LA PERSONA Y SUS TALENTOS: ¿DOS ANDARIVELES?

Por Alberto Benegas Lynch (h)

Se presenta un problema de difícil resolución. Se observan escritores, poetas, profesionales y en todos los órdenes de la vida donde hay una especie de separación o corte entre su producción y su vida privada o, si se quiere, la vida pública que resulta distinta y a veces opera en dirección contraria a los talentos por los cuales es más conocido. ¿Una cosa tiñe a la otra o deben analizarse por separado? ¿Pueden cortarse en tajos o deben estudiarse en conjunto y como un todo?

Por ejemplo, ¿debe tenerse en cuenta cuando uno entra al quirófano que el excelente cirujano a cargo es un pésimo jugador de golf? Parecería que son dos planos que no se entrecruzan al momento de la operación. Resulta irrelevante como se desenvuelve en el campo de golf a los efectos del manejo del bisturí. ¿Y si se descubre que trata mal a sus hijos? Puede lamentarse pero no interfiere con sus dotes profesionales. ¿Y si es un entusiasta de sistemas totalitarios? También puede criticárselo por esa inclinación lamentable a esclavizar a su prójimo pero en general se seguirá con la idea de aceptar sus talentos médicos. ¿Y si trascendió que la mató a su mujer a cuchillazos? Bueno ahí la cosa cambia pues producirá cuanto menos algún escozor y habrá cierta reserva en seguir adelante con el proyecto de ponerse en manos de un criminal por más que se luzca con sus habilidades de facultativo avezado.

Esta secuencia de ejemplos que van de lo menor a lo mayor apuntan a que en definitiva la apreciación de si un plano tiñe o no a otro se torna un tanto subjetivo y, por momentos, pastoso. Hay personas que sostienen que la destreza formidable de Pablo Neruda como poeta no perjudica ni cambia por el hecho de haberle cantado loas a un asesino serial como Stalin. Los hay quienes estiman que la vida privada de Woody Allen no modifica su condición histriónica. El premio Nobel en literatura Eugen O´Neill era alcohólico. Correlatos similares van para los Picasso, Dalí y tantos otros cuyos comportamientos distan mucho de ser agradables lo cual no parece afectar a quienes aprecian sus obras. Pero, otra vez, esto depende de cada uno. Hay quienes después de determinado recorrido les resulta imposible disfrutar de una obra pues surge la tintura de marras que se extiende como una mancha imparable de un ámbito a otro. En sentido contrario, no puede decirse que el criminal de Hitler queda teñido por lo cariñoso que era con sus perritos.

Por supuesto que no sería razonable ni lógico que se pretendiera la perfección como ser humano para aprovechar los talentos de tal o cual personaje puesto que la perfección no es un atributo de los mortales. Todos tenemos defectos. Es entonces un asunto de equilibrio, juicio prudencial, debidamente masticado y decantado, pero la subjetividad en definitiva marca el rumbo. No parece que pueda concluirse como hacen algunos que son dos andariveles completamente distintos e independientes y que en ningún caso se los puede mezclar. En casos extremos la mezcla es inevitable, es un asunto de graduación personal.

Esto mismo ocurre con ciertos viajes, hay personas que pueden separar el turismo de lo que ocurre en el país visitado por más que tengan gobiernos criminales. Personalmente no puedo digerirlo, por ejemplo, con la Cuba de hoy. Desde mi perspectiva, una cosa tiñe a la otra de modo irremediable: no puedo disfrutar de playas pintorescas cuando siento la cárcel pestilente e injusta que padecen otros a mi derredor. No estoy dispuesto a contribuir a la financiación de esos carceleros.

Viene ahora otra cuestión más complicada aun. Se trata de los valores morales de la obra, del juicio moral respecto a la aplicación de talentos. Aquí también se separan las aguas. Hay quienes -los más- aseguran que el arte nada tiene que ver con la moralidad o inmoralidad, es simplemente arte y debe juzgarse como tal sin apreciaciones éticas, solo estéticas. Sin embargo, los hay que sostienen lo contrario. Por ejemplo, T. S. Elliot se pregunta “¿Es que la cultura requiere que hagamos un esfuerzo deliberado para borrar todas nuestras convicciones y creencias sobre la vida, cuando nos sentamos a leer poesía? Si así fuera, tanto peor para la cultura”. Y Victoria Ocampo escribe que “El arte de bien elegir y de bien disponer las palabras, indispensable en el domino de la literatura, es, a mi juicio, un medio no un fin” y agrega “No veo en realidad por qué cuando leo poesía, como cuando leo teología, un tratado de moral, un drama, una novela, lo que sea, tendría que dejar a la entrada -cual paraguas en un museo- una parte importante de mi misma, a fin de mejor entregarme a las delicias de la lectura”. Mas aun Ocampo ilustra el punto con el correlato del amor: “La atracción física sola (si es que puede existir sin mezcla) es simple apetito. Pero esta atracción, acompañada por las que atañen al corazón, a la inteligencia, al espíritu, es  una pasión de otro orden y de otra calidad. En materia de literatura, como en materia de amor, ciertas disociaciones son fatalmente empobrecedoras”.

Finalmente, Giovanni Papini consigna que “El artista obra impulsado por la necesidad de expresar sus pensamientos, de representar sus visiones, de dar forma a sus fantasmas, de fijar algunas notas de música que le atraviesan el alma, de desahogar sus desazones y sus angustias y -cuando se trata de grandes artistas- por anhelo de ayudar a los demás hombres, de conducirlos hacia el bien y hacia la verdad, de transformar sus sentimientos, mejorándolos, de purificar sus pasiones más bajas y de exaltar aquellas que nos alejan de las bestias”. Y concluye que hay escritores “que se jactan de ser morales en su vida e inmorales en sus escritos. Puede afirmarse resueltamente que no existen” ya que entiende que “el arte grande se dirige siempre a lo que hay dentro de nosotros de mejor”.

Por mi parte, aun en minoría dadas las opiniones contrarias a lo dicho, considero que lo relevante para un juicio artístico no solo se refiere a como se dicen o muestran las cosas, sino que dicen o muestran.

Precisamente, en relación al arte, para cerrar esta nota periodística refiero observaciones sobre el denominado arte moderno. El estudio de las bellas artes es un tema complejo, muy controvertido, lleno de vericuetos y andariveles. Se han destinado ríos de tinta para discutir si en definitiva la belleza en el arte trata de algo objetivo o subjetivo. En realidad cuando hablamos de algo subjetivo estamos aludiendo a apreciaciones personales, de gustos y perspectivas individuales lo cual no desconoce los atributos y naturaleza de la cosa en si.

Nada hay que discutir si a una persona le gusta el violeta antes que el colorado, si le atrae más tal o cual ornamento, si prefiere esa marca antes que aquella otra o si le resultan más los perros que los gatos. Nada de esto contradice el significado y las propiedades que definen los objetos de que se trate. Incluso cuando una persona dice que está observando el cielo azulado y otra sostiene que predomina el gris se debe a distintas posiciones, la captación de diferentes rayos solares y, sobre todo, retinas disímiles que captan de modo desigual los colores. Muchos ejemplos se pueden dar de formas diferentes de apreciar la misma cosa.

Sin embargo, cuando se trata de pronunciarse sobre la belleza de una obra de arte estamos refiriéndonos a una cualidad que hace a la cosa que, es cierto, captamos de modo desigual pero siempre con la intención de descubrir y describir del modo más ajustado aquello que tenemos delante de nuestra vista. Lo contrario sería referirse simplemente al gusto personal: si nos atrae o no la obra es una cuestión distinta de la descripción de sus atributos. Si dijéramos que arte es todo aquello que la gente estima es arte no habría tal cosa como destacados críticos de arte ya que sus juicios no diferirían en sapiencia del emitido por cualquier ignorante en materia artística. Del mismo modo, los entendidos en música puede distinguir fácilmente una melodía de un simple ruido.

El asunto se complica cuando comprobamos que aquél que se ajusta a lo que le enseñan en la academia de arte podrá ser un buen copista pero, en rigor, no es un artista puesto que para ello se requiere romper con lo convencional y crear nuevos paradigmas. Entonces viene el problema en cuanto a dictaminar que es y que no es arte.  La forma de establecer estos criterios consiste en dejar que transcurra el suficiente tiempo al efecto de recabar la mayor cantidad de opiniones que estimamos competentes para poder escoger y concluir en esa materia, según sean nuestros conocimientos o la confianza que depositamos en los respectivos opinantes.

Lo mismo ocurre con la ciencia o cualquier contribución nueva o aporte al acervo cultural. En un primer momento puede aparecer como una idea estrafalaria que con el tiempo y los suficientes debates queda claro si se trata de una sandez o de un avance científico. En el momento en que aparece en escena lo nuevo no resulta posible juzgarlo con la debida ponderación ni con el debido detenimiento y perspectiva. Lo que si puede sostenerse es que el arte, la ciencia o una manifestación de cultura no radica en cualquier cosa en cualquier sentido y que las valoraciones subjetivas en cuanto a los gustos y preferencias deben distinguirse de la objetividad de la cosa sujeta a juicio.

Personalmente hice mis primeras armas en el intercambio de ideas sobre estas especulaciones con mi abuelo materno que fue durante veinte años Director del Museo de Bellas Artes en Buenos Aires, miembro de la Academia Nacional de Bellas Artes y a partir de su tesis doctoral en medicina, titulada No hay enfermedades sino enfermos. El caso de la individualidad en la medicina, comenzó a desarrollar una especial sensibilidad para el caso particular, lo cual le permitió una mirada atenta sobre las distintas manifestaciones del arte (quien, igual que Paul Johnson -el autor del voluminoso Art: A New History– no puede decirse que guardaba especial estima por expresiones como el arte abstracto, que en rigor consideraba manifestaciones correspondientes más bien al plano de la decoración).

En todo caso, del mismo modo que Umberto Eco aplica el método popperiano a la interpretación de textos para acercarse lo más posible a lo que se lee, puede aplicarse esa metodología de refutaciones y corroboraciones provisorias al arte. Los elementos subjetivos y las características objetivas suelen ilustrarse en diversos ensayos con la temperatura que existe en una habitación: objetivamente es susceptible de medirse en el termómetro y subjetivamente, cada uno, puede pronunciarse de diferente manera según sienta más o menos calor o frío en concordancia con el contraste de la temperatura ambiente de donde proviene el sujeto y según el funcionamiento del termostato individual.

Este debate subjetividad-objetividad tiene lugar en muy diversas manifestaciones de la ciencia, por ejemplo, en economía donde se ha pretendido asimilar el relativismo epistemológico con la teoría marginalista del valor, sin percibir que se trata de dos planos completamente distintos de análisis y para nada incompatibles: la verdad objetiva por una parte (en el sentido que las cosas son independientemente de nuestras opiniones) y los gustos y preferencias por otra (de lo que depende el valor crematístico del bien).

De más está decir que cuando aludimos al arte nos estamos refiriendo a lo realizado por el ser humano. Solo metafóricamente decimos que el nido del hornero, el panal o el capullo es una obra de arte. Del mismo modo, solo analógicamente nos referimos a la belleza de una puesta de sol, a la espuma del mar, a un caracol en la playa o a la noche estrellada.

En el caso de las bellas artes, de lo que se trata es de juzgar acerca de las propiedades, atributos y las técnicas (siempre en evolución) sobre las proporciones, profundidad, manejo de luz, perspectiva y demás características que posee la obra, independientemente del gusto personal de quien la observa, lo cual no es óbice para que el opinante del momento conjeture que tal o cual obra juzgada resistirá o no la prueba del tiempo, opinión que competirá con otras razones y argumentaciones sobre el valor artístico de marras.

Aparece aquí otro problema adicional y es que dado que, desde la era remota de las pinturas en las cuevas, las manifestaciones artísticas revelen el espíritu de la época, pero si ocurriera una degradación que se mantuviera a través de generaciones, la prueba del tiempo ya no confirmaría la calidad del arte en cuestión. En ese caso, solo quedarían opiniones individuales difíciles de contrastar. Es que como decíamos más arriba, el tema es sumamente controvertido y hay muchos costados de la biblioteca que resultan opuestos, de lo que no se desprende que arte sea cualquier cosa…de todos modos, en ninguna materia se dice la última palabra y mucho menos en ésta. No en vano el lema de la Royal Society de Londres es nullius in verba, esto es, no hay palabras finales.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

Whittaker Chambers y sus derivados

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Según Sidney Hook el libro de Chambers titulado Witness es el que mejor explica los graves problemas inherentes a los sistemas totalitarios (en la edición que tengo en mis manos son poco más de 800 páginas con una tipografía bastante reducida).

El autor (1901-1961) relata como en su país, Estados Unidos, donde había llegado su abuelo de Europa, en la Universidad de Columbia donde cursaba historia, algunos de sus amigos lo invitaron a incorporarse al Partido Comunista en vista de los hechos que acosaban al mundo y como, según ellos, lo estaban encarando y resolviendo en la Unión Soviética. Chambers relata que esas versiones provenían principal aunque no exclusivamente de la influencia del matrimonio Webb (los fundadores del Partido Laborista en Inglaterra y también de la London School of Economics, tan abiertos a otras ideas que esa casa de estudios con el tiempo básicamente sustentó el espíritu liberal durante un tiempo prolongado).

Relata también que tres obras influyeron principalmente en él: Un soviético trabajando Estado y revolución de Lenin y El manifiesto comunista de Marx y Engels. Participó en numerosas reuniones con activistas del partido, en huelgas especialmente textiles en New Jersey y finalmente se afilió al PC. Al tiempo de la mencionada afiliación comenzó a recibir llamadas y contactos al efecto de mantener reuniones donde los invitantes verificaron su compromiso con los ideales comunistas y, sobre todo, su carácter respecto a su capacidad para mantenerse leal y su espíritu de subordinación a los jefes, en dirección a los programas del partido.

Cuando los agentes soviéticos se persuadieron de las potencialidades del candidato lo reclutaron para muy diversas tareas y finalmente para las faenas de espionaje en su propio país. Chambers describe de manera muy ilustrativa y vivencial las peripecias, los procedimientos de control permanentes del sistema, la carga de maldad con los desertores cuyo destino era siempre la muerte, los horrores de la vida en Rusia soviética y los desmanes de los líderes, las purgas entre ellos y, sobre todo, la timidez en las respuestas de Occidente frente a la infiltración en sus propias filas.

Describe también sus primeras dudas respecto a la naturaleza del sistema, su desengaño total primero al ver que lo que creía un fin noble era manchado brutalmente por medios de una inmoralidad patética y luego comprender que el problema estaba en el fin perseguido y no en una mala administración merced no solo a lo que constataba con sus propios ojos sino a lecturas en la clandestinidad sobre la sociedad abierta y temas filosóficos como los referidos al materialismo  (del mismo modo que le ocurrió a Eudocio Ravines). Influyó también en su decisión la orden de sus superiores (que incumplió) de que su mujer abortara su hija. A continuación alude a sus idas y venidas con planes minuciosos y por cierto muy peligrosos para escapar de las garras de los comisarios del aparato y su posibilidad de libertad aunque al principio tuvo que mantenerse escondido hasta que saltó a la fama al denunciar públicamente nada menos que a quien fuera Procurador General del gobierno de Frankin D. Roosvelt y Asistente al Secretario de Estado, Alger Hiss, quien fue condenado (también  Chambers lo denunció en el Departamento del Tesoro del mismo presidente a Harry Dexter White -cofundador con Keynes del FMI- quien murió durante el proceso, antes del veredicto). Este proceso tuvo repercusiones mundiales y muchos autores de prestigio escribieron sobre el caso tan sonado, como por ejemplo, John T. Flynn en El mito de Roosevelt en el que queda claro que, igual que los compromisos que se adquieren en una empresa respecto de inside information confidencial, del mismo modo es que al jurar por la Constitución determinados compromisos, estos deben cumplirse a riesgo de incurrir en un delito. El cargo no es por las ideas sustentadas sino por la referida acción delictual. Luego aparecieron los Venona Papers que confirmaron todas las denuncias de Chambers. 

Poco después Whittaker Chambers se desempeñó en la revista Times Magazine durante nueve años donde fue el más conocido editorialista y fue más tarde miembro del Consejo Editorial de National Review.

Es de interés considerar las reflexiones de este personaje en su libro donde consigna que al decidir la deserción del partido coincidieron con su mujer que con esto “pasarían del lado ganador al lado perdedor” en vista de la fuerza que mostraba el comunismo y el espíritu totalitario y estatista en general debido al trabajo diario que en muy diversos frentes realizaban sus adeptos, en abierto contraste con la debilidad y la desidia manifiesta de Occidente para defender sus valores y principios. Y en los tiempos que corren podemos decir que no se trata de la etiqueta del comunismo como tal sino su filosofía y las inclinaciones hacia esa tradición de pensamiento ya sea en forma directa o con el método gramsciano de “tomar la cultura puesto que el resto se da por añadidura”.

Como bien ha escrito Vladimir Bukouvsky “miles de libros se han escrito en Occidente y cientos de doctrinas se ha creado por prominentes políticos para encontrar compromisos con este tipo de regímenes [los totalitarios]. Están evadiendo la única solución correcta- la oposición moral. Las consentidas democracias de Occidente se han olvidado de su pasado y de su esencia, es decir, que las democracias no consisten en una casa confortable, un lindo automóvil o un beneficio de desempleo, sino antes que nada la habilidad y el deseo de defender nuestros derechos”. Y también Anna Politkovskaya denunció con todas sus fuerzas el sistema totalitario del actual momento en Rusia hasta que, luego de reiteradas amenazas para que se abstuviera de continuar con sus reclamos, la asesinaron.

Sin llegar a las matanzas, en cualquier lugar donde prime el espíritu totalitario bajo las más diversas fachadas, se comprueba la persecución a periodistas independientes (un pleonasmo, pero hoy vale aclarar con el adjetivo), se machaca con presiones, aprietes y demás maniobras para lograr una mordaza generalizada al efecto  de que  solo se visualice la opinión de los megalómanos y comisarios de facto que tienen la escabrosa manía de manejar a su antojo vidas y haciendas ajenas.

Es de desear qua haya una decidida reacción a favor de los valores de la sociedad libre merced a los formidables trabajos realizados por tantos intelectuales de gran calado y pueda contrarrestarse el creciente estatismo que hoy tiene lugar en países que han tenido una tradición muy distinta y contraria a la que favorece un Leviatán desbocado. 

Después de toda la tragedia que se ha visto en cuanto a lo que significa el comunismo, hay quienes persisten en ese camino aunque muchas veces por vergonzantes no lo declaran abiertamente o porque piensan que resulta posible persistir en las metas sin recurrir a los medios atroces a que a recurrido aquella postura. Recordemos que Marx y Engels definieron el eje central del programa comunista como “la abolición de la propiedad” pero muchos de los seguidores conciente o inconcientemente estiman que sin llegar a la abolición de la propiedad se la puede dañar “un poco”.

Es que dañar un poco significa que se distorcionarán un poco los precios que precisamente surgen de intercambios libres y voluntarios entre derechos de propiedad, lo cual se traduce a su vez en que se malguía un poco a los operadores económicos que actúan en base a esos indicadores y, por ende, se consume un poco de capital y consecuentemente se contraen un poco los salarios e ingresos en términos reales. Pero henos aquí que estos pocos al producir efectos negativos hacen que los aparatos estatales se vean obligados a intervenir otro poco para “corregir” los desajustes producidos por los otros pocos y así sucesivamente. En el extremo, cuando se ha abolido la propiedad ya no hay precio alguno, por lo que tampoco hay posibilidad de evaluación de proyectos ni de tal cosa como contabilidad.

Esta secuencia es favorecida por desvalores trasmitidos en las aulas y también, en muchos casos, por predicadores y sacerdotes en el contexto de faenas misioneras y similares. Esto último no se diferencia en su contenido de otras manifestaciones de des-educación pero con la enorme diferencia que se llevan a cabo en nombre de Dios. El primer paso consiste en trasmitirles a los jóvenes que deben demostrar bondad y para ello consideran que es indispensable que renuncien a si mismos y se entreguen a los demás, lo cual revela una contradicción manifiesta ya que si proceden de ese modo es inexorablemente porque prefieren actuar de ese modo, que les interesa moverse en esa dirección, que les hace bien y, en consecuencia, les gusta. Por eso el altruismo es una contradicción en términos, no es posible hacer el bien a costa del propio bien, como queda dicho, el que hace el bien es porque le satisface hacerlo, está en su interés personal.

Ahora bien, esta enseñanza de renunciar a uno mismo ¿no es una traición a Dios que nos dio la bendición de haber nacido para, en cambio, renunciar a uno mismo en lugar de prestarnos atención y ensanchar y cuidar nuestra alma y actualizar nuestras potencialidades y mejorar nuestra condición en todos los aspectos posibles? Como se ha dicho una y otra vez, la renuncia evangélica se refiere a la renuncia al mal. Sin embargo, aquellas prédicas en general van por otros andariveles: una vez comprendida y remachada la antedicha lección, se lleva a los jóvenes a barrios de emergencia para “concientizarlos” y mostrarles que esa es la consecuencia de la codicia y el deseo de lucro del capitalismo y que “el dinero es el estiércol del diablo”. Están también los que se quedan a medio camino tan confundidos que prefieren hablar de música y temas similares que no los comprometan, pero en casi todos los casos miran a sus padres con desconfianza porque estiman que tienen demasiados bienes y no los reparten.

La última etapa -cuando ya se ha producido una llamarada de indignación entre las audiencias fruto de semejante adoctrinamiento- suelen volcarse a la toma de las armas al efecto de destruir el sistema opresivo del capitalismo (que en verdad, agregamos nosotros, es inexistente ya que lo que tiene lugar es consecuencia del estatismo resultado de las recetas, entre muchos otros, de los misioneros de marras: aumentos siderales en el gasto público, impuestos insoportables, deuda estatal astronómica, regulaciones asfixiantes por doquier y, naturalmente, degradación del derecho y los marcos institucionales). Las enseñanzas de Chambers deben alertar a los espíritus inquietos.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.