Pseudoderechos contra el derecho

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 17/10/18 en: http://www.libertadyprogresonline.org/2018/10/17/pseudoderechos-contra-el-derecho/

 

A esta altura se hace necesario insistir en que todo derecho tiene como contrapartida una obligación. Si una persona obtiene en el mercado un salario de cien, como contrapartida hay la obligación universal de respetar esos cien. Pero si la persona en cuestión demanda trescientos cuando obtiene cien en el mercado y el gobierno otorgara esa diferencia quiere decir que otros estarían compelidos a pagar los doscientos adicionales lo cual se traduce en la lesión al derecho de esos otros, se trata de pseudoderechos puesto que no pueden otorgarse sin destruir el derecho de terceros.

Desafortunadamente vivimos la era de los pseudoderechos: derecho al crédito barato, derecho a alquileres reducidos, derecho a la alimentación adecuada, derecho a mantener buena salud, derecho a la educación, derecho a un salario atractivo, derechos, derechos y derechos que no son tales sino, como queda expresado, pseudoderechos que atentan abiertamente contra los marcos institucionales que establecen el respeto recíproco y que al deteriorase repercuten negativamente sobre los salarios, especialmente sobre los de los más necesitados como veremos más abajo. Y el colmo de la torpeza es cuando los gobernantes dicen que “el Estado se hará cargo” de tal o cual erogación, como si los burócratas se hicieran cargo con sus patrimonios personales en lugar de precisar que son los vecinos los que siempre financian a la fuerza a través de impuestos, deuda, inflación o una combinación de los tres canales.

El palmario desconocimiento del significado del derecho comienza en las aulas de muchas facultades de derecho donde no se forman abogados, léase defensores del derecho, sino que egresan estudiantes de legislaciones que pueden recitar de memoria los respectivos artículos, incisos y párrafos pero no tienen la menor idea de los mojones o puntos de referencia extramuros de la ley positiva.

Los derechos individuales son anteriores y superiores a la existencia de los gobiernos y proceden de las propiedades y características de la condición humana que requieren de facultades para usar y disponer de lo propio para poder seguir sus proyectos personales de vida. Igual que las rosas y las piedras, el ser humano cuenta con propiedades y características que definen su especie. Nadie debe ser utilizado como medio para los fines de otros, puesto que el ser humano es un fin en si mismo. Los “balances sociales” con la intención de establecer peculiares utilitarismos son del todo improcedentes y conducen las mayores arbitrariedades como cuando se pretenden sopesar ventajas de mayorías circunstanciales frente a minorías indefensas. Los pseudoderechos son a todas luces contrarios al derecho.

Vivimos la era en la que se declama la defensa de los más necesitados pero simultáneamente se los afecta severamente con medidas altamente contraproducentes. Esto es así principal aunque no exclusivamente a través de las mal denominadas “conquistas sociales” que paradójicamente arruinan a los más vulnerables.

Para comprender esta conclusión es menester aludir a la causa por la cual se elevan salarios e ingresos en términos reales. Se trata de lo que genéricamente se denomina tasas de capitalización que equivale a la inversión per capita, es decir instrumentos, maquinarias, equipos, instalaciones y conocimientos relevantes que hacen de apoyo logístico al trabajo para aumentar rendimientos. A su vez, las inversiones provienen de ahorro interno y externo al país en cuestión, lo cual se maximiza en la medida en que se cuenten con marcos institucionales civilizados, en otros términos, el respeto a los derechos de propiedad de cada cual comenzando por la propia vida, la expresión del pensamiento y el uso y disposición de lo adquirido legítimamente.

En este contexto se hace necesario apuntar acerca del peligro del mal uso del significado del término “inversión”. Este concepto se refiere a la estimación individual respecto a recursos propios en cuyo contexto el sujeto en cuestión valora en más rendimientos futuros respecto a los presentes y, por tanto, opta por abstenerse de consumir para ahorrar y siempre el destino del ahorro es la inversión (son dos caras de la misma moneda). Es del todo inapropiado aludir a “la inversión” cuando los aparatos estatales se apoderan del fruto del trabajo ajeno, en ese caso se trata de gasto que puede ser corriente o destinado a activos fijos pero en ningún caso tiene sentido pretender que se trata de una inversión por los motivos antes señalados. Si un fulano le arranca la billetera a otro, carece por completo de sentido decirle que se lo “invertirá” por más que ese fulano forme parte del aparato estatal o sea un privado, en el primero caso podrá justificarse o no el gasto pero en ningún caso se trata de un proceso de inversión. En el  lenguaje cotidiano hay un uso y abuso del concepto de marras.

Hoy está de moda criticar acérrimamente a tal o cual dirigente sindical por sus conductas aberrantes pero se deja en pie la legislación que hace posible contar con sindicatos ilegítimos en lugar de asociaciones libres y voluntarias y se mantiene en pie la figura de los “agentes de retención” que echan mano al fruto del trabajo de empleados para que no puedan usar sus pertenencias.

Una vez hechas estas aclaraciones queda claro que los salarios bolivianos resultan más bajos que los canadienses, no porque en el primer caso los empresarios son perversos y los segundos más generosos, se trata de tasas de capitalización distintas y eso hace toda la diferencia, lo cual no significa que las posiciones relativas sean irrevocables. Hay países que han tenido altas tasas de capitalilzación que luego han despilfarrado con lo que sus niveles de salarios han disminuido. Como queda dicho, todo depende de la calidad de los marcos institucionales imperantes.

En medios alemanes y estadounidenses prácticamente no existe servicio doméstico en los respectivos hogares. No es porque las amas de casa no  requieran ayuda, es que las tasas de capitalización son de tal magnitud que no permiten contar con ese servicio pues deberían competir con salarios elevados en medios empresarios y equivalentes, situación que se torna imposible.

Es típico que en países de muy bajas tasas de capitalización, se lleven a cabo faenas como que a determinado sujeto lo abanican a la hora de la siesta cuatro personas, pero si esa misma persona se trasladara a una ciudad donde primen altas tasas de capitalización deberá abandonar de inmediato su costumbre pues los salarios para esa actividad resultan imposibles de afrontar.

Se ha mantenido erróneamente que los gobiernos deben regular contratos laborales puesto que “la desigualdad en el poder de contratación” pone de manifiesto que no resulta posible permitir que un millonario contrate con una persona que no tiene para llegar a fin de mes, a fin de la semana o a fin del día. Este análisis adolece del grave defecto que no toma en consideración que resulta a todas luces irrelevante lo abultado o lo débil de las respectivas cuentas corrientes o de los patrimonios netos de quienes contratan. Lo relevante, lo decisivo son las tasas de capitalización que obligan a pagar los salarios de mercado. Si un millonario llega a un pueblo y averigua cuanto cuesta pintar su casa pero sostiene que como cuenta con un abultado patrimonio pagará la mitad, por definición no pintará su casa. No es atingente si la persona en cuestión es muy rica o si está quebrada,  el salario para pintar su casa es el que marca la tasa de capitalización.

También debe tenerse en cuenta que si a igual trabajo un empresario decide pagar más de lo que marca las tasas de capitalización, por un lado tendrá mayor oferta de trabajo de la que necesita y por otro procederá a derrochar sus recursos con lo que  de persistir en esta línea tendrá contados sus días como empresario.

Es necesario señalar que allí donde las contrataciones laborales son libres no habrá desempleo, es decir, sobrante de aquél factor esencial para prestar servicios y para producir bienes. Esta situación para el trabajador normal (no para el que, por ejemplo, se encuentra en estado vegetativo o padezca deficiencias de tal naturaleza que no le permiten hacer nada) ocurre independientemente de la pobreza más extrema o la riqueza más exuberante en que se encuentre el medio en cuestión. En el primer caso los salarios serán reducidos y elevados en el segundo por en ningún caso habrá sobrantes de ese recurso humano esencial.

En realidad se observa desempleo en diversos países porque los arreglos contractuales no son libres. Al contrario, aparecen las mal denominadas “conquistas sociales” que indefectiblemente provocan desocupación puesto esto sucede cuando por decreto se colocan los salarios monetarios o no monetarios por encima de lo que permiten las tasas de capitalización. Y esto no debe verse solo en cuanto a los trabajadores marginales, si por ley se colocan salarios superiores a los que obtienen gerentes de finanzas, de personal o gerentes generales, ellos quedarán desempleados.

Habitualmente aquellas mal llamadas conquistas sociales se decretan con la mejor buena voluntad con la idea de proteger a los más necesitados, pues es de gran importancia percatarse que los perjudican grandemente. Así, por ejemplo, el salario mínimo, por definición superior al de mercado, barre con los que más necesitan trabajar. También hay “conquistas” que constituyen insultos a la inteligencia como el caso argentino del aguinaldo, esto es, el mes trece, sin percibir que inexorablemente se están pagando menos durante los doce meses del año para poder hacer frente al treceavo mes. En  realidad sería interesante poder decretar que el año tiene cuarenta meses pero eso no es posible y así con en resto de las tristemente célebres conquistas sociales.

De más está decir que el salario que establecen las tasas de capitalización no aparecen dibujadas en el cielo, hay que averiguarlo. De todos modos, pruébese contratar una secretaria por la mitad del salario de mercado y seguramente durará hasta la hora del almuerzo del primero día laborable pues se informará inmediatamente que está subvaluada.

Esto que estamos comentando va muy especialmente dirigido al fenómeno de robotización en curso que permite liberar recursos humanos y materiales para destinarlos a cubrir otras necesidades imposibles de contemplar hasta el momento debido a que esos recursos estaban esterilizados en las áreas anteriores. Como es sabido los recursos son limitados frente a necesidades ilimitadas. Si estuviéramos en Jauja y hubiera de todo para todos todo el tiempo desaparecería el problema del trabajo. El empresario para lograr nuevos arbitrajes está incentivado a capacitar personal en las nuevas actividades. Salvando las distancias, es lo mismo que ocurrió con el hombre de la barra de hielo antes de los refrigeradores, o el fogonero antes de las locomotoras Diesel.

Los sindicatos como asociaciones libres y voluntarias juegan un rol apreciado por los afiliados lo cual implica la figura de la personería jurídica pero de ningún modo la figura fascista de la personería gremial que bloquea la libertad contractual. Del mismo modo, la huelga debe ser entendida como el derecho a no trabajar, lo cual se opone abiertamente a la intimidación y la violencia que dada tiene que ver con ese derecho.

Cuando comprendamos que el bienestar no depende de magias ni de decretos voluntaristas, recién entonces estaremos en condiciones de abrir las puertas al progreso, muy especialmente para los más necesitados. Tal como explica entre mucho otros Bruno Leoni, cuando comprendamos que el derecho no es fruto de la ingeniería social sino fruto de un proceso de descubrimiento, recién entonces comprenderemos el valor de marcos institucionales que garantizan el respeto recíproco. Recién entonces estaremos en condiciones de comprender el peligro del pseudoderecho.

 

Edmund Burke escribe que “el disfrute seguro de los derechos naturales es el propósito último y más grande de la sociedad civil y por tanto toda forma de gobierno es solo buena si es consistente con ese propósito al que está enteramente subordinado”, noción que tomaron los Padres Fundadores estadounidenses, en especial Madison y Jefferson y entre los argentinos Juan Bautista Alberdi, muy especialmente en su Fragmento preliminar al estudio del derecho. Todo el problema comienza cuando se acepta lo que con razón ha criticado Mark Twain en cuanto a la invasión a la privacidad: “Nada necesita una reforma más urgente que los hábitos de otros”.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa. Es miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid). Es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro del Instituto de Metodología de las Ciencias Sociales de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas, miembro del Consejo Consultivo del Institute of Economic Affairs de Londres, Académico Asociado de Cato Institute en Washington DC, miembro del Consejo Académico del Ludwig von Mises Institute en Auburn, miembro del Comité de Honor de la Fundación Bases de Rosario. Es Profesor Honorario de la Universidad del Aconcagua en Mendoza y de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas en Lima, Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso y miembro del Consejo Asesor de la revista Advances in Austrian Economics de New York. Asimismo, es miembro de los Consejos Consultivos de la Fundación Federalismo y Libertad de Tucumán, del Club de la Libertad en Corrientes y de la Fundación Libre de Córdoba. Difunde sus ideas en Twitter: @ABENEGASLYNCH_h

La competencia y la tecnología generan riqueza

Por Alberto Benegas Lynch (h). Publicado el 24/7/17 en: http://www.lanacion.com.ar/2046442-la-competencia-y-la-tecnologia-generan-riqueza

 

Hay dos maneras de lograr objetivos: por la fuerza o por el reconocimiento voluntario a través de la competencia. En un mercado abierto, competir es emular, innovar, esforzarse por atender las necesidades del prójimo como condición inexorable para el propio mejoramiento.

Lo primero que debe apuntarse es la competencia de las ideas, para lo cual se requiere preservar la libertad de pensamiento a través de la esencial libertad de prensa, al efecto de que puedan aflorar todas las expresiones en un debate abierto en dirección al mejor conocimiento que las circunstancias permitan para minimizar la ignorancia. El conocimiento tiene la característica de la provisionalidad, abierto a posibles refutaciones, por esto es que en todos los campos científicos no hay verificación sino corroboración provisoria. La refutación hace posible el adelanto científico y cultural.

Las mejoras en la competencia y el los progresos tecnológicos se ven trabados cuando, como hoy, se incrementa el gasto público y el déficit fiscal en un contexto de una presión tributaria descomunal y un endeudamiento estatal creciente. En el campo crematístico la competencia resulta medular para mejorar el nivel de vida, especialmente para la de los más necesitados.

Foto: Alfredo Sabat

El proceso competitivo empuja la calidad de los bienes y servicios hacia mejores logros. Sin embargo, hay resistencias a la competencia por parte de quienes se ven obligados a superarse cuando la marca es mejorada. Había descontento por parte de los productores de carruajes cuando apareció el automóvil, de los fogoneros cuando aparecieron las locomotoras diésel, del hombre de la barra de hielo cuando irrumpieron las refrigeradores y ahora, de las empresas de transporte terrestre cuando compiten los vuelos low cost y, en general, con todos los bienes y servicios importados que se ofrecen a precios más reducidos y calidad mejor que las fabricadas localmente.

Se sostiene que una “industria incipiente” debe ser ayudada por los aparatos estatales (los contribuyentes) vía aranceles aduaneros. Este error pasa por alto que en la evaluación de proyectos en los que el emprendimiento en cuestión arroja quebrantos en los primeros períodos, en base a la conjetura que se obtendrán ganancias en las etapas siguientes que compensen las mencionadas pérdidas, en esa situación, decimos, son los empresarios los que deben absorber los quebrantos y no transferirlos a los consumidores a través de la traba aduanera. Si el empresario no cuenta con los recursos suficientes para su emprendimiento deberá obtenerlos en el mercado local o internacional. Si nadie acepta invertir en el proyecto de marras es porque el proyecto no es viable, o lo es, pero hay otros emprendimientos más urgentes debido a las tasas de retorno del momento, aquel proyecto debe postergarse o dejarse sin efecto puesto que los recursos son escasos frente a las necesidades ilimitadas, y todo no puede producirse al mismo tiempo.

Esto no se limita al comercio exterior, el mismo razonamiento se aplica a las nuevas producciones y eficiencias mayores que se llevan a cabo dentro de las fronteras, lo cual no justifica la imposición de aduanas interiores. De igual manera que las exteriores empobrecen, ya que en todos los casos se traducen en mayor inversión por unidad de producto, lo cual hace que la cantidad de productos resulte menor y el nivel de vida se contraiga en beneficio de empresarios que, aliados al poder para sus mercados cautivos, explotan a la gente. Por ello es que el denominado “proteccionismo” desprotege al consumidor, quien siempre paga los platos rotos.

La competencia, cuando desplaza a productores ineficientes libera recursos humanos y materiales para ser empleados en otros sectores que hasta el momento no podían encararse porque estaban esterilizados en otras áreas. Hay que tener en cuenta que no vivimos en Jauja, que siempre habrá nuevas necesidades que satisfacer. Cada vez existen nuevos bienes y servicios que solo pueden parirse merced a mejoras en los rendimientos que liberan factores de producción.

La vida es una transición, cada nuevo aporte cotidiano en las oficinas y en las plantas se traduce en una reasignación de recursos. En mercados abiertos donde los arreglos contractuales son libres y voluntarios, no hay tal cosa como sobrante de trabajo, es decir, no se produce desempleo involuntario de aquel factor indispensable para la producción de bienes y la prestación de servicios. Solo hay desempleo donde los salarios están manipulados desde el poder político con la absurda pretensión de que los ingresos pueden decidirse por decreto en lugar de hacerlo a través de la única causa que permite elevar salarios e ingresos en términos reales, a saber, las tasas de capitalización. Es decir, equipos, maquinarias, tecnologías y conocimientos que hacen de apoyo logístico al trabajo para incrementar su productividad. Esta es la única explicación, junto con marcos institucionales civilizados que protejan esas inversiones, por la que algunos países cuentan con niveles de vida superiores a otros.

No es por generosidad de empleadores ni por falta de imaginación de políticos que se pagan remuneraciones más altas, es porque las tasas de capitalización los obligan a ello. Por esto es que, por ejemplo, en algunos países no se concibe tal cosa como servicio doméstico, no es porque el ama de casa no le gustaría disponer de esta ayuda, es porque las personas están ubicadas con ingresos tales que no se justifica emplearlas en las faenas domésticas.

En esta misma línea argumental, la tecnología, incluida la robotización, también y en grado superlativo, libera recursos para ser empleados en otras áreas para lo cual el empresario se ve constreñido a capacitar a las nuevas contrataciones al efecto de sacar partida de los también nuevos negocios que se le presentan debido a las mejoras en la productividad. Si se destruyera la tecnología existente, los salarios caerían abruptamente.

Se suele argüir que las barreras arancelarias defienden al país receptor puesto que hay productores que se conjetura hacen dumping. Es sabido que esta figura significa que se vende bajo el costo, lo cual ocurre cuando un productor incurre en pérdidas, cuando la publicidad de un producto subsidia el de otro en la misma empresa y cuando se ponen en liquidación determinados bienes. Pero lo que en este contexto se quiere argumentar es que el empresario pretende erradicar del mercado a competidores para luego subir el precio. Este razonamiento no tiene en cuenta que precios más bajos que los de mercado invitan a que otros compren al precio artificialmente bajo para revender a precio de mercado y usufructuar del arbitraje.

Como ha señalado el Premio Nobel en economía, Milton Friedman, nadie debería preocuparse porque otros quieran regalar su mercancía, y que este fantasma constituya un pretexto para bloquear el comercio libre. El peligro real del dumping está dado por empresas estatales que al arrojar pérdidas están haciendo dumping coactivamente con recursos ajenos.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.