La sacarina engorda

Por José Benegas. Pubicado el 29/1/16 en:  http://josebenegas.com/2016/01/29/sacarina/

 

— 101.
— ¿101? No puede ser.
— Pero es.
— Me pesé antes de salir, daba 98.

La enfermera siguió llenando los datos de Alfonso como si no hubiera escuchado. Era tan habitual que las balanzas de los pacientes dieran menos que la de precisión de 900 dólares del consultorio y que lo hicieran siempre cerca de las cifras redondas, que le aburría seguir la conversación. Alfonso quedó mirando a la espera de continuar la disputa pero no tuvo más remedio que desistir. La odió.

El médico nutricionista que le recomendó su clínico, el doctor Alvaro Alvarez, lo recibió con una sonrisa. Le explicó el resultado de los estudios que le había hecho y le dio una serie de recomendaciones, que podrían resumirse en la necesidad de una hora de ejercicio aeróbico diario, prohibición de grasas, no azucar, no alcohol, drástica reducción de harina y un recetario de cocina cuyo contenido más excitante era una manzana asada preparada con edulcorante. Todo eso durante tres meses hasta el próximo control.

Acostumbrado a negociar por su profesión de político, Alfonso intentó explicarle que había leído sobre los beneficios del vino, la fuente de proteínas que es el asado, la antidieta y otras muchas teorías que encontró en internet, pero Alvarez ni siquiera se mostró interesado. Apenas le dijo: “Señor diputado, entienda que usted es el que tiene el problema, no yo. Mi trabajo es hacer que viva muchos años, le acabo de dar mi mejor consejo. Usted es un adulto y se necesita un adulto para combatir sus problemas de salud”. Tras lo cual, con otra sonrisa, lo acompañó a la puerta y lo despidió.

¡Que hijo de puta! pensó Alfonso. Le contó al llegar a casa a Gabriela lo que le habían dicho.

“Que desastre”, comentó ella.

— ¿Pero le dijiste lo importante que es para vos el encuentro con tus amigos los domingos para ver el fútbol con pizzas y cervezas?

— Ni llegué a decirle eso, el tipo un témpano. Si lo vieras, una terrible insensibilidad. En ningún momento pareció interesarse por mi. Me trató como un robot contando calorías.

Se quedaron en silencio. Gabriela especulaba con que a ella le dijera lo mismo el tal doctor Alvarez, porque tenía su propio turno para la semana siguiente. Esa noche le preparó a su marido un zapallito hervido, medio huevo duro y una galletita de agua, acompañado con jugo diet de maracuyá. Ella se sirvió una milanesa que había quedado del almuerzo, con puré de papas, también con el jugo diet de maracuyá para mostrar solidaridad con su marido.

No hablaron durante toda la comida. Mientras tomaban el café y se incumplía la primera regla de no usar azucar, Alfonso comentó que no sentía ninguna diferencia, que no se sentía mejor. “¿Vos me ves mejor?”

Al día siguiente ahogó sus penas con una cerveza y unos salamines con su amigo Ivan, quién por suerte le dio una salida. Le habló de la Clínica Carr, que tenía una metodología muy eficiente para bajar de peso, basada en las necesidades emocionales de los pacientes. Justo lo que Alfonso necesitaba, algo más humano, menos “calculista”, dijo. Desde el mismo bar arregló un turno para el martes.

Se sentía feliz otra vez, esa noche festejaron con Gabriela con los riquísimos ravioles al whisky que ella hacía, receta de su madre. Durante el fin de semana aprovecharon para comer de todo, antes de empezar el nuevo régimen de la Clínica Carr. “Los gustos hay que dárselos en vida”, dijo Gabriela.

Ya el aspecto de la nueva Clínica le pareció mucho mejor a Alfonso. Estaba llena de aparatos, computadoras. En la sala de espera había un televisor 4K sintonizado en ESPN. Las enfermeras eran espectaculares, todas con minifalda. En otra pared había un cartel con el lema de la institución: “Bajar de peso con fe y esperanza”.

El doctor Axel Karlitos le cayó diez puntos. Un tipo fenómeno que hablaba de fútbol y de política. De verdad el día y la noche entre una y otra experiencia.

— Mire don Alfonso, vamos a ir de a poco, hasta que usted se acostumbre. Nosotros tenemos la filosofía de que la dieta tiene que adaptarse al paciente y no el paciente a la dieta. Lo que queremos es construir una relación y dejarnos interpelar por sus sensaciones.

— Magnífico doctor, estoy preparado para hacer lo que haya que hacer para estar bien.

— Muy bien, la actitud es lo primero. Empezaremos por reemplazar el azúcar por edulcorante. En tres meses vuelva para un control.

— ¿Nada más?

— Por ahora no.

— Bueno, si hay que hacer sacrificios se hacen doctor. La pizza y la cerveza son importantes para mi, porque los domingos nos reunimos con nuestros amigos a ver fútbol.

— Ok, no lo deje, pero sea moderado.

Alfonso pondría lo mejor de si. Estaba feliz por el trato humano que había recibido. En los meses siguientes fue bastante estricto con la prohibición del azúcar. El problema fue cuando vio a su clínico nuevamente y este le dijo que todos sus valores habían empeorado y que su peso estaba ahora en 120.

Desde todo punto de vista ese fue un momento clave en la vida de Alfonso. Se sentía estafado, que se habían burlado de él. Pensó en mucha gente que estaría pasando por circunstancias similares. El era ante todo, se decía en el taxi volviendo a su casa, un político. Un político se debe a la gente y si sus propias experiencias no lo hacían reflexionar para volcar todo su potencial hacia las personas de carne y hueso, ese político no servía para nada.

Esa noche se pusieron a trabajar con Gabriela en una nueva campaña, que en pocos meses lo llevaría a la fama nacional, a subir en las encuestas y a convertirse en la nueva figura del país. Primero la esbozó en un memo titulado “La sacarina engorda”. Ahí contaba cómo en la Clínica Carr le habían mentido acerca de la posibilidad de adelgazar con sacarina, cuando en verdad había comprobado en carne propia que engorda como pocas cosas que haya comido antes. Acusó a los médicos en general de vivir en un mundo aparte, sin pensar en la gente que solo quiere un poco de felicidad. Sobre todo aquellos que como él tenían una tendencia a engordar, esos eran los que merecían mayor comprensión de la sociedad. Proponía empezar por tirar la sacarina que cada uno tuviera en casa y subir videos a Youtube.

El memorandum fue publicado en el diario La Nación, después de que circulara por las redes sociales. En pocas semanas Alfonso había recorrido todos los medios como el nuevo gurú de la nutrición basada en la felicidad, no en la dieta que era una receta que venía importada desde los grandes centros de poder. Inició una campaña para prohibir la sacarina, juntando millones de firmas. El hashtag #LaSacarinaEngorda fue tendencia mundial durante varias semanas.

Su popularidad creció tanto que Partido decidió en agosto postularlo ese año para la presidencia. Aunque ni él lo podía creer, ganó las elecciones con el 61% de los votos, una semana después de que la Clínica Carr fuera clausurada por el intendente y el doctor Axel procesado y detenido por asociación ilícita.

Alfonso ordenó que inmediatamente después de jurar como presidente le tuvieran preparado el decreto prohibiendo la sacarina, sustancia propia del colonialismo cultural. Quería que el momento de la firma sea transmitido por cadena nacional.

Antes de que se encendieran las luces para la transmisión, Alfonso sentado en el sillón de Rivadavia sentía que había cumplido con el propósito de su campaña. Era feliz.

Fue el momento en que cayó de cara sobre la hamburguesa con queso y las papas fritas que le había preparado su nuevo nutricionista. La coca cola salió despedida y mojó al camarógrafo.

El presidente rodó por el piso y su presidencia llegó a su fin.

 

 

José Benegas es abogado, periodista, consultor político, obtuvo el segundo premio del Concurso Caminos de la Libertad de TV Azteca México y diversas menciones honoríficas. Autor de Seamos Libres, apuntes para volver a vivir en Libertad (Unión Editorial 2013). Conduce Esta Lengua es Mía por FM Identidad, es columnista de Infobae.com. Es graduado del programa Master en economía y ciencias políticas de ESEADE.

Los intelectuales y la política:

Por Alberto Benegas Lynch. Publicado el 18/10/12 en http://diariodeamerica.com/front_nota_detalle.php?id_noticia=7533

 La función primordial de los ámbitos académicos es evaluar, discutir y proponer ideas independientemente de su comprensión o incomprensión por parte de la opinión pública. Es un microcosmos del que parten las novedades. En este nivel es irrelevante si las ideas en cuestión son o no son populares, lo importante es su validez o invalidez a juicio de sus propulsores.

A veces se presentan posiciones como si fueran mutuamente excluyentes, pero miradas desde una perspectiva abarcadora no resultan incompatibles. Veamos este asunto por partes. La función primordial de los ámbitos académicos es evaluar, discutir y proponer ideas independientemente de su comprensión o incomprensión por parte de la opinión pública. Es un microcosmos del que parten las novedades. John Stuart Mill ha dicho que todas las nuevas ideas expresadas con la suficiente insistencia indefectiblemente pasan por tres etapas: la ridiculización, la discusión y la adopción. En este nivel es irrelevante si las ideas en cuestión son o no son populares, lo importante es su validez o invalidez a juicio de sus propulsores.

Hay en este plano un efecto multiplicador tal como ocurre con una piedra arrojada en un estanque: se forman círculos concéntricos que abarcan radios cada vez mayores a medida que, en nuestro caso, se van abriendo paso las nuevas ideas. Todo lo que disponemos con naturalidad hoy ha sido la creación solitaria de alguna mente que muchas veces se la juzgó como demente hasta que se la adoptó, luego de lo cual la gente actúa como si siempre hubiera estado presente la innovación, es como si hubiera aparecido por ósmosis. Los prácticos de este mundo no hacen más que aplicar buenas teorías fabricadas trabajosamente por otros, de allí el aforismo de que “nada hay más práctico que una buena teoría”.

En esta instancia del proceso evolutivo, la política opera en un sentido completamente distinto. Su material discursivo es lo que se comprendió y aceptó, no lo que eventualmente va a ocurrir. Su función no es abrir caminos sino transitar los que ya se encuentran a disposición de la gente. No proceden ni pueden proceder con independencia de los que ha digerido la opinión pública.

Son funciones cruzadas: si el intelectual, antes de dictar su clase, averigua que es lo que quieren escuchar sus estudiantes, estará perdido como profesor. Pero si el político no escucha debidamente lo que su audiencia le reclama y procede independientemente se sus demandas, tendrá sus días contados como político.

Ilustremos esto una vez más con un gráfico en el que se destaca el punto de máxima y de mínima que permite la opinión pública en cuanto a recetas de políticas públicas. Supongamos que se trata de más o menos libertad. Los de tendencias liberales que propongan medidas más radicales de lo que el punto de máxima marca como límite de absorción, indefectiblemente perderán apoyo electoral. Si, en cambio, el de raigambre trotskista sugiere medidas más extremas de lo que el punto de mínima permite, también será castigado en las urnas. Es inexorable, el político es en última instancia un cazador de votos, por lo que le resulta imposible navegar por fuera del aludido plafón.

Ahora bien, el asunto radica en saber de que dependen las fluctuaciones de la aparentemente misteriosa opinión pública, para lo que debemos mirar al mundo intelectual que, para bien o para mal, es responsable de los referidos corrimientos. De allí es que resultan tan trascendentales las faenas educativas. De allí procede el sentido de bautizar a cierta etapa de la historia como “la era de Marx” o “la era de Keynes”. No es que los políticos hayan leído las respectivas obras (a veces ni siquiera conocen sus títulos), es que están embretados a recurrir a un discurso que apunte en esa dirección, si es que quieren sobrevivir como políticos.

El académico que no es intransigente con sus ideas es un impostor y, por el contrario, el político que se muestra intransigente con ideas que difieren de las de la opinión pública es un mal político. Por eso es que en este último caso, se requiere conciliación, búsqueda de consensos y acuerdos entre distintas corrientes de opinión. En el caso de los intelectuales, el debate, las concordancias y las refutaciones no toman para nada en cuenta si otros aplauden o se disgustan solo apuntan a lo que estiman es al momento la verdad (subrayo lo de al momento puesto que las corroboraciones son siempre provisorias). Las discusiones en este nivel no son para lograr un consenso sino para indagar en lo que se estima es verdadero o falso.

Debemos nuevamente precisar que en todo esto nunca debe estar presente la ideología, una palabreja horrible que, a diferencia de lo que apunta el diccionario de conjunto de ideas e incluso a diferencia de la concepción marxista de “falsa conciencia de clase”, la acepción más difundida es la de algo cerrado, terminado, inexpugnable, pétreo e inamovible, lo cual es lo más distanciado y contrario que pueda concebirse del significado del conocimiento. En este sentido es que siempre destaco el lema de la Royal Society de Londres: nullius in verba, es decir, no hay palabras finales puesto que estamos inmersos en un contexto evolutivo donde, para los mortales, no hay metas finales que puedan lograrse, estamos siempre en tránsito. De lo que se trata entonces es de valores o principios (y no de ideología) los cuales, mientras se consideren verdaderos, se mantienen incólumes en el plano intelectual y que, en el nivel político, necesariamente deben negociarse.

Por más que el político alardee de valores inmodificables, no es lo que caracteriza a las estructuras políticas. En la carrera electoral deben ceder lo necesario para lograr el objetivo. En última instancia, las plataformas valen de poco si la opinión pública espera otra cosa. No es que el político no tenga sus preferencias personales, es que debe adaptarse a la situación reinante y no anteponer principios. Los integrantes de cada partido tendrán sus ubicaciones en el espectro general pero los movimientos para un lado o para otro serán necesarios si se esperan votos. Como queda dicho, las respectivas correcciones y modificaciones en el pensamiento de los integrantes de la opinión pública viene del costado intelectual-educativo y no del fragor de la batalla política.

Lo más ridículo es observar a una especie de zombies que no saben donde ubicarse y van y vienen de un plano a otro con lo que naturalmente quedan mal con integrantes de ambos bandos. Nada más triste que el intelectual que la juega de político puesto que el rigor profesional se transforma en un derrumbe estrepitoso: son monedas falsas en ambos lados de la contienda. Esto no significa en modo alguno que el intelectual no pueda vincularse de muy diferentes maneras a la política pero es para dar su opinión sin retaceos y no para adelantarse en transacciones que no le competen. Las estrategias, las funciones y los desempeños son sustancialmente diferentes en un plano y en otro, lo cual no debe confundirse con entidades que excepcionalmente se inscriben como partidos políticos con la idea de correr el eje del debate y no meramente ganar elecciones como es el objetivo de la política convencional.

A mi juicio, tiene prelación la instancia académica si se observa la secuencia lógica del proceso. La política es la ejecución de ideas y no es posible ejecutar aquello que no se sabe en que consiste. Por su parte, es muy higiénica la crítica a los gobernantes cuando el Leviatán atropella y a los opositores en las legislaturas cuando no limitan el poder, pero también se debe tener en cuenta que, como queda expresado, los andamiajes discursivos dependen de lo que la gente sea capaz de asimilar y esto, a su vez, es consecuencia de tareas educativas previas. No puede pretenderse un discurso distinto de lo que se está en condiciones de digerir. Para que un orador pueda pronunciar una conferencia en sueco es indispensable que la audiencia entienda sueco, de lo contrario el evento será un rotundo fracaso.

En resumen, mientras avanza el debate sobre externalidades, el dilema del prisionero, los bienes públicos y las asimetrías, la tarea del político no es incompatible sino complementaria a la del intelectual. Los dos cumplen funciones distintas y necesarias. El primero se dirige a lo que es políticamente posible, mientras que el segundo apunta a convertir lo políticamente imposible en posible.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía, Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer Rector de ESEADE.

 

¿Son objetivas las noticias?

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 17/5/12 en: http://www.diariodeamerica.com/front_nota_detalle.php?id_noticia=7283

Me adelanto a contestar el interrogante planteado en el título de esta nota: las noticias no son objetivas, ni pueden serlo. La selección misma de la noticia es subjetiva y la interpretación de los “hechos” en ciencias sociales dependen del sujeto que interpreta y, además, esos “hechos” de las ciencias sociales no tienen el mismo significado que en ciencias naturales. En el primer caso, no se observan fenómenos como en el laboratorio puesto que se trata del análisis de propósitos deliberados que solo existen en ciencias sociales. Las piedras y las rosas no tienen propósito deliberado, solo tienen lugar en los seres humanos.
 
Entonces, lo que debemos concluir en esta línea argumental es que subjetivamente se interpretan los fenómenos sociales. No es que se patrocine el relativismo histórico. Muy por el contrario, quienes mejor interpreten esos fenómenos estarán más cerca de la lo ocurrido, es decir, de la verdad, la que se va puliendo en un azaroso camino de corroboraciones provisorias y refutaciones. En un proceso abierto de competencia, los medios que mejor seleccionen noticias, es decir las más relevantes, y los que mejor las interpretan, serán los más creíbles. Lo mismo sucede con los historiadores.
 
Esta cuestión de confundir planos científicos no solo ocurre entre periodistas e historiadores, sino entre economistas y juristas que aluden a los “hechos” en ciencias sociales como si se tratara de constatar la mezcla líquidos en un tubo de ensayo.
 
Friedrich Hayek en su ensayo titulado “The Facts of the Social Sciences” (Ethics, octubre, 1943 y expandido en tres números sucesivos de Economica) explica que los llamados hechos en ciencias sociales “no se refieren a ciertas propiedades objetivas como las que poseen las cosas o las que el observador puede encontrar en ellas, sino a las visiones que otros tienen sobre las cosas […] Se deben abstraer de todas las propiedades físicas de las cosas. Son instancias de lo que se suelen llamarse conceptos teleológicos, esto es, se pueden definir solamente indicando la relación entre tres términos: un propósito, alguien que mantiene ese propósito y el objeto que la persona considera apropiado como medio para ese propósito”. Por eso cuando el periodista o el historiador “explica porque se hace esto o aquello se imputa algo que se encuentra más allá de lo observable” nos explica Hayek en el mismo ensayo en el que concluye que “la teoría social […] es lógicamente previa a la historia”. Es decir, prestamos atención a los fenómenos basados en un esqueleto teórico previo ya que no se trata de cosas que se miran en el mundo físico sino de nexos causales subyacentes e inseparablemente unidos a la interpretación de los sujetos actuantes.
 
Lo dicho en modo alguno permite suponer que el buen historiador o el buen periodista interpongan sus juicios de valor en la descripción de lo que interpretan. Por ello es que se suela dividir el periódico, la revista o el noticiero radial o televisivo en opiniones y noticias, lo cual no quiere necesariamente decir que a veces no se mezclen pero, como señala Ludwig von Mises (en Theory and History, Yale University Press, 1957) resulta impropio que en la descripción histórica se pasen de contrabando los valores del que describe. Entonces, una cosa es la subjetividad presente en la selección de los fenómenos y su respectiva interpretación y otra bien distinta es el incrustar juicios de valor, sin desconocer, claro está, que la declaración de esforzarse y la seriedad por realizar una interpretación adecuada constituye en si mismo un juicio de valor.
 
Robin Collingwood (en The Idea of History. Oxford Univesity Press, 1956) escribe que “en la investigación histórica, el objeto a descubrir no es el mero evento sino el pensamiento expresado en el” y en su autobiografía (Fondo de Cultura Económica, 1939/1974) subraya que a diferencia de la historia “las ciencias naturales, tal como existen hoy y han existido por casi un siglo, no incluyen la idea de propósito entre las categorías con que trabajan […] el historiador debe ser capaz de pensar de nuevo, por si mismo, el pensamiento cuya expresión está tratando de interpretar” y, en ese contexto rechaza “la historia de tijeras y engrudo donde la historia repite simplemente lo que dicen sus  ´autoridades´ [… ] El ser humano que en su capacidad de agente moral, político y económico, no vive en un mundo de ´estrictos hechos´a los cuales no afectan los pensamientos, sino que vive en un mundo de pensamientos que si cambian las teorías morales, políticas y económicas aceptadas generalmente por la sociedad en que él vive, cambia el carácter de su mundo”.
 
Cuando se trasmite la noticia circunscripta a que fulano murió esto corresponde al campo de las ciencias naturales (un fenómeno biológico), pero si se notifica que fulano dejó una carta antes de morir estamos ubicados en el territorio de las ciencias sociales donde necesariamente cabe la interpretación de la referida misiva y todas las implicancias que rodean al caso. En realidad, no cabe la refutación empírica para quien sostenga que la Revolución Francesa se originó en los estornudos de Luis XVI, solo se puede contradecir en el nivel del razonamiento sobre interpretaciones respecto a las conjeturas sobre los propósitos de los actores presentes en ese acontecimiento.
 
Todo esto nada tiene que ver con la objetividad del mundo que nos rodea, es decir, que es, que posee una naturaleza, propiedades y atributos independientemente de lo que los sujetos consideren que son. Es otro plano de debate. Lo que estamos ahora considerando son las apreciaciones y las evaluaciones respecto a las preferencias, gustos y propósitos de seres humanos.
 
Umberto Eco (en su disertación “Sobre la prensa” en el Senado romano y dirigido a directores de periódicos italianos, 1995) consigna que “con excepción del parte de las precipitaciones atmosféricas [que son del área de las ciencias naturales], no puede existir la noticia verdaderamente objetiva”, básicamente por lo que hemos apuntado en este breve artículo sobre la materia, a lo que agregamos nosotros que dado que en las ciencias sociales tiene un gran peso la hermenéutica, debe destacarse que la comunicación no opera como un scaner en el sentido de que el receptor recibe sin más el mensaje tal como fue emitido.
 
En resumen -y esto no es un juego de palabras- podrá decirse que la objetividad precisamente consiste en la adecuada interpretación subjetiva de los fenómenos bajo la lupa…pero, insistimos, hay que  tener bien en cuenta que no es objetiva en la acepción habitual del término, en cuyo contexto las deliberaciones en las que hemos incursionado aquí tal vez sirvan para poner en perspectiva las consecuencias y la importancia de separar metodológicamente las ciencias naturales y las sociales, al efecto de no confundir planos y no llegar a conclusiones apresuradas.
 
Por último en esta materia, debe precisarse una vez más la difundida acepción de la expresión “ideología”: no en el sentido inocente del diccionario en cuanto a conjunto de ideas, ni siquiera en el sentido marxista de “falsa consciencia de clase” sino como algo cerrado, terminado e inexpugnable, es decir, la antítesis del liberalismo en cuyo contexto el conocimiento alude a corroboraciones siempre provisoras sujetas a refutaciones. Sin embargo, en línea con lo que venimos tratando, hay quienes al apegarse al antedicho sentido del diccionario sostienen que debe “desidiologizarse” el análisis de las cuestiones sociales como si se pudieran mirar “hechos” en ausencia de esqueletos conceptuales previos, un error garrafal señalado, entre otros, por el antes mencionado premio Nobel en economía Hayek, en el segundo tomo de su Derecho, legislación y libertad.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía, Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fué profesor y primer Rector de ESEADE.