Archivos por Etiqueta: Tasas de capitalización

LA BALANZA COMERCIAL NO ES RELEVANTE

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Una de las falacias más recalcitrantes de nuestra época consiste en sostener que es muy bueno para un país exportar y es inconveniente importar, o dicho en otros términos el objetivo debiera ser exportar más de lo que se importa al efecto de contar con un “balance comercial favorable”.  Esta conclusión deriva del mercantilismo del siglo xvi que seguía el rastro de las sumas dinerarias, sin percatarse que una empresa puede tener alto índice de liquidez y estar quebrada. Lo importante para valorar la empresa o el estado económico de una persona es su patrimonio neto actual y no su grado de liquidez.

 

En última instancia, el mercantilismo se resumía en que en una transacción el que gana es el que se lleva el dinero a expensas de quien obtiene a cambio un bien o un servicio. Esto en economía se conoce como el Dogma Montaigne pues ese autor (Michel Montaigne, 1532-92) desarrolló lo dicho en el contexto de la suma cero: “la pobreza de los pobres es consecuencia de la riqueza de los ricos”, sin comprender que en toda transacción libre y voluntaria ambas partes ganan y que la riqueza es un concepto dinámico y no estático. El que obtiene un servicio o se lleva un bien a cambio de su dinero  es porque valora en más lo primero que lo segundo, lo cual también sucede en valorizaciones cruzadas con el vendedor que valora en más la suma dineraria recibida a cambio.

 

Lo ideal para un país es que sus habitantes puedan comprar y comprar del exterior sin vender nada, pero lamentablemente esto se traduciría en que el resto del mundo le estaría regalando bienes y servicios al país en cuestión y en nuestras vidas apenas si podemos convencer a nuestros familiares que nos regalen para nuestros cumpleaños. Entonces, reiteramos, lo ideal es contar con el balance comercial más “desfavorable” posible pero las cosas no permiten proceder de esa manera por lo que no hay más remedio que exportar para poder importar o utilizar el balance neto de efectivo como veremos a continuación.  El objetivo de un país y el objetivo de cada persona es comprar no vender, la venta o la exportación es el costo de  comprar o importar.

 

Ahora bien, como reza nuestro título, lo relevante no es el balance comercial sino el balance de pagos que siempre está equilibrado en un mercado abierto tanto en un país como en cada persona. Veamos el asunto más de cerca, el balance de pagos significa que los ingresos por ventas o exportaciones son iguales a los gastos por compras o importaciones más/menos el balance neto de efectivo o cuenta de capital. Por ejemplo si una persona o un grupo de ellas (país) recibe en un período determinado ingresos o exportaciones por valor de 100 y sus compras o importaciones en ese mismo período fueron 400 quiere decir que su balance de efectivo o el uso de los capitales asciende a 300: 100 = 400 – 300 o si al ingresar o exportar por 200 sus gastos o importaciones fueron 50 el balance de pagos será 200 = 50 + 150 y así sucesivamente. Nunca hay desequilibrios en el balance de pagos.

 

Por lo dicho es que Jacques Rueff en su obra titulada The Balance of Payments concluye que “El deber de los gobiernos es permanecer ciegos frente alas estadísticas de comercio exterior, nunca preocuparse de ellas, y nunca adoptar políticas para alterarlas […] si tuviera que decidirlo no dudaría en recomendar la eliminación de las estadísticas del comercio exterior debido al daño que han hecho en el pasado, el daño que siguen haciendo y, me temo, que continuarán haciendo en el futuro”.

 

Veamos desde otro ángulo la sandez de los partidarios de los balances comerciales “favorables o desfavorables” con una ironía desplegada por el economista decimonónico Frédéric Bastiat en su ensayo sobre comercio exterior. Cuenta que un francés compra vino en su país por valor de un millón de francos (hoy denominados en euros) y lo transporta a Inglaterra donde lo vende por dos millones de francos con los que a su vez compra algodón que lleva de vuelta a Francia. Al salir de la aduana francesa el gobierno registra exportaciones por un millón de francos y al ingresar con el algodón el gobierno registra importaciones por dos millones de francos, con lo cual este personaje es condenado por contribuir a que Francia tenga un “balance comercial desfavorable”.

 

Bastiat continúa su relato diciendo que otro comerciante francés también compró vino por un millón de francos en su país y lo transportó a Inglaterra pero no le dio el cuidado que requería el vino en el transcurso del viaje, debido a lo cual pudo venderlo solo por medio millón de francos en aquél país con lo que adquirió algodón inglés que ingresó a Francia. Un negocio ruin, pero esta vez el gobierno francés contabilizó en la aduana una exportación por un millón de francos y una importación por medio millón de francos ¡ por lo que fue alabado porque contribuyó a generar un “balance comercial favorable” ! ¿Puede haber un dislate mayor en esta conclusión?

 

Más aun, el antes mencionado Rueff en el mismo libro citado dice que para seguir con el absurdo de los razonamientos sustentados en los mal llamados balances comerciales favorables y desfavorables habría que exportar todo y luego “mandar toda la producción nacional al fondo del mar” al efecto de reducir al máximo posible la posibilidad de comprar del exterior. Pero, como queda dicho, el objeto de la venta o exportación es la compra o importación y el tipo de cambio empuja incentivos en una u otra dirección: al exportar baja la relación de cambio respecto a la divisa extranjera lo cual, a su turno, incentiva a la importación pero al importar se encarece la divisa extranjera en términos de la local, situación que frena las importaciones y estimula la exportaciones.

 

Si alguien dijera que conviene solo exportar y evitar importaciones haría que el valor de la divisa extranjera se desplome con lo cual se frenan las mismas exportaciones que se desean promover. El mercado cambiario regula los brazos exportadores e importadores. Claro que si los gobiernos manipulan el tipo de cambio y las deudas externas gubernamentales sustituyen las entradas genuinas de capital, todo se trastoca.

 

Si un país fuera absolutamente inepto para vender al exterior y no es capaz de atraer capitales, nada tiene que temer en cuanto a desajustes en sus cuentas externas puesto que nada podrá comprar del exterior.

 

Pero en el fondo subyace otra falacia de peso y es que los aranceles puede promover la economía local. Muy por el contrario, todo arancel significa mayor erogación por unidad de producto lo cual se traduce en un nivel de vida menor para los locales puesto que la lista de lo que pueden adquirir inexorablemente se contrae. En realidad el “proteccionismo” desprotege a los consumidores en beneficio de empresarios prebendarios que explotan a sus congéneres.

 

En no pocas evaluaciones de proyectos hay quebrantos durante los primeros períodos que naturalmente se estima serán más que compensados en períodos ulteriores. Entonces si en un emprendimiento se comprueban pérdidas proyectadas durante las primeras etapas, son los empresarios en cuestión los que deben absorber los quebrantos del caso y no pretender endosarlos sobre las espaldas de los contribuyentes vía los aranceles. Y si esos empresarios no cuentan con los recursos suficientes pueden vender el proyecto para participar con otros socios locales o internacionales. A su vez si nadie en el mundo se quiere asociar al proyecto es por uno de dos motivos: o el proyecto es un cuento chino (lo cual es bastante habitual en el contexto de “industrias incipientes” mantenidas en el tiempo) o estando el proyecto bien evaluado aparecen otros más urgentes y como todo no puede llevarse a cabo simultáneamente, deberá esperar su turno o dejarlo sin efecto.

 

Reiteramos que parece increíble que todavía se siguen empleando los argumentos más retrógrados, primitivos y cavernarios al efecto de bloquear transacciones de bienes y servicios a través de las fronteras, como si éstas fueran delimitaciones mágicas que modifican todos los principios de sensatez y cordura en el contexto de culturas alambradas.

 

La base central para derribar las trabas al comercio exterior es que permite el ingreso de mercancías más baratas, de mejor calidad o las dos cosas al mismo tiempo. Es idéntico al fenómeno de incrementos en la productividad: hace menos onerosa las operaciones con lo que se liberan recursos humanos y materiales para poder dedicarlos a otros menesteres, lo cual, a su turno, significa estirar la lista de bienes y servicios disponibles que quiere decir mejorar el nivel de vida de los habitantes del país receptor.

 

Este es el progreso. Todo aprovechamiento de los siempre escasos recursos se traduce en aumento de salarios e ingresos en términos reales puesto que ello es exclusiva consecuencia de las tasas de capitalización.

 

Si se comienza a preguntar cuales cosas se podrían fabricar como si estuviéramos en Jauja y todos estuvieran satisfechos, quiere decir que no hemos entendido nada de nada sobre economía. En verdad la cuestión arancelaria no es diferente de los efectos que tendrían lugar si se impusieran aduanas interiores en un país o si un productor de cierto bien en el norte descubre un nuevo procedimiento para producirlo y consecuentemente lo puede vender más barato y mejor, pero en el sur lo bloquean debido a que los de la zona lo fabrican más caro y de peor calidad. Este es el mensaje de los funcionarios de las aduanas de todas partes: “no vaya usted a traer algo mejor y de menor precio porque perjudicará gravemente a sus congéneres”.

 

En un sentido contrario, este es el significado de los duty free que tanto fascinan a todo el mundo los cuales dejarían de existir si no se interpusieran los aranceles y tampoco viajarían pasajeros con medio mundo a cuestas en proporción a lo cerrado al comercio que sean sus países de origen puesto allí podrían adquirir lo que necesitan en lugar de acarrear pesadas maletas y esconder productos en los lugares más increíbles del cuerpo para no ser detectados por los antedichos burócratas (por supuesto que los que imponen semejantes legislaciones ingresan mercaderías con pasaportes diplomáticos y otras prebendas).

 

A juzgar por los voluminosos “tratados de libre comercio” aún no se comprendió que las cerrazones perjudican especialmente a los países más pobres puesto que el delta en productividad es mayor respecto a los más eficientes. Resulta tragicómico que se sostenga que los referidos tratados deben realizarse entre países iguales, cuando precisamente como en todo comercio la ventaja estriba en la desigualdad puesto que entre iguales no hay nada que comerciar.

 

Sin duda que si los gobiernos introducen dispersiones arancelarias se crea un embrollo que conduce a cuellos de botella insalvables entre las industrias finales y sus respectivos insumos. El antes citado  Bastiat también se burla del llamado “proteccionismo” al sugerir que en su época se obligara a tapiar todas las ventanas de las casas al efecto de proteger a los fabricantes de candelas de la “competencia desleal del sol”.

 

Entre otros despropósitos se argumenta que el control arancelario debe establecerse para evitar el dumping, lo cual significa venta bajo el costo que se dice exterminaría la industria local sin percatarse que el empresario, si el bien en cuestión es apreciado y la situación no se debe a quebrantos impuestos por el mercado, saca partida de semejante arbitraje comprando a quien vende bajo el costo y revende al precio de mercado. Pero generalmente nadie se toma siquiera el trabajo de verificar la contabilidad del proveedor en cuestión, lo único que preocupa a comerciantes ineficientes es que se colocan productos y servicios a precios menores que lo que con capaces de hacer ellos. Lo peligroso es el dumping gubernamental puesto que se realiza forzosamente con los recursos del contribuyente (por ejemplo el déficit de las mal llamadas empresas estatales), de todos modos, en este caso, los perjudicados son los residentes en el país que impone esta medida pero son beneficiarios quienes reciben en el exterior regalos a través de bienes más baratos que los que se ofrecen en el mercado.

 

Es paradójico que se hayan destinado años de investigación para reducir costos de transporte y llegados los bienes a la adunada se anulan esos tremendos esfuerzos a través de la imposición de aranceles, tarifas y cuotas. Hay un dèjá vu en todo esto. En resumen, respecto al tema arancelario, tal como señala Milton Friedman “La libertad de comercio, tanto dentro como fuera de las fronteras, es la mejor manera de que los países pobres puedan promover el bienestar de sus ciudadanos […] Hoy, como siempre, hay mucho apoyo para establecer tarifas denominadas eufemísticamente proteccionistas, una buena etiqueta para una mala causa”.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

JOSÉ INGENIEROS ACERCA DEL HOMBRE MEDIOCRE

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Vuelvo sobre el tema de la mediocridad desde otros ángulos. Es como escribe Enrique Santos Dicépolo en Cambalache en donde resulta que al mediocre le da lo mismo “el burro que el gran profesor”. Un antídoto para la mediocridad es la buena lectura que puede resumirse en el subtítulo de uno de los libros de Fernando Savater: “Sobre el gozo de leer y el riesgo de pensar”.

Y aquí irrumpe en escena José Ingenieros (1877-1925) escritor, filósofo y médico egresado de la Universidad de Buenos Aires con estudios en Paris, Ginebra y Heidelberg. Premiado en 1903 por la Academia Nacional de Medicina por su libro Simulación de la locura. En 1908 trabajó en la cátedra de Neurología a cargo de José María Ramos Mejía en la Facultad de Medicina de la UBA y también se hizo cargo de la cátedra de Psicología Experimental en la Facultad de Filosofía y Letras de la misma universidad donde diez años más tarde fue designado Vicedecano.

 

En 1909 fue electo presidente de la Sociedad Médica Argentina.  Colaboró en periódicos de inclinación anarquista y fue fundador y escritor asiduo en diversas revistas y medios periodísticos como La Vanguardia establecida por Juan B. Justo y Nicolás Repetto de donde tomó partes de un así denominado socialismo que luego derivó en el socialismo democrático al estilo de Américo Gholdi, posición intelectual de quienes se oponían a la banca central y sustentaban el libre comercio entre las naciones y el patrón oro, aunque en materia laboral suscribían varios aspectos de raigambre marxista, a pesar de contener en muchos de sus miembros características eminentemente respetuosas para con las autonomías individuales en un contexto de libertad.

 

En todo caso en esta nota periodística quiero centrar la atención en una obra de Ingenieros que ha concitado la atención de no pocas mentes inquietas. Se trata de El hombre mediocre que fueron originalmente sus clases en la antes mencionada cátedra en la Facultad de Filosofía y Letras durante el ciclo lectivo de 1910, luego publicadas en forma de libro.

 

Cabe destacar la notable maestría con que el autor administra su prosa imbuida no solo  de una muy pulida gramática sino de un formidable ingenio y capacidad descriptiva.

 

Comienzo por algo que Ingenieros toca al pasar pero que constituye un hallazgo de grandes proporciones del que derivan consecuencias de  importancia para la comprensión del individualismo metodológico. Hay veces que uno da por sentado como verdad un error manifiesto y recién uno se percata de la equivocación cuando se desnuda el tema.

 

Bien, el asunto estriba en que José Ingenieros sostiene que es un error garrafal aludir al “sentido común” ya que se trata en verdad del “buen sentido” siempre personalísimo ya que no es comunitario el tan cacareado sentido común puesto que se trata de un antropomorfismo, es decir, se trata de un colectivo como si fuera una persona, lo cual conduce a confusiones varias. Es de la misma estirpe que cuando se parlotea que “el pueblo demanda”, “la nación piensa”  o “las instituciones dicen” y yerros equivalentes. No hay tal cosa, son metáforas peligrosas porque conducen a la liquidación de la persona en aras del grupo. Es en rigor la expropiación del hombre que es engullido por lo colectivo. En el mejor de los casos pueden ser abreviaciones que de tanto repetirlas se toman literalmente. Es cierto que puede haber una acepción más benévola del sentido común en cuanto a que apunta a lo que es común a muchas individualidades, pero de todos modos vale la advertencia para no caer en zonceras antropomórficas tipo “Estados Unidos reprobó la conducta de África” y tropelías similares.

 

Ingenieros define la mediocridad en varios pasajes de su obra como “el hábito de renunciar a pensar”, “llaman hereje a quienes buscan una verdad” (sin comprender que como señaló Shakespeare “El hereje no es el que arde en la hoguera, sino el que la enciende”), “sus ojos no saben distinguir la luz de la sombra”, “la originalidad les produce escalofríos”, “pronuncia palabras insubsanciales”, “el esclavo o el siervo siguen existiendo por temperamento o por falta de carácter. No son propiedad de sus amos, pero buscan la tutela ajena”, “incapaces de elevarse de la condición de animales de rebaño”, “rechazan la aristocracia del mérito”, “creen que el buen humor compromete la respetuosidad” y “su pasión es la envidia”.

 

A título personal, analizaremos brevemente las dos últimas referencias en sendas por la que ya hemos transitado con anterioridad pero que se hace necesario reiterar en vista de lo apuntado por Ingenieros. En primer lugar, la importancia del humor. Debemos tener muy presente que nos encontramos ubicados en un universo en el que existen millones de galaxias con altísimas probabilidades de vida inteligente en otros mundos y concientes de nuestra inmensa ignorancia de casi todo. Estas son poderosas razones para no tomarnos demasiado en serio.

El sentido del humor no significa para nada frivolidad, es decir aquel que se toma todo con superficialidad y descarta y desestima los temas graves. Tampoco el sentido del humor alude a lo hiriente y agresivo, ni las referencias a temas que no son susceptibles de risa.

Platón sostenía en La República que “los guardianes del Estado” debían controlar que la gente no se ría puesto que eso derivaría en desorden (lo mismo sostuvo Calvino). De esta tradición proceden las prohibiciones de mofas a los gobernantes autoritarios en funciones. Nada más contundente para gobernantes que se burlen de ellos.

La seriedad cuando se está frente a temas serios es una cosa y la solemnidad pomposa es otra. Es curiosa la psicología junto a la fisiología: nadie explicó la razón de llorar cuando nos duele el alma y reír cuando estamos alegres ¿por qué no al revés? Del mismo modo Aristóteles se pregunta por qué no nos reímos cuando nos hacemos cosquillas a nosotros mismos. En realidad la risa es propiamente humana, lo de la hiena es un simulacro, igual que el amor (por eso aquello de “hacer el amor” para asimilarlo a las relaciones sexuales es limitar lo sublime del amor que va más allá de lo puramente físico y es característico de lo humano).

Debido a que nos equivocamos con frecuencia, es sano reírse de uno mismo. En reuniones sociales es de interés probar el sentido del humor contando errores garrafales que uno comete y se observará dos tipos de personas: los que siguen la gracia y agregan casos propios y los que les parece un desatino la patinada que uno cuenta. Hay que estar prevenido y alerta respecto a este último grupo de supuestos infalibles, un signo de mediocridad.

En segundo lugar, la envidia. La  manía de la guillotina horizontal básicamente procede de la envidia además de conceptos errados. De allí surge el inaudito dicho por el que “nadie tiene derecho a lo superfluo mientras alguien carezca de lo necesario”, como si nadie pudiera comer langosta antes que todo el planeta tuviera pan sin comprender que el lujo es el estímulo para que los eficientes expandan su producción haciendo que lo superfluo hoy resulte en un bien de consumo masivo mañana. Las tasas de capitalización que resultan de ganancias incrementadas es lo que hace posible salarios e ingresos mayores en términos reales. Que nadie pueda contar con una computadora antes que todos dispongan de papel y lápiz es tan descabellado como suponer que nadie pueda tocar la guitarra antes que todos tengan zapatos.

 

La envidia es en realidad un complejo de inferioridad y de gran inseguridad. La persona envidiosa sabe que carece de las cualidades que posee el envidiado y cuando más cerca se encuentra mayor es la dosis de envidia. No es frecuente que en nuestros días se envidie la capacidad oratoria de Cicerón, sin embargo es un lugar común que se envidie al vecino o al pariente.

 

Como bien ha consignado el célebre H. L. Menken en el contexto de los envidiosos: “la injusticia es relativamente más aceptada, lo difícil de absorber es la justicia”, es decir los talentos y dones del envidiado.

 

Por supuesto que debe distinguirse el espíritu de emulación a lo bueno y noble de lo que es la envidia. Aristóteles hacía esta importante distinción. Lo primero empuja la vara y apunta a la excelencia, mientras que lo segundo hunde en el pantano.

 

He contado antes la historia pero es pertinente reiterarla. Cuando el destacado empresario Goar Mestre se exilió de Cuba luego que todos sus bienes fueron confiscados por la tiranía castrista, en casa de mi padre una vez nos mostró un diario editado en Miami por cubanos en el exilio. En ese periódico se leía que un fulano declaraba que “la revolución arruinó mi vida y la de mi familia, pero por lo menos le sacaron todo al millonario Mestre”. Este es el espíritu maligno de la envidia, aunque el titular la pase mal se satisface con la destrucción de personas exitosas.

 

En lo que posiblemente sea el tratado sobre la envidia más suculento escrito por Helmult Shoeck, este autor concluye sobre lo que es en verdad un espíritu de demolición: “La mayoría de las conquistas científicas por la cuales el hombre de hoy se distingue de los primitivos por su desarrollo cultural y por sus sociedades diferenciadas, en una palabra, la historia de la civilización, es el resultado de innumerables derrotas de la envidia, es decir, de los envidiosos”.

 

Aparecen muchas formas de disfrazar la envidia. Tal vez la más común sea la necesidad de liberarse de responsabilidad y endosar la culpa de la situación desfavorable del envidioso sobre las espaldas del envidiado, sugiriendo aquí y allá que lo desventajoso del envidioso se debe a un mal comportamiento del envidiado o de circunstancias que lo colocan en ventaja de modo inaceptable al sentido de ecuanimidad. Sin duda que en este mismo contexto una errada aplicación de lo que en la teoría de los juegos se denomina la suma cero juega un rol importantísimo en la psicología de la envidia.

 

Así se sostiene en el terreno crematístico que lo que uno no posee es porque el otro lo tiene, como si la riqueza fuera una torta que hay que repartir sin percatarse que en procesos abiertos de lo que se trata es de multiplicar las tortas. Y en el campo de los talentos y las apariencias físicas siempre el envidioso encuentra excusas y subterfugios para victimizarse porque no puede competir con éxito. La competencia lo inhibe, se oculta en diversos disfraces para eludirla y pretende actuar en base a privilegios alegando “competencia limpia”.

 

Por último y volviendo directamente a Ingenieros, contrasta con énfasis el mediocre con el idealista el cual considera que muestra “un gesto del espíritu hacia alguna perfección” y en línea con la manía de emprenderla contra la teoría, afirma que “los ideales, por ser visiones anticipadas de lo venidero, influyen sobre la conducta y son el instrumento natural de todo progreso humano”, es “la anticipación de la imaginación a la experiencia”, es “el contraste entre el servilismo y la dignidad”, son los que “clavan las pupilas en las constelaciones lejanas y de apariencia inaccesible”, son “los que no se dejan domesticar” y hablan claro y fuerte sin rebusques y poses alambicadas.

En resumen, nos dice el autor aludiendo a la mediocridad de quienes profesan especial fobia por el trabajo teórico de lo cual depende toda práctica que no proceda a los tumbos: “Sin ideales sería inconcebible el progreso. El culto del hombre práctico está limitado a las contingencias del presente”.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

LA IMPORTANCIA DE LOS CONTRATOS

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Uno de los pilares de mayor peso en la sociedad abierta consiste en las relaciones contractuales. Desde que nos levantamos a la mañana se hacen patentes los contratos: abrimos la heladera, usamos el microondas, engullimos mermelada, tostadas y queso que son todos fruto de contratos de compra-venta. Tomamos un colectivo (contrato de transporte), llevamos a nuestros hijos al colegio (contrato de educación), si voy en el automóvil al trabajo cargo nafta (contrato de compra-venta de energía), lo dejo en una playa de estacionamiento (contrato de locación), llego al trabajo (contrato laboral), voy al banco (contrato de depósito) o solicito un crédito (contrato de mutuo), concedo una garantía (contrato de fianza), entrego una suma de dinero a una Fundación (contrato de donación), encargo aun funcionario que gestione un trámite (mandato) etc.

 

El contrato presupone la propiedad ya que significa intercambio de valores entre las partes para lo cual usan y disponen de lo propio o por encargo de terceros. Depende del valor de que se trate, el contrato puede ser escrito o tácito (de adhesión como, por ejemplo, cuando se adquiere un boleto en el subterráneo o una entrada al cine se presupone que la contrapartida del contrato es prestar el servicio correspondiente.

 

Como la característica medular de los bienes económicos es su escasez, es decir, no hay para todos, de lo contrario no serían bienes económicos y, como el aire, en este planeta en este momento simplemente se usa sin que se pague precio alguno. La propiedad y el precio son términos correlativos. No hay lo uno sin lo otro. Donde se ha abolido la propiedad no hay precios y, por ende, no hay posibilidad alguna de contabilidad ni evaluación de proyectos, situación que consecuentemente no permite saber cual es el estado de la economía: cuanto se consume de capital.

 

El respeto al contrato permite la civilización, la cual se ha derrumbado cada vez que los megalómanos de turno la han emprendido contra esta institución vital. En realidad, dejando de lado las horribles masacres, la falta de respeto al contrato explica la caída del Muro de la Vergüenza en Berlín: el caos económico que siempre repercute sobre aspectos cruciales de lo social.

 

Vía la asignación de derechos de propiedad,  las diferencias patrimoniales se van estableciendo según sean las votaciones diarias en el supermercado y afines. Como se ha reiterado tantas veces, el que da en la tecla sobre los gustos de su prójimo obtiene ganancias y el que yerra incurre en quebrantos. Las posiciones patrimoniales no son irrevocables, antes al contrario proceden de los gustos y preferencias del consumidor. Este proceso permite optimizar las tasas de capitalización que son la única causa de la elevación en el nivel de vida de la gente, muy especialmente de los más necesitados.

 

Por supuesto que este proceso no ocurre cuando operan pseudoempresarios que viene a expensas de los demás quienes son explotados por quienes acrecientan sus fortunas no por servir mejor a su prójimo sino merced a los privilegios que le otorga el poder de turno en un intercambio de favores siempre trubio.

 

En la medida en que los aparatos estatales intervienen en el mercado, en esa media se deteriora el contrato y, por tanto, necesariamente se va perdiendo el rumbo de la economía puesto que los operadores no cuentan con la información que se requiere para invertir o desinvertir en las distintas áreas.

 

Debilitar el contrato definitivamente destruye incentivos al atacar el derecho de propiedad. Por ejemplo, si no se asignan derechos de propiedad en un edificio los que viven allí actuarán en línea con “la tragedia de los comunes”, es decir, como lo que es de todos no es de nadie, habrá conflictos sin resolver entre los que habitan ese edificio (incluso los modales serán poco corteses e incluso la basura se tratará de modo muy poco conveniente en cuyo contexto todos se echarán la culpa recíprocamente y se tenderá a que nadie asuma costos al pretender ser free-rider del vecino). Sin embargo, si cada uno tiene su propiedad, el titular cuidará de lo suyo con esmero y, a menos que se trate de un ladrón para lo cual hay otras soluciones, no se inmiscuirá en lo ajeno e intentará lograr un clima de concordia.

 

El derecho de propiedad y, por tanto el cumplimiento del contrato son inseparables de la justicia ya que su definición clásica es el “dar a cada uno lo suyo” y también inseparable de la libertad ya que de este modo cada uno puede elegir como proceder con el fruto de su trabajo.

 

Varias son las teorías que atentan abiertamente contra la propiedad y los contratos. En primer lugar, la llamada teoría del “abuso del derecho” lo cual constituye una logomaquia ya que un mismo acto no puede ser simultáneamente conforme y contrario al derecho. Como ha dicho M. Planiol el abuso comienza cuando termina el derecho. M.A. Risolía a su vez subraya la peligrosidad de otorgar al juez la facultad de distinguir un abuso dentro de la misma regulación jurídica.

 

La teoría de “la lesión” está también en línea con el llamado “abuso del derecho” suponiendo una posible lesión aun dentro de la norma vigente (en todo caso si esto fuera así habría que sustituirla por otra norma a través del Poder Legislativo pero no otorgar al juez la posibilidad de modificar de facto la ley) y, a su vez, la teoría de “la imprevisión” difiere de la lesión respecto a la temporalidad (la lesión se juzga al momento de celebrarse el contrato, mientras que la imprevisión en un momento futuro porque una de las partes no previó lo que iba a ocurrir). J. A. Bibiloni ha escrito en este sentido que “no hay sociedad posible si por circunstancias no previstas se pretende resarcimiento. El contrato exige que el deudor respete sus compromisos, arruinándose si fuera necesario”.

 

En cuarto lugar, la teoría del “enriquecimiento ilícito” no en el sentido de quien se enriqueció con el fraude lo cual debe ser castigado sino en un sentido bien diferente: el que se enriqueció más allá de lo que el juez arbitrariamente considera excede “lo razonable”, situación que ignora el sentido mismo del contrato.

 

Finalmente, la novel teoría de “la penetración” por la que se sostiene que los accionistas de una sociedad anónima son responsables con sus bienes, respondiendo por los actos de la empresa de la que son copropietarios. Se consideran solidaria e ilimitadamente responsables por los actos de las personas de existencia ideal que han emitido los títulos, lo cual de hecho extingue la personería jurídica de las sociedades anónimas.

 

De más está decir que cuando nos referimos al derecho de cada cual no estamos aludiendo a la supuesta facultad de saquear al vecino, lo cual lamentablemente hoy día en no pocos lares estos pillajes se conocen como “nuevos derechos”, situación, claro está, que significa pretender un pseudoderecho contra el derecho, es decir, de arremeter contra el bolsillo del prójimo con el apoyo del aparato estatal. En otros términos, cuando se concluye que el sentido del monopolio de la fuerza es para garantizar y proteger derechos de los gobernados se alude principalmente al derecho de propiedad comenzando por el propio cuerpo, la libertad de expresar el propio pensamiento y el uso y disposición de lo adquirido lícitamente a través de contratos implícitos o escritos al efecto de intercambiar valores libre y voluntariamente entre las partes.

 

Antes he escrito parcialmente sobre lo que sigue pero ilustra nuestro tema de hoy. Cuenta Paul Johnson que le informaron a Jorge iv que su peor enemigo había muerto, “¿no me diga que finalmente ha muerto Carolina?” interrogó sorprendido el rey (aludiendo a su mujer, por lo menos oficialmente) a lo que el informante respondió “No su majestad, ha muerto Napoleón”. He aquí un malentendido. Salvo contadas excepciones parecería que estamos metidos hasta el tuétano en un tejido espeso de malos entendidos y conversaciones entre sordos. El segundero pasa rápido y no tenemos siete vidas como los gatos. ¿Estaremos destinados a repetir lo mismo ad nauseam una y otra vez? Si fueran errores, pero por lo menos nuevos, tendría la ventaja de generar debates que estimulan la imaginación. Pero repetir y repetir produce bostezos que entumecen al más despabilado e inquieto de los mortales. Siempre entre la ciénaga de la corrupción y los manotazos estatistas de los gobiernos que bajo una u otra etiqueta hacen más o menos lo mismo con distintas modalidades y modales.

 

Es que no hay magias. Seguramente sería atractivo que los problemas se pudieran arreglar con la mera expresión de deseos y con el decreto o decretazo. Pero, lamentablemente, las cosas no son así. Existen nexos causales que no pueden ignorarse sin pagar un precio muy alto. Rompiendo el termómetro no se baja la temperatura. Hay que tomarse el asunto con calma y analizar las causas de los males con un poco mas de enjundia. Subas incesantes en el gasto público, astronómicos incrementos en la deuda gubernamental y déficit fiscal incontenible, en el contexto de la degradación de organismos de contralor, “robos para la corona”, corrupciones de toda índole y una agraviante farandulización. Esto y no un movimiento mecánico explica las vueltas del péndulo. Afortunadamente hay signos de una revitalización de la justicia en diversos lares,  es de esperar que se confirmen para no limitarnos a repetir aquello de la herencia recibida.

 

Cuando éramos niños, nos han preguntado muchas veces “¿quiere que le cuente el cuento del gallo pelado?”. Si uno respondía “bueno” nos decían “No le digo que diga bueno, le pregunto si quiere que le cuente el cuento del gallo pelado”. Cuando uno replicaba “si” para introducir una variante, el interlocutor insistía “No le digo que diga si, pregunto si quiere que le cuente el cuento del gallo pelado” y así sucesivamente, no había forma de entrarle al asunto. No había diálogo posible. Esto está pasando hoy. Al repetir recetas anacrónicas y perimidas estamos contándonos el cuento del gallo pelado. Hay que salir de la trampa y retomar sendas que han dado resultado y que nos sacarán de encima el pesado lastre que llevamos. No está a nuestro alcance corregir los acontecimientos alejados, pero por lo menos pongamos un poco de entusiasmo para enmendar lo que tenemos a la mano. Como escribió Einstein “los problemas no pueden resolverse con quienes los han creado”.

 

Un modo de comenzar a revertir nuestros problemas consiste en respetar los contratos, lo cual conlleva otras consideraciones vitales para el futuro de la sociedad libre.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

Pulir parte del mensaje liberal

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 23/7/18 en: https://www.cronista.com/columnistas/Pulir-parte-del-mensaje-liberal-20180722-0022.html

 

 

Reiteramos que el liberalismo es nada más y nada menos que el respeto irrestricto por los proyectos de vida de otros. Todo lo diferente debe ser tolerado, excepto la lesión de derechos de terceros.

Pulir parte del mensaje liberal

Nos encontramos con que muchos aparatos estatales encargados de proteger derechos, resulta que los conculcan. Pero también es necesario apuntar que nosotros, los liberales, no siempre trasmitimos el mensaje del aludido respeto con la suficiente claridad.

 

Un ejemplo de ello consiste en el tema central de cómo gastos públicos elefantiásicos afectan de modo muy especial a los más pobres. Esto es así debido a que consume capital el consiguiente derroche y las tasas de capitalización son la única causa de la elevación de salarios e ingresos en términos reales.

 

Se ha dicho que para aliviar el lastre del gasto público es necesario proceder a un doloroso ajuste. Pero esto así está mal planteado. El ajuste -la asfixia- es una realidad cotidiana en la vida de los argentinos desde hace setenta años.

 

De lo que se trata es de aliviar el ajuste y proceder a rellenar los bolsillos de la gente a través del recorte de lo que pesa gravemente en los presupuestos de todos, pero, como queda dicho, de modo especial en los de los más débiles.

 

No hay magias en la economía, los recursos que emplean los aparatos estatales los succionan del fruto del trabajo ajeno. Y ya hemos destacado que la forma de operar no es la poda de gastos puesto que, igual que con la  jardinería, la poda estimula el desarrollo. De lo que se trata es de eliminar funciones incompatibles con un sistema republicano. Tampoco se trata de esperar crecimientos que disimulen faenas que no se condicen con una sociedad abierta, ni congelamientos de gastos que también pretenden ocultar bajo la alfombra funciones insolentes para con las autonomías individuales.

 

No hay acción sin costos, todo lo que hacemos implica dejar de hacer otras cosas ya que no es posible realizar todo al mismo tiempo. En economía esto se denomina costo de oportunidad. En el caso que nos ocupa, el recorte de funciones se traduce en costos pero los beneficios son mayores,  de lo contrario habría que hacer la apología del desorden. No seamos ingenuos, no resulta posible comerse la torta y al mismo tiempo preservarla. Es incoherente detectar la enfermedad pero rechazar los remedios.

 

Al liberar recursos humanos y materiales éstos se asignan en tareas productivas en lugar del despilfarro. Hay que prestar debida atención a propuestas para reducir el astronómico gasto público, por ejemplo, en el libro publicado a tal fin por la Fundación Libertad y Progreso que constituye un primer paso para las diferentes áreas.

 

Dejemos fantasías como la parla sobre la ortodoxia y el neoliberalismo. Lo primero le cabe solo a las religiones, de lo que se trata es simplemente de hacer lo que se debe para prosperar. Y la etiqueta de neoliberal es un invento con la que ningún intelectual serio se siente identificado.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

LA XENOFOBIA ENFERMIZA DE TRUMP

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

El otrora baluarte del mundo libre está en manos de un xenófobo que contradice todos los valores en su momento estipulados por los Padres Fundadores de esa nación que ha mantenido durante un largo período esos principios de apertura y respeto para con el extranjero. Ahora este megalómano coincide con esperpentos conocidos en otras latitudes como el “vivir con lo nuestro” y otras sandeces de tenor equivalente.

 

La xenofobia no es solo con respecto a la inmigración y sus declaraciones racistas, Trump agrede comercialmente a Europa, a México, Canadá y China con la pretensión de encerrarse dentro de sus fronteras lo cual es similar a que se establezcan aduanas interiores en cada barrio para “defenderse de la invasión” de productos más baratos y mejores de otros pueblos, un lenguaje militar del todo inapropiado como si se tratara de ejércitos de ocupación. Con estas actitudes se hace muy difícil la convivencia civilizada.

 

En el contexto xenófobo que impone Trump, nada se gana con reducir impuestos si a la vez se incrementa sideralmente el gasto público. Poco se gana con desregular algunas áreas si simultáneamente se arremete contra el Poder Judicial y el periodismo. Es típico de mente conservadora siempre comparar la situación con gestiones peores de otros mandatarios, lo cual es lo contrario de la actitud de las izquierdas que siempre reclaman más desde sus puntos de vista autoritarios por eso es que son éstos los que corren el eje del debate y marcan la agenda.

 

La “guerra comercial” iniciada por el actual morador de la Casa Blanca con su peculiar estilo capilar y bravuconadas varias debe poner en alerta a quienes forman parte de los países agredidos por la suba de aranceles a sus productos en el mercado estadounidense. Lo digo en el sentido de tener muy en cuenta que la denominada “reciprocidad” en esa trifulca no es tal. Si el país A impone aranceles a los productos que proceden del país B, este último haría muy mal en agregar también tarifas para los bienes que entran del primer país puesto que de ese modo estará perjudicando doblemente a sus ciudadanos: la primera vez por la contracción en las ventas al país A y la segunda por obligar a sus habitantes a comprar más caro de ese mismo país… vaya reciprocidad.

 

Otra vez se repite la situación ya anticipada por Adam Smith en el siglo xviii en cuanto al peligro de empresarios metidos en la política. Un empresario eficiente es aquel  que revela un talento especial para descubrir cuando los costos están subvaluados en términos de los precios finales y saca partida del arbitraje correspondiente, lo cual para nada significa que  conozca un ápice de los fundamentos éticos, jurídicos y económicos de una sociedad abierta.

 

No parece haber otra salida que reiterar lo dicho anteriormente sobre el tema arancelario. Parece increíble que a estas alturas del siglo xxi seguimos debatiendo si hay que imponer trabas o no al comercio entre países. Todavía se siguen empleando los argumentos más retrógrados, primitivos y cavernarios del mercantilismo que comenzaron a esgrimirse en el siglo xvi al efecto de bloquear transacciones de bienes y servicios a través de las fronteras, como si éstas fueran delimitaciones mágicas que modifican todos los principios de sensatez y cordura.

 

La base central para derribar las trabas al comercio exterior es que permite el ingreso de mercancías más baratas, de mejor calidad o las dos cosas al mismo tiempo. Es idéntico al fenómeno de incrementos en la productividad: hace menos onerosa las erogaciones por unidad de producto con lo que se liberan recursos humanos y materiales para poder dedicarlos a otros menesteres, lo cual, a su turno, significa estirar la lista de bienes y servicios disponibles que quiere decir mejorar el nivel de vida de los habitantes del país receptor.

 

Esto mismo es lo que sucedió cada vez que se inventó un procedimiento para mejorar la productividad con lo que, como queda dicho, se liberan recursos humanos y materiales para otros emprendimientos al efecto de satisfacer otras necesidades para lo que el empresario está atento en cuanto a capacitaciones y así lograr sus objetivos de aumentar ganancias. Ese es el progreso. Todo aprovechamiento de los siempre escasos recursos se traduce en aumento de salarios e ingresos en términos reales puesto que ello es consecuencia de las tasas de capitalización.

 

Si se comienza a preguntar cuales cosas se podrían fabricar como si estuviéramos en Jauja y todos estuvieran satisfechos, quiere decir que no hemos entendido nada de nada sobre economía. Reiteramos, en verdad la cuestión arancelaria no es diferente de los efectos que tendrían lugar si se impusieran aduanas interiores en un país o si un productor de cierto bien en el norte descubre un nuevo procedimiento para producirlo y consecuentemente lo puede vender más barato y mejor, pero en el sur lo bloquean debido a que los de la zona lo fabrican más caro y de peor calidad.

 

Este es el mensaje de los funcionarios de las aduanas de todas partes: “no vaya usted a traer algo mejor y de menor precio porque perjudicará gravemente a sus congéneres”. En un sentido contrario, este es el significado de los duty free que tanto fascinan a todo el mundo los cuales dejarían de existir si no se interpusieran los aranceles y tampoco viajarían pasajeros con medio mundo a cuestas en proporción a lo cerrado al comercio que sean sus países de origen puesto allí que podrían adquirir lo que necesitan en lugar de acarrear pesadas maletas y esconder productos en los lugares más increíbles del cuerpo para no ser detectados por los antedichos burócratas (por supuesto que los que imponen semejantes legislaciones ingresan mercaderías con pasaportes diplomáticos y otras prebendas).

 

A juzgar por los voluminosos “tratados de libre comercio” aún no se comprendió que la abolición de aranceles permite ajustar la relación exportación/importación a través del tipo de cambio libre. Al exportar ingresan divisas que se deprecian en relación a la moneda local, lo cual estimula las importaciones que, a su vez, aprecian la divisa extranjera debido a la salida de las mismas, lo cual frena las importaciones y estimula las exportaciones y así sucesivamente. Todo arancel a las importaciones afecta las exportaciones puesto que disminuye las demandas de divisas que es precisamente lo que incentiva las exportaciones y viceversa.

 

Sin duda que si los gobiernos introducen alquimias monetarias, manipulaciones del tipo de cambio, endeudamientos estatales que hacen las veces de entrada de capitales y se impone dispersión arancelaria se crea un embrollo que perjudica a las partes en las transacciones comerciales y, especialmente, a los consumidores. Este es especialmente el caso del endeudamiento: entran divisas del exterior que no son fruto de las exportaciones por lo que se deprecia el tipo de cambio, lo cual, a su turno,  incentiva artificialmente las importaciones que, a su vez, generan desbalances artificiales.

 

El francés decimonónico Frédéric Bastiat tiene infinidad de escritos en los que se burla del llamado “proteccionismo” que en verdad desprotege a los consumidores y le da cobertura a empresarios ineficientes que viven a costa de los demás. En este contexto, en su época sugería se obligue a tapiar todas las ventanas de las casas al efecto de proteger a los fabricantes de candelas de la “competencia desleal del sol”.

 

En aquellos tiempos del siglo xvi Montaigne escribió sobre el comercio de modo tal que luego lo dicho se conoció como “el dogma Montaigne” que consistía en la peregrina idea de que en toda transacción la parte que hace entrega de dinero pierde mientas que quien la recibe gana, situación que modernamente se denomina “suma cero” en el contexto de la teoría de los juegos. Pues bien, la miopía de Montaigne y sus seguidores no les permite ver que en toda transacción ambas partes ganan: el que entrega dinero es porque aprecia más el bien o servicio recibido que la suma que entrega a cambio, de lo contrario no hubiera realizado la operación. De aquella falacia deriva la noción la balanza comercial favorable si se exporta más de lo que se importa y la supuesta ventaja de acumular dinero.

 

En realidad lo ideal para un país sería solamente importar sin exportar nada, es decir arrasar con los bienes y servicios del mundo sin tener que llevar a cabo exportación alguna. Es lo mismo que sucede con cada uno de nosotros: es difícil de imaginar una situación más grata que la de comprar y comprar de todo sin necesidad de vender nada. Lamentablemente nos vemos obligados a vender bienes o servicios para poder adquirir lo que necesitamos, lo mismo ocurre con un conjunto de personas que viven en un país las cuales deben vender al extranjero para poder comprarles o, de lo contrario, deben ingresar capitales al país para poder financiar dichas adquisiciones. Por estas falacias es que Jacques Rueff en The Balance of Payments aconseja que los gobiernos no lleven las estadísticas del comercio exterior ya que constituyen una tentación para intervenir en el mercado que es cuando se suceden los desajustes mencionados.

 

Es paradójico que se hayan destinado años de investigación para reducir costos de transporte y llegados los bienes a la adunada se anulan esos tremendos esfuerzos a través de la imposición de aranceles, tarifas y cuotas. Kenneth Boulding en su clásico Análisis Económico concluye que “Así pues, un defensor razonable de los aranceles debe demostrar su lógica dispuesto a defender el retorno a los tiempos del caballo y la diligencia”.

 

En general los defensores de los aranceles son empresarios prebendarios con el apoyo logístico de intelectuales partidarios de esa contradicción en términos denominada “economía cerrada” (como lo es un círculo cuadrado), pero si se compara con los millones de consumidores perjudicados comprobamos lo que puede hacer una minoría decidida.

 

Vilfredo Pareto escribió que “el privilegio, incluso si debe costar 100 a la masa y no producir más que 50 a los privilegiados, perdiéndose el resto en falsos costes, será en general bien aceptado, puesto que la masa no comprende que está siendo despojada, mientras que los privilegiados se dan perfecta cuenta de las ventajas de las que gozan”.

 

Hay un dèjá vu en todo este pataleo estadounidense. Del mismo modo que ocurre con las personas, un grupo de ellas conocida como una nación tiene todo que ganar al abrirse al comercio, en este sentido resulta del todo irrelevante si las otras personas y países deciden hacer las del troglodita.

 

A este cuadro de situación se agregan las crisis en España y en Italia (ahora con Sánchez y Conte a la cabeza) para no decir nada de las lamentables economías de Cuba, Venezuela, Nicaragua y Bolivia a las que se acoplan las ya destrozadas de Irán y Corea del Norte. Tal vez los signos más alentadores en América latina estén representados por Chile y por las perspectivas electorales en Colombia que afortunadamente van en dirección opuesta a los nubarrones electorales que se avecinan en México (es de esperar que Brasil y Argentina encuentren rumbos adecuados).

 

En resumen, respecto al tema arancelario, tal como señala Milton Friedman “La libertad de comercio, tanto dentro como fuera de las fronteras, es la mejor manera de que los países pobres puedan promover el bienestar de sus ciudadanos […] Hoy, como siempre, hay mucho apoyo para establecer tarifas denominadas eufemísticamente proteccionistas, una buena etiqueta para una mala causa”.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

 

 

Sobre la moneda y los sistemas bancarios

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 7/2/18 en: http://www.libertadyprogresonline.org/2018/02/07/sobre-la-moneda-y-los-sistemas-bancarios/

 

El tema monetario es de gran importancia puesto que está indisolublemente atado a los patrimonios de la gente. Trastornos en  ese campo repercuten de inmediato en el nivel de vida de todos, muy especialmente de los más necesitados puesto que la característica central de esos barquinazos se traducen en consumo de capital, lo cual, a su turno, significan disminuciones en salarios e ingresos en términos reales.

Desde tiempo inmemorial los aparatos estatales se han querido apoderar del instrumento monetario al efecto de hacerse de recursos. Ningún gobierno en la historia de la humanidad ha preservado el poder adquisitivo del dinero, siempre lo ha derretido. El premio Nobel en economía Friedrich Hayek fue un pionero contemporáneo en señalar la imperiosa necesidad de apartar a los gobiernos de la administración de la moneda, a lo cual han seguido numerosos autores, tema que en la actualidad ha producido una muy prolífica bibliografía. Hayek escribe que su esperanza estriba en que no ocurra con el dinero lo que sucedió con la inconveniente unión entre el poder y la religión que tardó siglos en percibirse los daños que provocaba esa unión. Del mismo modo, sigue diciendo Hayek que el dinero debe separarse cuanto antes de todo vestigio de contacto político y que la independencia de la banca central no hace más que trasladar los problemas a otro sector apoyado por el poder.

Otro premio Nobel también en economía, Milton Friedman, en su último trabajo sobre temas monetarios sostiene que “el dinero es un asunto demasiado importante como para dejarlo en manos de banqueros centrales”. Es cierto que Friedman antes sugería la implantación de una “regla monetaria” que analizamos  más abajo.

Este cambio  no solo ocurrió con Friedman, el propio Hayek en una obra anterior sostenía que es “la administración de la moneda constituye función indelegable del gobierno”. Esto es solo una muestra de la evolución del pensamiento para quienes están atentos a nuevos conocimientos.

Antes de entrar de lleno en el tema, tengamos en cuenta que el dinero no calza en la definición de bien público puesto que no incorpora los principios de no-excusión y no-rivalidad. Por otra parte, se ha sostenido la conveniencia de la moneda estatal partiendo de la arbitraria premisa que se trata de un monopolio técnico aunque en este caso resulta de la imposición de un monopolio artificial (es de interés en este contexto atender un ensayo de otro premio Nobel en economía, Gary Becker, titulado “There is Nothing Natural about Natural Monopoly”), de lo contrario, liberado el mercado de regulaciones se brinda la posibilidad de elegir en competencia con todos los controles cruzados que de ello se deriva. También llama poderosamente la atención que se alegue que la politización de la moneda pueda suplir la asimetría de la información cuando, precisamente,  cuanto menos críptico y cerrado sea el mercado menor es la exposición y la transparencia. Por último, se ha pretendido desacreditar la competencia abierta de monedas recurriendo a una interpretación equivocada de la Ley de Gresham al afirmar que la moneda mala desplaza a la buena sin tener en cuenta que eso ocurre cuando el gobierno impone tipos de cambio forzosos.

La inflación es uno de los problemas económicos y sociales más graves. Es siempre producida por los aparatos estatales que con el curso forzoso y la banca central no dan salida a la gente para defenderse de ese flagelo. Es realmente llamativo que a esta altura del partido, con toda la bibliografía moderna disponible a la que nos hemos referido más arriba, no se haya decidido cortar amarras con los gobiernos en materia monetaria y no se haya percibido que la única razón por la cual el Leviatán administre la moneda es para succionar poder adquisitivo de la gente al efecto de financiar sus propios desbordes.

Se ha dicho que la inflación es el aumento general de precios, lo cual revela dos errores garrafales de concepto. En primer lugar, pretende aludir a la causa de la inflación la cual consiste en la expansión exógena del mercado y, en segundo término, el efecto estriba en la alteración de los precios relativos y no en un aumento general. Si produjera un incremento generalizado, no se produciría el problema central de la inflación cual es la angustia por el desequilibrio entre precios e ingresos. Si mi salario (uno de los precios) se incrementara en un 50% mensual y el resto de los precios lo hace en la misma forma, no hay problema. Eventualmente habrá que modificar las columnas en los libros de contabilidad, habrá que expandir los dígitos en las máquinas de calcular y, tal vez, acarrear el dinero en carretillas pero no hay el problema central señalado.

La alteración en los precios relativos reviste la mayor de las importancias ya que se distorsionan todas las señales en el mercado, que son las únicas que muestran donde conviene invertir y donde desinvertir en los diversos sectores con lo que se consume capital y, por ende, bajan los salarios e ingresos en términos reales puesto que las tasas de capitalización son la únicas causas del nivel de vida.

Como hemos dicho en tantas ocasiones, la banca central solo puede decidir entre uno de tres caminos posibles: a que tasa contraer, a que tasa expandir o dejar inalterada la base monetaria. Pues bien, cualquiera de los tres caminos deterioran los precios relativos respecto de lo que hubieran sido de no haber intervenido (incluso, como decimos, si los banqueros centrales deciden no modificar la base monetaria habrán desfigurado los precios relativos en relación al mayor o menor volumen de moneda que se hubiera decidido en el mercado…y si se hace lo mismo que hubiera hecho la gente en el mercado no hay razón alguna para la irrupción de la banca central ahorrándose todos los gastos administrativos correspondientes).

Más aun, una banca central independiente del secretario del tesoro o de hacienda o del Parlamento inexorablemente errará el camino debido a las razones antes apuntadas que no cambian por el hecho de recibir instrucciones o proceder autónomamente, esto no modifica la naturaleza del problema. Sin duda, que si a la existencia de la banca central se agrega el curso forzoso la situación se agrava exponencialmente ya que no deja salida a la gente para sus transacciones diarias y deben absorber quitas permanentes en su poder adquisitivo.

Conviene también precisar que la cantidad de dinero de mercado, es decir, de los activos financieros que la gente elija para sus transacciones no tienen porqué ser constantes. Esto dependerá de las respectivas valorizaciones, del mismo modo que ocurre con cualquier bien o servicio, lo cual, en nuestro caso, si se decide expandir, se trata de una expansión endógena, a diferencia de la exógena al mercado, esto es, la que ocurre debido a decisiones políticas que son el origen del problema inflacionario.

No hay tal cosa como “expectativas inflacionarias” como causas de la inflación. Se podrán tener todas las expectativas que se quieran pero si no están convalidadas por la expansión monetaria exógena, no hay inflación. Tampoco “inflación de costos” por idénticos motivos, ni inflaciones provocadas por el incremento en el precio de un bien considerado estratégico como, por ejemplo,  el petróleo ya que si aumenta el precio de este bien y no hay expansión monetaria habrá dos posibilidades: o se reduce el consumo de otros bienes si se decidiera mantener el nivel de consumo del petróleo o se debe contraer el consumo de este bien al efecto de permitir el mismo consumo de otros bienes y servicios. En todo caso, no resulta posible consumir todo lo que se venía consumiendo si el precio del petróleo se incrementó.

La errada definición que hemos comentado, además, conduce a otras dos equivocaciones técnicas. En primer lugar, el consejo para la banca central de emitir a una tasa constante similar al crecimiento económico para “permitir la previsibilidad de los actores  en el mercado”. Este consejo pasa por alto el hecho de que si la expansión “acompaña” el crecimiento económico, manteniendo los demás factores constantes, por ejemplo, se anulará el efecto de algunos precios a la baja que generan las importaciones y al alza de las exportaciones ya que la masa monetaria en un caso disminuye y en el otro aumenta y así sucesivamente.

La segunda equivocación, aun más gruesa, es que la expansión a tasa constante no trasmite previsibilidad puesto que, precisamente, los precios no se incrementan de modo uniforme, sino, como queda dicho, se alteran los precios relativos de modo que una tasa anunciada de expansión no trasmite información a determinado sector como afectará en sus precios.

Este análisis, a su vez, se traduce en el pensamiento que es posible recomponer el problema inflacionario a través de indexaciones lo cual no es correcto ya que pretendidos índices de corrección solo suben los valores absolutos en los rubros del balance, pero las distorsiones relativas se mantienen inalteradas.

A toda esta situación debe agregarse que para contar con un sistema monetario saneado debe eliminarse el sistema bancario de reserva fraccional que no solo genera producción secundaria de dinero, sino que permite que los bancos operen en un contexto de insolvencia permanente, con lo que se hace necesario implementar el free banking o el sistema de encaje total para los depósitos en cuenta corriente y equivalentes.

En este último sentido, hay un jugoso debate que viene de hace cincuenta años sobre si es mejor el free-banking (y no digo “banca libre” porque tiene otro significado ya que alude a la entrada y salida libre al sistema bancario) o la reserva total, pero en todo caso cualquiera de los dos es infinitamente mejor que la reserva fraccional que genera inflaciones y deflaciones con el apoyo de la banca central.

Resultan tragicómicos los esfuerzos y las acaloradas discusiones sobre “metas de inflación” y las correspondientes manipulaciones monetarias y cambiarias que impone la banca central, en lugar de comprender que el problema estriba en esa institución, en el medio argentino creada por el golpe fascista de los años treinta.

Como han expresado tantos economistas de gran calado, es de esperar entonces que no transcurra mucho tiempo antes de que se  perciban los inmensos daños de la banca central y el sistema bancario de reserva parcial con todas sus consecuentes políticas. Cual es el dinero que preferirá la gente dependerá de las circunstancias ya que si todo es dinero no hay dinero y preguntarse cual es la cantidad de dinero que habrá es lo mismo que interrogarse cual es la cantidad de lechuga que habrá en el mercado.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es Asesor del Institute of Economic Affairs de Londres

UN MILAGRO EN LA IGLESIA CATÓLICA

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 6/12/17 en: http://www.libertadyprogresonline.org/2017/12/06/un-milagro-en-la-iglesia-catolica/

 

Tal vez esté de más subrayar que todo lo que consigno en esta nota periodística es de mi entera responsabilidad y, como en todos los casos en que escribo, no compromete la opinión de ninguna de las personas que menciono.

Después de batallar durante décadas con las ideas atrabiliarias por parte de algunos representantes de la Iglesia sobre temas económico-sociales al efecto de refutar propuestas estatistas que hunden a la gente en la pobreza, ahora aparece un Papa que enfatiza aquellas ideas contraproducentes. Es cierto que no son pocos los preocupados con estas propuestas empobrecedoras, tanto sacerdotes como laicos, pero henos aquí que ahora se publica un libro del Padre Martín Rhonheimer -suizo que vive en Viena, pertenece al Opus Dei, de familia judía, doctor en filosofía, profesor en la Pontificia Universidad de la Santa Cruz en Roma y presidente del Instituto Austríaco de Economía y Filosofía Social- titulado Libertad económica, capitalismo y ética cristianaEnsayos sobre economía de mercado y pensamiento cristiano (Madrid, Unión Editorial, 2017, editado por Mario Silar).

Resume la tesis de toda esta obra en el primer párrafo del primer capítulo donde se lee que “Es un hecho histórico que el sistema económico capitalista, tal y como se ha desarrollado en Europa desde la industrialización, ha significado para las masas –por primera vez en la historia de la humanidad– la liberación del hambre y de la miseria, es más, la ´democratización´ del bienestar”.

El libro me lo adelantó mi distinguido ex alumno de una maestría en economía -Gustavo Hasperué- un filósofo de fuste quien  me dio una sorpresa sumamente agradable en vista de tantos sacerdotes que insisten en políticas desacertadas que naturalmente tienen connotaciones éticas de envergadura.

Reitero parcialmente lo que he escrito antes  al efecto de aclarar lo dicho.  A raíz de la Exhortación Apostólica “Evangelii Gaudium”, consigné que el Papa Francisco lamentablemente vuelve a insistir con sus ideas estatistas y contrarias a la sociedad abierta reflejada en los mercados libres. Sin duda esto tiene una clara dimensión moral puesto que la tradición del liberalismo clásico y sus continuadores modernos se basan en el respeto recíproco y la asignación de los derechos de propiedad como sustento moral de sus propuestas filosóficas, jurídicas y económicas. De allí es que el primer libro de Adam Smith, ya en 1759, se tituló The Theory of Moral Sentiments, preocupación mantenida por los más destacados exponentes de esa noble tradición.

El aspecto medular del documento (que comentaremos brevemente puesto que el espacio no nos permite abarcar todos los aspectos) se encuentra en el segundo capitulo. No dudo de las mejores intenciones del Papa, pero lo relevante son los resultados de medidas aconsejadas. Para darnos una idea del espíritu que prima en la referida Exhortación, se hace necesario comenzar con una cita algo extensa para que el lector compruebe lo dicho en palabras del texto oficial.

“Así como el mandamiento de ‘no matar’ pone un límite claro para asegurar el valor de la vida humana, hoy tenemos que decir ‘no a una economía de la exclusión y la inequidad’. Esa economía mata. […] Hoy todo entra dentro del juego de la competitividad y de la ley del más fuerte, donde el poderoso se come al más débil. Como consecuencia de esta situación, grandes masas de la población se ven excluidas y marginadas: sin trabajo, sin horizontes, sin salida. En este contexto, algunos todavía defienden las teorías del ‘derrame’, que suponen que todo crecimiento económico, favorecido por la libertad de mercado, logra provocar por sí mismo mayor equidad e inclusión social en el mundo. Esta opinión, que jamás ha sido confirmada por los hechos, expresa una confianza burda e ingenua en la bondad de quienes detentan el poder económico y en los mecanismos sacralizados del sistema económico imperante. Mientras tanto, los excluidos siguen esperando. Para poder sostener un estilo de vida que excluye a otros, o para poder entusiasmarse con ese ideal egoísta, se ha desarrollado una globalización de la indiferencia. Casi sin advertirlo, nos volvemos incapaces de compadecernos ante los clamores de los otros, ya no lloramos ante el drama de los demás ni nos interesa cuidarlos, como si todo fuera una responsabilidad ajena que no nos incumbe. La cultura del bienestar nos anestesia y perdemos la calma si el mercado ofrece algo que todavía no hemos comprado, mientras todas esas vidas truncadas por falta de posibilidades nos parecen un mero espectáculo que de ninguna manera nos altera”.

En verdad, las reflexiones del Papa resultan sorprendentes debido a las inexactitudes que contienen. En primer lugar y antes que nada, debe precisarse que el mundo está muy lejos de vivir sistemas de competencia y mercados abiertos sino que en menor o mayor medida ha adoptado las recetas del estatismo más extremo en cuyo contexto el Leviatán es cada vez más adiposo y cada vez atropella con mayor vehemencia los derechos de las personas a través de múltiples regulaciones absurdas, gastos y deudas públicas colosales, impuestos insoportables e interferencias gubernamentales cada vez más agresivas, todo lo cual no es siquiera mencionado por el Papa en su documento.

Sin embargo, la emprende contra la competencia y los mercados libres que dice “matan” como consecuencia de la supervivencia de los más aptos, sin percatarse que no pocos de las que hoy acumulan las mayores riquezas, en gran medida no son los empresarios más eficientes para atender las demandas de su prójimo sino profesionales del lobby que, aliados al poder político, explotan miserablemente a los más necesitados. También omite decir que la desocupación es una consecuencia inevitable de legislaciones que demagógicamente pretenden salarios superiores a los que las tasas de capitalización permiten como si se pudiera hacer ricos por decreto. Tasas que desafortunadamente son combatidas por las políticas gubernamentales que prevalecen. Dichas tasas constituyen la única causa de la elevación en el nivel de vida de la gente, si no somos racistas y nos damos cuenta que las causas no residen en el clima imperante ni en los recursos naturales. El “derrame” es una mala caricatura del antedicho proceso.

Llama la atención que el Papa se refiere a la compasión del modo en que lo hace, puesto que, precisamente, aquella contradicción en términos denominada “Estado Benefactor”es lo que no solo ha arruinado especialmente a los más necesitados y provocado la consecuente y creciente exclusión, sino que se ha degradado la noción de caridad que, como es sabido, remite a la entrega voluntaria de recursos propios y no el recurrir a la tercera persona del plural para echar mano compulsivamente al fruto del trabajo ajeno.

Los valores y principios de una sociedad abierta no matan, lo que aniquila es el estatismo vigente desde hace ya mucho tiempo. Es importante citar el Mandamiento de “no matar”, pero debe también recordarse los que se refieren a “no robar” y “no codiciar los bienes ajenos”. En este sentido, estimo de una peligrosidad inusual el consejo papal basado en una cita de San Juan Crisóstomo cuando escribe el Papa: “animo a los expertos financieros y a los gobernantes de los países a considerar las palabras de un sabio de la antigüedad: ‘No compartir con los pobres los propios bienes es robarles y quitarles la vida. No son nuestros los bienes que tenemos, sino suyos’ ” (tengamos presente las riquezas del Vaticano).

Debe precisarse, por un lado, que en una sociedad libre la desigualdad de rentas y patrimonios es inexorable consecuencia de las compras y abstenciones de comprar que lleva a cabo la gente en los supermercados y equivalentes en la medida que considere la satisface el empresario en cuestión. El comerciante que acierta obtiene beneficios y el que yerra incurre en quebrantos. Por otra parte, las desigualdades fruto del privilegio significan un asalto al fruto del trabajo ajeno por parte de ladrones de guante blanco a través de bailouts y otros fraudes que destrozan las vidas de quienes no tienen poder de lobby.

También es pertinente apuntar la importancia de la igualdad ante la ley anclada en la Justicia del “dar a cada uno lo suyo” y tener en cuenta que la igualdad es ante la ley, no mediante ella a través de la guillotina horizontal.

En esta línea argumental, es de gran importancia tener presente consideraciones bíblicas sobre pobreza y riqueza material para constatar el significado de estos términos en el contexto de los valores morales que deben primar sobre toda otra consideración, en concordancia con los dos Mandamientos antes mencionados que hacen referencia a la trascendencia de la propiedad privada, lo cual es del todo armónico con los postulados de una sociedad abierta. Así, en Deuteronomio (viii-18) “acuérdate que Yahveh tu Dios, es quien te da fuerza para que te proveas de riqueza”. En 1 Timoteo (v-8) “si alguno no provee para los que son suyos, y especialmente para los que son miembros de su casa, ha repudiado la fe y es peor que una persona sin fe”. En Mateo (v-3) “bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el reino de los cielos” fustigando al que anteponga lo material al amor a Dios (amor a la Perfección), en otras palabras al que “no es rico a los ojos de Dios” (Lucas xii-21), lo cual aclara la Enciclopedia de la Biblia (con la dirección técnica de R. P. Sebastián Bartina y R. P. Alejandro Díaz Macho bajo la supervisión del Arzobispo de Barcelona):   “la clara fórmula de Mateo -bienaventurados los pobres de espíritu- da a entender que ricos o pobres, lo que han de hacer es despojarse interiormente de toda riqueza” (tomo vi, págs. 240/241). En Proverbios (11-18) “quien confía en su riqueza, ese caerá”. En Salmos (62-11) “a las riquezas, cuando aumenten, no apeguéis el corazón”. Este es también el sentido de la parábola del joven rico (Marcos x, 24-25) ya que “nadie puede servir a dos señores” (Mateo vi-24).

En este cuadro de situación es de interés tener presente lo estipulado por la Comisión Teológica Internacional de la Santa Sede que consignó el 30 de junio de 1977 en su Declaración sobre la promoción humana y la salvación cristiana que “el teólogo no está habilitado para resolver con sus propias luces los debates fundamentales en materia social […] Las teorías sociológicas se reducen de hecho a simples conjeturas y no es raro que contengan elementos ideológicos, explícitos o implícitos, fundados sobre presupuestos filosóficos discutibles o sobre una errónea concepción antropológica. Tal es el caso, por ejemplo, de una notable parte de los análisis inspirados por el marxismo y leninismo […] Si se recurre a análisis de este género, ellos no adquieren suplemento alguno de certeza por el hecho de que una teología los inserte en la trama de sus enunciados”.

En resumen, la obra del R.P. Dr. Rhonheimer -inherente a la filosofía moral cristiana de respeto recíproco- curiosamente hoy constituye una especie de milagro formidable en el seno de la Iglesia católica debido a lo que viene ocurriendo, es de esperar que su nuevo libro sea leído por un público numeroso y atento.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es Asesor del Institute of Economic Affairs de Londres

¿FLEXIBILIZAR O LIBERAR EL TRABAJO?

Por Alberto Benegas Lynch (h).

 

Aparecieron algunas declaraciones en Francia y en Brasil sobre una eventual “flexibilización” del mercado laboral y en Argentina, frente a varias requisitorias periodísticas los gobernantes niegan la denominada flexibilización pero se declaran a favor de aliviar costos laborales a través de negociaciones sectoriales. En verdad no resulta claro el significado de esas políticas aunque tiende a sacarse de encima ciertas rigideces legales que no permiten arreglos contractuales libres y voluntarios pero, sin embargo, mantienen estructuras autoritarias.

 

Si se desea contar con  un mercado laboral en el que las partes respeten lo acordado libremente sin intromisiones directas o indirectas de los aparatos estatales y consecuentemente sin interferencias sindicales que en definitiva perjudican a los trabajadores, si se apunta a esto debe liberarse el mercado y no simplemente flexibilizarse.

 

Al efecto de clarificar el tema debemos comenzar por señalar en primer término que cuando se alude al trabajo se trata de todos los que trabajan, lo cual contradice una supuesta distinción entre “el capital y el trabajo”, por un lado, porque los bienes de capital no pueden contratar, son inanimados, y, por otro, es como si los administradores de esos bienes no trabajaran para su sustento y el de su familia.

 

Menos aun tiene sentido hacer referencia a una supuesta “clase trabajadora” para circunscribirla a los que están en relación de dependencia lo cual es consecuente con la visión marxista de clase de persona en el contexto de su teoría del polilogismo donde el proletariado tendría una estructura lógica diferente de la del burgués sin nunca aclarar en que se diferencian de los silogismos aristotélicos.

 

Una vez despejado lo dicho debemos precisar que en un mercado libre no hay tal cosa como sobrante de aquél factor esencial para brindar servicios y para producir bienes cuyas necesidades son ilimitadas en relación con los recursos disponibles. Es decir, por el principio de no contradicción, una cosa no  puede ser escasa y al mismo tiempo sobrante. Entonces, el desempleo involuntario es un imposible en un mercado abierto para personas normales.

 

Cuando observamos que en cierto lugar hay desocupación es necesariamente debido a interferencias legislativas que, por ejemplo, establecen salarios superiores a los de mercado. Precisemos también que la única causa de los salarios e ingresos en términos reales son las tasas de capitalización, es decir, el monto de inversiones que hacen de apoyo logístico al trabajo para incrementar su productividad.

 

Si los salarios están en cierto nivel y se dispone su aumento por decreto, los primeros perjudicados son los trabajadores marginales que son los que más necesitan del empleo debido a que en ese caso las tasas de capitalización reflejan salarios menores a los decididos por el decreto en cuestión. Sin duda que resultaría muy atractivo si se pudiera elevar el nivel de vida de la gente por decreto, en cuyo caso no habría que andarse con mezquindades y convertir a todos en millonarios. Pero desafortunadamente las cosas no son así. Los salarios más altos en Estados Unidos respecto de Uganda no lo son  debido a una legislación más jugosa ni debido a que los empresarios son más generosos que en otras partes. Se debe a mayores tasas de capitalización. Del mismo  modo, los bajos salarios en Uganda no lo son porque la los gobernantes les falte imaginación para elevarlos por decreto, se debe a la escasez de inversiones.

 

Lo dicho en modo alguno va solo para obreros, éstos son los principales perjudicados porque el embate de la legislación laboral destruye su trabajo pero si esa legislación pretendiera abarcar a los gerentes imponiendo remuneraciones superiores a los de mercado, ellos, los gerentes, quedan sin encontrar empleo.

 

Tampoco hay tal cosa como “desempleo friccional” (que se produciría en la transición entre un trabajo y otro) puesto que bajando lo suficiente la remuneración pretendida se logra la ocupación ya que las necesidades son ilimitadas frente al siempre escaso factor laboral. Si se produce desempleo en la transición es desempleo voluntario no involuntario ya que se apunta a una retribución al momento superior a lo que ofrece el mercado, por lo que se prefiere esperar a una mejor oportunidad y no aceptar lo que se ofrece en esas circunstancias.

 

Respecto a los sindicatos es menester reiterar que en una sociedad libre se trata de asociaciones cuyos fines lo deben establecer los sindicados, siempre y cuando no se lesionen derechos de terceros. Pero son absolutamente incompatibles con la libertad sindical figuras como la llamada “personería gremial” muy distinta de la simple personería jurídica con la que debe contar toda asociación lícita. La antedicha personería gremial es una figura fascista calcada de la Carta di Lavoro de Mussolini que convierte a los sindicatos en piezas autoritarias. Toda manifestación de monopolio sindical, de usufructo compulsivo de obras sociales, de afiliaciones obligatorias de modo directo o indirecto, de aportes y descuentos forzosos constituyen prepotencias que afectan gravemente a los trabajadores.

 

Por su parte, las huelgas pueden entenderse como el derecho a no  trabajar que tiene todo trabajador en cualquier momento si da cumplimiento a acuerdos anteriores, pero lo que no es aceptable es la huelga entendida como un procedimiento intimidatorio y violento en el que no se permite que los que están en desacuerdo trabajen y otras arbitrariedades semejantes.

 

Hay determinadas legislaciones que son en verdad insultos a la inteligencia, como por ejemplo el denominado “aguinaldo”, a saber, un sueldo anual que se presenta como adicional, estirando el calendario. En realidad no se puede alargar el año por una disposición gubernamental: son doce meses no trece, si se paga un sueldo adicional quiere decir que se habrá disminuido el pago mensual durante los  otros doce meses ya que, como queda dicho, los salarios dependen de las tasas de capitalización y no de un voluntarismo trasnochado.

 

Lo mismo va para las vacaciones, las normas de seguridad en el trabajo, los  descansos dominicales, los  paréntesis por  maternidad, horarios  laborales y demás beneficios. Más aun, cuanto mayor las inversiones, mayores serán los  beneficios: cuando un funcionario reclama determinada música funcional, determinada pintura para su oficina, cierto confort en la planta industrial o el dormir siesta en el lugar de trabajo, se logra debido a las tasas de capitalización vigentes. En esa situación si el empleador  no acepta lo dicho, se quedará sin personal.

 

En  otros términos, lo que se conoce como “conquistas sociales” impuestas por la autoridad pueden solo  producir uno de dos resultados: si están por debajo o son equivalentes a lo que marcan las tasas de capitalización, el resultado  es neutro, pero si son superiores a esas tasas, como se ha visto, el resultado  es el desempleo (y si se pretende disimular con emisión monetaria para convalidar esas “conquistas”, el resultado es la inflación, o sea el recorte en el poder adquisitivo de los trabajadores).

 

Los marcos institucionales deben circunscribirse al respeto irrestricto a lo estipulado, en otros términos a la aplicación de todo el rigor de la ley cuando hay fraude o engaño cualquiera sea la circunstancia. En este sentido, es indignante observar que van  presos los  ladrones de gallinas pero no van presos empresarios que han estafado a sus clientes o engañado a sus empleados (generalmente son los  prebendarios que explotan  a la gente a través de su alianza con el poder político para contar con mercados cautivos).

 

También las legislaciones contemporáneas suelen imponer “participación en las ganancias”, “cogestión” o ambas disposiciones. En el primer caso se establece por ley que tales y cuales trabajadores deben  participar en las ganancias  lo cual desvía los siempre escasos recursos a otras áreas distintas a las establecidas por medio de arreglos contractuales libres, lo cual consume capital, situación que no solo perjudica el servicio en cuestión sino  que reduce salarios.

 

Por su lado,  la “cogestión” impone administradores distintos de los que los consumidores han elegido a través de sus compras y abstenciones de comprar en el mercado, lo cual también no solo desmejora la calidad del servicio sino que contre salarios debido al desperdicio de factores de producción.

 

Dadas las concepciones atrabiliarias que muchas veces rodean a las relaciones laborales, debe enfatizarse que en toda ocasión el respeto debe ser recíproco. Ilustro la idea con el siguiente ejemplo: supongamos que el autor de estas líneas trabaja para el lector de esta nota en casa de este último, esto no significa que al suscripto le asistan derechos sobre la casa y el patrimonio del lector. Se trata de un arreglo contractual que dura mientras dure la relación laboral. Cuando el lector ya no me necesita no puedo exigirle que me siga contratando. Del mismo modo, si decido dejar el trabajo tengo todo el derecho de hacerlo. Estos comportamientos no significan que no pueda incluirse en el contrato las condiciones de una desvinculación. Decimos esto porque no es infrecuente que los contratados pretendan manejar las vidas y los emprendimientos de los contratantes como si fueran propias, y en no pocas ocasiones con el apoyo logístico de los gobernantes de turno. El empleador debe ser muy cuidadoso de lo convenido con el empleado, de lo contrario debe ser severamente penado y el empleado debe también ser respetuoso del contrato laboral libre y voluntario.

 

Se suele argüir que no es válido un contrato entre quienes cuentan con muy distintos patrimonios sin percatarse que esto es absolutamente irrelevante. Si el millonario de una comunidad ofrece una remuneración menor a la que establece el mercado, sencillamente no contará con la colaboración requerida sin importar el volumen de su cuenta corriente (o, para el caso, sin importar si está quebrado: el salario de mercado es el salario de mercado que no depende de las ganas de las partes sino de las inversiones).

 

También es de interés señalar que hay cada vez más relaciones laborales que no exigen horarios ni lugares específicos de trabajo sino el cumplimiento de objetivos y, asimismo, trabajos que oscilan en cuanto a los contratantes para muy diversos propósitos.

 

En otras palabras, el caza-bobos de las “conquistas sociales” (más bien “derrotas antisociales”) son una barrera formidable para el progreso de los trabajadores, constituyen una máscara peligrosa que esconde un arma muy potente para relegar a un segundo plano a los que más necesitan con cantos de sirena utilizados en procesos electorales. Por tanto, no se trata de flexibilizar sino de liberar el trabajo al efecto de dar rienda suelta a la creatividad en el contexto del respeto al fruto del trabajo ajeno. Flexibilizar es algo ambiguo, confuso y muy timorato.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

La competencia y la tecnología generan riqueza

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 24/7/17 en: http://www.lanacion.com.ar/2046442-la-competencia-y-la-tecnologia-generan-riqueza

 

Hay dos maneras de lograr objetivos: por la fuerza o por el reconocimiento voluntario a través de la competencia. En un mercado abierto, competir es emular, innovar, esforzarse por atender las necesidades del prójimo como condición inexorable para el propio mejoramiento.

Lo primero que debe apuntarse es la competencia de las ideas, para lo cual se requiere preservar la libertad de pensamiento a través de la esencial libertad de prensa, al efecto de que puedan aflorar todas las expresiones en un debate abierto en dirección al mejor conocimiento que las circunstancias permitan para minimizar la ignorancia. El conocimiento tiene la característica de la provisionalidad, abierto a posibles refutaciones, por esto es que en todos los campos científicos no hay verificación sino corroboración provisoria. La refutación hace posible el adelanto científico y cultural.

Las mejoras en la competencia y el los progresos tecnológicos se ven trabados cuando, como hoy, se incrementa el gasto público y el déficit fiscal en un contexto de una presión tributaria descomunal y un endeudamiento estatal creciente. En el campo crematístico la competencia resulta medular para mejorar el nivel de vida, especialmente para la de los más necesitados.

Foto: Alfredo Sabat

El proceso competitivo empuja la calidad de los bienes y servicios hacia mejores logros. Sin embargo, hay resistencias a la competencia por parte de quienes se ven obligados a superarse cuando la marca es mejorada. Había descontento por parte de los productores de carruajes cuando apareció el automóvil, de los fogoneros cuando aparecieron las locomotoras diésel, del hombre de la barra de hielo cuando irrumpieron las refrigeradores y ahora, de las empresas de transporte terrestre cuando compiten los vuelos low cost y, en general, con todos los bienes y servicios importados que se ofrecen a precios más reducidos y calidad mejor que las fabricadas localmente.

Se sostiene que una “industria incipiente” debe ser ayudada por los aparatos estatales (los contribuyentes) vía aranceles aduaneros. Este error pasa por alto que en la evaluación de proyectos en los que el emprendimiento en cuestión arroja quebrantos en los primeros períodos, en base a la conjetura que se obtendrán ganancias en las etapas siguientes que compensen las mencionadas pérdidas, en esa situación, decimos, son los empresarios los que deben absorber los quebrantos y no transferirlos a los consumidores a través de la traba aduanera. Si el empresario no cuenta con los recursos suficientes para su emprendimiento deberá obtenerlos en el mercado local o internacional. Si nadie acepta invertir en el proyecto de marras es porque el proyecto no es viable, o lo es, pero hay otros emprendimientos más urgentes debido a las tasas de retorno del momento, aquel proyecto debe postergarse o dejarse sin efecto puesto que los recursos son escasos frente a las necesidades ilimitadas, y todo no puede producirse al mismo tiempo.

Esto no se limita al comercio exterior, el mismo razonamiento se aplica a las nuevas producciones y eficiencias mayores que se llevan a cabo dentro de las fronteras, lo cual no justifica la imposición de aduanas interiores. De igual manera que las exteriores empobrecen, ya que en todos los casos se traducen en mayor inversión por unidad de producto, lo cual hace que la cantidad de productos resulte menor y el nivel de vida se contraiga en beneficio de empresarios que, aliados al poder para sus mercados cautivos, explotan a la gente. Por ello es que el denominado “proteccionismo” desprotege al consumidor, quien siempre paga los platos rotos.

La competencia, cuando desplaza a productores ineficientes libera recursos humanos y materiales para ser empleados en otros sectores que hasta el momento no podían encararse porque estaban esterilizados en otras áreas. Hay que tener en cuenta que no vivimos en Jauja, que siempre habrá nuevas necesidades que satisfacer. Cada vez existen nuevos bienes y servicios que solo pueden parirse merced a mejoras en los rendimientos que liberan factores de producción.

La vida es una transición, cada nuevo aporte cotidiano en las oficinas y en las plantas se traduce en una reasignación de recursos. En mercados abiertos donde los arreglos contractuales son libres y voluntarios, no hay tal cosa como sobrante de trabajo, es decir, no se produce desempleo involuntario de aquel factor indispensable para la producción de bienes y la prestación de servicios. Solo hay desempleo donde los salarios están manipulados desde el poder político con la absurda pretensión de que los ingresos pueden decidirse por decreto en lugar de hacerlo a través de la única causa que permite elevar salarios e ingresos en términos reales, a saber, las tasas de capitalización. Es decir, equipos, maquinarias, tecnologías y conocimientos que hacen de apoyo logístico al trabajo para incrementar su productividad. Esta es la única explicación, junto con marcos institucionales civilizados que protejan esas inversiones, por la que algunos países cuentan con niveles de vida superiores a otros.

No es por generosidad de empleadores ni por falta de imaginación de políticos que se pagan remuneraciones más altas, es porque las tasas de capitalización los obligan a ello. Por esto es que, por ejemplo, en algunos países no se concibe tal cosa como servicio doméstico, no es porque el ama de casa no le gustaría disponer de esta ayuda, es porque las personas están ubicadas con ingresos tales que no se justifica emplearlas en las faenas domésticas.

En esta misma línea argumental, la tecnología, incluida la robotización, también y en grado superlativo, libera recursos para ser empleados en otras áreas para lo cual el empresario se ve constreñido a capacitar a las nuevas contrataciones al efecto de sacar partida de los también nuevos negocios que se le presentan debido a las mejoras en la productividad. Si se destruyera la tecnología existente, los salarios caerían abruptamente.

Se suele argüir que las barreras arancelarias defienden al país receptor puesto que hay productores que se conjetura hacen dumping. Es sabido que esta figura significa que se vende bajo el costo, lo cual ocurre cuando un productor incurre en pérdidas, cuando la publicidad de un producto subsidia el de otro en la misma empresa y cuando se ponen en liquidación determinados bienes. Pero lo que en este contexto se quiere argumentar es que el empresario pretende erradicar del mercado a competidores para luego subir el precio. Este razonamiento no tiene en cuenta que precios más bajos que los de mercado invitan a que otros compren al precio artificialmente bajo para revender a precio de mercado y usufructuar del arbitraje.

Como ha señalado el Premio Nobel en economía, Milton Friedman, nadie debería preocuparse porque otros quieran regalar su mercancía, y que este fantasma constituya un pretexto para bloquear el comercio libre. El peligro real del dumping está dado por empresas estatales que al arrojar pérdidas están haciendo dumping coactivamente con recursos ajenos.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

Ideales contrapuestos

Por Alberto Benegas Lynch (h).

 

Es de interés reflexionar sobre el contraste que en general se observa entre la perseverancia y el entusiasmo que suscita el ideal autoritario y totalitario correspondiente a las variantes comunistas-socialistas-nacionalistas que aunque no se reconocen  como autoritarios y totalitarios producen llamaradas interiores que empujan a trabajar cotidianamente en pos de esos objetivos (al pasar recordemos la definición de George Bernard Shaw en cuanto a que “los comunistas son socialistas con el coraje de sus convicciones”).

Friedrich Hayek y tantos otros intelectuales liberales enfatizan el ejemplo de constancia y eficacia en las faenas permanentes de los antedichos socialismos, mientras que los liberales habitualmente toman  sus tareas, no digamos con desgano, pero ni remotamente con el empuje, la preocupación y ocupación de su contraparte.

Es del caso preguntarnos porqué sucede esto y se nos ocurre que la respuesta debe verse en que no es lo mismo apuntar a cambiar la naturaleza humana (fabricar “el hombre nuevo”) y modificar el mundo, que simplemente dirigirse al apuntalamiento de un sistema en el que a través del respeto a los derechos de propiedad, es decir, al propio cuerpo, a la libre expresión del pensamiento y al uso y disposición de lo adquirido de manera lícita. Esto último puede aparecer como algo frívolo si se lo compara con el emprendimiento que creen majestuoso de cambiar y reinventar todo. Se ha dicho que  la quimera de ajustarse a los cuadros de resultado en la contabilidad para dar rienda suelta a los ascensos y descensos en la pirámide patrimonial según se sepa atender o no las necesidades del prójimo, se traduce un una cosa muy menor frente a la batalla gigantesca que emprenden los socialismos.

Este esquema no solo atrae a la gente joven en ámbitos universitarios, sino a políticos a quienes se les permite desplegar su imaginación para una ingeniería social mayúscula, sino también a no pocos predicadores y sacerdotes que se suman a los esfuerzos de modificar la naturaleza de los asuntos terrenos.

Ahora bien, esta presentación adolece de aspectos que son cruciales en defensa de la sociedad abierta. Se trata ante todo de un asunto moral: el respeto irrestricto a los proyectos de vida de otros que permite desplegar el máximo de la energía creadora al implementar marcos institucionales que protejan los derechos de todos que son anteriores y superiores a la existencia del monopolio de la fuerza que denominamos gobierno. El que cada uno siga su camino sin lesionar iguales derechos de terceros, abre incentivos colosales para usar y disponer del mejor modo posible lo propio para lo cual inexorablemente debe atenderse las necesidades del prójimo. En otros términos, el sistema de la libertad no solo incentiva a hacer el bien sino que permite que cada uno siga su camino en un contexto de responsabilidad individual y, en el campo crematístico, la asignación de los siempre escasos recursos maximiza las tasas de capitalización que es el único factor que permite elevar salarios e ingresos en términos reales.

Hay quienes desprecian lo crematístico (“el dinero es el estiércol del diablo” y similares) y alaban la pobreza material al tiempo que la condenan con lo que resulta difícil adentrarse en lo que verdaderamente se quiere lograr. Si en realidad se alaba la pobreza material como un virtud, habría que condenar con vehemencia la caridad puesto que mejora la condición  material de receptor.

Algunos dicen aceptar el  sistema de la libertad pero sostienen que los aparatos estatales deben “redistribuir ingresos” con lo que están de hecho contradiciendo su premisa de la libertad y la dignidad del ser humano puesto que operan en una dirección opuesta de lo que las personas decidieron sus preferencias con sus compras y abstenciones de comprar para reasignar recursos en direcciones que la burocracia política considera mejor. En la visión redistribucionista se trata a la riqueza como si estuviera ubicada en el contexto de la suma cero (lo que tiene uno es porque otro no lo tiene), es decir, una visión estática como si el valor de la riqueza no fuera cambiante y dinámica. Según Lavoisier todo se transforma, nada se consume pero de lo que se trata no es de la expansión de la materia sino de su valor (el teléfono antiguo tenía mayor cantidad de materia que el moderno pero el valor de éste resulta mucho mayor).

Lo primero para evaluar la moralidad de un sistema es resaltar que no puede existir siquiera idea de moral si no hay libertad de acción puesto que, por un lado, a punta de pistola no hay posibilidad de considerar un acto moral y, por otro, la compulsión para hacer o no hacer lo que no lesiona derechos de terceros es siempre inmoral. En la sociedad abierta  o liberal solo cabe el uso de la fuerza de carácter defensivo, nunca ofensivo. Sin embargo en los estatismos, por definición, se torna imperioso el uso de la violencia a los efectos de torcer aquello que la gente deseaba hacer, de lo contrario  no sería estatismo.

En el contexto de la sociedad abierta, como consecuencia de resguardar los derechos de propiedad se estimula la cooperación social, esto es, los intercambios libres y voluntarios entre sus participantes lo cual necesariamente mejora la situación de las partes en un contexto de división del trabajo ya que en libertad se maximiza la posibilidad de detectar talentos y las vocaciones diversas (todo lo contrario de la guillotina horizontal que sugieren los socialismos igualitaristas). Y en este estado de cosas se incentiva también la competencia, esto es, la innovación y la emulación para brindar el mejor servicio y la mejor calidad y precio a los consumidores.

Como hemos apuntado en otras ocasiones, la libertad es indivisible, no es susceptible de cortarse en tajos, es un todo para ser efectiva en cuanto a los derechos de la gente. Los marcos institucionales que aseguran el antedicho respeto resultan indispensables para proteger el uso y la disposición diaria de lo que pertenece a cada cual. Los marcos institucionales constituyen el continente y las acciones cotidianas son el contenido, carece de sentido proclamarse liberal en el continente y no en el contenido puesto que lo uno es para lo otro. Entonces, ser “liberal de izquierda” constituye una flagrante contradicción en los términos, lo cual para nada significa que la posición contraria sea “de derechas” ya que esta posición remite al fascismo y al conservadurismo, la posición contraria es el liberalismo (y no el “neoliberalismo” que es una etiqueta con la que ningún intelectual serio se identifica puesto que es un invento inexistente).

Incluso para ser riguroso la expresión “ideal” que hemos colocado de modo un tanto benévolo en el título de esta nota, estrictamente no le cabe a los estatismos puesto que esa palabra alude a la excelencia, a lo mejor, a lo más elevado en la escala de valores, por lo que la compulsión y la agresión a los derechos no puede considerarse “un ideal” sino más bien un contraideal. Es un insulto torpe a la inteligencia cuando se califica a terroristas que achuran a sus semejantes a mansalva como “jóvenes idealistas”.

Lo dicho sobre la empresa arrogante, soberbia y contraproducente de intentar la modificación de la naturaleza  humana, frente a los esfuerzos por el respeto recíproco no justifican en modo alguno la desidia de muchos que se dicen partidarios de la sociedad libre pero se abstienen de contribuir día a día en la faena para que se comprenda la necesidad de estudiar y difundir los valores de la sociedad abierta e incluso las muestras de complejos inaceptables que conducen al abandono de esa defensa renunciando a principios básicos del mencionado respeto que permite que cada uno al proteger sus intereses legítimos mejora la condición del prójimo.

La sociedad abierta hace posible que las personas dejen de preocuparse solamente por cubrir sus necesidades puramente animales y puedan satisfacer sus deseos de recreación, artísticos y en general culturales. De más está decir que esto no  excluye posibles votos de pobreza, lo que enfatizamos es que la libertad otorga la oportunidad de contar con medicinas, comunicaciones, transportes, educación e innumerables bienes y servicios que no pueden lograrse en el contexto de la miseria a que conducen los sistemas envueltos en aparatos estatales opresivos.

Lo dicho en absoluto significa que deban acallarse las posiciones estatistas por más extremas que parezcan. Todas las ideas desde todos los rincones deben ser sometidas al debate abierto sin ninguna restricción al efecto de despejar dudas en un proceso de prueba y error que no tiene término. En eso estamos. Lo peor son las ideologías, no en el sentido inocente del diccionario, ni siquiera en el sentido marxista de falsa conciencia de clase, sino como algo terminado, cerrado e inexpugnable que es lo contrario al conocimiento que es siempre provisional y abierto a posibles refutaciones. De lo que se trata es de pisar firme en los islotes de lo que al momento estimamos son verdades, en medio del mar de ignorancia que nos envuelve. Y esto no suscribe en nada la contradictoria postura del relativismo epistemológico que además de ser relativa esa misma posición, abriría la posibilidad de que una cosa al tiempo pueda ser y no ser lo que es y derribaría toda posibilidad de investigación científica puesto que no habría nada objetivo que investigar.

El concepto mismo de Justicia es inseparable de la libertad y de la propiedad. Según la definición clásica se trata de “dar a cada uno lo suyo” y lo suyo remite a la propiedad. El aludir a la denominada “justicia social” se traduce en una grosera redundancia puesto que la justicia no es mineral, vegetal o animal o, de lo contrario, apunta a sacarles por la fuerza sus pertenencias para entregarlas a quienes no les pertenece, lo cual constituye una flagrante injusticia.

Los socialismos proclaman que sus defendidos son los trabajadores (y los limitan a los manuales) pero precisamente son los más perjudicados con sus sistemas ya que el desperdicio de capital por políticas desacertadas recae principalmente sobre sus bolsillos. El liberalismo en cambio, cuida especialmente a los más débiles económicamente al atribuir prioritaria importancia que a cada trabajador debe respetársele el fruto de su trabajo sin descuentos o retenciones de ninguna naturaleza y en un ámbito donde se maximizan las tasas de capitalización y, consecuentemente, los salarios. El nivel de vida no se incrementa por medio del decreto sino a través del ahorro y la inversión, lo cual solo puede florecer en un clima de respeto recíproco y no someterse a megalómanos que imponen sus caprichos sobre las vidas y haciendas ajenas.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.