PETER PAN Y EL HOMBRE ENJAULADO

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Desafortunadamente vivimos la época de la adoración a los aparatos estatales que todo lo abarcan, desde las relaciones comerciales, al deporte, casamientos y divorcios, el arte, los transportes, la comunicación, los sindicatos, los procesos educativos, la recreación y tantos otros ámbitos, mientras descuidan la seguridad y la justicia.

 

A esta altura del siglo xxi es hora de madurar y comprender que los espacios crecientes del adiposo Leviatán se traducen en disminuciones en las libertades de las personas. Peter Pan es un personaje de ficción que nunca creció, fabricado por el escritor escosés James Matthew Barrie en una obra estrenada en Londres en 1904. Esta inmadurez perpetua es lo que mantiene al hombre enjaulado,  es decir, privado de sus libertades.

 

En lugar del principio básico de la presunción de inocencia, se parte del principio de la presunción de sabiduría del gobernante y la ignorancia de la gente. Por el hecho de asumir funciones en el aparato estatal se estima que la persona se ha transformado en sabionda quien subestima a sus congéneres que no ocupan cargos oficiales. Una mutación en verdad asombrosa. Pero aun suponiendo que fuera así, esto en modo alguno justifica que la gente deba ser regenteada por los políticos en cuanto al manejo de sus vidas y sus haciendas. Constituye una falta de respeto, en todo caso si verdaderamente fueran sabiondos que compitan por vender sus servicios en el mercado.

 

En realidad aquel  procedimiento significa la concentración de ignorancia si es que hemos comprendido que el conocimiento,  por su misma naturaleza, está fragmentado y disperso en millones y millones de personas que con sus respectivas informaciones y talentos los transmiten a través de sus múltiples intercambios, lo cual es anulado cuando el planificador impone sus visiones desde el vértice del poder.

 

Lo más importante para entender la mente de los megalómanos es leer y releer un pensamiento clave de C. S. Lewis: “De todas las tiranías una ejercida para el bien de las víctimas suele ser la más opresiva. Puede ser mejor vivir bajo ladrones que hacerlo bajo la moral omnipotente de los otros. Los ladrones a veces descansan pero aquellos que nos tormentan para nuestro bien lo hacen sin descanso.” (God in the Dock).

 

Es realmente  notable los humos de los burócratas que se la creen en el sentido de su superioridad, pero como dice Erich Fromm “son débiles mentales puesto que necesitan del dominado para rellenar su esquelética personalidad” (en Man for Himself). No hay más que verlos como disfrutan de la foto y el micrófono, no por su solvencia moral sino por el apoyo de las botas que siempre están tras el poder político. El desbarranque es grande hoy en día, hasta las izquierdas le han dado la espalda a sus orígenes: el los inicios de la Revolución Francesa -antes de la contrarrevolución jacobina-  los que se sentaron a la izquierda del Rey era para significar que se oponían a los privilegios basados siempre en el uso de la fuerza, ahora resulta que las izquierdas pretenden aplastar con las botas los derechos de la gente a través de cúpulas hediondas.

 

En el entramado político hoy nos retrotraemos a las peores épocas de las monarquías absolutas en las que se consideraba que los derechos eran una gracia concedida por el autócrata del momento y no como la facultad de los seres humanos por el hecho de haber nacido y que constituyen su naturaleza y sus características como especies únicas de las conocidas que poseen libre albedrío y consecuentemente dignidad.

 

Del célebre pensamiento de los Padres Fundadores de Estados Unidos en cuanto a que “el mejor  gobierno es el que menos gobierna” hemos pasado a creer que “el mejor gobierno es el que más legisla” (y cuando un miembro del Parlamento no presenta la suficiente cantidad de leyes se considera que no cumple adecuadamente con su función). En este sentido, sería de interés que los integrantes del Poder Legislativo fueran como en sus inicios  honorarios como en la República de Venecia muchos cargos públicos porque trabajaban ad honorem mientras se dedicaban a su faenas particulares, pero actualmente se pegó lo de honorables mientras cobran dietas y convierten el Congreso en un gran negocio (y, a veces, un aguantadero para cubrir delitos de toda laya). Si se objetara la idea en base a posibles conflictos de intereses, habría que subrayar que no hay tal si se legisla para la generalidad centrado especialmente en el presupuesto y no como hoy se hace en todas direcciones.

 

Ya hemos consignado antes en línea con el pensamiento de Bruno Leoni (en La libertad y la ley) la propuesta de abrir de par en par la posibilidad de árbitros privados en el ámbito del Poder Judicial sin ninguna restricción ni regulación (incluso no necesitan ser abogados los participantes en las diversas instancias). También hemos subrayado el pasaje poco explorado de Montesquieu (en El espíritu de las leyes) aplicable al Ejecutivo en cuanto a que “el sufragio por sorteo está en la índole de la democracia” en consonancia con lo que luego destacó Karl Popper (en La sociedad abierta y sus enemigos) en su crítica a la noción del “filósofo rey” expuesta por Platón para poner en un primer plano las instituciones y en un segundo y muy relegado a las personas, al efecto de que “el gobierno haga el menor daño posible”. A lo que cabe agregar la idea debatida en la Asamblea Constituyente estadounidense en cuanto a la relevancia de contar con un Triunvirato en el Ejecutivo “para mitigar la idea presidencialista que se asemeja a los malsanos desvíos de una monarquía sin control”.

 

Si no usamos las neuronas para imaginar nuevos límites al poder político corremos el riesgo de que el planeta Tierra termine en un inmenso Gulag y paradójicamente en nombre de la democracia, una democracia desde luego falseada y convertida hoy en pura cleptocracia, es decir los gobiernos de ladrones de libertades, de propiedades y de sueños de vida.

 

Es curiosa y alarmante la actitud pasiva de muchos que endosan la responsabilidad en otros para resolver problemas que a todos competen. Proceden como si estuvieran ubicados en una inmensa platea mirando el escenario donde aparecen personajes supuestamente encargados de solucionar entuertos. Con este procedimiento en gran medida está garantizado el fracaso puesto que de este modo todo el teatro se derrumbará. Para tener éxito cada uno, repito cada uno, debe contribuir con su granito de arena a enderezar las cosas puesto que cada cual está interesado en que se lo respete con total independencia de a que se dedique sea a la música, la literatura, la jardinería, la danza, la albañilería, pintura, la filosofía, el derecho, la economía, la historia, la ingeniería o lo que fuere. De allí es que los Padres Fundadores en Estados Unidos han insistido que “el costo de la libertad es la eterna vigilancia”.

 

Es sumamente peligrosa la actitud de aquellos que sostienen que solo les interesa su familia, su trabajo y la recreación personal. Esto no es original pero para lograrlo es menester que dediquen parte de su tiempo, de sus recursos o ambas cosas a contribuir a que se los respete, lo contrario es un suicidio.

 

Hacer las de Peter Pan conduce indefectiblemente a la jaula. Hoy en día con todas las amenazas a valores y principios de respeto recíproco debido al engrosamiento exponencial de los aparatos estatales, debemos subrayar que si todos los partidarios de la sociedad libre contribuyeran diariamente a rescatarse de la avalancha estatista, si eso fuera así decimos, no estaríamos ni remotamente en la situación en la que nos encontramos.

 

Otra vez sugiero los ateneos de lectura como un modo muy efectivo de contribuir a que se comprendan los fundamentos de la libertad. Reuniones en casas de familias de cinco o seis personas en las que uno expone por vez y los otros, habiendo leído el material propuesto, discuten, critican y elaboran sus propuestas. En base a un buen libro, este mecanismo genera notables efectos multiplicadores en la familia, el trabajo y en reuniones sociales. Sin duda que los medios más fértiles son la cátedra, el libro, el ensayo y el artículo, pero como queda dicho el ateneo de lectura ayuda enormemente a despejar dudas propias y ajenas y eventualmente al año siguiente cada uno de los miembros del ateneo original abren cinco o seis ateneos distintos y así sucesivamente.

 

Esta sugerencia va en línea con un consejo clave del marxista Antonio Gramsci: “tomen la cultura y la educación y el resto se da por añadidura”. Es así para todas las tradiciones de pensamiento. El decir que la educación es una faena a largo plazo demora la solución. Como he consignado en otras oportunidades es del caso citar a Mao Tse Tung en el sentido de que “las batallas más largas siempre comienzan con un primer paso”.

 

Dedicarse a los negocios personales no solo es legítimo sino que es necesario pero, entre otras cosas, precisamente, para preservar el negocio es indispensable asegurar un ámbito de respeto. La libertad de cada uno no es algo automático que viene del aire, procede de esfuerzos cotidianos para alimentarla. De allí es que autores como Benedetto Croce han consignado que la historia “es la hazaña de la libertad”.

 

Incluso hay quienes piensan que no debe criticarse que las cosas se enderezarán solas, que no debe juzgarse sin percibir que esto mismo constituye un juicio y que si los humanos no proceden en consecuencia nadie lo hará por ellos. La tiranía del statu quo, la pereza mental y el espíritu conservador en el peor sentido del término están presentes. Es imperioso el despertar a la realidad y contar con el coraje moral suficiente como para enfrentar los desafíos que las circunstancias nos presentan.

 

Por ahora en lo que va de la pulseada de la civilización los derechos proclamados y reconocidos por los Locke van perdiendo frente a los Russeau. Este último autor no solo es el artífice de la degradación de la democracia a manos de “la voluntad general” ilimitada (en el Contrato social) en contraposición a los Giovanni Sartori, sino que ha escrito que “En una palabra, quiero que la propiedad del Estado sea lo más extendida y poderosa y que la de los ciudadanos sean lo más reducida y débil que sea posible” (en Proyecto de Constitución para Córcega).

 

Anthony de Jasay ha escrito con toda razón que “Amamos la retórica de la libertad y nos abocamos en ese palabrerío más allá de la sobriedad y el buen gusto, pero está abierto a una seria duda si realmente aceptamos el contenido sustantivo de la libertad” (en “The Bitter Medicine of Freedom”). Como es archiconocido, ya Madame Roland antes de ser guillotinada se inclinó frente a la estatua de la libertad de la entonces Plaza de la Revolución (hoy Plaza de la Concordia) y sentenció: “Oh ! libertad cuantos crímenes se cometen en tu nombre”.

 

Solo en una mente liliputense cabe la idea que el hombre ha llegado a una instancia final de perfección. La perfección no está al alcance de los mortales. Estamos en estado de ebullición permanente en un contexto evolutivo. Mientras, siguen los estudios tendientes a refutar los argumentos del dilema del prisionero, de los bienes públicos, de los free riders, de la asimetría de la información, de los errores de comprensión respecto a la tragedia de los comunes y el interés personal smithiano en el denominado equilibro de Nash y los equívocos presentes en el teorema Kaldor-Hicks respecto a los balances sociales tan bien refutados por Robert Nozick. Mientras esto se desarrolla, debemos poner coto a los abusos del poder puesto que como reza el dictum de Acton “el poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente”.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

Desmitificando al liberalismo

Por Nicolás Cachanosky. Publicado el 4/1/18 en: https://www.infobae.com/opinion/2018/01/04/desmitificando-al-liberalismo/

 

La mala imagen del liberalismo descansa en una serie de mitos. Aquí algunos de ellos

Hubo una época en la que Argentina sabía estar entre las naciones con mayores ingresos del mundo. Fue la época del liberalismo y la apertura comercial en Argentina. Con la llegada del peronismo, la Argentina giró 180 grados, se volvió un país alejado de los principios del libre mercado, donde la política de sustitución de importaciones es más importante que el comercio internacional. Actualmente Argentina ya no se encuentra entre las naciones de mayores ingresos del mundo y posee índices de pobreza cercanos al 30 por ciento. Es un país asociado a la corrupción, las expropiaciones y las recurrentes crisis económicas.

No obstante la mala imagen que el liberalismo posee en Argentina, en los últimos tiempos esta doctrina ha ganado presencia en el debate público y en los medios. En especial a través de los economistas liberales, que no se cansan de insistir una y otra vez con los beneficios del libre comercio. La mala imagen del liberalismo descansa en una serie de mitos. Aquí algunos de ellos.

El liberalismo no es pro empresa, es pro igualdad ante la ley.

El liberalismo no es una doctrina que busque beneficiar a un sector a expensas de otro. Si hay un sector sobre el cual Adam Smith ya alertaba tener cuidado, era justamente el empresarial. Es una doctrina que busca respetar la igualdad ante la ley. No sólo para trabajadores y empresarios, fundamentalmente también para el Estado. No hay lugar para la extorsión para mafias, ni para sindicatos, ni para funcionarios públicos.

Podría decirse que si hay un sector social al cual el liberalismo beneficia, es al trabajador. En los países con economías más libres del mundo el factor trabajo recibe un porcentaje del ingreso total mayor al factor capital. Mientras que en las economías menos libres, esta relación tiende a invertirse.

El liberalismo no es anti Estado, es pro límites al abuso de poder. Hay varias corrientes de liberalismo, por ejemplo, el liberalismo clásico, el anarco-capitalismo, el minarquismo, etcétera. El término “libertario” abarca a todas esas corrientes. Salvo el anarco-capitalismo, el liberalismo no busca eliminar al Estado. Lo que el liberalismo requiere son maneras eficientes de contener los abusos de poder estatal. Es un error conceptual pensar en el libertarismo como un indicador de pureza liberal. Mayor rechazo al Estado no implica necesariamente ser más liberal, es simplemente ser más anti Estado o quizás más anarquista.

Posiblemente los tres economistas liberales con mayor reconocimiento del siglo XX sean Ludwig von Mises, Friedrich A. Hayek y Milton Friedman (Karl R. Popper y Robert Nozick en el área de la filosofía). Ninguno de los tres era anarco-capitalista, los tres fueron liberales clásicos que consideraban al Estado necesario, en términos de liberalismo clásico, para tener una economía libre y estable.

El liberalismo no es despreocupado de las necesidades sociales, busca justamente ayudar a los más necesitados.

El liberalismo no es una doctrina fría a la que no le importa la suerte de los más necesitados. Por el contrario, considera que una economía libre es el sistema económico con más posibilidades de reducir la pobreza. De hecho, la historia muestra que los grandes procesos de reducción de pobreza se dan a la par de mayores libertades económicas. Quien crea que al liberalismo no le importan los pobres o los necesitados puede darse una vuelta por los textos de autores como Mises, Hayek, Friedman, Adam Smith, etcétera.

Hoy día se habla menos de pobreza y más de desigualdad del ingreso. Esto se debe, justamente, a la fuerte reducción en pobreza que se ha observado en las últimas décadas. La distribución del ingreso es un problema distinto al de pobreza. Y como sugiere Angus Deaton, nobel en Economía por sus estudios en este tema, el problema no es la distribución del ingreso en sí sino qué tan justo es el proceso por el cual se distribuye el ingreso. Al buscar la igualdad ante la ley en lugar de beneficios sectoriales, el liberalismo desea un sistema social más justo.

Se encuentra arraigado en la opinión pública que las economías más libres poseen una peor distribución del ingreso. Este no es el caso. El porcentaje del ingreso nacional que recibe el 10% de la población con mayores ingresos es independiente del grado de libertad económica. La diferencia es que en países como la Argentina del kirchnerismo o la Venezuela bolivariana los ricos son aquellos que se benefician a través del Estado. Mientras que en países con economías libres, los ricos son aquellos que sirven al consumidor. Empresarios como Bill Gates, Jeff Bezos o Steve Jobs se encuentran en países con economías libres, no con economías reprimidas como la de Argentina.

El liberalismo no es partidario, es constitucional. Al liberalismo le preocupan las normas que deben gobernar a una sociedad, es decir, su Constitución. El liberalismo no es un movimiento o un partido político, es una concepción constitucional o fundacional. Consiste en pensar cómo limitar al rey o al Estado, indistintamente de quién sea el gobierno de turno. Pedir que el liberalismo “arme un partido y gane las elecciones” es simplemente confundir cómo se debe administrar al Estado (partidos políticos) con cuál debe ser el papel del Estado (liberalismo como filosofía política).

El liberalismo es fundamentalmente democrático y republicano. Sugerir que el liberalismo es pro dictadura porque algún funcionario supuestamente liberal se ha identificado como tal no hace sombra la constante oposición al autoritarismo del liberalismo. Por ejemplo, a diferencia de los mitos que rondan por sectores de izquierda, ni Friedman ni Hayek apoyaron ni contribuyeron con la dictadura chilena. Por el contrario, en ambos casos dejaron cuestionamientos inequívocos a la dictadura.

La época de oro de Argentina coincide con su época liberal. Argentina tiene la posibilidad de volver a discutir estas ideas y dar inicio a un cambio en serio y de fondo. Para ello es necesario discutir las ideas del liberalismo, en lugar de perderse en mitos y versiones caricaturescas.

 

Nicolás Cachanosky es Doctor en Economía, (Suffolk University), Lic. en Economía, (UCA), Master en Economía y Ciencias Políticas, (ESEADE). Fué profesor de Finanzas Públicas en UCA y es Assistant Professor of Economics en Metropolitan State University of Denver.

Salario, empleo y pobreza

Por Gabriel Boragina Publicado  el 26/11/17 en: http://www.accionhumana.com/2017/11/salario-empleo-y-pobreza.html

 

Aunque la economía es una ciencia que requiere mucho estudio, análisis y reflexión, sus principios no son -en el fondo- complejos. Debe si, para poder aprehenderlos, aplicarse la más rigurosa lógica, y esto, a veces, representa una dificultad para muchos, sobre todo en los tiempos que corren.

A continuación, vamos a comentar el excelente resumen que hace un no menos importante profesor mexicano de algunas de las máximas económicas más relevantes que nadie debería perder de vista para mejorar el propio nivel de vida y el de todos los demás:

“Única vía para aumentar salarios reales: apoyar leyes que faciliten más inversión y capacitación en empresas, lo demás es politiquería.”[1]

Mucha gente y economistas creen de buena fe (aunque profundamente errados) que los salarios e ingresos en términos reales pueden subirse por decreto o voluntad gubernamental. Otros opinan que son los sindicatos los que cumplen un papel fundamental para que los ingresos de los asalariados mejoren. No obstante, todos los que así piensan están hondamente equivocados, ya que solo existe una manera genuina, real y sostenida para que los salarios e ingresos de todo el mundo mejoren, y este medio es la libre incorporación de capital en el lugar donde se quieran ver esos beneficios concretarse. Lo mismo ha de decirse para las empresas, que serán las primeras interesadas en invertir en capacitación allí donde sea necesario para optimizar el rendimiento de su personal. Ello, también redunda en sensibles mejoras para la remuneración de sus empleados.

“Ni en Brasil, Argentina, Uruguay, ni en México en los 80, aumentos de salarios mínimos incre­mentaron salarios reales.”[2]

Y no solamente no subieron los salarios reales, sino que -como es sabido- aumentaron el desempleo, ya que es el efecto directo (aunque a veces no sea tan inmediato) que producen tanto las políticas de salarios mínimos como todas aquellas que de manera artificiosa incrementen los costos laborales.

“Políticas de controles de precios y salarios no reducen pobreza, la agravan. Demagogos las proponen, ignorantes las aceptan.”[3]

Otra máxima de fundamental importancia. La idea popular es evitar que los precios suban. Hay, no obstante, que aclarar aquí cierta ambigüedad en la terminología que puede llamar a confusión. Los salarios también son precios. Es otra forma de designar al ingreso del empleado. Con el vocablo “salario” simplemente se distingue la entrada monetaria del empleado de la que obtiene su empleador. La diferenciación es útil también a los fines académicos, ya que otra discrepancia en lo netamente económico es los disímiles tipos de controles que ambos sufren. La política popular (y muchos economistas) determina que debe evitarse que los ingresos de los empleadores crezcan, porque creen que si así sucede los salarios de los trabajadores bajarían. Ya hemos aclarado muchas veces que esta idea es un gravísimo error.

“Dos vías para crear empleos, la falsa: más gas­to público, la verdadera: menos impuestos y regulaciones. Trabajo infantil no se reduce por decreto ni pro­hibición, sino con más inversión y mejores em­pleos a los padres.”[4]

Y debe agregarse, por supuesto como ya se lo hizo antes, la inversión en capital. Sin estas herramientas fundamentales el nivel de empleo de ninguna manera puede aumentar, si es que estamos hablando del empleo real. En otro caso, el empleo puede crecer artificialmente en alguno que otro sector. Pero, utilizando políticas económicas ajenas a las recomendadas, el aumento del empleo será sectorizado, y siempre a costa de un mayor desempleo en otros ámbitos de la economía. En distintas palabras, en el campo laboral también debe regir libremente la ley de la oferta y la demanda.

“Entre más programas gubernamentales para ayudar a los pobres, aparecen más pobres. Pobreza no se reduce con programas guberna­mentales ni con más impuestos sino con más inversión, que florece con bajos impuestos.”[5]

Esos programas, en Argentina conocidos como “planes sociales” u otras denominaciones análogas, tienen los mismos efectos que los descriptos en la cita. El dinero para otorgar esos “planes” sale del peculio de los contribuyentes -ya sean estos de hecho o de derecho- lo que significa que, incluso aquellos que serán los destinatarios finales del “plan” también son expoliados por el gobierno vía menor nivel de bienes a su disposición. Es decir, se termina perjudicando a quienes se quisieron “ayudar”. Además de los otros efectos nocivos, como el incentivo al parasitismo por parte de los “beneficiados” supuestos.

“La mejor forma de ayudar a los pobres es difun­dir políticas económicas que reducen su núme­ro y denunciar las que los aumentan.”[6]

Lo que sucede es que, sobre todo, en lugares donde campea la ignorancia sobre la sana economía, suele creerse (a veces de buena fe) que la “mejor” forma de ayudar a los pobres es dándoles simplemente lo que necesitan. Es aquí donde son muy necesarias las recetes del autor en comentario sobre la buena educación económica que les permita a todos poder distar entre la sana economía y la malsana.

“Gasto social que no incentiva creación de em­presas que generen empleos productivos, no reduce pobreza ni desempleo.”[7]

Posiblemente se trate de un caso de ambigüedad en la redacción, por el cual podría entenderse que habría “algún” gasto social que pudiera incentivar la “creación de empresas”. No es así. El gasto social no solamente no puede estimular la creación de empresas sino el efecto exactamente contrario. Lo más probable es que el autor hubiera querido decir esto: que ningún gasto social puede ni podrá jamás alentar el nivel de empleo productivo, pero si el improductivo, lo cual es más exacto de expresar.

“El círculo perverso de la miseria: pobreza, popu­lismo para combatirla, más votos de pobres a populistas, más pobreza, más populismo.”[8]

Este círculo se rompe solamente con mayor y mejor educación económica. Muchos autores suelen enfatizar solamente la palabra “mayor” olvidándose lo de “mejor. Por “mejor” emitiendo aquella parte de la economía que enseña el camino correcto de la prosperidad y de la baja de la pobreza. Esto es lo que precisamente hace la Escuela Austríaca de Economía, cuya divulgación me parece fundamental.

[1] Luis Pazos. Educación económica contra demagogia electorera, Centro de Investigaciones Sobre la Libre Empre­sa, A.C. (CISLE) (Del libro Políticas Económicas). pág. 8

[2] Luis Pazos. Educación económica…ob. cit. Pag. 8

[3] Luis Pazos. Educación económica…ob. cit. Pag. 9

[4] Luis Pazos. Educación económica…ob. cit. Pag. 9

[5] Luis Pazos. Educación económica…ob. cit. Pag. 9

[6] Luis Pazos. Educación económica…ob. cit. Pag. 9

[7] Luis Pazos. Educación económica…ob. cit. Pag. 9

[8] Luis Pazos. Educación económica…ob. cit. Pag. 9

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

Sobre la apertura de la competencia en el mercado aéreo. Una combinación difícil: “low prices” y “high costs”

Por Martín Krause. Publicado el 12/9/17 en: https://www.cronista.com/columnistas/Una-combinacion-dificil-low-prices-y-high-costs-20170912-0017.html

 

Una combinación difícil: low prices y high costs

Qué difícil es competir…, si no pregúntele a Sampaoli. Mucho mejor es el dedazo, dejar a la competencia afuera con alguna decisión administrativa. Es lo que parecen pensar los sindicatos de la actividad aeronáutica ante el probable ingreso de las llamadas low cost.

El término lo entendemos todos, pero no es preciso, deberíamos decirles low price, porque ése es el rasgo que más nos llama la atención de sus servicios, muchas veces limitado al transporte en avión, y punto. Es cierto, los costos son también precios, pero sería mejor no usar esa palabra para el precio del servicio final y dejarlo para los insumos (empleados, combustible, mantenimiento, etc.).

Tal vez por eso los sindicatos hacen tanta bulla contra las low cost, porque creen que éstas van a reducir uno de sus costos, los salarios de sus trabajadores. Difícil. En verdad, las nuevas aerolíneas van a aumentar la demanda de trabajadores en el sector, para lo cual van a tener que ofrecer mejores condiciones.

Curiosamente, los sindicatos, que no parecen preocuparse mucho por los pasajeros que quedan varados en los aeropuertos, se preocupan por el destino de las empresas. Así, dicen que la política de relativa apertura a nuevas compañías “asfixia financieramente a las empresas que ya están operando en el país, mientras les cercena desmesuradamente sus ingresos abriendo el mercado aerocomercial en forma indiscriminada a numerosos nuevos explotadores a los que les otorga cientos de nuevas rutas, la mayoría superpuestas con las operadas por empresas nacionales, generando una expansión de la actividad aérea, que no podrá ser soportada por nuestro colapsado sistema de seguridad operacional de tráfico y control aéreo”.

Es decir, puede asfixiar financieramente a empresas que tengan high costs y ahora trasladan esos costos a los consumidores.

Ese temible fantasma de la apertura parcial del mercado (que está lejos todavía de su desregulación), comenzó en 1978 en los Estados Unidos. Entonces, la Air Transportation Association presentó un estudio diciendo que 1198 rutas aéreas podían ser abandonadas en un mercado desregulado, basándose en el supuesto de que los subsidios federales sobre 826 rutas finalizarían y que otras 372 no serían rentables. También decían que bajo la desregulación las líneas aéreas tratarían de mejorar significativamente sus ganancias reduciendo el número de vuelos disponibles, con lo cual elevarían el promedio de los factores de carga (el porcentaje del total de asientos utilizados efectivamente). Estas mayores ganancias provendrían del mismo número de pasajeros que volarían en menos vuelos. Por último, llegaban a la conclusión de que para mantener los niveles de servicio de 1973 en las rutas principales se requerirían unos u$s 1000 millones de subsidios.

Las cosas, sin embargo, fueron muy diferentes. El número de pasajeros pasó de 250 millones en 1978 a 815 millones en 2012, las tarifas cayeron un 67% en relación a las del período regulado. La cantidad de empleos en la industria ya había crecido en 30.000 puestos a los dos años de desregular. ¿Acaso están haciendo piquetes todavía los empleados de Eastern, Braniff o Pan American?

Algunas low price fueron estrellas pasajeras (Tower Air, Vanguard), pero Southwest impuso un modelo competitivo que se extendió a las grandes. Algo similar ocurrió en Europa tras la firma del Tratado de Cielos Abiertos en 1992. Ya todos aquí bien saben que Ryanair o Easyjet pueden tener algunas ofertas de menos de 10 Euros. Hoy, hay unas sesenta aerolíneas de este tipo en Europa, incluyendo algunas de las grandes aerolíneas.

Los sindicatos aeronáuticos pueden estar contra el gobierno, pero los consumidores sienten que, como cuando cierran todos los vuelos o no entregan las valijas, en realidad están contra ellos. Sobre todo los consumidores potenciales. High cost significa hoy para una señora de Jujuy que quiere visitar a sus nietos en Buenos Aires por un fin de semana un pasaje de avión que le cuesta u$s 150 o 23 horas en ómnibus que no le salen mucho menos.

High cost es High Price y la mayoría de los argentinos mirando cómo pasan los aviones por arriba pero con pocas chances de subirse a uno. Muchachos, para ir al Mundial hay que competir. No tengan miedo. Tal vez ganamos.

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados. (Ciima-Eseade). Es profesor de Historia del Pensamiento Económico en UBA.

El peronismo y el fascismo

Por Gabriel Boragina Publicado  el 2/9/17 en: http://www.accionhumana.com/2017/09/el-peronismo-y-el-fascismo.html

 

El peronismo es la fuerza política que, desde su fundación en 1945 hasta la fecha, gobernó más veces la República Argentina. Fue la única que tuvo el mérito de captar y usufructuar en su favor una característica que se encuentra presente en la mayor parte de los argentinos. Esto es, una inclinación y tendencia hacia la ideología fascista. El fascismo, surgido en Italia unas décadas antes de la aparición de Juan Domingo Perón en la escena política, prendió rápidamente en tierra argentina, precisamente de la mano de este último, quien fuera un confeso cultor y admirador del Duce Benito Mussolini, de quien se propuso ser su emulador vernáculo, objetivo que, de cierto modo, logró.

Pero, el surgimiento de Perón como importador del fascismo italiano a la Argentina no fue -en modo alguno- un hecho aislado. Militares y políticos, hacia la década del 30 del siglo XX ya simpatizaban con el ideario fascista. Y comenzaron a estructurar y emitir leyes que le daban forma y contenido en muchas áreas y disciplinas, tanto políticas como económicas.

En 1930 comenzaron los golpes de estado en Argentina con el del general Uriburu a la cabeza, un fascista precoz que no llegó (por causas ajenas a su voluntad) a desplegar todo su potencial fascista. De ello se encargó el coronel Perón, quien llega al poder de la mano de otro golpe (1943) dado por otro grupo de militares -encabezado por el general Edelmiro J. Farrel-, integrantes del autodenominado G.O.U. (siglas del Grupo de Oficiales Unidos) con la caída del entonces presidente constitucional Ramón S. Castillo por parte de este grupo militar.

Se continúa y afianza una modalidad de asalto al poder que se consolidará en los decenios posteriores, pero, y esto es para mí lo más importante: se constituye y apuntala -al punto de arraigarse hasta el presente- una forma de pensar y de actuar.

Se legitima un modo de ser que enraizará en la población, y que podemos denominar el “ser fascista”. Es en este punto histórico, donde creo que se pierde la democracia o el “ser demócrata” para dar lugar al fascismo o el “ser fascista”. Y esta triste transformación perdura hasta nuestros días, incluyendo el momento en que escribo estas líneas.

Y si bien, en las formas y en su Constitución escrita, la Argentina sigue siendo una “democracia”, en su otra constitución, la que yo llamo su constitución interna (en el más literal sentido de la palabra), es decir, su estructura constitucional, el argentino promedio es un fascista no asumido como tal, negador de su condición fascista.

Esto explica -a su turno- también a mi modo de ver, los repetidos éxitos electorales del peronismo, ya sea en su versión fundadora (primero, segundo y tercer gobierno de J. D. Perón) como en sus posteriores derivaciones (Menem y los Kirchner). Estas adaptaciones variaron entre si, pero el vínculo común y constante entre ellas, fue el fascismo que, tanto Perón como Menem y los Kirchner practicaron en distintos grados (el fundador se destacó como un extraordinario fascista, y el matrimonio Kirchner estuvo muy cerca de igualar a su líder. Entre ellos, Menem se mostró como un aprendiz de fascista y -hasta un cierto punto- logró pasar desapercibido como tal.

Para entender algo más de lo que hablamos, será de mucho interés recordar la excelente definición de fascismo que nos brinda el diccionario de economía:

fascismo. Movimiento político de gran importancia entre las dos grandes Guerras Mundiales que surgió en Italia, en 1922, bajo el liderazgo de Benito Mussolini. El fascismo se caracterizó por su oposición a la democracia liberal y al comunismo, por su nacionalismo, su culto a la violencia y su actitud proclive al colonialismo y al racismo. Surgido inicialmente como un movimiento de masas sin una definición ideológica muy precisa, aunque siempre opuesto a la agitación sindical y socialista, el fascismo, en Italia y en otras naciones, fue adquiriendo luego perfiles más claros y más amenazantes.

Para el fascismo la soberanía del Estado-nación era absoluta y se erigía, por tanto, como una crítica a la libertad individual, siempre mencionada despectivamente como “individualismo”, ya se manifestase ésta en el campo del pensamiento, las costumbres o la actividad económica. Su lema “Creer, obedecer, combatir” expresaba no sólo esta subordinación del individuo al líder, concebido como encarnación de la voluntad nacional, sino también el espíritu militarista y el apego a la disciplina que tanto contribuyeran al estallido de la Segunda Guerra Mundial. Los gobiernos fascistas fueron, sin excepción, dictaduras unipersonales absolutas que, en algunos casos, llegaron a convertirse en sistemas abiertamente totalitarios, como ocurrió en la Alemania de Hitler. Aparte de las experiencias italiana y alemana deben mencionarse también los regímenes fascistas o filofascistas que se establecieron en Rumania, España, Argentina, Brasil y otras naciones durante los años treinta, en algunos casos con características sin embargo más próximas al populismo.

El énfasis en lo colectivo en detrimento del individuo hizo que los experimentos fascistas desembocasen normalmente en una u otra forma de corporativismo. Las naciones se organizaron así a través de corporaciones, no personas, que podían ser cámaras de industriales o comerciantes, sindicatos, gremios o cualquier otra institución semejante. Estas corporaciones, representadas en órganos políticos o de dirección económica, eran los auténticos actores sociales, aunque cada una de ellas, en realidad, estaba dirigida férreamente por personeros del partido gobernante que se subordinaban al líder supremo. Ellas decidían la política general a seguir, trazaban planes económicos e intervenían en muchos asuntos cotidianos, convirtiéndose en órganos del Estado de casi ilimitado poder.

La economía se organizaba así mediante consejos generales que dictaban normas de cumplimiento obligatorio para todas las cámaras afiliadas. Estas fijaban precios y cantidades a producir, determinaban los salarios y las normas de trabajo, intervenían sobre las decisiones de inversión, regulaban las ganancias y controlaban toda la actividad productiva, a veces, hasta los mínimos detalles. La propiedad privada de las empresas se mantenía, al menos formalmente, pero quedaba por completo vacía de contenido: no existía ya riesgo empresarial ni posibilidad alguna de competencia, por lo que los dueños de empresas se convertían en una especie de asalariados privilegiados, a veces devengando incluso sueldos, cuyas ganancias se asemejaban más a bonos o compensaciones especiales que a la retribución por el riesgo asociado a la inversión. La política económica general, por otra parte, además de basarse en un extendido intervencionismo estatal, se encaminaba a lograr la autarquía, el desarrollo económico nacional aislado del resto del mundo.

Los fascismos más militaristas, como los de Hitler, Mussolini y la Europa Oriental no sobrevivieron mucho tiempo y fueron devorados por la propia conflagración mundial que tanto contribuyeron a desencadenar. Otras experiencias, como la de Franco en España, fueron evolucionando gradualmente hacia sistemas menos totalitarios, abandonando casi por completo el corporativismo y asemejándose así a otras naciones de economía intervenida y democracia restringida. En América Latina, dentro de este modelo, los experimentos fascistas se convirtieron rápidamente en populismos. [1]

[1] Carlos SABINO; Diccionario de Economía y Finanzas. Contiene léxico inglés-español y traducción de los términos al inglés. Consultores: Emeterio Gómez; Fernando Salas Falcón; Ramón V. Melinkoff. CEDICE. Editorial Panapo. Caracas. Venezuela.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

Rent seeking

Por Eduardo Filgueira Lima. Publicado el 15/7/16 en: http://cepoliticosysociales-efl.blogspot.com.ar/2016/07/rent-seeking_95.html

 

El artículo del Dr. D.Henderson que el CEPyS publicó en el día de hoy, sobre los denominados “rent seeking”, invita a la reflexión. En la teoría de la elección pública, se entiende por búsqueda de rentas (rent-seeking)  a la situación de intercambio que un individuo, organización o empresa busca para obtener ingresos captando renta económica a través de la manipulación o explotación del entorno político o económico, en lugar de obtener beneficios a través de transacciones económicas y producción de riqueza.

La asociación entre el/los político/s (gobernante o no) pero con poder de decisión y determinados grupos que buscan obtener beneficios o privilegios siempre tiene un costo, que distorsiona la economía.

Parece bien decir que si uno recibe un sueldo mayor al esperado se trata de un beneficio no buscado. Y que si se pide un aumento de sueldo por encima del que se recibe, se trata de una búsqueda de rentas adicionales. En realidad los dos casos tienen un costo para el contratante que forma parte de los costos de producción y que necesariamente se cargan al costo final del producto.

De la misma forma la asociación entre el poder político y grupos con determinados intereses no hace a los segundos, diferentes de los primeros en cuanto a búsqueda de rentas personales.

El político puede traficar influencias, permitir información privilegiada y si su lapicera tiene el suficiente poder, incluso otorgar licencias especiales o normas regulatorias que impidan la competencia a favor del empresario. Por ejemplo: con aranceles de importación o con subsidios directos.

En cualquiera de los dos casos el político puede obrar de buena fe creyendo que defiende a la industria nacional o al empleo, lo que en realidad hace es beneficiar a empresarios que “saben que timbres tocar” para obtener beneficios (privilegios), y una vez que lo han logrado ya no tienen incentivos para producir más y mejor.

En realidad tampoco benefician el empleo, porque mucho más se obtendría si por ejemplo se limitaran las barreras para que ingresen productos, o capitales y en ambos casos se generen nuevas fuentes de empleo, y los productos serían el resultado de una competencia por producir más (masificación del consumo), a precios mucho más accesibles y de mejor calidad.

Estos mecanismos corporativos se dan en todos los ámbitos. Sindicatos, asociaciones, etc. todos luchan por la obtención de mejores condiciones o beneficios. Pero no tienen otro objetivo que intervenir en el mercado laboral para obtener mejores salarios, que no es óptimo porque presiona sobre los costos de producción (pero este es otro tema),  no tiene el mismo carácter de los rent seeking que bien llaman los economistas: “buscadores de renta en asociación con el poder político”.

Nuestro país como muchos tiene bien aceitado este mecanismo de protección y asociación. Ambos: políticos (no necesariamente el gobernante del máximo nivel) y grupos de interés son rent seeking. El político puede hacerse por este medio de ingresos espurios, porque su lapicera o su decisión vale y puede hacerse acreedor a algún “retorno” y el empresario también porque obtiene beneficios personales.

El problema es que todo ello tiene un costo y el costo lo paga toda la sociedad. Para J. Buchanan y G. Tullock en su teoría de la elección pública expresan que estos grupos de interés (de todo tipo) se encuentran  bien organizados y tienen acceso a políticos “vulnerables”, que pueden tomar decisiones, que son finalmente contrarias a los intereses de la mayoría, pero beneficiosas para los “amigos”.

De lograr estas decisiones debe contemplarse que siempre son contrarias al interés público y solo beneficiosas para los grupos de interés (“capitalismo de amigos”) y para el mismo político que suele recibir reconocimientos de importancia.

El costo final lo paga el país porque si se produce menos la oferta es menor. Si la oferta de bienes es menor, su costo unitario es mayor. Y esto es lo que logran estos procesos de rent seeking, baja producción –porque obtuvieron beneficios restrictivos a la competencia– de productos además más caros y de menor calidad, que los que se verían obligados a producir si debieran enfrentar la competencia. ¿Como soluciona el problema el poder político?: inyecta fondos para subsidiar la demanda,.. así la demanda se mantiene y mantiene el consumo, acompañado de una sensación de bienestar de la población, que acompaña con su favor al político. Políticas keynesianas que de inmediato comienzan a pagar todos.

Es decir que –sin entrar en lo referente a la corrupción que en este mecanismo se encuentra implícita– el costo de esta asociación entre grupos de interés y política tiene un enorme peso económico para el país,.. y para cada uno de los ciudadanos,…que tienen que consumir lo que se les ofrece y se limitan sus opciones con barreras para beneficiar un empresariado ineficiente (que afortunadamente no son todos), que frecuentemente produce más caro y de mala calidad.

Para J. Buchanan y G. Tullock este es el proceso –dentro de todos los que incorporan a la teoría de la elección pública– más perverso, por lo oculto para el ciudadano que finalmente paga los costos, por las distorsiones a las que da lugar y por los efectos que tiene para la producción de un país.

(*) Eduardo Filgueira Lima. Director del CEPyS. Julio 14 de 2016

Lecturas recomendadas:

-Buchanan, J & Tullock, G (1993) El cálculo del consenso. Editorial Planeta-De Agostini S.A. Barcelona

-Buchanan, J. (1981) Los límites de la libertad: entre la anarquía y el Leviatán.  Premia editora. México

-Buchanan, J (1972) Theory of public choice. Ann Harbor.University of Michigan Press. USA

 

Eduardo Filgueira Lima es Médico, Magister en Sistemas de Salud y Seguridad Social,  Magister en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE y Profesor Universitario.

“La inflación ya es el ajuste”

Por Belén Marty: Publicado el 14/2/16 en: http://cadenaba.com.ar/nota.php?Id=35366

 

Ayer fui a cenar a una parrilla porteña con mi prima de Suiza (hija de un argentino y una peruana) y cuando estábamos por terminar de comer se nos acerca el dueño para preguntarnos si estaba todo bien. Mi prima lo felicita por el lugar y por el ambiente (muy agradable por cierto) y le pregunta: “¿desde qué empezaste con el negocio, has tenido que aumentar los precios?”.

Y claro. Es muy difícil para un suizo entender de inflación cuando una gaseosa cuesta 1 franco suizo desde tiempos inmemoriales. A un ritmo de inflación de entre 3 y 4% mensual como la que estamos viviendo ahora la correcta pregunta hubiera sido: “¿has tenido que aumentar los precios este mes también?“.

Cuando Cristina Kirchner aseguró en Harvard que si el país hubiese estado teniendo una inflación del 25% anual, Argentina “estallaría por los aires”. Imagínense ustedes lo que estamos viviendo cuando las estimaciones más optimistas sostienen que este 2016 la inflación rondará el 29%.

¿Pero cómo hacen para vivir así?“, pregunta mi prima. Y yo me río. E improvisé una clase de economía de países populistas casi sin pestañar. Le muestro un billete de $100 y le digo que hoy el billete de más denominación vale algo así como unos 5 euros.

El aumento generalizado de precios (consecuencia de la inflación) se da por una creciente desvalorización del peso. No es que las cosas cuesten más todos los meses, sino que el precio del peso bajó. Nadie lo quiere. No lo atesoramos sino que buscamos deshacernos de él con la compra de bienes y servicios.

El Banco Central imprime billetes idénticos a los que ya están en circulación y que tienen exactamente el mismo poder de compra para financiar un 8% de déficit fiscal. El problema es que los nuevos billetes son físicamente iguales a los que ya están circulando entonces la gente no puede discriminarlos y los termina aceptando. Y como sucede siempre, a demanda estable, si aumenta el número de un bien (en este caso el peso), baja su precio. No hay que tener un doctorado en economía para entenderlo.

Además, como siempre, los que reciben estos nuevos billetes son los que están más cerca del poder (sindicatos, empresas contratistas) y pueden comprar productos o servicios antes de que aumenten de precios. Es un dinero que no recibieron de manera honesta ni de ahorros sino que cayó del cielo (o de la máquina de imprimir billetes).

El economista liberal Javier Milei lo explicó en su ultimo artículo en el cual citó a Milton Friedman: “Puede que los empresarios sean voraces, los sindicatos ambiciosos, los consumidores despilfarradores, los jeques árabes hagan subir el precio del petróleo y las condiciones meteorológicas a menudo sean malas. Todo esto puede conducir a aumentos de precios de bienes individuales, pero no puede llevar a un incremento general de los precios de los productos. Pueden provocar una suba temporal de la tasa de inflación, pero no pueden ser la causa de una inflación continua por una razón muy simple: ninguno de estos aparentes culpables posee la máquina de imprimir estos trozos de papel que llevamos en nuestros bolsillos”.

Por tanto, los dueños de restaurantes (por ejemplo) o el resto de los comerciantes tiene que enfrentar todos los meses la gran pregunta: ¿subo los precios? Y si los subo, ¿a cuánto? Antes, cuando el precio de los productos los ponía Guillermo Moreno o Augusto Costa, las excusas de los comerciantes eran válidas y como tenían las manos atadas, justificaban el desabastecimiento, la mala calidad de los productos, la reducción de los tamaños, en las arbitrarias decisiones de la política pública nacional. Pero ahora, que tienen libertad deberán decidir qué día del mes aumentan los precios y cuánto.

El dueño del restauran le aseguró a mi prima que sabe que si su proveedor de confianza con el que trabaja hace 15 años aumenta los precios de la carne es “porque no le queda otra”.

Una de las consecuencias de la inflación es la destrucción de los precios relativos. Como nadie sabe cuánto cuestan realmente las cosas, nadie sabe si lo que está pagando por cierto bien o servicio es caro o es barato. Ciertos bienes aumentan antes de precio, los comerciantes no pueden saber ni especular el comprotamiento real de la demanda. Ir a comer a un restorán de servilletas de tela termina costando lo mismo que comer en un bodegón de barrio.

La inflación le complica la vida a la gente. En primer lugar, le licúa el sueldo a todos los trabajadores (en especial a aquellos más alejados del poder politico que reciben más tarde los pesos falsificados por la máquina de imprimir), modifica los comportamientos de la gente (¿a dónde fueron a parar todas las monedas?), desestabiliza la estructura de precios interviniendo el mercado y embarrando la cancha, e impide u obstaculiza los planes a largo plazo (¿quién va a invertir en un contexto tan incierto?).

Mi prima se escandalizó. “Esto no es normal”, me dijo seriamente. “Ustedes estan todos locos”. Mientras Macri decidió tomar un plan gradualista para evitar el ajuste y evitar asi terminar con la inflacion este año, mi prima me mira y me dice “pero si la inflación ya es el ajuste”. Y entendió todo.

 

Belén Marty es Lic. en Comunicación por la Universidad Austral. Actualmente cursa el Master en Economía y Ciencias Políticas en ESEADE. Conduce el programa radial “Los Violinistas del Titanic”, por Radio Palermo, 94,7 FM.