MENTALIDAD DE CONTADOR

Por Alberto Benegas Lynch (h).

Con la mejor buena voluntad, en países en los que se han entronizado dictaduras electas (lo que tanto temía Jefferson al consignar en 1782 que “Un despotismo electo no es el gobierno por el que luchamos”), hay quienes siguen enfocando las críticas como si no hubiera habido un cambio radical de paradigma. Así continúan hablando de las cuentas del balance de pagos, del incremento de la base monetaria, la caída de reservas o de ratios con el producto bruto cuando en verdad a los adoradores modernos del Leviatán todo eso les resulta absolutamente irrelevante. Pregúntenle a los Castro opinión sobre esos guarismos en Cuba y responderá que no saben de qué se está hablando. A los sátrapas les interesa acumular poder y riqueza, para lo cual necesitan expandir la invasión a las autonomías individuales a galope tendido. Y pueden llevar a cabo sus cometidos siniestros merced a desconocimiento de las bases de la sociedad abierta por parte de los gobernados.

 

En otros términos, la mentalidad de contador recitando números y coyunturas no cambia nada. A los candidatos a Stalin o Hitler de este planeta no se los frena con cuadros estadísticos sino con fundamentos que hacen retroceder a los aparatos estatales desbocados. La serie estadística es siempre el resultado de la mentalidad que prevalece. No se pueden invertir las prioridades. No es que deba abandonarse por completo las cifras, es una cuestión de énfasis y de posición relativa. Al centrar la atención exclusivamente en la coyuntura la concentración está en los remos olvidándose por completo del bote. De este modo se bajan peldaños diariamente mientras no se comprenda los nexos causales de la declinación, para lo cual debe dedicarse tiempo, esfuerzo y recursos a la educación en los principios de la libertad en áreas económicas, filosóficas, históricas y jurídicas.

No tengo nada contra los contadores (salvo cuando se hacen decir “doctor” que por más que esté respaldado en una inaudita disposición argentina es moralmente usurpación de título), son sumamente importantes para confeccionar balances y para auditar pero en los últimos tiempos se ha extendido la función de “expertos fiscales” actividad que mermaría en grado sumo y se liberaría energía creativa si la estructura tributaria fuera razonable en lugar de la siempre cambiante maraña impositiva. De todos modos, como se ha consignado, la mentalidad de contador llevando las cuentas de la macroeconomía no contribuye a revertir los problemas que precisamente se originan en la colosal incomprensión de temas de fondo. En su lugar, sugiero, por ejemplo, se debatan temas tales como la naturaleza del gravamen progresivo, la irrelevancia del balance comercial “desfavorable”, la incompatibilidad de  la igualdad de oportunidades con la igualdad ante la ley, los efectos de la  redistribución de ingresos especialmente para los más pobres, la mal llamada “responsabilidad social del empresario”, el rol pernicioso de la banca central, la democracia plebiscitaria y antidemocrática y tantos otros asuntos en los que se ponen en evidencia los sustentos de un sistema republicano. Como queda dicho, en nuestra metáfora, esto sería prestar atención al bote y no solo atender la condición de los remos.

La mencionada mentalidad de contador es como si estuviera navegando en la superficie sin tener en cuenta las corrientes, los vientos ni las enormes rocas que acechan en las profundidades. Si se prestara atención a estas amenazas habría posibilidad de corregir el rumbo y evitar averías de gran calibre. De nada sirve que la embarcación esté muy bien pintada y reluciente si el naufragio es inexorable. Es un poco como bailar en la cubierta del Titanic mientras estaba enfrentado al iceberg.

Sin duda que la corrupción que remite a algo en descomposición, algo podrido, algo que destila hedor en grado creciente. Es algo detestable en cualquier nivel, pero cuando se lleva a cabo con los dineros públicos naturalmente genera un rechazo que llega a la repugnancia superlativa. Pero eso no justifica que el tema exclusivo consista en la corrupción, como si un gobierno totalitario que no robara estuviera exento de crítica.

Esto último es lo que parece sucede en la mayor parte de los casos: gobiernos que aplastan las libertades, se los critica solo por su corrupción administrativa. Establecen absurdos controles de precios con lo que indefectiblemente generan desabastecimientos colosales que luego endosan a los comerciantes, pretenden una mordaza a los periodistas independientes con lo que se tiende solo a permitir la mentirosa voz oficial, estatizan empresas con lo que se reciben pésimos servicios y se acumulan pérdidas astronómicas, se introducen férreas disposiciones laborales que no permiten el sindicalismo libre y producen desempleo, pretenden alquimias en el mercado cambiario y cierran la economía retrotrayéndola a la época de las cavernas, avanzan sobre la Justicia con la idea de contar con una adicta a los caprichos del gobernante, incrementan impuestos para poder seguir con el festival estatista y así sucesivamente.

Como no se presta la debida atención a la necesaria educación para la libertad, se observa un peligroso defasaje en los debates públicos en la prensa oral y escrita en los que la llamada oposición navega en la superficie con críticas de forma pero lamentablemente en gran media comparten el fondo de las políticas que provienen de quienes teóricamente están en el bando opuesto. Tocqueville ha dicho que “los pueblos creen que aman la libertad cuando odian al amo”; sin los fundamentos adecuados este camino desemboca invariablemente en la sustitución de un amo por otro.

Es que como también nos dice Tocqueville “El hombre que le pide a la libertad más que ella misma, ha nacido para ser esclavo”. Sin libertad se pierde la condición humana. Tal como he recordado en otra oportunidad, el tema lleva la memoria a un cuento de Andersen en el que un fulano entregó su libertad a cambio de gran cantidad de oro, pero ¿de que le sirve lo crematístico si no puede decidir nada respecto a su vida?

En el tema que abordamos hay una operación pinza de proporciones mayúsculas por parte del espíritu totalitario: por una parte, se sigue a pie juntillas la receta gramsciana en cuanto a penetrar en los ámbitos educativos con ideas colectivistas y, por otra, en el nivel público, corren el eje de los debates a la periferia ya que los contendientes no tienen plafón (y muchas veces tampoco el conocimiento) como para encarar temas de fondo.

Los divulgadores de la coyuntura y las series estadísticas pueden tener la mejor de las intenciones pero en esta materia lo importante son los resultados y no los deseos por más puros que éstos sean. Desafortunadamente se ha perdido la noción del valor de las faenas educativas para tratar temas como los que hemos ejemplificado a vuelapluma en esta nota, los cuales, una vez entendidos y compartidos, se traducirían en una coyuntura más favorable.

Pongamos otro ejemplo de interpretación errada que no se la suele enfrentar. Se trata de la habitual concepción de la riqueza como encajada en un proceso de suma cero (es decir, lo que gana uno es porque otro lo pierde). De allí es que se arremete contra los relativamente más ricos sin percatarse que la riqueza no es un fenómeno estático sino dinámico de creación de valor y que en toda transacción voluntaria ambas partes ganan. Cuando mencionamos la dinámica de la creación de riqueza subrayamos que se trata del incremento de valor, puesto que como indicó Lavoisier en el universo “nada se pierde, todo se transforma” (no aumenta la materia/energía ni se consume), lo cual puede ejemplificarse en el contexto del hilo argumental que venimos sosteniendo con la telefonía: los aparatos viejos demandaban más materia que los celulares modernos pero éstos ofrecen mayores servicios.

Todas estas preocupaciones se basan principalmente (aunque no exclusivamente) en lo que viene ocurriendo hoy en países como Venezuela, Ecuador, Bolivia, Nicaragua y Argentina donde los debates públicos son en general lamentables aún reconociendo los muy valerosos esfuerzos de muchos de los que dicen se oponen a los atropellos de los gobiernos, pero que a nuestro juicio no solo eluden los asuntos de fondo sino que en no pocas circunstancias le conceden al Leviatán lo que estiman son “beneficios” de las políticas de quienes están en funciones. En privado, muchos de estos opositores admiten el punto pero alegan que no pueden articular un discurso distinto porque la gente no lo aceptaría…y esto es así, precisamente porque las tareas educativas que apuntan a romper las cadenas (y no simplemente alargar la cadena) no cuentan con el suficiente respaldo moral y financiero para lograr sus cometidos.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. En Administración. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer Rector de ESEADE.

La muerte del caudillo

Por Mario Vargas Llosa. Publicado el 11/3/13 en http://www.lanacion.com.ar/1561926-la-muerte-del-caudillo

 MADRID.- El comandante Hugo Chávez Frías pertenecía a la robusta tradición de los caudillos que, aunque más presente en América latina que en otras partes, no deja de asomar por doquier, aun en democracias avanzadas, como Francia. Ella revela ese miedo a la libertad que es una herencia del mundo primitivo, anterior a la democracia y al individuo, cuando el hombre era masa todavía y prefería que un semidiós, al que cedía su capacidad de iniciativa y su libre albedrío, tomara todas las decisiones importantes sobre su vida. Cruce de superhombre y bufón, el caudillo hace y deshace a su antojo, inspirado por Dios o por una ideología en la que casi siempre se confunden el socialismo y el fascismo -dos formas de estatismo y colectivismo-, y se comunica directamente con su pueblo, a través de la demagogia, la retórica y espectáculos multitudinarios y pasionales de entraña mágico-religiosa.

Su popularidad suele ser enorme, irracional, pero también efímera, y el balance de su gestión infaliblemente catastrófico. No hay que dejarse impresionar demasiado por las muchedumbres llorosas que velan los restos de Hugo Chávez; son las mismas que se estremecían de dolor y desamparo por la muerte de Perón, de Franco, de Stalin, de Trujillo, y las que mañana acompañarán al sepulcro a Fidel Castro. Los caudillos no dejan herederos y lo que ocurrirá a partir de ahora en Venezuela es totalmente incierto. Nadie, entre la gente de su entorno, y desde luego en ningún caso Nicolás Maduro, el discreto apparatchik al que designó como sucesor, está en condiciones de aglutinar y mantener unida a esa coalición de facciones, individuos e intereses encontrados que representan el chavismo, ni de mantener el entusiasmo y la fe que el difunto comandante despertaba con su torrencial energía entre las masas de Venezuela.

Pero una cosa sí es segura: ese híbrido ideológico que Hugo Chávez maquinó, llamado la revolución bolivariana o el socialismo del siglo XXI, comenzó ya a descomponerse y desaparecerá más pronto o más tarde, derrotado por la realidad concreta, la de una Venezuela -el país potencialmente más rico del mundo- al que las políticas del caudillo dejan empobrecido, fracturado y enconado, con la inflación, la criminalidad y la corrupción más altas del continente, un déficit fiscal que araña el 18% del PBI y las instituciones -las empresas públicas, la justicia, la prensa, el poder electoral, las fuerzas armadas- semidestruidas por el autoritarismo, la intimidación y la obsecuencia.

La muerte de Chávez, además, pone un signo de interrogación sobre esa política de intervencionismo en el resto del continente latinoamericano al que, en un sueño megalómano característico de los caudillos, el comandante difunto se proponía volver socialista y bolivariano a golpes de chequera. ¿Seguirá ese fantástico dispendio de los petrodólares venezolanos que han hecho sobrevivir a Cuba con los cien mil barriles diarios que Chávez poco menos que regalaba a su mentor e ídolo Fidel Castro? ¿Y los subsidios y/o compras de deuda a 19 países, incluidos sus vasallos ideológicos como el boliviano Evo Morales, el nicaragüense Daniel Ortega, a las FARC colombianas y a los innumerables partidos, grupos y grupúsculos que a lo largo y ancho de América latina pugnan por imponer la revolución marxista? El pueblo venezolano parecía aceptar este fantástico despilfarro contagiado por el optimismo de su caudillo; pero dudo que ni el más fanático de los chavistas crea ahora que Nicolás Maduro pueda llegar a ser el próximo Simón Bolívar. Ese sueño y sus subproductos, como la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), que integran Bolivia, Cuba, Ecuador, Dominica, Nicaragua, San Vicente y las Granadinas y Antigua y Barbuda, bajo la dirección de Venezuela, son ya cadáveres insepultos.

En los catorce años que Chávez gobernó Venezuela, el barril de petróleo multiplicó unas siete veces su valor, lo que hizo de ese país, potencialmente, uno de los más prósperos del globo. Sin embargo, la reducción de la pobreza en ese período ha sido menor en él que, digamos, en las de Chile y Perú en el mismo período. En tanto que la expropiación y nacionalización de más de un millar de empresas privadas, entre ellas de tres millones y medio de hectáreas de haciendas agrícolas y ganaderas, no desapareció a los odiados ricos, sino que creó, mediante el privilegio y los tráficos, una verdadera legión de nuevos ricos improductivos que, en vez de hacer progresar al país, han contribuido a hundirlo en el mercantilismo, el rentismo y todas las demás formas degradadas del capitalismo de Estado.

Chávez no estatizó toda la economía, a la manera de Cuba, y nunca acabó de cerrar todos los espacios para la disidencia y la crítica, aunque su política represiva contra la prensa independiente y los opositores los redujo a su mínima expresión. Su prontuario en lo que respecta a los atropellos contra los derechos humanos es enorme, como lo ha recordado con motivo de su fallecimiento una organización tan objetiva y respetable como Human Rights Watch. Es verdad que celebró varias consultas electorales y que, por lo menos algunas de ellas, como la última, las ganó limpiamente, si la limpieza de una consulta se mide sólo por el respeto a los votos emitidos, y no se tiene en cuenta el contexto político y social en que aquélla se celebra, y en la que la desproporción de medios con que el gobierno y la oposición cuentan es tal que ésta corre de entrada con una desventaja descomunal.

Pero, en última instancia, que haya en Venezuela una oposición al chavismo que en las elecciones del año pasado casi obtuvo los seis millones y medio de votos es algo que se debe, más que a la tolerancia de Chávez, a la gallardía y la convicción de tantos venezolanos que nunca se dejaron intimidar por la coerción y las presiones del régimen, y que, en estos catorce años, mantuvieron viva la lucidez y la vocación democrática, sin dejarse arrollar por la pasión gregaria y la abdicación del espíritu crítico que fomenta el caudillismo.

No sin tropiezos, esa oposición, en la que se hallan representadas todas las variantes ideológicas de la derecha a la izquierda democrática de Venezuela, está unida. Y tiene ahora una oportunidad extraordinaria para convencer al pueblo venezolano de que la verdadera salida para los enormes problemas que enfrenta no es perseverar en el error populista y revolucionario que encarnaba Chávez, sino en la opción democrática, es decir, en el único sistema que ha sido capaz de conciliar la libertad, la legalidad y el progreso, creando oportunidades para todos en un régimen de coexistencia y de paz.

Ni Chávez ni caudillo alguno son posibles sin un clima de escepticismo y de disgusto con la democracia como el que llegó a vivir Venezuela cuando, el 4 de febrero de 1992, el comandante Chávez intentó el golpe de Estado contra el gobierno de Carlos Andrés Pérez, golpe que fue derrotado por un Ejército constitucionalista y que envió a Chávez a la cárcel de donde, dos años después, en un gesto irresponsable que costaría carísimo a su pueblo, el presidente Rafael Caldera lo sacó amnistiándolo. Esa democracia imperfecta, derrochadora y bastante corrompida había frustrado profundamente a los venezolanos, que, por eso, abrieron su corazón a los cantos de sirena del militar golpista, algo que ha ocurrido, por desgracia, muchas veces en América latina.

Cuando el impacto emocional de su muerte se atenúe, la gran tarea de la alianza opositora que preside Henrique Capriles estará en persuadir a ese pueblo de que la democracia futura de Venezuela se habrá sacudido de esas taras que la hundieron y habrá aprovechado la lección para depurarse de los tráficos mercantilistas, el rentismo, los privilegios y los derroches que la debilitaron y volvieron tan impopular. Y que la democracia del futuro acabará con los abusos del poder, restableciendo la legalidad, restaurando la independencia del Poder Judicial que el chavismo aniquiló, acabando con esa burocracia política elefantiásica que ha llevado a la ruina a las empresas públicas, creando un clima estimulante para la creación de la riqueza en el que los empresarios y las empresas puedan trabajar y los inversores invertir, de modo que regresen a Venezuela los capitales que huyeron, y la libertad vuelva a ser el santo y seña de la vida política, social y cultural del país del que hace dos siglos salieron tantos miles de hombres a derramar su sangre por la independencia de América latina.

Mario Vargas Llosa es Premio Nobel de Literatura y Doctor Honoris Causa de ESEADE.