Intervencionismo, envidia, ganancias y pérdidas

Por Gabriel Boragina. Publicado en: http://www.accionhumana.com/2020/02/intervencionismo-envidia-ganancias-y.html

 

Hay razones psicológicas muy profundas que subyacen al intervencionismo estatal. Estos fines inconfesables son los que se esconden detrás de toda una retórica que tiene por falso “fundamento” la perorata de la “justicia social” la “exclusión” e incluso muchas veces apelan a sentimientos religiosos como cuando ciertos sectores embanderan un supuesto “amor al prójimo” para justificar el latrocinio estatal. En realidad, los motivos ocultos y reales son muy otros. Veamos:

“Los intervencionistas no se aproximan al estudio de los asuntos económicos con desinterés científico. La mayoría se mueven por un envidioso resentimiento contra aquellos cuyas rentas son superiores a las suyas. Esta inclinación les hace imposible ver las cosas como realmente son. Para ellos, lo principal no es mejorar las condiciones de las masas, sino dañar a empresarios y capitalistas incluso si esta política hace víctima a la inmensa mayoría del pueblo.”[1]

Tampoco tienen conciencia que, a la larga, tales medidas también los terminarán perjudicando a ellos mismos. Portan, por lo tanto, una visión cortoplacista y muy miope que, de todas maneras, en el corto plazo podrá rendirles algún fruto, aunque mas no sea el placer psicológico que les producirá el ver menoscabados a aquellos cuyas fortunas (grandes, medianas o pequeñas) envidian. A pesar del tiempo transcurrido desde que dichas palabras fueran escritas, no deja de ser preocupante que L. v. Mises estuviera describiendo el mundo de nuestros días, demostrando la pobrísima evolución moral de la humanidad en su conjunto. En tal sentido, no hay egoísmo malsano en el capitalismo, pero si los intervencionistas demuestran el peor de los egoísmos imaginables al concebir y aconsejar sus políticas. Las políticas que patrocinan interferencias en el mercado hallan su último fundamento no mas que en razones de mezquindad de sus proponentes.

“A los ojos de los intervencionistas, la mera existencia de beneficios es algo objetable. Hablan de beneficio sin ocuparse de su corolario, la pérdida. No comprenden que beneficio y pérdida son los instrumentos por los que los consumidores mantienen con fortaleza las riendas de todas las actividades empresariales.”[2]

Así, el mismo autor que ahora nos encontramos comentando, ha definido al mercado (en rigor, a su funcionamiento) como la democracia perfecta. En él, gobierna la mayoría, conformada por las masas de consumidores quienes son los que dictan las directivas a los empresarios para que produzcan y comercialicen todo lo que aquellos consumidores desean, tanto en cantidad como en calidad. Otros han hablado de lo mismo nominándolo como el sistema donde prevalece la soberanía del consumidor que es lo que caracteriza al orden capitalista de producción, y que es, precisamente, lo que irrita a los intervencionistas y por lo cual no lo toleran. Subyace en el pensamiento intervencionista la teoría de la suma cero, basada, a su turno, en el tristemente célebre Dogma Montaigne.

“Son los beneficios y las pérdidas los que hacen a los consumidores supremos en la dirección de los negocios. Es absurdo contrastar producción para el beneficio y producción para el uso. En el mercado no intervenido, un hombre solo puede conseguir ganancias proporcionando a los consumidores de la forma mejor y más barata los bienes que estos quieren usar.”[3]

Y por contraste, cuando el mercado deja de ser libre (en todo o en parte) este fenómeno no sucede, porque quien decide quién gana y quién pierde es la autoridad política y burocrática, lo que caracteriza al intervencionismo y lo que marca la época en la que estamos insertos. Hoy en día, el mercado esta tan pero tan distorsionando por el cúmulo de intrusiones gubernamentales que padece siempre inmolado constante por recurrentes medidas políticas, que resulta no sólo extremadamente difícil sino hasta imposible determinar a qué factor especifico se deben las pérdidas y las ganancias de los agentes económicos. Lo que sí es claro que, a medida que el tamaño del estado-nación crece el mercado disminuye y la redistribución (fruto de esa injerencia) hace que los perdedores y los ganadores respectivamente no merezcan serlo.

“Ganancias y pérdidas quitan los factores materiales de producción de las manos de los ineficientes y los ponen en manos de los más eficientes. Su función social es hacer a un hombre más influyente en la dirección de los negocios cuanto más éxito tenga en fabricar productos que reclama la gente.”[4]

Se comprende la importancia fundamental de que el mercado sea libre de manipulaciones estatales que obstaculicen el juego armónico de la oferta y de la demanda, sin normas que alteren precios relativos, sin controles de ninguna índole, sin más restricciones que las que el mismo mercado impone conforme a sus propias leyes. Las ganancias -vigentes tales condiciones- son las señales que le indican -tanto a productores como a consumidores- donde se encuentran los empresarios más acreditados y eficaces. En tanto que las pérdidas revelan a los mismos participantes del proceso quiénes son los menos aptos para el manejo de los negocios en aquellas áreas donde no han obtenido éxitos. Si el gobierno y la burocracia interfieren con este sano mecanismo -a la larga- toda la economía se desploma.

“El consumidor sufre cuando las leyes del país impiden que los empresarios más eficientes expandan la esfera de sus actividades. Lo que hizo que algunas empresas se convirtieran en “grandes empresas” fue precisamente su éxito en atender mejor la demanda de las masas.”[5]

Como decimos anteriormente, el grado de intervencionismo ha crecido tanto que hoy en día resulta ya difícil poder distinguir con claridad cuando una gran empresa lo es debido a la acción del gobierno y cuando a la del mercado. Muchas voluminosas empresas del pasado han sucumbido merced a las interferencias de las leyes que desfiguran el funcionamiento del mercado. Otras, en cambio, se adaptaron a las medidas intervencionistas y renunciaron paulatinamente a lograr sus beneficios por las vías de un mercado libre que, patuletamente, iba siendo sepultado bajo una maraña de normas, decretos, regulaciones, disposiciones, leyes, ordenanzas de todo tipo, sin dejar de lado fallos judiciales atentatorios contra la libertad de mercado. El caos que vive el universo económico de nuestra época halla su origen en todo lo dicho.

[1] Ludwig von Mises, Caos planificado, fuente: http://mises.org/daily/2454 (Publicado el 3 de febrero de 2007). pág. 10

[2] L. v. Mises ibidem, pág. 10-11.

[3] L. v. Mises ibidem, pág. 11

[4] L. v. Mises ibidem, pág. 11

[5] L. v. Mises ibidem, pág. 11

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero. Síguelo en  @GBoragina

Las inconsecuencias del “capitalismo de estado”

Por Gabriel Boragina. Publicado el 14/5/16 en:  http://www.accionhumana.com/2016/05/las-inconsecuencias-del-capitalismo-de.html

 

Como ya dijéramos en otras ocasiones, la expresión “capitalismo de estado” se hecho más frecuente que la de socialismo, según L. v. Mises con el objetivo deliberado de encubrir a este último sistema y, con ello, simular sus notorios defectos. Pero, en esencia, no hay que llamarse a engaño y creer que el “capitalismo de estado” sería algo diferente al socialismo, aunque no faltan autores que hacen ciertas distinciones y que acercan más la fórmula “capitalismo de estado” a lo que L. v. Mises ha denominado intervencionismo. No obstante -y desde nuestro propio punto de vista- hemos de coincidir con el maestro austriaco en cuanto a que lo que se describe como tal no es ninguna otra cosa que un nombre un poco más “elaborado” para renombrar a lo que siempre se ha conocido como socialismo liso y llano.

“En el capitalismo de Estado más inexorablemente que en sistemas sociales más abiertos, una cosa lleva a la otra, y cuando se elimina una inconsecuencia, aparecen otras que a su vez reclaman su eliminación. La sección final y futurista de este libro («En la plantación») versa sobre la lógica de un Estado que posee todo el capital, necesitando poseer también a sus trabajadores. Los mercados de trabajo y bienes, la soberanía del consumidor, el dinero, los empleados-ciudadanos que votan con los pies son elementos extraños que estorban a algunos objetivos del capitalismo de Estado. En la medida en que se relacionan con él, el sistema social llega a incorporar algunas características del viejo Sur paternalista.”[1]

Por otra parte, si se aceptara la existencia de un “capitalismo de estado”, ello nos llevaría forzosamente a la necesidad de distinguirlo de un capitalismo privado, con lo cual se crearía una categoría que -a renglón seguido- daría lugar a otras y así sucesivamente. Ya hemos dado en varias partes razones que creemos suficientes como para estar convencidos que recurrir al neologismo capitalismo privado no consiste en otra cosa más que en una redundancia, que no hace más que generar confusión y la necesidad de entrar en recurrentes aclaraciones respecto de qué se está hablando cuando se lo hace naturalmente del capitalismo. Hemos sido pertinaces en cuanto a que si queremos tener en claro qué es el capitalismo debemos separarlo necesariamente de toda connotación estatal. El capitalismo es un sistema económico que, como tal, no puede funcionar adecuadamente si el estado-nación lo interfiere y –lógicamente- si termina anulándolo.

“El pueblo tiene que convertirse en esclavos mobiliarios en aspectos relevantes. No poseen, sino que deben su trabajo. No hay «desempleo», los bienes públicos son relativamente muy abundantes, y los «bienes de mérito» como alimentación sana o discos de Bach, baratos, mientras que los salarios son poco más que calderilla según los niveles medios del mundo exterior. El pueblo tiene su ración de vivienda y transporte público, atención sanitaria, educación, cultura y seguridad en especie, en vez de recibir cupones (de dinero, ni hablar) y la correspondiente responsabilidad de elección. Sus gustos y temperamentos se modifican de acuerdo con esto (aunque no todos se convierten en adictos; algunos pueden volverse alérgicos). El Estado habrá maximizado su poder discrecional antes de que finalmente descubra que se encuentra ante un nuevo apuro.”[2]

La descripción anterior de lo que sería un “capitalismo de estado” recuerda más bien al tristemente célebre “estado de bienestar” o “benefactor”. Y efectivamente, bastante poca es la diferencia que aparta a este tipo de “estados” del estado socialista como siempre se lo ha conocido y tanto se lo ha estudiado. Pero nos parece suficientemente descriptivo el párrafo cuyo resumen se encuentra perfectamente sintetizado en la primera oración del mismo, cuando el autor dice muy claramente que en el “capitalismo de estado” “El pueblo tiene que convertirse en esclavos mobiliarios en aspectos relevantes”. Llámesele como se le quiera llamar, “capitalismo de estado” o socialismo, o los sistemas intermedios que conducen hacia este último como el intervencionismo del que participan el “estado benefactor” o “de bienestar”, todos ellos que, en realidad no son más que uno –al fin de cuentas- conducen a la pérdida de toda libertad, y con ella se anula la acción y la motivación del ser humano. Principalmente, se elimina todo incentivo a progresar, porque se diluye el sentido de la responsabilidad personal.

“Volvamos a la idea de una sociedad donde los individuos tienen un título sobre su propiedad y sus cualidades personales (capacidad de esfuerzo, talentos) y son libres de venderse o alquilarse en condiciones voluntariamente acordadas. La producción y la distribución en tal sociedad estarán simultáneamente determinadas, aproximadamente, por el título y por el contrato, mientras que sus acuerdos políticos estarán al menos estrechamente limitados (aunque no completamente determinados) por la libertad de contratar. Sólo el Estado capitalista, con los fines metapolíticos que le atribuimos para conservarse en su sitio, puede sentirse cómodo dentro de tales límites. El Estado adversario, cuyos fines compiten con los de sus ciudadanos y que confía en el consenso para ganar y conservar poder, debe proceder a echarlos abajo. En el caso extremo, sustancialmente puede abolir el título de propiedad y la libertad de contratar. La manifestación sistemática de este extremo es el capitalismo de Estado.”[3]

Aunque nosotros insistimos en aislar (y mantener alejadas) las esferas que corresponden al capitalismo por un lado, y al “estado” por el otro, podemos comprender perfectamente la idea que nos describe el autor en la cita que antecede. Según su nomenclatura, lo que él llama “Estado capitalista” puede garantizar la existencia de lo que simplemente vamos a rotular comoderechos de propiedad comprendiendo en esta última locución tanto la posibilidad de poseer a nombre propio bienes materiales como la de disponer de su propia fuerza de trabajo. El criterio de distinción que parece esbozar el autor, consiste en que el “estado capitalista” reconoce límites que le impiden competir con los fines de los ciudadanos que operan bajo su órbita. Al aludir al caso extremo, lo que denomina “estado adversario” no es otra cosa que el “capitalismo de estado” o -lisa y llanamente- según nuestro propio léxico, el estado socialista.

[1] Anthony de Jasay. El Estado. La lógica del poder político. Alianza Universidad. Pág. 22/23

[2] Anthony de Jasay. El Estado. ..ob. cit. Pág. 22/23

[3] Anthony de Jasay. El Estado ….ob. cit.. Pág. 174

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

Explotación y plusvalía.

Por Gabriel Boragina. Publicado el 27/9/14 en: http://www.accionhumana.com/2014/09/explotacion-y-plusvalia.html

 

La principal crítica que suele hacerse al sistema capitalista dice que, como consecuencia de su funcionamiento, los obreros o trabajadores -en general- son “explotados” por los capitalistas que los emplean.
Este planteo tiene su origen en la teoría de “la plusvalía” marxista, por la cual K. Marx sostenía que “el valor” de todos los bienes que se producen en el mercado reside pura y exclusivamente en el trabajo que a ellos les dedican tales obreros y empleados. Del total de este “valor”, el capitalista extraería una pequeña porción del mismo que entregaría al obrero en concepto de salario, y la “mayor diferencia” se la apropiaría aquel para sí mismo. A esta “mayor diferencia”, K. Marx la llamó “plusvalía”. De donde concluirá que el obrero era “explotado” por el capitalista y por esa misma diferencia (o “plusvalía”).
De inmediato, aparecieron varios detractores de esta absurda tesis, entre los que destacaron, como los más contundentes, los autores de la Escuela Austriaca de Economía, principalmente su fundador Carl Menger, y uno de sus más aventajados discípulos, Eugen von Böhm Bawerk, los que con éxito demostraron que no existe tal “plusvalía”, ya que el valor de las cosas no descansa en su trabajo. Las cosas no valen porque se haya “trabajado” en ellas, sino que se les dedica trabajo porque valen. El valor es anterior al trabajo y no su resultado. Esto es de sentido común en realidad, como demostraremos seguidamente.
Cuando el ama de casa va de compras al supermercado y compra una salsa de tomates, al llegar a la caja para pagar no le pregunta a la cajera “cuantas horas de trabajo utilizó el empleado de la plantación de tomates para la cosecha del producto”, y en función de esa respuesta conocer y pagar la supuesta “plusvalía”. Simplemente, elije la salsa de tomates considerando solamente dos parámetros: 1) el precio y 2) la calidad del producto, (y -quizás- uno tercero, relacionado con el segundo, que es la marca). En su elección, no cuenta la “plusvalía”, no sólo porque no la conoce (ni puede conocerla) sino y fundamentalmente porque no le interesa en absoluto para consumar su compra.
Supongamos ahora que el capitalista productor de tomates quisiera ganar $ 500 por cada unidad de salsa de tomates y el obrero de la plantación que lo cosecha estimara por su trabajo su “plusvalía” también en $ 500.- por unidad (es decir, en la misma suma), pero que sin embargo, terminado el producto y puesto a la venta en el comercio minorista, el público decide no pagar más de $ 100.- por cada unidad de esa salsa. ¿Dónde queda pues la “plusvalía” del obrero cosechador y de su patrono el productor capitalista? Exacto: queda en la nada…en cero. Lo que demuestra nuevamente que la fantasmagórica “plusvalía” no es más que un febril e imaginario invento marxista. Toda la ganancia, tanto del obrero como del capitalista estará contenida en alguna suma inferior al precio de venta que el consumidor ha decidido libremente pagar. Lo que, a su turno, nos dice que, tanto la ganancia del capitalista como el salario del obrero emergen de ese precio de $ 100.- abonado finalmente por el ama de casa en el supermercado, y que es el precio que estima justo para una unidad de salsa de tomates. ¿Alguien quiere hablar en este supuesto de “explotación”? Pues es libre de hacerlo. Pero en todo caso, quien estaría “explotando” al obrero de la plantación de tomates no es el capitalista, sino el consumidor. Aunque en realidad, el consumidor no está “explotando” a nadie, simplemente está pagando lo que considera es el precio de mercado, el precio justo del producto que adquiere, lo mismo cuenta para cualquier bien o servicio: ropa, calzado, electrodomésticos, muebles, inmuebles, automotores, barcos, aeronaves, motores, fábricas, empresas, etc. En el capitalismo, el consumidor decide quién gana y quién pierde. Quien pierde podrá quizás lamentarse y considerarse “explotado por el sistema”, pero esto le importa un comino al consumidor. En el capitalismo, el consumidor es el soberano, el director real del “sistema”, y tiene al capitalista y a sus obreros y empleados, a sus pies.
¿Y quién es el consumidor de los productos elaborados por el capitalista? Pues –curiosamente- sus mismos obreros y empleados, mas los obreros y empleados de los demás capitalistas que compiten con el primero. Con lo que, quien decide su nivel de ingresos como obrero de la plantación es el mismo obrero en su rol de consumidor al consumir la salsa de tomates que el mismo ha colaborado en producir mediante el trabajo de cosecha.
Alguien podría pensar que la “explotación” surgiría de todos modos en la manera en que el capitalista distribuye esos $ 100.- (que -en definitiva- el consumidor paga por cada lata de tomates) guardándose para sí $ 99 y entregándole $ 1 al obrero. Pero esta suposición sigue siendo pueril. En la vida real del mercado, con esos $ 100.- obtenidos por el capitalista deberá: 1) pagar los créditos que haya tomado para llevar adelante su producción, por ejemplo, préstamos bancarios, de los cuales deberá sufragar el capital prestado y sus intereses. 2) Seguidamente, de esos $ 100.- también deberá pagar los costos de sus instalaciones (amortización de maquinarias, alquileres, hipotecas, gastos de energía como luz, gas, teléfono, combustible de cosechadoras, etc.). 3) De esos $ 100.- también deberá afrontar los impuestos con los cuales el gobierno grava todo lo anterior, más también su producción. 4) Luego, de esos $ 100.- deberá pagar los salarios de sus obreros y empleados. Y, (5) recién en quinto lugar, luego de pagar todos esos gastos previos, podrá deducir lo que se llama su “ganancia”. De donde observamos que, descontados todos sus costos, sus “ganancias” apenas representarán un quinto de lo cobrado por el producto final.
Va de suyo que, la distribución de esos $ 100.- no puede hacerla de un modo tal que “explote” a sus prestamistas; locadores; proveedores de materias primas; servicios públicos; al fisco, obreros, empleados, etc. Todos estos costos del capitalista son costos fijos, y no puede decidir no pagarlos o pagarlos en la cuantía “que quiera”, so pena de quebrar y cerrar definitivamente su producción. No le queda pues ningún margen para “explotar” a sus obreros y/o empleados. No le queda más remedio que pagarles lo que realmente les debe por su trabajo. Que como ya vimos, no consiste en ninguna “plusvalía”, cuya inexistencia ya hemos demostrado.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

¿Hay virtudes en el Socialismo?

Por Guillermo Luis Covernton. Publicado el 4/4/13 en http://guillermoluiscovernton.wordpress.com/2013/04/04/hay-virtudes-en-el-socialismo/

 Ante la pregunta de un amigo, alumno de UCA, y genuinamente preocupado por los problemas sociales, que me puso a reflexionar sobre una respuesta a porque los socialistas no logran sus objetivos, o que pasaría si fueran gente virtuosa, preparé la siguiente explicación, que comparto con Uds.

 ¿No hay socialistas buenos, que puedan lograr una sociedad más justa?

 No tengo dudas de que puede haber personas que sean coherentes con las ideas socialistas que pregonan. El hecho de que yo no haya conocido jamás a ninguno, no indica que no puedan existir. A lo sumo es un problema de desconocimiento de esas personas, de mi parte.

De lo que sí estoy muy seguro, es que las ideas del socialismo son absolutamente inconducentes al paraíso que proponen. Sencillamente porque nos llevan en otra dirección. No importando quienes las lleven a cabo. Ni que sean corruptos como Chávez o Castro o que sean virtuosos como la Madre Teresa de Calcuta o SS Francisco. El problema del Socialismo, que es un asunto diferente al que planteaste, es que termina vulnerando la naturaleza de las personas.

Es propio del ser humano, es una aspiración genuina y un derecho humano fundamental, poder acceder a tener bienes en propiedad. El derecho de propiedad es inherente a la naturaleza humana y es esencial a la dignidad de las personas. Los fundamentos de esto pueden encontrarse no solo en escritos económicos, sino en la propia doctrina social de la iglesia. Todos los sistemas sociales que pretendan lograr sus objetivos a través de mecanismos que afecten o vulneren el derecho de propiedad son inconducentes, inmorales y perversos, porque violan derechos humanos esenciales. El socialismo implica aplicar una re-distribución de bienes diferente a la que las personas pueden arribar mediante sus arreglos libres y voluntarios, en un sistema de economía libre, abierta y sin injerencia gubernamental. También implica afectar el sistema de precios que revela información esencial que es solo descubrible por este mecanismo. Y cuando se intervienen los precios, nos quedamos sin conocer las necesidades y las valoraciones de los millones de individuos que integran la sociedad. Por ende, por muy buenas que sean nuestras intenciones, jamás vamos a poder atender a sus necesidades, siguiendo sus propias escalas de jerarquías, privilegiando lo que consideran urgente y difiriendo lo que consideran accesorio, sencillamente porque no vamos a tener esa información esencial. Por lo tanto, vamos a producir menos, y vamos a producir bienes no tan deseados como otros de los que careceremos. La sociedad va a caer en la miseria. No importa que la maneje Hitler, Castro o un pajarito chiquitico que encarne el espíritu de Chávez. La gente va a ser cada vez más pobre. La asignación de recursos va a ser cada vez peor. No habrá innovación tecnológica, nuevos productos y servicios ni forma de descubrirla. Sin una economía abierta, libre, basada en arreglos libres y voluntarios en el mercado, que funcione cerca, el ideal socialista no tiene forma de guiar la producción ni de asignar recursos, ni de premiar la creatividad, la innovación y la búsqueda de la prosperidad, inherente a la persona humana. Solo puede haber intentos de socialismo, parasitando e intentando emular a una economía libre.

Guillermo Luis Covernton es Dr. En Economía, (ESEADE). Es profesor de Macroeconomía, Microeconomía, Economía Política y de Finanzas Públicas en la Pontificia Universidad Católica Argentina, Santa María de los Buenos Aires, (UCA). Es director académico de la Fundación Bases.