La Crisis del 30, Rooselvet, Keynes y la importancia de las instituciones

Por Roberto Cachanosky. Publicado el 26/7/18 en: http://economiaparatodos.net/la-importancia-de-las-instituciones-en-la-recuperacion-economica-el-caso-de-la-crisis-del-30/

 

No copiemos el nefasto New Deal que retardó la salida de la depresión

Hace décadas el estudio de la economía ha dejado de concentrarse solo en el equilibrio fiscal, la política monetaria, el proteccionismo y otras políticas estrictamente económicas y empezó a centrarse en la relación entre instituciones y crecimiento económico. Hayek en The Constitution of Liberty (1960) hace un primer gran avance al respecto completándolo con Derecho, Legislación y Libertad, tres tomos publicados en 1973, 1976 y 1979, hace una gran obra que muestra la necesidad de limitar el poder del estado para que pueda haber prosperidad y libertad.

Pero otros autores, como Mancur Olson, también enfocaron la relación entre crecimiento económico y calidad institucional, particularmente en Auge y Decadencia de Las Naciones.

El caso de la crisis del 30 y el New Deal es un caso emblemático en el que pocos han reparado en la importancia de las instituciones para salir de las crisis económicas. Todo el debate se ha limitado a determinar si el New Deal fue exitoso y si las políticas keynesianas influyeron en la salida de la crisis.

En general se cree que el New Deal fue una receta puramente keynesiana de aumento del gasto público financiado con emisión monetaria. La realidad es que el New Deal fue algo mucho más complejo que el aumento del gasto público, aunque sí está comprobado que Rooselvet estuvo en contacto personal con Keynes y sus ideas que luego volcó en la Teoría General en 1936. Al margen de la carta que Keynes publica en 1933 sobre la necesidad de aumentar la demanda agregada y se lamenta de la disciplina fiscal que proponía Rooselvet, en 1934 Keynes tuvo una reunión con Rooselvet y le explicó sus ideas de aumentar el gasto público y el déficit fiscal. En una carta de Keynes a Rooselvet fechada en 1 de febrero de 1938 hace referencia en al menos dos oportunidades a la reunión que tuvieron 3 años y medio atrás, o sea, está haciendo referencia a mediados de 1934, reunión que se confirma en el borrador de la carta que le prepara el secretario del Tesoro de Estados Unidos para responderle a Keynes, carta que está fechada el 3 de marzo de 1938 y hace referencia a esa reunión de mediados de 1934. El dato concreto es que Rooselvet conocía las ideas de Keynes antes que este las publicara en la Teoría General en 1936, pero las descartó porque su campaña presidencial de 1932 estuvo basada en el equilibrio fiscal. Rooselvet consideraba que el equilibrio fiscal iba a traer confianza, más inversiones y mejorar la situación de los agentes económicos en beneficio para salir de la recesión. Recordemos que cuando Rooselvet asume como presidente en 1933, la desocupación estaba en el 25% aproximadamente y que tampoco en 1933 había finalizado por completo la gran depresión. La economía había mejorado algo pero entra en un proceso recesivo nuevamente en agosto de ese año, a mi juicio por las múltiples regulaciones que impuso Rooselvet. Es más, Rooselvet comienza a seguir en alguna medida las ideas de Keynes y comienza a aumentar el gasto público, pero no en la magnitud que sugería Keynes. Algunos economistas han leído mal los datos fiscales de ese período creyendo que hubo superávit fiscal. Error, los presupuestos que envía Rooselvet al Congreso aumentaban el gasto público con equilibrio fiscal, pero sin incluir los gastos destinados a ayuda social y de estímulo al trabajo. Una especie de déficit primario de la Argentina actual. No se contemplaban una parte de los gastos y por eso les da superávit fiscal.

Gráfico 1

Incluso Rooselvet llega a afirmar, luego de hacer su campaña política a favor del equilibrio fiscal, que: “Tener equilibrio fiscal en 1933 o 1934 o 1935 hubiese sido un crimen contra el pueblo americano… Cuando el pueblo americano sufría, nos rehusamos a pasarnos del otro lado y la humanidad prevaleció”. Para Rooselvet, ser humanitario pasó a significar tener déficit fiscal.

Pero el New Deal no fue solo el gasto público, además Rooselvet prohibió la tenencia de oro. Es como si hoy se les prohibiera a los argentinos tener dólares. Se estableció la Agricultural Adjustment Act por la cual se subsidiaba a los productores agrícolas para que no produjeran. Ese subsidio se financiaba con el impuesto a la transformación. Un impuesto que tenían que pagar los que compraban como insumos los productos agrícolas. El que compraba algodón para hacer una camisa, pagaba el impuesto a la transformación para que el que producía algodón produjera menos vía el subsidio que le daba el estado con ese impuesto.

También se estableció la National Industrial Recovery Act que regulaba la actividad de la industria, las horas de trabajo, los salarios, etc. Y, además del proteccionismo impuesto, se creó la National Recovery Administration para regular toda la economía.

Toda esta maraña de regulaciones que componían el New Deal ahogaba la economía y llevaron a una cantidad de juicios cuestionando su constitucionalidad. Al principio, la Corte Suprema de Justicia acompañó a gobierno de Rooselvet, pero llegó un punto en que dijo basta.

Aquí vale la pena aclarar que Hoover, el presidente que antecedió a Rooselvet, dejó una CSJ compuesta por cuatro miembros conservadores, dos moderados y tres “liberals” (aquí les diríamos progres), siguiendo el trabajo de Antonia Sagredo Santos publicado por la Universidad Complutense de Madrid. Es decir, Rooselvet no tenía toda la Corte Suprema en contra. Pero en 1935 la CSJ empezó a frenarle la avalancha de regulaciones por inconstitucionales y en enero de 1936 le voltea el corazón del New Deal que estaba en la Agricultural Adjustment Act por el caso Estados Unidos vs. Butler, conocido como el caso Butler. En esencia la CSJ declara inconstitucional el impuesto a la transformación por coaccionar la libertad, digamos extorsivo para quienes no quisieran cumplir con las órdenes del gobierno de producir menos, avanzaba sobre los derechos de los estados transformando a EE.UU. en un gobierno unitario y la potestad que se arrogaba el Ejecutivo de ejercer poderes legislativos.

Al caer la Agricultural Adjustment Act, cayeron al poco tiempo la National Industrial Recovery Act y la National Recovery Administration porque estaban basadas en el espíritu de la primera. Esta declaración de inconstitucionalidad fue liberando la economía del ahogo de las regulaciones y, puede verse en el gráfico 1, que ya en 1935 con las primeras limitaciones y en 1936 con el freno a la maraña de controles del New Deal, la economía recupera confianza.

Obviamente, Rooselvet quiso remover a parte de la CSJ, algo que hace recordar al kirchnerismo, por oponerse a sus poderes especiales que le había delegado el Congreso, algo que la CSJ consideró inadmisible en un estado con división de poderes. La embestida de Rooselvet contra la corte no tuvo apoyo ni siquiera en su propio partido, el Demócrata, y esto ayudó a recomponer la confianza.

Luego el presidente quiso neutralizarla ampliando la cantidad de miembros para tener una Corte adicta. Como no logró este objetivo, Roosevelt intentó sacarse de encima a los jueces de la Corte reduciendo la edad de sus miembros a 65 años. Tampoco funcionó ésta estrategia. La firmeza de la CSJ y el funcionamiento de las instituciones en Estados Unidos le permitieron recuperar su economía luego de haber confiscado depósitos y prohibir la tenencia de ahorro y establecer las regulaciones más absurdas al estilo Moreno, junto con el déficit fiscal. Es decir, las barbaridades económicas que se hicieron en el New Deal, las cuales nosotros copiamos con mucho entusiasmo, fueron frenadas por el funcionamiento institucional. En definitiva, prevaleció el espíritu de los padres fundadores a la hora de respetar el derecho de propiedad y de división de poderes.

Mi impresión es que no fueron ni el New Deal, ni la receta keynesiana que Rooselvet ya conocía desde 1934, ni la Segunda Guerra Mundial, los que le permitieron a Estados Unidos salir la depresión del 30. Como puede verse en el gráfico 1, a partir del momento en que la CSJ declara inconstitucionales las leyes que eran el corazón del New Deal la producción industrial consolida su recuperación.

En síntesis, tengamos en claro que para que Argentina salga de su larga decadencia y evite una nueva crisis económica, no pueden separarse políticas económicas consistentes de calidad institucional. Y esta última no depende de un partido político, depende de la dirigencia política en su conjunto que debe aceptar que debe haber políticas públicas de largo plazo en las que se limite el poder del estado para que no viole los derechos de propiedad ni ahogue la capacidad de innovación de los argentinos con impuestos ridículos y regulaciones absurdas.

No copiemos el nefasto New Deal, que retardó la salida de la depresión. Copiemos la parte buena de Estados Unidos: el imperio de la instituciones que prevaleció por sobre la locura regulatoria del New Deal.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE.

La burrada es afirmar categóricamente que Keynes no influyó en la década del ’30

Por Roberto Cachanosky. Publicado el 2/7/18 en: https://www.infobae.com/opinion/2018/07/02/la-burrada-es-afirmar-categoricamente-que-keynes-no-influyo-en-la-decada-del-30/

 

John Maynard Keynes

Cuando cursé la carrera de economía en la UCA, en la década del 70, uno de mis grandes profesores fue Francisco Valsecchi que era titular de Microeconomía. Su asociado era el gran Luis Palma Cané (espero que Luis no se ofenda por botonearlo con la edad).

Valsecchi tenía una frase que me quedó grabada. Decía: “hay tres clases de profesores, los jóvenes, que enseñan más de lo que saben, los no tan jóvenes, que enseñan lo que saben y los viejos, que enseñan lo que hay que enseñar”.

Tomo esta frase del profesor Valsecchi porque pretender dar cátedra sobre el pensamiento de Keynes es hablar más de lo que uno sabe. Y digo esto porque no solo la Teoría General es confusa, sino que, lo más importante, ni siquiera sabemos si la Teoría General era el verdadero pensamiento de Keynes. El economista inglés, que guste o no revolucionó el pensamiento económico en el siglo XX y hoy sigue influyendo, era muy cambiante en sus opiniones.

Al respecto voy a citar a su mayor opositor en el debate económico y gran amigo de Keynes, nada más y nada menos que Hayek. Ambos, a pesar de pensar diferente, se tenían aprecio mutuo y solían participar en largas charlas sobre teoría económica y de ese gran conocimiento personal es que Hayek sostiene que Keynes no era un hombre con demasiada formación teórica, pero que ya estaba influyendo el pensamiento económico incluso antes de la crisis del 30.

En Nuevos Ensayos, dice Hayek refiriéndose a las políticas inflacionarias de Keynes: “Y pocas son mis dudas de que debamos a la gran influencia de este keynesianismo demasiado simplificado la mayor parte de la inflación de posguerra. Tampoco creo que el mismo Keynes la hubiese aprobado. En realidad, estoy casi seguro de que si hubiese vivido en esa época, habría sido uno de los combatientes más firmes contra la inflación. Una de las últimas veces que lo vi, pocas semanas antes de su muerte, me dijo sencillamente más o menos algo parecido”. Y agrega enseguida Hayek: “Yo le había preguntado si no se sentía alarmado ante el uso que algunos de sus discípulos estaban dando a sus teorías. Su respuesta fue que esas teorías habían sido muy necesarias en la década del ’30, pero que si en algún momento se hubieran hecho perjudiciales, podía estar yo seguro de que él inmediatamente produciría un cambio en la opinión pública“.

Es decir, por lo que cuenta Hayek, que compartió muchas horas de intercambio de ideas con Keynes, ni siquiera podemos decir que La Teoría General fue la última palabra del británico.

Otro párrafo de Hayek que muestra los continuos cambios de opinión de Keynes también lo extraigo de Nuevos Ensayos y hace referencia a fines de la década del 20. Dice Hayek: “Yo me había comprometido a revisar para Económica su Tratado Sobre la Moneda que había aparecido por entonces, y trabajé mucho con dos extensos artículos sobre el mismo libro. Al primero él le respondió con un contrataque a mi obra Precios y Producción. Sentí que en buena parte había demolido su esquema teórico, a pesar de que abrigaba honda admiración por tanto discernimiento profundo pero poco sistemático contenido en el Volumen II de su obra. Grande fue mi desilusión cuando todos mis esfuerzos parecieron vanos, porque tras la aparición de la segunda parte de mi artículo me dijo que en el ínterin había cambiado de opinión y ya no creía en lo que había expresado en su trabajo“.

Lo primero que deseo concluir es que es demasiado vanidoso andar predicando tan categóricamente el pensamiento de Keynes, porque ni los que lo trataron estrechamente y fueron sus adversarios académicos, se animan a decir que sus escritos eran la última palabra del pensamiento de Keynes.

El segundo punto a resaltar es que durante la crisis del 30 ya no regía el patrón oro, como generalmente se cree, si no que regía el patrón de cambio oro. El patrón cambio oro hacía más flexible la oferta monetaria de los países, ya que autorizaba a los bancos centrales a mantener reservas en oro y en monedas convertibles a oro, y también los autorizaba a intervenir en el mercado para “moderar” las grandes fluctuaciones del precio del oro.

En efecto, en la conferencia de Génova de 1922 se reunieron varios expertos en temas monetarios y pusieron fin al patrón oro y dieron lugar al nacimiento del patrón de cambio oro. En esa época los economistas europeos que estaban a favor de políticas de estabilización eran Arthur C. Pigou, Ralph G. Hawtrey, Knut Wicksell, Gustav Cassel y John M. Keynes.

Incluso Keynes escribe en 1923 un Tratado Sobre Reforma Monetaria en 1923 y luego, en 1930 el mencionado Tratado sobre el dinero. Es decir, Keynes ya participaba de los debates económicos y monetarios antes de publicar la Teoría General, participó de las condiciones económicas que los aliados le impusieron a Alemania al terminar la Gran Guerra y se retiró por estar en desacuerdo con las exigencias que le imponían al país vencido.

Entiendo que estos datos muestran que es al menos imprudente afirmar categóricamente que Keynes no influyó en las políticas del New Deal en forma tangencial. Puesto en otras palabras, ningún economista serio podría afirmar categóricamente que no influyó o que influyó en el New Deal, aunque hay indicios históricos que muestran que sus teorías eran conocidas antes de publicar la Teoría General en 1936, e incluso la FED ya aplicaba políticas monetarias expansivas en EE.UU. que fueron las que crearon la burbuja bursátil que derivó en el famoso martes negro de octubre de 1929. Afirmar que porque publicó la Teoría General en 1936 su pensamiento no pudo influir en el New Deal que fue anterior es, como vulgarmente se dice, una verdadera burrada, porque el pensamiento y la influencia de Keynes ya existían antes de la crisis de 1929 aunque es cierto que tienen mayor fuerza luego de la Segunda Guerra.

Pero un punto que vale la pena resaltar es que el New Deal no fue solamente un aumento del gasto público financiando con emisión monetaria. Esa es una caricatura del New Deal, de la misma forma que es una caricatura afirmar que gracias a las políticas keynesianas se salió de la gran depresión.

El New Deal fue una mezcla de gasto público con regulaciones, prohibiciones y controles de todo tipo. Roosevelt ganó las elecciones en 1932 y a los dos días de asumir la presidencia declara un feriado bancario y el 5 de abril de 1932 Rooselvet declara ilegal “temporariamente” poseer monedas de oro en los Estados Unidos (ver La Crisis del 30 de Juan Carlos Cachanosky, en Libertas de mayo 1989). En mayo de 1939 se aprueba la Agricultural Adjustment Act por la cual los agricultores americanos cobraban un subsidio por reducir la producción. El objetivo era aumentar el precio de los granos.

En junio Roosevelt firmó la ley de Recuperación de la Industria Nacional (National Industrial Recovery Act) que da nacimiento al New Deal. Esta ley consistía en una gran cantidad de regulaciones y códigos para la industria. Se acortaban las horas de trabajo, se ponían salarios mínimos y se fijaban precios y condiciones de venta. Una especie de Moreno y Kicillof de 1930.

En enero de 1934 se sancionó la Gold Reserve Act. Esta ley le expropiaba el oro a los Bancos de la Reserva Federal y pasaba a ser propiedad del Tesoro de los Estados Unidos. Una especie de pesificación asimétrica.

Pero a principios de 1935 llegaron a la Corte Suprema de Justicia cuatro casos solicitando la inconstitucionalidad de la inconvertibilidad del dólar a oro y de las deudas que tanto el gobierno como los particulares tenían que pagar en oro, que Rooselvet había prohibido. La CSJ de EE.UU. decidió que el Estado tenía que pagar sus deudas en oro poniéndole un límite a Rooselvet.

En mayo de 1935, la Corte Suprema declara inconstitucional a la National Recovery Administration (NRA). Este organismo fue creado para controlar que las industrias cumplieran con los códigos y regulaciones de la National Industrial Recovery Act. La burocracia del NRA prácticamente legislaba, ya que podía cambiar las reglas, pero la la Corte consideró que el Congreso había delegado funciones que le correspondían a él, y por lo tanto declararon inconstitucional la NRA. O sea, el Congreso no podía delegar en el Ejecutivo la función de legislar.

En 1936 la CSJ declara inconstitucional la Agricultural Adjustment Act. Los sucesivos frenos que la CSJ le puso a las regulaciones del New Deal llevaron al presidente Rooselvet a enfrentar a la CSJ enviando un proyecto de ley al Congreso para modificar la cantidad de miembros de la Corte, algo que nosotros conocemos muy bien, pero con la diferencia que en EE.UU. causó indignación y Rooselvet no pudo avanzar sobre el poder Judicial. Al caerse parte de las regulaciones del New Deal, la economía americana tuvo más alivio y mostró cierto grado de recuperación.

Esta nota solo trata de mostrar que es de una tremenda superficialidad afirmar que el New Deal de la crisis del 30 estuvo basada en las teorías keynesianas, pero también es de una gran superficialidad afirmar categóricamente que Keynes no tuvo ninguna influencia en el New Deal, en particular en el aumento del gasto público y su financiamiento con emisión monetaria. No hay pruebas categóricas en uno u otro sentido que Keynes haya influido o no haya influido en el New Deal, aunque hay indicios que pudo influir marginalmente por sus trabajos de la década del 20 y su participación como funcionario público. Recordemos que Keynes fue funcionario del gobierno inglés antes de la crisis del 30 y que ya en la década del 20 publicaba ensayos y era editor del  Economics Journal. En 1916 fue  consejero del Ministerio de Hacienda británico y en 1919 fue parte de la delegación de Gran Bretaña en la Conferencia de Paz de París a la cual renunció por no estar de acuerdo con las exigencias que los aliados le imponían a Alemania por reparaciones de guerra. En ese momento Keynes tenía 36 años.

En síntesis, personalmente no comparto la teoría keynesiana, pero no puedo dejar de reconocer que Keynes tuvo una gran influencia en el pensamiento económico del siglo XX. Que si bien su amigo y oponente académico, Hayek, lo considera poco profundo en sus análisis económicos, no deja de reconocer que hizo grandes esfuerzos por su país, aun en el momentos en que estaba muy enfermo y que lo que hoy se conoce como la Teoría General perfectamente pudo no haber sido la última palabra de Keynes. No lo sabemos.

Específicamente, en lo que hace a su influencia en la crisis en el New Deal, no podemos ser categóricos, pero respuestas destempladas sobre este tema demuestran que muchos ni saben en qué consistió el New Deal, que como vimos, fue mucho más que aumentar el gasto público y financiarlo con emisión monetaria.

Recordando a mi profesor Valsecchi, hay algunos economistas que suelen enseñar más de lo que saben. Y si lo saben, con explicar estas líneas se contribuye a despejar mitos sobre Keynes y el New Deal.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE.

“Acabemos con el paro” de Daniel Lacalle

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 24/3/16 en: http://www.elcultural.com/revista/letras/Acabemos-con-el-paro/37806

 

Desde que, gracias al capitalismo, el empleo empezó a extenderse y los salarios a aumentar como nunca antes, los intelectuales y los políticos se empeñaron en acusar al capitalismo de lo contrario. Así, desde Marx hasta Keynes floreció la patraña conforme a la cual si hay desempleo y pobreza tiene que ser por culpa del mercado, al que conviene aniquilar, según pregonan los socialistas más carnívoros, o limitar, como aconsejan los más vegetarianos. El paro, sin embargo, no es producto del mercado libre sino de las interferencias con las que lo bloquea el poder político y legislativo, con el aplauso del pensamiento antiliberal hegemónico. El economista Daniel Lacalle (Madrid, 1967) refuta este embuste: “Si la rigidez del mercado laboral fuera una garantía de derechos, los países con mayor nivel de intervención tendrían mayores cotas de bienestar y menor desempleo. Sin embargo, ocurre lo contrario”.

Este libro resulta iluminador porque hace frente a grandes mentiras económicas, por ejemplo, la engañifa conforme a la cual el Estado ha sido reducido a su mínima expresión por el malvado “neoliberalismo”. La realidad, como sabemos, es muy distinta. El gasto público apenas se contuvo un 5% desde 2009, dice Lacalle, mientras que el irresponsable gobierno socialista de Zapatero lo aumentó entre 2004 y 2009 nada menos que en un 48%. Y nos hablan de una supuesta “austeridad”. Si hay alguien que no es austero, normalmente gasta dinero ajeno. Así sucede con los políticos. Hay a propósito de este tema unas páginas verdaderamente desopilantes sobre los socialistas en Andalucía, donde llevan desgobernando tres décadas, habiendo conseguido cotas inéditas de desempleo, corrupción y despilfarro. La Junta tiene nada menos que 36 “observatorios”, destino apetecido de políticos, sindicalistas, y enchufados varios. La lista incluye joyas como el Observatorio Andaluz de la Publicidad No Sexista, el Observatorio Andaluz de Participación Ciudadana, el Observatorio del Flamenco…

Acierta Lacalle en sus denuncias contra el intervencionismo, desde los dislates soviéticos de Podemos o Izquierda Unida, hasta los onerosos e ineficientes “buenismos” de los demás partidos. Desmonta asimismo el bulo que sostiene que nuestros problemas se arreglan aumentando la demanda y la inflación: “En España con una inflación creciente no se creaba empleo, y cuando los economistas neokeynesianos nos alertaban sobre el riesgo de deflación, se ha creado empleo al 3%”. También se opone al recelo frente a Alemania o los prestamistas: “Cuando no nos prestan, la culpa es de los mercados que nos atacan; y cuando nos prestan, la culpa es de los malvados prestamistas que nos dan dinero a pesar de ser insolventes”.

Una vieja bazofia es también objeto de crítica en este volumen: las ideas económicas presentes en los libros de texto, que son insólitas muestras de propaganda anticapitalista con la que se procura intoxicar a nuestros niños y jóvenes. Discrepo con el autor en su visión mejorada de Keynes, como si nunca hubiera aconsejado inversiones absurdas para resolver el paro. Sí que las aconseja, y nada menos que en su obra más importante, la Teoría General. Tampoco lo secundo en su alabanza del contrato único, esa arrogante muestra de ingeniería social típica de tantos economistas. Y yerra al decir que la trampa de la liquidez es un concepto creado recientemente por Richard Koo, cuando es tan viejo como Keynes, o Hicks.

Pero en líneas generales es un libro excelente que da buenos consejos a trabajadores y empresarios para evitar errores y maximizar el empleo, y también a los políticos, a quienes fundamentalmente les dice que procuren no fastidiar demasiado a los encargados de crear empleo, es decir, que hagan lo contrario de lo que llevan años haciendo.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.

Tres posturas sobre la intervención del Estado en la economía

Publicado por Adrián Ravier el 25/10/13 en: http://opinion.infobae.com/adrian-ravier/2013/10/25/tres-posturas-sobre-la-intervencion-del-estado-en-la-economia/

Dejemos por un momento de lado al keynesianismo, la economía social de mercado y la escuela austríaca. Concentrémonos en tres autores: John Maynard Keynes, Wilhelm Röpke y Friedrich Hayek. Si bien considero que sería correcto ubicar la filosofía política y el pensamiento económico de Röpke entre los trabajos de John Maynard Keynes y los escritos de Friedrich A. von Hayek, me propongo en el siguiente artículo intentar responder a una sola pregunta: ¿hasta qué punto sería esto cierto?

Con un ánimo conciliador, trataré de mostrar consensos y diferencias entre tres de los pensadores más destacados del siglo XX. Es el objetivo final que estas comparaciones ilustren ciertos mitos que surgen en torno a ellos. Dice el profesor Resico sobre el pensamiento de Röpke: “…su planteo se apartaba explícitamente, por un lado de laeconomía coactiva (planificación central, corporativismo fascista, intervencionismo estatista) y, por otro, de laeconomía de mercado interpretada en la tradición del laissez faire, que excluye la intervención del Estado en asuntos económicos”.

Lucas Beltrán Florez nos ofrece otras precisiones sobre este aspecto, mostrando un Röpke que aceptaba la“intervención conforme” del Estado en la economíapero rechazaba la “intervención disconforme”: “la diferencia entre la intervención conforme y la disconforme [se comprende] comparándolas con la regulación del tráfico por las calles y carreteras. Mientras tal regulación se limite (como ocurre en la realidad) a exigir pruebas de aptitud a los conductores, señalar vías de tránsito y dictar instrucciones sobre el mejor modo de circular, cumple una misión absolutamente necesaria, y cada uno sigue siendo libre de ir a donde quiera, cuando y como quiera; esta forma de regulación es comparable a la intervención conforme. En cambio, se asemejaría a una intervención disconforme, la regulación del tráfico que tuviera la absurda pretensión de ordenar el movimiento de cada uno de los vehículos, como el capitán que manda una columna en marcha”. “Röpke cree que la eliminación de las intervenciones disconformes y la aplicación racional de las conformes, encaminadas a asegurar el funcionamiento de la economía de mercado y la implantación del programa del ‘tercer camino’, son requisitos necesarios de una sociedad sana y estable”. La pregunta que me surge de este “tercer camino” es la siguiente: ¿No estarían de acuerdo tanto Keynes como Hayek con esta apreciación?

Keynes y Röpke

Concentrémonos primero en Keynes, a quien podríamos calificar como un defensor del “intervencionismo estatista”. 
Ricardo Crespo sostiene que “el caso de Keynes es un ejemplo de construcción social de una realidad donde el Keynes-hombre no siempre coincide con el Keynes-mito”. Lo cierto es que posiblemente el error más significativo de Keynes haya sido titular su obra maestra como la Teoría general, si consideramos que los estudios y conclusiones presentados en 1936 aplican únicamente al caso particular de una economía con desempleo de recursos, y en especial a aquellas específicas circunstancias de la gran depresión de los años treinta. Como decía su amigo y discípulo Richard Kahn, se ha abusado de la palabra “Keynes”. Con el tiempo (y gracias a la acción de malos políticos), ésta quedó asociada a soluciones inflacionarias, falaces y facilistas, a los problemas de la desocupación y a un Estado fuertemente interventor. Sin embargo, concluye Crespo, sólo con importantes restricciones y matices (y en determinadas circunstancias) Keynes habría estado de acuerdo con las recetas que le atribuyen. Por eso, en 1946, el año de su muerte, afirmó: “yo no soy keynesiano”.

De este modo, llegamos a un Keynes cuya teoría del intervencionismo económico sólo se acota a “determinadas circunstancias”. Algo similar podemos decir de la “economía social de mercado”. Resico muestra con precisión los “fundamentos de la economía de mercado” existentes en el pensamiento de Röpke, los que se sostienen sobre la base de su correcta comprensión de los órdenes espontáneos y en un marco institucional, social y ético favorable.
 ¿En qué circunstancias, sin embargo, considera Röpke que el funcionamiento de la economía de mercado se interrumpe? Hansjörg Klausinger, quien caracteriza a Röpke y otros alemanes como proto-keynesianos, nos explica que nuestro autor sólo alentaba la política expansionista en circunstancias específicas, haciendo referencia a la “depresión secundaria”. Röpke distinguía claramente la depresión primaria de la depresión secundaria. La primera es aquella depresión normal, que surge en todo ciclo económico y que es necesaria para liquidar la sobreinversión generada en la etapa del auge. Ante esta situación Röpke se podría denominar como un “liquidacionista”, en el sentido de que no propone aplicar políticas para paliar tal situación. La segunda es aquella depresión que va un poco más allá de la necesaria liquidación de los comentados errores de inversión. Se trata de una depresión que se retroalimenta por sí misma, y que lleva consigo una destrucción de capital innecesaria y que es imperioso detener.

Podemos dar un ejemplo. En 2001, la tasa de interés de corto plazo en EEUU, estaba en un 6,75 %. La crisis de las punto com generó una amenaza al crecimiento y al empleo, lo que llevó al presidente de la Reserva Federal a reducir la tasa de interés al 1 %. Los analistas coinciden en que dicha tasa estuvo en niveles muy bajos por demasiado tiempo, lo que estimuló el desarrollo de una burbuja inmobiliaria. En 2004, ante una posible aceleración de la inflación, Greenspandecidió subir la tasa de interés, y el mercado inmobiliario, que se sostenía sobre esa política de liquidez, se derrumbó. Hayek y Röpke, colegas en la Mont Pelerin Society, coinciden en que la recuperación de la crisis requiere de cierta liquidación de proyectos de inversión que surgieron en torno a una tasa de interés muy baja. Pero apuntan que puede ocurrir un problema mayor, si la tasa de interés sube por encima de su nivel natural. Para ser más concreto: ¿Qué ocurriría si la tasa de interés sube hasta el 10 %? Esto llevaría a que no sólo se liquiden los proyectos de inversión que surgieron en torno a la reducción artificial de la tasa de interés, sino que la liquidación de inversiones sería aún mayor, y esto es innecesario. La necesaria liquidación de inversiones, que corrige los errores de la política de dinero fácil, es lo que llamamos depresión primaria. La innecesaria liquidación de inversiones, conocida como depresión secundaria, es producto de que la tasa de interés haya subido por encima de su nivel natural. Esto puede evitarse si la Reserva Federal, ya inmersa en la crisis, expande la base monetaria comprando bonos en el mercado abierto.

Röpke agrega que la expansión monetaria puede no tener la fuerza suficiente para detener la depresión secundaria, y por ello, debe ir acompañada de políticas fiscales que aseguren que habrá una mayor demanda de los créditos que la política de dinero fácil introduzca en el mercado. Si bien ambos estarían de acuerdo en una política expansionista para circunstancias especiales, es esta explícita e importante distinción de Röpke de la que hoy carece el “intervencionismo keynesiano”.

Hayek y Röpke

Hayek por su parte, viene a representar al laissez faire, el que “excluye la intervención del Estado en asuntos económicos”. Nótese sin embargo, que Hayek también aceptaba -en circunstancias excepcionales- que los hacedores de políticas públicas hicieran algo ante la situación descripta. En términos de la ecuación cuantitativa del dinero (MV = Py), Hayek proponía mantener constante el ingreso nominal (MV). Esto tenía dos implicaciones. En primer lugar, permitir que ante un aumento de la productividad y su consecuente crecimiento económico (y), bajen los precios (P). Ya en Precios y producción de 1931, decía Hayek: “El que no haya ningún peligro en que los precios caigan cuando la producción sube ha sido subrayado una y otra vez, por ejemplo por A. Marshall, N. G. Pierson, W. Lexis, F. Y. Edgeworth, F. W. Taussig, L. Mises, A. C. Pigou, D. H. Robertson y G. Haberler”.

Cabe sin embargo hacer aquí la distinción -muchas veces ignorada por los economistas que animan políticas antideflacionistas– entre el proceso de deflación que surge por aumentos de productividad, de aquel proceso que surge en las etapas últimas del ciclo económico. En segundo lugar, que ante una contracción secundaria de dinero, la autoridad monetaria expanda la base monetaria. En pocas palabras, la expansión primaria sirve para compensar la contracción secundaria. Hayek, sin embargo, jamás habló de combinar esta política monetaria con políticas fiscales. Su preocupación, como la de Röpke, no era evitar el ajuste necesario del período de sobreinversión (que Hayek llamó más bien de mala-inversión), sino evitar que el ajuste sea mayor al necesario para volver a una situación de normalidad.

Conclusión

Estos comentarios acercan el pensamiento de Keynes, Röpke y Hayek, con el único objetivo de mostrar que ninguno representa los extremos con los que muchas veces se los identifica. Resulta fundamental, sin embargo, señalar -como lo hace Resico– que Röpke -al igual que Hayek– realizó una valoración crítica del pensamiento de Keynes, “en el que destacaba una generalización errónea del principio de la ‘demanda efectiva’”, esto es, el conocido modelo keynesiano de demanda agregada. Más precisamente Röpke se separaba de la propuesta keynesiana de pleno empleo, el que representó un manejo activo de la política económica de coyuntura, otorgándole un sesgo inflacionista y de control cada vez más amplio sobre el sistema económico, aspecto que se replica en Hayek. En otras palabras, la crítica de Röpke -que desde luego compartía con Hayek- estaba destinada a esa propuesta de manejar científicamente las variables monetarias, controlando la cantidad de dinero en circulación, los tipos de interés, el tipo de cambio, y mediante ellos, determinar el nivel de empleo y la tasa de crecimiento económico. Esta “fatal arrogancia” que hoy sostienen muchos economistas, de querer manejar la economía como si fuera un automóvil, mediante unos cuantos controles en un tablero, es el error fatal que Keynes introdujo y del cual necesariamente debemos distanciar tanto a Röpke como a Hayek. Después de todo, como ha señalado Garrison, “Keynes [en parte] fue un keynesiano”.

Adrián Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, Master en Economía y Administración de Empresas por ESEADE y profesor de Macroeconomía en la Universidad Francisco Marroquín.