Los peligros de caer en la falacia de la suma cero

Por Alberto Benegas Lynch (h) Publicado el 4/2/20 en: https://www.lanacion.com.ar/opinion/columnistas/los-peligros-de-caer-en-la-falacia-de-la-suma-cero-nid2330263

 

La tesis de esta nota periodística consiste en que buena parte de las falacias y malos entendidos en la economía proviene de sostener que en los procesos de mercado lo que gana uno lo pierde otro. Esta conclusión opera a contracorriente del hecho de que en toda transacción libre y voluntaria ambas partes ganan, de lo contrario no realizan el intercambio (suma positiva en la terminología de la teoría de los juegos). Este es el modo de obtener el enriquecimiento del conjunto en aquellos lugares en los que tienen lugar marcos institucionales respetuosos de los derechos de cada cual, al contrario de lo sucedido allí donde los aparatos estatales se inmiscuyen con el fruto del trabajo ajeno.

El concepto de la suma cero aparece en la antedicha teoría de los juegos donde naturalmente quedaría excluida la cooperación entre las partes en el mercado y solo tiene lugar, por ejemplo, en los juegos denominados de azar donde lo que gana uno lo pierde el otro. En términos algo técnicos, en el juego de suma cero no es posible alcanzar el denominado “equilibrio Nash”.

Debido a que Michel de Montaigne tuvo gran influencia en autores como Bacon, Descartes, Pascal y Rousseau, su dictum en cuanto  a que “no se saca provecho alguno sin perjuicio para otro”, la idea fue bautizada por Ludwig von Mises como “el dogma Montaigne”.

Pues bien, en primer lugar debe destacarse que la riqueza no es algo estático situación en la que quien obtiene beneficios restaría recursos para otro cual torta de cumpleaños. La riqueza es un proceso dinámico, no hay más que prestar algo de atención a la historia de la humanidad para constatar que con igual cuantía de recursos naturales el valor del conjunto se ha incrementado exponencialmente.

En física se ha visto desde la formulación precaria de Lucrecio pasando por Newton, Lavoisier y Einstein que nada se pierde y todo se transforma. La cuantía de la masa de materia, incluyendo la energía es la misma en el universo pero lo relevante para el aumento de la riqueza no es el incremento de lo material sino su valor. Puede ser que artefactos tales como un teléfono antiguo contengan más materia que un celular pero el servicio de este último y su precio son sustancialmente distintos.

Sin duda que los progresos se han retrasado y limitado en la medida en que se le ha dado la espalda a la sociedad abierta y se han adoptado políticas en las que el Leviatán ha asfixiado la energía creativa en un contexto donde irrumpen empresarios prebendarios que hacen negocios con el poder de turno a expensas de la gente. Por el contario, en la medida de la libertad se ha podido salir de la pobreza y lograr niveles de vida que ni siquiera los príncipes de la antigüedad lograron (solo basta referirnos a las infecciones colosales por una muela, sin mencionar la calefacción, los transportes, la alimentación y tantas otras cosas).

No es reclamando que se lesione el derecho de quienes crearon riqueza lícitamente la forma de prosperar, sino contribuyendo a crear el propio patrimonio sirviendo a otros. Quienes aciertan en atender las demandas de su prójimo obtienen ganancias y quienes yerran incurren en quebrantos.

Sin embargo y a pesar de lo consignado, se continúa machacando con la denominada “redistribución de ingresos” con el propósito de imponer una macabra guillotina horizontal en la obsesión por el igualitarismo. Esto significa que el gobierno vuelve a distribuir por la fuerza lo que la gente distribuyó pacíficamente en el supermercado y afines con sus compras y abstenciones de comprar.

Y esta política al contraer las tasas de capitalización debido a la mal asignación de los siempre escasos factores de producción inexorablemente reduce salarios en términos reales. Esto es así debido a que la inversión per capita es el único elemento que determina los ingresos. Mejor aun, tal  vez haya que prestarle atención a lo escrito por Thomas Sowell en el sentido que “los economistas deberíamos dejar de hablar de distribución puesto que los ingresos no se distribuyen, se ganan”.

En este mismo contexto y basados en el dogma Montaigne, se suele aconsejar la implantación de gravámenes progresivos lo cual constituye un castigo al éxito y, sobre todo, resulta en impuestos regresivos ya que, nuevamente, cuando el contribuyente de jure contrae sus inversiones resulta que quien se encuentra en el margen ve reducido su salario. También la progresividad altera las posiciones patrimoniales relativas respecto a las que había establecido la gente en el mercado y, como si todo esto fuera poco, afecta gravemente la movilidad social puesto que se interpone en el ascenso y descenso en la pirámide patrimonial.

Por último en este repaso telegráfico de la trampa que tiende la  suma cero, es un tanto tragicómico el análisis que se suele efectuar respecto al comercio exterior. Se insiste que es muy importante para un país exportar y que debe tenerse mucho cuidado con la importación. Si  este mismo razonamiento se aplicara a una persona y se le dijera que para su vida es fundamental que venda bienes o servicios pero que se abstenga de comprar, seguramente el interlocutor consideraría semejante propuesta como el  resultado de un desperfecto grave en el cerebro.

Aquella sugerencia es parida de las entrañas de las doctrinas mercantilistas del siglo xvi en las que se ponía de manifiesto un desconcepto de magnitud y es que el verdadero beneficio  para un país es acumular divisas . Esto no se aplica a una empresa puesto que es sabido que un alto índice de liquidez no implica prosperidad del negocio puesto que ese comercio puede estar en quiebra. Lo relevante es el patrimonio neto.

Aludir a un país es una forma abreviada de referirse a un grupo de personas reunidas dentro de ciertas fronteras. El análisis económico no  varía por  el mero hecho de interponerse ríos, montañas u otros accidentes geográficos y  delimitación  de fronteras siempre convencionales. Al fin  y al cabo, desde la perspectiva liberal la única razón para el fraccionamiento  del globo terráqueo en naciones es para evitar los riesgos fenomenales del abuso de poder de un gobierno universal.

A juzgar por los voluminosos “tratados de libre comercio” (un tratado de libre comercio que ocupa más de un folio no es de libre comercio) aún no se comprendió que las cerrazones perjudican especialmente a los países más pobres del grupo puesto que el incremento en productividad con ese comercio es mayor respecto a los más eficientes.

Sin duda que si los gobiernos introducen dispersiones arancelarias se crea un embrollo que conduce a cuellos de botella insalvables entre las industrias finales y sus respectivos insumos. Es paradójico que se hayan destinado años de investigación para reducir costos de transporte y llegados los bienes a la adunada se anulan esos tremendos esfuerzos a través de la imposición de aranceles, tarifas y cuotas.

Hay un dèjá vu en todo esto basado en distintas vertientes de la suma cero. En resumen, como señala Milton Friedman “La libertad de comercio, tanto dentro como fuera de las fronteras, es la mejor manera de que los países pobres puedan promover el bienestar de sus ciudadanos […] Hoy, como siempre, hay mucho apoyo para establecer tarifas denominadas eufemísticamente proteccionistas, una buena etiqueta para una mala causa”.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

Distintas interpretaciones del teorema de Coase. Walter Block ofrece una crítica que vale la pena considerar

Por Martín Krause. Publicado el 19/10/17 en: http://bazar.ufm.edu/distintas-interpretaciones-del-teorema-coase-walter-block-ofrece-una-critica-vale-la-pena-considerar/

 

Con los alumnos de la materia Law & Economics vemos distintas visiones sobre el teorema de Coase.

“Hay dos interpretaciones que pueden hacerse de este teorema. En la primera de ellas, se critica a quienes ponen énfasis solamente en que en un mundo de costos de transacción igual a cero la distribución inicial de derechos de propiedad sería una cuestión irrelevante para la eficiencia de la solución alcanzada, ya que los recursos serían canalizados hacia sus usos más valorados. Una interpretación “benigna” de Coase diría que esa no fue simplemente su posición, sino que el sentido del teorema sería destacar que la existencia real de costos de transacción pone relevancia en el papel que las instituciones cumplen en la economía. Según esta interpretación, el modelo “costos de transacción cero” sería similar a lo que se planteó antes respecto al “imaginario estado de equilibrio”: una construcción ideal que nos permitiría comprender el mundo real, donde los costos de transacción se encuentran siempre presentes, e iniciar así un programa de investigación sobre el desarrollo de instituciones que permitan economizarlos[1]Coase. jpgEste interés por el papel que cumplen las instituciones en el funcionamiento de la economía y cómo las mismas nacen y evolucionan ha sido una preocupación de larga data. Esta fue manifestada por los filósofos escoceses y economistas clásicos (David Hume, Bernard de Mandeville, Adam Ferguson y Adam Smith). La explicación gradual y evolutiva del desarrollo de las instituciones fue retomada especialmente por Hayek (1978, 1988), en relación con el funcionamiento de los mercados y la evolución de las normas e instituciones sociales en general.

Hayek distingue tres niveles de evolución: la genética, la de las ideas y, la cultural operando entre el instinto y la razón. La cultura no sería determinada por la genética ni tampoco diseñada racionalmente; o según aquella frase de Ferguson, que Hayek cita con frecuencia: “el resultado de la acción humana, no del designio humano”. El resultado de una tradición de pautas de conducta aprendidas, cuyo papel es poco entendido aun incluso por aquellos que se sujetan a ellas, y que son transmitidas por un proceso “ciego”, en el sentido de que no es conscientemente planificado o controlado.

Qué normas surgen es una cuestión de accidente histórico, incluso haciendo lugar para el mejor diseño que la mente humana pueda crear, y otra cosa es cuáles sobreviven. Las últimas son determinadas por un proceso de selección que se encuentra en la evolución cultural; un proceso que opera en grupos que comparten las mismas pautas de conducta. Aquellos grupos que tienen éxito en desarrollar las pautas que mejor permiten las interacciones en la sociedad crecerán y desplazarán a otros grupos, o estos aprenderán de los anteriores copiándolas.

Como vemos, todo esto se acerca mucho al análisis que actualmente se hace en el marco de la “teoría de los juegos”, sobre todo a partir de las conclusiones obtenidas de los juegos repetidos del tipo “dilema del prisionero”, como vimos en el capítulo anterior (Axelrod 1984).

La segunda interpretación del teorema también acepta que, en un mundo de costos de transacción igual a cero, la distribución inicial de derechos de propiedad sería una cuestión irrelevante para la “eficiencia” de la solución alcanzada, ya que los recursos serían canalizados hacia sus usos más valorados. Pero la crítica ya no resulta “benigna” con Coase, ya que él puede no haber estado de acuerdo con la posición “eficientista” de Posner, pero dejó la puerta abierta para la misma. Dice Coase (1960, p. 37), refiriéndose a un caso de daños ocasionados por conejos a las plantaciones de maíz de su vecino (el caso Boulston, 1597): “… no es que el hombre que cría conejos sea el único responsable del daño; aquel cuyas cosechas son dañadas es igualmente responsable”[2].

Todo esto habría cambiado cuando se otorgó la prioridad a la eficiencia en la delimitación de derechos de propiedad, ya que los jueces debían decidir ahora quién tenía derecho a qué con base en cuál era la asignación más eficiente. Debían dejar de lado una larga tradición, basada en el derecho de propiedad, y utilizar cómo criterio de decisión solamente la maximización de la riqueza total[3]. El subjetivismo en las valoraciones y la imposibilidad de hacer comparaciones interpersonales de utilidad tornaría a la decisión judicial de maximizar la riqueza económica en algo complicado, si no imposible de realizar.

¿Qué se puede hacer entonces? Las enseñanzas del teorema de Coase señalan que una política para reducir los efectos de externalidades negativas sería delimitar claramente los derechos de propiedad, de tal forma que las partes puedan luego resolver esos problemas por medio de negociaciones. La definición de tales derechos reduciría los costos de transacción entre las partes, ampliando las posibilidades de estas soluciones voluntarias. Esto significa lograr una definición clara tanto de la asignación de la propiedad como de las limitaciones para su uso y disposición. En relación con los ejemplos mencionados, esto significa definir, por ejemplo: ¿cuál es el nivel de ruido, humos u otro tipo de emanaciones que puedo realizar, por encima del cual la situación se convierte en una externalidad que viola el derecho de mi vecino?

Por supuesto que, si bien es esta una solución “voluntaria” entre las partes, demanda que el mecanismo de gobernabilidad funcione. Esa definición de derechos puede obtenerse por la vía de las decisiones judiciales (particularmente en los sistemas de common law), o por la vía legislativa (normalmente resoluciones de gobiernos locales). En ambos casos, estos mecanismos deben funcionar adecuadamente

[1].      Así, Boettke (1997, p. 52), señala: “Tal vez en la mejor biografía intelectual de Coase hasta el momento, Steven Medema (1994) sostiene que Coase estaba interesado en examinar las consecuencias de distintos arreglos legales sobre el desempeño económico, más que en utilizar técnicas económicas para examinar la ley. Esta diferencia en énfasis explica la falta de interés de Coase por el enfoque de la ley y la economía de Posner, un movimiento más preocupado por examinar la eficiencia de distintos arreglos legales. Coase no solamente sugirió un programa alternativo de instituciones comparadas, sino que cuestionó profundamente la coherencia lógica de la economía neoclásica dominante. Parte del ejercicio de equilibrio que ocupó a Coase fue mostrar que perseguir la lógica de la maximización en un entorno de costos de transacción cero llevaba a conclusiones diferentes de las sugeridas por la economía del bienestar pigouviana. Si los costos de transacción fueran cero, los actores económicos negociarían para resolver el conflicto; si los costos de transacción (incluyendo costos de información) fueran positivos, ¿sabrían las autoridades cuál es el nivel correcto de impuesto o subsidio para corregir la situación? El programa de investigación de Coase era tanto una crítica de la práctica prevaleciente y un programa positivo alternativo que está emergiendo ahora en la Nueva Economía Institucional, de la cual Coase es aún el principal representante”.

[2].      Comenta Block: “Previamente, la visión de la profesión [económica] respecto a invasiones contra otra persona o su propiedad era la liberal clásica de causa y efecto. A era el perpetrador, B la víctima”. “Asimismo, en una perspectiva más tradicional, la maximización de riqueza era el subproducto de los derechos a la propiedad privada, no su progenitora. En otras palabras: las consideraciones económicas eran la cola y los derechos de propiedad el perro. Locke, por ejemplo, no se preguntaba si el homesteader era uien utilizaba más eficientemente el territorio virgen. Para este filósofo, era suficiente que una persona fuera la primera en ‘mezclar su trabajo con la tierra’; esto, y solamente esto, era suficiente para convertirlo en el legítimo propietario”. Walter Block, “Ethics, Efficiency, Coasian Property Rights, and Psychic Income: A Reply to Demsetz”, Review of Austrian Economics 8, no. 2 (1995): pp. 61-125.

[3].      “¿Y cuál es el consejo a los jueces que emana de este nuevo enfoque? Estos deben decidir de tal forma que se maximice el valor de la actividad económica. Bajo un régimen de costos de transacción cero, en verdad no importaría —en cuanto se refiere a la asignación de recursos— cuál de las dos partes en disputa recibió el derecho en cuestión. Si este era otorgado a la persona que más lo valorara, bien. Si no, el perdedor podría pagar al ganador para disfrutar de su uso. Pero en el mundo real con costos de transacción significativos, por el contrario, la decisión judicial es absolutamente crucial. Lo que el juez decida permanecerá; no habría oportunidad para intercambios mutuamente beneficios ex post”. (Block 1995, p. 63).

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados. (Ciima-Eseade). Es profesor de Historia del Pensamiento Económico en UBA.

¿De qué se habla cuando se habla del mercado?

Por Carlos Alberto Salguero. Publicado el 8/4/17 en: http://www.rionegro.com.ar/columnistas/de-que-se-habla-cuando-se-habla-del-mercado-XA2561770

 

Por lo habitual, cuando se habla del mercado inmediatamente surge una postura defensiva, un ceño fruncido y la actitud desafiante y hostil hacia el grupo más indolente y vil de la humanidad toda: los especuladores. Según se dice y cree, los que especulan pertenecen al nefasto núcleo de aquellos quienes, de modo turbio y obscuro, trazan maquiavélicas alianzas con el fin de quitar, someter y pervertir el orden establecido de las cosas, ya que procuran provecho o ganancia fuera del tráfico mercantil.

Sin embargo especular, según la Real Academia Española, como verbo intransitivo, significa hacer conjeturas sobre algo sin conocimiento suficiente, efectuar operaciones comerciales o financieras con la esperanza de obtener beneficios aprovechando las variaciones de los precios o de los cambios. Contrario al sentido peyorativo del término, como ha sido brillantemente expuesto por Alberto Benegas Lynch (h), especular en la jerga de los economistas, “ex ante”, significa pensar.

Sobre este punto es preciso ser claro, la información en el mercado se encuentra dispersa, difusa y en muy pequeñas dosis. La única certeza que se tiene del futuro es que el resultado final, de cientos de miles de acuerdos libres y voluntarios que se celebran en todo momento, tiene la siguiente característica: es incierto; sólo si las partes aciertan en la acción de especular ambos lados de la ecuación resultarán beneficiadas. No obstante, no sólo puede resultar perjudicado alguno de los contratantes, sino ambos. Generalmente, bajo el marco de la Teoría de los Juegos, este tipo de estrategias eventualmente exitosas constituyen juegos de suma positiva, la quinta esencia del ejercicio de la libertad económica. Ah, por cierto, me refiero al proceso de mercado, un proceso que no se detiene jamás.

Dicho sea de paso, un ejemplo de reciente factura son los miles de argentinos que cruzan diariamente la frontera de Chile para realizar compras corrientes, en este sentido, ¡simples especuladores! Por supuesto, el lector podrá hacer sus propias especulaciones, pero más allá de los respectivos juicios de valor, en cada caso, es precisamente la acción de especular lo que motiva a los connacionales a realizar acciones especulativas. Y el resultado también será juzgado individuamente.

Ahora, especulaciones aparte, más allá de las asimetrías o enojos que provoquen los desaguisados de la política económica y hagan lugar a los más absurdas conjeturas, el error consiste en suponer, como lo ha hecho el célebre economista Lester Thurow y muchos otros, que “El capitalismo sostiene que es el derecho de los económicamente competentes expulsar a los incompetentes del ámbito comercial y dejarlos librados a la extinción económica. La eficiencia capitalista consiste en la ‘supervivencia del más apto y las desigualdades en el poder adquisitivo’. Para decirlo de forma más dura, el capitalismo es perfectamente compatible con la esclavitud”.

Este razonamiento deja de lado conceptos básicos de la economía. La competencia en el mercado, a través del sistema de precios, envía señales para que los consumidores puedan acceder a bienes de mejor calidad y precio, al tiempo que realimenta la información necesaria para que productores u oferentes puedan enfocarse en satisfacer las necesidades de sus propios demandantes; todo ello sujeto a un único condicionante: la voluntad de las partes.

En virtud de lo expuesto, carece de sentido cualquier connotación que refiera a términos propios de una contienda bélica, pues traslada y confunde con palabras ajenas, que desdibujan la naturaleza del proceso competitivo. La competencia inexorablemente abreva y se sostiene en tres conceptos concomitantes: libertad, propiedad y precio.

Las razones por las que se producen las citadas asimetrías nada tienen que ver con el mercado, sino, por el contrario, con su ausencia. Marcos regulatorios restrictivos e intervencionistas impiden la coordinación social que surge de las acciones de cada uno de los individuos −como expresión del libre albedrío−, quienes crean constantemente nueva y creciente información. Señores, ¡a especular!

 

Carlos Alberto Salguero es Doctor en Economía y Máster en Economía y Administración de Empresas (ESEADE), Lic. en Economía (UCALP), profesor titular e investigador en la Universidad Católica de La Plata y egresado de la Escuela Naval Militar.

Los individuos buscan el lucro y traicionan cuando les conviene: pero no es así, tienen confianza

Por Martín Krause. Publicada el 19/12/16 en: http://bazar.ufm.edu/los-individuos-buscan-lucro-traicionan-cuando-les-conviene-no-asi-tienen-confianza/

 

Una revolución silenciosa está ocurriendo en la ciencia económica. El fundamento básico de la economía neoclásica sobre la conducta humana está siendo cuestionado y no se sostiene. Esto tendrá enormes implicancias para el análisis económico y, en última instancia, las recomendaciones de políticas públicas y política económica si es que la academia económica muestra una mente abierta para modificar ese supuesto básico.

Muchos trabajos están contribuyendo a esto. Comento ahora un paper Ingela Alger (Escuela de Economía de Toulouse y Jorgen Weibull (Escuela de Economía de Estocolmo). El resumen ya es bien claro respecto a las consecuencias de estas investigaciones:

“Desde la publicación de La Riqueza de las Naciones, de Adam Smith, es costumbre que los economistas presuman que los agentes económicos están persiguen solamente su interés personal. Sin embargo, las investigaciones en economía experimental y de la conducta han mostrado que las motivaciones humanas son más complejas y que la conducta observada es, a menudo, mejor explicada por otros factores motivacionales tales como una preocupación por la legitimidad, el bienestar social, etc. Como complemento de esos trabajos hemos desarrollado nuestras investigaciones hacia las bases evolutivas de la motivación humana. Hemos encontrado que la selección natural, en entornos muy simplificados pero matemáticamente bien estructurados, favorecen las preferencias que combinan el interés propio con la moralidad. En términos generales, el componente moral  evalúa las acciones personales en términos de lo que sucedería si, hipotéticamente, esta acción fuera adoptada por otros. Estas preferencias morales tienen importantes implicancias para la conducta económica. Motivan a los individuos a contribuir a bienes públicos, a hacer ofertas razonables cuando podrían hacer otras menores, y contribuir a instituciones sociales y actuar amistosamente con el ambiente incluso si su impacto personal es minúsculo.”

La economía neoclásica desarrolló su corazón con la teoría del equilibrio a la cual luego le sumó la teoría de los juegos. Comentan los autores:

“Muchas transacciones mutuamente beneficiosas contienen un elemento de confianza inter-personal y pueden llegar a no materializarse en ausencia de una expectativa de que la confianza será retribuida. La prevalencia de confianza en la sociedad, por ende, ha sido asignada primacía en muchos aspectos, por ejemplo en los estudios empíricos y teóricos sobre el crecimiento económico. En los últimos años, el juego de la confianza ha surgido como un instrumento preferido para obtener la confianza interpersonal y la voluntad de retribuir la confianza. Más generalmente, el juego ha sido ampliamente utilizado para estudiar las conductas cooperativas. En un juego de confianza, un individuo (el inversor), decide cuánto dinero de un fondo inicial enviar a otro sujeto (el administrador o fideicomisario). La cantidad entregada es luego multiplicada por algún factor, usualmente tres, y entonces el administrador decide cuánto del dinero recibido enviar de vuelta al inversor. La predicción estándar de la teoría de los juegos por una sola interacción anónima entre dos individuos solamente persiguiendo su interés es que el inversor no entregue nada, anticipando racionalmente que el administrador no va a retribuir. Sin embargo, los experimentos consistentemente muestran que la cooperación florece en el juego de la confianza; el inversor promedio entrega una porción significativa de su recurso, y la mayor parte de los fideicomisos retribuyen esa acción”.

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

 

En contra de Nash y el dilema del prisionero

Por Carlos Alberto Salguero. Publicado el 27/6/15 en: http://www.rionegro.com.ar/diario/en-contra-de-nash-y-el-dilema-del-prisionero-7734964-9539-nota.aspx

 

El célebre matemático y economista John Forbes Nash, quien fuera galardonado con el Nobel de Economía en 1994 y el Premio Abel de la Academia Noruega de Ciencias y Letras durante el presente año, ha dejado un enorme legado con repercusión en diversos ámbitos científicos.

Entre sus principales aportes se destacan: geometría diferencial, ecuaciones en derivadas parciales y, especialmente, teoría de los juegos.  Este último campo refiere a un área de la matemática aplicada que utiliza modelos para estudiar interacciones. Dichos procesos se formalizan en estructuras de incentivos ―juegos― a fin de tomar decisiones.

Nash introdujo el concepto de juegos no cooperativos. La distinción ente juegos cooperativos y no cooperativos radica en la posibilidad o imposibilidad de realizar coaliciones. En este caso, bajo la perspectiva del autor, se busca ofrecer una interpretación de las decisiones óptimas que son tomadas en entornos donde los costes y beneficios de cada opción están fijos de antemano. Las investigaciones estudian tanto las estrategias como el comportamiento previsto y observado de los individuos durante el juego. Algunos tipos de interacción aparentemente distintos pueden presentar estructuras de incentivos similares. Por ejemplo, el tipo de juego tratado en este artículo que, no obstante resultar a priori un enfoque pedestre, implica un tema de importancia singular: vulnerar presuntamente a las instituciones jurídicas.

Durante el pasado mes de marzo, el empresario Lázaro Báez reclamó su sobreseimiento en la causa por lavado de dinero que instruye el juez Sebastián Casanello y aseguró que Leonardo Fariña, operador en la compra de la estancia El Carrizalejo de Mendoza, “mintió descaradamente” ya que nunca tuvo “trato personal” con el detenido en la cárcel de Ezeiza.

El titular de Austral Construcciones, Báez, al tiempo que rechazó ser el dueño de la empresa Helvetic Service Group, fundó su petición de sobreseimiento al sostener que “he sido injustamente imputado en esta causa, la cual deberá ser archivada respecto de mi persona”, pero, al menos por el momento, no ha tenido éxito.

El campo en cuestión fue adquirido por Leonardo Fariña “en comisión”, es decir, a nombre de un tercero, el 16 de diciembre de 2010, por la cifra de cinco millones de dólares; no obstante, dos años más tarde,  el 21 de diciembre de 2012, el inmueble fue vendido a Roberto Erusalimsky por solo 1,8 millones. Uno operación que en precios absolutos arrojó un déficit de 3,2 millones de la divisa norteamericana o, puesto en términos porcentuales,  una tasa efectiva anual negativa del 40 por ciento. ¡Un verdadero escándalo!

Por su parte, Fariña, preso desde hace 15 meses acusado de haber evadido más de 28 millones de pesos ―en la causa que ha sido asignada al juez federal Alberto Recondo―, había declarado ante el juez Casanello, hace dos años, que Lázaro Báez le “encomendó” comprar un campo en la provincia de Mendoza. A partir de ese momento, el “valijero” comenzó a torcer su relato y, en marzo de este año, asesorado por nuevos abogados, declaró que la operación la hizo en realidad para el empresario Carlos Molinari.

La teoría de los juegos resulta especialmente útil para tomar decisiones en las condiciones de incertidumbre que son analizadas. No obstante, ya que los juegos dinámicos con información incompleta son técnicamente más difíciles de resolver, se considera un simple juego de una acción por jugador. El ejemplo concreto es una versión del famoso y aparentemente paradójico caso de interdependencia que aparece en muchos contextos: el dilema del prisionero. Humoradas aparte, el dilema del prisionero es un problema fundamental de la teoría de juegos que se pone en evidencia cuando dos personas pueden no cooperar incluso si ello va en contra del interés de ambas.

La idea original del dilema citado se basa en una historia ficticia de dos cómplices de un delito capturados por la policía.  La policía recluye a los delincuentes en celdas separadas y, como  no hay pruebas suficientes para condenarlos,  le ofrece a cada uno el mismo trato.

El juego, en este caso, se lleva a cabo entre dos jugadores: Báez y Fariña. Cada uno puede elegir entre cooperar y traicionar. Si ambos cooperan, los dos jugadores alcanzan una condena mínima, 5 años de prisión. Si los dos traicionan, ambos serán condenados a 10 años; pero si uno coopera y el otro traiciona, cada uno obtiene 25 años de prisión y libertad, respectivamente. En juegos no repetitivos, traicionar es la estrategia dominante para ambos jugadores.

El juego se aplica a todas aquellas situaciones en las que la recompensa de los jugadores, el pago, depende no sólo de sus propias acciones sino también de las acciones de los demás jugadores. Dado que sólo hay dos jugadores, la interdependencia entre ambos se puede representar mediante una matriz de pagos  (arreglo de filas y columnas) como se ilustra a continuación:

 

 

                     Báez    

     Fariña

Coopera Traiciona
         Coopera 5,5 25,0
Traiciona 0,25 10,10

 

La mejor estrategia para ambos jugadores (en términos de años de condena) es que los dos elijan cooperar, pero, como cada uno actúa exclusivamente en su propio beneficio, ambos tomarán la decisión de traicionar. Traicionar para los jugadores constituye un equilibrio Nash o equilibrio del miedo, lo cual no supone que se logre el mejor resultado conjunto para los participantes, sino, únicamente, el mejor resultado para cada uno de ellos considerado individualmente. De hecho, como ha sido expuesto, es posible que el resultado fuera mejor para todos si los jugadores coordinaran sus cursos de  acción.

Una reacción habitual al dilema del prisionero es pensar que ningún prisionero racional va a traicionar. Fariña no traicionaría porque tendría temor de las represalias de Báez  o se sentiría culpable pensando que Báez no se lo haría a él. Sin embargo, este razonamiento es engañoso  pues modifica la estructura de recompensas del juego al modificar la matriz de pagos.

Para entender el dilema del prisionero hay que jugar claro e imaginar prisioneros preocupados únicamente por la duración de sus condenas. En ese marco, se denomina estrategia dominante a la mejor estrategia que pueda tomar un individuo cualquiera sea la decisión tomada por el otro jugador. Y esa decisión es traicionar. Tal como indica la estrategia de Nash y la jugada de Báez que ha sido manifiesta ante el juez Casanello.

Lo que no está claro es el proceder de Fariña quien, a menos que tenga en mente convocar a Ron Howard ―ganador de un Oscar como Director de la película A Beautiful Mind (inspirada en la vida de John Forbes Nash)― para que realice otra saga del filme (eventualmente, Una mente más brillante que la de Nash), tendría que atenerse a las estrategias del juego, pues, de no actuar en consecuencia, no podrá modificar su situación procesal por largo tiempo. Y, según sus recientes declaraciones a la prensa, en lugar de dedicar tiempo a estudiar informalmente derecho económico, debiera tratar de entender a Nash y el dilema del prisionero.

 

Carlos Alberto Salguero es Doctor en Economía y Máster en Economía y Administración de Empresas (ESEADE), Lic. en Economía (UCALP), Profesor Titular en la Universidad Católica de La Plata y egresado de la Escuela Naval Militar.

Dos interpretaciones sobre el ‘teorema de Coase’: ¿análisis institucional o costos y beneficios?

Por Martín Krause. Publicado el 23/5/15 en: https://puntodevistaeconomico.wordpress.com/2015/05/23/dos-interpretaciones-sobre-el-teorema-de-coase-analisis-institucional-o-costos-y-beneficios/

 

El libro tiene un Capítulo 7 que no estaba en la edición original, donde se trata específicamente sobre el llamado “Teorema de Coase”. Algunos párrafos:

“Hay dos interpretaciones que pueden hacerse de este teorema. En la primera de ellas, se critica a quienes ponen énfasis solamente en que en un mundo de costos de transacción igual a cero la distribución inicial de derechos de propiedad sería una cuestión irrelevante para la eficiencia de la solución alcanzada, ya que los recursos serían canalizados hacia sus usos más valorados. Una interpretación “benigna” de Coase diría que esa no fue simplemente su posición, sino que el sentido del teorema sería destacar que la existencia real de costos de transacción pone relevancia en el papel que las instituciones cumplen en la economía. Según esta interpretación, el modelo “costos de transacción cero” sería similar a lo que se planteó antes respecto al “imaginario estado de equilibrio”: una construcción ideal que nos permitiría comprender el mundo real, donde los costos de transacción se encuentran siempre presentes, e iniciar así un programa de investigación sobre el desarrollo de instituciones que permitan economizarlos[1].

Coase. jpgEste interés por el papel que cumplen las instituciones en el funcionamiento de la economía y cómo las mismas nacen y evolucionan ha sido una preocupación de larga data. Esta fue manifestada por los filósofos escoceses y economistas clásicos (David Hume, Bernard de Mandeville, Adam Ferguson y Adam Smith). La explicación gradual y evolutiva del desarrollo de las instituciones fue retomada especialmente por Hayek (1978, 1988), en relación con el funcionamiento de los mercados y la evolución de las normas e instituciones sociales en general.

Hayek distingue tres niveles de evolución: la genética, la de las ideas y, la cultural operando entre el instinto y la razón. La cultura no sería determinada por la genética ni tampoco diseñada racionalmente; o según aquella frase de Ferguson, que Hayek cita con frecuencia: “el resultado de la acción humana, no del designio humano”. El resultado de una tradición de pautas de conducta aprendidas, cuyo papel es poco entendido aun incluso por aquellos que se sujetan a ellas, y que son transmitidas por un proceso “ciego”, en el sentido de que no es conscientemente planificado o controlado.

Qué normas surgen es una cuestión de accidente histórico, incluso haciendo lugar para el mejor diseño que la mente humana pueda crear, y otra cosa es cuáles sobreviven. Las últimas son determinadas por un proceso de selección que se encuentra en la evolución cultural; un proceso que opera en grupos que comparten las mismas pautas de conducta. Aquellos grupos que tienen éxito en desarrollar las pautas que mejor permiten las interacciones en la sociedad crecerán y desplazarán a otros grupos, o estos aprenderán de los anteriores copiándolas.

Como vemos, todo esto se acerca mucho al análisis que actualmente se hace en el marco de la “teoría de los juegos”, sobre todo a partir de las conclusiones obtenidas de los juegos repetidos del tipo “dilema del prisionero”, como vimos en el capítulo anterior (Axelrod 1984).

La segunda interpretación del teorema también acepta que, en un mundo de costos de transacción igual a cero, la distribución inicial de derechos de propiedad sería una cuestión irrelevante para la “eficiencia” de la solución alcanzada, ya que los recursos serían canalizados hacia sus usos más valorados. Pero la crítica ya no resulta “benigna” con Coase, ya que él puede no haber estado de acuerdo con la posición “eficientista” de Posner, pero dejó la puerta abierta para la misma. Dice Coase (1960, p. 37), refiriéndose a un caso de daños ocasionados por conejos a las plantaciones de maíz de su vecino (el caso Boulston, 1597): “… no es que el hombre que cría conejos sea el único responsable del daño; aquel cuyas cosechas son dañadas es igualmente responsable”[2].

Todo esto habría cambiado cuando se otorgó la prioridad a la eficiencia en la delimitación de derechos de propiedad, ya que los jueces debían decidir ahora quién tenía derecho a qué con base en cuál era la asignación más eficiente. Debían dejar de lado una larga tradición, basada en el derecho de propiedad, y utilizar cómo criterio de decisión solamente la maximización de la riqueza total[3]. El subjetivismo en las valoraciones y la imposibilidad de hacer comparaciones interpersonales de utilidad tornaría a la decisión judicial de maximizar la riqueza económica en algo complicado, si no imposible de realizar.

¿Qué se puede hacer entonces? Las enseñanzas del teorema de Coase señalan que una política para reducir los efectos de externalidades negativas sería delimitar claramente los derechos de propiedad, de tal forma que las partes puedan luego resolver esos problemas por medio de negociaciones. La definición de tales derechos reduciría los costos de transacción entre las partes, ampliando las posibilidades de estas soluciones voluntarias. Esto significa lograr una definición clara tanto de la asignación de la propiedad como de las limitaciones para su uso y disposición. En relación con los ejemplos mencionados, esto significa definir, por ejemplo: ¿cuál es el nivel de ruido, humos u otro tipo de emanaciones que puedo realizar, por encima del cual la situación se convierte en una externalidad que viola el derecho de mi vecino?

Por supuesto que, si bien es esta una solución “voluntaria” entre las partes, demanda que el mecanismo de gobernabilidad funcione. Esa definición de derechos puede obtenerse por la vía de las decisiones judiciales (particularmente en los sistemas de common law), o por la vía legislativa (normalmente resoluciones de gobiernos locales). En ambos casos, estos mecanismos deben funcionar adecuadamente

[1].      Así, Boettke (1997, p. 52), señala: “Tal vez en la mejor biografía intelectual de Coase hasta el momento, Steven Medema (1994) sostiene que Coase estaba interesado en examinar las consecuencias de distintos arreglos legales sobre el desempeño económico, más que en utilizar técnicas económicas para examinar la ley. Esta diferencia en énfasis explica la falta de interés de Coase por el enfoque de la ley y la economía de Posner, un movimiento más preocupado por examinar la eficiencia de distintos arreglos legales. Coase no solamente sugirió un programa alternativo de instituciones comparadas, sino que cuestionó profundamente la coherencia lógica de la economía neoclásica dominante. Parte del ejercicio de equilibrio que ocupó a Coase fue mostrar que perseguir la lógica de la maximización en un entorno de costos de transacción cero llevaba a conclusiones diferentes de las sugeridas por la economía del bienestar pigouviana. Si los costos de transacción fueran cero, los actores económicos negociarían para resolver el conflicto; si los costos de transacción (incluyendo costos de información) fueran positivos, ¿sabrían las autoridades cuál es el nivel correcto de impuesto o subsidio para corregir la situación? El programa de investigación de Coase era tanto una crítica de la práctica prevaleciente y un programa positivo alternativo que está emergiendo ahora en la Nueva Economía Institucional, de la cual Coase es aún el principal representante”.

[2].      Comenta Block: “Previamente, la visión de la profesión [económica] respecto a invasiones contra otra persona o su propiedad era la liberal clásica de causa y efecto. A era el perpetrador, B la víctima”. “Asimismo, en una perspectiva más tradicional, la maximización de riqueza era el subproducto de los derechos a la propiedad privada, no su progenitora. En otras palabras: las consideraciones económicas eran la cola y los derechos de propiedad el perro. Locke, por ejemplo, no se preguntaba si el homesteader era quien utilizaba más eficientemente el territorio virgen. Para este filósofo, era suficiente que una persona fuera la primera en ‘mezclar su trabajo con la tierra’; esto, y solamente esto, era suficiente para convertirlo en el legítimo propietario”. Walter Block, “Ethics, Efficiency, Coasian Property Rights, and Psychic Income: A Reply to Demsetz”, Review of Austrian Economics 8, no. 2 (1995): pp. 61-125.

[3].      “¿Y cuál es el consejo a los jueces que emana de este nuevo enfoque? Estos deben decidir de tal forma que se maximice el valor de la actividad económica. Bajo un régimen de costos de transacción cero, en verdad no importaría —en cuanto se refiere a la asignación de recursos— cuál de las dos partes en disputa recibió el derecho en cuestión. Si este era otorgado a la persona que más lo valorara, bien. Si no, el perdedor podría pagar al ganador para disfrutar de su uso. Pero en el mundo real con costos de transacción significativos, por el contrario, la decisión judicial es absolutamente crucial. Lo que el juez decida permanecerá; no habría oportunidad para intercambios mutuamente beneficios ex post”. (Block 1995, p. 63).

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

CARTA ABIERTA A EDUARDO GALEANO

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Antes que nada e independientemente del contenido que Galeano estampa en su prosa, quiero subrayar su talento realmente formidable para administrar una pluma que produce resultados que encandilan de admiración al lector. Una especie de hechizo superlativo de un prestidigitador que juega con las formas del idioma y que exhibe una gimnasia gramatical que se asimila a estar escribiendo poemas permanentes con una cadencia notable, por más que se trate del género del ensayo.

 

Habiendo dicho esto, destaco lo que es evidente: su contribución a la demolición de la sociedad abierta, o mejor dicho, a lo que queda de ella puesto que durante las últimas largas décadas los gobiernos se han propuesto el estrangulamiento de las libertades de las personas que gobierna. Astronómicos incrementos en el gasto público, impuestos insoportables, regulaciones asfixiantes en el contexto de marcos institucionales degradados hacen que el Leviatán avance sobre los espacios privados de la gente dejando a su paso pobreza para todos, muy especialmente para los más necesitados. Aquellas medidas las propone Eduardo Galeano con entusiasmo. Flota en sus trabajos la presencia de la suma cero de la teoría de los juegos, es decir, lo que gana uno lo pierde el otro retrotrayéndonos a la época mercantilista. Nada original por cierto. En Las venas abiertas de América Latina concluye que “cuanto más libertad se otorga a los negocios, más cárceles se hace necesario construir para quienes padecen los negocios”, con lo cual le da la espalda al hecho de que en toda transacción libre y voluntaria ambas partes se benefician.

 

No distingue para nada el empresario que para mejorar su situación patrimonial debe servir a sus semejantes: si acierta gana y si yerra incurre en quebrantos. No distingue esta situación con el pseudoempresario que se enriquece debido al privilegio que le otorga su alianza con el poder político de turno, con lo que explota miserablemente a sus congéneres.

 

La emprende contra un capitalismo prácticamente inexistente, incluso en el otrora baluarte del mundo libre, Estados Unidos,  donde de un largo tiempo a esta parte los gobiernos han traicionado los sabios consejos de los Padres Fundadores para, en su lugar, abrazar la latinoamericanización en el peor sentido de la expresión, lo cual incluye “salvatajes” para negociantes irresponsables, ineptos e indecentes, claro está con los recursos de los que trabajan honestamente. Embiste contra el mercado como si no se percatara que se trata de millones de arreglos contractuales entre los que está el mismo Galeano, no solo para su vivienda, su vestido, su alimentación y su recreación sino de modo muy especial para vender su antedicho libro (y muchos otros, también de su autoría) que va por la edición sesenta y ocho con jugosos derechos de autor.

 

Sus recetas son anacrónicas, son las que aplicaron y aplican todos los países atrasados del planeta pero están vestidas con un ropaje nuevo y adornados con una prosa elegante, por más que ataque por las razones equivocadas a las nefastas instituciones internacionales como el FMI y el Banco Mundial que sin duda habría que disolver por el daño mayúsculo que infringen con recursos coactivamente detraídos del fruto del trabajo ajeno, a manos de burócratas que reciben pagas suculentas y que viajan en primera con pasaportes que les permiten acarrear compras que no revisan las malditas aduanas que ellos mismos apoyan.

 

Hace algo más de veinte años, en la revista mexicana Perfiles, publiqué un artículo titulado “El mundo al revés de Eduardo Galeano” donde criticaba uno de los libros del mencionado autor (Patas arriba. La escuela del mundo al revés) donde intenté mostrar que lo que está al revés es en gran medida debido a la absorción de lo dicho por autores como Galeano y que, en consecuencia,  el mundo al revés estaba, entre otras, en la cabeza de este escritor. Abría aquella nota con una cita que hacía este autor en la que se leía lo siguiente: “Donde no se obedece la ley, la corrupción es la única ley. La corrupción está minando este país. La virtud, el honor y la ley se han esfumado de nuestras vidas”. ¿A quien pertenece esta cita?: a Al Capone en una entrevista publicada en Liberty el 17 de octubre de 1931. Esto mismo es dicho y repetido por los políticos estatistas con deslumbrante hipocresía luciendo unas sonrisas bastante estúpidas de un cinismo dignas de mejor causa. Pero henos aquí que Galeano no lo ve así, según él el problema radica en los privados que usan y disponen de lo adquirido lícitamente como consecuencia de lo intercambiado con otros. Es por eso que alaba enfáticamente el experimento oprobioso de la isla-cárcel cubana que constituye su modelo.

 

Pero ahora, según algunas de las declaraciones recientes de Galeano, parece que está disgustado con las recetas que había propuesto. Sin embargo, no se decide que sistema abrazar. En un escrito corto de su autoría consigna que se cayó del mundo y no sabe por que puerta entrar, al tiempo que se queja de la sociedad del descarte en la que a cada rato se cambia de celular, de televisor, de automóvil, de computadora y hasta de mujer o marido y de valores, en el contexto de vivir endeudados y otras observaciones atinadas.

 

Pero en estos comentarios con tono quejumbroso, deben diferenciarse dos planos bien nítidos. Por una parte, los descartes y rotaciones de bienes y servicios y, por otra, el abandono de valores y principios. Esto último hace que se pierda la brújula, los mojones o puntos de referencia, suponiendo que está aludiendo al respeto recíproco que implica las libertades individuales, la palabra empeñada en los contratos y la propiedad privada, en primer lugar del pensamiento y la integridad física de cada cual y, luego, del producto de su trabajo.

 

El otro plano es puramente axiológico y depende en gran medida de la educación formal e informal recibida y de elucubraciones personales. Por ejemplo y salvando las distancias, personalmente me disgusta la música, las canciones y los movimientos espasmódicos de Michael Jackson que por otra parte nunca supe a ciencia cierta si era negro o blanco, varón o mujer, pero nada se puede hacer como no sea dedicarse a la persuasión sobre la eventual superioridad de otras composiciones musicales, escenarios distintos y bailes diferentes. Lo mismo va para la tilinguería de mucho de lo que se trasmite por televisión y así sucesivamente, que incluye el afán de cambiar artefactos y demás actitudes y preferencias, para lo cual bajo ningún concepto es aceptable el recurrir a comisarios sino que se requiere respeto para que cada uno siga su camino siempre y cuando no se lesionen derechos de terceros.

 

En resumen, mi propuesta para Galeano es que retome el mundo después de su caída más o menos vertiginosa y entre raudamente por la puerta de la libertad y denuncie con el vigor que lo caracteriza todo lo que signifique el uso de la violencia para con personas que no se entrometen en los derechos de otros y, simultáneamente, insista en la docencia para mostrar los desperdicios humanos al destinar esfuerzos en pro de la zoncera sistemática que se aparta de los fines de excelencia que hace posible la condición humana, posibilidad que la diferencia de las otras especies conocidas.

 

El conocimiento es provisorio sujeto a refutaciones, para lo cual se requieren debates abiertos sin ningún tipo de censuras. Un sistema liberal (no el absurdo invento de “neoliberal”, etiqueta con la que ningún pensador de fuste se identifica) en el que marcos institucionales se circunscriban a proteger los derechos de todos, dejando por completo de lado a los megalómanos que pretenden manejar vidas y haciendas ajenas, sin comprender que el conocimiento es disperso y fraccionado y que, por ende, los así llamados planificadores concentran ignorancia con la petulante y morbosa inclinación de imponer lo que debe hacer cada uno.

 

Muy bienvenido sería Galeano a las filas liberales, lo cual significa el respeto irrestricto para los proyectos de vida de otros.  Filas donde no hay popes sino intercambios de ideas con plena conciencia que es una tradición de pensamiento que está y estará en permanente ebullición porque en la vida terrenal no hay un punto final que no sea susceptible de mejorar. Bienvenido por su antes referida pluma colosal y por su honestidad intelectual al exponer sus dudas existenciales por donde entrarle al mundo. Por otra parte, es de interés apuntar que la ansiedad y angustia que muestra la necesidad de rotaciones permanentes sin solución de continuidad, la caricatura de la existencia al exhibir públicamente lo privado en Facebook y la pretendida comunicación con un interlocutor presencial pero mirando todo el tiempo el celular, obedecen a la falsificación de guías, valores y principios que se dejan de lado para adoptar no se sabe qué al compás de cambios por el cambio mismo.

 

Por último, señalo que el clima de tensión y de violencia que muchas veces acompaña esa especie de angustia permanente, es consecuencia de imposiciones atrabiliarias de un Leviatán adiposo y creciente, tal como lo expone en detalle y muy documentadamente Butler S. Schaffer en su largo ensayo titulado “La violencia como producto del orden artificial” que, en definitiva, genera tensiones que aumentan sin cesar y demuelen el orden en el sentido que tradicionalmente lo ha entendido la civilización, claro está, basada en el respeto recíproco en consideración a lo sacro de las autonomías individuales.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. En Administración. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer rector de ESEADE.