Pobreza, necesidad y religión

Por Gabriel Boragina Publicado el 5/8/18 en: http://www.accionhumana.com/2018/08/pobreza-necesidad-y-religion.html

 

Comencemos definiendo que se entiende por pobreza:

“pobreza. Carencia de los bienes y servicios necesarios para satisfacer las necesidades básicas. El concepto, como lo indica su propia definición, es de índole relativa: se es pobre -o rico, en este contexto- con respecto a la situación de otras personas o países, pues la misma idea de necesidades “básicas” es imprecisa y porque los individuos nunca pueden satisfacer por completo sus necesidades.”[1]

Una necesidad siempre es básica en la medida que se experimenta. Una vez satisfecha deja de ser básica y pasa a ser básica la siguiente necesidad que se pasa a experimentar. Dado que las necesidades humanas son ilimitadas todas las necesidades (en la medida que se sienten) son básicas. Por lo que no tiene sentido clasificar las necesidades en “básicas” o “superfluas”, porque -por lo dicho- esta distinción no tiene significación alguna. Adicionalmente, todos experimentamos necesidades de todo tipo, por lo que tampoco es correcto asimilar el vocablo “necesitado” al de “pobre”. Si bien todos estamos necesitados no todos estamos pobres. Tampoco se “es” pobre o rico, sino que se “está” pobre o rico. Se tratan de estados transitorios no permanentes.

“Aceptado este carácter relativo, el concepto de pobreza tiene interés para definir la forma en que se distribuye la riqueza dentro de una sociedad. Los actuales análisis sociológicos y económicos tratan de definir la proporción de personas que, dentro de una sociedad, no poseen los ingresos necesarios como para satisfacer un conjunto de necesidades delimitado previamente. Para ello se define una cesta o canasta básica de bienes y servicios, se cuantifica su valor en un momento dado, y se obtienen datos sobre los ingresos de las personas o de las unidades familiares. Aquellos que no tengan ingresos suficientes como para adquirir dicha cesta básica se consideran entonces en condición de pobreza, pudiéndose calcular así el porcentaje de pobres que existe en la población total. Pueden adoptarse diversos criterios para hacer estas mediciones, dando por resultado la distinción entre varios niveles de pobreza: relativa, crítica, extrema, etc.”[2]

Aceptado el carácter relativo del término pobreza, no tiene demasiado objeto discutir quien es (o está) más pobre o más rico, ya que, precisamente (por tal carácter relativo) todos somos pobres o ricos dependiendo de con quién nos comparemos. Es más, estas etiquetas van a variar también en el tiempo y en el espacio, incluso respecto de las mismas personas que se estén evaluando porque, si el mercado es abierto y la sociedad es libre, tales posiciones relativas van a verse modificadas de manera constante de forma natural. Si dichas condiciones no se dan porque el mercado no es abierto ni la sociedad es libre, es bastante probable que las situaciones patrimoniales y los niveles de rentas y patrimonios de las personas permanezcan estáticos. Esto era, ni más ni menos lo que ocurría antes de la Revolución Industrial en la mayor parte del mundo, por ejemplo, en las sociedades feudales ricos y pobres eran estados casi permanentes, la sociedad estaba estratificada en compartimentos estancos, dado que al no existir mercados libres ni sociedades abiertas quien nació en escenarios de pobreza o de riqueza difícilmente saliera de ellas. Allí los ricos crecían en riqueza en la medida que los pobres lo hacían en pobreza.

“Estas mediciones, si bien de interés cuando se las sigue a lo largo de un período suficientemente amplio y se toma en cuenta su carácter relativo, pueden dar pábulo a interpretaciones erróneas: en primer lugar porque la cesta de bienes y servicios puede estar definida con criterios poco adecuados para representar las necesidades de las personas que, por otra parte, varían bastante en el tiempo; en segundo lugar porque las rentas personales -medidas casi siempre a través de encuestas- tienden a dejar de lado muchos ingresos que provienen de actividades informales; en tercer lugar porque algunos bienes y servicios pueden ser obtenidos, entre la población de menos recursos, con costos considerablemente inferiores a los precios de mercado.”[3]

Estos ejercicios estadísticos son tan relativos como los son los conceptos de riqueza y pobreza. Resultan muy ciertas las observaciones que hace el autor citado en el párrafo transcripto, pero -en suma- no evidencian otra cosa que darnos cuenta de lo variable del concepto que estamos analizando. Y por, sobre todo, de la carga de subjetividad que conllevan los términos de pobreza y riqueza.

En otro plano de análisis, la pobreza material no es una virtud espiritual como creen muchos religiosos que son afectos a citar contradictoriamente textos sagrados sacados de contexto para sustentar tan erróneos puntos de vista. Cuando mencionan -por ejemplo- a Cristo diciendo “Bienaventurados los pobres” suelen omitir que el Señor se estaba refiriendo a los pobres en espíritu y no a los pobres materiales. Caso contrario, no hubiera dicho en Mat_25:35  “Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recibisteis;”. Estas acciones que Dios aprueba indican a las claras que no está considerando la pobreza material como una virtud, sino como una situación a remediar. Pero, socorrer a los pobres no implica convertirse en uno de ellos, de lo contrario la pobreza no se suprimiría, sino que sería un simple pasaje de términos : si Juan (el “rico”) tiene el bien “A” que Pedro (el “pobre”) no tiene, y la “solución” a la pobreza consistiera sencillamente en expropiar a los ricos lo que les falta a los pobres, entonces el resultado final sería que, lo que antes tenía Juan (el rico), ahora lo tiene Pedro (el pobre), con lo que el resultado final viene a ser que Juan ahora es pobre pasando Pedro a ser rico.

Esta que es la propuesta comunista, socialista y populista como supuesto “remedio” para erradicar la pobreza, jamás ha funcionado, ni tiene apoyo tampoco en el Nuevo Testamento. Por lo que entendemos que un “socialismo cristiano” es una contradicción en términos.

[1] Carlos SABINO; Diccionario de Economía y Finanzas. Contiene léxico inglés-español y traducción de los términos al inglés. Consultores: Emeterio Gómez; Fernando Salas Falcón; Ramón V. Melinkoff. CEDICE. Editorial Panapo. Caracas. Venezuela. Voz respectiva.

[2] Sabino C. Ibidem.

[3] Sabino C. Ibidem.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

La tiranía de la igualdad. Por qué el igualitarismo es inmoral y socava el progreso de nuestra sociedad

Libro de Axel Kaiser, comentado por Carlos Rodriguez Braun.

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 24/4/17 en: http://www.elcultural.com/revista/letras/La-tirania-de-la-igualdad-Por-que-el-igualitarismo-es-inmoral-y-socava-el-progreso-de-nuestra-sociedad/39339

 

La igualdad no es una consigna originalmente socialista sino liberal, y el liberalismo la ha propugnado desde hace siglos. La moderna igualdad socialista, sin embargo, distorsiona la igualdad compatible con la libertad y la justicia, la igualdad ante la ley, y la transforma en una igualdad distinta, que requiere la violación de ambas: la igualdad mediante la ley. La justicia tiene una espada, porque debe ser firme, y una balanza, porque debe ser equilibrada. Pero también lleva una venda delante de los ojos. Los antiliberales le arrebatan este último atributo, y por ello la desnaturalizan.

La estratagema es denunciada en este libro del pensador chileno Axel Kaiser (Santiago, 1981), que constata lo que la gente hace realmente, a saber, luchar por mejorar, y no por ser iguales. Frente a los anhelos de las mujeres y los hombres, este volumen marca las falacias de los razonamientos igualitaristas y sus deficiencias económicas, sociales, políticas y morales. No establece juicios de intenciones, sino más bien al contrario: “No cabe duda de que la mayor parte de la izquierda socialista no busca un régimen totalitario”.

Pero la confianza en el uso arbitrario del poder político y legislativo para imponer una supuesta voluntad colectiva igualitaria sobre el conjunto de la sociedad vulnera derechos y libertades de los ciudadanos. Lo ilustra este trabajo con referencias no sólo a las realidades despóticas del comunismo o el nacional-socialismo sino también a proyectos colectivistas, como el de Salvador Allende en Chile, al que retrata severamente.

Señala la trampa que tienden reiteradamente los antiliberales para convencer a los incautos de sus benévolas intenciones, y que nos invita a someternos porque, total, los héroes del pueblo sólo van contra una minoría, contra los ricos, o los judíos, o las élites, los capitalistas, las empresas multinacionales, etc. Toda la historia prueba que en verdad van siempre contra las mayorías, y siempre lo hacen atacando las instituciones de la libertad, empezando por la propiedad privada y los contratos voluntarios.

“Lo que al igualitarista le importa en primer lugar no es que todos tengan mejor salud o educación, sino que todos tengan la misma. Por eso deben eliminar el mercado, pues si lo toleran -aun habiendo una mejora para todos, como muestra por lo demás la evidencia- no se cumple el estándar igualitario que buscan. Se trata así de pura ideología, de la visión del mundo que según ellos es justa y que debe imponerse al resto”.

Tras despejar en el primer capítulo los mitos sobre el infierno liberal y el paraíso socialista, en el capítulo II aborda “La idea de derechos sociales como fundamento del colectivismo”. Refuta las principales ficciones del pensamiento único, como la vieja mentira conforme a la cual no somos libres si somos pobres, con lo cual nos conviene que el poder nos sojuzgue. Al revés de lo que se nos dice, Axel Kaiser demuestra que los llamados derechos sociales se fundan en el quebrantamiento de los derechos individuales, y en la amenaza a la misma democracia.

Por fin, el volumen se cierra con el capítulo III, que ataca el dogma de “El Estado como motor de la prosperidad económica”, y denuncia los costes de todo tipo que comporta la invasión estatal de las vidas y haciendas privadas. Desmonta los argumentos y las estadísticas utilizadas sobre la desigualdad, como el índice Gini, y afirma que “mientras más libre es la economía, más social es”, y al revés: no hay nada más antisocial que el Estado de bienestar.

Crítico con la izquierda, el libro ataca con el mismo vigor a la derecha, porque “no constituye una defensa del status quo sino una radiografía de las implicaciones, errores y falacias de la ideología igualitarista”. Y así, mientras subraya la inmoralidad de fascistas y socialistas, censura a la derecha estatista, tan amiga del poder y tan enemiga de la libertad como la izquierda.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE

¿Cuál es la ideología del papa Francisco?

Por Alejandro Chafuen: Publicado el 23/6/2015 en: http://es.panampost.com/editor/2015/06/23/cual-es-la-ideologia-del-papa-francisco/

 

Acusado de “socialista”, defiende políticas de libre mercado con acento en la redistribución, señalan expertos

Poco después de la elección del papa Francisco, los comentaristas comenzaron a reflexionar: ¿es el papa un socialista? Este fue el caso especialmente en Estados Unidos. Algunas de las declaraciones en su nueva encíclica papal seguramente reavivarán el debate.

Los términos que mejor podrían describir las opiniones sobre economía política del papa, tales como “peronismo sin corrupción”, “seguidor de la Tercera Vía,” o “corporativista”, son demasiado difíciles de explicar al lector u oyente promedio. Así que no es de extrañar que el adjetivo “socialista” comenzó a aparecer con frecuencia en los medios de comunicación de Estados Unidos en conjunción con “papa Francisco”, especialmente entre los presentadores populares de radio con orientación conservadora, como Rush Limbaugh o Mark Levin.

El socialismo generalmente es considerado como de izquierda, por lo que es natural que la gente se pregunte: ¿es el papa izquierdista?

Como soy economista, a veces veo todo por el lente de mi disciplina. “Izquierdista” en mi vocabulario, significa alguien que defiende y promueve un mayor papel del Estado en la economía; que quiere ampliar el control gubernamental de los medios de producción; que promueve una redistribución que no respeta los derechos de propiedad; y que apoya y defiende los regímenes que promueven políticas similares, como Cuba o Venezuela.

Pero no todo es economía o política. Consideremos el tema de la familia, por ejemplo. Muchas ideologías de izquierda, como el marxismo, atacaron a la propiedad privada y la familia tradicional, casi con la misma pasión. En este tema, el papa no encaja en el molde del ala izquierda.

En Argentina, en su papel como cardenal Bergoglio, tuvo declaraciones fuertes contra aquellos que estaban tratando de redefinir el matrimonio. Incluso definió la iniciativa como una “campaña diabólica”. Él nunca se alineó con la rama de la Teología de la Liberación que se apoyaba en el marxismo como principal base de su economía política. Además, durante el Gobierno militar, no era un crítico tan fuerte como la izquierda esperaba que fuese.

Un izquierdista nunca habría nombrado al cardenal George Pell para ser el primer prefecto de la recién creada Secretaría de Economía, que tiene autoridad sobre todas las actividades económicas de la Santa Sede y el Estado de la Ciudad del Vaticano. Pell no avala gran parte del alarmismo por el cambio climático, y entiende la importancia del papel de la libre empresa para lograr sociedades prósperas y virtuosas.

El año pasado, en un prefacio de “Pobre para los Pobres”, un libro publicado por el Vaticano, el Papa Francisco escribió: “esta es una gran verdad. El dinero es una herramienta que de alguna manera —como la propiedad— amplía y mejora las capacidades de la libertad humana, lo que le permite operar en el mundo, actuar, dar sus frutos. En sí mismo es una buena herramienta, como casi todas las cosas que el hombre tiene a su disposición que expanden nuestras oportunidades”. Pero advirtió que la misma herramienta podría ser utilizada para objetivos malvados. Unos meses después, remarcó: “el dinero es el estiércol del diablo”.

El papa piensa que si los actores clave en los Gobiernos, las empresas y la fuerza laboral, simplemente se comportaran bien, entonces todos estaríamos mejor, especialmente los pobres. Puede considerarse como un nacionalista, optimista del intervencionismo económico. Pero, ¿izquierdista? No en muchos frentes.

 

Alejandro A. Chafuén es Dr. En Economía por el International College de California. Licenciado en Economía, (UCA), es miembro del comité de consejeros para The Center for Vision & Values, fideicomisario del Grove City College, y presidente de la Atlas Economic Research Foundation. Se ha desempeñado como fideicomisario del Fraser Institute desde 1991. Fue profesor de ESEADE.

A PROPÓSITO DE JOHN DOS PASSOS

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Este escritor (1896-1970) es considerado uno de los más destacados de la literatura estadounidense del siglo veinte. Se apartó de la narrativa lineal para, tal como se ha indicado, incursionar en una especie de extrapolación del collage en pintura a la escritura al relatar historias simultáneas sin aparente conexión, lo cual se percibe especialmente en su Manhattan Transfer, justamente para describir muchas vidas y acontecimientos distintos de personas de muy diversos orígenes que buscaban un destino mejor en la Nueva York de la estatua de la libertad con las célebres, generosas y hospitalarias líneas de Emma Lazarus al pie.

 

Dos Passos comenzó siendo socialista en su juventud, tradición que abandonó a raíz de su viaje a la Unión Soviética tal como describe ese tránsito intelectual en sus memorias (Años inolvidables).

 

En este artículo me detendré a escudriñar dos de sus ensayos, “Pensamientos en un teatro de Roma” y, especialmente, “A Question of Elbow Room” (que no tiene una traducción exacta). Borges sostenía que hay escritos que no puede traducirse, por ejemplo, “estaba sentadita”. En nuestro caso, puede traducirse pero de manera parcial como “una cuestión de espacio vital” pero no es exacta (como se ha dicho, “it´s raining cats and dogs” puede traducirse como “llueve mucho” pero naturalmente no que “llueven gatos y perros” etc. Siempre hay que tener en cuenta lo consignado por Victoria Ocampo en cuanto a que “no se puede traducir a puro golpe de diccionario”).

 

En todo caso, comencemos con este último ensayo que nos ocupará más espacio que el primero donde el autor alude a la importancia del individualismo como respeto a las autonomías individuales y no como peyorativamente se lo suele entender, es decir, como la apología del aislamiento y la autarquía que en realidad es propugnada por los socialismos, intervencionismos y “proteccionistas”. Precisamente, el individualismo permite abrir de par en par las relaciones interindividuales para beneficio de las partes involucradas.

 

Nuestro autor destaca a Chaucer como pionero en su Cantebury Tales al centrar la atención en la individualidad de sus personajes, que según él cambió la forma de hacer literatura y atribuye esta tendencia a la evolución del derecho y al consiguiente respeto recíproco en las instituciones inglesas. Dos Passos define muy bien el “elbow room” como inseparable de la dignidad de la condición humana y de su necesaria libertad.

 

Se detiene a considerar lo que ha venido ocurriendo en el tradicional baluarte del mundo libre que poco a poco ha abandonado la filosofía jeffersionana del pensamiento independiente y la posibilidad que cada uno siga su camino, asumiendo la responsabilidad por sus actos, para en su lugar “enseñar a las personas a ajustarse a las demandas de la sociedad y del estado” y escribe que Jefferson “al igual que su contemporáneo escocés, Adam Smith, confiaba en los resultados del interés personal” que desde luego no incluye la lesión de iguales derechos.

 

Reitera que en Estados Unidos, “edificar un estado que permita el mayor ´elbow room´ parece un concepto obsoleto” tendencia que dice el autor deberíamos sustituir por “la pasión por el individualismo en lugar de la conformidad” y sostiene que aparentemente “el primer resultado de la comunicación masiva y la educación masiva ha sido el nivelar el pensamiento al más bajo común denominador, muy cerca del nivel del idiota”, cosa que desde luego no significa dejar de preocuparse por la extensión de ambas cosas las que Dos Passos admira cuando de excelencia se trata.

 

Por último, señala y advierte los riesgos de la votación mayoritaria ilimitada y en ese contexto lo cita a Thomas Maculay que en una carta a H. S. Randall dice que “Siempre he estado convencido que las instituciones puramente democráticas [ilimitadas en el proceso electoral respecto a los derechos de las minorías] tarde o temprano destrozarán la libertad o la civilización o más bien las dos”.

 

Como he apuntado antes,  Robert Nozick ha escrito que no hay tal cosa como “el bien social”, no cabe el antropomorfismo de lo social, no es una entidad con vida propia. Es la persona, el individuo, que piensa, siente y actúa. En el extremo, resulta tragicómico cuando se afirma que Inglaterra propuso tal o cual cosa a lo que le contestó África de esta o aquella manera, en lugar de precisar que fue fulano o mengano el que se expresó en un sentido o en otro.

 

Como queda dicho, la Escuela Escocesa, especialmente Adam Smith y Adam Ferguson, señalaron que en una sociedad abierta cada persona siguiendo su interés personal satisface los intereses de los demás con lo que crean un sistema de coordinación más complejo de lo que cualquier mente individual puede concebir. En libertad, las relaciones sociales se basan en la necesidad de satisfacer al prójimo como condición para mejorar la propia situación. Esto va desde las relaciones amorosas y la simple conversación a los negocios cotidianos de toda índole y especie.

 

Como también ha destacado Hume y tantos otros pensadores de fuste, el interés personal es la característica central de la condición humana, en verdad resulta en una tautología puesto que si no está en interés del sujeto actuante no habría acción posible. Todos las acciones -sean éstas sublimes o ruines- se basan en el interés personal. Los marcos institucionales de una sociedad libre apuntan a minimizar los actos que lesionan derechos, es decir, el fraude y la violencia.

 

Es el colectivismo el que bloquea y restringe los arreglos contractuales libres y voluntarios entre las partes que deja de lado el hecho que el conocimiento está fraccionado y está disperso entre millones de personas, para en cambio concentrar ignorancia al pretender la regimentación de la vida social.

 

En los procesos de mercado, es decir, en los procesos en que la gente contrata sin restricciones (siempre que no se lesionen derechos de terceros), los precios constituyen las señales e indicadores para poder operar. Cuando los aparatos estatales se inmiscuyen en estos delicados mecanismos, inevitablemente se producen desajustes y desórdenes de magnitud diversa. Como se ha subrayado reiteradamente, en la medida en que los precios no reflejan en libertad las recíprocas estructuras valorativas, se obstaculiza la evaluación de proyectos y la contabilidad y se oscurece la posibilidad de conocer el aprovechamiento o desaprovechamiento del siempre escaso capital.

 

El colectivismo -el ataque a la propiedad privada- conduce a lo que Garret Hardin bautizó ajustadamente como “la tragedia de los comunes”, a saber, lo que es de todos no es de nadie y se termina por destrozar el bien en cuestión. El colectivismo funde a las personas como si se trataran de una producción en serie de piezas amorfas que pueden manipularse como muñecos de arcilla, en cuyo contexto naturalmente el respeto desaparece.

 

Como queda expresado, el individualismo abre las puertas de par en par para que se lleven a cabo obras en colaboración, ese es el sentido por el que el hombre se inserta en sociedad (la autarquía nacionalista empobrece y embrutece). No es entonces para que lo dominen, sino para cooperar con otros produciendo ventajas recíprocas. El mismo mercado es una obra en colaboración así como lo es el lenguaje y tantas otras manifestaciones de la vida social.

 

No debe perderse de vista que los múltiples trabajos en colaboración remiten a la consideración y satisfacción del individuo. Por eso, cuando se dice que debe contemplarse el bien común y no la satisfacción individual se está incurriendo en un error conceptual. Como han explicado Michael Novak y Jorge García Venturini, el bien común es el bien que le es común a cada uno, es decir, el bien del conjunto es precisamente la satisfacción legítima de cada cual.

 

Prácticamente todo es el resultado de obras en colaboración: nuestras ideas son fruto de innumerables influencias de otros pensadores, no hay más que mirar una máquina de afeitar para imaginar los cientos de miles de personas que colaboraron, desde la fabricación del plástico, la combinación del metal, las cartas de crédito, los bancos, los transportes, los departamentos de marketing etc. Solo los megalómanos estiman que sus arrogantes decisiones son consecuencia de su sola voluntad y participación.

 

Arnold Toynbee en su crítica al colectivismo en Civilization on Trial escribe que “La proposición de que el individuo es una mera parte de un conjunto social puede ser cierta para los insectos, abejas, hormigas y termitas, pero no es verdad en el caso de seres humanos”.

 

En el segundo ensayo que mencionamos de Dos Passos refuta el mal llamado “Estado Benefactor” y concluye que “Una de las enseñanzas de la historia es que naciones enteras y tribus de hombres pueden ser aplastados por el peso imperial de instituciones que sus propios miembros han diseñado”. En esta línea argumental muestra la coincidencia entre el fascismo y el comunismo y apunta que todas las medidas totalitarias se llevan a cabo alegando “el bien de los trabajadores y campesinos. Es la base de lo que podríamos denominar la mentalidad Fidel Castro”.

 

Finalmente, subraya que el relativismo prevalente es uno de los más importantes causantes de la decadencia. Por nuestra parte, hemos escrito en otra ocasión que por el principio de no-contradicción, una proposición no pude corresponderse y no corresponderse simultáneamente con el objeto juzgado (el relativista toma como verdad su relativismo). También cabe destacar que, sin duda, todo lo que entendemos es subjetivo en el sentido de que es el sujeto que entiende, pero cuando hacemos referencia a la objetividad o a la verdad aludimos a las cosas, hechos, atributos y procesos que existen o tienen lugar independientemente de lo que opine el sujeto sobre aquellas ocurrencias y fenómenos que son ontológicamente autónomos. Lo antedicho en nada se contradice con el pluralismo y los diversos fines que persiguen las personas, dado que las apreciaciones subjetivas en nada se contraponen a la objetividad del mundo. Constituye un grosero non sequitur afirmar que del hecho de que las valorizaciones y gustos son diversos, se desprende la inexistencia de lo que es.

 

Recordemos que Ortega y Gasset en uno de sus trabajos más conocidos afirma que “la gente es nadie” ya que gente constituye un antropomorfismo,  de lo que se trata es de establecer relaciones interindividuales con quien nos plazca y que todas las personas son únicas por una sola vez en la historia de la humanidad. Escribe Ortega en ese artículo que “se juega frívolamente, confusamente, con las ideas de lo colectivo, lo social, el espíritu nacional, la clase, la raza […] Pero en el juego las cañas se ha ido volviendo lanzas. Tal vez, la mayor porción de las angustias que hoy pasa la humanidad provienen de él”.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.