizontes mejores.

Otra vez en este libro de Piketty se pretenden adornar afirmaciones con estadísticas, algunas irrelevantes y otras mal tomadas tal como lo han señalado economistas de la talla de Rachel Black, Louis Woodhill, Robert Murphy, Hunter Lewis y Mathew Rognlie que han detectado nuevos errores gruesos en las estadísticas de Piketty. En esta línea argumental, el antes citado Pinker formula una crítica demoledora a un error más bien de colegial en la obra original de Piketty quien escribe que “La mitad más pobre de la población mundial es tan pobre en la actualidad como lo era en el pasado, con apenas el 5% de la riqueza total en 2010, al igual que en 1910”. A continuación dice Pinker que con una lógica implacable responde: “Pero la riqueza actual es infinitamente mayor que en 1910, por lo que si la mitad más pobre posee la misma proporción, es mucho más rica, no igual de pobre”.

En todo caso esta es solo una muestra de los problemas conceptuales que deben enfrentar los liberales en esta batalla cultural tan desigual por las razones expuestas en un contexto donde se interpreta equivocadamente la riqueza como algo estático sujeto a la suma cero. Así y todo el esfuerzo debe redoblarse en vista de los notables progresos realizados en varios frentes intelectuales y en vista de las grandes mejoras logradas en el pasado por sociedades en la medida en que se extendía la libertad. Es del caso enfrentar con rigor los nacionalismos que hoy invaden el mundo ahora liderados por el gobierno de Estados Unidos, pero es como ha escrito Albert Camus: “quiero demasiado a mi país como para ser nacionalista”.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba.

 

EL SIEMPRE REPUGNANTE ANTISEMITISMO

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

 

Muchas veces he escrito sobre este asunto espantoso, pero ahora se me ocurre volver sobre el tema a raíz de nuevos brotes de antisemitismo en Europa y también en Estados Unidos, entre otros, levantado con gran capacidad didáctica por CNN en un magnífico documental titulado Una sombra sobre Europa. Antisemitismo en 2018 donde entre muchos testimonios de valía aparece un Rabino polaco a quien le preguntan como se siente con estos sucesos horrendos. La respuesta me estremeció por la nobleza y el coraje moral del entrevistado: “Siento que tenemos más trabajo que hacer”.

 

Después de todas las atrocidades criminales que han ocurrido en el mundo perpetradas contra los judíos, todavía existe ese prejuicio bárbaro que se conoce como “antisemitismo” aunque, como bien señala Gustavo Perednik, es mas preciso denominarlo judeofobia (que es el título de su obra) puesto que esa otra denominación inventada por Wilhelm Marr en un panfleto de 1879 no ilustra la naturaleza y el significado de la tropelía.

 

Spencer Wells, el biólogo molecular de Stanford y Oxford, ha escrito en The Journal of Man. A Genetic Odessey que “el término raza no tiene ningún significado”. En verdad constituye un estereotipo. Tal como explica Wells en su libro mas reciente, todos provenimos de África y los rasgos físicos se fueron formando a través de las generaciones según las características geográficas y climatológicas en las que las personas han residido. Por eso, como he dicho en otra ocasión, no tiene sentido aludir a los negros norteamericanos como “afroamericanos”, puesto que eso no los distingue del resto de los mortales estadounidenses, para el caso el que éstas líneas escribe es afroargentino.

 

La torpeza de referirse a la “comunidad de sangre” pasa por alto el hecho que los mismos cuatro grupos sanguíneos que existen en todos los seres humanos están distribuidos en todas las personas del planeta con los rasgos físicos mas variados. Todos somos mestizos en el sentido que provenimos de las combinaciones mas variadas y todos provenimos de las situaciones mas primitivas y miserables (cuando no del mono). Thomas Sowell escribe que las tres cuartas partes de la población negra en Estados Unidos tienen blancos entre sus ancestros y que millones de blancos estadounidenses tienen por lo menos un negro entre sus ancestros.

 

También apunta Sowell que en los campos de extermino nazis se rapaba y tatuaba a las víctimas para poder diferenciarlas de sus victimarios. Esto a pesar de todos los galimatías clasificatorios de Hitler y sus sicarios, quienes finalmente adoptaron el criterio marxista (dicho sea de paso como una nota a pie de página, el antisemitismo de Marx queda consignado en su escrito La cuestión judía). Solo que el nazismo en lugar de seguir el polilogismo clasista fue el racista pero con la misma insensatez en cuanto a que nunca pudieron mostrar cuales eran las diferencias entre la lógica de un “ario” respecto de las de un “semita”. Darwin y Dobzhansky -el padre de la genética moderna- sostienen que aparecen tantas clasificaciones de ese concepto ambiguo y contradictorio de “raza” como clasificadores hay.

 

Por otra parte, en el caso de la judeofobia, a pesar de las incoherencias de la idea de raza se confunde esta misma noción con la religión puesto que de eso y no de otra cosa se trata. El sacerdote católico Edward Flannery exhibe en su obra publicada en dos tomos titulada Veintitrés siglos de antisemitismo los tremendos suplicios que altos representantes de la Iglesia Católica le han inferido a los judíos, entre otras muchas crueldades, como subraya el Padre Flannery, les prohibían trabajar en  actividades corrientes con lo que los limitaban a ocuparse del préstamo en dinero, pero mientras los catalogaban de “usureros” utilizaban su dinero para construir catedrales. Debemos celebrar entusiastamente el espíritu ecuménico y los pedidos de perdón de Juan Pablo ii en nombre de la Iglesia, entre los que figura, en primer término, el dirigido a los judíos por el maltrato físico y moral recibido durante largo tiempo.

 

Paul Johnson en su Historia de los judíos señala que “Ciertamente, en Europa los judíos representaron un papel importante en la era del oscurantismo […] En muchos aspectos, los judíos fueron el único nexo real entre las ciudades de la antigüedad romana y las nacientes comunas urbanas de principios de la Edad Media; mas aún se ha argüido que la palabra misma comuna es una traducción del hebreo kahal […] La antigua religión israelita siempre había dado un fuerte impulso al trabajo esforzado. Cuando maduró para convertirse en judaísmo, la importancia asignada al trabajo aumentó […] Exigía que los aptos y los capaces se mostrasen industriosos y fecundos, entre otras cosas, porque así podían afrontar sus obligaciones filantrópicas. El enfoque intelectual se orientaba en la misma dirección”. Todos los logros de los judíos en las mas diversas esferas han producido y siguen produciendo envidia y rencor entre sujetos acomplejados y taimados.

 

Por otro lado, los fanáticos no pueden digerir aquello del “pueblo elegido” y arrojan dardos absurdos como cuando sostienen que “el pueblo judío crucificó a Cristo” sin percatarse, por un lado, que fueron tribunales romanos los que lo condenaron y soldados romanos los que ejecutaron la sentencia. De todas maneras, como una de las primeras manifestaciones de una democracia tramposa en la que por mayoría se decidió la aniquilación del derecho, la respuesta perversa a la célebre pregunta si se suelta a Barrabás o Cristo, en modo alguno permite la imbecilidad de atribuir culpas colectivas y hereditarias y no permite eludir la responsabilidad a quien pretendió “lavarse las manos” por semejante crimen.

 

Personalmente, como ser humano y como católico, me ofenden hasta las chanzas sobre judíos y me resulta repugnante toda manifestación directa o encubierta contra “nuestros hermanos mayores” y la canallada llega a su pico cuando quien tira las piedras pretende esconder la mano con  subterfugios de una felonía digna de mejor causa. Buena parte de mis mejores profesores han sido de origen judío o judíos practicantes a quienes aprovecho esta ocasión para rendirles un sentido homenaje.

 

Lamentablemente han sido y son muchos los flancos de donde proviene la descalificación, el descrédito y las acciones malvadas contra judíos pero me detengo en los cristianos porque me duele especialmente la injusticia y el bochorno cuando proviene de la propia casa del cristianismo.

 

En este último sentido, tal vez las primeras manifestaciones de antisemitismo o, mejor judeofobia, por parte del cristianismo han sido primero el aliento por parte de quien luego fuera San Pablo para el martirio de San Esteban, más adelante los patéticos sermones de San Juan Crisóstomo en el siglo primero publicados con el título de Adversus Judaeos donde dice que los judíos “son bestias salvajes” que son “el domicilio del demonio” y que “las sinagogas son depósitos del mal” para quienes “no hay indulgencia ni perdón” y luego el Concilio de Elvira en 306 prohibió a cristianos casarse con judíos y otras barrabasadas.

 

A través del tiempo, también debe subrayarse el apoyo explícito de autoridades de la Iglesia a legislaciones que restringían los derechos de los judíos incluyendo el derecho de propiedad y en muchos casos bautismos forzados, confiscaciones, impuestos especiales, vestimentas que estigmatizaban y en los lugares permitidos a judíos a veces se colocaba una marca denigrante en la puerta. El Papa Eugenio iii estableció que los judíos estaban obligados a perdonar las deudas a cristianos. Inocencio iii autorizó las conversiones forzosas y el Concilio de Basilea permitió la discriminación en ghettos y otros horrores que con el tiempo se fueron consolidando y agudizando hasta los antedichos pedidos de perdones de Juan Pablo ii que marcaron un punto de clara reversión y severa condena del antisemitismo y promulgaron un sincero y muy valioso y afectuoso ecumenismo en relación a las tres religiones monoteístas y el respeto a todas. De más está decir que aquella actitud denigrante no alcanza a toda la cristiandad, muy lejos de ello siempre hubieron personas sensatas y civilizadas que se indignaron e indignan con el inaceptable trato a los judíos, tanto sacerdotes como laicos.

 

Es de esperar que lo que viene sucediendo en nuestra época pueda revertirse a la brevedad para bien de la civilización y de un mínimo de decencia. Es de esperar también que la tolerancia y el respeto recíproco abarque a todas las religiones, en nuestra época especialmente a los musulmanes en cuyo caso no nos dejemos atrapar por la trampa letal de aquellos que se escudan en una religión para cometer actos de barbarie y terrorismo porque saben que los ingenuos morderán el anzuelo ya que las guerra religiosas provocan llamaradas de fanatismo. En otras oportunidades he escrito en detalle sobre el Islam y el Corán, ahora solo marco el tema. Es hora de frenar las matanzas en nombre de Dios, la bondad y la misericordia y ahondar en el respeto recíproco y la santidad de las autonomías individuales. El caso de los judíos ha sido el más horroroso de la historia, pero no es el único. Tenemos que estar alertas.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba.

Hagámonos Cargo

Por Iván Carrino. Publicado el 6/9/18 en: https://contraeconomia.com/2018/09/hagamonos-cargo/

 

Un siglo de decadencia debería hacernos reflexionar.

La semana pasada escribíamos que el dólar refutaba la ley número uno de la política, aquella que según Thomas Sowell establece que hay que ignorar la ley número uno de la economía: que existe la escasez.

Cuando los políticos prometen de todo, para todos, todo el tiempo, eso funciona bien por un rato pero, en algún momento, la realidad se impone: se acaba la plata. En este caso, se acabaron los dólares del financiamiento externo y el dólar se catapultó al alza.

En lo que va del año el Banco Central vendió USD 14.000 millones en el mercado de cambios, pero el dólar igual subió más de 100%, desde aquel “atrasado” valor de $ 18,95 con que despidió 2017.

El gobierno está debilitado y sin credibilidad. En 2015, cuando en toda la región el Riesgo País subía, acá se redujo 40%.

Los mercados se habían entusiasmado con el discurso de “Cambio” de Mauricio Macri y creyeron que era el momento de “comprar Argentina”. Si se imponía Macri, no solo dejaríamos de lado el populismo macroeconómico de Cristina, sino que incluso el país podría volver a ser considerado entre los prósperos del mundo, como alguna vez lo fue.

Pero, para eso, había que hacer muchas cosas. Y si bien en el discurso, “se hacía lo que había que hacerse”, en los hechos quedó gusto a poco.

No hubo equilibrio fiscal, no se redujo el gasto público, no hubo reforma laboral, no hubo reforma previsional (sí ajuste en la inviable fórmula de actualización de haberes), no hubo apertura comercial…

El mercado confiaba, pero frente al gradualismo transformado en inacción, comenzó a dudar. Hoy lideramos en la región el ránking de los países donde más aumenta el Riesgo País.

Errores no forzados

La crisis de credibilidad viene de largo. Pasamos del “Sí,  se puede” y el “Haciendo lo que hay que hacer”, al “No se puede ahora, hay que ganar las elecciones” y el “Hacemos lo que podemos para evitar una mega-crisis”.

Ahora en la última semana las cosas se complicaron aún más. En medio de una nueva turbulencia cambiaria, el presidente hizo una declaración muy contundente, sin tener pruebas de que lo que anunciaba efectivamente era así. En concreto, anunció que el FMI adelantaría los fondos para cubrir el programa financiero de 2019, y 7 horas más tarde el organismo dijo elegantemente que eso debía ser estudiado y aprobado por el directorio previamente.

Fue más leña para el fuego.

Días atrás, y antes de viajar a Washington, fue Dujovne el que hizo un anuncio adicional. Explicó que se modificaban las metas de déficit fiscal, que se buscará el déficit 0% en 2019, y que para cumplir con eso se le cobrará un impuesto de hasta 12% a todo aquel que tenga la peregrina idea de exportar.

El progresismo contento. Los mercados, aún dubitativos.

En lo que queda de la semana iremos viendo cómo sigue evolucionando la situación financiera. En mi opinión, el gobierno no tiene que anunciar más nada, salvo hechos concretos como: el cierre del acuerdo con el FMI, la presentación del proyecto de presupuesto, la reducción concreta de algún gasto, la renuncia de algún funcionario…

Es hora de los hechos, no de las palabras.

Hacerse cargo

Antes de cerrar la nota de hoy, creo que es necesario que se haga una autocrítica, especialmente quienes son cómplices de la situación actual, pero dan cátedra como si supieran algo.

Obviamente,  la autocrítica debería comenzar por el propio  gobierno,  quien se vendió en la etapa electoral como quienes mejores estaban capacitados para desactivar la “bomba K”, pero no pudieron hacer mucho.

La segunda debe ser del kirchnerismo. ¿Cómo es posible que, quienes dejaron las finanzas públicas con un agujero de 6% del PBI, quienes dilapidaron USD 100.000 millones de recaudación tributaria solo por retenciones, quienes vaciaron las reservas del Banco Central y fundieron nuestro sistema energético, hoy den cátedra sobre cómo salir de la crisis?

Los bomberos, si antes fueron pirómanos, deberían ser examinados psicológicamente, y lo mismo aplica a quienes desde el kirchnerismo se atreven a dar consejos.

Por último, una mención para el resto de la clase dirigente. Los jueces, que con pura demagogia mandan a frenar los ajustes de tarifas, negando también que existe la escasez y ordenando, por ley, que una parte de los argentinos le pague a la otra el consumo energético.

Los sindicatos, que salen a la calle por cualquier cosa: desde un disposición que iba a reemplazar los resúmenes bancarios en papel por otros electrónicos, hasta para oponerse a nuevas normas laborales que beneficiarían a todos aquellos que no tienen trabajo o trabajan en el sector informal.

Los empresarios prebendarios, que no son todos, pero que con su poder de lobby piden bajar la tasa de interés, aislar a la economía y más subsidios y controles de precios para todo lo que ellos no producen.

Y por último, el votante medio, que aun viendo cómo la Argentina va de crisis en crisis, sigue pidiendo más y más estado.

Tenemos que hacernos cargo de lo que nos pasa. La crisis excede a un partido político en particular. Si nadie está dispuesto al esfuerzo que implica cambiar, si todos van a mirar solo el corto plazo, entonces no hay salida posible.

Espero lo entendamos. Si no lo hacemos,  el dólar a $ 40 es barato.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano. Es Sub Director de la Maestría en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE

OTRA VEZ LAS DROGAS ALUCINÓGENAS

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Antes que nada hay que mencionar lo que en estadística se conoce como error de inclusión. En el caso que ahora nos ocupa es pertinente señalar que tal como lo señalan las encuestas y relevamientos más importantes, por ejemplo, las reiteradas manifestaciones del Bureau of Justice Statistics de Estados Unidos que “una abrumadora mayoría de consumidores de drogas nunca han cometido un crímen”. Del hecho de que muchos actos criminales hayan sido cometidos por drogados, no se sigue el nexo drogas-crimen. Para sacar conclusiones en esta materia es menester mirar el universo, no se puede atender solo un segmento y extrapolar. Una cosa es un correlato y otra bien distinta es una relación causal: hace una década había correlación perfecta entre el largo de las polleras en Inglaterra y la crianza de cerdos en Australia, de lo cual no si desprende nexo causal alguno. Otro asunto bien diferente son las disposiciones en algunos códigos penales en los que se considera un atenuante cuando un delito es cometido por un drogado en lugar de constituir un agravante.

 

Dicho esto, tal como lo señalé en mí libro La tragedia de la drogadicción. Una propuesta (Buenos Aires, Ediciones Lumiere, 2006, con prólogo de Carlos Alberto Montaner), el uso de drogas alucinógenas para fines no medicinales constituye un drama y su empleo reiterado produce lesiones cerebrales irreversibles. Pero desde 2000 años antes de Cristo -salvo la Guerra del Opio en China debido a la prohibición- no hubieron problemas con las drogas hasta que en 1971 Nixon declaró la guerra a los narcóticos, una idea alimentada por los mismos mafiosos del alcohol, a través de sofisticados estudios de mercado, quienes antes se habían visto perjudicados por la abrogación de la Ley Seca por lo que dejaron de percibir astronómicas ganancias debido a los siderales márgenes operativos que provoca la prohibición.

 

Por otra parte, como se ha dicho resulta bastante estúpido eso de “la guerra contra las drogas” porque es similar a declarar la guerra al dulce de leche: las guerras son contra personas nunca contra cosas. De todos modos, como ha escrito el premio Nobel Milton Friedman “Las drogas son una tragedia para los adictos. Pero criminalizar su uso convierte la tragedia en un desastre para la sociedad, tanto para los que la usan como para los que no la usan”.

 

Hoy personas inocentes son tratadas como delincuentes si, por ejemplo, llevan consigo más de diez mil dólares, en gran medida los bancos se han convertido en informantes de los aparatos estatales con lo que el secreto bancario ha desaparecido, las escuchas telefónicas y acciones policiales contrarias al debido proceso están a la orden del día.

 

Como bien ha puntualizado Lysander Spooner, un vicio es un acto que afecta a la misma persona que lo entretiene, mientras que un crimen es un acto contra el derecho de otra, el confundir ambos hechos constituye una aberración manifiesta. Hay en este asunto una dosis grande de arrogancia al pretender administrar las vidas ajenas. De más está decir que si todo el mundo decide constiparse ilimitadamente, el resultado será la muerte por constipación, pero cada uno es responsable de sus acciones, incluso la responsabilidad por haber bloqueado la misma responsabilidad.

 

En no pocas oportunidades se piensa que si  se liberan las drogas, todo el mundo se drogará. Pero consideremos los incentivos para no aceptar en los lugares de trabajo, en los transportes, en los comercios, en las carreteras a seres que no son capaces de controlarse a si mismos. En verdad, estarán circunscriptos a sus domicilios o a bares o lugares expresamente establecidos para drogodependientes. Por supuesto que esto ocurrirá si los aparatos estatales no se meten “regalando” jeringas o imponiendo lugares públicos para drogarse y otras sandeces por el estilo.

 

La penalización por la producción y/o consumo de drogas eleva la prima por el riesgo de operar en esos mercados y, por ende, los antedichos márgenes operativos se elevan enormemente. Debido a esto se hace posible la producción de drogas sintéticas con efectos mucho más devastadores de las naturales. El mercado negro no permite la verificación de la pureza de la droga con lo que las sobredosis y las intoxicaciones son muy frecuentes. También debido a la ilegalidad se inhibe a quienes denunciarían fraudes y estafas puesto que si recurrieran a los tribunales se estarían autoinculpando. Lo mismo sucede con los médicos y centros hospitalarios: se bloquea la posibilidad de pedir ayuda puesto que los candidatos se estarían denunciando a si mismos.

 

Las legislaciones anti-drogas obligan a los consumidores a involucrarse con la mafia. Los antes mencionado márgenes operativos descomunales hacen posible la figura del pusher , con ingresos exhorbitantes al efecto de colocar la droga en todos los mercados posibles, muy especialmente en los colegios y lugares bailables puesto que la gente joven es la más propensa a ensayar y mantener nuevas fórmulas al estar más inclinados al “fruto prohibido” debido a un siempre presente espíritu de rebeldía.

 

Como en la relación compra-venta de drogas no hay víctima ni victimario propiamente dichos, irrumpe la figura del soplón, espionaje que conduce a los atropellos más variados como revisación de personas en sus ropas y pertenencias, olfateo de canes y otras intromisiones sin orden de juez competente ya que se suele decretar la inmunidad para quienes proceden de esta manera.

 

Esta así  denominada guerra está sufragada coactivamente por todos los contribuyentes, lo cual asciende a millones y millones de dólares. Permanentemente se involucran negocios lícitos con el “lavado” de dinero proveniente de las drogas, con lo que oscurecen las contabilidades y se contaminan comercios de distinta índole. Las permanentes matanzas de inocentes, las violaciones a las libertades individuales, al tiempo que las cárceles están atestadas de drogadictos en lugar de los verdaderos criminales. Todo esto sin contar a los gobernantes que reciben cuantiosos recursos para “combatir” la droga, mientras se descubren sus propios negocios suculentos en el ramo. Las corrupciones de jueces, policías  y políticos alimentan cotidianamente los noticieros de todas partes del mundo.

 

Todavía no queda del todo claro el sentido  del proyecto pero se ha dicho en medios argentinos que se involucrará a la Fuerzas Armadas en la susodicha lucha contra los estupefacientes, lo cual sería grave pues no solo desnaturalizaría su misión específica sino que la expondría a que también sean corrompidas. Por su parte, la candidata a ocupar la cartera de interior en el nuevo gobierno mexicano ha deslizado la posibilidad de liberar las drogas, lo cual sería altamente beneficioso para Occidente antes que la guerra de marras termine con la sociedad libre  y constituiría un digno ejemplo a seguir, a pesar de otras de las políticas negativas anunciadas por el próximo mandatario recién electo. Ex presidentes que han padecido sobradas experiencias durante sus mandatos con las drogas, proponen la liberación como son los casos del mexicano Vicente Fox, del colombiano Oscar Gaviria o el brasileño Enrique Cardoso. Es de esperar que si esto se concretara no se hiciera como el caso uruguayo con la marihuana donde el aparato estatal está metido en todo el proceso y más bien se acercara al caso portugués. Incluso para aludir a miembros de la burocracia internacional, el ex Secretario General de las Naciones Unidas, Javier Pérez de Cuellar, se ha pronunciado categóricamente a favor de liberar todas las drogas en una carta abierta, ya en 1998, junto con otras 500 personalidades entre las que se encontraba el ex Secretario de Estado del gobierno estadounidense George Shultz.

 

Como dice Mario Vargas Llosa, es de desear que se comprenda la necesidad de liberar las drogas antes que las drogas terminen con la democracia a través de la financiación de campañas y otros canales. Tal como escribe Thomas Sowell en relación al tema que nos ocupa vinculado a la pregunta reiterativa en cuanto a la razón por la cual no se abandona una lucha que ha demostrado resultados catastróficos: “Las políticas deben ser juzgadas por sus resultados, pero las cruzadas de este tipo son juzgadas por lo bien que se sienten los cruzados”.

 

Hace mucho tiempo en una oportunidad en una conversación con mi amigo Agustín Navarro en México, médico  y economista, me hablaba de la importancia de liberar las drogas en una época en que yo sostenía equivocadamente que había que prohibirlas (en realidad fueron alumnos míos los que me convencieron de mi inconsistencia en este asunto que se daba de bruces con el resto del andamiaje de análisis económico de la asignatura). En esa oportunidad le pregunté a mi amigo por qué no escribía sobre el asunto. La respuesta me dejó helado. Me dijo que lo había proyectado pero abandonó el propósito debido a las amenazas que recibió su familia. La conversación terminó con su conclusión en cuanto a que la peor noticia para los barones de la droga es que se liberen puesto que se quedan sin el suculento botín.

 

Bien ha consignado el sacerdote católico John Clifton Marquis en un escrito de su autoría titulado -préstese especial atención al título- “Las leyes sobre drogas son inmorales”, publicado en US Catholic en mayo de 1990: “Cincuenta años de legislación sobre drogas ha producido el efecto exactamente opuesto a lo que esas leyes intentaron […] Los líderes morales no tienen más alternativa que elegir entre una moral auténtica, la cual produce el bien y una moral de cosmética que meramente aparece como buena. Las leyes sobre drogas aparentan ser benéficas pero el defecto trágico de la moral de cosmética, igual que toda otra forma de cosmética, es que no produce cambios en la sustancia”.

 

Es difícil para quienes pretenden sustituir las conciencias individuales por los dictados desde el poder, pero es menester batir esas tendencias que van contra todo sentido ético de responsabilidad tal como señala el Padre Marquis. Por último, para cerrar esta nota periodística subrayo que es de interés señalar para el caso estudiado que cuando se dice en economía que al bajar el precio se incrementa la demanda, es central agregar que esto ocurre siempre y cuando los demás factores se mantengan constantes. Y esto no es así con el mercado de drogas puesto que una vez liberado desaparecen los antedichos pagos colosales a los pushers y sus socios lo cual modifica la situación. Eso es precisamente lo que ocurrió con los negociantes del alcohol ilegal, y por eso, en su memoria 1936/37, el Departamento del Tesoro estadounidense reveló la caída en el consumo de bebidas alcohólicas luego de eliminado el estruendoso papelón de la Ley Seca. También es lo que destaca James M. Buchanan, otro premio Nobel, respecto a la reducción en el consumo de drogas en la experiencia parcial holandesa.

 

De todos modos, aunque esto no fuera así no resulta relevante desde la perspectiva moral que no comprenden los que son “moralistas a los palos” (es decir, los de la antimoral). Es como escribió William F. Buckley: “en lugar de provocar guerras contra las drogas con espantosas muertes, gravísimas lesiones de derechos de inocentes, aumentos de drogadicciones y corrupciones por doquier tal como revela la copiosa bibliografía en la materia, los que desean intoxicarse que puedan acceder en el mercado libre a la compra al precio del veneno para las ratas”. Por supuesto que las limitaciones a menores deben ser similares a como se procede con el registro automotor, la pornografía, la venta de alcohol y equivalentes.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

¿PORQUÉ OBEDECER A LA AUTORIDAD?

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

De entrada me parece que resulta conveniente precisar que hay básicamente dos tipos de autoridad. En primer lugar, la  en un sentido amplio es decir la que es reconocida por la rectitud de conducta o por los conocimientos o por ambas cosas a la vez. Este tipo de autoridad no necesita de aparatos compulsivos de la fuerza para acatarse, se adopta por la virtud implícita en el  ejemplo. En este sentido no hay obligación propiamente dicha de seguir los lineamientos estipulados, si se siguen es  por el reconocimiento de la razón de lo que se pone de manifiesto.

 

Pero hay otro tipo de autoridad que se sustenta para su cumplimiento en la fuerza, sea esta de un gobierno respaldado siempre en las botas policiales, una autoridad escolar respaldada en reprimendas varias o equivalentes. En estas líneas vamos a centrar nuestra atención en el primer tipo, esto es, la de los aparatos estatales.

 

Como enseñan algunos de los pensadores en la larga tradición del iusnaturalismo: Grotius, Pufendorf, R. Hooker, Francisco de Vitoria, Sidney, Locke,  Leo Strauss, Francis Lieber, Eric Mack, H. B. Veatch, Lon Fuller, Roscoe Pound, John Finnis -a contracorriente de los Kelsen, Hart y Raz contemporáneos- las disposiciones legales deben basarse en puntos de referencia extramuros de la norma positiva para ser justas. Y esos mojones a su turno derivan de lo que hace posible el desenvolvimiento de los seres humanos que del mismo modo que las piedras y las rosas tienen propiedades inherentes a su naturaleza.

 

De allí el derecho natural, que aunque en ciertos ámbitos se ha utilizado de modo caprichoso y degradado, sigue manteniendo su sentido original. Por esto es que juristas de la talla de Bruno Leoni insisten en que la conformación del derecho positivo está inmerso en un proceso de descubrimiento y no uno de ingeniería social o de diseño.

 

La autoridad del tipo ahora estudiado se basa en la ley, a saber, las disposiciones que son afines a la naturaleza del hombre para poder desarrollarse en la vida. Incluso David Hume escribe que “No es impropio recurrir a la expresión ley natural si por natural entendemos lo que es común a la especie” (en A Treatise on Human Nature) . Esto es lo que confiere autoridad a los gobiernos en una sociedad abierta, a diferencia de megalómanos que pretenden controlar vidas y haciendas ajenas.

 

Ahora bien, ¿que hacer cuando los aparatos estatales se salen de cauce y en lugar de proteger derechos los conculcan? Es una cuestión prudencial, cuando los atropellos son tolerables es mejor absorberlos y tratar de revertir la situación por medio de la persuasión. Pero cuando la situación se hace insoportable, tal como reza la Declaración de la Independencia estadounidense (en la que se han inspirado las naciones libres), es deber de los ciudadanos el deponer al gobierno e instaurar otro. Este es el derecho a la resistencia a gobiernos opresivos. Es un contragolpe de Estado cuando el gobierno ha dado un golpe contra las instituciones libres…son los casos hoy, por ejemplo, de Venezuela, Nicaragua, Cuba y Corea del Norte. No hay que confundir al ciudadano con el súbdito ni un país con un Gulag.

 

Como queda dicho, de más está decir que la referida rebelión contra la opresión inaguantable debe hacerse con criterio prudencial para no caer en la misma situación (o peor) solo que con otros gobernantes como en la práctica han sido la mayor parte de las revoluciones, a diferencia de la norteamericana por la que se aplicó una política diametralmente opuesta a la autoritaria de Jorge III (de un tiempo a esta parte, Estados Unidos abandonó los principios de los Padres Fundadores para lo que recomiendo, entre la mucha literatura disponible, Dismantling America de Thomas Sowell). Hasta el momento en los otros ejemplos, en el mejor de los casos se produjo un alivio más o menos transitorio para luego, en mayor o menor medida, recaer en que los aparatos estatales atropellaran los derechos vitales a la libertad y a la propiedad.

Como he subrayado antes, incluso en otros casos, la situación después de la revolución fue muchísimo peor, como es el ejemplo de la revuelta de Castro contra las tropelías inaceptables de Batista. En otros casos, el alivio fue grande como es el ejemplo de Hitler. Salvando las distancias, la revolución popular contra Ferdinand Marcos también permitió un paréntesis en el totalitarismo.

Lo mismo va para el caso argentino de la tiranía rosista y, con independencia de los graves desbarranques posteriores, similar fenómeno ocurrió con la sublevación como consecuencia del sistema opresivo de Perón contra la libertad de prensa y las libertades básicas de las personas y también lo ocurrido con otros dictadores latinoamericanos de la misma época. Y mucho antes que eso los movimientos revolucionarios independentistas (por ejemplo, constituye una sandez oponerse a la Revolución de Mayo en lo que luego fue suelo argentino contra un déspota que había reemplazado a otro sátrapa en España). También los casos de Stroessner en Paraguay, de Somoza en Nicaragua, de Trujillo en la República Dominicana y similares. Las revueltas que desembocaron en el derrumbe del Muro de la Vergüenza en Berlín despertaron enormes esperanzas en los espíritus libres. Claro que hay cuestiones de grado que hacen diferencias por lo que no puede meterse todo en la misma bolsa.

El antes mencionado Sidney había escrito como burla a la monarquía absoluta que alegaba que su poder derivaba de Dios y otras sandeces que irónicamente “Dios ha causado que algunos nacieran con coronas en sus cabezas y todos los demás con monturas sobre sus espaldas”.

Especialmente en América latina ha sido costumbre el dirigirse a la autoridad gubernamental como su exceletísimo, su eminencia reverendísima y otros servilismos impropios de un sistema republicano y del recato, del pudor y la decencia más elemental. Incluso se hace alarde del título de “honorable” sin percatarse que el vocablo en gran medida proviene de la condición de ad honorem cosa que por el contrario es rechazada para en cambio percibir suculentas dietas (para no decir nada de los dineros mal habidos).

Benjamin Constant ha popularizado los conceptos de “libertad de los antiguos” y “libertad de los modernos” (noción rechazada por Fustel de Coulanges), entendiéndose lo primero como la mera participación de algunos gobernados en el gobierno, mientras que lo segundo alude a la preservación de las autonomías individuales. Del mismo modo, la tolerancia era concebida antes como una gracia del monarca o del sacerdote y, en cambio, modernamente es entendida no con tufillo inquisitorial de perdonar a los que se estimaba estaban equivocados sino que se ha transformado en la consideración por los derechos de todos.

No debe confundirse autoridad con autoritarismo, lo primero en el contexto de lo que estamos tratando alude al uso de la fuerza con carácter defensivo, nunca ofensivo en cuyo caso invariablemente irrumpe el autoritarismo.

Es por esto que en la actualidad resulta de gran  provecho recordar el célebre dictum del historiador decimonónico Acton en cuanto a que “el poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente” al efecto de alertar frente a desvíos de la órbita política del momento.

Frente a todos los problemas siempre hay quienes proponen que intervengan los aparatos estatales, lo cual significa que se arrancará el fruto del trabajo ajeno para recurrir a la violencia. Muy paradójicamente esta maniobra se lleva a cabo en nombre del derecho cuando en verdad se trata de pseudoderechos ya que se echa mano al bolsillo del prójimo para imponer obligaciones injustas a terceros. Injustas porque violan la definición clásica de Justicia de “dar a cada uno lo suyo” puesto que “lo suyo” implica el respeto a la propiedad de cada cual, lo cual se ha violado al proceder en consecuencia.

Muy paradójicamente hoy en el denominado mundo libre la política más generalizada consiste en el fascismo, es decir, permitir el registro de la propiedad a nombre de particulares pero usa y dispone el gobierno. Es un modo más efectivo y encapuchado de debilitar la institución de la propiedad privada que los marxistas -más sinceros ellos- proponen abrogar de un plumazo. Pensemos en ejemplos cotidianos: los taxis en muchas de las grandes ciudades son manejados por los alcaldes en cuanto a la regulación de la tarifa, el color en que están pintados y el horario de trabajo. También los sistemas educativos, en general manipulados por ministerios de educación que establecen pautas curriculares y otras disposiciones para la mal llamada educación privada (en verdad privada de independencia). Todo esto sin contar las asfixiantes regulaciones en el comercio, la industria, el agro y la banca.

Según Etienne de la Boétie “Son pues, los propios pueblos los que se dejan, o, mejor dicho, se hacen encadenar, ya que con sólo dejar de servir romperían las cadenas” (en Discurso sobre la servidumbre voluntaria), que era la preocupación y ocupación de Henry David Thoreau respecto a la necesaria desobediencia civil para mantener en brete al Leviatán y para bloquear a los mandatarios con sed de transformarse en mandantes.

En lugar de estar permanentemente apuntando a lo menos malo en actitud timorata y rastrera, tengamos el coraje de subir la vara para encaminarnos al respeto recíproco. En el extremo miremos lo que se sugiere desde la vereda de enfrente al espíritu liberal, una postura que explica porqué las izquierdas marcan las agendas y habitualmente corren el eje del debate, lo cual está muy bien ilustrado en el título de una conferencia de Herbert Marcuse dirigida a estudiantes, en 1969, en Canadá: “Exijamos lo imposible”.

De todos modos y por último decimos que la secuencia siendo firme debe ser ordenada en una secuencia racional, por lo que la noción de autoridad centrada en el monopolio de la fuerza puede sin duda mutar en el futuro si es que quedaran resueltos los problemas esgrimidos básicamente en las teorías de los bienes públicos, la asimetría de la información, el dilema del prisionero, los free riders y la refutación del denominado equilibrio de Nash y el teorema de Kaldor-Hicks en el contexto de las inconsistencias de balances sociales explicados por Robert Nozick y la interpretación correcta de “la tragedia de los comunes” y el óptimo de Pareto. Estos temas no se han debatido aun con el suficiente detenimiento, aunque hay trabajos muy meritorios al respecto que no han  salido a la luz debido a que no se han resuelto temas mucho más básicos y, naturalmente, no puede construirse el techo de un edificio antes de que se encuentren listos los cimientos (lo que se traduce en otra metáfora más: no se puede colocar la carreta delante de los bueyes frente a la mediocridad de la mayor parte de los debates actuales que repiten las mismas falacias de antaño).

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

Las trampas en el mundo académico

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 10/7/18 en: https://www.cronista.com/columnistas/Las-trampas-en-el-mundo-academico-20180709-0076.html

 

Probablemente nada haya de mayor significación que los ámbitos universitarios. Lo que allí se enseñe puede extrapolarse a lo que sucederá en el futuro en el país de que se trate.

Los cenáculos intelectuales son como una piedra arrojada en un estanque: los círculos concéntricos van mostrando el efecto multiplicador en la respectiva influencia. El político analiza los temas que la opinión pública puede digerir al efecto de preparar su discurso pero esa opinión pública a su vez está conformada por el clima de ideas que prevalece, de allí la trascendencia de la educación y, como decimos, en este contexto muy especialmente la universitaria.

 

Resulta muy pertinente señalar que dicha enseñanza se desfigura cuando la academia se convierte en un centro de adoctrinamiento y politización. En este sentido es de interés consultar las memorias de Thomas Sowell, senior research fellow en Hoover Institution de la Universidad de Stanford, en el sitial Milton y Rose Friedman.

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Profesor Thomas Sowell, Universidad de Stanford.

Confiesa con cierta tristeza que dejó la enseñanza en el aula luego de cátedras en varias universidades porque se cansó de tres situaciones que se repitieron en diversas casas de estudio. Primero, las presiones para mejorar calificaciones a estudiantes de grado y posgrado, maniobras muchas veces apoyadas por las autoridades.

 

Segundo, la manía de hacer que los estudiantes incorporen a sus monografías y tesis lenguaje sibilino digno del posmodernismo y recargar las presentaciones con fórmulas matemáticas innecesarias. Esto último también es destacado por los premios Nobel en economía Friedrich Hayek y James M. Buchanan y economistas de la talla de Wilhelm Röpke y Ludwig von Mises.

 

Tercero, debido a eventuales acosos sexuales Sowell, por ejemplo, debía atender alumnas en su despacho con la puerta abierta y otros recaudos que dificultaban el trato y la seriedad en la relación estudiantil. Mario Vargas Llosa nos contaba que suele dictar sus clases en la Universidad de Princeton fijando la vista en el techo para no mirar a una estudiante y evitar el riesgo de ser demandado.

 

Tal vez el caso más sonado de las trampas que se deslizan en el mundo académico es el libro escrito por Alan Sokal y Jean Bricmont titulado Imposturas intelectuales donde explican que para mofarse de tropelías varias presentaron un largo ensayo en una revista académica con referato de una conocida universidad, donde fue publicado. Acto seguido los mismos autores escribieron otro ensayo refutando su trabajo anterior y revelando los gruesos errores del presentado antes como burla, el cual fue rechazado por lo que escribieron el libro de marras.

 

Sowell relata que antes de recibir el ofrecimiento en Stanford había recibido uno más jugoso desde el punto de vista cremátistico en la Universidad de Virginia el cual no aceptó para evitar el dictado de clases debido a las experiencias sufridas. Hay que estar atento a estos desbarranques para salvaguardar ámbitos que son cruciales.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.