Un proyecto que desconoce la privacidad

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 11/3/19 en: https://www.cronista.com/columnistas/Un-proyecto-que-desconoce-la-privacidad-20190310-0027.html

 

Con mucha razón ha consignado Milan Kundera que “la persona que pierde su intimidad lo pierde todo”. Hoy observamos que la utilización de los formidables medios de comunicación se utilizan muchas veces para aniquilar a la persona.

Así se observa que algunos consideran que no han hecho nada si no exhiben lo vivido en las redes sociales, son seres vacíos en el sentido apuntado por T. S. Eliot en el libro que lleva por título Los hombres huecos. Son más bien simples megáfonos de la moda.

De más está decir que esto no es para cargar contra los medios de comunicación, del mismo modo que no  es para cargar contra el martillo si en lugar de clavar un clavo se lo utiliza para romperle la nuca al vecino.

En la era digital y a pesar de sus extraordinarias contribuciones adelantadas entre otros por Nicholas Negroponte desde MIT en Being Digital, ahora Facebook, la muy popular red social, se encuentra en un serio entredicho por la filtración de datos privados y por posibilitar la aparente falsificación de identidades, lo cual presenta un problema de seguridad para sus millones de usuarios.

Según el diccionario etimológico “privado” proviene del latín privatus que significa en primer término “personal, particular, no público”.

El ser humano consolida su personalidad en la medida en que desarrolla sus potencialidades y la abandona en la medida en que se funde y confunde en los otros, esto es, se despersonaliza. La dignidad de la persona deriva de su libre albedrío, es decir, de su autonomía para regir su destino. Es la base del derecho.

Hoy existe un extremadamente peligroso proyecto del actual gobierno para extender el registro de ADN a todos los habitantes, lo cual vulnera la privacidad al exponer vínculos biológicos, enfermedades, herencias y otras características personales.

La huella dactilar nos dice quien es una persona, mientras que el ADN informa como es. La Declaración Internacional sobre Datos Genéticos Humanos de la Unesco de 2003, a la cual la Argentina adhiere en su carácter de país signatario, protege los datos genéticos.

La primera vez que el tema de la privacidad se trató, fue en 1890 en un ensayo publicado por Samuel D. Warren y Luis Brandeis en la Harvard Law Review titulado “El derecho a la intimidad”. Tal vez la obra que más ha tenido repercusión en los tiempos modernos sobre la materia es La sociedad desnuda de Vance Packard.

Si bien los intrusos pueden provenir de agentes privados (los cuales deben ser debidamente procesados y penados) hoy debe estarse especialmente alerta a los entrometimientos estatales -inauditos atropellos legales- a través de los llamados servicios de inteligencia, las preguntas insolentes de formularios impositivos, la paranoica pretensión de afectar el secreto de las fuentes de información periodística, los procedimientos de espionaje y toda la vasta red impuesta por la política del gran hermano orwelliano como burda falsificación de un andamiaje teóricamente establecido para preservar los derechos de los gobernados.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

La casa de Carl Sandburg

Por Mario Vargas Llosa. Publicado el 7/1/17 en: http://elpais.com/elpais/2017/01/05/opinion/1483642394_192114.HTML

 

El poeta descubrió en este bello y pacífico escenario que, pese a todo lo que andaba mal en ella, la vida valía la pena a condición de estar en un sitio como éste.

 

Se llama Connemara y está en lo alto de una colina, en las montañas de Carolina del Norte, rodeada de bosques de pinos centenarios, lagos, nevados, y en los alrededores hay casas victorianas semienterradas por la vegetación, rebaños de cabras, ciervos y bandadas de pájaros. Los vecinos aseguran que ciertos días familias de osos pardos asoman por las vecindades en busca de comida. En mis caminatas matutinas yo no he visto ninguno, pero sí, en cambio, y hasta en dos ocasiones, la ardilla blanca, otra especialidad del lugar.

La casa de Carl Sandburg

Sandburg tenía ya 67 años cuando llegó a estos parajes en 1945 y, deslumbrado por ellos, compró Connemara, la casa donde pasaría los 22 años que le quedaba por vivir. Había nacido en Illinois, en 1878, en una familia de inmigrantes suecos, y, como tantos otros escritores norteamericanos, tuvo una vida peripatética y aventurera, de vendedor ambulante, soldado, reportero, poeta y juglar que escribía poemas y canciones y, acompañado de su inseparable guitarra, las entonaba en ferias, mercados y estaciones. Fue socialista de joven y por algunos años trabajó como funcionario de ese pequeño partido, que llegó a tener algunos alcaldes y parlamentarios en los Estados del Medio Oeste.

No fue un gran poeta —era difícil serlo si se pertenecía a la misma generación de gigantes como T. S. Eliot y Ezra Pound—, pero sí atractivo y popular, que, inspirado en Walt Whitman, cantó a los hombres comunes y corrientes, como los carniceros y los campesinos, los mineros y los cargadores, y el progreso material que erigía rascacielos, trenes que perforaban las montañas, domesticaba la naturaleza y parecía garantizar un futuro de paz y de prosperidad. Su primera colección de verso y prosa, In Reckless Ecstasy, apareció en 1904, a la que seguirían varios otros —Chicago Poems, Smoke and Steel, Good Morning, America—, pero lo que lo hizo más conocido fueron las valerosas crónicas que escribió sobre unos terribles incidentes raciales en Chicago, con muchos muertos y heridos, a raíz del linchamiento, por un grupo de bañistas blancos, de un joven negro que sin advertirlo había cruzado nadando la frontera racial: The Chicago Race Riots (July, 1919). El texto, que acabo de leer, tiene el aliento épico y la fuerza moral de las grandes novelas comprometidas de Dreiser o de Steinbeck.

Aunque su poesía, por la claridad y sencillez que la caracterizó en su primera época —luego, en su vejez, se volvería algo intrincada y esotérica—, fue siempre leída por un vasto público, lo que dio a Carl Sandburg su enorme prestigio fue su biografía de Abraham Lincoln, en la que trabajó más de 10 años. La fue puliendo y enriqueciendo a lo largo de casi toda su vida y le mereció el Premio Pulitzer. Los seis frondosos volúmenes están en todas las bibliotecas y escuelas de Estados Unidos y, si no todos ellos, por lo menos la refundación en un tomo que hizo el propio Sandburg, es todavía masivamente leída y la razón principal, sin duda, para la gran afluencia de turistas que esta mañana de domingo visita conmigo su casa-museo de las montañas de Carolina del Norte.

Nunca tuve ánimos para intentar leer esta voluminosa biografía, pese a que los libros gordos y ambiciosos me atraen mucho. La culpa la tiene tal vez un crítico que admiro y que siempre releo, Edmund Wilson, quien, con la rotundidad que solía, afirmó en uno de sus ensayos: “La peor tragedia que le ocurrió a Lincoln, después de ser asesinado por Booth, fue caer en manos de Carl Sandburg”. Es evidente que no sentía mucho cariño por el aeda que, gracias a este paisaje, descubrió el hechizo de la naturaleza, la vida al aire libre, y se volvió avant la lettre un genuino ecologista.

Sandburg se mudó aquí desde Michigan en 1945 con su mujer Lilian Stechen, una matrona de origen luxemburgués de armas tomar, sus tres hijas, dos nietos, sus 14.000 libros y un rebaño de cabras. Connemara ha estado en rehabilitación y la biblioteca, que ahora tiene 17.000 volúmenes, ha sido temporalmente mudada de lugar. Esos estantes vacíos dan a estos tres pisos de madera y al inmenso sótano un aspecto triste y espectral. Pero el pequeño palomar contiguo al techo, donde Sandburg se pasaba las noches leyendo y escribiendo, tiene encanto y una atmósfera cálida y familiar. Él se levantaba tarde y, luego del almuerzo, solía leer a su familia lo que había escrito la víspera, o les cantaba tocando su guitarra alguna canción de su mocedad. En las tardes daba largos paseos por el contorno.

Mientras Carl leía y escribía, o exploraba las montañas y los bosques vecinos, la incansable Lilian, ayudada por sus hijas, se ocupaba de las cabras. Lo hizo con tanto éxito que los ingresos de la familia pronto provinieron más de los productos lácteos de la empresa que de los derechos de autor del poeta y escribidor. Doña Lilian ha pasado a la historia de la industria norteamericana pues —si la guía no nos cuenta el cuento— fue la fundadora y primera presidenta de la Federación de Industrias Lácteas de Estados Unidos. En todo caso, las cabritas —las descendientes de las pioneras, quiero decir— siguen aquí, en un corral al que todos los hijos y nietos de los turistas visitan con placer.

A la muerte de Sandburg, en 1967, la familia cedió al Estado todos los libros, manuscritos, cuadros, fotos y la voluminosa correspondencia acumulada. Gracias a este donativo existe este museo y, por los carteles y folletos, veo que hay una intensa actividad cultural a lo largo del año: conferencias, espectáculos, paseos guiados, conciertos y ferias poéticas.

Pero lo que más me entretuvo a mí fue la tienda y la librería de la entrada. Allí se pueden comprar todas las obras de Sandburg, carteles y fotografías, por supuesto, pero, también, polos, gorros, sacones, vestidos con sus poemas y su cara estampados, discos grabados por él recitando y cantando, y objetos de metal, madera y barro con citas suyas, y —el colmo de los colmos— un cochecito de recién nacido en el que hasta las sonajas repiten, en colores estridentes, los poemas para niños que escribió Sandburg en sus últimos años. Y hay una larga entrevista, que le hizo en esta misma casa, un día de otoño, un periodista, en la que Sandburg se explaya largamente sobre su vocación de escritor, su manera de entender y de escribir la poesía, sus autores favoritos, sus viajes, sus simpatías y antipatías. La impresión que da es la de un hombre sano y bueno —tal vez demasiado para ser un gran poeta— que vivió intensamente pero de manera un tanto superficial, sin llegar nunca a percibir, debajo de las apariencias, el drama fundamental de la existencia, y que, luego de una vida sin pausa, de frenéticos trajines, descubrió aquí, en este bello y pacífico escenario, que, pese a todo lo que andaba mal en ella, la vida valía la pena de ser vivida, a condición de estar en un sitio como éste, donde todo parecía tan puro y tan limpio, el cielo sin nubes, la orla blanca de las montañas, los recios árboles constelados de aves y el rumor de los riachuelos. Qué lejanos e irreales parecen, desde un sitio como Connemara al que no llegan los periódicos, las guerras, el terrorismo, las dictaduras, las plagas y hambrunas. Aquí sí que se puede creer, como Sandburg, que el hombre nace bueno y que el secreto de la felicidad lo tienen las estrellas, la mirada de las ardillas y los pájaros que atrae a tu jardín el alpiste que les echas todas las noches.

 

Mario Vargas Llosa es Premio Nobel de Literatura y Doctor Honoris Causa de ESEADE.

Economistas pioneros del progresismo dudoso

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 7/12/16 en:  http://www.carlosrodriguezbraun.com/articulos/expansion/economistas-pioneros-del-progresismo-dudoso-y-ii/

 

Thomas C. Leonard, en su reciente libro Illiberal Reformers, explica que los primeros economistas progresistas estadounidenses eran antiliberales partidarios de un amplio Estado que regulara la vida de sus súbditos, por su bien.

De ahí el éxito de F.W.Taylor y su “administración científica”, de la que Thorstein Veblen era entusiasta: se trataba de que los expertos ingenieros manejaran las empresas, y también el Estado, pero no los propietarios. Pocos defendían el liberalismo y el individualismo. Esto preparó el New Deal, pero sucedió décadas antes.

En su ansia por organizar la vida social, incluían la economía, pero iban más allá. Aunque se critica el darwinismo social, hubo darwinismo entre los progresistas, como Veblen o Dewey. No creían en la selección natural pero sí en la artificial, y hablaban con naturalidad de seleccionar científicamente a los mejores entre los humanos, igual que se hace con los animales. Charles van Hise, presidente de la Universidad de Wisconsin, declaró: “sabemos lo suficiente sobre la eugenesia como para que, si ese conocimiento fuera aplicado, las clases defectuosas podrían desaparecer en una generación”. Y más de treinta estados impusieron la esterilización obligatoria desde 1907.

Irving Fisher recomendó la mejora hereditaria mediante la prohibición del alcohol, de los inmigrantes y la segregación o esterilización de los unfit. Leonard subraya que en los países católicos estas ideas tuvieron menos éxito, pero la lista de intelectuales anglosajones favorables a la eugenesia es notable: F. Scott Fitzgerald, Jack London, Eugene O’Neill, Virginia Woolf, T.S. Eliot, D. H. Lawrence, Bernard Shaw, Harold Laski, Beatrice y Sidney Webb, El famoso juez Holmes, el gran amigo de los impuestos, dijo: “tres generaciones de imbéciles ya es suficiente”. El biólogo Hermann Mueller, premio Nobel, afirmó que como el capitalismo premiaba con riqueza a los no aptos, era necesario el socialismo para distinguir científicamente a los aptos y los no aptos.

Otra variante de la eugenesia fue la ecología, inquietud que despuntó entonces con la idea de mejorar la naturaleza e impedir la extinción de especies animales, reorganizando todo racionalmente con la intervención del Estado que era, como dijo el famoso economista Richard Ely, “una persona moral”.

En su racismo, se oponían a la libertad de inmigración, y los economistas de la American Economic Association apoyaron la subida del salario mínimo para impedir que los inmigrantes pobres compitieran con los trabajadores locales: al menos no eran buenistas como los que vinieron después, y reconocían abiertamente que el salario mínimo más alto dificultaba el empleo de los más pobres. En la misma línea propusieron medidas de apoyo a las mujeres, que reconocían que dificultaban su contratación y promoción en pie de igualdad con los hombres.

Estas ideas y otras análogas sentaron las bases del progresista Estado de bienestar, siempre sobre la base “científica” de que lo que la gente hace libremente está mal y debe ser corregido por los sabios de arriba, que sí saben lo que conviene al pueblo llano.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.