Derecho y Ley natural

Por Gabriel Boragina: Publicado el 31/12/16 en: http://www.accionhumana.com/#!/2016/12/derecho-y-ley-natural.html

 

Hubo teorías que entendieron que, en tiempos primitivos, existió un “estado de igualdad” entre los hombres. Y hay autores (como el que citaremos a continuación) que han dado en llamar a dicha tesis como “doctrina individualista”.

“Esta doctrina individualista tuvo su acogida en la declaración de los derechos del hombre de 1789. John Locke, al analizar el estado natural en que se encuentra originariamente el hombre, entiende que es también un estado de igualdad “dentro del que todo poder y toda jurisdicción son recíprocas, en el que nadie tiene más que otro, puesto que no hay cosa más evidente que el que seres de la misma especie y de idéntico rango, nacidos para participar sin distinción de todas las ventajas de la Naturaleza y para servirse de las mismas facultades, sean también iguales entre ellos, sin subordinación ni sometimiento, a menos que él Señor y Dueño de todos ellos haya colocado, por medio de una clara manifestación de su voluntad, a uno de ellos por encima de los demás, y que le haya conferido, mediante un nombramiento evidente y claro, el derecho indiscutible al poder y a la soberanía”[1].

En realidad, la única igualdad que existía en tiempos primitivos era la igualdad del hombre frente a la pobreza. Ante los recursos para satisfacer sus necesidades, los hombres también eran “iguales”, ya que todos ellos “por igual” se consideraban con “derecho” a ellos. No obstante, los hombres no eran iguales (ni nunca lo fueron ni lo son) ni mental ni físicamente para apropiarse de los bienes que precisaban para su subsistencia. Los más fuertes despojaban impiadosamente a los más débiles de lo que requerían por igual ambos grupos. De tal suerte que, sólo en un nivel muy imaginativo puede -en rigor- hablarse de “igualdad”. Pero fue la desigualdad natural del individuo la que permitió que -de poco a poco- el género humano pudiera ir paulatinamente emergiendo de la pobreza. El empleo de la fuerza, el despojo, las guerras fratricidas por recursos y territorios, no aumentaban el bienestar material de quienes los promovían, alentaban y consumaban, excepto de manera inmediata y muy fragmentaria, y para una proporción muy escasa de la población, que sólo beneficiaba a los nobles, las clases militares, y no más allá al resto del pueblo. Esta situación se prolongó en el tiempo hasta la adopción de los derechos de propiedad.

“Por su parte Rousseau afirmaba que “conociendo tan poco la naturaleza y concertándose tan mal sobre el sentido del vocablo ley, sería harto difícil convenir en una definición de la ley natural. Así, todos los que se encuentran en los libros, aparte del defecto de no ser uniformes, tienen además el de ser deducidos de muchos conocimientos que los hombres no tienen naturalmente, así como ventajas de que no podían tener idea sino después de haber salido del estado de naturaleza. Pero en tanto no conozcamos al hombre natural —sigue diciendo Rousseau— en vano es que queramos determinar la ley que ha recibido o la que mejor conviene a su constitución”[2].

Lo que primero nos llama la atención de este párrafo de Rousseau, es que, admitiendo conocer “tan poco la naturaleza”, critique las demás definiciones del vocablo “ley natural” sobre la base “de ser deducidos de muchos conocimientos que los hombres no tienen naturalmente”. La contradicción deviene en evidente, ya que, si por principio admite conocer tan poco la naturaleza ¿cómo puede ser posible que esté al tanto o que pueda diversificar cuales conocimientos y ventajas los hombres tienen naturalmente y cuáles no los tienen? Ya que su primera confesión le estaría impidiendo estar en condiciones de hacer la diferenciación que efectúa. Contrariando su afirmación inicial, sus renglones siguientes parecen dar la impresión inversa: es decir que, supuestamente Rousseau sabía mucho más del “estado de naturaleza” que lo que él -en sentido contrario- manifestaba ignorar. El punto que me parece relevante en relación al tema, es que no tenemos ninguna necesidad de conocer al hombre natural en todos sus detalles para poder “determinar la ley que ha recibido o la que mejor conviene a su constitución”.

“León Duguit, al criticar la doctrina individualista, sostiene que ella reposa sobre una afirmación hipotética. “El hombre natural —dice— aislado, nacido en condiciones de absoluta libertad e independencia respecto a los demás hombres, y en posesión de derechos fundados en esta misma libertad, en esta independencia, es una abstracción sin realidad alguna. De hecho, el hombre nace ya miembro de una colectividad; ha vivido siempre en sociedad y no puede vivir más que en sociedad, y el punto de partida de toda doctrina sobre el fundamento del derecho, aunque sea como debe ser, el hombre natural, no es el ser aislado y libre de los filósofos del siglo XVIII, sino el individuo ligado, desde su nacimiento, con los lazos de la solidaridad social. Por otra parte, la igualdad absoluta de todos los hombres, corolario lógico del principio individualista, es contraria a los hechos” (7) y conduce, además, tal doctrina, a la noción de un derecho ideal, absoluto, que tendría qué ser el mismo en todo tiempo y lugar”[3].

Duguit, incurre en numerosos errores en esta cita. Cae en la falacia de contraponer los derechos individuales a hipotéticos derechos sociales, cuando estos últimos no son más que un rótulo, una frase hecha, que no hace más que resumir el conjunto de los derechos individuales. El derecho es una institución humana que ha partido –originariamente- de una mente individual. Quienes creemos en Dios aceptamos la existencia de un Derecho Divino del cual se deriva un Derecho Natural. El derecho humano es, no obstante, una creación individual que -en la medida que es aceptado por otros individuos- se va transformando paulatinamente en derecho común. Si se le quiere llamar a este derecho “social” no existe objeción en la medida que se reconozca la precedente derivación. Pero, en esencia (y aun negándose la preexistencia de un Derecho Divino) el derecho -como concepción mental- es fruto de una mente individual, que puede participar de dicha noción a otros individuos que, a su tuno, pueden aceptar esa idea de derecho que les es participada por sus creadores o rechazarla, dando nacimiento a un derecho diferente. Es a esto último que preferimos denominar “derecho humano”, no en el sentido que tiene actualmente, sino en el de derecho de hombres, en contraposición al Derecho de Dios.

[1] Dr. Antonio Castagno. Enciclopedia Jurídica OMEBA Tomo 14 letra I Grupo 02. Voz “igualdad”.

[2] Castagno, A. Enciclopedia….Ob. cit. Voz “igualdad”

[3] Castagno, A. Enciclopedia….Ob. cit. Voz “igualdad”

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

Ucrania: la pasión europea.

Por Mario Vargas Llosa. Publicado el 28/11/14 en: http://elpais.com/elpais/2014/11/28/opinion/1417171876_618448.html

 

PIEDRA DE TOQUE. La agresión de Putin es sólo el primer paso en su desafío al sistema democrático occidental; pero los ucranios son ahora libres y a Rusia le costará muchísimo arrebatarles esa libertad.

Quienes se sienten desmoralizados con la construcción de la Unión Europea deberían ir a Ucrania; verían cómo este proyecto concita una enorme ilusión en muchos millones de ucranios que ven en la Europa unida la única garantía de supervivencia de la soberanía y la libertad que conquistaron con la gesta del Maidán contra el Gobierno corrupto de Yanukóvich y que hoy amenaza la Rusia de Putin, empeñado en la reconstitución del imperio soviético (aunque no se llame así). Verían también la serenidad estoica que muestra una sociedad invadida por una potencia extranjera, que se ha apoderado ya de la quinta parte de su territorio, y cuyas fronteras orientales, donde mueren a diario más voluntarios de los que indican las estadísticas oficiales, siguen transgrediendo centenares de blindados y millares de soldados rusos.

“Doscientos tanques sólo en los últimos dos días y, con ellos, unos 2.000 militares, sin sus uniformes”, me precisa el presidente Petro Poroshenko, en el gigantesco y pesado edificio que ocupa, y que fue construido para el Comité Central del Partido Comunista de Ucrania. “Rusia no respetó ni un solo día el acuerdo de paz que firmamos en Minsk. Pero la invasión rusa ha servido para unirnos. Ahora, el 80% del país rechaza la intervención y está dispuesta a pelear”. Habla con mucha calma, en un inglés cuidado —es un industrial próspero, rollizo y amable y todo el mundo conoce sus fábricas de chocolates— y está convencido de que Europa y Estados Unidos no permitirían la ocupación colonial de su país.

Se dice que entre el presidente Poroshenko y su primer ministro, Arseni Yatseniuk, hay diferencias, pues este último sería más radical que aquél. Conversando con ambos, por separado, apenas las noté. Ambos creen que la agresión rusa continuará y que Ucrania, para Putin, es sólo un primer paso en su desafío al sistema democrático occidental, al que percibe como un adversario esencial de Rusia y del orden autoritario e imperial que preside; y que, en las actuales circunstancias, el jerarca ruso se siente envalentonado por la impunidad con que ha actuado creando los enclaves prorrusos de Georgia —Abjasia y Osetia del Sur—, apoderándose de Crimea e infligiendo una humillación al presidente Obama en Siria, saltándose alegremente, sin el menor perjuicio, las “líneas rojas” que éste estableció.

El jerarca ruso está ahora envalentonado por la impunidad con que ha actuado

En lo que Poroshenko y Yatseniuk se diferencian es en que el primer ministro, raro hombre público, no trata de ser simpático a su interlocutor y habla con una franqueza cruda que cualquier político consideraría suicida. “Nadie va a ir a la guerra por Ucrania, lo sabemos de sobra. Ojalá que, por lo menos, nos den armas para defendernos”. Es delgado, calvo, con unas gruesas gafas de miope y, se diría, un asceta. Economista destacado, dirigió el Banco Central, ha sido ministro de Economía y rara vez sonríe. “No soy pesimista sino realista”, asegura. “Los zares, Lenin, Stalin, trataron de desaparecernos. Ahora todos ellos están muertos y Ucrania sigue viva. ¿Qué debemos hacer, pese a la desigualdad de fuerzas con Rusia? Luchar, no hay alternativa”. Piensa que si Ucrania cae, las próximas víctimas serán los países bálticos, Polonia, las otras “exdemocracias populares”. “Putin no puede dar marcha atrás, en Rusia lo matarían. Ha hecho tragar a su pueblo que todo esto es una conjura de la CIA y los Estados Unidos. Y, por ahora, los rusos le creen y están dispuestos a sufrir todas las sanciones económicas que les inflija el mundo democrático”. Estas sanciones están afectando seriamente a la economía rusa, pero Yatseniuk no cree que ello mermará la vocación imperialista de Putin. “Su principal objetivo no es económico sino político e ideológico”.

A la ciudad de Dnipropetrovsk, extendida a ambas orillas del majestuoso río Dniéper, han llegado en las últimas semanas más de 40.000 refugiados de las provincias orientales donde se combate. El alcalde me dice que esperan otros 40.000 en las próximas semanas. Aunque las migraciones forzadas por causa de la guerra son difíciles de cuantificar, la cifra de ucranios que han abandonado las ciudades y pueblos de la frontera debe haber ya excedido el millón. Para albergar este gigantesco éxodo hay una movilización ciudadana que apoya y a veces suple al Estado precario, que se va reconstituyendo a saltos luego del cataclismo que significó el desplome de la dictadura de Yanukóvich gracias al levantamiento del Maidán.

En la enorme plaza de este nombre hay fotos de todos los muertos durante las acciones. Hablo con varios líderes de la revuelta y el que me impresiona más es Dimitri Bulatov. Organizó las caravanas de automóviles que iban a hacer manifestaciones de repudio pacíficas ante las casas de los jerarcas del régimen y aseguró las comunicaciones rebeldes. Nada más comenzar las protestas fue secuestrado, en plena calle, por individuos que —supone— pertenecían a las “fuerzas especiales” del Gobierno. Durante ocho días fue torturado: le acuchillaron la cara, le cortaron media oreja y, finalmente, lo crucificaron. Sus verdugos querían que confesara que el Maidán era financiado por la CIA. “Les confesé todos los disparates que querían pero, aun así, estaba seguro de que me matarían”. Sin embargo, al octavo día, misteriosamente, sus captores desaparecieron. Ahora es ministro de Juventud y Deportes. Joven y jovial, luce sin la menor incomodidad su oreja cortada, su gran cicatriz en la cara y sus manos trituradas. Me informa con lujo de detalles sobre los esfuerzos que hacen él y sus colegas en el Gobierno para acabar con la corrupción, grande todavía en la burocracia oficial. Le pregunto si es verdad que, apenas liberado del secuestro, fue a pelear como voluntario a la frontera. “Sí, y mi mujer me dijo que si volvía vivo ella me mataría. Pero no lo hizo”. Su mujer, que está a su lado, joven, bonita y risueña, asiente: “Da, da”.

Millones de ucranios ven en la Unión Europea la única garantía para su supervivencia

El Ejército ucranio que se enfrenta a los rusos ha renacido prácticamente de la nada; está conformado en parte por voluntarios y, dada la precariedad de los fondos de que dispone el Gobierno, existe en buena medida gracias al apoyo de la población civil. Julia, mi traductora, me cuenta que ella y sus hijos están encargados de las colectas en su calle para ayudar a los soldados y que, cada semana, van ellos mismos en vehículos alquilados a la frontera llevando las provisiones, mantas, colchones y dinero que permiten a los combatientes subsistir.

El único escritor ucranio que he leído, Mijaíl Bulgákov, se sentiría orgulloso en estos días de la resistencia y el heroísmo tranquilo de sus compatriotas. Él fue una víctima de Stalin y del régimen comunista que censuró casi todos sus libros; su obra maestra, El maestro y Margarita, sólo apareció en los años setenta, muchos años después de su muerte. En lugar de mandarlo al Gulag, Stalin tuvo el refinamiento de darle un trabajito miserable en el mismo teatro donde se habían estrenado sus obras más exitosas, como para que se muriera a pocos de nostalgia y frustración.

Voy a visitar su casa-museo en la bonita cuesta de San Andrés, donde hay una bella iglesia ortodoxa, pintores callejeros y quioscos llenos de camisetas con insultos contra Putin y rollos de papel higiénico impresos con su cara. La casa del escritor es pulcra, blanca, llena de íconos —sus seis hermanas y sus padres eran muy religiosos— y ahí están sus cuadernos de estudiante de Medicina, su título, sus libros póstumamente publicados que él nunca vio. Visitar esta casa, este país, aunque sea sólo por cinco días, me entristece, me alegra, me subleva. Una visita tan corta le llena a uno la cabeza de imágenes confusas y sentimientos exaltados. Pero de una cosa estoy seguro: los ucranios son ahora libres y a Vladímir Putin le costará muchísimo arrebatarles esa libertad.

 

Mario Vargas Llosa es Premio Nobel de Literatura y Doctor Honoris Causa de ESEADE.

¿HAY OPOSICIÓN EN LA ARGENTINA?

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Siempre es difícil generalizar, recuerdo haber leído la respuesta muy significativa de Chesterton cuando le preguntaron que opinaba de los franceses: “No sé porque no los conozco a todos”.

De cualquier manera, salvo muy honrosas excepciones de aquellos que por el momento no tienen posibilidad de estar bien posicionados en una carrera electoral, en última instancia, la llamada oposición no es tal.

 

Decimos esto porque en las reiteradas declaraciones los supuestos opositores revelan su disgusto por los modales, la arrogancia y el espíritu confrontativo del actual gobierno pero, en la práctica, adhieren con entusiasmo al eje central de las medidas adoptadas. Esto se ha mostrado una y otra vez en muy diversas circunstancias.

 

Estimo que esto puede ilustrarse con lo sucedido la noche anterior a la redacción de la presente nota. No quiero hacer nombres propios puesto que la batalla cultural debe debatirse en el plano de las ideas y no en el plano personal. Fue en un programa televisivo de gran audiencia y el entrevistado era un político muy relevante de un partido tradicional.

 

El conductor abrió el programa preguntándole al personaje de marras que opinaba de lo que había dicho la titular del Poder Ejecutivo en cuanto a lo que esperaba se preserve de su legado y enumeró algunas de sus medidas. El político entrevistado dijo con énfasis que la lista que detalló la mandataria le pareció corta y que podía alargar a ese racconto otras medidas “pero con la condición que sean bien administradas y no haya corrupción”.

 

Como este artículo no es solo para argentinos, ilustraré lo dicho con un solo ejemplo que será comprendido por todos y, además, si tuviera que analizar todos los puntos mencionados en esa entrevista necesitaría mucho más espacio del que brinda una nota periodística. El ejemplo alude a la estatización de Aerolíneas Argentinas como “línea de bandera” que actualmente arroja pérdidas diarias millonarias. A esto se refirió el entrevistado: sostuvo que le parecía muy bien la estatización de la empresa de aeronavegación puesto que el país no debía renunciar a la soberanía pero, como queda dicho, “bien administrada”.

 

Con esto queda claro que no se ha entendido nada de nada. En primer lugar, empresa estatal constituye una contradicción en términos. Una empresa no es un simulacro o un pasatiempo: o se asuenen riesgos con patrimonios propios y se gana o se pierde según se satisfaga o no las necesidades del prójimo, o se está ubicado en una entidad política que asigna recursos fuera de los rigores del mercado, es decir, según criterios de la burocracia del momento.

 

En segundo término, esa entidad política, mal llamada empresa estatal, inexorablemente significa en el momento de su constitución un derroche de capital, esto es, habrá utilizado los recursos en una forma distinta de lo que lo hubieran hecho sus titulares, lo cual, a su vez, se traduce en reducción de salarios e ingresos en términos reales puesto que éstos dependen de las tasas de capitalización. Entonces, por la naturaleza misma de este burdo simulacro, no puede estar “bien administrada”…y a raíz de estas declaraciones grandilocuentes, recordemos al pasar que “entre lo sublime y lo ridículo hay solo un paso”.

 

Tercero,  si se sostiene que la entidad política de marras no hará daño porque “compite” con empresas de igual ramo, debe aclararse que no hay tal cosa ni puede haberlo. Esto es así porque la entidad política, por definición, cuenta con privilegios de muy diversa naturaleza y si se contra-argumenta que se prohibirán los privilegios y que, por tanto, habrá genuina competencia, debe responderse que, entonces, no tiene ningún sentido que dicha entidad opere en el ámbito político y que, para probar el punto de la real competencia el único modo es competir, es decir, zambullirse en el mercado con todos los antedichos rigores.

 

Cuarto, si se señala que esa entidad arroja ganancias y presta buenos servicios debe puntualizarse que -si los balances están bien confeccionados y no adolecen de la denominada “contabilidad creativa” llena de fraudes- y exhibe beneficios netos, la pregunta debe estar dirigida a indagar si las tarifas correspondientes no estarán demasiado altas. El único modo de conocer el nivel de tarifas reales es en el contexto del proceso de mercado. En esta misma línea argumental, por ello es que la proliferación de entidades políticas del tipo de las que venimos comentando necesariamente distorsionan precios. Y como los precios son los únicos indicadores en el mercado, su desfiguración redunda en contabilidades irreales, las cuales bloquean la posibilidad de cálculo económico.

 

En cuanto a que “el servicio es bueno”, la conclusión carece de base se sustentación ya que el tema central radica en visualizar cuales son los sectores que la gente hubiera preferido si no se hubieran esterilizado sus recursos en la prestación de un servicio o la producción de un bien que, dadas las circunstancias, no es prioritario a los ojos de los consumidores.

 

Quinto, el tan vapuleado tema sobre la conveniencia de constituir las entidades políticas bajo el disfraz de empresa debido a que se trata de sectores estratégicos o vitales es autodestructivo ya que cuanto más estratégico y vital el sector, mayores son las razones que funcionen bien. Es cierto que desafortunadamente en ciertos países avanzados existen algunas empresas estatales para mal de sus habitantes, pero ésta política se diluye entre muchas otras de corte civilizado. En nuestro caso, en cambio, se acumulan esperpentos.

 

Y, por último, sexto, como se ha señalado, la soberanía es aplicable solo a los individuos como indicación de sus derechos inalienables que son superiores y anteriores a la misma existencia del gobierno, aparato cuya misión en una sociedad abierta es velar por su protección y garantía. La “soberanía” de la zanahoria, de un avión, de un dique o de un trozo de tierra es tan estúpido que no resiste análisis serio. En realidad hay un estrecho correlato entre la lesión de derechos y la tan cacareada “soberanía” de las cosas y los artefactos.

 

Y, de más está decir, no se trata de insinuar que en el sector privado están los “buenos” y en el gubernamental los “malos”, muy lejos de ello, se trata nada más y nada menos que de los incentivos: la forma en que se enciende la luz y se toma café en una repartición estatal es muy distinta de lo que ocurre en una empresa privada.

 

¡Ah no! se exclama, aun admitiendo todo lo demás lo que quiere la oposición es una buena calidad institucional. Pero es que si se admite lo demás, no hay forma de contar con marcos institucionales civilizados ¿o es que cuentan con que el Poder Judicial dictará la inconstitucionalidad de todas las medidas estatistas “bien administradas” que suscriben?

 

Con esto no quiero cargar excesivamente las tintas contra la supuesta oposición, solo muestro la coincidencia con el eje central de lo que viene sucediendo descartando los modales, la soberbia y el espíritu confrontativo.

 

Tampoco quiero cargar las tintas por otro motivo más de fondo y es que los políticos fuera del gobierno tampoco pueden recurrir a un discurso que la opinión pública no puede digerir puesto que convengamos que propuestas alberdianas hoy en la Argentina (aludiendo al autor intelectual de nuestra Constitución fundadora, Juan Bautista Alberdi) serían masivamente rechazadas y repudiadas.

 

Por esto, como resumen de esta nota, enfatizo una vez más en la imperiosa necesidad de preocuparse y ocuparse de la educación y el debate abierto de ideas como único camino para permitir que los políticos del futuro puedan articular un discurso compatible con la libertad. Un estatismo sin corrupción sigue generando todos los daños del estatismo aun sin caer en la indecencia y la desfachatez del robo desde las instancias encargadas de velar por los derechos de la gente.

 

Para terminar, lo voy a parafasear a mi estimadísmo James Buchanan en las últimas líneas de su libro (con Richard Wagner) dedicado a criticar las propuestas clave de Keynes: ¿estará próximo el día en que elijamos el sentido común del liberalismo y transitaremos “el camino menos frecuentado” que se consigna en los célebres versos de Robert Frost, o insistiremos en la senda más recorrida de la pobreza colectiva?

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. En Administración. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer Rector de ESEADE.

¡Son nuestras!: La bandera política de Las Malvinas

Por Belén Marty: Publicado el 2/4/14 en: http://es.panampost.com/belen-marty/2014/04/02/son-nuestras-la-bandera-politica-de-las-malvinas/

Entrevista al jurista argentino Ricardo Rojas tras el aniversario del conflicto:

A 32 años de la guerra entre Argentina e Inglaterra por la posesión y soberanía de lasIslas Malvinas, entrevistamos a Ricardo Manuel Rojas, para que nos explique la cuestión en material de derecho e historia. El es juez de un Tribunal en lo Criminal de Buenos Aires, doctor en historia Económica y profesor de la maestría en Derecho y Economía de la Universidad de Buenos Aires. Escribió el libro Los derechos fundamentales y el orden jurídico e institucional en Cuba que le hizo ganar el Premio Internacional de Sir Antony Fisher de la Fundación Friedrich A. von Hayek. Se cumple un nuevo aniversario del desembarco argentino en Malvinas. ¿Por qué la Argentina reclama la soberanía de las islas? Según usted, ¿está el gobierno en lo correcto al hacerlo? Los reclamos de soberanía de Argentina sobre las islas son de larga data. No hay que olvidar que esas islas fueron sucesivamente ocupadas por instalaciones de pescadores desde mucho tiempo atrás. De hecho, el nombre de Malvinas provinene de maluinos, como se les decía a los habitantes del puerto de Saint Maló en Francia, de donde todos los años iban expediciones a pescar y cazar focas y se instalaban durante los meses de mejor tiempo allí. Sucesivamente hubo campamentos de varios países de Europa, incluyendo Inglaterra. Fuente: PanAm Post. Cuando Juan Manuel de Rosas fue gobernador de Buenos Aires, se instaló en las islas un gobierno dependiente de él, desde 1820, que luego fue desalojado por la marina británica en 1833, que reclamaba su previa ocupación de las islas. Es desde entonces que existe el conflicto. Por un lado, Argentina sostiene que las islas son argentinas porque están dentro del mar territorial reclamado por el país y porque hubo un gobierno provisorio argentino que fue desalojado por las armas. Por otro lado, Inglaterra reclama su soberanía porque sostiene que antes de ese gobierno provisorio, ya había actos posesorios británicos sobre las islas, que incluían población, y que desde la fecha de la ocupación hasta ahora ha habido una población británica o descendiente de británicos con una continuidad de casi dos siglos, que manifiestan su voluntad de seguir sujetos a la soberanía británica. Me parece que, habiendo pasado tanto tiempo desde la última ocupación británica de la isla, con una población que es claramente hostil a la Argentina y que a esta altura ya no puede decirse que es “implantada” allí, sino que ya son varias generaciones de isleños nativos, no tiene mucho sentido continuar este conflicto, y lo ideal sería encontrar una solución negociada. ¿Cómo le explicarías a un extranjero las causas y consecuencias de la guerra del 1982? La ocupación militar de las islas, que desencadenó la guerra en 1982, no tuvo ningún justificativo racional. Para aquel entonces, los malvinenses tenían un fluido trato comercial con Argentina, recibían fundamentalmente combustible y provisiones. Para Inglaterra, esas islas eran un problema, pues al estar tan lejos de Gran Bretaña tanto el comercio como la administración a distancia se hacía complicado. Posiblemente para aquella época existían mejores chances para encontrar una solución negociada, que permitiera a ambos países resolver el problema sin admitir que estaban resignando la soberanía. Luego de la guerra, el tema se convirtió prácticamente en un emblema de nacionalismo, y las soluciones negociadas se han complicado mucho más. Probablemente la decisión de ocupar las islas se debió más a necesidades políticas de un gobierno militar que estaba en crisis, y encontró en la invasión a Malvinas un motivo para consolidar su poder. Es bueno recordar que el 31 de marzo de 1982 hubo en la Plaza de Mayo una manifestación muy violenta contra el gobierno, que incluso terminó con muertos y heridos y una brutal represión, llevada a cabo fundamentalmente por sindicatos. Y dos días después, el 2 de abril, la plaza se volvió a colmar, pero esta vez para vivar al General Galtieri por su decisión de “recuperar” las Malvinas. También para Thatcher era un desafío. Su gobierno tenía problemas, y la decisión de responder con firmeza enviando lo mejor de la flota británica al sur, no estuvo exento de motivaciones políticas coyunturales. El mundo estaba en plena guerra fría, el presidente Galtieri confió equivocadamente que Estados Unidos respaldaría el reclamo argentino, lo que era un error por varios motivos: se trató de una invasión armada sin justificación, provocada por un gobierno militar de facto, sobre el principal aliado de los Estados Unidos en la OTAN. Las consecuencias de la guerra fueron nefastas: más allá de la gran cantidad de muertos, heridos y gente con secuelas de por vida que dejó el enfrentamiento, empantanó la posibilidad de una solución racional al conflicto por mucho tiempo. ¿Crees que tiene futuro el reclamo argentino en la ONU? ¿Cómo ve el futuro mediato del asunto? En el corto y mediano plazo no creo que Argentina pueda lograr de ningún modo el objetivo de conseguir una declaración de la comunidad internacional en el sentido de atribuir soberanía sobre las islas. Digo esto por varios motivos: Porque para la comunidad internacional, Argentina es un país poco confiable y con una política errática, que coquetea con dictadores, con gobiernos constantemente sospechados de corruptos, con desastrosas administraciones. Por otro lado, los habitantes de las islas están totalmente en contra de aceptar la soberanía argentina, y creo que este es un punto importante. El gobierno argentino invoca el principio del comité de descolonización de la UN, en el sentido de que estos conflictos deben resolverse con prescindencia de la opinión de los habitantes. Creo que este principio es razonable cuando se trata de ocupaciones recientes o de poca duración, pues de otro modo, bastaría con ocupar un territorio por la fuerza, poblarlo con colonos de un país, y que luego esos colonos se nieguen a restituir la región. Pero cuando pasaron 180 años desde la instalación de los colonos, donde crecieron cuatro generaciones de isleños, transmitiendo sus derechos de propiedad por herencia de padres a hijos, y consideran ya ese territorio como propio más que nadie, me parece que su opinión es imprescindible para resolver el conflicto. Por ese motivo, más allá de declamaciones políticas que se puedan escuchar por los grupos más nacionalistas en ambos países, lo cierto es que cualquier solución del conflicto por la vía de reclamos diplomáticos de soberanía, está y estará empantanada por mucho tiempo. ¿Existe algún proyecto superador a este problema binacional? Me parece que podría resolverse el problema de manera inteligente y práctica, pero para ello debería dejarse de lado la discusión sobre la soberanía durante mucho tiempo. Lo cierto es que hoy por hoy, la administración de las islas está a cargo de los propios isleños, más allá de su sujeción, controles y legislación provenientes del gobierno británico. Entonces, quizá se podría suspender la discusión sobre la soberanía de las islas, digamos por cien años, durante los cuales los isleños se auto-administren, teniendo relaciones con los países que ellos decidan, y sin necesidad de someterse a decisiones soberanas ni de Gran Bretaña ni de Argentina. Esto permitiría descomprimir el conflicto, e incluso celebrar acuerdos entre empresas británicas y argentinas para explotar petróleo y pesca en la zona, dándole una regalía importante a los isleños, que de ese modo contarían con un importante desarrollo económico. Luego de transcurridos los cien años, se podría discutir si se quiere seguir de esa manera, independizar a las islas, o retomar las discusiones sobre la soberanía. Para entonces, creo que esto último no sería una opción razonable. ¿Se aplicó este proyecto en alguna otra mediación en el mundo? Han habido conflictos en el mundo, donde se ha discutido la soberanía sobre algún territorio, que terminaron con la declaración de independencia de esa región. Tenemos un caso acá cerquita, que es Uruguay, territorio disputado por Argentina y Brasil, que llevó a una guerra que terminó reconociendo la independencia de la región. Por otra parte han habido cesiones de territorios para el desarrollo de ciudades o regiones. Posiblemente los casos de Hong Kong y Singapore sean los más conocidos, pero hay otros. Por ejemplo, el actual estado de Pennsylvania, en USA, fue originalmente un territorio cedido por el Rey de Inglaterra a William Penn en propiedad, como pago por los servicios que su padre prestó a la Corona. Penn organizó el territorio bajo reglas claras que fomentaron la libertad y el respeto a la propiedad, y allí surgió el germen de lo que luego fueron los Estados Unidos. Este tipo de acuerdo para el desarrollo de regiones, se han conocido como charter cities, y hay numerosos ejemplos en la historia. Más modernamente se está hablando de un concepto que va un poco más allá, el de free cities, como la idea de liberar ciertos territorios de su sujeción a la legislación y soberanía de un país, permitiendo que se organice bajo sus propias reglas, buscando formas de crecer económicamente e incrementar el bienestar de sus habitantes. En Honduras se inició un proceso de ese tipo en 2010, que implicó una reforma constitucional y una ley marco, pero hoy esto está paralizado como consecuencia de discusiones políticas. Nada impediría que las Islas Malvinas se organicen a la manera de una free city, a partir de una suspensión de la discusión de soberanía de los países que se la disputan. ¿Cuál cree que es el mayor déficit del gobierno en materia de Malvinas? Creo que desde 1982 para acá el caso de Malvinas fue utilizado como una bandera política, como un tema que permita exaltar sentimientos nacionalistas, pero ningún gobierno ha intentado buscarle una solución racional al problema. Eso, que es notorio en este gobierno, también lo fue en los de Alfonsín, Menem y de la Rúa. Ricardo Rojas elaboró un proyecto sobre este tema que podría ser el punto de partida para encontrar una solución negociada.

 

Belén Marty es Lic. en Comunicación por la Universidad Austral. Actualmente cursa el Master en Economía y Ciencias Políticas en ESEADE. Conduce el programa radial “Los Violinistas del Titanic”, por Radio Palermo, 94,7 FM.

 

Ricardo Manuel Rojas  es juez en lo Criminal de Buenos Aires, doctor en historia Económica, (ESEADE), y profesor de la maestría en Derecho y Economía de la Universidad de Buenos Aires.

Una solución china para Malvinas

Por Martín Krause. Publicado el 14/5/12 en http://www.lanacion.com.ar/1473014-una-solucion-china-para-malvinas

Si el pasado 2 de abril el 30° aniversario de la Guerra de Malvinas sacudió a los argentinos más que otros años, el tema continuará llamando su atención por más tiempo, ya que en 2013 se cumplirán 180 desde que el comandante James Onslow desplazó de las islas al gobernador Luis Vernet. Todo gobierno argentino saca a relucir el tema de tanto en tanto, más cuando están en problemas, pero es poco lo que han logrado. El principio de la soberanía originada en la primera ocupación se enfrenta con el de la autodeterminación de sus habitantes y no parece haber ninguna idea nueva que permita salir del atolladero.

Por eso, tal vez es un buen momento para plantear una idea osada, que a muchos parecerá ridícula o imposible, pero que, ante la falta de ideas nuevas y frescas, tal vez no lo sea más que el mero llamamiento a negociar cuando ya todo ha sido dicho y cada lado se aferra a sus argumentos.

Esa idea es aprender de Hong Kong, otra colonia británica. La isla quedó en manos inglesas a perpetuidad a partir de la Guerra del Opio. Tras la segunda guerra del Opio, en 1860 ese territorio se amplió a la península de Kowloon, y en 1889 se firmó un convenio de locación por 99 años por la isla de Lantau y territorios adyacentes que se llamaron Nuevos Territorios. Cuando se aproximaba la fecha de expiración del contrato, los gobiernos de China y el Reino Unido acordaron el traspaso a China de todo lo que ahora llamamos Hong Kong, que sería considerada una zona administrativa especial y mantendría sus leyes y un buen grado de autonomía por 50 años bajo una constitución llamada ley básica.

El primer elemento de la propuesta tiene que ver con el tiempo. La primera lección por sacar del ejemplo anterior es que hay que tener paciencia “china” y que ésta a la larga brinda sus frutos, sobre todo, porque alivia de las responsabilidades políticas a quienes se vean en la tarea de firmar los acuerdos. Pensemos en un acuerdo cuyo proceso final tenga una fecha dentro de 50 años, suficiente como para que ya no estemos aquí todos los que podamos discutir el tema ahora.

Pero el tiempo solo no es suficiente, ya que hay que generar intereses para que todas las partes estén dispuestas a llegar a un acuerdo, o por lo menos a no resistirse. Y es allí donde la idea de Hong Kong, o de la generación de una free city, puede resultar un aporte nuevo.

La idea de las free cities tiene una larga tradición, pero una versión moderna comenzó con Paul Romer, profesor de desarrollo económico en la Universidad de Stanford, que las denominó charter cities. Su propuesta era permitir el origen de nuevas reglas que favorezcan el progreso a partir de acuerdos que podrían realizar los países para que una cierta región ofrezca reglas de calidad en el modelo de Hong Kong o Singapur. En particular, en relación al primero Romer entendió que hubo un acuerdo allí entre China y el Reino Unido, que dejó en manos de este último el establecimiento de esas normas en ese pequeño enclave en la costa de China.

Luego de la revolución maoísta, la frontera con el continente estaba cerrada y el comercio de esa pequeña ciudad languidecía. Hasta que apareció Sir John James Cowperthwaite. Escocés, graduado de Cambridge, había sido designado como un funcionario de menor grado en Hong Kong, en 1941, pero no pudo llegar por la guerra hasta 1945. Al poco tiempo de asumir, se dio cuenta de que los refugiados estaban progresando sin ninguna sombra por parte del gobierno. Fue nombrado secretario de Hacienda en 1961, cargo que ocupó por diez años. Mantuvo la tasa sobre el impuesto a las ganancias en un 15% y una cobertura del 100% de reservas en libras esterlinas para la moneda local, algo que nunca hizo público. Incluso rechazó elaborar estadísticas “por miedo a que luego se quisiera hacer algo con ellas”.

Reformó el servicio civil y lo volvió tremendamente eficiente, limitándolo a unas pocas tareas. Hong Kong se volvió un lugar atractivo para desarrollar la iniciativa empresarial, sus habitantes comenzaron a desarrollar productos que luego harían famoso el made in Hong Kong, llegó la inversión y la economía comenzó a crecer al 9% anual. El PIB per cápita alcanzó en 2010 la cifra de 47.130 dólares, frente a los 7570 de China.

Romer tomó ese ejemplo para proponer algo similar en Guantánamo, sugiriendo que quedara en manos de Canadá o de una serie de países que fueran “accionistas”, incluida Cuba, y se generaran allí normas similares a las de Hong Kong. La idea fue luego profundizada como free cities por la Universidad Francisco Marroquín en Guatemala ( www.freecities.org ), y terminó convirtiéndose en una ley en la vecina Honduras.

El futuro dirá cómo se desarrolla esta idea, que tiene una larga e interesante tradición. La ciudad de Lübeck, puerto alemán en el Báltico, fue fundada formalmente en 1143 por Adolfo II, que tuvo que ceder la ciudad a Enrique el León en 1158. Enrique limpió la zona de quienes la devastaban de tanto en tanto y diseñó una “carta” de derechos, se eliminaron pesados impuestos, aranceles y regulaciones, se prometió tratamiento justo bajo la ley y una acuñación de moneda independiente. Tras la muerte de Enrique, fue por unos años una ciudad imperial y Barbarroja le permitió designar un Consejo que, formado principalmente por comerciantes, perduró hasta el siglo XIX. En 1226, el emperador Federico II le otorgó el estatus de “ciudad libre”, atrajo numerosos comerciantes y se convirtió en un importante centro comercial. Era considerada la “Reina de la Liga Hanseática”, formada por un grupo de ciudades-puertos cercanos que adoptaron una estructura de reglas similar.

En el caso de las Malvinas podría pensarse en un acuerdo que fijara un plazo largo para el traspaso de su soberanía a la Argentina y que, mientras tanto, se acordara también una ley básica, que sería la ley fundamental de las islas. Según ésta, y siguiendo el modelo de Hong Kong, habría un impuesto muy bajo y una total libertad de inversión y comercio sin importar la procedencia de los capitales o las personas y libertad para usar cualquier tipo de moneda, incluso, por supuesto, el peso argentino. En tal sentido, el Reino Unido debería eliminar la barrera para que los argentinos compren propiedades en la isla o se trasladen a ella, igual trato que recibirían chinos o brasileños o británicos. Esta ley básica sería administrada por una tercera parte, digamos alguna que genere confianza tanto a los kelpers como a los inversores internacionales. Podría ser Canadá, Australia o Nueva Zelanda; al ser países del Commonwealth, no significarían tanto cambio para ellos. Tal vez para generar símbolos de unidad y paz podrían flamear allí las banderas de las islas, de la Argentina, el Reino Unido o Canadá o quien fuera el país tutor. Cualquier modificación de la ley básica tendría que ser acordada entre estos actores. Luego de vencido el plazo de 50 años, la soberanía pasaría a ser argentina, país que se comprometería a mantener esa ley por otros 50 años más, pero ahora ejerciendo la soberanía sola.

¿Por qué les interesaría esto a los kelpers? En principio, les garantizaría a todos ellos un largo plazo de estabilidad con normas basadas en la libertad y el respeto a los derechos individuales y la propiedad. El país tutor sería confiable y el acuerdo refrendado por las partes y avalado por la comunidad internacional generaría seguridad jurídica para los inversores. La Argentina, además, como un gesto importante de amistad, recibiría todos los productos y servicios elaborados en la isla libres de trabas y aranceles, como si fueran provenientes de una provincia argentina más. Esto les daría a los isleños acceso al mercado más grande e importante que tienen cerca. Es más, los socios del Mercosur manifestarían una solidaridad dando a esos productos el mismo trato que se les da a los de un integrante de la zona. Algo similar podrían hacer los otros países de América latina, ya no sólo declaraciones de apoyo sino la efectiva apertura a estos bienes y servicios. Para los kelpers, sería la gran oportunidad de obtener paz y prosperidad sin ninguna nube que pueda empañar el horizonte.

¿Por qué interesaría esto al Reino Unido? Porque estaría resolviendo un problema espinoso que le trae más dolores de cabeza y gastos que otra cosa manteniendo el respeto a los derechos individuales de los kelpers, con la garantía de supervisión de un país aliado y amigo.

¿Por qué le interesaría a la Argentina? Porque obtendría la soberanía sobre las islas a largo plazo y varios símbolos importantes a corto plazo: acceso de los argentinos como propietarios, inversores o simples turistas, una bandera allí flameando y la transformación del tema en una mera cuestión de tiempo cuyo éxito le tocará a algún desconocido, esto es, no tenemos idea quién será el presidente que recibiría las islas ni siquiera si ha nacido ya. Es como acordar la realización de un Mundial de fútbol o unos Juegos Olímpicos: se acuerdan ahora, pero vaya a saber quién será el que los inaugurará.

¿Por qué les interesaría a los argentinos? Porque tal vez sería la llave para cambiar el país y que de una vez por todas recupere un camino de continuo progreso y crecimiento económico. Es el caso de China: si bien ésta recuperó el pequeño territorio, fue éste pequeño enclave el que cambió al gigante país continental. Los gobernantes tuvieron que darse cuenta de que su sistema no funcionaba, mientras que el de la pequeña isla era todo un éxito. Terminaron copiándolo y ahora son la gran historia de crecimiento del planeta. Primero crearon unas zonas económicas especiales que eran áreas como Hong Kong en sus comienzos, y luego extendieron el experimento a todo el país. En el futuro, con unas Malvinas prósperas como fruto de la libertad, tal vez, aprenderíamos también los argentinos qué es lo que nos conviene en el continente.

Y así, tal vez, el problema de las Malvinas no sólo terminaría solucionado, sino también siendo una solución que nos negamos a encontrar.

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

Autoabastecimiento y soberania: una nota:

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 16/5/12 en: http://www.cronista.com/contenidos/2012/05/16/noticia_0053.html

El principio elemental del comercio descansa en la noción de las ventajas comparativas. Si a alguien se le ocurriera producir todos los bienes que necesita vería su nivel de vida comprimido al nivel de las cavernas. La división del trabajo es lo que permite incrementar la productividad conjunta.
En general, el uruguayo consume diariamente yerba mate pero la importa en su totalidad de Brasil, Japón es un cascote sin recursos naturales que solo el veinte por ciento de su territorio es habitable. En el transcurso de la historia de Estados Unidos no ha regido la opresiva legislación colonial que tanto daño le han hecho a muchos pueblos latinoamericanos.
El autoabastecimiento que ahora se reclama en nuestro país para el petróleo al efecto de decidirla por decreto, constituye una meta autodestructiva. Se necesitan marcos institucionales civilizados que garanticen los derechos de propiedad en lugar de imponer políticas que imposibilitan la inversión (que luego, paradójicamente, es invocada para arrancar empresas de sus dueños y politizar lo que debe operar con todos los rigores del mercado y sin privilegio alguno).
El economista decimonónico Frédéric Bastiat ilustra el derroche y el absurdo del autoabastecimiento a través del proteccionismo y la discriminación en su célebre Petición de los fabricantes de velas en donde sugiere que todas las casas deberían tapiar sus ventanas “para defenderse de la competencia desleal del sol”.
Por otra parte, la idea de la soberanía está mal concebida. Como señala Bertrand de Jouvenel en Los orígenes del estado moderno, la idea estrafalaria de ubicar la soberanía en el rey fue trasladada a los votos mayoritarios en lugar de instalarla en el individuo y el gobierno como garante de aquellos consiguientes derechos. Ahora se ha desplazado la idea a los bienes: así se declama “la soberanía del petróleo” lo cual es tan desatinado como aludir a la soberanía de la zanahoria o del garbanzo.
El texto constitucional de 1853 estaba inspirado en los trabajos de Alberdi quien enfáticamente sostuvo en Sistema económico y rentístico de la Confederación Argentina según su Constitución de 1853 que “tanto la legislación minera, como los reglamentos de caza y pesca, las leyes agrarias y los estatutos rurales que han existido hasta aquí en la República Argentina, deben considerarse derogados”.
Esto marcaba una reacción frente a la legislación estatista-colonial, según Alberdi el “sistema de Carlos V y Felipe II a quienes se atribuye la ruina de la libertad económica” al efecto de mantenerse en guardia respecto a que “después de ser máquinas del fisco español, hemos pasado a serlo del fisco nacional”.
Luego, el llamado Estatuto de Hacienda y Crédito y la Ley Minera de 1886 modifican radicalmente ese espíritu y lo retrotrayeron al esquema colonial debido a que, como ha consignado Luis Roque Gondra, “la voracidad fiscal tiene más poder que las constituciones”.
A esto se agregaron dos artículos en el Código Civil de 1871 que, al decir de Joaquín V. González, “se deduce la vacilación o la incertidumbre del codificador para dar al derecho de propiedad de las sustancias minerales una posición jurídica, clara y terminante”.
Esta situación se viene agravando en los últimos tiempos y ha hecho eclosión con las recientes medidas de público conocimiento. Es de desear que pase esta ola de patrioterismo xenófobo digno de trogloditas y típico del nacionalismo fascista y retomemos la cordura en el contexto republicano, donde se abandonen la políticas del zigzag mezcladas con los negocios de amigos del poder que nada tienen de empresarios y mucho de barones feudales.
No se trata de inventar el círculo cuadrado jugando al profesionalismo en medio de la polítiquería. Hoy todo el cuadro de situación se presenta como de acendrado fascismo que, por definición, simula lo privado pero el aparato estatal maneja el flujo de fondos.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía, Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fué profesor y primer Rector de ESEADE.

Argentina: ya vimos la película:

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 19/4/12 en: http://www.diariodeamerica.com/front_nota_detalle.php?id_noticia=7238

Me recibí en la facultad de economía en 1964, el 28 de diciembre, día de los inocentes. En 1968, recién llegado de una beca en la Foundation for Economic Education de New York, el entonces presidente de la Bolsa de Comercio de Buenos Aires, Alberto Servente, me invitó a que dictara un curso en el recinto principal de esa institución. Elegí como tema la necesidad de privatizar empresas estatales, circunstancias en las que esos centros políticos estaban desangrando al país, a pesar de lo cual, en esa instancia, la opinión dominante era que la sola propuesta de traspasar activos a manos privadas se consideraba traición a la patria. Mientras dictaba el curso, entre el público, mi mujer y uno de mis cuñados escucharon de boca de algunos de los asistentes -disgustados por mis reflexiones- referencias injuriosas y muy poco elegantes respecto a mi madre. Con el correr del tiempo se fue entendiendo y aceptando la idea, especialmente en ámbitos universitarios, pero en un momento dado se bastardeó tanto la privatización traspasando monopolios estatales a monopolios privados en el contexto de una alarmante corrupción y ensanchamiento del gasto público que ahora, cuarenta y cuatro años después de mi aludido curso, la Argentina vuelve a fojas cero, por eso remarco aquello del día de los inocentes.
 
Se acaba de anunciar la re-estatización de la petrolera YPF, expropiando la mayoría accionaria en manos privadas y ha sido designado como interventor un ministro acusado de corrupción secundado por un ideólogo marxista, una combinación ideal a ojos de los dromedarios estatistas de turno.
 
En esta ocasión me veo obligado a repetir lo que dije hace más de cuatro décadas en la referida Bolsa de Comercio de Buenos Aires, lo cual naturalmente produce una buena dosis de cansancio moral, por no decir extenuación intelectual al repasar puntos que en toda buena universidad se enseñan en seminarios introductorios al estudio de la economía, pero antes de eso formulo algunas consideraciones específicas sobre el rubro energético.
 
La situación argentina en esta área (y en otras) se debe principalmente a la machacona política de manipular compulsivamente tarifas. Cuando un precio se mantiene artificialmente deprimido, la demanda se expande mientras que la oferta se contrae (y, consecuentemente, las inversiones disminuyen hasta que, en su caso, debe recurrirse a la importación de energía para suplir el zafarrancho). En un arranque tragicómico, el gobierno argentino pretende resolver el problema con lo dicho y a la situación deficitaria de caja del momento agrega la necesidad de indemnizar a los accionistas (con o sin juicios) y hacer frente a los pasivos de la empresa confiscada en su porción mayoritaria.
 
Estas señales horrendas son recibidas por los proveedores del otro setenta por ciento del mercado energético, ya que la empresa de marras solo abastece el treinta por ciento. Esos signos de inseguridad jurídica mayúscula hacen que esas otras empresas naturalmente se abstengan de invertir, todo lo cual agrava el problema de la energía argentina.
 
En la era de Carter en Estados Unidos (quien se hacía sacar fotografías en mangas de camisa en verano al efecto de mostrar que no usaba aire acondicionado “para ahorrar energía”), se fijó un techo a los precios del petróleo lo cual hizo acelerar el consumo y aparecieron colas en las estaciones de servicio al tiempo que se obstruyeron las señales para encarar fuentes alternativas de energía, es decir, el peor de los mundos, lo cual fue criticado, entre otros, por el premio Nobel en economía Milton Friedman, el ex secretario del tesoro William Simon y el entonces presidente de Citicorp Walter Wriston quienes señalaron enfáticamente los peligros y contribuyeron a modificar drásticamente la política.
 
Hasta el modo en que algunos burócratas se refieren a temas energéticos revela desconocimiento de magnitud respecto a cuestiones elementales, como cuando aluden a las reservas petroleras extrapolando al futuro el precio y la tecnología presentes, sin percibir que la provisión de energía y su consumo se modifican completamente al modificarse el precio respectivo, consecuencia de situaciones cambiantes que refleja el mercado. En otros términos, como ha destacado Friedman “si quieren sobrantes de petróleo el gobierno debe fijar precios mínimos, si quiere faltantes debe imponer precios máximos, pero si se desea que oferta y  demanda se equilibren y las cosas funcionen bien, hay que dejar los precios libres”.
 
Creo que en buena medida lo que anquilosa las mentes es la idea de soberanía. Bertrand de Jouvenel en Los orígenes del estado moderno explica que el concepto del soberano como sinónimo del rey fue derribado al señalar la limitación natural de todo ser humano, sin embargo al trasladarse la idea al pueblo parece que el límite se franqueó con el resultado de que, en definitiva, volvió a recaer en el gobernante con un áurea más contundente y más fuerte que en la época de las monarquías absolutas. Esta idea atrabiliaria se aplicó a distintos bienes y así se declama sin rubor alguno que el petróleo pertenece a la soberanía popular, lo cual es tan idiota como sostener la soberanía de la zanahoria o el garbanzo. En el caso argentino, se ha llegado al extremo en el que el secretario de cultura (subrayo el cargo) lanzó al ruedo la peregrina noción de la “soberanía cultural” al efecto de dictaminar sobre la lectura de lo que conviene y lo que no conviene leer, es decir, una nueva versión del Index y la inquisición cultural.
 
Solo parapetados en conceptos de esa laya es que puede envolverse empresas estatales en el pabellón nacional alegando que se trata de “bienes estratégicos”, sin percatarse que cuanto más vital un bien más razón para que funcione bien y para que se desarrolle con todos los rigores del mercado sin privilegios de ninguna naturaleza.
 
Por supuesto que hay empresas que la juegan de privadas pero llevan a cabo sus negocios en los despachos oficiales y las hay que están sometidas al manotazo en sus flujos de fondos por parte de los aparatos estatales. Ninguna de las dos cosas representa el benéfico proceso de mercado: en un caso con ladrones de guante blanco y en el otro son víctimas del atropello del Leviatán.
 
Empresa estatal es una denominación que constituye una contradicción en términos puesto que no resulta posible simular y hacerse pasar por empresario, el cual arriesga recursos propios en la administración de los factores productivos, y si tiene éxito en satisfacer los deseos de los consumidores obtiene ganancias y en la medida en que se equivoca incurre en quebrantos, a diferencia de lo que sucede cuando se politiza el proceso, situación en la que la asignación de activos y conveniencia de pasivos opera a espaldas del mercado.
 
Más aun, la sola constitución de la llamada empresa estatal o la estatización de una privada inexorablemente significa derroche de capital puesto que, como todo no puede hacerse al mismo tiempo, se alteraran las prioridades de la gente (si se hace lo mismo que se hubiera decidido en el plebiscito diario del mercado, no tiene sentido intervenir y pueden ahorrarse los gastos administrativos correspondientes).
 
Incluso si por ventura la “empresa estatal” (en base a contabilidades confiables) arrojara ganancias, habría que preguntarse el por qué de ese resultado y si no estarán las tarifas demasiado altas. Por otra parte, la competencia tampoco es un simulacro: se está en el mercado con todo que ello implica o se está en la órbita política con todos los privilegios consiguientes (si se dijera que se abrogan todas las prebendas para “competir” no hay razón para mantener la empresa en el sector estatal).
 
Se suele argumentar la conveniencia de estatizar porque las privadas “no reinvierten lo suficiente” y las extrajeras giran sus utilidades al exterior. Toda actividad empresaria que se mantiene a flote en el mercado sin privilegios ofrece bienes y servicios que mejoran la situación de los consumidores. Lo que hacen con el resultado de esa mejora dependerá de las condiciones económicas del país en cuestión y, sobre todo, de su marco jurídico. De todos modos, como queda dicho, los beneficios para el consumidor ocurren, la contrapartida debe ser analizada por cuerda separada, ya se sabe que sería más atractivo que todos los capitales del orbe inviertan en cierto país, pero es harina de otro costal.
 
Todas estas consideraciones son aplicables a las empresas mixtas en la parte que corresponde al aporte estatal (léase compulsivamente de los contribuyentes) y si se recluta el capital privado en base a exenciones y otras canonjías debe extenderse el análisis también a esa parte.
 
No es que los burócratas sean malas personas y los que se desempeñan en el sector privado sean por su naturaleza buenas, ni que en un caso sean profesionales de menor calado que en el otro, se trata de incentivos. La forma en que se prenden las luces y se toma café es distinta en un caso que en otro. Lo que es de todos no es de nadie y aparece indefectiblemente la “tragedia de los comunes”.
 
El economista decimonónico Frédéric Bastiat nos recuerda que el análisis de estas cuestiones requieren de una visión muy amplia al efecto de prestar debida atención “a lo que se ve y a lo que no se ve”. Se ve un edificio estatal reluciente en mármoles y otras delicadezas para cobijar funcionarios en reparticiones varias (que, además, suelen emprenderla contra actividades pacíficas y voluntarias), pero, en cambio, lo que no se ve son los faltantes de biberones y leche como consecuencia que los recursos fueron a parar al mencionado edificio.
 
La transferencia de activos de las llamadas empresas estatales al sector privado puede realizarse a través de licitaciones abiertas al mejor postor, venta en el mercado de capitales si se encuadrara en la figura de la sociedad anónima o directamente la entrega sin cargo de acciones a residentes bajo diversos procedimientos que han sido aplicados en otros países.
 
Desde luego que lo dicho es aplicable a todas las empresas en manos del estado incluyendo bancos, los cuales en la medida en que otorgan créditos subsidiados acentúan el derroche de capital que hemos mencionado y, por tanto, contribuyen a reducir salarios e ingresos en términos reales puesto que éstos solo puedan elevarse como consecuencia de las tasas de capitalización.
 
En resumen, casi todo lo que viene ocurriendo en la Argentina es la repetición de políticas populistas que se enancan a la agresión al poder judicial y a la prensa independiente en la esperanza de poder arrasar con más facilidad con lo poquísimo que queda de la tradición alberdiana, que desde la organización nacional hasta la incursión del fascismo socialista hizo de la Argentina uno de los países más prósperos del orbe. Ya vimos la película de lo que hoy sucede, esperemos que se reaccione a tiempo antes de que sea tarde y nos convirtamos en otra Venezuela o Cuba.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía, Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fué profesor y primer Rector de ESEADE.