Con estos impuestos no hay recuperación posible:

Por Roberto H. Cachanosky. Publicado el 15/3/15 en:

 

La reforma impositiva también es clave para recuperar el sistema republicano de gobierno

Sé que no es fácil, pero como tarea para el futuro gobierno queda implementar una profunda reforma tributaria. Este gobierno ha llevado la presión impositiva hasta niveles realmente confiscatorios, pero los disparates tributarios vienen desde hace rato.

Un primer problema que tenemos con el sistema tributario es no solo que es ineficiente, asfixiante e injusto, sino que además es invasivo de los derechos individuales. La información que hay que brindarle al ente recaudador, en un país que respeta los derechos individuales, solo podría pedirla un juez y con causa justificada. Es más, todavía no entiendo cómo no fue declarada inconstitucional la ley de procedimiento fiscal.

Algunas propuestas muy sólidas de reforma del sistema impositivo preparadas por el reconocido economista y tributarista Antonio Margariti les he acercado a algunos legisladores de la oposición, pero claramente no les ha interesado el tema. Nunca tuve respuesta ni siquiera para decirme que no les parecía bien.

El primer disparate que tiene nuestro procedimiento fiscal es que el contribuyente es culpable hasta que demuestre lo contrario. Lo he sufrido en carne propia a lo largo de la década k al punto que hasta la prestigiosa revista The Economist se encargó de citar mi caso entre otros casos emblemáticos (http://www.economist.com/node/21559384 ).

La realidad es que si yo reclamo que alguien me debe dinero, tengo que demostrarlo. En Argentina el sistema funciona al revés. El ente recaudador dice que alguien le debe dinero y el contribuyente tiene que demostrar que no lo debe.

En definitiva, hemos aceptado que en nombre de la santa recaudación se violen todos los derechos individuales, la propiedad privada y de procedimientos que garanticen la defensa del contribuyente. Un disparate inconstitucional.

El segundo disparate del sistema tributario que uno puede señalar es que se le pide a los impuestos que financian al fisco, que redistribuyan ingresos y que asignen los recursos productivos.

Cuando digo que se le pide al sistema tributario que redistribuya recursos me refiero, por ejemplo, al nefasto impuesto a las ganancias. Y es nefasto porque no solo viola los derechos individuales al pedir información reservadísima, sino que además castiga a los más eficientes. Al ser un impuesto progresivo, cuánto más gana una persona, y gana más porque es eficiente y satisface las necesidades de sus semejantes si estuviera un sistema de libre competencia, paga proporcionalmente más. Si gana un 10% más paga un 14% más. Se castiga al que mejor sirve a sus semejantes con su labor diaria produciendo aquellos bienes y servicios que demanda la gente, en los precios y calidades que el consumidor requiere. De manera que cambiar el impuesto a las ganancias por un flat tax no es el ideal, pero al menos es menos invasivo de los derechos individuales y mucho más sencillo de liquidar. El flat tax implica pagar un porcentaje igual para todos estableciendo un mínimo no imponible, y de ahí para arriba todos pagan el mismo porcentaje. Sencillo de liquidar y no pretende redistribuir ingresos.

Si alguien quiere redistribuir, entonces que lo haga vía el gasto público. Que diga a quién le va a dar un subsidio, por qué monto y por cuanto tiempo. Que se debata en el Congreso y que el que recibe un subsidio tenga nombre y apellido y que la gente sepa a quién y por qué le está dando parte de sus ingresos. Que la gente sepa por qué le quitan parte del fruto de su trabajo y se lo dan a otro.

En lo que hace a la asignación de recursos podemos citar, por ejemplo, el caso de los derechos de importación. Cuando el burócrata establece que se pague una tasa mayor por la importación de los bienes de consumo que los bienes de capital, en última instancia está diciendo que prefiere que se produzcan bienes de consumo y no bienes de capital. El burócrata reemplaza a la gente en la decisión de asignar los recursos. Propuesta: que los derechos de importación sean bajos y uniformes para todos los productos. Una tasa única de, digamos, el 3% para todos los productos solo tendría un fin recaudatorio.

Otro disparate que tenemos en funcionamiento es el impuesto al cheque. Es un nefasto impuesto que no solo expulsa a la gente del sistema formal sino que, además, implica pagar impuestos para pagar impuestos. Cuando uno hace un cheque para pagar el anticipo de ganancias, bienes personales, ingresos brutos o el impuesto que sea, paga el 0,6% del impuesto al cheque para pagar un impuesto. ¡Una locura!

De más está decir que los derechos de exportación son otra barbaridad que sin duda hay que eliminar y el listado sigue. Mi primera conclusión es que el actual sistema tributario es inviable. Imposible de corregir. Hay que meterlo en un tacho, tirarle nafta y prenderle fuego y establecer uno completamente nuevo que debe incluir el tema de la coparticipación federal, algo que en realidad no existía en nuestra Constitución de 1853. Esto de la coparticipación es un invento del siglo XX que terminó en un desastre económico y político, destruyendo el federalismo.

En rigor, llegamos a este estado de locura impositiva, en su estructura y su carga tributaria, porque el populismo se impuso en Argentina y como un cáncer está destruyendo el país.

Antiguamente los reyes mataban con impuestos a sus súbditos para financiar sus conquistas territoriales. Si mal no recuerdo, la revolución que dio lugar a la independencia norteamericana fue por la mayor carga tributaria que quiso imponerle el rey a los colonos para financiar los gastos de su guerra con Francia. Lo irónico es que finalmente los franceses terminaron ayudando a los colonos y al ejército continental contra el ejército inglés.

Hoy día los gobiernos nos matan con impuestos para financiar su populismo. Pero ese populismo llevó a la destrucción de la república. Los populistas buscan matar con impuestos a unos pocos para repartir entre muchos. Esa es su forma de conseguir votos.

Es lo que vemos hoy en día en Argentina. Muchos se preguntan cómo hacer para desarmar la maraña de subsidios llamados sociales que deja el kirchnerismo y que es infinanciable. Desarmar se puede desarmar, pero habrá que crear las condiciones para generar una fuerte corriente inversora.

Lo que me queda bastante claro es que la reforma del sistema tributario y de los procedimientos fiscales, no solo es necesario para poner en funcionamiento la economía. La reforma impositiva también es clave para recuperar el sistema republicano de gobierno.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE.

ASALTO LEGAL:

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

En esta nota me refiero a los políticos que permanentemente recurren a la fuerza para expandir las funciones gubernamentales que dicen es para el bien de la gente, no solo más allá de los atributos esenciales en el contexto de un sistema republicano sino en abierta contraposición a esas facultades puesto que no se limitan a proteger derechos sino que los invaden.

 

Es del caso recordar al abrir esta nota que la primera moneda de un centavo estadounidense (el penny) que fue diseñada por Benjamin Franklin y acuñada en cobre en 1787 tenía como leyenda mind your business (ocúpese de lo suyo), léase no se entrometa en lo que es de otros, un consejo, sabio por cierto, aplicable a todos y especialmente dirigido a los gobernantes para que se circunscribieran a garantizar derechos de los gobernados en consonancia con el espíritu y la letra de los Padres Fundadores de aquella nación.

 

Según el célebre Robert A. Nisbet en su ensayo titulado “El nuevo despotismo”, nada hay más peligroso para las libertades de la gente que cuando un gobierno expande sus funciones en nombre del humanitarismo y la bondad. Consigna que habitualmente la gente está en muy guardia frente a los avances del mal declarado pero los encuentran desarmados física y moralmente cuando se sostiene que la política que se encara es para el bien de la sociedad. Sostiene que se prepara el camino al despotismo cuando se ceden libertades frente al discurso político de la comisión y el desinterés con que se invaden espacios privados supuestamente para el bien de los receptores (por supuesto, siempre con coactivamente con el fruto del trabajo ajeno).

 

Nada hay más destructivo que los consejos de quienes apoyan y fomentan nuevas incursiones del Leviatán en las vidas y haciendas de los demás y, como queda dicho, más peligroso aun si se envuelven en el manto de la misericordia y la benevolencia. Estos sujetos siempre hablan recurriendo a la tercera persona del plural, nunca asumen directa responsabilidad por lo que consideran hay que hacer, no usan la primera persona del singular.

 

Es de esta vertiente de donde surgen medidas tales como la guerra contra las drogas, la seguridad social obligatoria, la manipulación monetaria, el incremento de los impuestos, la deuda pública, las mal denominadas “empresas” estatales, la redistribución de ingresos, los aranceles aduaneros, el control de precios, el matrimonio civil consagrado por el gobierno y demás sandeces que nada tienen que ver con gobiernos limitados a proteger derechos. Ya autores como James Buchanan y Gordon Tullock han puesto al descubierto el cinismo de los políticos que se dicen sacrificados por los intereses de la gente y que denominan “gestionar” el desconocimiento más grosero de los derechos a la vida, a la libertad y a la propiedad tal como rezaban todos los documentos de una sociedad abierta.

 

Es de desear que finalmente produzcan cansancio y repugnancia los carteles que pululan por doquier de políticos con sonrisas estúpidas siempre prometiendo que se terminará con la corrupción, la injusticia y la inseguridad que han promovido sus antecesores en una rutina demoledora de calesita perpetua.

 

El principio básico de una sociedad abierta consiste en que cada uno asume la responsabilidad por lo que hace y por lo que no hace. Los gobiernos no son tutores o curadores de los ciudadanos, existen solo para proteger derechos, es decir, que cada uno pueda hacer lo que le plazca con su vida  y propiedad siempre y cuando no lesione derechos de terceros. Tengamos presentes los experimentos mortales de los maoísmos, nazis, stalinistas, guerrillas-terroristas latinoamericanas y sus múltiples imitadores, todo para fabricar “el hombre nuevo” y la felicidad terrenal (que como ha escrito Hölderlin: “Lo que siempre ha convertido al Estado en un infierno en la tierra ha sido precisamente que el hombre lo ha tratado de convertir en el cielo”).

 

Igual que argumentaban Burke, Spencer, Tocqueville, de Jouvenel, Hayek, Friedman, George Stigler, von Mises, Rothbard, Kirzner, Sartori y tantos otros economistas y filósofos políticos, es perentorio pensar en nuevos y más eficaces límites al poder al efecto de minimizar los abusos del poder político que estamos viendo en todas partes para que el “nuevo despotismo” que sigue las líneas principales de la “vieja monarquía absolutista” no termine por imponer dictaduras electas o no electas que aniquilen las autonomías individuales y, por ende, la condición humana.

 

Vamos a la raíz de tema considerado. En el instante en que en esferas gubernamentales comienza el debate sobre la conveniencia para las personas de manejar sus vidas de tal o cual manera, el tema se ha salido de madre: es del todo improcedente y es impertinente e insolente que tal discusión tenga lugar desde el vértice del poder. En todo caso son temas a tratar en el seno de la familia, de amigos, consultores o eventualmente con los médicos que la persona elija (si es que decide consultar al facultativo) pero no es tema de debate en las esferas políticas para concluir como administrar las vidas de otros compulsivamente: la administración de sus finanzas, su salud y demás asuntos personales. Y no es cuestión de si es verdad o no que la elección de activos monetarios o tal o cual dieta es o no perjudicial para el presupuesto personal o para la salud, hay un asunto de orden previo y es el respeto irrestricto por la forma en que cada cual maneja sus asuntos personales.

 

La arrogancia del poder es fenomenal, no solo pretenden jugar a Dios sino ser más que Dios puesto que en las religiones convencionales nos da libre albedrío al efecto de la salvación o la condena, mientras que los megalómanos instalados en la burocracia teóricamente quieren la salvación (o, por lo menos, alegan tal fin)…es, en definitiva, un asalto legal. Nadie puede ser usado como medio para los fines de otro no importa cuan bondadoso se crea quien procede de ese modo y lo mucho que estime está haciendo el bien, si actúa contra la voluntad de una persona pacífica la está violando en sus derechos y ha recurrido a la fuerza agresiva lo cual es inaceptable.

 

Para tomar solo una parte pequeña de El hombre rebelde de Albert Camus es conveniente subrayar que el autor apunta que “hay crímenes de pasión y crímenes de lógica” y en este último caso se pone como coartada la filosofía para sustentar la tiranía que se impone en nombre de la libertad. Asimismo, señala que muchos pretendidos cambios que aseguran es para bien de la gente en verdad liquidan derechos, como cuando describe el alarido de Marat: “¡Oh, que injusticia! ¿Quien no ve que quiero cortar un pequeño número de cabezas para salvar muchas más? […] El filántropo escribía así”.

 

Reiteramos que los espacios privativos del individuo no están sujetos a procesos electorales sino reservados al entendimiento y a la conciencia de cada cual. Para convivir civilizadamente se requiere respeto recíproco, lo cual a su vez reclama marcos institucionales que protejan y garanticen derechos para que cada uno administre su vida, pero de ningún modo para que los gobernantes -no importa el número de votos con los que hayan asumido- son para manejar los destinos individuales de quienes no infringen iguales derechos del prójimo. Nuevamente decimos que lo que le hace bien o mal a los mandantes no es materia de discusión en las esferas políticas.

 

Como hemos puntualizado antes, cabe en una sociedad abierta que se establezcan asociaciones de socialistas que lleven a la práctica sus ideas en la zona que hayan adquirido lícitamente, pero sin comprometer la suerte de quienes mantienen el sentido de autorrespeto, respeto a los derechos inalienables del prójimo y, sobre todo, de dignidad (ser digno de la condición humana), es decir, la imperiosa necesidad de ser libres que consideran como su oxígeno vital e irrenunciable. Es en esta dirección del pensamiento que con toda razón ha sentenciado Tocqueville y que tantas veces hemos citado: “El hombre que le pide a la liberad más que ella misma, ha nacido para ser esclavo”. Es en dirección opuesta a la adoración de leyes mal paridas y contrarias al derecho que en la obra A Man for all Seasons de Robert Bolt, donde se apunta que en definitiva los gobernantes no pueden decidir en dirección opuesta a la realidad (aunque lo intentan permanentemente). Además, como se ha escrito desde tiempo inmemorial, la ley injusta no es ley, es atropello, un asalto con apariencia de legalidad.

 

Para finiquitar esta nota subrayo la imperiosa necesidad de atender la indelegable faena de cada cual de salir al cruce de las falacias comentadas, y no limitarse como dice uno de los personajes de García Márquez a “hablar mucho de nada” o alabar la insignificancia como expresa uno de los de Milan Kundera en su última obra a la que aludí al pasar en mi columna de la semana pasada. Todo en el contexto de lo que ha consignado Marx (no Karl que, en la práctica, estaba convencido de la infalibilidad del monopolio de la fuerza en manos de lo que serían sus secuaces…hasta la próxima purga, se trata en cambio de Groucho): “La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después remedios equivocados”.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. En Administración. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer rector de ESEADE.

Sarmiento: mucho más que el padre del aula.

Por Alejandro O. Gomez. Publicado el 15/2/2014 en: 

Hoy sábado 15 de febrero se cumplen 203 años del nacimiento de Domingo Faustino Sarmiento. Es una pena que semejante personalidad sólo sea recordada tibiamente cuando cada 11 de septiembre se celebra el día del maestro. Sarmiento fue mucho más que un entusiasta impulsor de la educación en nuestro país. Su figura trasciende casi todos los ámbitos de la vida pública argentina entre 1830 y 1888, año de su fallecimiento. Entre otras cosas fue escritor, militar, viajero, diplomático, educador, periodista y político (ocupando cargos ejecutivos y legislativos a nivel nacional y provincial); pero, por sobre todas las cosas, fue un apasionado en cada una de las actividades que emprendió.

Cuando en la década de 1830, junto a sus compañeros de la llamada “generación del 37” (Juan Bautista Alberdi, José María Gutiérrez, Esteban Echeverría, Bartolomé Mitre, entre otros), comenzó a participar en los debates políticos, Sarmiento se propuso analizar qué sucedió en Argentina después de la revolución de mayo de 1810, cuáles fueron las dificultades que impidieron el surgimiento de una república bien organizada y, sobre todo, cómo sería la organización nacional después de la caída de Juan Manuel de Rosas.

Desde su exilio chileno, Sarmiento desarrolló una intensa actividad como escritor, la cual tenía por destinatarios a aquellos políticos e intelectuales que deberían dirigir el país luego de la batalla de Caseros de 1852. Precisamente, estos hombres eran herederos de las facciones que habían estado en pugna desde 1820 en adelante, representados en las corrientes unitaria y federal. El desafío que se presentaba era superar esta dicotomía y encausar al país hacia un futuro de progreso y civilización, algo que Sarmiento esbozó en los escritos que fue elaborando desde mediados de la década 1840.

Sus trabajos más destacados de ese período son “Civilización y Barbarie. Vida de Juan Facundo Quiroga” (1845), “Viajes por Europa, África y América, 1845-1847” (1849-51), “Recuerdos de Provincia” (1850) y “Argirópolis o la Capital de los Estados Confederados del Río de la Plata” (1850). En Facundo, Sarmiento busca develar el “enigma argentino”, explorando las raíces de la dualidad que dio en llamar “civilización y barbarie”. En su análisis la civilización representa el Valor al que había que apuntar, el objetivo que habría que alcanzar con el transcurrir de los años. En contraposición estaba la región pampeana que representaba el pasado colonial asociado a una sociedad feudal atrasada liderada por el caudillismo. Así las cosas, la civilización sarmientina se traduce en el establecimiento de un orden republicano reflejado en ideas liberales, espíritu europeo, imperio de la ley y movilidad social en sentido ascendente. Su propuesta se vio reflejada en el programa de gobierno que Sarmiento sugiere a lo largo del Facundo, el cual se basó en el fomento de la inmigración, la libre navegación de los ríos, la nacionalización de las rentas de aduana, la libertad de prensa, la educación pública, el gobierno representativo, la religión como agente moralizador, la protección a la seguridad individual y la institucionalización de la propiedad privada.

En los “Viajes por Europa, África y América, 1845-1847”, los cuales fueron financiados por el gobierno chileno, Sarmiento dejaría de mirar hacia Europa como había hecho en el Facundo para centrar su mirada en Estados Unidos. Le llamó poderosamente la atención el espectacular crecimiento que se estaba produciendo en aquella nación. Inclusive llegaría a lamentar no haberle dedicado más tiempo de aquel viaje a recorrer y analizar con más detenimiento el desarrollo de la gran nación del norte del continente americano. En su primera visita a aquel país, tomó nota del progreso y el potencial de crecimiento que tenía Estados Unidos gracias al impulso del ferrocarril, la educación y el orden institucional. Las semejanzas geográficas que observó con respecto a Argentina, le hicieron pensar que nos podríamos convertir en una nación de granjeros propietarios como lo era la sociedad norteamericana de aquel tiempo.

Sarmiento enfatizaba especialmente el valor del trabajo en la agricultura como agente civilizador, en contraposición a la ganadería extensiva que se venía practicando en Argentina desde la época colonial. En este sentido, el desarrollo de la agricultura quedaba asociado directamente con el sistema republicano ya que, de acuerdo a su visión, la agricultura promueve la cultura del trabajo a diferencia de la ganadería tradicional que hacía del gaucho un ser indolente. Así las cosas, la idea de una “civilización agrícola”, se basaba en la promoción del acceso masivo a la propiedad de la tierra por medio de la creación colonias agrícolas como la de Chivilcoy.

Sarmiento era consciente de que esto solo no bastaba, ya que también había que promover el desarrollo del ferrocarril, los barcos a vapor, el telégrafo y el correo. Además, todos estos avances deberían ser apuntalados con la aplicación de un sistema educativo que permitiera fomentar el progreso a largo plazo. De acuerdo a su visión, el desarrollo económico no bastaba para que el país se convirtiera en una república de ciudadanos civilizados. En su proyecto de nación, la educación era un pilar fundamental. Esto también lo había visto de primera mano en Estados Unidos, sobre todo en su etapa como embajador argentino en aquel país durante la presidencia de Bartolomé Mitre (1862-1868). En su proyecto educativo la instrucción no sólo debería ser cívica sino también práctica, ya que su idea era promover el surgimiento de ciudadanos y trabajadores. Sarmiento consideraba que la educación serviría para desarrollar en los jóvenes hábitos de orden y disciplina. A su vez, consideraba que la educación cumpliría un rol armonizador en las diferentes regiones de un país que había estado fragmentado desde la época de la independencia.

Para finalizar estas líneas, es importante destacar que Sarmiento era un hombre de acción que trató de poner en práctica muchas de sus propuestas durante su presidencia entre 1868 y 1874. Aún cuando la misma se vio afectada por serios inconvenientes como ser la última etapa de la Guerra del Paraguay y la crisis económica internacional de 1873 y el levantamiento de los caudillos provinciales, ello no fue obstáculo para que durante su mandato se crearan 800 escuelas, ni para que la cantidad de alumnos pasara de 30.000 a 100.000, junto con la fundación de Escuelas Normales formadoras de maestros, complementado con la creación de observatorios, bibliotecas e institutos. También durante su mandato se realizó el primer censo nacional en 1869 y se impulsó la llagada de 280.000 inmigrantes, en un país que apenas superaba el millón y medio de habitantes. Por su parte, las piezas postales pasaron de 4 a casi 8 millones, el ferrocarril extendió su red de 573 a 1.333 kilómetros, mientras que el telégrafo llegó a los 5.000 km de extensión con conexión a toda América y Europa. Como vemos, Sarmiento fue mucho más que el padre del aula del que habla el himno escrito en su honor.

Alejandro O. Gomez se graduó de Profesor de Historia en la Universidad de Belgrano, en el Programa de Maestría en Economía y Administración de Empresas en ESEADE. Es Master of Arts in Latin American Studies por la University of Chicago y Doctor en Historia por la Universidad Torcuato Di Tella. Es profesor de Historia Económica en la Universidad del CEMA

Por qué los diarios ya no importan

Por José Benegas. Pubicado el 15/11/13 en: http://josebenegas.com/2013/11/15/por-que-los-diarios-ya-no-importan/

La semana pasada oía a Marcelo Longobardi hablar de las horas que le dedica a la lectura de los diarios y a ver cada uno de los programas de contenido político que han quedado relegados al cable en esta era oscurantista que hemos vivido. Mientras lo iba contando yo pensaba ¿para qué? ¿Qué importancia tiene el contenido de los diarios hoy en día? Hace mucho que son más que la crónica diaria de lo que el estado nos hace, en muchos casos acompañada del comentario aséptico sobre su eficacia o falta de eficacia.  Pienso que pronto caerán en desuso.

La mayoría de la gente lee los títulos pero nada más que para mantener una conversación en la oficina, por algo las noticias que en otros tiempos podríamos haber considerado relevantes hoy compiten en un pie de igualdad con los chimentos de la farándula.

No estoy repitiendo el argumento de Nassim Taleb en El Cisne Negro, ese es válido para todos los países, voy a otra cosa. No solo que la información inmediata ni siquiera nos informa, sino que ha perdido utilidad hacer los diarios y también leerlos, porque en primer lugar nosotros los lectores ya no tenemos peso político en tanto ciudadanos. El lector es nadie. A lo sumo algún día se enojan unos cuantos y salen a la calle a mostrar en carteles la indignación que no tiene canal ni voz con el aliento que les queda después de pagar el IVA y buscar los productos que no encuentran en el supermercado. Los diarios entonces se convierten en auditores del público, destacan de qué barrio son, se fijan a ver si los carteles no dicen nada agresivo, en cuyo caso nos dejarán a todos muy claro que ellos son la corrección y están del lado del poder. El poder no es el ciudadano en absoluto.

El individuo carece de peso político porque mediante triquiñuelas y falsas doctrinas económicas se lo viene domesticando por décadas. Contribuyen a ese deterioro muchos que se rasgan las vestiduras con la palabra república o se preocupan por la libertad de expresión, siempre que se trate de la libertad de expresión de alguien importante en el periodismo. Hay cuatro o cinco personas bien acomodadas que no pueden tocarse, pero cuando se metían con la hermana de Juan Cruz Sanz allá por el comienzo del despotismo K, no le importaba a nadie. De nuevo el poder, un periodista importante es aquél al que se le tiene miedo, al ciudadano no se le tiene ninguno.

Que miedo se le puede tener a alguien a quién sus cuentas bancarias están siendo vigiladas, se le dice si puede comprar dólares, necesita ser autorizado para importar rabanitos y todo el mundo sabe que se lo maltrata con excusas para no dejarlo hacer lo que quiere, se lo mata en los trenes, le hacen pagar subsidios a los que viajan, se le falsifica la moneda y se considera a la inflación como ganancia para hacerlo pagar impuestos, se le muestra en su cara que el aparato de difamación y propaganda se paga con sus impuestos, se lo trata como ganado en un hospital. Ese es el lector. El diario dice todo el tiempo que tal ley controla a tales lectores, que tal oficina se encarga de autorizar a los lectores y que el último discurso prsidencial advirtió sobre el peligro de otro determinado grupo de lectores. Si el diario escribe pensando en el lector, tan desmerecido, pierde. Por eso mejor acompaña  la rosca etiquetándolo como peligroso cuando disemina un pensamiento económico que supone aplastarlo todos los días. Lo importante es responder a algún círculo que conserve poder o al propio estado de manera directa. Esos círculos que mantienen sus pequeñas cuotas de la torta, jamás se enemistarán con el estado. Lo demás será una falsa moral adaptativa.

Entonces pasa que aparece un fallo de la Corte que dice que la libertad de expresión como derecho individual debe ceder en general ante una interpretación colectiva, cuya consagración en concreto requiere el cierre de medios. Imaginen el incendio en un diario como los de antes que estaban pensados para los lectores pidiendo destituciones, llamando a la gente a levantarse contra un poder tiránico y sus agentes. Pero solo con este párrafo este artículo no podría ser publicado en ningún diario impreso de la Argentina. Lo que lo detendría sería una moralina pretendidamente institucionalista, como sinónimo de benevolencia con quienes ocupan el poder (es decir como antónimo de institucionalismo) que nos enseña todo el tiempo que no hay que insultar a kicillof y que la máxima norma del sistema político es la perdurabilidad del gobierno, no de la Constitución tal cual es. Mucho menos la del ciudadano/lector.

En los diarios hace más de una década que no hay nada. Todo el mundo sabe que hay que decir poco para llegar ahí y sobre todo que hay una corrección cuya regla no escrita es no joder al poder de verdad. Solo hacer un poco como que se lo critica pero llenándolo de aclaraciones como para ser inofensivo. Las excepciones son pocas, esporádicas y siempre lavadas.

Denuncias sí se puede hacer, pero sobre corrupción entendida como robarle al estado y con eso impedir que nos haga felices. No se puede robar al poder. Corrupción como un problema del propio estado, no del ciudadano. El poder, por favor no confundirse, es siempre bueno. Desafiar al funcionario puede ser, pero a la estructura del poder que es el estado jamás. Salvo, que otro poder lo habilite, un rato.

Este es un punto más difícil de compartir, lo se, si es que alguno es fácil, pero la verdad que periodismo y socialismo o más particularmente estatismo, no se llevan bien. El lector es un ciudadano privado. El nuevo despotismo que viene como herencia de la social democracia comienza con la exaltación del estado y al “ovejización” del ciudadano privado. Al mismo individuo al que hoy se desprecia se le dio el rol de mendicante frente al poder. Defender su “libertad” pasó a ser someterlo al “verdadero peligro”, el otro ciudadano privado que estaba mejor que él. El sentimiento no era el sentido de independencia sino a la envidia. El poder político era la herramienta a la mano para canalizarla, ya no el peligro mayor que le da sentido a la existencia de la tradición constitucional clásica y con ella al periodismo. Los diarios de nuestra época por supuesto miden las diferencias entre los más ricos y los más pobres, dato que es de una irrelevancia absoluta. Los más pobres de todos los países estarían felices si fueran libres de emigrar hacia países donde esa brecha respecto de ellos fuera mayor, del mismo modo que cuando ponemos un estudio de arquitectura o de cualquier otra cosa, esperamos que el cliente que entre por la puerta sea mucho, y si se puede muchísimo más rico que nosotros. Esa es una oportunidad en términos económicos si no hay trabas burocráticas y una desgracia sólo para los que alimentan la envidia. Pero claro el invento de una “información” llamada brecha alimenta la falsa legitimidad de aumentar el uso del poder político. Y sus avisos.

Entonces tenemos que el lector o es un rico, malo, o es un pobre oveja. Es decir o un villano o un pobrecito. Y no es que este sea un pensamiento del pobre, para nada. Es en general de los demás, de hecho no conocemos dueños de diarios pobres ¿verdad? Esto es una contaminación moral. Esa es la parte que no tendrán por que compartir muchos, pensarán que hay un cielo en el que se premian los sentimientos de luchas de clases. Pero mi punto es nada más que si se piensa así, el diario no sirve para mucho más que para envolver los tomates. Si es que no están demasiado caros y los propios diarios no han sido obligados a dejar de informarlo y la Corte no diga que está muy bien tal restricción en nombre del derecho de todos a hablar.

El periodismo nace con la vida privada, como la novela. Cuando el ciudadano se transforma en protagonista quiere saber lo que pasa y tiene peso. El diario es una respuesta del mercado a eso.

El diario también busca lectores e influencia. La influencia consiste en tener a los ciudadanos privados de su lado. Lo importante en una sociedad en la que el periodismo brilla es la vida privada, no los lobbys, no el estado. Si el diario empobrece al lector, lo hace poco importante, glorifica al poder, contribuye a crear fantasmas internos o a fomentar la envidia, pierde sentido como tal. Se transforma en otro tipo de literatura que no tiene que ver con el poder del lector sino con su uso.

Ese ciudadano que es la célula de la política en un sistema republicano (¿se acuerdan?) es mencionado de varias formas, de acuerdo a qué es lo que hace. Es un profesional, un maestro, un taxista, un comerciante, un empresario, una mucama de un hotel o un periodista. Todos están del mismo lado del mostrador y se informan sobre lo que sus servidores  hacen o dejan de hacer y de los más variados temas que influyen sobre su vida como sector productor. En las crónicas festejarán la ley que regula al lector y le recorta sus facultades llamándolo por ejemplo “comerciante”.  Ya estamos lejos de vivir como esos ciudadanos que alimentaban al diario, porque nuestros libros  con los Felipe Piña del pasado ya empezaron a construir la gloria del estado, es decir del poder y de quienes lo ocuparon. Los revisionistas actuales nos hablan de lo mismo, solo que los buenos y los malos se han invertido hasta que lleguen otros revisionistas que tendrán el trabajo más sencillo de reprogramación porque los de ahora son tan elementales que tienen capacidad como para convencer a Cabandié.

El problema de la última década es que se trata de la explosión de ese sistema. El estatismo renace con su ineficacia total y evidente no intenta convencer a nadie porque todo el mundo sabe en la Argentina que el estado es una calamidad, que solo sirve para enriquecer a los que lo colonizan y para ejercer la arbitrariedad para sacar un provecho inmediato. No tenemos ni una remota pista de algo parecido al ideal de estado que se propaga desde todos lados, con ese miedo profundo que se ha instalado a defender la libertad y la vida privada que es la otra cara de la misma moneda. No hay ignorancia, es pura complicidad.

Entonces no hay más remedio para seguir pensando en el lector que ganarse el odio no solo del estado, de sus agentes, de las cámaras de delincuentes con generosidad llamados empresarios, sino también de los diarios.

Fíjense como el poder político marca la agenda periodística desde una moralina que le es muy funcional. A veces se habla de “periodismo independiente” como sinónimo de periodismo que no toma partido. Por ejemplo podría esta independencia hacernos la crónica de los campos de concentración destacando, para decir algo positivo y validarse, que se han incorporado una cantidad cualquiera de mantas o se ha arreglado determinado baño. Hay que hacerlo para demostrar que no se es anti. Ser anti es malo. Ser independiente es estar en el medio, incluso en el medio entre el ciudadano harto y el funcionario cómodo.

También está la cosa de convertir todo en “dato”. Pero los datos sin teorías no sirven para nada. La falsa realidad de las estadísticas de la macumba económica como el producto bruto, balanza de pagos y tantas otras cuentas desprovistas de un mínimo análisis de sus implicancias éticas, al lector no le sirven de nada. Los diarios festejan con el gobierno, por ejemplo, números como el “aumento de la recaudación”. Le están diciendo a sus lectores que los están empobreciendo pero se los cuentan como una buena noticia, por la razón más que banal de que el cronista puede haber sido formado en la idea de que lo que le toca es transmitir algo que se llama “información”, aunque no tenga idea de que en verdad está respondiendo a una teoría, solo que sin saberlo, a una muy equivocada y contraria a los intereses de su lector. Cuando el diario se sale de ese rol de menguele aséptico de la información, el poder le recuerda que la ética consiste en ser inofensivo para que el medio se rectifique y se mantenga en el menguelismo informativo que le deja al estado el campo abierto.

Por eso es también una falsedad que tenga que ser “objetivo” si se lo toma como sinónimo de neutral. Podría ser totalmente arbitrario inclusive, pero a los lectores en general les interesa que sigan un criterio y que respeten los hechos tal cual son. Porque además hay competencia. Pero cómo no va a tomar partido una empresa que supone la libertad de su cliente cuando está en juego. Cómo no va a tomar partido por unos principios en contraposición con otros si son esos principios los que determinan qué cosa es información y qué cosa no la es. Ahora bien, en un sistema despótico en el que todo el mundo colabora, incluidos los diarios, estos apenas cumplen el papel de servir de boletín de entretenimiento de lo que Macri denominó el “círculo rojo”.  Es un lobby más.

 

En medio de esta crisis se debate mucho el rol de la prensa. Claro, es tanta la pérdida de norte que en algún momento se nota. La noticia (esto si es una noticia) es que no existe ningún rol de la prensa. El periodismo no es un servicio público, es un servicio privado. Preguntar cuál es el rol de la prensa equivale a preguntar cuál es el rol del individuo. Un oxímoron. Si tiene rol es un soldado, no un individuo. El medio de prensa responde y hace lo que quiere. Es un medio, no un fin. El fin lo determina por si mismo su dueño. El diario es la extensión del ciudadano. Es un ciudadano organizado de modo empresarial. La empresa es una herramienta hecha en libertad por el sector privado para la consecución de sus fines, si hay libertad, condición esencial para que importen los diarios, el estado no tiene autoridad sobre la empresa. Todo lo que la Corte colectivista revolucionaria acaba de matar.

Pero resulta que nuestros diarios despóticos se encontraron con un gran dilema que no pudieron resolver cuando el estado fue contra ellos. Se la pasan todos los días llamando al uso del poder contra todo tipo de empresas y cuando se ataca la libertad de expresión apuntando contra los medios que la hacen posible se quedan sin argumentos. Es más, les repiten la cantinela de la supuesta incompatibilidad de intereses entre empresario y empleado (desmentida por el mero hecho de que han establecido una relación de manera libre) y no tienen nada que decir, porque en su no tomar partido parece que no han incluido no ponerse a favor del estado y la arbitrariedad de las regulaciones cada vez que pudieron. Lo cierto es que la supuesta puja entre la libertad del periodista y la del medio es falsa. El medio es solo el capital con el que el periodismo se torna políticamente relevante. Es una forma de industrialización en la que se pierde y se gana, lo primero como costo y lo segundo como beneficio. Con lo cual el periodista individual tendrá que compatibilizar algunos de sus deseos por el hecho de no trabajar solo, pero eso le permitirá con el capital arriesgado por un tercero multiplicar su impacto. No ha perdido, ha ganado, si esa fue su elección en lugar de escribir su blog. Como ganan los dueños de los medios teniendo socios en lugar de hacer las cosas como quieren sin consultar.

Pero claro eso requeriría hablar de derecho de propiedad y eso significaría no solo tomar partido entre el estado y el individuo sino además ser liberal y nadie quiere ser liberal. Parece que no te lleva a los círculos intelectuales con los mejores canapés, ni mucho menos a los lugares donde se reparte la pauta oficial y ya ni siquiera a los departamentos de “RSE”. El problema es que querer ser prensa libre y no querer la libertad como tal es una completa estupidez.

La prensa es en una sociedad libre un instrumento esencial de una de batalla política en el que el ciudadano está en el tope de las prioridades. No es un dispensario de datos sin trascendencia, lo puede ser como dije antes, pero entonces no tendrá la más mínima importancia y cuando vayan por ella nadie sentirá una pérdida más que remota, en el terrno de la ensoñación y del juego.

José Benegas es abogado, periodista, consultor político, obtuvo el segundo premio del Concurso Caminos de la Libertad de TV Azteca México y diversas menciones honoríficas. Autor de Seamos Libres, apuntes para volver a vivir en Libertad (Unión Editorial 2013). Conduce Esta Lengua es Mía por FM Identidad, es columnista de Infobae.com. Es graduado del programa Master en economía y ciencias políticas de ESEADE.

10 años de destrucción económica e institucional

Por Roberto Cachanosky. Publicado el 26/5/13 en http://economiaparatodos.net/10-anos-de-destruccion-economica-e-institucional/

 Si la crisis del 2001/2002 fue una explosión que conmovió a la sociedad, estos diez años de kirchnerismo se caracterizaron por ser una constante, metódica y diaria destrucción del sistema republicano y de la economía.

Si la crisis del 2001/2002 fue una explosión que conmovió a la sociedad, estos diez años de kirchnerismo se caracterizaron por ser una constante, metódica y diaria destrucción del sistema republicano y de la economía.

¿Cómo pudimos llegar a tal grado de degradación económica e institucional? En mi opinión hubo una combinación de suerte para los Kirchner, indiferencia de la gente, buena parte de un periodismo complaciente e irresponsabilidad de buena parte de la dirigencia política opositora.

La suerte de los Kirchner fue encontrarse con un precio de la soja que duplicaba el precio promedio que tuvo De la Rúa, que les permitió obtener recursos fiscales que no tuvo el derrocado dirigente radical. No voy a hacer la defensa de De la Rúa porque cometió muchos errores, los que dejé por escrito en mis artículos de aquella época, pero es obvio que si De la Rúa hubiese tenido los precios de la soja que tuvo el matrimonio tal vez hubiese llegado al fin de su mandato.

Por otro lado, la brutal forma en que Duhalde salió de la convertibilidad le dejó a Kirchner un tipo de cambio real muy alto, lo cual le permitió iniciar un proceso de sustitución de importaciones sin necesidad de obtener más inversiones. Solo había que pasarle el plumero a las máquinas que estaban sin funcionar, comprar materias primas y otorgar algunas horas extras para empezar a producir. No hubo crecimiento en todos estos años, hubo reactivación, que no fue otra cosa que poner en funcionamiento una capacidad instalada que no estaba funcionando.

Pero ojo que el kirchnerismo no se valió solamente del precio de la soja y del tipo de cambio alto para impulsar una artificial fiesta de consumo. En su proyecto de poder hegemónico fue destruyendo el stock de capital acumulado para mantener feliz a la gente con más consumo. El kirchnerismo destruyó el sistema energético, el transporte público, las rutas, el stock ganadero, nuestros ahorros en las AFJP y la moneda. Seguramente me debe quedar algo en el tintero.

¿Por qué pudo destruir tanto? Porque guste o no la gente estaba feliz comprando televisores, celulares, electrodomésticos y todo tipo de bienes gracias a que el gobierno impulsaba el consumo artificial consumiendo el stock de capital.

Hasta aquí uno podría decir que es normal que la gente no tenga por qué saber cómo se financia el consumo artificial. Es decir, así como en los 90 se decía que las privatizaciones era como vender las joyas de la abuela, en la era k el consumo de stock de capital fue como dilapidar la herencia de la tía, pero la gente no lo sabía o no le importaba. Podía consumir.

Con una lectura muy clara del comportamiento de la mayoría de la oposición, el matrimonio dijo: quieren fiesta de consumo, les damos fiesta de consumo y mientras tanto nos cargamos la república, que en última instancia es lo que nos interesa. El poder absoluto. Cuanta más borrachera de consumo artificial, mejor porque la gente no va a ver ni la destrucción del orden republicano ni los casos de corrupción que hoy brotan como hongos. ¿Por qué hoy la gente hoy se indigna con la corrupción y no se indignó antes? Porque hoy el modelo económico flaquea, la inflación destroza el nivel de vida de la población y el miedo a perder el trabajo ya es palpable.

Si uno ve la trayectoria de los Kirchner, se encuentra con que en 1976 se fueron al sur. En 1987 Néstor Kirchner es elegido intendente de Río Gallegos, luego gobernador y posteriormente presidente. Es muy raro que dos jóvenes abogados hayan hecho una fortuna en tan poco tiempo. Puede ser, pero no es lo común que dos jóvenes profesionales logren acumular un importante capital, como el que declara el matrimonio. Si uno hace cuentas, estuvieron solo 10 años en la actividad privada y 26 en la función pública. Cae de maduro que, si un funcionario es honesto, resulta sospechoso que pueda acumular fortunas durante la función pública.

Como al pasar, me pregunto: ¿no sabía Duhalde quienes eran los Kirchner cuando en 2003 eligió a Néstor para apoyarlo como su delfín para la presidencia?

También como al pasar, me pregunto: ¿dónde estaban la mayoría de los medios y periodistas que hoy se desgarran las vestiduras ante la corrupción y la destrucción de la república? Hay cosas que no hace falta ver para saber que existen. Y hay cosas que no hace falta que avancen para saber cómo van a terminar.

Pueden revisar este portal y encontrarán notas mías advirtiendo sobre la importancia de las instituciones. Argumentando que el que tiene la mayor cantidad de votos y llega al poder, se le delega el monopolio de la fuerza para que defienda el derecho a la vida, la propiedad y la libertad de las personas. Y que aquél que llega al poder con el voto y luego usa el poder para avasallar esos derechos se levantan contra la constitución pero, sobre todo, contra los derechos individuales.

Obviamente, hablar de instituciones y del errado rumbo económico que se estaba siguiendo en los años de fiesta de consumo era como hablar en el desierto. Nadie escucha cuando está emborrachado de consumo. Y así estaba la gente. Los Kirchner tuvieron la habilidad de emborrachar a la gente con un consumo artificial, aún a costa de destruir su sistema económico, para ir acaparando poder. Hicieron lo que puede hacer un habilidoso ladrón o ladrona. Drogan a la gente con algo en su casa para luego robarles. Eso es el kirchnerismo. Drogaron a la gente con consumo artificial y les robaron la república y destruyeron la economía.

Ahora la gente parece haber despertado de la droga del consumo y empieza a ver el desastre que dejó el matrimonio. A tal punto llegaron que la preocupación llega hasta temer por las libertades individuales más elementarles. Pero ahora es tarde. Porque tienen el monopolio de la fuerza y van a destruir todo lo que tengan que destruir con tal de intentar retener el poder como sea. Luego se verá. Y si no logran retener el poder más allá del 2015, dejarán tierra arrasada. Que se arregle el que venga.

Inflación descontrolada, ausencia de inversiones, fuga de capitales, destrucción de la moneda, déficit fiscal a pesar de la carga tributaria asfixiante a que se somete a los que trabajan en blanco y demolición de la infraestructura son algunos de los destrozos económicos del kirchnerismo.

La destrucción institucional era el objetivo último del matrimonio para tener el poder hegemónico y, en todo caso, no tener que responder ante la justicia por los escándalos de corrupción.

Nunca hubo un plan económico consistente, solo la subordinación de la política económica a sus ambiciones de poder. Y esto es lo que hoy le está fallando al oficialismo. Resto para seguir emborrachando a la gente con la fiesta de consumo mientras se roban la república y esconder los escándalos de corrupción.

Desde mi punto de vista, queda una primera instancia decisiva para saber si vamos de cabeza a una dictadura disfrazada de democracia o tenemos la oportunidad de revertir el proceso. Esa instancia decisiva es que la Corte Suprema de Justicia le ponga un límite al gobierno en su  proyecto de reforma de la justicia. Si eso se frena, entonces viene la segunda parte. Lograr que en las elecciones de octubre el oficialismo tenga una derrota categórica, para evitar que el Congreso siga siendo una simple mesa de entradas en la que se votan las leyes según los caprichos del momento de la presidente.

Si se dan esas dos condiciones: la Corte Suprema frenando el ataque a la justicia por parte del gobierno y luego quitarles el control del Congreso, entonces podemos empezar a pensar como reconstruir el país luego del incendio económico e institucional que ha hecho el kirchnerismo en estos 10 años. Primero apagar el incendio y luego ver cómo se reconstruye todo lo que destruyeron.

El tiempo es un bien escaso. No se puede comprar, ni alquilar ni pedir prestado. El tiempo que se pierde, se pierde irremediablemente. Nos han robado 10 años de nuestras vidas. Demasiado para lo que vive un ser humano.

Esperemos que la Corte Suprema ponga un primer límite. Luego la gente de un categórico castigo en las urnas en octubre y, como deseo fina, cuando recuperemos algo de la república, establecer un Nuremberg de la corrupción y el avasallamiento de las instituciones para que ningún político se anime en el futuro a destruir un país como lo hizo en estos 10 años el kirchnerismo. 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA)y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE.

 

Bob Woodward y la libertad de prensa

Por Alberto Benegas Lynch. Publicado el 14/3/13 en http://diariodeamerica.com/front_nota_detalle.php?id_noticia=7714

El tema presupuestario en Estados Unidos se está convirtiendo en un embrollo en el contexto de 16 trillones de deuda pública federal de la cual 6 son el resultado de la presente administración, lo cual significa un 105% del producto con un déficit fiscal que ahora representa el 7% de ese mismo guarismo en el contexto de aumentos siderales en el gasto y monetización de aquella abultada deuda.

Michael Tanner, uno de los distinguidos directores de proyectos de Cato Institute en Washington DC, publicó en CNN.com un artículo titulado “Mitos acerca de los recortes presupuestarios” en donde muestra muy documentadamente que lo que se dice son recortes, en verdad aluden a disminuciones en incrementos proyectados lo cual es sustancialmente distinto a lo que aparece a primera vista, monto que se traduce en un 2,3% del gasto total del gobierno federal y el 0,03% del producto.

Los miembros del Partido Republicano favorecen los gastos militares mientras que los integrantes del Partido Demócrata patrocinan elevar los ya abultados gastos en lo que ha dado en llamarse seguridad y medicina social. La actual administración ha disminuido efectivos bélicos en distintos lugares del planeta pero no ha logrado achatar las erogaciones en la materia puesto que se ha embarcado en aventuras militares en otros lugares como Egipto, Libia, Siria y algunos países de África. En otros términos, ambas fuerzas políticas, por razones distintas, están hoy en las antípodas de los consejos de los Padres Fundadores a los que tanto he citado en estas columnas sobre lo que pensaban es el rol de un gobierno compatible con un sistema republicano.

El conocido y celebrado periodista Robert U. Woodward (Bob) trabaja desde 1971 en The Washington Post donde ahora es editor asociado. Fue junto con Carl Bernstein quien levantó el escándalo de Watergate y es autor de numerosos libros entre los cuales se cuenta la formidable obra titulada Las guerras secretas de la CIA (traducida y publicada por Grijalbo de México) donde pone al descubierto las patrañas monumentales de esa agencia de inteligencia (como escribe Woodward en el prólogo, un ferviente partidario de la CIA -el senador John C. Stennis- declaró en el Senado estadounidense que a esa repartición “la vamos a proteger como tal y cerrar un poco los ojos y prepararse para lo que venga”).

En todo caso, en este mes de marzo saltó el hecho de que como consecuencia de una columna del mencionado periodista publicada en el diario para el que trabaja, el asesor económico de la Casa Blanca, Gene Sperting, le gritó malamente al autor en una agitada conversación telefónica y le envió un correo electrónico donde se lee que el funcionario público le advierte que “se arrepentirá” (“you will regret”) de lo que escribió.

El artículo en cuestión sostiene la tesis que todo el galimatías presupuestario y la correspondiente discusión ácida sobre la materia es debido a las propias actitudes vacilantes, contradictorias, inconducentes e inapropiadas de Obama y del ex asesor presupuestario Jack Lew, actualmente Secretario de Tesoro.

Woodward en general simpatiza con las políticas de tendencia estatista de los demócratas que ha dominado el escenario en Estados Unidos durante los últimos tiempos y que paradójicamente han recrudecido a partir de G. W. Bush, pero lo ocurrido en la capital estadounidense como consecuencia del referido artículo enciende una potente luz colorada y es totalmente independiente a las ideas que sustente el periodista en cuestión. Es inadmisible que esto suceda en Estados Unidos, el baluarte de la libertad de expresión que básicamente ha acompañado la sentencia de Jefferson en cuanto a que “frente a la alternativa de contar con un gobierno sin prensa libre, o prensa libre sin gobierno, decididamente me inclino por esto último”.

Estos sucesos son lamentablemente muy comunes en los regímenes autoritarios de ciertas naciones latinoamericanas, asiáticas y africanas pero no en Estados Unidos, por lo que debe celebrarse el escándalo que ha producido lo relatado en muy diversos ámbitos. Hay un problema colateral en este espinoso asunto y es que aparentemente las autoridades que representan a  The Washington Post no acompañarían los dichos consignados ni se solidarizarían con el altercado sufrido por su periodista estrella. Es de esperar que esta conjetura que exponen acaloradamente entendidos en los medios de difusión norteamericanos no resulte correcta para bien de la independencia y el futuro de ese diario y para la salud de la libertad de prensa en el país que por el momento y a pesar de todos los problemas por los que atraviesa sigue siendo el bastión del mundo libre.

Cierro con un pensamiento más general de Jefferson, pero para tomar nota y estar atento debido a la actitud prepotente del asesor de la Casa Blanca frente a un periodista por publicar una nota que no le agradó al gobierno de Obama: “Cuando el pueblo teme al gobierno hay tiranía, cuando el gobierno teme al pueblo hay libertad”. Lo ocurrido es un primer síntoma peligroso que esperamos no se repetirá debido a la reacción adversa que afortunadamente suscitó.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía, Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer Rector de ESEADE.

 

Razones para privatizar: Argentina hace 120 años.

Por Carlos Newland:

El primer gran debate sobre el rol empresarial del Estado se dio en Argentina a fines del Siglo XIX, cuando se discutió la privatización de los ferrocarriles y en particular el más importante desde el punto de vista económico, el Ferrocarril Oeste.  Este fue el caso de una empresa que nació como un emprendimiento privado pero que se transformaría en una institución pública. Aunque la idea de sus iniciadores fue que su financiamiento se obtuviera mediante aportes locales, ello no pudo concretarse ya que el sector agropecuario en gran expansión  y con gran rentabilidad atrajo los capitales disponibles. El financiamiento terminó siendo mayoritariamente de origen provincial-estatal y ello fue una de las razones que justificaron que pasara a la orbita de la gestión pública en 1863. Para la década del 80 el Ferrocarril Oeste era una entidad de enorme dimensión comparativa, sus vías cubriendo alrededor de1000 kilómetrosa lo largo de la Provincia de Buenos Aires. Pero con el tiempo fue creciendo la idea de que todos los ferrocarriles estatales debían ser privatizados, tanto por su funcionamiento deficiente, como por ser su venta un medio de obtener fondos para objetivos más prioritarios. El gobernador Máximo Paz, quien fue electo en 1887 Gobernador de la Provincia de Buenos Aires expresaba que su  programa político era ofrecer el “maximum de Libertad y el  minimum de gobierno”, limitando al Estado a todo rol que no fuera imprescindible. El Estado debía ocuparse fundamentalmente de la seguridad, justicia, salud publica  y a obras de infraestructura básica que no podían ser proveídos por el empresariado privado, como canales, caminos, pavimentación de calles  y puentes. El Estado no debía gestionar empresas y si brindar la regulaciones y controles para que las mismas funcionaran en pro de la comunidad.

Acompañando las ideas de Máximo Paz se encontraba su  Ministro de Obras Públicas Manuel Gonnet, un brillante y prestigioso abogado, periodista y político, profesor de la Universidad de Buenos Aires y  gestor de la creación de Observatorio Astronómico y Museo de La Plata. Gonnet elaboró en su exposición, al tratarse la venta del ferrocarril a las Cámaras de Diputados y Senadores de la Provincia, las múltiples razones por las que no era conveniente que el Estado poseyera y  gestionara empresas, argumentos que aun tienen vigencia.

En primer lugar Gonnet sostuvo que una intervención pública acotada era una garantía para el funcionamiento del sistema republicano. Una sociedad funcionaba adecuadamente  siempre que el gobierno no ocupara funciones que correspondían a los ciudadanos, como la gestión empresarial. Sin libertad económica no era posible la libertad política.

En segundo lugar la empresa pública tenía siempre un funcionamiento ineficiente por múltiples razones. La primera era que injerencia política era habitual y cada nuevo gobierno con sus intervenciones afectaba a la eficiencia de sus recursos humanos. La designación política frecuente de nuevos cuadros directivos impedía la continuidad a la institución, afectando su administración. Asimismo los gobiernos utilizaban a las empresas para dar empleo a sus cuadros y clientelas, personas no preparadas adecuadamente para los puestos a desempeñar. Se generaba así empleados ineficientes que convivía con trabajadores eficientes, pero estos últimos no eran recompensados adecuadamente por su mayor productividad, debido a la homogenización de los salarios presentes en general en el sector público.

Gonnet también opinaba que las empresas privadas reaccionaban más rápidamente ante las necesidades y demandas de los consumidores. El proceso de toma de decisiones en empresas públicas era más lento y contaminado por consideraciones políticas. En las empresas del Estado no había una política optima de adquisición de materiales, y muchas veces había un sobre stock.  Finalmente al no estar presente un propietario vigilante se fomentaba la negligencia e impuntualidad que se traducían en  accidentes y retrasos.  

Otro problema grave consistía que el Estado era a la vez regulador y  participante económico. Era difícil que sus regulaciones no afectaran la competencia que hacían los privados a la empresa pública ya que la prioridad del gobierno era que su gestión no fuera deficitaria.

            Los argumentos de Gonnet y la acción política de Máximo Paz tuvieron éxito y en Abril de 1890 el Ferrocarril Oeste fue vendido a una empresa privada de capitales británicos por 41 millones de pesos oro. La gestión del Ferrocarril Oeste permaneció en manos privadas hasta  1948, año en que fue nacionalizada por el gobierno peronista. En  1991 volvería a manos privadas bajo el formato de una concesión.   

Carlos Newland es Dr. Litt. en Historia y Rector de ESEADE.