ESPÍRITU NAVIDEÑO Y RESPETO A LA LIBERTAD

Por Gabriel J. Zanotti: Publicado en Diciembre de 2010 en http://www.institutoacton.com.ar/articulos/74artzanotti79.pdf

 

Había pensado un título como “Navidad y liberalismo”, pero sería un error. Nunca he
intentado derivar directamente de mi fe un sistema político determinado, ni he intentado
colocar a las Escrituras como la premisa de la cual se derivara directamente un sistema
político. Claro, he aclarado infinitas veces que el liberalismo (con todas las aclaraciones
pertinentes) no es contradictorio con mi fe, lo cual es muy diferente.
Habiendo hecho esta aclaración, voy a hacer una pequeña reflexión para creyentes y no
creyentes que compartan cierto espíritu liberal. Me refiero a la no agresión, a la no
invasión, a no iniciar la violencia contra otro. A veces eso se mezcla con la indiferencia
ante el prójimo, pero no es lo mismo. El fundamento para no invadir no debe ser la
expresión “es tu vida, morite si querés”, sino “respeto tu conciencia”, “no voy a invadir
la casa de tu existencia”, lo cual es muy diferente a no preocuparnos por la vida de los
demás. Muchos han deducido la invasión al otro como el resultado de la preocupación
por el otro, y ese es el grave error que el liberal siempre denuncia.
Para los que somos creyentes, Cristo es Dios, para los no cristianos, obviamente no.
Pero creo que ambos grupos coincidirán en algo: su nacimiento fue pacífico, una paz en
serio. No fue el hijo de un monarca o emperador autoritario de la época cuyo nacimiento
anunciaba quién era el próximo invasor de las vidas ajenas. Nació sin reclamar nada, sin
invadir a nadie. Cuando su madre recibió el anuncio de que iba a tener un hijo, ella
preguntó cómo podía ser eso, y la respuesta del ángel fue un diálogo respetuoso que
quedó como modelo de diálogo entre razón y fe. María no fue coaccionada. A partir de
su nacimiento, Cristo estuvo con sus padres 30 pacíficos años pacíficos viviendo de su
trabajo y de la co-propiedad con su padre. Luego afirmó que él era el Mesías, el Hijo de
Dios, Dios mismo, anunciando la llegada del mesías esperado por el pueblo judío. Pero
Cristo, que afirmaba ser Dios, no procedió como otros que se creen Dios. Predicó,
habló, no fundó un ejército ni obligó a nadie a seguirlo. Conversaba con todos, y muy
especialmente con los que procedían de modo diverso a lo que él predicaba. Hablaba,
estaba y comía con todos, sencillamente con todos, y sólo discutía –y se enojaba precisamente
con los que se consideraban muy pero muy buenos. Pero tampoco los
coaccionaba. El ser humano, cuando se cree Dios, piensa que puede invadir a los demás,
forzarlos; este ser humano, que afirmaba ser Dios, sólo mostró un Dios que dialoga.
Cuando lo vinieron a buscar para matarlo, le dijo a uno de sus discípulos “guarda la
espada”, y cuando afirmó ser Rey, dijo “mi reino no es de este mundo” (suerte para
Pilatos ☺ ). Desde su Cruz perdonó a todos.
Los creyentes, que a veces son autoritarios en su vida cotidiana y en sus opciones
políticas, deberían pensar en el Cristo al cual dicen seguir. Un Cristo que dialoga y no coacciona. Si Cristo, que según los creyentes es Dios, no usa la fuerza para imponer sus
ideas, ¿por qué sus “creyentes” sí lo hacen? ¿Tienen prerrogativas que Dios no tiene?
Y los no creyentes pueden quedarse meditando en este peculiar ser humano (que los
creyentes consideramos humano también). Si, tal vez tuvo razón el soldado romano que
le dijo que si era Dios, que se bajara de la cruz. No me van a negar que hubiera sido un
digno final de Hollywood. Cristo bajando victorioso de su cruz y derrotando a toda
Roma con sólo un soplido; sentándose en el mismo trono del emperador romano e
instaurando el Reino de Dios en la Tierra que, por supuesto, iba a tener ejércitos e iba a
coaccionar como cualquier gobierno. Pero no. ¿No porque no era Dios? ¿O no porque,
precisamente, lo era?
Navidad otorga a todos, creyentes y no creyentes, una especial oportunidad para meditar
todo esto. He allí un hombre que proclamó su divinidad y no invadió nunca a nadie. Es
interesante meditar el por qué.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

Indignados, ¿de izquierda o derecha?

Por Alejandro A. Tagliavini. Publicado el 7/10/12 en http://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/alejandrotagliavini/ARTICULO-WEB-NEW_NOTA_INTERIOR-12288100.html

 Funcionarios del gobierno español de centroderecha, como Cristina Cifuentes, tildaron de «golpistas» a los manifestantes del 25 de septiembre (25-S) que rodearon el Congreso. Allá lejos, y no en otoño (boreal) sino en primavera (austral), funcionarios del gobierno «progresista» (populista) de otra Cristina, la Presidente argentina, calificaron del mismo modo a los que participaron en los cacerolazos. Obviamente, si bien estas manifestaciones estallaron a causa de políticas partidistas muy erradas, el trasfondo es el fracaso del sistema.

El 25-S no distinguió partidos y lanzó frases como «ladrones» y «ahí está la cueva de Alí Babá», las mismas que se repiten en Argentina. Existe una fractura muy profunda entre los ciudadanos y la clase política, a la que ven como «una corporación que tiende a perpetuarse». Según Metroscopia, en España, el 87 por ciento considera que los partidos solo piensan en sus intereses. Desde Occupy Wall Street, las revoluciones del norte de África o el movimiento Anonymous, hasta el Partido Pirata alemán promueven la idea de que todos deben participar, para ser democráticos. Y esto es real y legítimo. ¿Ahora, es posible?

En Egipto, lo que siguió a la «revolución» fueron los mismos militares que sostenían a Mubarak, y Occupy Wall Street naufragó. Quizás los más ingeniosos, los Piratas, utilizan computadores con un programa llamado Liquid Feedback que pretende dar la oportunidad a cada uno de votar en el Parlamento como un representante más. Pero que todos participen en la formación de las «leyes», que luego son impuestas coactivamente por la «autoridad», es muy peligroso porque, al haber millones de jefes, no hay ninguno y, entonces la autoridad de aplicación actúa a su antojo.

Basta ver lo que decían en 1922 los de la marcha sobre Roma, o los que en 1933 aplaudieron el incendio del Reichstag, para comprender que así se originaron buena parte de los populismos antidemocráticos. Hoy también se cuestiona la legitimidad de la actual «democracia», pero solo con la finalidad de aplicar aquel principio maquiavélico de que «todo cambie para que nada cambie», es decir, cambiar la «dictadura» coactiva de los políticos por la de algún líder mesiánico que logre manejar las asambleas «participativas».

El problema no radica en que las leyes sean buenas o malas, ergo, no radica en quién las decida y aplique sino en que son aplicadas de forma coactiva, con base en el monopolio de la violencia que utiliza el Estado. Si una ley mala no se aplica coactivamente, no pasa nada, simplemente no se cumple y ya está. Es que la violencia no solo destruye sino que corrompe, porque siempre será arbitraria, ya que, en última instancia, queda al arbitrio de quien la ejerce, es la decisión de uno solo que tiene «el poder» de decidir a gusto.

En el mercado, por el contrario, las decisiones son compartidas, llegándose a acuerdos voluntarios y pacíficos entre las partes. Si una persona, por caso, quiere un auto o servicios de seguridad o arbitraje, simplemente acuerda con el prestador un precio. Ahora sí, las personas participan en cada momento en cada aspecto de su vida. Y así se produce la verdadera democracia, como con el ‘rating’ de la televisión, donde millones de personas «votan» por un determinado programa. La diferencia está en la participación personal en el tiempo real de sus vidas y la asunción de los resultados y responsabilidades personales.

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Es Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.