El Gran Hermano no acepta competencia

Por Alejandro A. Tagliavini. Publicado el 5/4/18 en: https://www.elperiodico.com/es/entre-todos/participacion/gran-hermano-acepta-competencia-174279

 

El Hermano Mayor o Gran Hermano es un personaje de la novela de George Orwell 1984, y es el ente que gobierna Oceanía a través del partido único, el Ingsoc. Nadie lo conoce, pero es omnipresente a través de telepantallas, con fuerte propaganda y controlando todo. Estos días, mientras Facebook es sospechada de espionaje, EEUU, Canadá, España y otros 14 países y la OTAN expulsan a diplomáticos rusos por el intento de asesinato de Skripal.

Cuando Trump ganó las elecciones, el Parlamento ruso recibió la noticia con aplausos. Pero ahora, las cosas se han enfriado. Los rusos saben de guerra fría; además de su propia KGB, recuerdan a los espías de EEUU, como la CIA, que colaboró derrocando a líderes electos en Irán y Guatemala en la década de los cincuenta y respaldó golpes de Estado apoyando gobiernos anticomunistas en América Latina, África y Asia.

Ahora resulta que Zuckerberg es criticado, entre otras cosas, porque no quería comparecer ante el Parlamento británico. En una carta remitida al presidente del Comité Parlamentario pertinente, la responsable de relaciones públicas de la red social indicó que sería uno de los adjuntos de Zuckerberg quien daría respuesta a los diputados.

Resulta irónico que los Estados, los Grandes Hermanos que todo nos controlan, desde la emisión de documentos de identidad con todos nuestros datos personales y hasta las agencias de espías, pasando por los entes recaudadores de impuestos que conocen todas nuestras finanzas, pretendan que nos van a cuidar de quienes quieren robarnos datos personales. Más bien parece que no quieren competencia o, peor, querrán imponer reguladores que tengan injerencia y autoridad sobre nuestros datos guardados en las redes sociales.

De hecho, a Facebook se le acusa de la filtración de datos de más de 50 millones de usuarios para ayudar… a la campaña del presidente de EEUU, el jefe del Estado. La empresa británica Cambridge Analytica, contratada tanto para la campaña de Trump como para la iniciativa a favor del brexit, recopiló información de millones de votantes a través de Facebook.

En 2010, durante la conferencia All Things Digital organizada por The Wall Street Journal, Steve Jobs se refirió a la cuestión de la privacidad enviándole una indirecta a Mark Zuckerberg, que estaba presente, en el momento en que Facebook enfrentaba críticas por la actualización de los controles que forzaban a los usuarios a compartir sus datos. “Privacidad significa que la gente entienda en qué se registra, en palabras claras y repetidamente”, dijo Jobs.

Es decir, la privacidad es, precisamente, una cuestión privada. Es decir, que las personas deben saber qué datos confían y a quién. Cada uno debe elegir y ser responsable de sus actos como con cualquier transacción sin que ningún burócrata pretenda entrometerse en algo tan sensible.

Por cierto, se ha dicho que el mercado ha reflejado este escándalo provocando la fuerte baja en el precio de las acciones de Facebook pero, en mi opinión, esta baja al menos en parte responde a que esta red se utiliza cada vez menos en favor de Instagram y WhatsApp. Riesgo, me parece, que corren todas las empresas, pero sufrirán más aquellas más infladas: por ejemplo, hoy Facebook y Netflix cotizan a una valuación equivalente a 11 años de ventas; Amazon a 4 años y Google a 7 años, cuando el índice S&P500 cotiza a una valuación de 2.2 años de ventas.

 

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Ex Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.

Desmitificando al liberalismo

Por Nicolás Cachanosky. Publicado el 4/1/18 en: https://www.infobae.com/opinion/2018/01/04/desmitificando-al-liberalismo/

 

La mala imagen del liberalismo descansa en una serie de mitos. Aquí algunos de ellos

Hubo una época en la que Argentina sabía estar entre las naciones con mayores ingresos del mundo. Fue la época del liberalismo y la apertura comercial en Argentina. Con la llegada del peronismo, la Argentina giró 180 grados, se volvió un país alejado de los principios del libre mercado, donde la política de sustitución de importaciones es más importante que el comercio internacional. Actualmente Argentina ya no se encuentra entre las naciones de mayores ingresos del mundo y posee índices de pobreza cercanos al 30 por ciento. Es un país asociado a la corrupción, las expropiaciones y las recurrentes crisis económicas.

No obstante la mala imagen que el liberalismo posee en Argentina, en los últimos tiempos esta doctrina ha ganado presencia en el debate público y en los medios. En especial a través de los economistas liberales, que no se cansan de insistir una y otra vez con los beneficios del libre comercio. La mala imagen del liberalismo descansa en una serie de mitos. Aquí algunos de ellos.

El liberalismo no es pro empresa, es pro igualdad ante la ley.

El liberalismo no es una doctrina que busque beneficiar a un sector a expensas de otro. Si hay un sector sobre el cual Adam Smith ya alertaba tener cuidado, era justamente el empresarial. Es una doctrina que busca respetar la igualdad ante la ley. No sólo para trabajadores y empresarios, fundamentalmente también para el Estado. No hay lugar para la extorsión para mafias, ni para sindicatos, ni para funcionarios públicos.

Podría decirse que si hay un sector social al cual el liberalismo beneficia, es al trabajador. En los países con economías más libres del mundo el factor trabajo recibe un porcentaje del ingreso total mayor al factor capital. Mientras que en las economías menos libres, esta relación tiende a invertirse.

El liberalismo no es anti Estado, es pro límites al abuso de poder. Hay varias corrientes de liberalismo, por ejemplo, el liberalismo clásico, el anarco-capitalismo, el minarquismo, etcétera. El término “libertario” abarca a todas esas corrientes. Salvo el anarco-capitalismo, el liberalismo no busca eliminar al Estado. Lo que el liberalismo requiere son maneras eficientes de contener los abusos de poder estatal. Es un error conceptual pensar en el libertarismo como un indicador de pureza liberal. Mayor rechazo al Estado no implica necesariamente ser más liberal, es simplemente ser más anti Estado o quizás más anarquista.

Posiblemente los tres economistas liberales con mayor reconocimiento del siglo XX sean Ludwig von Mises, Friedrich A. Hayek y Milton Friedman (Karl R. Popper y Robert Nozick en el área de la filosofía). Ninguno de los tres era anarco-capitalista, los tres fueron liberales clásicos que consideraban al Estado necesario, en términos de liberalismo clásico, para tener una economía libre y estable.

El liberalismo no es despreocupado de las necesidades sociales, busca justamente ayudar a los más necesitados.

El liberalismo no es una doctrina fría a la que no le importa la suerte de los más necesitados. Por el contrario, considera que una economía libre es el sistema económico con más posibilidades de reducir la pobreza. De hecho, la historia muestra que los grandes procesos de reducción de pobreza se dan a la par de mayores libertades económicas. Quien crea que al liberalismo no le importan los pobres o los necesitados puede darse una vuelta por los textos de autores como Mises, Hayek, Friedman, Adam Smith, etcétera.

Hoy día se habla menos de pobreza y más de desigualdad del ingreso. Esto se debe, justamente, a la fuerte reducción en pobreza que se ha observado en las últimas décadas. La distribución del ingreso es un problema distinto al de pobreza. Y como sugiere Angus Deaton, nobel en Economía por sus estudios en este tema, el problema no es la distribución del ingreso en sí sino qué tan justo es el proceso por el cual se distribuye el ingreso. Al buscar la igualdad ante la ley en lugar de beneficios sectoriales, el liberalismo desea un sistema social más justo.

Se encuentra arraigado en la opinión pública que las economías más libres poseen una peor distribución del ingreso. Este no es el caso. El porcentaje del ingreso nacional que recibe el 10% de la población con mayores ingresos es independiente del grado de libertad económica. La diferencia es que en países como la Argentina del kirchnerismo o la Venezuela bolivariana los ricos son aquellos que se benefician a través del Estado. Mientras que en países con economías libres, los ricos son aquellos que sirven al consumidor. Empresarios como Bill Gates, Jeff Bezos o Steve Jobs se encuentran en países con economías libres, no con economías reprimidas como la de Argentina.

El liberalismo no es partidario, es constitucional. Al liberalismo le preocupan las normas que deben gobernar a una sociedad, es decir, su Constitución. El liberalismo no es un movimiento o un partido político, es una concepción constitucional o fundacional. Consiste en pensar cómo limitar al rey o al Estado, indistintamente de quién sea el gobierno de turno. Pedir que el liberalismo “arme un partido y gane las elecciones” es simplemente confundir cómo se debe administrar al Estado (partidos políticos) con cuál debe ser el papel del Estado (liberalismo como filosofía política).

El liberalismo es fundamentalmente democrático y republicano. Sugerir que el liberalismo es pro dictadura porque algún funcionario supuestamente liberal se ha identificado como tal no hace sombra la constante oposición al autoritarismo del liberalismo. Por ejemplo, a diferencia de los mitos que rondan por sectores de izquierda, ni Friedman ni Hayek apoyaron ni contribuyeron con la dictadura chilena. Por el contrario, en ambos casos dejaron cuestionamientos inequívocos a la dictadura.

La época de oro de Argentina coincide con su época liberal. Argentina tiene la posibilidad de volver a discutir estas ideas y dar inicio a un cambio en serio y de fondo. Para ello es necesario discutir las ideas del liberalismo, en lugar de perderse en mitos y versiones caricaturescas.

 

Nicolás Cachanosky es Doctor en Economía, (Suffolk University), Lic. en Economía, (UCA), Master en Economía y Ciencias Políticas, (ESEADE). Fué profesor de Finanzas Públicas en UCA y es Assistant Professor of Economics en Metropolitan State University of Denver.

El lado bueno de la desigualdad

Por Iván Carrino. Publicado el 31/1/17 en: http://www.ivancarrino.com/el-lado-bueno-de-la-desigualdad/

 

El nuevo enemigo de los intervencionistas es la desigualdad de ingresos y riqueza. Sin embargo, cuando la desigualdad es resultado del éxito de los emprendedores, se vuelve netamente positiva.

La revolución industrial fue un  momento de inflexión en la historia económica mundial. Por décadas y décadas la humanidad había permanecido con una bajísima tasa de crecimiento y una muy modesta expectativa de vida.

Entre el año 1500 y el 1800, un británico promedio no podía esperar vivir más allá de los 40 años. Eso cambió radicalmente después de la Revolución Industrial. A nivel mundial, el ingreso per cápita comenzó a crecer a pasos acelerados, al igual que la esperanza de vida.

Todo esto se dio, además, en el medio de un exponencial crecimiento poblacional. Así, las agoreras predicciones de Thomas Malthus quedaron refutadas. El desarrollo del capitalismo, la propiedad privada y el comercio internacional dieron lugar a este fenómeno y -a pesar de algunos contratiempos debidos a las guerras- el progreso humano no cesó desde entonces.

Claro que los defensores de la intervención estatal en la economía, los mercantilistas y los marxistas no iban a dejar que esta historia saliera a la luz tan fácilmente. Así que difundieron la idea de que, a pesar de todo el progreso derivado de la Revolución Industrial, la desigualdad había sido una de las partes más repudiables de todo el proceso.

Como consecuencia del crecimiento económico, argumentaban, la riqueza de algunos creció desproporcionadamente en comparación con la de otros y eso es digno del máximo de los repudios…

Por curioso que parezca, en la actualidad el debate es bastante similar. El mundialmente conocido economista Thomas Piketty puso a la desigualdad en el centro de la escena nuevamente en 2014, cundo publicó “El Capital en el Siglo XXI”. Allí pronosticaba que la desigualdad seguiría una trayectoria creciente a nivel mundial y que los ricos serían cada vez más ricos en comparación con los pobres.

Para mitigar el supuesto problema que significa esta desigualdad, Piketty y otros que se han sumado a su cruzada, abogan por cobrar más impuestos a los altos ingresos, a la riqueza acumulada y también a las herencias.

El estado tiene que sacarle a los ricos, darle a los pobres, y así conseguir una sociedad más igualitaria.

La verdad es que el caso de Piketty no es tan fuerte como parece. Tanto desde el punto de vista teórico, como en su correlato con los datos, los postulados del francés fueron seriamente cuestionados.

Las críticas mencionadas apuntan a desechar la idea de que efectivamente exista una desigualdad creciente de ingresos y patrimonios. Sin embargo, pocos se animaron a defender por sí misma la desigualdad.

Al parecer, todos deberíamos desear una sociedad igualitaria.

Ese no es mi caso. Y tampoco el de Edward Conrad.

En su nuevo libro, “El lado positivo de la desigualdad”, el investigador y ex director de la firma financiera Bain Capital, plantea que la enorme diferencia de ingresos que existe entre los norteamericanos, lejos de ser un problema, es un activo que ese país tiene.

Conrad plantea que las diferencias que se observan entre los ricos y los pobres de Estados Unidos son principalmente el resultado del enorme éxito que está teniendo el famoso “1%”. De acuerdo con su argumento:

A medida que la economía crece, valora más la innovación. Así, los innovadores que alcanzan el éxito a través de toda la economía, como Steve Jobs y Bill Gates, se enriquecen mucho más de lo que previos innovadores lo hicieron en el pasado. Y se enriquecen más que los doctores, los maestros de escuela, los conductores de colectivos… cuya paga está limitada al número de personas que pueden servir.

Es decir, a medida que avanza la globalización y la tecnología de la información mejora nuestra capacidad de comunicarnos, también se incrementa la capacidad de las empresas y los individuos de llegar a una mayor cantidad de consumidores.

Justin Bieber, que comenzó subiendo videos a YouTube, hoy tiene un mercado potencial de 7 mil millones de personas gracias al avance de la globalización y la tecnología. Lo mismo pasa con los CEO de las compañías multinacionales exitosas. Manejan negocios que cambian la vida de miles de millones, y eso exige una compensación acorde.

Así, “el aumento de la desigualdad de los ingresos es un subproducto de una economía que ha desplegado su talento y su riqueza más efectivamente que otras economías”. No por casualidad, Estados Unidos es más desigual que Europa, pero históricamente ha crecido a ritmos muy superiores.

Cuando uno tiene éxito en una economía globalizada, las ganancias que recibe pueden sonar desproporcionadas, pero es lo que mantiene los incentivos alineados y a la economía en crecimiento.

Como sugiere Conrad:

Los retornos más altos por el éxito incrementan la oferta de talentos debidamente entrenados, y estos altos retornos motivan a los innovadores, los emprendedores y los inversores para que tomen riesgos. Estos dos efectos relajan los obstáculos al crecimiento, lo que permite que la economía crezca más rápido.

Para estimular la innovación y el crecimiento, hay que permitir que los innovadores y los empresarios exitosos cosechen la totalidad de las ganancias que la sociedad, eligiendo en el mercado libre, quiere otorgarles.

Castigar el éxito con más impuestos logrará el objetivo contrario. Habrá menos innovación, menos crecimiento económico y, por tanto, salarios más bajos y más pobreza.

Es hora de sacarse de encima los prejuicios y mirar el lado positivo de la desigualdad.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.

¿EL ABORTO, ES ABORTO?

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Es verdaderamente inaudito que a esta altura del siglo xxi se ponga en duda el hecho de la vida humana en el seno materno y, por ende, se niegue la equiparación de ese ser con el resto de las personas y, consecuentemente, se le niegue el derecho a la vida, el primero y más fundamental de los derechos individuales inscripto en todas las normas de convivencia civilizada.

 

Debo reiterar parte de lo que he apuntado antes sobre la materia. Antiguamente no se establecía conexión causal entre el acto sexual y la procreación. Actualmente, la microbiología muestra que desde el instante en el que el óvulo es fecundado hay una célula única, distinta del padre y la madre, un embrión humano que contiene la totalidad de la información genética (ADN o ácido desoxirribonucleico). Una persona que tiene la carga genética completa, una persona en acto que está en potencia de desarrollar sus características futuras, del mismo modo que el adolescente es una persona en acto y en potencia de ser eventualmente anciano.

 

En el momento de la fusión de los gametos masculino y femenino -que aportan respectivamente 23 cromosomas cada uno- se forma una nueva célula compuesta por 46 cromosomas que, como queda dicho, contiene la totalidad de las características del ser humano.

 

Solo en base a un inadmisible acto de fe en la magia más rudimentaria puede sostenerse que diez minutos después del nacimiento estamos frente a un ser humano pero no diez minutos antes. Como si antes del alumbramiento se tratara de un vegetal o un mineral que cambia súbitamente de naturaleza. Quienes mantienen que en el seno materno no se trataría de un humano del mismo modo que una semilla no es un árbol, confunden aspectos cruciales. La semilla pertenece en acto a la especie vegetal y está en potencia de ser árbol, del mismo modo que el feto pertenece en acto a la especie humana en potencia de ser adulto. Todos estamos en potencia de otras características psíquicas y físicas, de lo cual no se desprende que por el hecho de que transcurra el tiempo mutemos de naturaleza, de género o de especie.

 

De Mendel a la fecha, la genética ha avanzado mucho. Luis F. Leujone, el célebre profesor de genética en La Sorbonne escribe que “Aceptar el hecho de que con la fecundación comienza la vida de un nuevo ser humano no es ya materia opinable. La condición humana de un nuevo ser desde su concepción hasta el final de sus días no es una afirmación metafísica, es una sencilla evidencia experimental”.

 

La evolución del conocimiento está inserta en la evolución cultural y, por ende, de fronteras móviles en el que no hay límite para la expansión de la conciencia moral. Como ha señalado Durant, constituyó un adelanto que los conquistadores hicieran esclavos a los conquistados en lugar de achurarlos. Más adelante quedó patente que las mujeres y los negros eran seres humanos que se les debía el mismo respeto que a otros de su especie.  Hoy en día los llamados abortistas, en una macabra demostración de regresión a las cavernas, volviéndole la espalda a los conocimientos disponibles más elementales y encubriendo las contradicciones más groseras, mantienen que el feto no es humano y, por tanto, se lo puede descuartizar y exterminar en el seno materno.

 

Bien ha dicho Julián Marías que este brutal atropello es más grave que el que cometían los sicarios del régimen nazi, quienes con su mente asesina sostenían que los judíos eran enemigos de la humanidad. En el caso de los abortistas, no sostienen que aquellos seres inocentes e indefensos son enemigos de alguien. Marías denomina al aborto “el síndrome Polonio” para subrayar el acto cobarde de liquidar a quien -igual que en Hamlet– se encuentra en manifiesta inferioridad de condiciones para defenderse de su agresor.

 

La secuencia embrión-mórula-balstoncito-feto-bebe-niño-adolecente-adulto-anciano no cambia la naturaleza del ser humano. La implantación en la pared uterina (anidación) no implica un cambio en la especie, lo cual, como señala Ángel S. Ruiz en su obra sobre genética “no añade nada a la programación de esa persona” y dice que sostener que recién ahí comienza la vida humana constituye “una arbitrariedad incompatible con los conocimientos de neurobiología”. La fecundación extracorpórea y el embarazo extrauterino subrayan este aserto.

 

Se ha dicho que la madre es dueña de su cuerpo, lo cual es del todo cierto pero no es dueña del cuerpo de otro. Se ha dicho que el feto es “inviable” y dependiente de la madre, lo cual es también cierto, del mismo modo que lo son los inválidos, los ancianos y los bebes recién nacidos, de lo cual no se sigue que se los pueda exterminar impunemente. Lo mismo puede decirse de supuestas malformaciones: justificar la matanzas de fetos justificaría la liquidación de sordos, mudos e inválidos. Se ha dicho que la violación justifica el mal llamado aborto, pero un acto monstruoso como la violación no justifica otro acto monstruoso como el asesinato. Se ha dicho, por último, que la legalización del aborto evitaría las internaciones clandestinas y antihigiénicas que muchas veces terminan con la vida de la madre, como si los homicidios legales y profilácticos modificaran la naturaleza del acto.

 

Entonces, en rigor no se trata de aborto sino de homicidio en el seno materno, puesto que abortar significa interrumpir algo que iba a ser pero que no fue, del mismo modo que cuando se aborta una revolución quiere decir que no tuvo lugar. De más está decir que no estamos aludiendo a las interrupciones naturales o accidentales sino a un exterminio voluntario, deliberado y provocado.

 

Tampoco se trata en absoluto de homicidio si el obstetra llega a la conclusión -nada frecuente en la medicina moderna- que el caso requiere una intervención quirúrgica de tal magnitud que debe elegirse entre la vida de la madre o la del hijo. En caso de salvar uno de los dos, muere el otro como consecuencia no querida, del mismo modo que si hay dos personas ahogándose y solo hay tiempo de salvar una, en modo alguno puede concluirse que se mató a la otra.

 

Se suelen alegar razones pecuniarias para abortar, el hijo siempre puede darse en adopción pero no matarlo por razones crematísticas, porque como se ha hecho notar con sarcasmo macabro, en su caso “para eso es mejor matar al hijo mayor ya que engulle más alimentos”.

 

Es increíble que aquellos que vociferan a favor de los “derechos humanos” (una grosera redundancia ya que los vegetales, minerales y animales no son sujetos de derecho) se rasgan las vestiduras por la extinción de ciertas especies no humanas pero son partidarias del homicidio de humanos en el seno materno. La carnicería que se sucede bajo el rótulo de “aborto” constituye una enormidad, la burla más soez a la razón y al significado más elemental de la civilización.

 

La lucha contra este parricidio en gran escala reviste mucha mayor importancia que la lucha contra la esclavitud, porque por lo menos en este caso espantoso hay siempre la esperanza de un Espartaco exitoso, mientras que en el homicidio no hay posibilidad de revertir la situación.

 

Estremecen las historias en donde por muy diversos motivos y circunstancias hubo la intención directa o indirecta de abortar a quienes luego fueron, por ejemplo, Juan Pablo II, Andrea Bocelli, Steve Jobs, Cristiano Ronaldo, Celine Dion, Jack Nicholson y Beethoven. Por supuesto que no es necesario de que se trate de famosos para horrorizarse frente al crimen comentado. Todos los seres humanos son únicos e irrepetibles en toda la historia de la humanidad. Cada uno posee un valor extraordinario y no puede ser tratado como medio para los fines de otros puesto que es un fin en si mismo.

 

Lo dicho es la razón por la que en las normas de países civilizados se destaca el derecho a la vida de las personas en el seno materno y desde la concepción. El eminente constitucionalista Gregorio Badeni ha enfatizado este punto en el ilustrativo caso argentino. Así explica Badeni los siguientes seis puntos. Primero, el autor del Código Civil de 1871, Dalmasio Vélez Sarfield, apunta en su nota al artículo 63 que “las personas por nacer no son personas futuras pues ya existen en el seno materno”. Segundo, el artículo 70 de ese código “establece que la vida de las personas comienza desde su concepción”. Tercero, el artículo 75, inciso 23, de la Constitución argentina “impone la protección de la niñez desde el embarazo”. Cuarto, el artículo 4 inciso primero de la Convención Americana “citada en el artículo 75 inciso 22 de nuestra Ley Fundamental, y que tiene jerarquía superior a las de las leyes del Congreso, prescribe que el derecho a la vida está protegido desde la concepción”. Quinto, la ley 23.849 “establece, con relación a la Convención sobre los Derechos del Niño, que en la Argentina reviste ese carácter toda persona desde su concepción y hasta los 18 años de edad”. Y sexto, el Código Penal establece “entre los delitos contra la vida (artículos 85 a 88), sanciona a quien cause un aborto con dolo o culpa, a los médicos, parteras y farmacéuticos que provoquen o cooperen en causar un aborto y a la propia madre que produzca o consienta su propio aborto. La pena prevista, considerando las circunstancias agravantes de cada caso, es la prisión de 6 meses a 15 años”. Concluye Badeni en su escrito de 2001 que “para la legislación argentina, la vida de las personas comienza antes de su nacimiento y el aborto es un homicidio”.

 

En estos contextos debe tenerse muy presente la indispensable responsabilidad que es perentorio que asuma cada cual al mantener relaciones sexuales y no solo vinculado al importante tema matrimonial. Hay infinidad de métodos que evitan el embarazo, no es cuestión de tomar el asunto frívolamente y luego arremeter contra una vida. Va de suyo que este comentario sobre la responsabilidad individual no se aplica al caso espantoso y repugnante de la violación sobre lo que ya nos pronunciamos más arriba o, en línea equivalente, la aberración indescriptible del incesto forzoso, pero en las relaciones voluntarias se comprueba una enorme dosis de irresponsabilidad y cinismo superlativo.

 

Para cerrar esta nota periodística, es pertinente subrayar que, tal como escribe Niceto Blázquez -doctor en filosofía y en psicología médica- “la escalada mundial del aborto legalizado es un fenómeno extraño de última hora, más o menos desde la segunda guerra mundial en adelante para los países social-comunistas y sus satélites” y se detiene a considerar muchos casos históricos de sociedades consideradas “primitivas” que castigaban lo que se denomina aborto en la parla convencional, comenzando desde el Código de Hammurabi más de mil setecientos años antes de Cristo. Marcamos al abrir esta nota que en la antigüedad no había necesariamente noción del nexo causal entre el vínculo sexual y la aparición de la prole, pero si había clara idea de la vida en el seno materno, de allí la tendencia a los castigos  y reprimendas a los que atentaban contra esas vidas. Ahora la “modernidad” en gran medida se inclina por arrojar al basurero a seres humanos indefensos. Es de desear que esto cambie radicalmente puesto que remite a las bases más elementales de la sociedad civilizada.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

La “batalla por los alimentos” y a mi me gustan las papas fritas de McDonalds

Por Martín Krause. Publicado el 29/7/14 en: http://bazar.ufm.edu/la-batalla-por-los-alimentos-y-a-mi-me-gustan-las-papas-fritas-de-mcdonalds/

 

El lenguaje militar es totalmente inútil para describir lo que ocurre en los mercados, no obstante muchos lo usan y a veces a los periodistas les encanta. Así, Nora Bär publica una nota en La Nación con el título “Alimentos: el campo de batalla del siglo XXI”. http://www.lanacion.com.ar/1712875-alimentos-el-campo-de-batalla-del-siglo-xxi

¿Dónde hay una batalla? ¿Quién está bombardeando a quién? En todo caso habrá competencia, pero eso está lejos de ser una guerra. Es cierto que luego la autora suaviza el título, que seguramente habrá sido puesto para atraer la atención del lector: “Esta metáfora belicista no hace más que reflejar las pasiones que enciende el tema de la alimentación. Pocas esferas de la actividad humana atraviesan todos los planos de nuestro universo cultural -desde la economía hasta la tecnología, la psicología, la medicina y la ecología- y a su vez están atravesadas por controversias tan acaloradas.”

Bien, entonces “batalla” se usa para decir “debate”. Sería más claro decir las cosas como son.

“En esta ensalada de conflictos, se enfrentan vegetarianos contra carnívoros, partidarios de la agricultura orgánica contra defensores de los organismos genéticamente modificados, industrias contra sanitaristas… y todo sazonado por el desafío de producir suficiente cantidad de comida para abastecer las demandas de una población creciente que, se calcula, podría llegar a los 9000 millones de personas en 2050. Una dieta difícil de digerir.”

McDonalds fries

Para todos los que no somos “constructivistas sociales”, es decir que no queremos imponer a nadie el tipo de sociedad en el que nos gustaría vivir, la solución es muy simple, que cada uno elija el tipo de comida que quiere comer.

Por ejemplo, dice el artículo: “La nutrición está en el centro de nuestras preocupaciones. Los vegetarianos reniegan de la carne, los “naturistas” aconsejan prescindir de los lácteos, los partidarios de la “dieta paleolítica”, de las harinas y el azúcar refinado. A tono con los tiempos que corren, la industria de la alimentación cultiva una imagen cada vez más cercana a la farmacia y la alta tecnología, con productos que prometen fortalecer los huesos, reducir los niveles de colesterol o mejorar el tránsito intestinal. Sin embargo, es blanco de los nutricionistas por las estrategias que pone en práctica para seducir el paladar de sus clientes, reducir costos y prolongar la “vida de góndola” de sus productos.”

De nuevo, que los vegetarianos no coman carne, que otros no coman lácteos, o harinas, etc. Eso por el lado del consumo. Pero algo similar ocurre por el lado de la producción. “Laissez-faire” significa que cada uno es libre de producir como estima más conveniente.

Por ejemplo. Dice el artículo: “Una de las voces que más se hacen escuchar a favor de una agronomía sustentable es la de Marie-Monique Robin. En Las cosechas del futuro. Cómo la agroecología puede alimentar al mundo (De la Campana, 2013), Robin, periodista de investigación y documentalista, refuta la tesis de que sólo la agricultura industrial sumada a los pesticidas pueden cultivar grandes volúmenes de alimentos. “El modelo agroindustrial promovido incansablemente desde hace medio siglo no ha conseguido ni de lejos «alimentar al mundo»”, escribe.”

Otra vez la solución es simple: Marie-Monique…, si tienes una idea de cómo debería ser la producción es fácil, adelante, ponte a producir de esa forma. Mark Zuckerberg o Steve Jobs también tuvieron alguna idea de que había que producir algo y la llevaron adelante. Si tienes éxito, si los consumidores te prefieren, te harás millonaria. El modelo que criticas ha sacado a más gente del hambre de la que existió en la Tierra en los 2000 años anteriores; pero, vamos, muestra que se puede hacer mejor.

“Además de su investigación en nueve países, Robin se basa en la tesis de Olivier de Schutter, jurista belga y relator especial de las Naciones Unidas sobre el derecho a la alimentación, que en 2011 presentó un informe en el que afirma que “Resulta imprescindible un cambio de orientación. Las antiguas recetas no son válidas en la actualidad”. Hasta ahora, las políticas de apoyo a la agricultura estaban destinadas a orientarla hacia la agricultura industrial. Hoy es necesario orientarlas hacia la agroecología en la mayor cantidad de lugares posibles”. Esta última modalidad consiste básicamente en combinar los árboles y cultivos según un sistema “fundado en la asociación y la biodiversidad”.”

Perfecto, que haya un cambio de orientación. Muéstranoslo. Pero no nos obligues. A mí me gustan las papas fritas de McDonalds.

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

Increible disminución de la pobreza en los últimos 40 años

Por Nicolás Cachanosky. Publicado el 7/1/14 en:  http://puntodevistaeconomico.wordpress.com/2014/01/07/increible-disminucion-de-la-pobreza-en-los-ultimos-40-anos/#more-6076

En AEI-ideas, el blog del American Enterprise Institute, Mark J. Perry muestra un gráfico con la disminución de la pobreza en los últimos 40 años. El gráfico lo toma de un trabajo de Martin Pinkovskiy y Xavier Xala-i-Martin en el NBER. Si la disminución de la pobreza es un fenómeno tan claro, ¿por qué se sigue insistiendo con que la pobreza es un problema cada vez más serio?

 

Veamos primero el gráfico que reproduce Perry.

El Banco Mundial define como pobreza vivir con 1USD o menos por día (obviamente ajustado por inflación.) Se ve una fuerte caída del 25% al 7.5% en 15 años y luego una consistente reducción hasta un 5% en el 2006.

Hay dos cuestiones importante a tener presente con el tema de la pobreza. En primer lugar su definición, que puede ser absoluta o relativa. La pobreza absoluta, que es la concepción tradicional, ha sido prácticamente eliminada como problema. La pobreza como concepción de problema de subsistencia es la concepción de pobreza en términos absolutos. Esto es lo que mediciones como la del Banco Mundial observa lo que se dice cuando se afirma que es el libre mercado el mejor arma para erradicar la “pobreza” de la tierra.

El segundo aspecto es la ambivalencia de la pobreza con una concepción relativa. Justamente porque la pobreza en términos absolutos fue desapareciendo junto con el desarrollo del mercado se pasó de una concepción absoluta a una relativa. Es lo que socialmente se considera mínimo de una vida decente lo que, en la concepción relativa, define la pobreza. Ya no es cuánto hace falta para subsistir, es cuánto hace falta para no sentirse demasiado diferente del ciudadano medio. Esto genera ambivalencia en dos sentidos.

En el primer caso, es importante identificar la fuente de la diferencia de ingresos. No es lo mismo que haya ricos por que hay personas como Steve Jobs, Bill Gates, o Jeff Bezos cuya riqueza, justamente, proviene de mejorarle la vida a los consumidores, a una sociedad donde los ricos son los gobernantes y capitalistas amigos que obtienen su fortuna de esquilmar al ciudadano con impuestos, regulaciones y mercados cautivos. El primer tipo de riqueza incentiva el esfuerzo y la creatividad en cuanto a mejora de calidad de vida. El segundo tipo de riqueza incentiva políticos oportunistas y capitalismo de amigos, no capitalismo de mercado. La desigual distribución del ingreso del primer tipo es “buena”, la segunda es “mala” y la que debe ser combatida. Tengo la impresión que los críticos del libre mercado ven los males del segundo tipo de desigualdad también en la primera. Esto es problemático. Eliminar el incentivo a producir eficientemente para el consumidor es eliminar el incentivo a mejorar el nivel de vida. Este es el motivo por el cual en las competencias deportivas se premian a los mejores en lugar de distribuir los premios “equitativamente” ni asignarlos a jugadores beneficiados por un árbitro corrupto. El mundo seria un lugar muy distinto si la vara con la que evaluamos la conducta de los deportistas y árbitros fuese la misma con la que evaluamos la conducta de políticos y empresarios.

La segunda ambivalencia tiene que ver con confundir los males asociados a la pobreza absoluta con la pobreza relativa. Los problemas que pueda tener la pobreza relativa no son los mismos que los problemas asociados a la pobreza absoluta. Un “pobre relativo” en Estados Unidos tiene un ingreso superior al 60% de la población mundial. La misma persona no puede ser pobre y no pobre a la vez. Esta persona es pobre si pensamos en términos relativos en Estados Unidos, pero lo deja de ser si seguimos pensando en términos relativos a nivel mundial.

Cierro con una transcripción que Perry hace una sección de un video en su blog:

It turns out that between 1970 and 2010 the worst poverty in the world – people who live on one dollar a day or less – that has decreased by 80 percent (see chart above). You never hear about that.

It’s the greatest achievement in human history, and you never hear about it.

80 percent of the world’s worst poverty has been eradicated in less than 40 years. That has never, ever happened before.

So what did that? What accounts for that? United Nations? US foreign aid? The International Monetary Fund? Central planning? No.

It was globalization, free trade, the boom in international entrepreneurship. In short, it was the free enterprise system, American style, which is our gift to the world.

I will state, assert and defend the statement that if you love the poor, if you are a good Samaritan, you must stand for the free enterprise system, and you must defend it, not just for ourselves but for people around the world. It is the best anti-poverty measure ever invented.

HT: Steve Horwitz

 

Nicolás Cachanosky es Doctor en Economía, (Suffolk University), Lic. en Economía, (UCA), Master en Economía y Ciencias Políticas, (ESEADE) y Assistant Professor of Economics en Metropolitan State University of Denver.

Empresarios milmillonarios

Por Carlos Rodríguez Braun. Publicado el 14/5/13 en http://www.carlosrodriguezbraun.com/files/2013/05/pagina_14052013125516.html

Tino Sanandaji y Peter T. Leeson publicaron en el Research Institute of Industrial Economics de Estocolmo un estudio sobre los milmillonarios; es decir, no los simplemente ricos, sino los que acumularon la enorme fortuna de mil millones de dólares fundando o engrandeciendo una empresa nueva (http://goo.gl/56XPc). Como era de esperar, son pocos: encontraron apenas un millar en 51 países: son personas como Bill Gates, Steve Jobs, Michael Dell o Mark Zuckerberg. O nuestro Amancio Ortega. Y se preguntaron: ¿dónde están y por qué están donde están?

No sorprende que estén en Estados Unidos y otros países desarrollados. En EEUU son apenas el 0,0008% de la población, pero generan el 1,3% de su riqueza. En ese país, y en todo el mundo, los empresarios pequeños, y en particular los autoempleados, son muchísimos más: en EEUU generan 28 veces más riqueza que los milmillonarios, pero son 61.000 veces más numerosos. La tesis de Sanandaji y Leeson es que los pequeños empresarios autoempleados predominan en los países pobres, mientras que los empresarios milmillonarios lo hacen en los ricos: en Hong Kong hay 2,8 milmillonarios por cada millón de ciudadanos, mientras que en Nigeria hay 0,007 por cada millón.

Los autores citan a William Baumol, en el texto que vimos en el artículo anterior, y subrayan que en los países pobres hay muchos pequeños empresarios cuyo objetivo es principalmente huir del Estado. Puede suceder, por tanto, que Estados arbitrarios (no necesariamente los más grandes) tiendan a generar una sobreoferta de empresarios, lo que económicamente no es eficiente, porque no se trata de personas que quieren innovar y crecer, sino ¡sólo escaparse!

De ahí que los milmillonarios puedan florecer en países muy intervenidos pero cuyos Estados dejan al mercado funcionar libremente en una mitad de la economía. La seguridad en la propiedad (aunque represente la expropiación de la mitad) puede incluso sobreponerse al intervencionismo y generar riqueza, pero no es riqueza debida a la intervención (véase el capítulo 5 de El liberalismo no es pecado, Deusto).

La conclusión es que el autoempleo empresarial puede ser un indicador negativo, puede reflejar inseguridad jurídica más que dinamismo económico. Dicen Sanandaji y Leeson: “Los políticos interesados en incentivar a los empresarios como medio para fomentar el desarrollo económico deberían centrar su atención en las instituciones que promueven a los grandes empresarios más que en ocuparse, en primer lugar, de crear empresarios per se”. Esta promoción, habitual en numerosos países, se hace con dinero público, lo cual conspira contra los empresarios genuinos: “imponiendo costes adicionales sobre los proyectos empresariales productivos, estas medidas desaniman la creación y crecimiento de empresas productivas, algunas de las cuales pueden producir milmillonarios”.

El Dr. Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.