La política económica y la grieta

Por Roberto H. Cachanosky. Publicado el 29/5/16 en: http://economiaparatodos.net/la-politica-economica-y-la-grieta/

 

El desafío del PRO no es terminar con la brecha dejada por el kirchnerismo, sino con la brecha que genera este sistema económico

Hace rato que se viene hablando de la grieta, palabra que entiendo quiere significar que estamos divididos entre argentinos k y argentinos no k.

En rigor no es la primera vez que en nuestro país se produce este tipo de divisiones feroces, ya en el siglo XIX estuvo el famoso unitarios versus federales. A mitad de siglo XX Perón, con su política fascista dividió a los argentinos diciendo que unos eran pobres porque otros eran ricos. Lo que se olvidó de decir es que muchos de los nuevos ricos habían hecho plata con la corrupción de los gastos estatales. Perón dividió a la sociedad al punto de gritar desde el balcón 5×1 y vamos a distribuir &”alambre de enfardar para colgar a nuestros enemigos&”. Como puede verse, el hombre no se andaba con muchas vueltas. Era un “pacificador” nato.

Tampoco el Perón del 73, viejo y cansado, vino con mucho espíritu de pacificación. Desde el exilio él había contribuido a dividir a la sociedad estimulando las andanzas de los terroristas. Claro que cuando llegó a la Argentina y vio que los terroristas querían coparle el PJ buscó frenarlos. Pero los terroristas le asesinaron a su amigo Rucci y se desató el pandemónium de la violencia con la Triple A comandada por López Rega que perseguía a los terroristas y los terroristas que tiraban bombas y mataban gente por doquier. Una vez más el peronismo dividía a la sociedad con altos grados de violencia.

Ya de entrada, cuando Perón volvió al país, se produjo un enfrentamiento a los tiros en Ezeiza entre diferentes sectores del peronismo. El ala fascista contra el ala zurda. Hubo varios muertos en los bosques de Ezeiza ese día.

El kirchnerismo no hizo otra cosa que seguir con esa división de la sociedad buscando culpables imaginarios para señalarlos como los responsables de la pobreza de la gente, pobreza que en rigor era producto de las políticas populistas aplicadas por ellos que generaban un tsunami de destrucción del stock de capital produciendo desocupación, caída de la productividad, pobreza, indigencia y desocupación. Hoy se ve con toda claridad como esas políticas populistas no son otra cosa que una cortina de humo para esconder, en el caso del kirchnerismo, uno de los mayores latrocinios de la historia Argentina.

Pero desde la instauración del populismo en Argentina, con Perón a la cabeza, lo que hoy llamamos grieta, ya existía como resultado de la política económica que se viene aplicando desde hace décadas. Es una política económica que, por definición, lleva a la famosa grieta o al enfrentamiento social.

Es que se ha instaurado en Argentina una política económica por la cual uno sector solo puede avanzar a costa de otro sector de la sociedad. Sectores empresariales utilizan al estado para que cierre la economía y así tener una renta extraordinaria vendiendo productos de mala calidad y a precios descomunales. Para que los dirigentes sindicales no protesten, entonces el estado establece salarios mínimos imposibles de pagar y una serie de beneficios “sociales”.

En Argentina un sector de la sociedad no logra avanzar económicamente gracias a que produce algo que beneficia a otros sectores de la sociedad, sino que logra avanzar consiguiendo que el estado les quite a otros para darme a mí. Las reglas de juego son muy claras. Yo le pido al estado que use el monopolio de la fuerza para quitarle su riqueza o su ingreso a otro sector, me lo de a mí en nombre de la justicia social y mediante una ley del Congreso para darle un aspecto legal al robo. El sector perjudicado reacciona y entonces el estado utiliza el monopolio de la fuerza para quitarle a un tercer sector y  transferirle el producto del robo legalizado al sector perjudicado que me transfiere a mí. Y luego el tercer sector protesta, con lo cual el estado lo “conforma” con alguna ley social que le quita a un cuarto sector su ingreso para dárselo al tercero. En definitiva, es una lucha de todos contra todos. El conflicto social es permanente y ahí se produce la grieta social o el enfrentamiento social.

Con este esquema económico, que los argentinos venimos aplicando desde hace décadas, siempre hay enfrentamientos, recelos, conflictividad en la sociedad. Unos ganan y otros pierden y, dependiendo del momento y las circunstancias, en determinados momentos a algunos les toca perder más que a otros.

El desafío del PRO no es terminar con la brecha dejada por el kirchnerismo, sino con la brecha que genera este sistema económico que conduce al conflicto social permanente y al enfrentamiento de la sociedad. Es el sistema económico populista el que produce la brecha.

Por eso hay que pasar de este sistema populista, a la cooperación libre y voluntaria por la cual un sector solo puede mejorar si produce algo que beneficia a otros sectores de la sociedad. Mi mayor ingreso deja de depender de que el estado le robe su ingreso a otro y comienza a depender de mi capacidad para producir algo que beneficia a los demás.

La brecha no la inventaron los k. Los k ampliaron la brecha hasta llevarla niveles insoportables. Pero la brecha va a seguir existiendo mientras tengamos este sistema de robo legalizado por el cual todos quieren usar al estado para robarle a otros sectores el fruto de su trabajo en nombre de la justicia social y de las políticas estatales solidarias.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE

Política, población y capitalismo

Por Gabriel Boragina. Publicado el 3/1/15 en: http://www.accionhumana.com/2015/01/politica-poblacion-y-capitalismo.html
Cuando hablo de capitalismo/socialismo no me refiero a “sistemas políticos”, sino a sistemas “económicos”. La mayor parte de las confusiones existentes en materia de política y economía es que se cree que son “la misma cosa”, y aunque existan relaciones de interdependencia indudables entre ambas, de idéntica forma tampoco puede vacilarse que son campos de acción por completo diferentes y bien delimitados entre sí.
De tal suerte que, la política -en su faz activa- sólo puede obrar como freno, obstáculo o valladar al capitalismo, por lo cual exclusivamente en su faz pasiva puede contribuir o colaborar con el capitalismo. En términos más sencillos: el capitalismo solamente puede operar y brindar todos sus beneficios a la comunidad en la medida en que la política se abstenga de impedírselo. Esto es todo lo que cualquier político -de cualquier parte del mundo- debe hacer si realmente aspira a tener en su país una organización capitalista: no imposibilitárselo.
El capitalismo no puede “imponerse” desde el poder político, lo que es tan absurdo como creer que, si un determinado día un gobierno quisiera dictar una ley que dijera que “A partir del día de la fecha el sistema económico de este país será el capitalismo” ello no implicaría automáticamente que tal ley podría ser de cumplimiento efectivo ni obligatorio, en tanto y en cuanto no estén dadas las demás condiciones necesarias como para que aparezca en dicho lugar una genuina estructura capitalista. Pero una ley que indicara lo contrario, en el marco de un entorno económico capitalista, sería letal para este mismo. En suma, se puede prohibir políticamente que en determinado territorio exista un orden económico capitalista (de hecho es lo que sucede en la mayor parte del mundo), pero no se puede -desde el poder- obligar a lo contrario. Porque ninguna clase de capitalismo funciona en base a las leyes jurídicas, sino que el capitalismo únicamente responde a las órdenes de precisas y determinadas leyes económicas, que no han sido creadas por ninguna mente humana, ni individual ni colectiva (si existiera tal cosa).
Y si bien la política no puede hacer nada a favor del capitalismo (salvo dejarlo en paz) el capitalismo puede hacer mucho por la política, ya que las sociedades capitalistas son considerablemente más estables y democráticas políticamente, con una calidad de convivencia muy superior a la de cualquier otro tipo de sociedad.
Tanto la teoría como la historia económica han probado que la pretensión de la mayoría de mezclar “lo bueno” del capitalismo y del socialismo y descartar “los vicios” de ambos, siempre ha conducido al más estrepitoso fracaso. Tales engendros “mixtos”, “híbridos”, “intervencionistas”, “duales”, “terceristas” y otras denominaciones que se les han dado y se les siguen dando, son los que imperan en el mundo de nuestros días con resultados cada vez peores en cada lugar donde se ponga la mira y se los estudie.
Esa “hibridez”, “mixtura”, etc. se viene ensayando desde hace decenios por doquier, incluso en los EEUU (país que muchos llaman “capitalista” y que cada vez lo es menos y menos), cosechando fracaso tras fracaso hasta hoy día. Y es el actual modelo imperante, origen de la presente pobreza y miseria mundial. Los partidarios de tales “mecanismos mixtos” no solamente demuestran ser fenomenales ignorantes en economía, sino también en otros campos del saber, cómo -por ejemplo- la historia, la antropología, la sociología, la filosofía, la sociología y distintas ramas afines. Evidencian desconocer -asimismo- la naturaleza humana. Meramente desde una posición de semejante confusión y mezcolanzas conceptuales pueden proponer “combinar” socialismo y capitalismo. Esa miscelánea sugerida revela -en un grado análogo y proporcional- el revoltijo de ideas indefinidas y contradictorias que abrigan en su cerebro. No saben -en suma- “donde están parados” conceptualmente.
Es por esta razón que, no entienden tampoco que no depende de “cómo” se “implemente” el sistema el éxito o fracaso del mismo. Ni el capitalismo puede implementarse de acuerdo a uno (o a más de uno) de los postulados socialistas, ni el socialismo puede realizarse conforme a uno (o a más de uno) de los postulados capitalistas. Sostener lo contrario, implica tanto como insistir que es posible fusionar sin problemas y por completo el agua con el aceite. Es decir, una tremenda barrabasada, producto del analfabetismo económico más supino y vergonzoso.
Tampoco las diferencias entre el capitalismo y el socialismo penden del grupo poblacional ni de su composición étnica como se ha dicho alguna vez.
El capitalismo ha triunfado en cualquier país donde se lo haya puesto en práctica, con independencia de cualquier “grupo poblacional”. En cambio, y por el contrario, el socialismo ha fracasado, con independencia de cualquier “grupo poblacional” de la misma manera, pero inversamente al caso del capitalismo. Esto es lo que dice la historia económica mundial y nuestra experiencia actual. Por lo tanto, la pregunta crucial a responder es “qué” o “cuál” sistema funciona. Y exclusivamente el capitalismo ha demostrado hacerlo. Precisamente, porque ya sabemos el “cómo” lo hace. Justamente por esto último. Como también sabemos por qué el socialismo no funciona, porque también conocemos ya como lo hace.
Sustentar lo inverso a esto último importa tanto como avalar antiguas y tenebrosas teorías racistas y/o xenófobas, o cualquier otra que pretenda que existirían diferencias raciales insalvables entre los seres humanos. Unos serian “aptos” para adoptar y entender el capitalismo (o el socialismo) y otros no. Poca diferencia se encuentra entre los que esto afirman y lo que pensaban “gentes” como Adolf Hitler y sus secuaces, junto con sus “teorías” de la raza “elegida por el destino”. La “pureza” racial de la raza “superior”.
Ni el capitalismo ni el socialismo estriban para su éxito o fracaso, de la contextura racial, étnica, ni mental, ni lógica de la población habitante de los lugares donde se decida su ejecución.
Si obedece, en cambio, a factores educativos y culturales, que de ninguna manera son estáticos ni estancos como aseveran los modernos racistas y xenófobos anticapitalistas, sino que son cambiantes y dinámicos. Quienes hoy en día alegan barbaridades como la que criticamos, nos recuerdan al tristemente célebre K. Marx quien aseguraba que el primer país en el que se implantaría el socialismo sería Gran Bretaña, porque -según él- sus condiciones socioeconómicas eran las más favorables para el cambio. Contrariamente a sus pronósticos se dio en Rusia, donde también según K. Marx las circunstancias raciales y/o culturales no la hacían apta para el socialismo.
Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.