LA PERSONA Y SUS TALENTOS: ¿DOS ANDARIVELES?

Por Alberto Benegas Lynch (h)

Se presenta un problema de difícil resolución. Se observan escritores, poetas, profesionales y en todos los órdenes de la vida donde hay una especie de separación o corte entre su producción y su vida privada o, si se quiere, la vida pública que resulta distinta y a veces opera en dirección contraria a los talentos por los cuales es más conocido. ¿Una cosa tiñe a la otra o deben analizarse por separado? ¿Pueden cortarse en tajos o deben estudiarse en conjunto y como un todo?

Por ejemplo, ¿debe tenerse en cuenta cuando uno entra al quirófano que el excelente cirujano a cargo es un pésimo jugador de golf? Parecería que son dos planos que no se entrecruzan al momento de la operación. Resulta irrelevante como se desenvuelve en el campo de golf a los efectos del manejo del bisturí. ¿Y si se descubre que trata mal a sus hijos? Puede lamentarse pero no interfiere con sus dotes profesionales. ¿Y si es un entusiasta de sistemas totalitarios? También puede criticárselo por esa inclinación lamentable a esclavizar a su prójimo pero en general se seguirá con la idea de aceptar sus talentos médicos. ¿Y si trascendió que la mató a su mujer a cuchillazos? Bueno ahí la cosa cambia pues producirá cuanto menos algún escozor y habrá cierta reserva en seguir adelante con el proyecto de ponerse en manos de un criminal por más que se luzca con sus habilidades de facultativo avezado.

Esta secuencia de ejemplos que van de lo menor a lo mayor apuntan a que en definitiva la apreciación de si un plano tiñe o no a otro se torna un tanto subjetivo y, por momentos, pastoso. Hay personas que sostienen que la destreza formidable de Pablo Neruda como poeta no perjudica ni cambia por el hecho de haberle cantado loas a un asesino serial como Stalin. Los hay quienes estiman que la vida privada de Woody Allen no modifica su condición histriónica. El premio Nobel en literatura Eugen O´Neill era alcohólico. Correlatos similares van para los Picasso, Dalí y tantos otros cuyos comportamientos distan mucho de ser agradables lo cual no parece afectar a quienes aprecian sus obras. Pero, otra vez, esto depende de cada uno. Hay quienes después de determinado recorrido les resulta imposible disfrutar de una obra pues surge la tintura de marras que se extiende como una mancha imparable de un ámbito a otro. En sentido contrario, no puede decirse que el criminal de Hitler queda teñido por lo cariñoso que era con sus perritos.

Por supuesto que no sería razonable ni lógico que se pretendiera la perfección como ser humano para aprovechar los talentos de tal o cual personaje puesto que la perfección no es un atributo de los mortales. Todos tenemos defectos. Es entonces un asunto de equilibrio, juicio prudencial, debidamente masticado y decantado, pero la subjetividad en definitiva marca el rumbo. No parece que pueda concluirse como hacen algunos que son dos andariveles completamente distintos e independientes y que en ningún caso se los puede mezclar. En casos extremos la mezcla es inevitable, es un asunto de graduación personal.

Esto mismo ocurre con ciertos viajes, hay personas que pueden separar el turismo de lo que ocurre en el país visitado por más que tengan gobiernos criminales. Personalmente no puedo digerirlo, por ejemplo, con la Cuba de hoy. Desde mi perspectiva, una cosa tiñe a la otra de modo irremediable: no puedo disfrutar de playas pintorescas cuando siento la cárcel pestilente e injusta que padecen otros a mi derredor. No estoy dispuesto a contribuir a la financiación de esos carceleros.

Viene ahora otra cuestión más complicada aun. Se trata de los valores morales de la obra, del juicio moral respecto a la aplicación de talentos. Aquí también se separan las aguas. Hay quienes -los más- aseguran que el arte nada tiene que ver con la moralidad o inmoralidad, es simplemente arte y debe juzgarse como tal sin apreciaciones éticas, solo estéticas. Sin embargo, los hay que sostienen lo contrario. Por ejemplo, T. S. Elliot se pregunta “¿Es que la cultura requiere que hagamos un esfuerzo deliberado para borrar todas nuestras convicciones y creencias sobre la vida, cuando nos sentamos a leer poesía? Si así fuera, tanto peor para la cultura”. Y Victoria Ocampo escribe que “El arte de bien elegir y de bien disponer las palabras, indispensable en el domino de la literatura, es, a mi juicio, un medio no un fin” y agrega “No veo en realidad por qué cuando leo poesía, como cuando leo teología, un tratado de moral, un drama, una novela, lo que sea, tendría que dejar a la entrada -cual paraguas en un museo- una parte importante de mi misma, a fin de mejor entregarme a las delicias de la lectura”. Mas aun Ocampo ilustra el punto con el correlato del amor: “La atracción física sola (si es que puede existir sin mezcla) es simple apetito. Pero esta atracción, acompañada por las que atañen al corazón, a la inteligencia, al espíritu, es  una pasión de otro orden y de otra calidad. En materia de literatura, como en materia de amor, ciertas disociaciones son fatalmente empobrecedoras”.

Finalmente, Giovanni Papini consigna que “El artista obra impulsado por la necesidad de expresar sus pensamientos, de representar sus visiones, de dar forma a sus fantasmas, de fijar algunas notas de música que le atraviesan el alma, de desahogar sus desazones y sus angustias y -cuando se trata de grandes artistas- por anhelo de ayudar a los demás hombres, de conducirlos hacia el bien y hacia la verdad, de transformar sus sentimientos, mejorándolos, de purificar sus pasiones más bajas y de exaltar aquellas que nos alejan de las bestias”. Y concluye que hay escritores “que se jactan de ser morales en su vida e inmorales en sus escritos. Puede afirmarse resueltamente que no existen” ya que entiende que “el arte grande se dirige siempre a lo que hay dentro de nosotros de mejor”.

Por mi parte, aun en minoría dadas las opiniones contrarias a lo dicho, considero que lo relevante para un juicio artístico no solo se refiere a como se dicen o muestran las cosas, sino que dicen o muestran.

Precisamente, en relación al arte, para cerrar esta nota periodística refiero observaciones sobre el denominado arte moderno. El estudio de las bellas artes es un tema complejo, muy controvertido, lleno de vericuetos y andariveles. Se han destinado ríos de tinta para discutir si en definitiva la belleza en el arte trata de algo objetivo o subjetivo. En realidad cuando hablamos de algo subjetivo estamos aludiendo a apreciaciones personales, de gustos y perspectivas individuales lo cual no desconoce los atributos y naturaleza de la cosa en si.

Nada hay que discutir si a una persona le gusta el violeta antes que el colorado, si le atrae más tal o cual ornamento, si prefiere esa marca antes que aquella otra o si le resultan más los perros que los gatos. Nada de esto contradice el significado y las propiedades que definen los objetos de que se trate. Incluso cuando una persona dice que está observando el cielo azulado y otra sostiene que predomina el gris se debe a distintas posiciones, la captación de diferentes rayos solares y, sobre todo, retinas disímiles que captan de modo desigual los colores. Muchos ejemplos se pueden dar de formas diferentes de apreciar la misma cosa.

Sin embargo, cuando se trata de pronunciarse sobre la belleza de una obra de arte estamos refiriéndonos a una cualidad que hace a la cosa que, es cierto, captamos de modo desigual pero siempre con la intención de descubrir y describir del modo más ajustado aquello que tenemos delante de nuestra vista. Lo contrario sería referirse simplemente al gusto personal: si nos atrae o no la obra es una cuestión distinta de la descripción de sus atributos. Si dijéramos que arte es todo aquello que la gente estima es arte no habría tal cosa como destacados críticos de arte ya que sus juicios no diferirían en sapiencia del emitido por cualquier ignorante en materia artística. Del mismo modo, los entendidos en música puede distinguir fácilmente una melodía de un simple ruido.

El asunto se complica cuando comprobamos que aquél que se ajusta a lo que le enseñan en la academia de arte podrá ser un buen copista pero, en rigor, no es un artista puesto que para ello se requiere romper con lo convencional y crear nuevos paradigmas. Entonces viene el problema en cuanto a dictaminar que es y que no es arte.  La forma de establecer estos criterios consiste en dejar que transcurra el suficiente tiempo al efecto de recabar la mayor cantidad de opiniones que estimamos competentes para poder escoger y concluir en esa materia, según sean nuestros conocimientos o la confianza que depositamos en los respectivos opinantes.

Lo mismo ocurre con la ciencia o cualquier contribución nueva o aporte al acervo cultural. En un primer momento puede aparecer como una idea estrafalaria que con el tiempo y los suficientes debates queda claro si se trata de una sandez o de un avance científico. En el momento en que aparece en escena lo nuevo no resulta posible juzgarlo con la debida ponderación ni con el debido detenimiento y perspectiva. Lo que si puede sostenerse es que el arte, la ciencia o una manifestación de cultura no radica en cualquier cosa en cualquier sentido y que las valoraciones subjetivas en cuanto a los gustos y preferencias deben distinguirse de la objetividad de la cosa sujeta a juicio.

Personalmente hice mis primeras armas en el intercambio de ideas sobre estas especulaciones con mi abuelo materno que fue durante veinte años Director del Museo de Bellas Artes en Buenos Aires, miembro de la Academia Nacional de Bellas Artes y a partir de su tesis doctoral en medicina, titulada No hay enfermedades sino enfermos. El caso de la individualidad en la medicina, comenzó a desarrollar una especial sensibilidad para el caso particular, lo cual le permitió una mirada atenta sobre las distintas manifestaciones del arte (quien, igual que Paul Johnson -el autor del voluminoso Art: A New History– no puede decirse que guardaba especial estima por expresiones como el arte abstracto, que en rigor consideraba manifestaciones correspondientes más bien al plano de la decoración).

En todo caso, del mismo modo que Umberto Eco aplica el método popperiano a la interpretación de textos para acercarse lo más posible a lo que se lee, puede aplicarse esa metodología de refutaciones y corroboraciones provisorias al arte. Los elementos subjetivos y las características objetivas suelen ilustrarse en diversos ensayos con la temperatura que existe en una habitación: objetivamente es susceptible de medirse en el termómetro y subjetivamente, cada uno, puede pronunciarse de diferente manera según sienta más o menos calor o frío en concordancia con el contraste de la temperatura ambiente de donde proviene el sujeto y según el funcionamiento del termostato individual.

Este debate subjetividad-objetividad tiene lugar en muy diversas manifestaciones de la ciencia, por ejemplo, en economía donde se ha pretendido asimilar el relativismo epistemológico con la teoría marginalista del valor, sin percibir que se trata de dos planos completamente distintos de análisis y para nada incompatibles: la verdad objetiva por una parte (en el sentido que las cosas son independientemente de nuestras opiniones) y los gustos y preferencias por otra (de lo que depende el valor crematístico del bien).

De más está decir que cuando aludimos al arte nos estamos refiriendo a lo realizado por el ser humano. Solo metafóricamente decimos que el nido del hornero, el panal o el capullo es una obra de arte. Del mismo modo, solo analógicamente nos referimos a la belleza de una puesta de sol, a la espuma del mar, a un caracol en la playa o a la noche estrellada.

En el caso de las bellas artes, de lo que se trata es de juzgar acerca de las propiedades, atributos y las técnicas (siempre en evolución) sobre las proporciones, profundidad, manejo de luz, perspectiva y demás características que posee la obra, independientemente del gusto personal de quien la observa, lo cual no es óbice para que el opinante del momento conjeture que tal o cual obra juzgada resistirá o no la prueba del tiempo, opinión que competirá con otras razones y argumentaciones sobre el valor artístico de marras.

Aparece aquí otro problema adicional y es que dado que, desde la era remota de las pinturas en las cuevas, las manifestaciones artísticas revelen el espíritu de la época, pero si ocurriera una degradación que se mantuviera a través de generaciones, la prueba del tiempo ya no confirmaría la calidad del arte en cuestión. En ese caso, solo quedarían opiniones individuales difíciles de contrastar. Es que como decíamos más arriba, el tema es sumamente controvertido y hay muchos costados de la biblioteca que resultan opuestos, de lo que no se desprende que arte sea cualquier cosa…de todos modos, en ninguna materia se dice la última palabra y mucho menos en ésta. No en vano el lema de la Royal Society de Londres es nullius in verba, esto es, no hay palabras finales.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

Sin límites para el absurdo

Por Carlos Alberto Salguero. Publicado el 25/7/18 en: https://www.rionegro.com.ar/columnistas/sin-limites-para-el-absurdo-DD5454489

 

La civilización, tanto en sus orígenes como en la actualidad, depende de aquello que se conoce como las instituciones humanas. Precisamente, tales instituciones proveen del orden en el cual la cooperación permite a las personas desarrollar sus capacidades y perseguir aquellos fines que juzguen prioritarios.

Como lo entiende Hayek, la esencia del proceso social se basa estrictamente en la información o conocimiento “de carácter personal, práctico, subjetivo, disperso” que cada ser humano descubre en un devenir que no se detiene jamás.

En ese sentido, el esfuerzo, ingenio y sensibilidad innata del hombre para buscar y alcanzar nuevos fines constituye el leitmotiv del proceso, el cual, por propia naturaleza, ajusta y coordina los comportamientos contradictorios que en él se llevan a cabo. El proceso de ensayo y error que así resulta está guiado por las instituciones que moldean las formas en que la gente interactúa. Se da por descontado que los agentes tienen limitaciones cognitivas.

Frente a ello, por contraste, la utilización sistemática de la coacción por la vía de las políticas públicas se focaliza sobre las implicancias lógicas de la optimización, entendida como resultado y no simplemente como intención.

Se supone que los gobiernos establecen un gran programa abarcativo del conjunto de acciones óptimas de las personas, entre todas las alternativas posibles, en base a un conocimiento preciso de las consecuencias esperables de sus decisiones. El equilibrio se concibe no como un punto de atracción de un proceso, sino como un estado en el que los planes de alguna forma se han vuelto coherentes entre sí.

Todo ello ha llevado a que las instituciones sociales de varios países en el siglo veinte basaran sus economías en la idea de planificar una “justa” distribución; y algunos otros como el nuestro, Argentina, extendieron dichas prácticas a lo largo del siglo XXI.

Los resultados están a la vista. En los últimos 15 años, la participación del Estado en los niveles de gasto doméstico, como porcentaje del PBI (Producto Bruto Interno), pasó exactamente del 23 al 47% entre los años 2003 y 2018. En síntesis, más Estado y menos mercado: pobreza, marginalidad, indigencia.

Al mismo tiempo, otro importante indicador del proyecto Doing Business del Banco Mundial, 2017, muestra que Argentina se encuentra en el segundo lugar en cuanto a la más alta tasa tributaria total, con un porcentaje del 106 (solo por debajo de la Unión de las Comoras, un diminuto país insular, con población inferior al millón de habitantes, situado al oriente de África sobre el océano Índico), lo que evidencia la existencia de tasas confiscatorias y, lo que es peor, que dichos gravámenes resultan insuficientes para financiar el abultado exceso de gastos sobre los recursos impositivos.

Íntimamente ligado con el Estado Benefactor se encuentra el abuso del término social, que suprime substancialmente el significado del sustantivo al que se aplica. Es decir, social se atribuye a todo aquello que reduce o elimina las diferencias de rentas, pues, se presume que en orden a la “sensibilidad social”, “injusticia social”, “inestabilidad social”, etc., muchas personas jóvenes y sanas de distintas organizaciones sociales deben ser mantenidas, entre ellas organizaciones piqueteras. Como diría Armen Alchian, gobierno es socialismo por definición.

Bastará un ejemplo de candente actualidad para ilustrar el fenómeno.

El pasado sábado, 21 de julio, se reunió en Buenos Aires el G20, o Grupo de los 20, el principal foro internacional para la cooperación económica, financiera y política que aborda los grandes desafíos globales y busca generar soluciones. El organismo se compone de la Unión Europea y 19 países, entre ellos: Alemania, Arabia Saudita, Argentina, Australia, Brasil, Canadá, China, Corea del Sur, Estados Unidos, Francia, India, Indonesia, Italia, Japón, México, Reino Unido, Rusia, Sudáfrica y Turquía. El conjunto de los miembros representa el 85% del producto bruto global, dos tercios de la población mundial y el 75% del comercio internacional.

El acontecimiento, ante los ojos del mundo, requirió de un despliegue de seguridad sin precedentes. La idea fue neutralizar las movilizaciones de varios centenares de personas, en las inmediaciones del encuentro de ministros de Finanzas del G20, en contra del acuerdo del país con el Fondo Monetario Internacional (FMI), al tiempo que reclamaban por un incremento en sus asignaciones.

No se trata de hacerse el distraído pues se sabe que nada es gratis, ni el montaje de extrema seguridad ni la asistencia de aquellos quienes, curiosamente, se alzaban contra quien venía a dar asistencia (circunstancial) a sus propios reclamos y a los ajetreados bolsillos del contribuyente. Enfáticamente se reclama más Estado y menos mercado, sin advertir que esa ecuación ya ha sido probada hasta el hartazgo. Ante tanto desconcierto es el momento de advertir incluso sobre los riesgos de lo que significa vivir en condiciones sin límites para el absurdo.

 

Carlos Alberto Salguero es Doctor en Economía y Máster en Economía y Administración de Empresas (ESEADE), Lic. en Economía (UCALP), profesor titular e investigador en la Universidad Católica de La Plata y egresado de la Escuela Naval Militar.

Economía socialista, un siglo de fracasos

Por Martín Krause. Publicado el 10/10/17 en: http://www.libertadyprogresonline.org/2017/10/10/economia-socialista-un-siglo-de-fracasos/

 

Se cumplen aniversarios de dos fenómenos que, en buena medida, cambiaron al mundo moderno: 150 años de la publicación de El Capital, de Marx, y 100 años de la revolución soviética. No hay nada que festejar. Todos los intentos de aplicar principios marxistas a la organización económica han terminado en fracasos y los pocos que quedan (Corea del Norte y en alguna medida Cuba) no son fuente de inspiración alguna ni muestran resultados que la motiven.

Pero lo más interesante de este tema es que la discusión teórica había saldado ya el debate mucho antes de que estas ideas comenzaran a aplicarse. Dada la característica periodística de este artículo y las limitaciones en su extensión estaré revisando alguno de los temas en forma muy concisa y también superficial para que podamos todos entenderlo.

En primer lugar, es necesario señalar que la piedra fundamental de la economía marxista se había derrumbada décadas antes del intento soviético. Me refiero a la teoría del valor, según la cual éste es generado por la cantidad de trabajo necesario para la producción de un determinado bien. Marx se preguntaba: ¿qué es lo que tienen todos los bienes en común y lo que se iguala cuando se produce un intercambio? Para todos es necesario el trabajo y en un intercambio se igualan cantidades de trabajo socialmente necesario.

Entonces, si lo que genera valor es el trabajo, ¿de dónde sale la ganancia del capitalista? Pues, del trabajo, no queda otra. Se trata de la plusvalía que el capitalista extrae del trabajador. Lo explota. ¿Qué es lo que hay que hacer entonces? Expropiar a los expropiadores, la revolución socialista que terminaría con la clase parasitaria capitalista.

GRAVE ERROR

El problema es que esta teoría, piedra fundamental de todo el edificio, es errónea. Pocos años después había sido ya demolida en los trabajos del austríaco Eugen von Böhm-Bawerk. El valor no es algo objetivo que pueda medirse y no es algo que se iguale en un intercambio. Es precisamente al revés: el valor es algo subjetivo, que depende de las valoraciones y preferencias de cada uno y los intercambios se realizan porque se valoran los bienes en forma diferente, no igual.

No tendría sentido realizar intercambios para recibir algo semejante a lo que se entrega. Por ejemplo: si cambio una moto usada por una tabla de surf, lo hago porque valoro más la tabla que la moto; y mi amigo al revés, valora más la moto que la tabla. El intercambio se realiza porque tenemos valoraciones “diferentes” sobre los mismos bienes.

Otra cosa, si el valor proviene de la cantidad de trabajo y la plusvalía se extrae de él (no del trabajo acumulado en máquinas, por ejemplo), ¿cómo es que hemos visto a los capitalistas por más de trescientos años permanentemente reemplazar trabajo por máquinas a punto que hoy estamos preocupados porque los robots nos dejen sin trabajo? Si los capitalistas buscan más plusvalía, ¿no deberían priorizar tareas donde haya más trabajo?

Un último punto (aunque hay muchos más para señalar), en una economía en equilibrio todas las actividades tendrían el mismo rendimiento, la misma ganancia. Si las ganancias provienen de la plusvalía que se extrae del trabajo, quiere decir que en equilibrio todas las actividades tendrían la misma proporción de trabajo, pero con tal sólo observar cualquier actividad nos damos cuenta que lo que predomina es la diversidad en ese aspecto.

PLANIFICACION

En fin, se podría hablar mucho más sobre la teoría del valor. Vayamos ahora a su aplicación práctica, la planificación económica. Tan sólo tres años después de la revolución soviética, el meollo de la cuestión había sido planteado en forma contundente. El economista austríaco Ludwig von Mises publicaba un artículo titulado “El cálculo económico en la sociedad socialista”, y dos años después, en 1920, todo un libro “Socialismo: análisis económico y sociológico”.

Allí planteaba no ya que la planificación fuera ineficiente, sino que era imposible. El argumento, muy simplificado es el siguiente: en la economía de mercado los factores de producción son asignados por emprendedores a la producción de distintos bienes y servicios guiados por los precios esperados de los bienes a producir y los factores necesarios.

Esos precios son en verdad intercambios de derechos de propiedad, pero como en la economía socialista no habrá propiedad privada de los factores de producción, entonces no habrá tal cosa como precios que guíen esas decisiones. Esos factores serán asignados a distintos procesos según la opinión de planificador pero sin ningún criterio económico. Resultado: un enorme despilfarro.
Ejemplo: hay que construir un puente. Técnicamente se puede hacer de madera, cemento, acero, acero inoxidable o platino. ¿Por qué razón nos parecería extraño hacerlo de platino? Porque tenemos una cierta noción del precio de mercado del platino que nos indica que es mejor dedicarlo a otra cosa. Pero sin mercados no habría forma de saberlo.

De hecho, para hacer sus planes quinquenales, los planificadores soviéticos miraban los precios de Occidente. Es decir, sin mercados afuera no hubieran podido planificar.

El último y muy breve punto tiene que ver con la “justicia” de igualar ingresos. ¿Si vamos a ganar igual, porqué he de esforzarme para trabajar más? O, ¿no es injusto que me paguen lo mismo si trabajo el doble que mi compañero?

En palabras de Churchill, “la virtud del comunismo es el reparto igualitario de su miseria y el vicio del capitalismo es el desigual reparto de sus bondades”.

Un siglo después y millones de muertos mediante, el capitalismo ha demostrado que sus resultados serán desiguales, pues nosotros somos por sí desiguales en capacidades o esfuerzos, y ha enterrado al socialismo bajo una prosperidad que de una u otra forma ha llegado a todos. Al inicio de la revolución industrial el ingreso promedio mundial era de 150 dólares actuales por año y por persona; hoy es de 7.000 dólares. No hay más que discutir.

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados. (Ciima-Eseade). Es profesor de Historia del Pensamiento Económico en UBA.

Marx, el valor-trabajo y la plusvalía. La respuesta de Böhm-Bawerk

Por Martín Krause. Publicado el 5/5/14 en: http://bazar.ufm.edu/marx-el-valor-trabajo-y-la-plusvalia-la-respuesta-de-bohm-bawerk/

 

Luego de leer a distintos economistas clásicos, algunos alumnos plantean preguntas respecto a la teoría del valor. Y en cierta forma les llama la atención que se cuestione a dicha teoría. Ya veremos en más detalle la llamada “revolución marginalista” que dio definitivamente por tierra con esa teoría, señalando que el valor es subjetivo y determinado por su utilidad y escasez.

marx-bio

El tema no es menor porque la teoría del “valor-trabajo” es la piedra fundamental sobre la que Marx edifica su modelo y su propuesta socialista.

Mientras tanto, los alumnos leyeron a Böhm-Bawerk, una parte de su libro Capital e Interés en la que critica distintas teorías del valor trabajo y en especial a Marx. Aquí van algunos de sus contundentes argumentos:

“Si el valor de uso (utilidad) de los bienes no es considerada, dice Marx, queda en ellos solamente una propiedad común, ser producto del trabajo. ¿Es esto verdad? ¿Hay solo una propiedad? En bienes que tienen valor de cambio, por ejemplo, ¿no está también la propiedad de ser escasos en relación a su demanda? ¿O de que son objeto de demanda y oferta? ¿O que son “apropiados”? ¿O que son productos de la naturaleza? Porque que son productos de la naturaleza tanto como del trabajo nadie lo dice tan claro como el mismo Marx, cuando dice: “los bienes son combinaciones de dos elementos, materias naturales y trabajo”, o cuando incidentalmente cita la expresión de Petty sobre la riqueza material: “el trabajo es el padre y la tierra es la madre”.

Entonces, me pregunto, ¿no podría ser que el valor residiera en cualquiera de esas propiedades comunes, como también la de ser producto del trabajo?.”

“¿Es la tierra producto del trabajo? ¿O una mina de oro? ¿O una veta natural de carbón? Y, sin embargo, como cualquiera sabe, tienen a menudo valor de cambio. ¿Pero cómo puede ser que un elemento que no entra para nada en cierta clase de bienes que poseen valor de cambio sea presentado como el principio común universal de ese valor?

“Que un día de trabajo de un escultor puede ser considerado equivalente a cinco días del trabajo de un minero en muchos respectos –por ejemplo, en su valoración monetaria-   no hay duda. Pero que doce horas de trabajo de un escultor son sesenta horas de trabajo común, nadie lo puede sostener. Y en cuestiones de teoría –por ejemplo, en la cuestión del principio del valor- no es cuestión de qué ficciones ideamos, sino de cómo son las cosas.”

“Compartiendo la errónea idea de Rodbertus de que el valor de las cosas proviene del trabajo, cae luego en casi todos los errores que he atribuido a Rodbertus. Encerrado en su teoría, Marx fracasa en considerar la idea de que el Tiempo también tiene influencia en el valor. En una ocasión dice expresamente que en cuanto al valor de un bien es lo mismo si parte del trabajo se realiza antes en el tiempo o no. En consecuencia, no observa que existe toda la diferencia del mundo si el trabajo recibe el valor final del producto al final del proceso de producción, o lo recibe un par de meses o de años antes, y repite el error de Rodbertus diciendo, en nombre de la justicia, el valor de un bien ahora es el mismo que tendrá luego.”

“La teoría de Marx es tan impotente como la de Rodbertus para dar una respuesta aproximadamente satisfactoria a una parte importante del fenómeno del interés. ¿A qué hora del día laboral comienza el trabajador a crear la plusvalía que se obtiene en el vino, digamos entre el quinto y décimo año de estar en el barril de roble? O es, hablando en serio, nada más que un robo –nada más que la explotación de trabajo no pagado- cuando el trabajador siembra una bellota en la tierra y no se le pagan las 20 libras que valdrá el roble cuando un día, sin más trabajo humano, haya crecido hasta ser un árbol?”

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).