Con la pandemia el sector privado no podrá seguir sosteniendo la burocracia estatal

Por Roberto Cachanosky. Publicado el 18/3/2020 en: https://www.agrositio.com.ar/noticia/209231-con-la-pandemia-el-sector-privado-no-podra-seguir-sosteniendo-la-burocracia-estatal-por-roberto-cachanosky

 

La presión tributaria alcanzó niveles extremos. Cualquier atraso en el cobro de impuestos por la crisis local e internacional deberá ser compensado con ahorro de gasto público…

No sabemos cuánto tiempo va a durar esta pandemia del coronavirus y si se encontrará la solución al problema. Lo cierto es que de extenderse en el tiempo esta crisis, inevitablemente cambiará la forma de trabajar. Desaparecerán millones de puestos de trabajo y se crearán otros e incluso se modificará la forma de trabajar.

En lo inmediato hay sectores que recibirán el impacto de la pandemia en forma plena: compañías aéreas, comercios en los aeropuertos, hoteles, restaurantes, bares, shopping centers, teatros, cines y todo lo que tenga que ver con el espectáculo. Incluso los salones que se alquilan para conferencias pierden ingresos al suspenderse congresos, conferencias, etc., lo cual afecta, por carácter transitivo, al sonidista que contratan y vive del trabajo que le brindan esas conferencias, los servicios de catering, el que filma la conferencia, etc. De manera que acá va a haber mucha gente que la va a pasar muy mal, y esa gente que la va a pasar muy mal es toda del sector privado.

Ni hablar de sectores como inmobiliarias o las concesionarias de autos. Si ya venían mal, con este tema es muy probable que la gente postergue las escasas decisiones de invertir en una propiedad o cambiar el auto. ¿Quién suelta un dólar ahora?

El señor del kiosco, que trabaja con lo que le vende a la gente que pasa por su negocio, también va a tener menos ingresos por el menor flujo de gente. Otro que va a sufrir las consecuencias económicas.

Considerando el sobredimensionamiento del estado, luce razonable que los empleados públicos ligados a la burocracia, de todos los niveles de gobierno, también hagan su aporte y cobren un sueldo menor al que reciben. Ellos viven de los impuestos que genera el sector privado y el sector privado estará colapsado por la falta de ventas que le impedirá pagar impuestos. No se generarán ingresos y, por lo tanto, no habrá plata para pagar los impuestos para sostener un aparato burocrático sobredimensionado. Ese menor sueldo se lo puede compensar parcialmente con los empleados estatales quedándose en sus casas y ahorrándose transporte y comidas fueras del hogar. No luce lógico que mientras el sector privado agoniza económicamente, la burocracia estatal siga cobrando como si en el mundo no pasara nada. Justamente, en este momento de crisis, es fundamental que el gobierno decrete una amplia desregulación de la economía para que se tengan que hacer menos trámites que complican la operatoria del sector privado, al punto que en épocas normales tienden a paralizar las operaciones de las empresas. Eliminando regulaciones, habrá menos trámites que realizar, menos movimientos de personas y menos empleados públicos utilizando medios de transporte con el riesgo de esparcir el virus.

Por ejemplo, hoy existe la tasa de abasto, que es una tasa que cobran los municipios a quienes entran con productos alimenticios. Un camión con que lleva hamburguesas a los comercios de un municipio tiene que hacer el trámite de para a pagar la tasa de abasto, que es una especie de aduana interna entre municipios. Si ese camión tiene que repartir en tres municipios, tiene que hacer el trámite de la tasa de abasto en cada uno de los municipios. Esto es muy común en la provincia de Buenos Aires. Bien, trámites de ese tipo que pueden eliminarse, hay en toneladas.

Lo que veo complicado es declarar un cese de actividades por 10 días o más, porque hay mucha gente que vive de su ingreso diario. Tomemos el caso de un taxista que alquila el taxi. Esa persona tiene que pagar el alquiler diario, cargar combustible y generar ingresos suficientes para cubrir el costo fijo del alquiler del taxi, el combustible y recién ahí recaudar para llevar plata a su casa para pagar las cuentas. Esa persona no tiene espaldas para resistir ni una semana. Si no lo mata el virus, se muere por inanición si se paraliza todo el país.

Pero dentro de todas las malas noticias que se presentan para la economía por el coronavirus, la buena noticia es que hoy disponemos de un salto tecnológico que nos permite seguir realizando tareas a distancia. Por ejemplo, las secretarias pueden trabajar perfectamente desde sus casas y comunicarse con sus jefes por Skype, WhatsApp, mail, teléfono o celular. Pueden hacerse puentes para recibir y transmitir llamados telefónicos.

Las reuniones presenciales de trabajo se pueden hacer en forma grupal en cualquier plataforma que sea un meeting room virtual. Personalmente he hecho reuniones de trabajo por Skype, donde se pueden crear grupos en los que entran varias personas a realizar una reunión que antes se hacía presencialmente.

Las aulas virtuales no son algo nuevo. Por lo menos existen desde hace 20 años. Mi hermano, fallecido, fue un pionero en dar clases de postgrado por internet. Personalmente he dado clases en sus cursos en aulas virtuales donde había alumnos que entraban al aula virtual en forma simultánea desde Tucumán, México, Colombia, Guatemala y otros países de Centro América, que era donde se había enfocado el mercado de esos postgrados. De manera que las clases de colegios y universidades pueden seguir dándose sin problema. Hay aulas virtuales que permiten seguir normalmente con las clases.

Lo mismo se pueden seguir haciendo conferencias online en meeting rooms que aceptan hasta 200 participantes simultáneamente.

Las compras online son otro mecanismo que permiten seguir teniendo actividad económica sin aglomeraciones. Si la epidemia se extiende en el tiempo, posiblemente los supermercados tiendan a desaparecer y aparezcan más comercios de barrio como cuando era chico. No es nuevo el delivery. 50 años atrás existía el almacén de la esquina al que uno le llevaba el pedido y lo traía “el chico del almacén” en un gran canasto de mimbre. Ahora se modernizó y hay aplicaciones en los celulares que permiten hacer las compras online y llega la moto o un camión de reparto. El que tenga el sistema más eficiente para recibir y entregar los pedidos ganará más mercado.

En lo que hace a las fábricas, tienden a estar automatizadas. Ya no es tan común que en las industrias haya legiones de operarios en la planta. Un auto lo fabrica un robot, no legiones de operarios pintando el auto, poniendo tornillos y ruedas.

En definitiva, la mayor cantidad de puestos de trabajo hoy día está en el rubro servicios y dicho rubro en gran medida puede hacerse vía internet. El tema consistirá en tener un buen servicio de internet y logística de distribución.

El dato que surgirá, si esto continúa, es que muchos puestos de trabajo están en el estado y no cumple ninguna función útil. Es más, muchas de los trámites que hay que hacer son trabas que inventan los mismos burócratas para justificar su puesto de “trabajo”. Esos también tienen que reconvertirse como cualquier ser humano del sector privado que todos los días se levanta para ver cómo hace para sobrevivir.

En definitiva, ante la cruda realidad del coronavirus, todos vamos a tener que repensar nuestra forma de trabajar y, tal vez, sea el momento en que el gobierno reformule toda esa inmensa burocracia que ya no podrá ser bancada por el sector privado y entorpece el funcionamiento del sector productivo.

Todos tenemos que poner las barbas en remojo y no hay sector que se sienta con el derecho a ser privilegiado como es la burocracia estatal.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE. Síguelo en @RCachanosky

¿Por qué ahorrar, ahora?

Por Iván Carrino. Publicado el 29/3/17 en: 

 

*Charla presentada en el marco del Global Money Week, organizado por Junior Achievement Argentina, con el apoyo de HSBC, en el Centro Universitario de Vicente López, el 29 de marzo de 2017.

GMW

Juan tiene un sueldo de 30.000 pesos por mes. No está nada mal. Todos los meses paga el alquiler, el agua, la luz, el gas, el celular, y le queda un resto. Con él, decide salir a comer, va a al boliche dos veces por semana, y dos veces por mes revienta la tarjeta de crédito en el negocio de ropa favorito.

Juana trabaja en una empresa y tiene un puesto similar. Cobra aproximadamente lo mismo y después de los gastos fijos, siempre separa una parte de su ingreso para destinarlo al ahorro. Obviamente, esto implica que no siempre se da “todos los gustos” y muchas veces tiene que decirles a sus amigas y amigos que “esta noche no está para salir”.

¿Qué difícil la vida de Juana, no?

Puede parecer así a corto plazo, pero pensémoslo a un plazo más largo.

20 años después, Juan está preso de sus propias decisiones. Le gustaría abandonar su trabajo y poder dedicarse a otra cosa, pero está atrapado en un mar de deudas. Necesita cobrar su sueldo todos los meses de manera de pagarlas y no puede darse el lujo de dejar su rutina. Sus gastos fijos son hoy todavía más altos, siempre está con “la soga al cuello”. Antes trabajaba para ganar dinero. Hoy trabaja para pagar deudas.

Juana está en una situación muy distinta. No está mal en su trabajo, porque no tiene la presión de que tiene que ir a la oficina sí o sí. Sin embargo, está pensando invertir en un negocio de ropa. Siempre le gustó el diseño y se quiere animar a dar el salto. Está decidida, e invertirá sus ahorros en este nuevo proyecto.

Su sueño es, en unos años, poder vivir de su emprendimiento.

El ahorro, y el pensar a largo plazo, fue lo que ayudó a Juana. ¿Por qué no va a ayudar a la economía en su conjunto?

A menudo escuchamos que el ahorro es enemigo del crecimiento económico. Los economistas keynesianos suelen enfatizar que lo que mueve a la economía es el consumo y que lo que hay que hacer es “poner plata en el bolsillo de la gente” para que puedan consumir cada vez más.

Más consumo es más demanda, y más demanda es mayor producción. ¡La receta de la prosperidad!

El ahorro, por supuesto, queda como el enemigo número uno de esta receta mágica.

El problema de esta visión es que no comprende la verdadera función social que tiene ahorrar.

Esta función, y su importancia para el desarrollo de las economías, la destacó Eugen von Böhm-Bawerk, que escribió en 1901:

…que lo que “todo el mundo conoce como ahorro” tiene en primer lugar su lado negativo, esto es, el no consumo de una porción de nuestros ingresos o, en términos aplicables a nuestra sociedad que utiliza el dinero, el no gasto de una porción del dinero recibido anualmente. Este aspecto negativo del ahorro es el más evidente en las conversaciones cotidianas y a menudo es el único que se tiene en cuenta, puesto que comparativamente pocas personas consideran el destino subsiguiente de las sumas de dinero ahorrado, más allá de la ventanilla de caja del banco o la compañía financiera. Pero es aquí justamente donde comienza la parte positiva del proceso del ahorro, para completarse lejos del campo de visión del ahorrador, cuya acción, sin embargo, ha dado el primer impulso a toda la actividad posterior: el banco recoge los ahorros de sus depositantes y los pone a disposición de la comunidad empresarial de una forma u otra –a través de préstamos hipotecarios, empréstitos a compañías ferroviarias y a otras compañías a cambios de los bonos que éstas emiten, alojamientos para gestores de negocios, etc.-, para su empleo en posteriores iniciativas productivas, que sin esa ayuda no podrían tener éxito o al menos no lo alcanzarían con la misma eficiencia.

He aquí el primer dato positivo del ahorro: si éste no existiera, no habría depósitos en el banco y, por tanto, no habría crédito para consumir ni invertir. En resumen, sin ahorro no hay inversión y sin inversión no crecen los países.

Ahora a esta idea algunos le opusieron una resistencia. A Böhm-Bawerk le decían que, si todos decidíamos ahorrar el 25% de nuestros ingresos al mismo tiempo, eso iba a restringir la demanda por bienes de consumo, haciéndonos caer en la recesión.

Y esto no solo porque cayera la demanda de bienes de consumo, sino porque la demanda de bienes de capital (aquéllos destinados a producir bienes de consumo) también iba a caer, porque: ¿para qué quiero comprar una máquina que haga zapatillas, si nadie quiere comprar zapatillas porque la gente decidió ahorrar más?

A esta acusación respondió Böhm-Bawerk de manera magistral, cuando sugirió que:

Mr. Bostedo asume, y me representa igualmente sumiendo en mi ejemplo, que el ahorro significa necesariamente una restricción en la demanda de bienes de consumo. “Ha asumido”, dice, refiriéndose a mí, “que todas las personas han restringido su demanda de bienes de consumo en una cuarta parte”. Aquí ha omitido la pequeña palabra “presentes”. El hombre que ahorra restringe su demanda de bienes de consumo presentes pero, en ninguna forma, su deseo de bienes de disfrute, en general. Esta es una proposición que, bajo un título ligeramente distinto, ya ha sido discutida repetidamente y, creo, de forma concluyente en nuestra ciencia tanto por los escritores antiguos como por la literatura contemporánea.

Los economistas están actualmente de acuerdo, pienso, en que la “abstinencia” referida al ahorro no es en realidad abstinencia absoluta, esto es, no supone renuncia definitiva a bienes de disfrute, sino, como acertadamente lo describe el Profesor Macvane, una mera “espera”

Como se observa, el ahorro es la restricción del consumo presente pero pensando en aumentar el consumo futuro. Cuando Robinson Crusoe utilizó el ahorro para construir una caña de pescar, multiplicó su capacidad de pescar en el río y se hizo, consecuentemente, mucho más rico que lo que era.

El ahorro es vital para que exista un futuro mejor y sin duda es lo que debe estimularse en el país, mucho más que pensar en fogonear el consumo o estimular el crédito con tasas subsidiadas o controles de precios.

Ahorrar es bueno. Si lo hacemos, quiere decir que ahora somos más pacientes, y podemos dar lugar a procesos de producción de mayor duración, con más pasos intermedios, y mucho más complejos. Sin ahorro no hubiera sido posible la aparición de los tractores, máquinas cosechadoras, y, por supuesto, ninguna de las innovaciones tecnológicas que hoy están revolucionando la forma en que nos comunicamos como Facebook, Twitter, Skype, Gmail, Instagram, SnapChat, etc.

Todas estas aplicaciones fueron posibles porque alguien en algún momento decidió ahorrar, y porque ese ahorro luego fue canalizado a inversión.

Bien, ahora que entendimos el verdadero rol económico del ahorro, seguramente alguno se preguntará: ¿cómo puedo ahorrar yo?

En un país con 25% de inflación promedio por los últimos 15 años, esta no es una pregunta sencilla. La inflación carcome el valor del dinero y, por tanto, se vuelve una pésima idea la de guardar los pesos en una caja o maceta.

Para dar números, en los últimos 10 años, el poder de compra del peso cayó 90%. Es decir, si en 2006 guardábamos $ 100 en una caja de ahorro, hoy tendríamos solo el 10% del poder de compra. En concreto, si con $ 100 en 2006 comprábamos 100 caramelos, en 2016 compramos solo 10.

Es claro que para ahorrar en Argentina necesitamos algo que preserve nuestro poder de compra. Ahí es donde surgen dos elementos que naturalmente hemos elegidos los argentinos: el plazo fijo y el dólar.

Un plazo fijo es un préstamo que le hacemos al banco por un período determinado de duración. Así, si hacemos un plazo fijo por un año estamos prestándole al banco dinero por un año y, a cambio de esto, el banco nos ofrece pagarnos una tasa de interés. Dicha tasa debería, por lo menos, cubrirnos de la inflación.

El dólar, en cambio, es otra moneda, pero al ser de mejor calidad que el peso, se supone que preserva el poder de compra. Si en Argentina hay inflación, el peso cae contra todos los bienes y, como el dólar es un bien más de la economía, éste también sube.

Esas son las dos alternativas tradicionales de ahorro para los argentinos. Sin embargo, tampoco fueron óptimas para preservar nuestros ahorros en los últimos años.

Los precios, como promedio, se multiplicaron en este período por nada menos que 10. El capital ajustado por la tasa de un plazo fijo, sin embargo, solo se multiplicó por 4. Al dólar no le fue mucho mejor, se multiplicó por 5, con lo que ambas alternativas quedaron pulverizadas por la inflación.2017.03.29_inflaMerval

Ahora ustedes pueden ver que en el gráfico hay un instrumento más, que se llama “MERVAL”. Eso no es otra cosa que el principal índice de la bolsa de comercio de Buenos Aires. Es la bolsa de valores, donde cotizan las acciones. También perdió contra la inflación cuando tomamos el promedio, pero sustancialmente menos.

Ahora bien, para ir cerrando: ¿qué nos dice esto hacia el futuro? Que mejor irse del país, pensarán algunos.

Les digo que no.

En primer lugar, porque no es probable que esta situación se mantenga en el tiempo. El presidente del Banco Central está comprometido con bajar la inflación, y al mismo tiempo con establecer una tasa de interés que sea positiva en términos reales. Es decir, de acá en adelante, los plazos fijos, o bien ganarán a la inflación o quedarán empatados.

Pero el segundo punto que quiero hacer es que tenemos que dejar de pensar solo en los instrumentos tradicionales. El mercado financiero, INCLUSO EL ARGENTINO, ofrece múltiples opciones, entre las que están: Letras del Banco Central, Títulos Públicos, Bonos de empresas privadas, Acciones, Fondos Comunes de Inversión, Bonos Atados a la Inflación, plazos fijos ajustados por UVA, etc.

Además, no solo hay que pensar en el mercado financiero local. El mundo ofrece una multiplicidad de opciones que tenemos que investigar.

No nos da el tiempo para entrar en todos los detalles de cada uno de estos instrumentos, pero es necesario que los tengan en claro y que, si comienza a ahorrar ahora, no dejen de investigarlos.

La lección que tenemos que llevarnos hoy es que sin ahorro no hay futuro.

Y seguido de esa gran lección anotaría tres pensamiento más.

El primero, que ahorrar es bueno para el país, porque nos permite incrementar la inversión y el consumo a largo plazo.

En segundo lugar, que es bueno para tu vida personal, porque te permite ser más próspero en los años por venir.

En tercer lugar, que el mercado financiero ofrece muchas formas muy diversas para ahorrar de manera rentable y razonablemente segura.

Es cuestión de animarse y romper con los prejuicios.

Bienvenidos al apasionante mundo de la economía y las finanzas.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.