La obsesión de repetirse en el error

Por Andrés Scioscia:

La historia reciente de la Argentina se caracteriza por el fracaso sistemático de sus planes económicos implementados. A lo largo de los últimos casi 50 años, el país no ha encontrado un modelo sostenible de crecimiento y desarrollo de sus principales sectores. Han pasado por la Casa Rosada gobiernos militares, radicales, peronistas con visiones liberales o proteccionistas, alianzas, etc. Han gobernado entre crisis mundiales, épocas de bonanza medidas en términos de intercambio, en el marco de cambios de paradigmas económicos imperantes y diversos factores externos muy diferentes entre sí, pero siempre el resultado fue el mismo: crisis económica.

             Fueron públicas las recientes declaraciones del presidente Alberto Fernández acerca de su opinión sobre los planes económicos. Al margen de que todo gobierno siempre cuenta con uno, su estrategia de comunicación minimizando su relevancia, contribuye a un clima de incertidumbre, especulación, y de poca previsibilidad. Características que no son compatibles o sanas para el desarrollo y la proyección económica.

             En el presente trabajo, haré un breve análisis acerca de las características que compartieron los planes económicos desde 1975 hasta la actualidad. Éstos tienen como denominador común no solamente las crisis económicas a las que derivaron sino, además, causas o errores idénticos. Intentaré rescatar aquellas medidas que hayan proporcionado estabilidad y crecimiento para destacarlas en función de una posible aplicación al presente.

             En el año 1975 se produjo el famoso Rodrigazo. El paquete de medidas de Celestino Rodrigo sinceraba una situación económica con una devaluación del 100%, aumento de tarifas públicas en esa misma proporción y liberación de precios entre otras medidas. Abandonaba la rígida estructura del Pacto Social de Gelbard que arrastraba desequilibrios ya insostenibles para ese momento. Un mal diagnóstico de la inflación -Gelbard creía que no era producto de las expansiones monetarias que conducía el déficit fiscal, sino más bien por una incapacidad de la economía de alcanzar un equilibrio mutuamente aceptado entre ingresos del trabajador y los del capital-, una economía recalentada y un Pacto Social que congelaba precios y tarifas llevaron al estallido de 1975.

             El golpe militar de 1976, acompañado de un cambio de paradigma en el mundo de las ideas económicas, significó para Argentina el fin transitorio del régimen de sustitución de importaciones. Al igual que en el primer gobierno de Carlos Menem, la tendencia mundial era muy influyente. Tanto el fracaso de las políticas keynesianas que a fines de los años ’60 habían sumido a muchos países a lo que comenzó a denominarse como estanflación, como la caída del muro de Berlín, condujeron a estos gobiernos a implementar políticas de tipo librecambistas.

             El comienzo de todos los mandatos comparte prácticamente los mismos objetivos: la estabilidad de precios (combate a la inflación) y el crecimiento económico. El Pacto Social de Gelbard, la reforma financiera y la implementación de la tablita de la junta militar, el Plan Austral y Plan Primavera de Alfonsín, los controles de precios del kirchnerismo ni las metas de inflación de Macri tuvieron éxito en sus intenciones iniciales. La única excepción en el período comprendido fue la convertibilidad en su primera etapa.

             El análisis del crecimiento del PBI muestra que de 1976 a 1990 su incremento fue de solamente 0.7%. Algo similar sucede comparando el período 2011-2019. Es decir, en casi 25 años la economía argentina no se expandió y, por ende, su PBI per cápita cayó considerablemente teniendo en cuenta el aumento poblacional. Con el agravante de que, en esos lapsos de tiempo, el país sufrió altas tasas de inflación exponiendo el fracaso de los planes económicos implementados.

             Como si no aprendiera de sus errores, o si decidiera conscientemente volverlos a cometer, Argentina insiste con las mismas recetas hace muchas décadas. Un déficit fiscal cronificado y una inflación solamente pausada en la década del ’90 muestra cómo el país se repite en su error. Las políticas de estímulo a la demanda en procesos recesivos para incentivar el consumo, llevar la tasa natural de desempleo al pleno empleo en forma transitoria, o bajar artificialmente la tasa de interés para dinamizar los principales indicadores le significaron a la economía más problemas que soluciones en el mediano y largo plazo.

             El Plan Austral fue un intento de estabilización de una situación ya nuevamente desbordada. El cambio del signo monetario permitió una leve modificación en las expectativas. Durante 1985, mediante endeudamiento externo, el ahorro forzoso, la aplicación de retenciones a las exportaciones, entre otras medidas, Argentina logró bajar considerablemente su tasa de inflación y la brecha cambiaria. Pero el hecho de mantener intactas las causas estructurales del déficit fiscal hicieron que dicho plan tuviera que ser sustituido por otro a menos de dos años de su implementación. Un gasto público del 43% destinado al subsidio de la producción privada sumado al enorme déficit de las empresas públicas constituía un 10% del PBI. Sin ese Estado corrector de “ineficiencias de mercado”, la economía hubiese pasado a un superávit del 3%. Para financiar ese gasto público exacerbado, se aumentaban impuestos, se utilizaban fondos del sistema previsional, se aumentaba la emisión monetaria y el endeudamiento externo. Esa imagen es casi un calco del gobierno de Cristina Kirchner. Con el rebrote de la inflación se ensayó el Plan Primavera con los mismos objetivos, pero sin medidas tan profundas. Para 1989, la hiperinflación y la corrida bancaria llevaron a Alfonsín a adelantar las elecciones.

             La introducción de la Ley de Convertibilidad fue, quizás, el plan más exitoso en el combate a la inflación. Logró bajar una tasa anual de 5.000% a un dígito en dos años. Sumado a la reforma del Estado, la desregularización de la economía, la baja de aranceles e impuestos, y la quita de restricciones a las exportaciones, permitió un crecimiento económico sostenido en ese primer mandato y una caída del índice de pobreza. Al no haber podido desregular el mercado laboral, el desempleo aumentó como consecuencia de dos motivos: el sector privado no pudo absorber a los empleados públicos que la reforma del Estado había dejado sin trabajo, ni tampoco a aquellos que se incorporaban al mercado ofreciendo su fuerza de trabajo.

             El primer gobierno de Menem significó un camino a la estabilidad. Los cambios de hábitos de las personas posponiendo consumo presente por consumo futuro generó ahorro. Surgió un incipiente mercado de capitales a partir de las AFJP. Comenzaba a haber créditos a tasas accesibles para viviendas. En términos generales, la economía argentina mostraba rasgos de una economía más sana que tiempos pasados. Pero, evidentemente, este programa requería inexorablemente de ajustes y actualizaciones. Si bien, producto de una disciplina monetaria y cierta austeridad fiscal permitieron que la crisis del Efecto Tequila no afectara a la estructura de la convertibilidad, el déficit fiscal creciente se financiaba con endeudamiento externo.

             Pero no toda la década que abarca la convertibilidad tuvo los mismos resultados. Y esa desigualdad es la que deja de manifiesto las dificultades que ese plan tenía. Para 1997 ciertas alarmas comenzaban a sonar. Se presentaba un contexto externo desfavorable. La crisis asiática de ese año afectaba a principales socios comerciales de Argentina. En 1998 una crisis financiera golpeó a Rusia y para 1999 la devaluación del Real hacía a Brasil mucho más competitivo en relación a la Argentina que ya mostraba cierto atraso con su tipo de cambio fijo. La situación global contribuía a ciertas dificultades críticas que la economía argentina arrastraba desde los principios del menemismo. Un desequilibrio fiscal, aunque reducido, con una imposibilidad de expansión monetaria ligado a flujos de comercio exterior ahora afectados. Términos de intercambio que ya no eran los mismos, obligaron a financiar ese déficit fiscal (que a valores de hoy parece irrisorio) con endeudamiento externo. La convertibilidad comenzó a exponer su propia fragilidad.

             El hecho de no haber corregido ciertas variables que el plan ya demandaba -Fernando de la Rúa gana las elecciones prometiendo mantener el 1 a 1- derivó en la crisis del 2001. En ese marco se comenzaron a implementar las recetas que suele utilizar la política para hacer ajustes encubiertos. La pesificación asimétrica significó la salida de la convertibilidad, transformando cada dólar a un nuevo cambio de $1.40 perpetrando, de esta manera, una nueva estafa de la política hacia la ciudadanía. Este modus operandi de devaluar o utilizar a la inflación como mecanismo para licuar salarios reales y así ajustar las variables macroeconómicas fue aplicado durante muchas etapas de la historia argentina. Teniendo en cuenta el panorama actual, no parece muy descabellado que implementen esta metodología para reajustar los desequilibrios fiscales y monetarios que la economía presenta en la actualidad.

             Naturalmente, la economía luego de tocar fondo rebotó. Los años venideros posteriores a la crisis fueron acompañados por históricos términos de intercambio favorables. Argentina comenzó a crecer a tasas verdaderamente altas al igual que toda la región. Las tasas de interés mundiales, además, eran considerablemente bajas lo que permitió financiar la inversión privada. Las políticas implementadas por el gobierno de Néstor Kirchner y el primer mandato de Cristina Fernández no hicieron más que repetir viejas recetas. El estímulo al consumo y al desempleo mediante expansiones monetarias comenzó a generar los primeros dígitos de inflación luego de muchos años de estabilidad.

             El crecimiento a tasas chinas de todo este período en base a exportaciones fue asignado no a la confección de un modelo eficiente de producción y desarrollo, sino a un aumento del tamaño del Estado que prácticamente se duplicó en términos de PBI en menos de diez años. El superávit fiscal y un considerable aumento de la presión impositiva generaba una recaudación récord que fue destinada al surgimiento, una vez más, del denominado Estado de Bienestar asistencialista e intervencionista. La creación de diversos planes sociales, el ingreso de millones de jubilados sin aportes previos a un régimen previsional que ya había absorbido a los aportes privados de las estatizadas AFJP, un aumento de la planta estatal en más de un millón y medio de nuevos empleados, y los programas y secretarías estatales varias terminaron aplastando a un sector privado cada vez más pequeño y asfixiado.

             La caída de los términos de intercambio llevó al segundo gobierno de Cristina Fernández a una estanflación que terminó forjando el cierre de ese período. La llegada de Macri implicaba, tal como sucedió con Menem, un mandato enfocado a la cuestión económica. Un gobierno débil que no supo, no pudo o no quiso implementar ningún tipo de política ortodoxa y que, como no podía ser de otra manera, fracasó en todas sus intenciones. Un déficit fiscal exorbitante, sin intenciones de ser combatido en la práctica, fue financiado con deuda externa. Una vez que los mercados fueron cerrándose, el gobierno de Macri no tuvo más remedio que acudir al Fondo Monetario Internacional para firmar el acuerdo número 28 que Argentina tuvo con esa institución en 60 años.

             Cuesta reconocer aciertos en los planes económicos implementados en el pasado que puedan replicarse en el presente. Considero que, más que buscar soluciones en la historia, es indispensable que Argentina deje de construir ficciones y sincere su realidad para comenzar a construir un modelo de desarrollo.

             En la actualidad, el país se enfrenta a uno de sus peores panoramas de la historia.  Si bien se puede tomar como punto de partida la exitosa renegociación de la deuda, el escenario que dejará la crisis mundial del coronavirus será catastrófico. De acuerdo a estimaciones, en 2020 la economía argentina se contraerá en, aproximadamente, 15%. Esto sumado a un déficit fiscal de 10% del PBI, una inflación contenida y estimulada por una caída de la demanda de dinero, una pobreza que superará a la mitad de la población y un desempleo de más de dos dígitos conforma la peor situación que ha sabido vivir la Argentina.

             Es por ello que es sumamente necesario no volver a implementar políticas que la evidencia empírica y nuestra propia experiencia muestran que solo contribuyeron a la construcción de una realidad ficticia en el corto plazo. No podemos esperar un nuevo milagro argentino que se fundamente en términos de intercambio favorables. Argentina requiere de profundas reformas estructurales que permitan readecuar el sistema productivo. El déficit fiscal no podrá financiarse tal y como se está haciendo hoy en día vía emisión monetaria (la base monetaria tocó su punto histórico al inyectar un billón de pesos), tampoco por medio de endeudamiento externo, ni mucho menos aumentando impuestos. Por ende, deberán recurrir a medidas más originales para bajar el gasto público. El actual gobierno cuenta con la espalda suficiente para poder tomar medidas que conlleven costos políticos grandes. Será necesaria una reforma laboral que permita, por lo menos en forma transitoria, cierta flexibilidad para contratar y despedir, de manera que, el desempleo post crisis pueda ser absorbido por el mercado laboral. A su vez, es indispensable transformar los planes sociales perpetuados en trabajo real. Tanto para los beneficiaros de dichas asignaciones como para aquellos empleados públicos sin funciones en la órbita estatal que deben ser removidos de sus puestos, una reforma educativa debería formarlos y capacitarlos para su posterior introducción al mercado de trabajo.

             De no implementar medidas nuevas que dinamicen a los principales actores de la economía argentina, nuevamente estaremos en presencia de una realidad ficticia que seguirá contribuyendo a la pobreza y el desempleo. La mala asignación de recursos genera improductividad y destrucción de capital. Argentina hoy no cuenta con herramientas ni recursos para seguir posponiendo las soluciones a sus problemas estructurales cronificados. Está claro que las políticas gradualistas no han tenido éxito y es vital la implementación de medidas ortodoxas que encaucen el aparato productivo.

Bibliografía:

Gerchunoff, P., Llach, L. (2018), El ciclo de la ilusión y el desencanto.

Rappoport, M. (2005), Historia económica, política y social de la Argentina 1880-2003.

Andrés Scioscia es Licenciado en Administración (Universidad de Belgrano) y cursa la Maestría en Economía y Ciencias Políticas (ESEADE).

La Escuela Austríaca de Economía (5° parte)

Por Gabriel Boragina. Publicado en: http://www.accionhumana.com/2019/04/la-escuela-austriaca-de-economia-5-parte.html

 

“Proposición 5: El sistema de precios es un medio de economizar la información que la gente necesita procesar para la toma de decisiones. Los precios sintetizan los términos de intercambio en el mercado. El sistema de precios transmite a los participantes en el mercado la información relevante, ayudándoles a obtener ganancias mutuas mediante el intercambio.”[1]

El sistema de precios es una especie de filtro que depura todo tipo de información, descartando lo que podríamos llamar la “información basura”, es decir, la que no es relevante para la toma de elecciones, de los datos que si resultan de verdadera importancia y claves para que los operadores del mercado tomen sus arbitrajes finales. Si este sistema se adultera enviando señales distorsionadas, por factores ya sean endógenos o exógenos, es como un tablero de señales (como lo denominara Friedrich A. von Hayek) empieza a fallar y emitirá indicaciones falsas o -al menos- deformadas que impedirá que los agentes económicos adopten las mejores y más oportunas determinaciones.

“De acuerdo con el famoso ejemplo de Hayek, cuando la gente se da cuenta que el precio de la hojalata ha subido, no necesita saber si la causa está en el aumento de la demanda de hojalata o en la disminución de la oferta. En cualquier caso, el aumento en el precio de la hojalata hace que la gente tienda a economizar su uso.”[2]

Esta economización del uso de la hojalata operará como en sentido contrario, es decir, bajará la demanda por hojalata, lo que hará que el precio de la misma también tienda a bajar. Es la señal que el precio trasmite al público enviando el mensaje de que el precio está demasiado alto a lo que estaba en algún momento anterior, lo que combinado por la comunicación contraria que el mismo precio envía a los productores y comerciantes del producto, los incentiva a estos últimos a invertir en el sector, con lo que la oferta aumentará y el precio se reducirá hasta el punto en que confluyan oferta y demanda y -al precio del mercado- toda la producción efectiva será vendida.

“Los precios en el mercado cambian rápidamente cuando varían las condiciones subyacentes, lo que conduce a que las personas se ajusten rápidamente a las nuevas circunstancias.”[3]

De no haber precios la gente debería invertir una cantidad de tiempo y esfuerzo muy considerable para averiguar cuál sería, y el costo de lo que necesita, y donde encontrarlo, tal y como sucedía en la lejana época del trueque, y en los países comunistas y socialistas en donde los precios no existían o estaban fuertemente desfigurados. Para que el sistema funcione es necesario que preexista propiedad privada de los bienes de producción y de consumo, y la presencia de un mercado libre de regulaciones estatales. Sin estas dos condiciones los precios no aparecen o se falsean, al extremo tal que ya no cumplen su función orientadora.

“Proposición 6: La propiedad privada en los medios de producción es una condición necesaria para la racionalidad del cálculo económico. Los economistas y los científicos sociales han reconocido desde hace largo tiempo que la propiedad privada provee de poderosos incentivos para la asignación eficiente de los recursos escasos. Pero los simpatizantes del socialismo pensaron que el sistema socialista podía superar los problemas de incentivos mediante la transformación de la naturaleza humana. Ludwig von Mises demostró que incluso si se asumiera que la transformación de la naturaleza humana fuera posible, el socialismo fracasaría debido a la incapacidad de los planificadores económicos de calcular racionalmente el uso alternativo que se les otorgue a los recursos [5]”[4]

Como hemos explicado tantas veces, la propiedad privada es un hecho de la naturaleza, surge de la evidencia que los recursos son escasos frente a las necesidades humanas que son ilimitadas. Esta circunstancia insoslayable, que brota de la más pura realidad de la observación del mundo natural en el que vivimos, impone a los seres vivos la necesidad de economizar los recursos habidos, al punto de evitar su consumo irracional. A diferencia de los animales (exceptuando algunas variedades que tienen la extraña propensión a economizar recursos como el hombre) el género humano no sólo debe economizar, sino también debe reponer lo que consume y provisionar para el consumo futuro, lo que -en un mundo de escasez- sólo es posible mediante la apropiación de ciertos recursos, que pueden más tarde ser intercambiados por otros más elaborados y que -a su vez- sean útiles, tanto para el consumo inminente como para el futuro a través del adecuado aprovisionamiento. Sólo mediante la propiedad privada ello puede ser posible, y pese a que se han ensayado (unas mil veces) sistemas alternativos de propiedad común, estos han demostrado recurrentemente su más completo fracaso.

“Sin propiedad privada en los medios de producción, sostuvo Mises, no habría mercado para los medios de producción y, por lo tanto, no habría precios monetarios para los medios de producción. Sin precios monetarios que reflejaran la escasez relativa de los medios de producción, los planificadores económicos serían incapaces de calcular racionalmente el uso alternativo de los medios de producción.”[5]

En un célebre ejemplo -que da el profesor Alberto Benegas Lynch (h)- los directores comunistas y socialistas no sabrían si es más económico pavimentar los caminos con oro o con cemento, ya que no les sería posible conocer sus escaseces relativas por obra de la falta de precios. Pero los precios son una consecuencia no una causa, dado que dependen de la efectividad de los mercados que, a su turno y en escala ascendente, son accesorios de la precedencia de propiedad privada de los medios de producción.

La teoría de la imputación -por su lado- demuestra que de nada vale sostener que, conservando la propiedad privada de los bienes de consumo puede eliminarse la de los medios de producción, porque los precios están determinados en cada eslabón de la cadena productiva y de comercialización, desde el producto final y en forma empinada, hasta el bien de producción originario.

[1] Peter J. Boettke. *Hacia una Robusta Antropología de la Economía**La Economía Austriaca en 10 Principios* Instituto Acton Argentina. Trad: Mario Šilar

[2] Boettke, P. ibidem

[3] Boettke, P. ibidem

[4] Boettke, P. ibidem

[5] Boettke, P. ibidem

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

Banca Libre en Australia (1830 – 1959)

Por Nicolás Cachanosky. Publicado el 14/5/13 en http://puntodevistaeconomico.wordpress.com/2013/05/14/banca-libre-en-australia-1830-1959/#more-4979

 Cuando se discute la performance de sistemas de banca libre se suelen mencionar los casos Escocés y Canadiense como comparación respecto a la performance de Inglaterra y Estados Unidos respectivamente. Kevin Dowd tiene un interesante capítulo sobre el caso Australiano en The Experience of Free Banking y en Laissez-Faire Banking. Dado que este capítulo no está disponible online, dejo un resumen en este post resumiendo el caso.

 El caso de banca libre en Australia tiene dos características interesantes. En primer lugar su larga duración de alrededor de un siglo (dependiendo de cuándo se tomen las fechas de inicio y fin) y también que hubo un caso de crisis bancaria importante. El caso de Australia, por lo tanto, permite ver la evolución de un sistema de banca (bastante) libre por un largo período de tiempo y cuáles fueron las condiciones que llevaron a la crisis de 1890.

En 1820s no había aún una única moneda en Australia. El gobernador MacQuarie intentó introducir su propia moneda (el ‘holey dollar’). Por otro lado, el gobernador Brisbane intentó introducir el dolar español. Estos intentos culminaron cuando el gobierno británico impuso la Libra Esterlina convertible en oro extendiendo su uso a las colonias. Este fue el origen del Australian pound.

La economía Australiana creció sostenidamente durante la década del 30. En este período nació el Banco de Australasia en 1835 que marcó un antes y un después en el sistema bancario australiano. A partir de entonces la actividad bancaria comenzó a desarrollarse más rápidamente. Como el caso Escocés y Canadiense, y a diferencia del caso Norteamericano, el “branching” estaba permitido y los bancos se expandieron con numerosas sucursales que les permitía diversificar el riesgo y mover reservas de una a otra sucursal. El sistema bancario y las instituciones financieras crecieron sostenidamente hasta 1890. Australia era uno de los países con más sucursales per capita con 7 grandes bancos como los principales actores del mercado. La competencia entre bancos llevó a una reducción de las ganancias económicas, lo que se opone a la tesis de la colusión o cartelización del sistema bancario. Tampoco hay evidencia de un caso de monopolio natural en la emisión de notas bancarias. Las reservas bancarias pasaron del 26% en 1851 al 4.5% en 1890 y 3.9% en 1901. Este nivel de reservas, menor a los casos americano e inglés, sugiere un mayor nivel de desarrollo bancario (mayor bancarización -circulación de notas bancarias en lugar de especie).

A partir de 1863 comienza a cambiarse de manera gradual la responsabilidad de los accionistas haciendo de la misma ilimitada; es decir, los accionistas de los bancos debían responder ilimitadamente con su patrimonio en caso de quiebra del banco. En Estados Unidos, el grado de responsabilidad por parte de los accionistas podía variar de estado a estado. Generalmente era un sistema de responsabilidad expandida, pero no ilimitada (por ejemplo, los accionistas deben responder con su patrimonio hasta el doble del patrimonio del banco). En Escocia, en cambio, el grado de responsabilidad no estaba regulado y el mercado funcionara con responsabilidad ilimitada. Cuando los accionistas se someten por si mismos a un sistema de responsabilidad ilimitada están enviando una señal al mercado de que ellos también tienen mucho que perder si el banco quiebra (se evita un problema principal-agente, riesgo moral, etc.) Por el mismo motivo, y dado que el patrimonio privado es colateral del banco, el banco puede acceder a prestamos a menor tasa de interés para cubrir liquidez de corto plazo o extender préstamos a terceros.

La crisis que sacudió a Australia en 1890 fue una combinación de factores reales y de una mala regulación por parte del gobierno sobre el sistema bancarios. Los bancos habían expandido su cartera de créditos a la compra de lotes de tierra durante 1880. Los bancos más experimentados percibieron un posible cambio en la tendencia de precios y comenzaron a subir las tasas de interés que pedían por empréstitos para actividades relacionadas a la compra o trabajo de la tierra. En conjunto con la caída de precios de la tierra, los precios internacionales también afectaron negativamente los términos de intercambio de Australia disminuyendo la entrada de oro neta al país.

En 1891 quiebra el primer banco, el Bank of Van Diemen’s Land, que a contracorriente de otros bancos decidió seguir apostando al sector inmobiliario. Los bancos afectados por la quiebra del Van Diemen’s Land intentaron mantenerse a flote pidiendo redescuentos al Federal Bank. El Federal Bank otorgó redescuentos hasta que su propia situación se volvió insostenible y comenzó a retirar los créditos a los otros bancos poniendo a los mismos en apuros.

La crisis tuvo un nuevo impulso cuando en 1893 el Federal Bank no pudo hacer frente a los retiros de depósitos. El Federal Bank había sido aceptado, con reparos, hacía tan solo tres meses a la red de Associated Bank. Los Associated Banks era un grupo formado en 1892 por los mismos bancos (bajo presión del gobierno, y también por algunos bancos privados) que funcionaban como una red bancaria comprometiéndose mutuamente a otorgarse redescuentos. Es decir, algo parecido al rol que cumplían las clearing house entre bancos privados; aquel banco en buen estado de membresía en el clearing house calificaba para pedir préstamos a terceros. Los bancos miembros del Associated Bank se negaron a salvar al Federal y este debió cerrar. Por un lado la red de Associated Banks logró evitar una corrida bancaria dado que no se afectó al sistema bancario en general; pero por el otro lado, al negarse un salvataje al primer miembro en dificultades, también asomaron dudas sobre el rol futuro de los bancos asociados.

El Commercial Bank, con fuerte exposición en créditos hipotecarios en lotes de tierra se vio fuertemente afectado. El gobierno presionó a los Associated Banks para que salvaran al Commercial. Pero los miembros más grandes, como el Union Bank y el Bank of Australasia dudaban de poner en riesgo su solvencia por salvar a un banco que no había corregido a tiempo su portfolio de inversiones. El Union y el Australasia, junto a otros bancos, habían estado recibiendo depósitos desde 1892. El efecto contrario al de una corrida bancaria. En medio de la crisis, y con quiebras como el del Federal y el Commercial, los bancos más eficientes no vieron su confianza disminuir frente a los ojos del público. Para estos bancos la crisis fue una oportunidad para expandir su market share.

Cuando el Commercial quiebra, sin embargo, el gobierno permite un reestructuración que le permitió al banco volver a abrir sus puertas bajo el mismo nombre en tan solo cuatro días pero sin tener responsabilidad sobre los créditos anteriores a la quiebra y reestructuración. En otras palabras, la legislación de facto salvo al Commercial a expensas de los depositantes y otros acreedores. Esto, sin embargo, afecto al resto de los bancos que no tenían la libertad de ignorar créditos pasados como el Commercial. La fuga de reservas del sistema bancario hacia el Commercial llevó a una cadena de suspensiones y reestructuraciones en el resto de los bancos que no hubiese sido necesaria si el gobierno no hubiese salvado al Commercial.

El hecho que el gobierno haya impuesto un feriado bancario de 5 días tampoco ayudó a la estabilidad del sistema bancario. Bajo un feriado bancario se incrementan las dudas sobre el sistema en general y no se separa tan claramente entre bancos insolvente y bancos ilíquidos. El Union y el Australasia se opusieron fuertemente al feriado bancario e intentaron mantener sus puertas abiertas para ofrecer cualquier servicio que les fuera posible. El Union, el Australasia y el Bank of New South Wales (el tercer grande junto al Union y Australasia) lograron mantener la confianza del público, pero el resto de los bancos no pudieron hacer frente al efecto del feriado bancario.

La crisis de 1890′ durante el período de banca libre en Australia tuvo algunos aspectos reales, como el cambio de precios de la tierra y de los términos de intercambio. Esto, sin embargo, es un problema ajeno al sistema bancario, y no se puede decir que la banca libre sea más inherentemente frágil ante cambios reales en la economía que el sector inmobiliario es inherentemente frágil ante cambios del precio de la tierra y que por ende debe haber una Inmobiliaria Central (monopólica y estatal.) De hecho, los sucesos durante la crisis muestran que los bancos eficientes lograban diferenciarse de los bancos ineficientes y, como en cualquier mercado, es de esperar que los ineficientes quiebren liberando recursos a manos de quienes son más eficientes. Esto es lo que sucedía con la captura de depósitos en medio de la crisis por parte del Australasia, el Union y el New South Wales.

¿Es el caso de la Associated Banks una muestra de los límites del clearing house y de la necesidad de un banco central? Si bien hay similitudes no es un buen caso para cuestionar los límites de un clearing house respecto a los de un banco central. En primer lugar la Associated Banks era una red de bancos, no precisamente un clearing house. En segundo lugar, el Associated Banks se crea en medio de la crisis (bajo presión del gobierno) y es de esperar que los primeros bancos en pedir asistencia sean bancos insolventes que han invertido en proyectos de baja rentabilidad o muy riesgosos, en lugar de bancos solventes con un problema de liquidez de corto plazo. Es decir, es de esperar que bajo las condiciones en que se originó la Associated Banks los primeros bancos en pedir asistencia sean precisamente los bancos que no deben recibirla.

Pero la crisis de 1890′ tuvo una clara presencia de regulaciones ineficientes sobre el sistema bancario. Especialmente la reestructuracion del Commercial que llevo a una suspensión en cadena de bancos en buen estado y el feriado bancario. Ambas medidas pusieron en duda la solvencia de bancos solventes, llevando la crisis a una situación a la cual el propio mercado estaba poniendo límites.

Luego de los eventos de la crisis de 1890 la confianza del sistema bancario en general se vio afecta, el humor social cambió y el anterior favor a un sistema bancario libre fue reemplazado por la necesidad de regular al sistema. Los políticos de turno culparon al sistema bancario de usureros y fuentes de injusticias sociales y económicas. Luego de varios años de regulaciones y cambios, finalmente en 1959 se funda el Banco Central de Australia.

Los factores que llevaron a la creación de un banco central fueron varios. Por un lado Australia no estuvo ajena la interrupción internacional del patrón oro en la Primer Guerra Mundial. En 1915 se prohíbe la exportación de oro y se suspende la convertibilidad de las notas bancarias. Junto a Inglaterra, Australia retoma la convertibilidad de sus notas en 1925. Por otro, el creciente rol del Commonwealth en el mercado cambiario y monetario en búsqueda de recursos monetarios para el tesoro impuso mayores regulaciones y restricciones al sistema bancario reduciendo su eficiencia. Y en tercer lugar el cambio de opinión pública mencionado en el párrafo anterior.

El caso Australiano, junto al Escocés, Canadiente y otros, muestra que el sistema de banca libre dista de ser inestable y que los temores y objeciones asociados al patrón oro no son una falla de mercado, sino que son una falla del estado.

Nicolás Cachanosky es Doctor en Economía, (Suffolk University), Lic. en Economía, (UCA), Master en Economía y Ciencias Políticas, (ESEADE) y profesor universitario.