Economía del conocimiento y seguridad jurídica

Por Martín Krause. Publicado el 30/1/20 en: https://www.cronista.com/columnistas/Economia-del-conocimiento-e-inseguridad-juridica-20200130-0061.html?utm_source=ecc_nota&utm_medium=cms&utm_campaign=refresh

 

¿Cómo podemos esperar que haya inversiones si cada cambio de gobierno modificamos las reglas de juego? La inversión siempre espera resultados a futuro, que pueden estar más cerca o más lejos. Dado que si hay algo que no conocemos con certeza es el futuro, toda inversión es incierta y todo inversor trata de reducir ese riesgo al mínimo.
Los gustos de los consumidores pueden cambiar (fíjese si hubiera invertido en Blockbuster), las dotaciones de recursos pueden modificarse (el shale oil no era considerado un recurso hace un par de décadas), pueden surgir nuevas tecnologías. Para invertir, además, hace falta una moneda que permita realizar cálculo económico en base a un valor relativamente previsible varios años hacia adelante.
Por último, mínimamente hay que saber cuáles serán los impuestos a pagar, la evolución de los salarios, los costos sobre la mano de obra, el acceso a divisas. Los países que reciben inversiones son aquellos que pueden ofrecer reglas de juego favorables (bajos impuestos y regulaciones) y estables.

También recursos, pero la definición de recurso ya no tiene que ver con factores provistos por la naturaleza sino con capacidad, educación, iniciativa, empresarialidad. Por eso son ricos Singapur o Hong Kong, sentados sobre un par de rocas.
Nos hemos cansado de escuchar que Argentina tiene muchos de esos recursos y últimamente también tiene los vinculados con el conocimiento, a punto tal que se espera, o esperaba, que estas industrias alcanzaran a ser la segunda o tercera exportación, detrás de los productos del agro.
Unanimidad y consenso
El año pasado se aprobó una Ley de Economía del Conocimiento, que pasó por el Congreso en forma prácticamente unánime. Supuestamente esto refleja un elevado grado de consenso y sería una señal de estabilidad en las reglas de juego para que los inversores desplieguen todos sus proyectos.
En nuestro caso, sin embargo, eso no es suficiente. Se acaba de suspender la aplicación de la ley hasta que se dicte una nueva reglamentación y ya se anuncian importantes cambios que han de modificar el cálculo económico de los inversores. Esta vez, la “estabilidad” duró unos pocos meses.
¿Cuál es la razón de que incluso normas aprobadas en forma unánime no puedan garantizar estabilidad? La respuesta es que ese consenso era falso. La centralización del poder en Argentina ha llevado a que el Congreso apruebe leyes de carácter muy general y luego delegue en el Poder Ejecutivo la capacidad de fijar las reglas de juego reales. Esto lo hace a través de la reglamentación.
Es decir, se aprueba una ley en la cual se sanciona la felicidad del pueblo argentino, o de un determinado sector, y todos están de acuerdo. Pero luego, los números son el resultado de la reglamentación.

Entonces, ahora, incluso quienes votaron a favor de la ley van a apoyar los nuevos cambios porque dirán que no estaban de acuerdo con lo reglamentado, o sostendrán que esto iba en contra del “espíritu” de la ley. Algunos quieren bajar a otros de los beneficios recibidos (“entraban hasta cervecerías artesanales”); otros quieren que el tren pare en su estación para subirse a los beneficios (pymes industriales). La calesita volvió a funcionar y la perinola está en juego.
Gobierno y oposición son responsables, porque disfrazan como consenso la delegación de funciones al ejecutivo, algo que el Congreso ha estado haciendo en estas décadas de estatismo centralista que nos ha dejado una simple fachada de la división de poderes.

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade). Síguelo en @martinkrause

El diálogo de EE.UU. con Corea del Norte parece paralizado

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 10/1/19 en: https://www.lanacion.com.ar/2209567-el-dialogo-eeuu-corea-del-norte-parece

 

Hasta junio del 2017 Corea del Norte era un país ermitaño, aislado del resto del mundo. Con una sola relación significativa, que era la que siempre mantuvo con China. No obstante eso, de repente, los líderes de los EE.UU. y Corea del Norte se reunieron en Singapur y protagonizaron una inesperada reunión “cumbre”.
Como resultado del sorpresivo encuentro en Singapur la distención reemplazó a la animosidad que hasta entonces parecía destilar la relación bilateral. Esto generó una sensación de alivio que además fue impulsada por la aparente buena “química personal” entre el presidente Donald Trump y su par norcoreano, Kim Jong-un. Ambos líderes protagonizaron un  encuentro casi extraño. Entre otras cosas, durante el mismo los dos primeros mandatarios de ambas naciones se estrecharon las manos, cosa que nunca había sucedido antes, en toda la historia de la relación
entre ambas naciones. Donald Trump, quizás apresurado y exagerado, difundió su impresión personal en el sentido de que se había construido un puente nuevo, con un interlocutor con quien -sostuvo- le resultaba fácil congeniar.
Muchos supusimos entonces que se abría una nueva etapa en la que la desnuclearización de Corea del Norte iba a resultar posible. Quizás nos equivocamos. Particularmente en materia de tiempos. Lo cierto es que desde entonces el avance de las conversaciones bilaterales ha estado semi-paralizado. Por esto, la observación entonces realizada por Donald Trump en el sentido de que Corea del Norte “había dejado de ser un peligro nuclear”, debe ahora reconsiderarse.
La desnuclearización de la Península Coreana sigue siendo un objetivo fundamental. Pero los avances en esa dirección no ocurrieron. Presumiblemente porque para Corea del Norte ese paso
tiene una importancia difícil de detectar en un primer vistazo. Esto es supuestamente así porque, para Corea del Norte, su capacidad nuclear es la tarjeta de presentación que le permite dialogar con los Estados Unidos con una sensación que presume una cierta igualdad entre las partes.

 

Como consecuencia del diálogo bilateral que entonces se puso en marcha, los Estados Unidos de alguna manera regresaron a la era de la “paciencia estratégica” con Corea del Norte. Esa fue, recordemos, la posición resignada adoptada por la administración del expresidente Barack Obama. Tan pronto accediera al poder, Donald Trump cambió de rumbo y puso en vigor una
estrategia bien diferente, la de la “máxima presión”. Su primer resultado pareció ser exitoso, desde que produjo la “cumbre” de Singapur. La amenaza de enfrentar a Corea del Norte con “fuego y furia”, dio su fruto. El diálogo se inició, es cierto.
No obstante, a muy poco de andar, las cosas volvieron a su estado anterior: el de la parálisis.
Quizás porque el comunicado emitido en Singapur sobre el resultado del primer contacto al más alto nivel fue extremadamente poco claro y genérico. Tan es así, que ese comunicado terminó siendo interpretado de modo muy diferente por cada una de las partes y por muchos de los
observadores.
Para Corea del Norte, la desnuclearización no es un paso aislado. Supone que los EEUU den contemporáneamente pasos de la misma significación, basados en la reciprocidad en el trato.
Fundamentalmente esto para Corea del Norte supone el retiro de las fuerzas militares norteamericanas de la Península Coreana. Previo o simultáneo a la desnuclearización. Supone, además, emitir una declaración que formalmente ponga fin a la Guerra de Corea, lo que curiosamente aún no ha sucedido. Quizás por esto último es que la reunión bilateral prevista
para el pasado mes de noviembre en la ciudad de Nueva York tuvo que ser cancelada, a pedido de Corea del Norte. Lo que curiosamente sucedió tan pronto el Secretario de Estado norteamericano, Mike Pompeo, anunciara que su país esperaba que, tras el segundo contacto bilateral, hubiera “progresos reales”.
La frialdad entre ambas partes tiene otra expresión, también inusual. El presidente Trump designó un “enviado especial” para Corea del Norte. Él es el responsable de la continuidad de las conversaciones. Lo cierto es que ni siquiera pudo reunirse con su contraparte norcoreana, en vice canciller Choe Sun Hui.
A todo lo que se agrega que Corea del Norte, dando marcha atrás, ha vuelto a emitir comunicados y pronunciamientos duros, con los que condena la presunta falta de acción norteamericana. A lo que se suma que los Estados Unidos han impuesto nuevas sanciones a Corea del Norte, lo que sugiere que no ha habido avances significativos en dirección a un acuerdo. Entre los tres altos funcionarios norcoreanos sancionados últimamente existe uno al que se tiene por un colaborador estrecho del presidente norcoreano. Pero hay algo que está llamando la atención. Los comunicados airados que está emitiendo Corea del Norte no atacan personalmente al presidente Trump, sino al Departamento de Estado, esto es a la Cancillería
norteamericana. De alguna manera existe la sensación de que Corea del Norte cuida no deteriorar la relación personal entre los dos primeros mandatarios.
Queda visto que el diálogo bilateral está prácticamente paralizado. Corea del Norte sigue siendo una potencia nuclear, con todos sus programas en marcha. No ha autorizado inspección alguna en su territorio y las instalaciones principales de su programa nuclear no han sido destruidas y
las que estaban ocultas, continúan estándolo. Esto es lo que transmite la estrecha vigilancia satelital que los Estados Unidos tienen en marcha respecto de Corea del Norte. Es más, hay imágenes que sugieren que una de las instalaciones del programa nuclear norcoreano puede bien haber sido expandida y ampliada.
Hay, sin embargo, un cambio de actitud perceptible en el presidente norcoreano. Con una jugada de corte político se desplazó a Beijing, donde se reunió con el presidente Xi. Cabe presumir que juntos analizaron detalladamente la negociación en marcha de Corea del Norte
con los EEUU. De esta manera el presidente norcoreano mantiene al gobierno chino informado respecto de todo lo que sucede con los Estados Unidos. No incluyó formalmente a China en las negociaciones, pero el viaje a Beijing fue ampliamente publicitado, a la manera de advertencia.
Al acercamiento con China se suman varios pasos positivos norcoreanos en relación a Corea del Sur. Los presidentes de ambas Coreas se reunieron tres veces en el 2017 y un presidente de Corea del Sur visitó a Corea del Norte por primera vez en la historia, lo que no es un hecho menor. Oficiales de las fuerzas armadas de ambas Coreas han también intercambiado visitas, y
algunas instalaciones militares no esenciales en la zona fronteriza parecen haber sido destruidas.
Es cierto, la desnuclearización de la Península de Corea sigue pareciendo lejana. Pero el aislamiento de Corea del Norte ha comenzado a transformarse en acercamientos indispensables con Corea del Sur, que no pueden ignorarse. En algún momento las conversaciones intracoreanas en marcha tendrán algún impacto en el camino, todavía lento, en dirección al desarme nuclear en ese rincón del mundo.

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y fue Vice Presidente de ESEADE.

Los Metrodelegados del Estado Profundo

Por Iván Carrino. Publicado el 23/5/18 en: http://www.ivancarrino.com/los-metrodelegados-del-estado-profundo/

 

Los eventos del martes nos recuerdan que los argentinos somos rehenes de corporaciones violentas.

El martes por la tarde me invitaron al programa de Mauro Viale, que se emite por A24 todos los días a partir de las 16:00 Hs.

La entrevista había sido pactada con unos días de antelación, en momentos en que nadie pensaba que ese día iba a terminar habiendo 16 empleados del subte detenidos por la Policía de la Ciudad de Buenos Aires.

Al llegar al piso, el caos estaba  en su momento más alto y en el estudio habían invitado a 5 gremialistas. El tema del momento era el conflicto del subte, y no hubo espacio para hablar de economía.

Comprensible…

Por fortuna, hace tiempo que no tengo que tomarme el subte todos los días para ir a trabajar. Sin embargo, sí lo hace mi mujer, y no hay semana que no me cuente de una demora, un paro sorpresivo, y el caos que todo eso genera.

Ahora yo me pregunto, si a mí no me gustan las condiciones laborales en las que me contratan: ¿tengo derecho a romperle la empresa a mi empleador?

Claramente, no.

La esencia de los contratos voluntarios (y el contrato laboral es uno de ellos) es que somos libres de aceptarlos, o no. Y si se da este último caso, entonces agarrás tus cosas y te vas. Punto.

Ahora bien, los “Metrodelegados” (quienes  encima no tienen personería jurídica para reclamar) dicen que sus salarios son demasiado bajos. Que tienen “derecho” a un aumento mayor.

Perfecto, sin duda que lo tienen… Ahora: ¿van a ir a reclamarlo a punta de pistola? ¿Van a ir a reclamarlo impidiendo por la fuerza el funcionamiento normal del subte y perjudicando a millones de usuarios?

Lo que vivimos el martes fue una demostración clara de que el sindicalismo argentino (o al menos gran parte de él) opera como una organización mafiosa en donde, si no se hace lo que él dice, entonces a sufrir las consecuencias.

Los hechos me hicieron recordar una sección de mi  anteúltimo libro, Historia Secreta de Argentina, en donde describo cómo, en lugar de vivir en una democracia donde la “voluntad popular” (si es que existe eso) se manifiesta a través del voto, vivimos en un país cooptado por las corporaciones… Corporaciones que, sin ganar una elección, deciden con diferentes métodos de presión, para dónde va el país.

Si seguimos por esta senda, sin duda seremos inviables.

Aquí abajo encontrarán ese segmento de mi libro.

Los sindicatos que se oponen a la productividad

Los sindicatos pueden cumplir un rol muy importante en el mercado, pero también pueden terminar siendo un impedimento para el desarrollo y el crecimiento de los países.

El rol importante consiste en facilitar las negociaciones salariales entre las empresas y sus empleados. En una empresa pequeña, donde trabajan el dueño y 4 o 5 empleados, esto puede no ser necesario. Sin embargo, en la medida que crece el tamaño del emprendimiento, y la cantidad de empleados empieza a ser mayor, se vuelve necesaria la figura del mediador, representante, o delegado.

Sin embargo, hay una faceta no tan deseable. Veamos lo que sostiene el periodista especializado Ricardo Carpena[1]:

En Argentina han cambiado los partidos, la dirigencia empresarial, las fuerzas armadas, hasta la Iglesia. Pero los sindicatos siguen en manos de los mismos hace 30 años. ¿Cómo lo logran? Porque son funcionales al poder. Hasta los militares pactaron con ellos. Siempre existió la sensación de que sin los sindicalistas no se puede gobernar Argentina. Todos siguen la máxima instalada por Augusto Timoteo Vandor, líder de los metalúrgicos en los 60: ´golpear para negociar´. No para cambiar el mundo ni hacer la revolución. Para negociar.

No creo que haya una definición más exacta del estado profundo que la ofrecida por este periodista sobre los sindicatos. Organizaciones comandadas por las mismas personas hace 30 años, y sin las cuales no se puede gobernar el país.

¿Pero cómo, no vivíamos en democracia?

Los sindicatos son verdaderas organizaciones de dinero y poder en nuestro país. Gracias a la administración de las obras sociales que proveen servicios de salud, administran cajas multimillonarias con el dinero que el gobierno toma de los trabajadores y les asigna directamente.

Además, sus negociaciones salariales pueden convertirse en un verdadero calvario para todos los habitantes de la ciudad de Buenos Aires. Si los salarios ofrecidos no son de su agrado, convocarán a un paro general, trastornando por completo el tránsito de la ciudad más poblada del país. Si el descontento es mayor, entonces cortarán calles, o bloquearán la salida de los camiones de las empresas con las que estén “negociando”.

En cualquier ciudad grande del país hemos sido testigos del poder de los sindicatos. Es una muestra de que en nuestra democracia, “lo público” no solo lo deciden quienes votamos en los comicios abiertos, sino grupos de presión claramente establecidos, que poco se preocupan por el bienestar general.

Dos ejemplos bastarán para entender hasta qué punto llega el deseo de estas organizaciones por defender sus intereses particulares sin importarles el daño sobre el conjunto.

Recientemente, el Banco Central de la República Argentina quería permitirles a los bancos decidir libremente si enviaban por correo de papel o vía “e-mail” los resúmenes de cuenta. Sin embargo, el sindicato de camioneros frenó la medida. Con el argumento de que la elección del email dejaría a los transportistas sin empleo, los sindicalistas bloquearon los ingresos al Banco Central. Finalmente, Federico Sturzenegger, presidente de la entidad, decidió dar marcha atrás con la medida[2].

Otro caso emblemático se dio también recientemente en la línea C de subtes. En dicha línea la empresa Metrovías había decidido hacer unas reformas en una de las estaciones de cabecera, de manera de ofrecer un mejor servicio a los pasajeros. El tema fue que las reformas se hicieron en la zona de los vestuarios de los empleados, por lo que dichos vestuarios se tuvieron que sustituir momentáneamente por baños químicos, por supuesto, más incómodos.

Ahora frente a esta situación, en lugar de consensuar una salida o tolerar el mal rato transitorio, los “Metrodelegados” decidieron hacer un paro y cortar el servicio del tranvía subterráneo por 24 horas.

Derecho a huelga

Uno de los economistas a nivel global que se dedicó a estudiar a los sindicatos durante la década del ’80 fue Friedrich A. Hayek. El austriaco de nacimiento sostenía que si bien él no se oponía a que hubiera asociaciones que representaran a los trabajadores, sí le molestaba que estos grupos estuvieran, de alguna manera, operando por encima de la ley e imponiendo su voluntad a terceras personas.

En un párrafo que parecería describir la realidad nacional, Hayek sostenía:

Dado que la huelga ha sido aceptada como un arma legítima de los sindicatos, se ha llegado a creer que se les debe permitir hacer lo que sea que les parezca necesario para conseguir una huelga exitosa. En general, la legalización de los sindicatos ha llegado a significar que cualquier método que consideran indispensable para sus propósitos también debe considerarse legal.[3]

En Inglaterra, por ejemplo, una ley de 1906 blindaba a los sindicatos contra la persecución judicial por coerción y violencia. Como uno puede suponer, esto simplemente llevó a mayor violencia y coerción ejercida por los sindicatos. Esto es algo que cambió cuando Margaret Thatcher asumió la presidencia.

En nuestro país la violencia y la coacción sindical están a la orden del día. Si no se hace lo que quieren, entonces pueden suspender las actividades comerciales, bloquear ingresos y salidas, o cortar calles y avenidas públicas.

El poder intimidatorio de los sindicatos persigue un objetivo principal: aumentar el salario por encima de aquél que prevalecería en un mercado libre. Pero cuando esto se consigue gracias al poder de coerción, entonces las consecuencias indeseadas aparecen.

El primer efecto de la distorsión en los salarios que pueden generar los sindicatos es el desempleo. Al director de un gremio y a sus miembros no les interesa si, producto de sus exigencias, otros individuos se quedan sin trabajo. Su único interés es recibir más dinero por el esfuerzo que realizan, de la misma forma que los empresarios prebendarios solo quieren incrementar sus ganancias.

El problema es que cuando los sindicatos logran imponer salarios mayores a la productividad, algunas empresas deben cerrar sus puertas, o achicar costos en otro lado, o bien frenar la contratación de nuevos empleados.

Imaginemos la siguiente situación. Una empresa de tazas de cerámica tiene dos empleados. Juan produce 5 tazas por hora, mientras que Pedro solo produce 4 tazas. Si cada taza tiene un valor de mercado de $ 1, entonces la productividad de Juan será de $ 5 por hora, mientras que la de Pedro será de $ 4. En este escenario, el empresario dueño de la fábrica podría pagar a cada uno salarios distintos. Para ganar dinero, asumamos que le paga $ 4,5 a Juan y $ 3,5 a Pedro, de manera que por cada hora de trabajo de sus empleados (e ignorando otros costos), se lleva a su bolsillo $ 0,5.

Ahora supongamos que el sindicato de trabajadores de la cerámica llegó a un acuerdo con los capitostes de la industria y decidieron que el salario mínimo no podrá ser inferior a $ 4,5 por hora de trabajo. En un primer momento, Pedro puede estar contento. Antes le pagaban $ 3,5 y ahora el sindicato sostiene que deberán pagarle $ 4,5 (igual que a Juan). Sin embargo, si la empresa comienza a pagar ese salario, pasará de recibir una ganancia de $ 0,5 por hora de trabajo, a sufrir una pérdida de la misma magnitud.

En este escenario, a más horas de trabajo de Pedro, mayor es la pérdida de la empresa. Es lógico, entonces, esperar que la empresa decida echar a Pedro, para evitar seguir perdiendo.

Finalmente, por intentar que Pedro gane más dinero, se terminó reduciendo su salario a cero.

Flexibilidad laboral, salarios más altos

Siguiendo el libreto sindical, la economía y el mercado de trabajo se encuentran fuertemente regulados. Frente a eso, suelen aparecer propuestas de “flexibilización laboral”.

Obviamente, esto último le genera urticaria a más de uno.

Es que de acuerdo con el libreto políticamente correcto, la flexibilización es lo peor que puede pasarles a los trabajadores, porque los empresarios los comenzarían a “explotar”.

Este argumento es falso. En primer lugar, porque, como decíamos, si las regulaciones son excesivas, aparecerá el mercado negro, donde el estado pierde todo el control sobre lo que allí sucede.

En segundo lugar, porque un mercado laboral más libre no solo es bueno para las empresas, sino para todos los que quieran obtener un empleo.

Una institución que mide la libertad de los mercados laborales en el mundo es la Fundación Heritage de los Estados Unidos. Para evaluar los mercados de trabajo, Heritage toma en consideración la existencia y el monto del salario mínimo, la rigidez en las horas de trabajo, la dificultad para despedir empleados, el monto de las indemnizaciones que se imponen a las empresas, el preaviso y las trabas para contratar.

Si los obstáculos son altos, dirán que el mercado es poco libre, mientras que de haber pocas trabas, estaremos en un mercado flexible.

Los cinco países de más de un millón de habitantes que mejor se ubican en este índice son Estados Unidos, Singapur, Hong Kong, Dinamarca y Nueva Zelanda. Entre ellos, en Estados Unidos y Dinamarca el despido es libre, por lo que las empresas no deben indemnizar al empleado si deciden no continuar empleándolo.

Uno podría pensar que con tanta libertad, muy mal les está yendo a los trabajadores de esos países. Sin embargo, estamos frente a los salarios más elevados del planeta.

Cuadro 1.3. Libertad laboral, salario y desempleo.

Ránking de Libertad Laboral Heritage.org País Desempleo Salario Promedio en USD de 2015
1 Estados Unidos 6,2% 58.700
2 Singapur 3,0% 38.800
3 Hong Kong 3,2% 23.900
4 Dinamarca 6,6% 63.700
5 Nueva Zelanda 5,6% 43.100

Fuente: Elaboración propia en base a Heritage.org, Banco Mundial, OCDE y Trading Economics

En promedio, un danés tiene un salario anual de USD 63.700; un norteamericano ingresa USD 58.700; un neozelandés USD 43.100, mientras que en Singapur los trabajadores ingresan USD 38.800 y en Hong Kong USD 23.900.

Por si esto fuera poco, las tasas de desempleo también son muy bajas. Y, no casualmente, muy inferiores a las existentes en Argentina.

Claro que no todo pasa por la rigidez o flexibilidad del mercado laboral. El país que sigue en este ránking es Namibia, cuyo desempleo supera el 18% y cuyo PBI per cápita es de USD 4.500.

Obviamente, a la libertad del mercado laboral hay que acompañarla con una democracia republicana, paz y respeto por los derechos de propiedad, entre otras cosas.

Sin embargo, dado que muchas de esas cosas sí tiene nuestro país, no es un mal momento para pensar en tener un mercado laboral más libre. Pero eso implicaría disminuir el poder de los sindicatos, y enfrentarse finalmente al estado profundo, algo que no parece estar en las prioridades de nuestros políticos.

[1] “Los sindicatos, la monarquía paralela argentina”. Diario El País. 22 de agosto de 2016.

[2] El Banco Central volvió a ceder a las presiones de Camioneros y atrasa la modernización. Infobae. 15 de febrero de 2016

[3] Citado en Baird, Charles W.: “Hayek on Labour Unions”.

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.

Ni Macri ni Cristina: libre comercio

Por Iván Carrino. Publicado el 27/6/17 en: http://www.libertadyprogresonline.org/2017/06/27/ni-macri-ni-cristina-libre-comercio/

 

 

A pesar de las críticas, el comercio es deseable tanto desde el punto de vista económico como desde la óptica moral.

La apertura comercial no goza de buena prensa. Al menos no en Argentina. Por los últimos años, la economía se fue cerrando. Al principio con la estrategia del “dólar competitivo”. Luego con restricciones burocráticas. Finalmente, con el cepo y la arbitrariedad de las DJAI, terminamos construyendo un muro contra el comercio.

Con el cambio de gobierno, muchos se apresuraron a denunciar la salvaje apertura importadora que llegaría de la mano de Macri.

Sin embargo, esto no sucedió. Lo único que hizo el nuevo gobierno fue liberar el tipo de cambio (reduciendo los incentivos a importar, ya que con dólar a $ 15 es más caro que con dólar a $9) y sustituir las DJAI por un sistema aprobado por la Organización Mundial de Comercio. Pero lejos estamos de abrirnos.

En primer lugar, porque el 20% de la industria sigue protegido por el nuevo sistema “SIMI”, que implica licencias no automáticas para “sectores sensibles”. En segundo, porque el país está comercialmente integrado solo con el MERCOSUR, grupo dentro del cual todos son partidarios del proteccionismo. Por último, porque de acuerdo con el Banco Mundial, nuestro arancel para productos manufacturados (8,6%) es el doble que el de Colombia, cinco veces el de Perú, y 13 veces más alto que el de Chile.

La Argentina no es un país abierto al comercio. Ni con Cristina, ni con Macri.

Esta es una mala noticia. ¿Por qué? Porque tener más libertad no solo es bueno desde el punto de vista económico, sino también desde el punto de vista moral.

Más libertad, más progreso

El argumento favorito de los enemigos del comercio es que la apertura comercial genera desempleo. Si así fuera, los países que menos trabas imponen a su comercio, más desempleo tendrían. Sin embargo, éste no es el caso.

Si tomamos tres de los países más comercialmente libres del planeta según la Fundación Heritage, comprobaremos que el desempleo allí es considerablemente bajo. Hong Kong, por ejemplo, mostró en 2016 un 3,4% de desocupación; Suiza, 4,6%; y Singapur, 1,8%. Envidiable.

Otro dato interesante es que, si ampliamos el análisis, la diferencia de riqueza entre los más abiertos y los más “protegidos” es sustancial. Los que abren sus fronteras tienen un PBI per cápita 5,3 veces más alto que los que las cierran.

La apertura comercial genera riqueza porque permite que la gente compre bienes más baratos y utilice lo que se ahorra para invertir en la economía local. Así, no solo mejora los salarios reales, sino que aumenta la capacidad de ahorro e inversión. A las empresas también les conviene, ya que tienen más facilidades para abastecerse de insumos y, al mismo tiempo, un mercado más grande para vender.

Como decía Adam Smith, la división del trabajo depende del tamaño del mercado, y a mayor división del trabajo, más especialización, eficiencia y riqueza. ¿Para qué cerrarse e impedir este proceso?

La dimensión moral

Los beneficios de la libertad no son solo económicos sino también morales. Imaginemos una pareja en una plaza siendo cariñosos el uno con el otro. Acto seguido, una persona le hace un tacle de rugby a uno de los integrantes de la pareja.

Claramente, a cualquier observador esto le parecería una verdadera atrocidad. O, como mínimo, una violenta falta de respeto.

Con el comercio sucede lo mismo: impedir los acuerdos comerciales no es otra cosa que impedir una transacción voluntaria en la cual ambas partes se están beneficiando. Eso implica violentar las decisiones de la gente: ¿con qué derecho?

Por si esto fuera poco, el proteccionismo implica discriminar a los extranjeros. Es como si la pareja de nuestro ejemplo fuera disuelta porque uno de los dos es inmigrante y el otro, en realidad, debería “comprar nacional”. Si no aceptamos este argumento para estos casos, ¿por qué lo aplaudimos en el marco de la economía?

Hay que abrir la economía y hacerlo con firmeza. Redundará en una mayor libertad para todos y en una mejora económica sustancial.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.

Sí, hay que liberar el mercado de trabajo

Por Iván Carrino. Publicado el 12/1/17 en: http://inversor.global/2017/01/si-hay-que-liberar-el-mercado-de-trabajo/

 

Contrario a lo que suele creerse, una mayor libertad del mercado laboral es positiva tanto para las empresas como para los empleados.

Hay una afirmación que no creo que nadie esté dispuesto a rechazar: los impuestos y las regulaciones son contrarios a la libertad. Nadie, ni a la derecha ni a la izquierda del espectro político y económico, se atreverá a discutir esta verdad evidente.

Esto no quiere decir que toda regulación sea mala… La “regulación” que impide y castiga el delito claramente está en contra de la libertad de los delincuentes… Pero existe para preservar la de las potenciales víctimas. Obvio.

Ahora aplicado a otros ámbitos de la vida, los impuestos y las regulaciones, al inhibir la libertad, se convierten en una verdadera carga para el desarrollo.

Un ejemplo sencillo bastará para entender. Si a una botella de agua mineral que cuesta $ 20 en el mercado se le carga un impuesto del 50%, lo más probable es que los consumidores desistan de comprarla, pasándose al consumo de gaseosas, aguas saborizadas, o bien agua corriente. Por otro lado, si antes de comprar la botella, el gobierno exige que se llenen 5 formularios diferentes y se pidan permisos especiales, es evidente que el incentivo para comprar la botella será menor.

Lo mismo pasa en todos los mercados. Más impuestos al consumo equivalen a menos consumo. Más regulaciones, ídem. En el mercado laboral la situación no es distinta.

Sin embargo, en Argentina, regulaciones e impuestos están a la orden del día. La ley de contrato de trabajo tiene 277 artículos y cerca de 26.000 palabras donde se regulan temas como la indemnización por despido, las vacaciones, el salario mínimo, o el mínimo de días de preaviso cuando se desea finalizar una relación laboral.

Además, la carga tributaria sobre el empleo es sideral. De un salario bruto de $ 10.000, $ 4.000 son tomados por el estado para financiar el gasto previsional, obras sociales y otros conceptos asociados a la seguridad social. Eso explica que de $ 10.000 brutos, solo $ 8.300 lleguen al bolsillo del trabajador pero $ 12.300 salgan de la caja de la empresa.

En el medio está el estado, “cuidándonos”…

El problema es que, como decíamos, todas estas trabas lo único que hacen es desestimular la contratación. De acuerdo a los libros de texto, salarios mínimos demasiado elevados, o fuertes regulaciones laborales terminan generando desempleo, ya que el costo de contratar es demasiado alto. Sin  embargo, en la realidad lo que sucede es que las empresas y los empleados se vuelcan al mercado negro.

En Argentina, de acuerdo al Ministerio de Trabajo, el sector informal abarca nada menos que al 34% de los trabajadores. Y es por eso que en el gobierno están barajando la idea de reducir la carga tributaria sobre el empleo y también flexibilizar el mercado laboral.

Obviamente, esto último nadie lo quiere decir. De acuerdo con el libreto políticamente correcto, la flexibilización es lo peor que puede pasarle a los trabajadores, porque los empresarios los comenzarían a “explotar”.

Esto es totalmente falso. En primer lugar, porque, como decíamos, si las regulaciones son excesivas, aparecerá el mercado negro, donde el estado pierde todo el control sobre lo que allí sucede. En segundo lugar, porque un mercado laboral más libre no solo es bueno para las empresas, sino para todos los que quieran obtener un empleo.

Una institución que mide la libertad de los mercados laborales en el mundo es la Fundación Heritage de los Estados Unidos. Para evaluar los mercados de trabajo, Heritage toma en consideración la existencia y el monto del salario mínimo, la rigidez en las horas de trabajo, la dificultad para despedir empleados, el monto de las indemnizaciones que se imponen a las empresas, el preaviso y las trabas para contratar.

Si los obstáculos son altos, dirán que el mercado es poco libre, mientras que de haber pocas trabas, estaremos en un mercado flexible.

Los cinco países de más de un millón de habitantes que mejor se ubican en este índice son Estados Unidos, Singapur, Hong Kong, Dinamarca y Nueva Zelanda. Entre ellos, en Estados Unidos y Dinamarca el despido es libre, por lo que las empresas no deben indemnizar al empleado si deciden no continuar empleándolo.

Uno podría pensar que con tanta libertad, muy mal les está yendo a los trabajadores de esos países. Sin embargo, estamos frente a los salarios más elevados del planeta.

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En promedio, un danés tiene un salario anual de USD 63.700; un norteamericano ingresa USD 58.700; un neozelandés USD 43.100, mientras que en Singapur los trabajadores ingresan USD 38.800 y en Hong Kong USD 23.900.

Por si esto fuera poco, las tasas de desempleo también son muy bajas. Y no casualmente, muy inferiores a las existentes en Argentina.

Claro que no todo pasa por la rigidez o flexibilidad del mercado laboral. El país que sigue en este ránking es Namibia, cuyo desempleo supera el 18% y cuyo PBI per cápita es de USD 4.500. Obviamente, a la libertad del mercado laboral hay que acompañarla con una democracia republicana, paz y respeto por los derechos de propiedad, entre otras cosas.

Sin embargo, dado que muchas de esas cosas sí tiene nuestro país, no es un mal momento para pensar en tener un mercado laboral más libre. Una menor presión tributaria sobre el empleo reducirá el costo laboral e incrementará el salario de bolsillo. Además, menos trabas burocráticas harán más atractiva la contratación, y aumentarán el empleo y la formalidad.

Es que, en definitiva, los intereses de los trabajadores y de los empresarios no son contrarios. Cuanto más fácil sea contratar, más empleo habrá. Y en la medida que crezca la competencia entre empresas, más subirán los salarios en términos reales.

Necesitamos más libertad para volver a crecer y convertirnos en un país rico. No hay otro camino.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Es editor de El Diario del Lunes, el informe económico de Inversor Global. Además, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y de Economía en la Universidad de Belgrano.

¿El principio del fin?

Por Alejandro A. Tagliavini. Publicado el 12/12/16 en: http://www.panamaamerica.com.pa/opinion/el-principio-del-fin-1052897

 

Algunos latinoamericanos vienen inclinándose por el libre comercio y la apertura (México, Chile, Perú y Colombia, etc.) aunque muchas veces, como el caso de Argentina, sean solo bonitos discursos, mientras EE.UU. que siempre lo pregonó parece haber caído en la “trumpa”. El primer error de Trump, fue nombrar para la transición en el Tesoro a un defensor del embargo a Cuba, que no es otra cosa que prohibirles -coartar la libertad- a los americanos, el comercio con la isla. El presidente electo de EE.UU. hizo unos anuncios entre los que llama la atención que no mencionara el muro (que, en rigor, ya existe en casi la mitad de su extensión), ni la derogación del Obamacare, ni la restricción de la entrada de musulmanes o presuntos terroristas. Sí anunció que reemplazaría, por acuerdos bilaterales “justos”, al TPP que incluye a 12 países del Pacífico (Australia, Brunei, Canadá, Chile, Japón, Malasia, México, Nueva Zelanda, Perú, Singapur, EE.UU. y Vietnam) que suman el 40% del PIB global y cuyo fin era contener a China.

Durante la reciente cumbre de la APEC (21 países que suman el 49% del comercio mundial), en Lima, se reafirmó la apertura de los mercados y su anfitrión, el presidente peruano -que tiene 50% de aprobación gracias a su política de libre comercio y privatizaciones lo que conduciría a un crecimiento del PIB del 4.2% este año- insinuó que si EE.UU. se retira podría ser reemplazado por China que adquiriría mayor peso global. Si sumamos que algunos empiezan a ver a Alemania como el líder global de la libertad -en contraposición a las políticas de Trump- y como todo lo que sube cae, quizás sea este el principio del retraso de EE.UU. como líder global.

Anuncios positivos han sido la eliminación de las restricciones al “fracking” y que, por cada regulación nueva, se eliminarán dos, con lo que se beneficiaría mucho el sector financiero. Independientemente de si las regulaciones tienen buenas intenciones, no es con violencia (regulaciones coactivas basadas en el poder de policía, violencia estatal) como se solucionan las cosas.

Ahora, en cuanto a la expectativa de crear empleo a partir de la eliminación de restricciones a la producción de carbón, vale recordar que a mediados de los 80 este sector empleaba a 250,000 trabajadores y hoy solo a 50,000 y, con la explosión del “fracking” que ha abaratado al gas, su cuota en la provisión energética ha caído del 21% al 16%. La política de Trump es contradictoria, porque no se puede fomentar el gas natural y el carbón al mismo tiempo.

El posible aumento del gasto militar, las restricciones a la entrada de trabajadores, y la prohibición a altos cargos de ejercer de “lobbyistas” en los 5 años posteriores a su salida del Ejecutivo son buenas noticias.

Así las cosas, el casi utópico referéndum de independencia (Calexit) de una California dominada por los demócratas, previsto para el 13 de marzo de 2019, podría tomar color dada la oposición que Trump genera. Esta California, la sexta economía del mundo, que -junto con otros tres Estados- acaba de aprobar el uso recreativo de la marihuana, el paso hacia la legalización del cannabis. Claramente estas drogas son muy dañinas, pero su prohibición -la represión violenta- solo conduce a más violencia, a esta atroz guerra contra las drogas.

 

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Ex Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.

¿El principio del fin del liderazgo de EEUU?

Por Alejandro A. Tagliavini. Publicado el 25/11/16 en: http://www.eluniversal.com/noticias/opinion/principio-del-fin-del-liderazgo-eeuu_628421

 

Algunos latinoamericanos vienen inclinándose por el libre comercio y la apertura (México, Chile, Perú y Colombia, etc.) aunque muchas veces, como el caso de Argentina, sean solo bonitos discursos, mientras EEUU que siempre lo pregonó parece haber caído en la “trumpa”. El primer error de Trump, fue nombrar para la transición en el Tesoro a un defensor del embargo a Cuba, que no es otra cosa que prohibirles -coartar la libertad- a los americanos, el comercio con la isla.

El presidente electo de EEUU hizo unos anuncios entre los que llama la atención que no mencionara el muro (que, en rigor, ya existe en casi la mitad de su extensión), ni la derogación del Obamacare, ni la restricción de la entrada de musulmanes o presuntos terroristas. Sí anunció que reemplazaría, por acuerdos bilaterales “justos”, al TPP que incluye a 12 países del Pacífico (Australia, Brunei, Canadá, Chile, Japón, Malasia, México, Nueva Zelanda, Perú, Singapur, EEUU y Vietnam) que suman el 40% del PIB global y cuyo fin era contener a China.

Irónicamente, durante la reciente cumbre de la APEC (21 países que suman el 49% del comercio mundial), en Lima, se reafirmó la apertura de los mercados y su anfitrión, el presidente peruano -que tiene 50% de aprobación gracias a su política de libre comercio y privatizaciones lo que conduciría a un crecimiento del PIB del 4,2% este año- insinuó que si EEUU se retira podría ser reemplazado por China que adquiriría mayor peso global.

Si sumamos que algunos empiezan a ver a Alemania como el líder global de la libertad -en contraposición a las políticas de Trump- y como todo lo que sube cae en algún momento, quizás sea este el principio del retraso de EEUU como líder global.

Anuncios positivos han sido la eliminación de las restricciones al fracking y que, por cada regulación nueva, se eliminarán dos, con lo que se beneficiaría mucho el sector financiero. Sucede que, independientemente de si las regulaciones tienen buenas intenciones, no es con violencia (regulaciones coactivas basadas en el poder de policía, en el monopolio de la violencia estatal) como se solucionan las cosas.

Ahora, en cuanto a la expectativa de crear empleo a partir de la eliminación de restricciones a la producción de carbón, vale recordar que a mediados de los 80 este sector empleaba a 250.000 trabajadores y hoy solo a 50.000 y, con la explosión del “fracking” que ha abaratado al gas, su cuota en la provisión energética ha caído del 21% al 16%. De modo que la política de Trump es contradictoria, porque no se puede fomentar el gas natural y el carbón al mismo tiempo.

El posible aumento del gasto militar, las restricciones a la entrada de trabajadores, y la prohibición a altos cargos de ejercer de “lobbyistas” en los 5 años posteriores a su salida del Ejecutivo -como si la corrupción tomara en cuenta la ley- no son buenas noticias.

Así las cosas, el casi utópico referéndum de independencia (Calexit) de una California dominada por los demócratas, previsto para el 13 de marzo de 2019, podría tomar color dada la oposición que Trump genera. Esta California, la sexta economía del mundo, que -junto con otros tres Estados- acaba de aprobar el uso recreativo de la marihuana, el paso hacia la legalización del cannabis. Claramente estas drogas son muy dañinas, pero su prohibición -la represión violenta- solo conduce a más violencia, a esta atroz guerra contra las drogas.

 

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Ex Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.