Triada fatal

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 20/7/14 en: http://independent.typepad.com/elindependent/2014/07/triada-fatal.html#more

 

Sigmund Freud ha tenido y sigue teniendo enorme influencia en nuestro mundo, por lo que cabe destacar (y alertar) que el eje central de su pensamiento filosófico derrumba todo lo que conocemos como propiamente humano. Por ejemplo, en su Introducción al psicoanálisis subraya que “la ilusión de tal cosa como la libertad psíquica […] es anticientífico y debe rendirse a la demanda del determinismo cuyo gobierno se extiende sobre la vida mental”. Esta afirmación niega el libre albedrío y, por tanto, el agente moral y la consiguiente responsabilidad individual, al tiempo que torna imposible la existencia de proposiciones verdaderas y falsas, ideas autogeneradas, la revisión de nuestros propios juicios e imposibilita la argumentación, incluso para el debate del determinismo. En otros términos, sostiene que somos meras máquinas y que hacemos “las del loro” con lo que se pretende arrasar con todo el edificio de la humanidad.

Por otro lado, en Problemas de la civilización sostiene que, en el ser humano, debe “descartarse el principio de una facultad originaria y, por así decirlo, natural, apta para distinguir el bien del mal” y. mas aún, en Tótem y tabú escribe que “las prohibiciones dictaminadas por las costumbres y la moral a las que nosotros obedecemos, tienen en sus rasgos esenciales cierta afinidad con el tabú primitivo” y, en el mismo libro, afirma que la negación de las relaciones incestuosas constituye “la mutilación mas sangrienta, quizás, que se ha impuesto en todos los tiempos a la vida erótica del ser humano”.

El segundo personaje que queremos mencionar telegráficamente en esta nota periodística es Marx quien en su primera obra en colaboración con Engels, esto es en La sagrada familia (una crítica sarcástica a los hermanos Bauer) también suscribe el determinismo que en la práctica niega toda posibilidad de libertad. Pero la dupla -Engels abarca campos más amplios en su ataque a la libertad y apunta al corazón de la sociedad abierta al patrocinar la liquidación de la institución de la propiedad privada. Así, estos autores escriben en el Manifiesto Comunista que “pueden sin duda los comunistas resumir toda su teoría en esta sola expresión: abolición de la propiedad privada” con lo que no solo encadenan a la gente a los caprichos del aparato estatal sino que eliminan toda posibilidad de funcionamiento económico ya que arrasan con los precios y el mercado con lo que no resulta posible la contabilidad ni la evaluación de proyectos que ha sido la razón técnica (además de las masacres humanas) del derrumbe del Muro de la Vergüenza en Berlín. Si todos los bienes crecieran en los árboles y hubiera de todo para todos todo el tiempo no habría necesidad de asignar derechos de propiedad, pero como las cosas no son de esa manera se hace necesaria la referida institución al efecto de aprovechar del mejor modo posible los siempre escaso recursos en el contexto de que acrecienten sus patrimonios aquellos que sepan atender las demandas de sus congéneres de la mejor manera y quiebren o disminuyan sus ganancias aquellos que yerran y no han sabido satisfacer los intereses del prójimo. En esta línea argumental, la sociedad abierta establece un sistema en el que cada uno al buscar sus personales intereses debe atender los de los demás.

Marx fue muy influenciado por Hegel (del mismo modo que ocurrió con las derechas nacionalsocialistas y fascistas) quien escribió en la tercera parte de Filosofía del derecho que “El Estado es la voluntad divina” y por ello “el Estado debe tomar bajo su protección la verdad objetiva” y que “todo debe estar subordinado a los intereses elevados del Estado”; en Enciclopedia de las ciencias filosóficas afirma que “el Estado en cuanto tal, en cuanto forma que el principio existe, contiene la verdad absoluta” y en Filosofía de la historia leemos que “En las naciones civilizadas la verdadera valentía consiste en la diligencia para consagrarse por entero al servicio del Estado”.

El tercer y último personaje que ha sido fatal para la vida civilizada es Keynes quien en el prólogo a la edición alemana -en plena época nazi- de su Teoría general del interés, la ocupación y el dinero escribió: “La teoría de la producción global, que es la meta del presente libro, puede aplicarse mucho mas fácilmente a las condiciones de un Estado totalitario que la producción y distribución de un determinado volumen de bienes obtenido en condiciones de libre concurrencia”. Además, en la misma obra, resume su tesis en dos párrafos clave. En primer lugar, al sostener que “La prudencia financiera está expuesta a disminuir la demanda global y, por tanto, a perjudicar el bienestar” y, en segundo término, propugna “la eutanasia del rentista y, por consiguiente, la eutanasia del poder de opresión acumulativo de los capitalistas para explotar el valor de escasez del capital”. Este autor es tal vez el que ha hecho más daño a las instituciones liberales puesto que es el que más ha penetrado con el intervencionismo estatal en las relaciones personales a través de los desórdenes monetarios, fiscales y laborales que han teñido las políticas occidentales que generaron las repetidas crisis internacionales…y las que vendrán por seguir aferrados a políticas marcadamente antiliberales de absurdas regulaciones, gasto desmesurado, déficit colosal y astronómico endeudamiento.

Para los lectores interesados en adentrarse en otros muchos aspectos de lo comentado sucintamente en esta columna, en orden inverso a lo que dejamos aquí planteado, entre tantos trabajos que pueden recomendarse, sugiero tres libros de extraordinaria valía: sobre Keynes Los errores de la nueva ciencia económica [The Faliure of the New Economics] de Henry Hazlitt (Madrid, Aguilar, 1959/1964), para Marx, de Thomas Sowell, Marxism. Philosophy and Economics(New York, William Morrow and Co., 1985) y para Freud, de Richard Webster,Why Freud was Wrong (New York, Basic Books, 1995).

Hay veces que conviene elaborar sobre la materia tratada para clarificar conceptos pero en esta ocasión estimo que con las citas que hemos seleccionado no es necesario abundar en mayores explicaciones puesto que son de una indiscutible precisión, por lo que preferimos dejar el resto a la sesuda meditación del lector.

Sin duda que no hay nadie por más destructiva que sean sus ideas que no contenga algo bueno en su ser: Stalin no era un desviado sexual y Pol Pot no fumaba, Platón propiciaba el totalitarismo pero elaboró sobre el alma de modo convincente. Las personas se las juzga por el balance neto de sus gestiones en la vida y no por una parcialidad. Keynes, antes de volcarse al estatismo, realizó observaciones y reflexiones de interés e incluso cuando adoptó su nueva postura que fue la que predominó, con gran razón ha escrito que “Las ideas de los economistas y de los filósofos políticos, tanto cuando están en lo cierto como cuando no lo están, son más poderosas de lo que se supone corrientemente. Verdaderamente, el mundo se gobierna con poco más. Los hombres prácticos, que se creen completamente libres de toda influencia intelectual, son generalmente esclavos de algún economista difunto”. Freud ha realizado contribuciones trascendentes respecto al tratamiento de problemas aplastados e incrustados en el inconsciente vía la represión y Marx acuñó los tan convenientes y utilizados criterios clasificatorios de “economistas clásicos” y “capitalismo”.

En cualquier caso, de más está decir que resulta indispensable la exposición de todas las ideas para poder razonarlas y debatirlas abiertamente y siempre estar en la punta de la silla para posibles refutaciones de las propias convicciones. Pero una vez comprendidas las ventajas de la libertad no debe caerse en el espejismo y la trampa mortal de pretender permutarla por seguridad puesto que el resultado es indefectiblemente quedarse sin lo uno ni lo otro, ya que al renunciar a la libertad, al demoler derechos, se otorga carta blanca a los autócratas para imponer el reino de la mayor de las inseguridades. Entonces, lo peor es quedarse  en la mitad del camino desde el ángulo intelectual accediendo a componendas y transacciones timoratas y, en ese nivel, para ser “práctico”, aceptar “políticas transitorias” con la ilusión de salir del paso. En este sentido, cito un pensamiento de Milton Friedman: “Nada hay más permanente que un programa transitorio de gobierno”.

En el nivel político deben buscarse consensos, pero si anticipadamente se abdica de principios en el ámbito intelectual no quedan esperanzas para empujar el eje del debate hacia posiciones mejores. Hayek escribe al respecto en The Intellectuals and Socialism que “Necesitamos líderes intelectuales que estén preparados para resistir los halagos del poder y su influencia, dispuestos a trabajar por un ideal, cualquiera sean las posibilidades de su realización inmediata. Tiene que haber hombres que están dispuestos a mantenerse fieles a principios y luchar por su completa realización, no importa cuan remota sea. […] La lección fundamental que debe aprender un liberal del éxito socialista es su coraje para ser idealista lo que les brinda el apoyo necesario y, consecuentemente, la influencia en la opinión pública para convertir en posible aquello que se estimaba imposible. Aquellos que se concentraron exclusivamente en lo que parecía practicable dado el estado existente de la opinión pública, constantemente encuentran que incluso lo que proponen rápidamente se convierte en políticamente imposible como resultado de los cambios en la opinión que no hicieron nada por modificar”.

Reiteramos que el debate de distintas ideas, perspectivas y propuestas resultan sumamente fértiles y necesarias para mirar los problemas desde distintos costados. Nunca debe cercenarse una opinión por más disparatada que nos parezca, pero a la hora de decidir, la referida apertura mental no debe hacer perder de vista la importancia de los valores y principios de la libertad, precisamente, para poder enriquecerse con diversas facetas y ángulos de análisis. Nicholas Rescher indica este camino en su magnífico libro titulado Pluralism. Against the Demand for Consensus (Oxford, Clarendon Press) y Alfred P. Sloan cuando conjeturaba que habría unanimidad en sus reuniones de directorio en General Motors, posponía la votación porque estimaba necesaria y productiva la disidencia.

Si no se entienden las amenazas que se ciernen sobre la sociedad abierta y se hace lugar con indiferencia para que los estatistas y detractores de la libertad continúen estableciendo la agenda de discusión, seguiremos retrocediendo en nuestras legislaciones hasta instaurar la esclavitud, con la diferencia respecto de la antigüedad que en lugar de existir varios amos sea uno solo, corporizado en el Leviatán. Recordemos que la primera recopilación de leyes conocidas en la historia fueron promulgadas por el rey de Babilonia, Hammurabi, 1760 años antes de Cristo, y esculpidas en un bloque de basalto de dos metros y medio de altura, que contiene 282 preceptos entre los cuales el 15 y el 16 indican que se debe castigar con la pena de muerte a quien ayude a escapar a un esclavo o lo esconda.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. En Administración. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer rector de ESEADE.

 

 

Acerca de la maldad

Por Alberto Benegas Lynch (h) Publicado el 7/6/12 en http://diariodeamerica.com/front_nota_detalle.php?id_noticia=7312

Vez pasada publiqué una columna en la que como una anotación marginal hice mención a dos libros: Hacia una teoría general de los hijos de puta. Un acercamiento científico a los orígenes de la maldad de Marcelino Cereijido y, de Stanton Samenow, Inside the Criminal Mind. A raíz de mi referencia, me llamó la atención el haber recibido correos en los que lectores me sugieren que me explaye sobre este apunte que deslicé al margen, incluso en número mayor de los e.mails ingresados que aluden al eje central de mi artículo. Pongo entonces manos a la obra, un tema sobre el cual ya he escrito y que ahora estoy en vena de volverlo a hacer explorando otros andariveles.
 
Lo primero que se me ocurre precisar es que cuando se hace alusión a la maldad no se hace referencia a aquellos actos que pueden ser viciosos e inconvenientes pero no lesionan derechos de terceros. Los grados de malicia, de perversidad, el engaño, la trampa, el daño, las acciones criminales y las abominables contra personas siempre están conectadas a la demolición de las autonomías individuales de otros.
 
Creo que debe distinguirse el vicio del crimen (que puede o no ser castigado por la ley…incluso hay leyes que son en si mismas criminales). Cuando con razón se dice que “como la luna, todos tenemos nuestro lado oscuro” no necesariamente se alude a la maldad sino al desbarranque personal en la búsqueda de la excelencia y de hábitos viciosos. Lo mismo va para lo que podríamos denominar “la psicología del doctor Jekyll y mister Hyde” (para recordar a Stevenson) donde se exponen dos costados que en el contexto de esta nota que ahora escribimos no alude necesariamente al mal en el sentido de lesionar derechos de terceros (aunque ese ingrediente esté potencialmente presente, no se actualiza debido al autocontrol).
 
Ahora bien ¿cómo es que se gesta el mal? Es un tema de razonamiento, de modo de ver el mundo y la propia persona del malvado. Es la indiferencia por el daño infringido a otros y la petulancia de considerarse superior al resto de los mortales y digno de satisfacer cualquier demanda respecto a lo que pertenece a otros. Sin duda que la educación influye en las personas para bien o para mal según lo que se trasmita, pero en el caso que nos ocupa se trata de sentimientos, de instintos que marcan la maldad del homicidio, de no hacer llorar y sufrir con deliberación y alevosía al vecino, de no engañarlo y trampearlo, no violar a sus hijas, ni sustraerle sus pertenencias, ni torturar y martirizar al prójimo. La educación y, sobre todo, la autoeducación y el ejercicio diario de abstenerse de observar hechos delictivos contribuye a formar (o, caso contrario, a desformar) la propia sensibilidad, pero no hace que la persona se convierta en una malvada. Todos nuestros ancestros provienen de las cavernas, eran rústicos, brutos y muy precarios pero no necesariamente criminales.
 
Es de gran interés prestar debida atención a lo que dice Stanton en la obra citada: “Cuando comencé este libro creía que el comportamiento criminal era un síntoma de conflictos enterrados en la persona fruto de traumas y depravaciones de un tipo u otro. Pensaba que los criminales lo eran debido a desórdenes psicológicos de algún tipo, una situación social opresiva o ambas cosas [….] sin embargo, descubrí que debía desaprender prácticamente todo lo que había aprendido en mis estudios de posgrado […] El propósito de este libro es mostrar que nuestras conclusiones habituales sobre las causas de la criminalidad están totalmente equivocadas y por qué las soluciones convencionales no son en absoluto soluciones […] La noción que los desempleados cometen crímenes es absurda, en primer lugar los desocupados no son todos delincuentes, más bien muchos de los criminales no desean trabajos honestos […] Constituye una idea racista de la peor especie el suponer que porque una persona es negra (marrón o amarilla) es inadecuada para asumir su entorno y, por ende, no puede dejar de convertirse en un criminal […] Situaciones económicas difíciles se suelen asociar a la criminalidad […] Si eso fuera correcto tendríamos mucho mas crímenes de los que tenemos. La mayor parte de de los pobres respetan la ley y la mayor parte de los que provienen de hogares destruidos no son delincuentes”. En verdad, el atribuir la criminalidad a la pobreza constituye un insulto gratuito a nuestros ancestros que provienen de las miserias más escalofriantes.
 
Stanton explica que “Los criminales causan crímenes, no padres inadecuados, la televisión, los colegios, las drogas o el desempleo. El crimen reside en la mente del criminal y no es causada por condiciones sociales […] Todo debe comenzar atribuyendo la plena responsabilidad al autor de las ofensas. Esto significa que la persona es responsable por haber cometido un crimen, independientemente de sus antecedentes sociales o de las adversidades que debió afrontar […] La conducta es consecuencia del pensamiento. Todo lo que hacemos es precedido o acompañado y seguido de pensamientos […] Los criminales aprenden a engañar a psiquiatras y a las cortes para obtener encierros en hospitales que son más cortos y benévolos que hacerlo en prisión […] Los criminales son todo menos enfermos. El criminal es frío, calculador y deliberado en sus acciones. Los criminales distinguen el bien del mal. De hecho, algunos de ellos conocen las leyes mejor que sus abogados […] Los criminales no fueron forzados por otras personas a ser criminales, ellos eligen compañeros que aprecian y admiran […] Al colocarse en la situación de víctimas, buscan la simpatía y mantienen la esperanza de ser absueltos de culpabilidad”.
 
Thomas Szasz en The Myth of Mental Ilness apunta que no hay tal cosa como “enfermedad mental” ya que la medicina enseña que la enfermedad constituye una lesión orgánica y que, por tanto, es una metáfora muy peligrosa concluir que la mente, la psique o las ideas son susceptibles de estar enfermas en el sentido en el que la patología usa esa expresión, lo cual no excluye la posibilidad de problemas orgánicos (químicos) en el cerebro situación que alude a otro plano de discusión bien distinto.
 
Hay quienes tienen la manía de atribuir estados de “enfermedad” a todos aquellos cuyas conductas estiman se apartan de la media. En este sentido, es muy provechoso prestar atención al título de una de las obras de Erich Fromm: La patología de la normalidad para mostrar que cada persona tiene sus características especiales sobre las que debe asumir su responsabilidad. La tesis contraria (y la más común) proviene de Sigmund Freud quien era determinista-materialista y, por ende, no creía en la libertad y consecuentemente atribuía todo a causas anteriores, lo cual pone de manifiesto, entre otros escritos, al referir “la ilusión de que existe algo como libertad psíquica […] eso es anticientífico y debe ceder ante la demanda del determinismo lo cual se extiende a la vida de la mente” (Introductory Lectures on Psychoanalysis, en The Standard Edition of the Complete Psychological Works of Sigmond Freud, Londres, Hoargath Press, vol.XV, 1917/1974, p.106), al contrario de autores que se separaron de esa visión como Alfred Adler quien, por ejemplo, respecto a los criminales, escribió que adolecen de “una equivocada concepción del mundo y una equivocada noción de su importancia y de la importancia de otras personas” (en “Individual Psychology and Crime”, Quartely Journal of Corrections, 1930/1977), p.11).
 
Hace unos días un ex alumno mío me mostraba que había incorporado en uno de sus trabajos en curso, estadísticas de fuentes varias sobre la criminalidad en cierto país en las que se exhibía que el grueso de los crímenes eran perpetrados por jóvenes provenientes de condiciones muy pobres y, también, que la impunidad era grande debido a que la mayor parte de los imputados se los excusaba de la cárcel o, a poco andar, quedaban el libertad. En esa oportunidad pregunté si se había incluido en las referidas estadísticas a llamados empresarios que lucran en gran escala debido al favor oficial pero que, en la práctica, significa esquilmar a la gente como, por ejemplo, cuando se decreta que los bancos no deben devolver los depósitos a sus clientes y así sucesivamente. También pregunté a mi contertulio si había incluido en esos cuadros y gráficos a los crímenes de los narcotraficantes multimillonarios. La respuesta fue que no se incluyeron esos crímenes en ninguno de los dos casos, de lo contrario hubiera quedado en claro que la impunidad es mucho mayor de la que se supone, la edad promedio hubiera subido y los montos también se hubieran elevado exponencialmente.
 
Por su parte, en el trabajo mencionado de Cereijido se ilustran muy bien maldades de diverso calibre, aunque, de modo contradictorio, el autor suscribe el determinismo físico o materialismo filosófico con lo que la imputación de maldad desaparece debido a la negación del libre albedrío y el dualismo mente/cuerpo, suponiendo que los humanos somos solo kilos de protoplasma (además de los errados supuestos que surgen en el mismo libro donde se instala la suma cero como fundamento de las transacciones de mercado). Los ejemplos de perversidad son múltiples en esa obra. En este sentido, ni siquiera por haber sido la cuna de la aparición del homo sapiens se respetó a los habitantes del continente africano, puesto como escribe el autor, la “rapiña y abuso omnipresente tuvieron y siguen teniendo alturas de sublime hijoputez. Así, entre 1440 y 1870 se llevó a cabo un tráfico de esclavos que sentó las bases de muchas economías planetarias. Los africanos, hombres y mujeres, luego de su captura, eran trasportados en barcos, sin ropa, ensardinados unos junto a otros y engrillados todo el tiempo; situación en la que hacían sus necesidades, unos sobre otros”. Alude también a quienes roban y saquean en medio de catástrofes como terremotos o inundaciones. Subraya que “el político recurre a usar cierto tipo de palabras, trajes y peinados; se fotografía con su familia y su perro en un lugar apacible de la casa. Y sonríe. Hasta el más truhán logra aparecer en las fotos como un candidato moralmente sano y responsable. En algunas de éstas, carga con sus brazos a algún bebé desconocido en un acto público para que el retrato sugiera que es humano, sensible y protector”…cáscara del poder para dominar, en este sentido recordemos el aforismo de que “cuando se detenta un martillo, todos los problemas comienzan a parecer clavos”. También Cereijido sostiene que “Una forma menos obvia, pero no por ello menos maligna, es el adoctrinamiento de los niños en dogmas que perjudican su capacidad de interpretar la realidad”. Se refiere a las guerras “habitualmente hechas por unos pocos individuos que poseen gran poder (líderes nacionales, estadistas respetados), quienes en general actúan aconsejados por sus más inteligentes estrategas […] A pesar de que los cuadros los pintan blandiendo su espada a la vanguardia de sus escuadras, los generales están en verdad muy alejados del frente de batalla; normalmente, dejan su espada en el guardarropa y entran a sus despachos para dar órdenes de aniquilar al enemigo sin más agresión o emoción que cuando ordenan al jardinero cortar el césped o regar los jazmines”. Finalmente, este doctor en fisiología destaca en su libro las iniquidades de la venta de indulgencias, la Inquisición, el robo y la vejación a desvalidos y otras maldades (que, dicho sea al pasar, muchas de ellas nunca aparecieron en las estadísticas de la criminalidad).
 
Entonces, no es que la maldad resulte irreversible, el tema central es evitar a toda costa formular un diagnóstico equivocado y, a partir de eso, si se quieren corregir estos problemas, lo primero es comprender que el malvado debe asumir toda la responsabilidad y comenzar a desandar el camino percatándose y detectando sus razonamientos desquiciados, lo cual puede ser apoyado y ayudado con el concurso de terceras personas siempre y cuando se lleven a cabo con recursos propios y no succionando el fruto del trabajo ajeno…y menos aun de las propias víctimas de los crímenes.
 
Finalmente, queda para otro trabajo analizar el mal realizado por personas de buena fe pero que destruyen vidas de otros, por ejemplo, a través del aparato estatal propugnando medidas autoritarias. En este caso, nada calza mejor que aquello de que “el camino al infierno está empedrado con buenas intenciones”.  

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía, Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer Rector de ESEADE.