Nicolás Maduro, sin antifaz, procura ganar tiempo

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 24/8/17 en:  http://www.lanacion.com.ar/2056102-nicolas-maduro-sin-antifaz-procura-ganar-tiempo

 

Como era previsible, la situación política, económica y social venezolana continúa deteriorándose. Aceleradamente. Para muchos venezolanos, vivir es un infierno. Nicolás Maduro, ya sin disimulo alguno, apunta a transformar a Venezuela en una dictadura. Para eso, precisamente, su antidemocrática convocatoria a una Asamblea Nacional Constituyente que previsiblemente concentrará el poder absoluto en manos del ex colectivero.

La hasta no hace mucho procuradora general Luisa Ortega, como era previsible, fue destituida -de inmediato- por la Asamblea Nacional Constituyente que, además, asumió lo sustancial de las facultades legislativas que posee el Parlamento, único órgano de gobierno cuyos miembros han sido elegidos con transparencia por el pueblo y que, precisamente por ello, está dominado por la oposición venezolana, que representa a la enorme mayoría de los ciudadanos del país caribeño. Luisa Ortega, una chavista de los primeros días, está hoy refugiada en Colombia luego de tener que escapar precipitadamente de su país con su marido, el diputado Germán Ferrer, a través de Aruba. Si no lo hubiera hecho, el matrimonio estaría hoy, como muchos dirigentes opositores, alojado en las cárceles de Nicolás Maduro. Ocurre que es probable que tengan pruebas fehacientes de la corrupción derivada de la relación de la administración venezolana y la empresa brasileña Odebrecht. Quizás por esto ella esté ahora en Brasil.

Cabe recordar que la aludida Asamblea Nacional Constituyente venezolana no fue elegida libremente en las urnas por voto popular. Sus 545 miembros fueron digitados por el chavismo y le responden incondicionalmente. Por esto hay pocas dudas de que si la Asamblea Nacional Constituyente cumple con su encargo, las posibilidades de supervivencia de la democracia en Venezuela serán aún menores que las actuales. Como si lo antedicho fuera poco, la Corte Suprema venezolana no es independiente y está también cuidadosamente manejada (a control remoto) por Nicolás Maduro. A punto tal que ya ha dejado velozmente sin efecto la casi totalidad de las normas sancionadas por el Parlamento de su país.

En ese escenario, claramente antidemocrático, la mayoría de los venezolanos está participando en una larga serie de protestas callejeras que, en las últimas semanas, han dejado un saldo penoso de 125 muertos y más de 2000 heridos. Desgracia a la que cabe sumar la existencia de al menos 645 presos políticos, a juzgar por las cifras difundidas por el Foro Penal Venezolano.

Contemplar la realidad venezolana genera una enorme preocupación. Ocurre que lo que está a la vista es un gobierno que -entre otras cosas- no vacila en disparar a matar, para así tratar de sofocar las protestas de su pueblo. A cara descubierta.

Como consecuencia de la demolición de la democracia venezolana el Mercosur,invocando la llamada “Cláusula Democrática”, acaba de suspender a Venezuela de su seno, hasta que se “restablezca el pleno orden democrático”, transformando de esa manera a la dictadura venezolana en paria regional. Para el Mercosur, es indispensable comenzar, ya mismo, con un proceso de transición política cuyo objetivo sea el regreso de Venezuela a la democracia.

La gravedad de la sanción aplicada no hace sino destacar la enorme seriedad de lo que está sucediendo en Venezuela. Nuestro canciller, Jorge Faurie, con su habitual claridad de lenguaje, expresó: “Venezuela no tiene libertades y el Mercosur le dice basta a esa Venezuela, represora y dictatorial”. Tanto Argentina como Brasil, las dos potencias regionales, califican directamente a Nicolás Maduro de dictador, justificando la fuerte sanción dispuesta, por tiempo indeterminado. En paralelo, al menos doce embajadores de distintos países del mundo, incluyendo al argentino, al mejicano y al chileno, concurrieron personalmente al Parlamento venezolano para así apoyarlo simbólicamente.

Nicolás Maduro acusa al presidente Mauricio Macri de hacerlo “víctima” de una persecución, insultándolo de paso, haciendo gala de su peculiar “estilo” patotero.

El actual canciller de la administración de Nicolás Maduro, Jorge Arreaza, ante la dura realidad venezolana ha invitado a una reunión a todos los países que han respaldado al Parlamento venezolano, lo cual, según él, los pone “en connivencia” con los legisladores. Debió decir, en cambio, que los pone del lado del pueblo venezolano, desde que esos parlamentarios fueron libremente elegidos en las urnas.

De más está señalar que el diálogo es efectivamente el camino capaz de evitar la violencia. A lo que cabe agregar -sin embargo- que no hay diálogo conducente cuando no existe buena fe. La conducta del gobierno de Nicolás Maduro, al menos hasta ahora, ha hecho gala de una arrogante y permanente actitud de mala fe. Como consecuencia, lo primero que debe ocurrir en Venezuela es el restablecimiento de un mínimo de confianza recíproca, que permita a las partes encontrar un mecanismo apto para la búsqueda de una fórmula de transición. No será nada sencillo. Pero está claro que, si Nicolás Maduro no cede en sus pretensiones dictatoriales, las conversaciones y esfuerzos serán inevitablemente estériles. Desgraciadamente, las razones para el optimismo son pocas y no están a la vista. El papa Francisco poco parece poder hacer para impulsar o facilitar ese diálogo, desde que no goza de la credibilidad de la oposición.

Mientras el caos impere en Venezuela, el país va camino a ser objeto de sanciones, al menos por parte de los Estados Unidos. Aquellas que puedan de pronto tener que ver con sus exportaciones de petróleo crudo le causarán seguramente un daño significativo. No obstante, dada la relación operativa del particular tipo de crudo venezolano con la actividad refinadora norteamericana, la imposición repentina de esas medidas no es una tarea simple.

Flotando sobre el escenario hay -además- otra nube negra. A la manera de feo presagio. La de un posible “golpe” militar en Venezuela. Pero desde que los mandos militares están prolijamente seducidos, económicamente, por Nicolás Maduro y rodeados de sospechas de participación en las actividades del narcotráfico, nadie puede suponer que si el actual presidente venezolano resulta -de pronto- desplazado del poder, la consecuencia necesaria sea el inmediato regreso a la democracia.

La agonía de la democracia en Venezuela -queda visto- continúa y se está transformando en una cuestión de paz y seguridad particularmente compleja que alimenta la inquietud de la mayoría de los países de nuestra propia región. Y no sin claras razones objetivas.

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.

Soplan vientos de cambio

Por Alejandra Salinas:

 

Les propongo desoír el exceso de optimismo (que sobredimensiona habilidades y exagera la posibilidad de éxito), así como el exceso de pesimismo (que minimiza o paraliza los esfuerzos y aniquila la ilusión del logro). Les propongo dejar de lado por unos minutos las encuestas, porcentajes, alianzas, y proyecciones electorales. En vez, los invito a imaginar que la construcción de un nuevo orden político en la Argentina  ya empezó, y que la tarea nos exige salir con urgencia de la profundísima crisis moral, económica, política y social del país actual. Hay que refundar la Argentina, así como hace casi doscientos años hubo que inventarla.

Soplan vientos de cambio, cabe preguntar entonces ¿hacia dónde vamos? Recordemos que Platón entendía el arte de gobernar una sociedad como el arte de guiar una nave. Pues bien, la nave Argentina no sólo necesita de un buen capitán, requiere de un motor que haga funcionar cada parte del sistema de modo armonioso y coordinado, y de un mapa adecuado que nos facilite la navegación. Capitán, motor y mapa son elementos indispensables de esta metáfora náutica, pero no son los únicos ni los más importantes. Lo que otorga sentido a un viaje es el lugar o destino al que queremos llegar. David Schmidtz expresa esta idea con elegancia: “Un mapa no nos puede indicar una dirección hasta que no elijamos un destino. El destino elegido no está en el mapa, más bien lo volcamos al mapa. Hay varias razones para elegir un destino (…). Una vez que elijamos, si somos lo bastante precisos sobre dónde queremos ir, haremos algo parecido a probar el terreno – constatar si una determinada ruta es apta para ir desde acá hacia allá” (“When Justice Matters”).

La pregunta crucial es, entonces, a qué destino quiere arribar la sociedad argentina, entendiéndolo como aquel ideal político que presente las mejores condiciones para que las personas puedan realizar sus diversos proyectos individuales y comunitarios, que son el motor del progreso y del bienestar general. Es oportuno, primero, aclarar lo que un ideal político no es: continuando con la analogía náutica, el ideal político no es una transacción de prestaciones a cambio de pagos; tampoco es un servicio de mantenimiento de la nave ni la construcción de un relato acerca de quién y cómo la construyó; y definitivamente no es un puerto de aguas estancadas donde los navegantes esperan pasivamente que alguien abra las compuertas. Más bien, el ideal político es un objetivo o destino común a alcanzar siguiendo el recorrido de un doble canal: el de las instituciones republicanas y el de la cultura democrática.

Por el canal republicano –lo sabemos más de lo que lo practicamos- se navega de acuerdo a las coordenadas del juego político moderno: transparencia en la gestión pública, rotación en los cargos (y límites a la duración de los mandatos), rendición de cuentas, separación de poderes, administración imparcial e independiente de justicia, y un sistema de partidos genuinamente competitivo. Refundar la república significa volver al momento constitucional, a un acuerdo general que exprese el compromiso de conducir la vida política entre boyas republicanas. Refundar la república exige también no descuidar más el momento post-constitucional, que hace al cumplimiento y ejecución del acuerdo constitucional. Ello dependerá de que exista una proporción adecuada de elementos éticos (auto-restricción), culturales (voluntad de cumplir con la ley fundamental) y políticos (decisión de sancionar las infracciones a esa ley). Por último, refundar la república es terminar con el populismo, tanto en su costado más prosaico de clientelismo de elites y de masas, como en su aspecto retórico que inunda de sentimentalidad la imaginaria relación entre líder y pueblo.

Por su parte, el canal de la cultura democrática es el que nos aleja de todo pensamiento autoritario, de la forzada homogeneidad nacionalista, de la educación como instrumento de adoctrinamiento político, de la discrecionalidad irrespetuosa, de las imposiciones mayoritarias arbitrarias, de la violencia facciosa como método y como símbolo, y del miedo a la aceptación de nuevas y sanas voces e ideas, vengan de donde vengan.

Recorriendo el doble canal de la institucionalidad republicana y de la cultura democrática podremos, finalmente, acercarnos a nuestro multifacético destino: al ideal de la libertad sin cadenas, la igualdad sin postergaciones, la justicia nuevamente ciega, la dignidad de sabernos una sociedad más libre, más plena, más pacífica y -por qué no- más feliz. Que el faro de la sabiduría ilumine la nave Argentina y a su futuro capitán, y nos guíe hacia un buen puerto.

 

Alejandra M. Salinas es Licenciada en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales y Doctora en Sociología. Fue Directora del Departamento de Economía y Ciencias Sociales de ESEADE y de la Maestría en Economía y Ciencias Políticas. Es Secretaria de Investigación y Profesora de las Asignaturas: Teoría Social, Sociología I y Taller de Tesis de ESEADE.

 

Economía, “neoliberalismo” y capitalismo:

Por Gabriel Boragina. Publicado el 14/2/15 en: http://www.accionhumana.com/2015/02/economia-neoliberalismo-y-capitalismo.html

 

Es habitual escuchar en muchas partes que, una cosa es “lo económico” y otra diferente es “lo social”, y que “lo social” es consecuencia de “lo humano”. Quienes así “razonan” parecen creer que “lo económico” habría sido impuesto por una cuadrilla de platos voladores portando maléficos seres extraterrestres que vinieron a infectar el planeta Tierra con “el virus” de “lo económico”. Y también demuestran ignorar que la economía es una ciencia social, por lo que mal podría existir el divorcio alegado entre “lo económico” y “lo social”.
“Lo económico” es resultado de lo humano y cultural. Y no al revés. Ni tampoco cosas diferentes. La economía no viene de las hortalizas. Deriva del factor humano. Por eso, los que afirman que se necesita una “economía humana” ni siquiera saben que es de lo que están hablando. Y lamentablemente cada vez es más frecuente observar los casos de personas (incluso profesionales destacados) que se lanzan imprudentemente a hablar de economía sin tener la menor idea del ABC de esta ciencia, incurriendo en dislates de los más variados, como el que venimos comentando. Pero este no es el único disparate que arrojan los ignorantes en economía, hay otros más “divertidos” (hay que encontrarle el lado humorístico al tema después de todo) aunque no menos ridículos. Veamos seguidamente los más absurdos.
A los partidarios del mercado libre nos acusan con asiduidad de defender al “neoliberalismo“. Vaya uno a saber “qué cosa” podría ser para nuestros detractores el famoso “neoliberalismo”, que -en rigor- no pasa de ser un término peyorativo que usan todos los que no saben nada del verdadero liberalismo, excepto que esta última palabra no les gusta.
Cuando se piden “ejemplos” de “neoliberalismo” se suelen citar países con altos impuestos; monopolios de diverso calibre pero, habitualmente, en manos privadas por decreto o por ley nacional; desempleo; estímulos a las exportaciones; endeudamiento público (en rigor, estatal) y privado y, muy en general, a las políticas económicas seguidas -con desemejantes variantes y grados- en EEUU y Gran Bretaña, y en otras naciones latinoamericanas, durante las décadas de los años 80 y 90 del siglo XX, según los casos. Pues bien, si es a esto lo que se considera “neoliberalismo” ha de saberse que -en lo personal- no soy defensor del “neoliberalismo”.
En realidad, las políticas económicas mencionadas anteriormente y que se atribuyen al “neoliberalismo” no son otra cosa que lo que Ludwig von Mises (y con él la Escuela Austriaca de Economía normalmente) designó con el nombre deintervencionismo, también llamado otras veces sistema “mixto”, “hibrido”, “dual”, “intermedio”, etc. que -en definitiva- poco o nada tienen que ver ni con el verdadero liberalismo ni con el capitalismo que, como hemos señalado en otras oportunidades, constituye este último “el anverso” económico de “la moneda” del liberalismo. No han faltado tampoco quienes han rotulado aquellas políticas con el nombre de mercantilismo, que -en resumidas cuentas- no viene a ser, a nuestro modo de ver, más que una especie del intervencionismo.
Tal ya se ha explicado, como corriente filosófica, moral, política o económica el “neo-liberalismo” no existe. Y el empleo de dicho término a nada conduce, si lo que se pretende con el mismo es atacar al liberalismo, habida cuenta que este último nada tiene en común con aquel. En el mejor de los casos, el “neoliberalismo” podría entenderse como un periodo de transición de una economía socialista a otra economía de tipo liberal/capitalista. Pero en la medida que la transición se detenga y no se opere, el “neoliberalismo” no obtendrá resultados diferentes a los que consigue el intervencionismo. El llamado “neoliberalismo” sólo tendría razón de ser si su meta es llegar al liberalismo y no en ningún otro caso.
En la línea de las barrabasadas más hilarantes que se pueden leer o escuchar seguido, figura la que dice que el capitalismo es “una visión radical”.
 El capitalismo no es una “visión radical”. Ni siquiera se trata de una “visión”. Sino que no es más que un sistema de producción que, como L. v. Mises lo caracterizara más de una vez, su principal rasgo es que “produce en masa para las masas”. Decir que es “radical, extremo, etc.” sería tanto como quejarse de que el capitalismo produce “demasiado”, o sea que alimenta, viste, da empleo, vivienda, cura y también recrea a excesiva gente. Es cierto que el capitalismo hace todo esto y lo hace bien, pero quien se lamente de que todo esto es “radical” implica que esta implícitamente patrocinando el sistema opuesto, es decir otro que hambreé, desnude, desemplee, deshabite, enferme y también aburra a la mayor cantidad de gente posible, es decir, lo que hacen el socialismo y el intervencionismo. Si ser “radical” implica tanto como elegir entre la riqueza y la pobreza para un pueblo, yo, sin duda, optaré siempre por la riqueza capitalista y rechazaré la miseria socialista
Ahora bien, si analizamos el capitalismo, pero desde el punto de vista del régimen atinente a la propiedad, hay que decir que es un justo medio entre un sistema en el cual la propiedad es estatal de jure (socialismo/comunismo) y otro donde lo es de facto (fascismo/nazismo). En este caso, el capitalismo es un sistema intermedio entre ambos, en el cual la propiedad siempre es privada, tanto de jure como de facto. A este respecto -y como prueba de lo dicho- es importante poner de relieve el colapso tanto el socialismo/comunismo como del fascismo/nazismo.
Cuando los anticapitalistas me reprochan repetitivamente que defiendo “a ultranza” el capitalismo, siempre les respondo que lo que defiendo “a ultranza” es la verdad. Que no soy un dogmático. Soy muy flexible. Que estoy abierto a ser convencido de lo contrario…pero con razones, datos, cifras y sobre todo…argumentos sólidos y firmes que me demuestren de manera contundente que el capitalismo es algo diferente o distinto a lo que creo. Y que si me demuestran que estoy equivocado les daré la razón. Pero los anticapitalistas no me han dado ni me dan ni razonamientos ni pruebas que me convenzan. Cuando me los den, si eso algún día ocurre…con mucho gusto se los aceptaré. Como hasta el momento no lo han hecho, sigo pues pensando que estoy en lo cierto.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

Andalucía: Junta ‘social’

Por Carlos Rodríguez Braun. Publicado el 17/9/13 en http://independent.typepad.com/elindependent/2013/09/andaluc%C3%ADa-junta-social.html#more

 

Libre Mercado tituló: “Andalucía recuerda que expropiar a bancos es más social que hacerlo para construir campos de golf”. El periodista Iñigo Aduriz saludó la “iniciativa revolucionaria” del llamado decreto antidesahucios de la Junta, que “pretendía garantizar un techo para todos los ciudadanos arremetiendo para ello contra algunas de las decisiones que hoy están en manos de las entidades financieras”. Todo era presentado como inobjetable: los ciudadanos tienen derecho a la vivienda y por tanto el Estado se lo garantiza más allá de banqueros y demás gente de mal vivir.

El error estriba en que el Estado no puede garantizar el derecho a la vivienda porque no tiene recursos: todo lo que tiene se lo ha quitado antes a los ciudadanos. Por lo tanto, si me da un piso y me permite no pagarlo, es porque ha incrementado los costes que otras personas se verán forzadas a pagar por mí, personas que pueden ser los contribuyentes, o los trabajadores o accionistas de los bancos, o los acreedores de esos bancos cuyos costes financieros pueden verse incrementados por el intervencionismo político. Pero estos matices rara vez son reconocidos, y no solo en los medios de comunicación sino en la política y en la opinión pública en general. No corresponde, por tanto, ningún rasgado de vestiduras porque el señor Aduriz no los reconozca y salude, por tanto, entusiasmado la medida “revolucionaria” de los políticos andaluces ignorando sus posibles consecuencias perjudiciales que pagarán terceros ignotos.

Lo más grave es que la argumentación de su artículo, que recoge fielmente la argumentación de los mandatarios andaluces, se ajusta al pensamiento prevaleciente y a su plasmación jurídica. Primero, el delirio de lo social, magnitud cuantitativa, un absurdo frente al que nadie plantea objeción alguna, como si fuera sinónimo de justicia perfecta, como si fuera obvio que expropiar bancos es más social (más justo, más bueno, etc.) que expropiar para hacer campos de golf. El punto de partida es que nunca es justo quitarle a usted lo que es suyo, señora, por ninguna razón. Y a continuación reconocer que socialen realidad no quiere decir nada definido, y desde luego no quiere decir la sociedad. Más acertado es traducir social por político. Ahí sí que tiene algo de sentido, porque, en la pulverización totalitaria de su significado, social es lo que al poder le convenga en cada momento. Y de ahí que las cosas puedan ser más o menos sociales

El derecho moderno ha quedado subordinado a la interpretación del poder político y, efectivamente, en nuestra Constitución (art. 33) se establece que la propiedad tiene una “función social” (que por supuesto sólo puede determinar el Gobierno), que el poder ha de promover una distribución de la renta “más equitativa” (art. 40), que los españoles tienen “derecho a una vivienda digna” (art. 47), y el más socialista de los muchos artículos socialistas de nuestra Carta Magna, el 28: “Toda (sic, ha leído usted bien: “toda”, es decir: toda) la riqueza del país está sujeta al interés general” (que, para qué tengo que aclarárselo, sólo pueden determinar las autoridades).

 

El Dr. Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.