Trump y el gasto social

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 14/5/18 en: http://www.carlosrodriguezbraun.com/articulos/la-razon/trump-y-el-gasto-social/

 

Leí hace un tiempo en El País este titular: “Trump dispara el gasto militar y apuesta por el muro a costa de los programas sociales”. Convengamos que aquí hay destreza retórica para subrayar la perversión del personaje. Es evidentemente un matón, un hombre agresivo y belicista; además, es un xenófobo, porque pretende construir un muro, nada menos, con objeto de impedir la inmigración ilegal; y, por fin, quiere reducir el gasto “social”, es decir, el gasto que el Estado realiza con dinero que extrae a la fuerza de la sociedad. Vamos, que es lo peor de lo peor.

La propaganda y los prejuicios contra Trump son mayores que bajo ningún otro presidente americano de los últimos tiempos, salvo Reagan, también caracterizado en su día como el gran enemigo de la paz mundial, cuando resultó que fue el gran enemigo del mayor enemigo de la paz y la libertad en el mundo: el comunismo.

Un prejuicio notable, que recoge El País, es el de considerarlo un desalmado enemigo de los inmigrantes. Estuve recientemente en Melilla, y tuve la oportunidad de recorrer su conocida valla. Pensé entonces que todos los que en España se ponen estupendos contra Trump y su muro podrían darse una vuelta por Melilla, y repetir desde la valla sus discursos tan progresistas. Resulta, en efecto, sumamente hipócrita despellejar a Trump y acto seguido asegurar que España es diferente, y que aquí sí debemos regular la inmigración. En fin.

En cuanto al gasto, la manipulación también es destacable. Empecemos por el gasto militar. En 1989, cuando cayó el Muro de Berlín —no es casual la hostilidad de la izquierda hacia Thatcher, Reagan y Juan Pablo II—, ese capítulo representaba el 26,5 % del gasto total. Después bajó considerablemente. Es cierto que Trump propone subirlo, pero incluso con esa subida alcanzará el 15,6 % el año próximo, es decir, habrá caído prácticamente once puntos porcentuales en tres décadas.

Y ¿qué decir del famoso y benévolo gasto social, tan escuálido en Estados Unidos, y que el pérfido Trump quiere desmantelar? Pues que dos de cada tres dólares del gasto federal son gasto social. Lo que el presidente americano quiere hacer, como subrayó el Wall Street Journal, no es reducir el gasto social sino bajar impuestos y eliminar parte de las trabas burocráticas que padecen los empresarios y los trabajadores norteamericanos —no son tantas como aquí, pero desde luego son muchas y contrastan con la imagen de país liberal que habitualmente se propaga.

El gasto social en Estados Unidos —Medicare, Medicaid y la Seguridad Social— representaba en 1989 el 47,7 % del gasto total, y el año próximo, con los supuestos recortes salvaje de Donald Trump, llegará al…69,2 %.

En otras palabras, es todo un camelo: Trump subirá el déficit, con lo que planteará una vez más, igual que Reagan y otros, un problema si la economía no crece lo suficiente. Pero ese déficit, y el gasto público, no se explican por la defensa, ni por el muro, sino por el gasto social.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE

Panama Papers: reacción a las legislaciones fiscales

Por Iván Carrino. Publicado el 7/4/16 en:  http://www.ivancarrino.com/panamapapers-reaccion-a-las-legislaciones-fiscales/

 

Recientemente se conoció una filtración gigantesca de datos que recoge cómo miles de personas buscan ocultar su patrimonio armando sociedades offshore.

Los Papeles de Panamá, como se ha llamado a esta investigación conjunta de más de trescientos periodistas, ponen el ojo sobre un sinnúmero de personalidades que habrían utilizado la benevolente legislación fiscal de Panamá para defraudar al fisco o bien ocultar lo obtenido gracias a la corrupción.

A raíz de esto, me parece oportuno divulgar, como anticipo exclusivo, un extracto de mi próximo libro, Estrangulados, a publicarse este 20 de abril, en donde me refiero específicamente a esta cuestión:

A principios de 2015, Thomas Piketty, autor del famoso libro El capital en el siglo XXI, pasó por Buenos Aires. Además de presentar su obra, se tomó un tiempo para reunirse con la entonces presidente Cristina Fernández de Kirchner y también para compartir un almuerzo con Axel Kicillof y Alejandro Vanoli.

Consultado sobre el estado de la desigualdad en el mundo, Piketty cargó contra el enemigo de moda de nuestra época: los paraísos fiscales, esos “países que roban las bases tributarias de sus vecinos”.

Según un cercano colaborador suyo, Gabriel Zucman, la riqueza escondida en los paraísos fiscales asciende nada menos que a 7,6 billones de dólares, el 10% del PBI mundial y 15 veces el PBI de Argentina. Según su punto de vista, esto constituye un problema mayúsculo, ya que todo ese dinero deja de pagar impuestos con los cuales los gobiernos podrían llevar a cabo obras consideradas deseables por estos analistas.

Para los defensores del ahora llamado “Estado presente”, el Gobierno es el que está en mejor posición para administrar los recursos de la gente. Es por ello que lamentan que no se quede con todo lo que le gustaría del dinero de sus ciudadanos. Sin embargo, esta no es toda la verdad acerca de los paraísos fiscales.

Lo primero que debe decirse es que la denominación “paraíso fiscal” surge de una mala traducción del inglés al español, ya que tax haven no quiere decir ‘paraíso fiscal’ (eso sería tax heaven) sino ‘refugio fiscal’. Esta mejor traducción dota de mayor realismo lo que verdaderamente es, un refugio fiscal. A saber, un país a donde se acude para huir de la voracidad fiscal de los Gobiernos.

El atractivo de llevar el dinero a un refugio fiscal aparece porque estos, en general, tienen un trato impositivo muy favorable para los extranjeros que abren cuentas bancarias o constituyen sociedades en esas jurisdicciones. A veces, radicar una empresa en un refugio fiscal puede representar la diferencia entre pagar un 30% de impuestos a las ganancias o pagar cero por ciento. Sin embargo, el beneficio no se lo lleva solamente esa empresa, sino que se contagia a toda la economía.

Como señala Dan Mitchelltodos somos beneficiarios de los paraísos fiscales: “Antes que nada, si uno vive en un país desarrollado, los impuestos son probablemente mucho menores de lo que eran hace 30 años, gracias en parte a los paraísos fiscales. En 1980 las tasas más altas del impuesto personal en los países miembros de la OCDE promediaba más del 67% y las tasas corporativas en ese año promediaban casi un 50% […].

Sin embargo, empezando por Reagan y Thatcher, los Gobiernos se han esforzado por disminuir las tasas fiscales y reformar sus regímenes. Las tasas personales ahora promedian solamente cerca de un 40% y las corporativas se han reducido a un 27 por ciento. Es en gran medida la globalización —no la ideología— lo que ha conducido esta virtuosa ‘carrera hacia abajo’. Los Gobiernos están disminuyendo impuestos porque temen que los empleos y las inversiones se vayan de su país. Al proveer un refugio seguro para las personas que buscan evadir tasas confiscatorias, los paraísos fiscales han jugado un rol imprescindible. Los legisladores han concluido que es mejor recibir algún ingreso con tasas fiscales modestas que imponer altos impuestos y perder dinero”.

A menudo se acusa a los paraísos fiscales de ser refugio no sólo de las víctimas del Estado híper-recaudador, sino de terroristas, narcotraficantes y políticos corruptos. Esta acusación puede ser cierta, como es cierto que el dinero en efectivo es utilizado por quienes violan los derechos de terceros en su vida diaria como forma de vida. Sin embargo, si se quiere perseguir a quienes quiebran leyes, los que deben actuar son la Policía y el Poder Judicial, no los recaudadores de impuestos.

El enojo que generan los paraísos fiscales, en realidad, debería estar orientado hacia otro lugar: las elevadas tasas impositivas que cobran los Gobiernos y que nos quitan, no sólo nuestro dinero, sino también nuestra libertad. Los mal llamados paraísos fiscales no son más que una reacción frente a este orden de cosas.

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Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.