Ucrania: se abre un espacio para la diplomacia

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 2/4/14 en: http://www.lanacion.com.ar/1677278-ucrania-se-abre-un-espacio-para-la-diplomacia

 

La  reciente -y sorpresiva- anexión de Crimea a la Federación Rusa con el poco convincente disfraz de un referendo es un hecho consumado. Ilegítimo e ilegal. Con consecuencias geopolíticas serias.

Hasta hace algunas horas, la crisis de Ucrania parecía ir camino a agravarse. Pero el llamado telefónico de Vladimir Putin a Barack Obama del pasado viernes parece haber abierto un espacio para la diplomacia. Esto ocurrió mientras Rusia acumulaba tropas en la frontera con Ucrania, sugiriendo así que podría intentar otro zarpazo sobre la integridad territorial del país vecino.

Los cancilleres de los Estados Unidos y Rusia, John Kerry y Sergei Lavrov, tienen ahora el delicado encargo de negociar una alternativa de contención que sea potable para todos. Estabilizadora, entonces. Con el telón de fondo relativamente tranquilizador de las declaraciones de Vladimir Putin al Secretario General de la ONU, Ban Ki-Moon, en el sentido que no hay por parte de Rusia “intención de invadir nuevamente a Ucrania”. Las que fueron reiteradas expresamente por el propio canciller ruso, Sergei Lavrov.

Rusia ha puesto sobre la mesa sus condiciones. Son pocas. Y poco flexibles. Que Ucrania sea un país neutral. No alineado, entonces. A la manera de Finlandia o Austria. Esto es que no sueñe siquiera con ingresar a la OTAN. Que, además, adopte una estructura constitucional federal. Y acepte esa debilidad, que mañana Rusia podría aprovechar para intentar otra aventura expansionista. Que se proteja la identidad de las minorías rusas en Ucrania. Esto último tiene principio de ejecución, desde que el gobierno provisional ucraniano ha vetado la provocativa -e inoportuna- norma en virtud de la cual desde el Parlamento se había eliminado el ruso como segundo idioma oficial de Ucrania.

Las conversaciones entre las dos grandes potencias están en curso. Suceden cuando la propia Ucrania, desde la deposición del corrupto ex presidente Viktor Yanukovich, no tiene autoridades cuya legitimidad pueda ser reconocida por todos. Sólo posee un gobierno interino, de transición. Débil, entonces.

En rigor, Ucrania va, como debe ser, camino a elecciones nacionales, que tendrán lugar el próximo 25 de mayo. En ellas se enfrentarán, por ahora, varios contendores.

Entre ellos, un billonario fabricante de chocolates: Petro Olekseyvich Poroshenko, de 48 años. Dueño de “Roshen”, una gran empresa chocolatera ucraniana, con presencia en Rusia. Un hombre serio y respetado, que participó en las protestas de la Plaza Maidan, en Kiev. Aquellas que tumbaron a Yanukovich. Poroshenko es un hombre de centro y un no violento. Hoy es, además, claramente proeuropeo. Con una amplia experiencia política, desde que ha sido diputado. Fue proruso en sus comienzos. A partir de 2001 militó en la Revolución Naranja. Además, ha sido canciller, ministro de Economía y Presidente del Consejo Nacional de Seguridad de su país. Apoyándolo, el campeón de boxeo Vitali Klitschko, que hasta no hace mucho fuera candidato presidencial, lo acaba de endosar, retirándose de la carrera. Aunque reservándose expresamente para competir por la alcaldía de Kiev.

Del lado de la oposición, aparece asimismo la ex premier, Yulia Tymoshenko, que acaba de salir de la cárcel, después de dos años y medio de duro cautiverio.

Poroshenko tiene hoy una amplia ventaja en las encuestas de opinión, la que debería crecer luego del apoyo de Klitschko.

A ellos dos se agrega un seguidor del depuesto Yanukovich. Otro billonario. En este caso, Mikhail Dobkin, proruso. Tiene pocas posibilidades de ganar, particularmente luego de la unificación de las dos principales fuerzas políticas opositoras proeuropeas.

La conducta del Vladimir Putin ha dejado claro que tiene resentimientos contra Occidente derivados de la derrota que Rusia sufriera en la Guerra Fría. Fenómeno que Putin siente como una verdadera humillación y al que ha denominado “la peor catástrofe geopolítica del siglo XX”.

 

A lo que suma su preocupación estratégica por la expansión de la OTAN en torno a su país, que incluye a ex miembros del Pacto de Varsovia. Por ello Putin aspira a conformar una “zona de influencia” con las naciones vecinas, con Rusia como eje. Para esto Putin tiene un horizonte de mediano plazo.

En los últimos tiempos ha sumado algunos éxitos que parecen haberlo envalentonado. Como el rescate de Bashar Assad, en Siria, y el haber acogido -desafiante- a Edward Snowden. Por ello la revista Forbes lo destacó -el año pasado- como “el hombre más poderoso del mundo”.

Además de Ucrania, Rusia ha invadido militarmente a Georgia en 2008, donde sus tropas aún ocupan los dos enclaves rusos. Los de Osetia del Sur y Abkhazia. Ha asimismo forzado a Armenia a alejarse de la Unión Europea. Y ahora amenaza a Moldova por Transnistria, otro enclave ruso en el exterior.

Como actor central de la comunidad internacional, con lo sucedido en Crimea Putin ha perdido credibilidad. Restablecer la confianza hoy extraviada no será nada fácil. Ni ocurrirá rápidamente. Porque detrás de su cara impávida está claro que existe un huracán nacionalista. Hablamos de un hombre audaz, al que se le ha perdonado hasta el hecho de haber plagiado su tesis de graduación como abogado, según cuenta Masha Gessen, en su excelente biografía del líder ruso, escrita en 2012 El hombre sin cara. El improbable ascenso de Vladimir Putin.

Lo cierto es que, como consecuencia de lo sucedido en Ucrania, hay cosas que parecen haber cambiado.

Por ejemplo, la aletargada OTAN puede haber recuperado su razón de ser. La alianza militar de 28 estados para su defensa colectiva iba camino a una reunión a celebrarse en septiembre, en Gales, donde iba a discutir su futuro, que hoy parece estar algo más claro. Porque la anexión de Crimea a Rusia puede haberle dado una nueva “razón de ser”.

Dos de sus miembros más jóvenes han decidido duplicar sus presupuestos militares, llevándolos al 2% de los gastos totales. Ellos son Latvia y Lituania, muchos de cuyos habitantes tienen aún presente el horror de su existencia durante la era soviética.

Hasta el totalitario y estalinista presidente de Bielorrusia, Alexander Lukashenko, preocupado, se refiere ahora a lo sucedido en Crimea como a algo que ha sentado “un mal precedente”. Ocurre que sabe que el memorando por el que, en Budapest, en 1994, Rusia garantizara su respeto a la integridad territorial de Ucrania, ha quedado en el olvido. Y que Rusia se ha auto asignado el derecho de intervenir militarmente cada vez que cree que hay una minoría rusa en el exterior a la que no se respeta. En Bielorrusia hay un 11% de población rusa y el 70% de la gente habla ruso. Bielorrusia, como Ucrania -cabe recordar- entregó también su arsenal atómico, a cambio de una garantía idéntica a la que recibiera Ucrania con relación a su integridad territorial, hoy hecha añicos.

Europa sabe ahora que debe apuntar seriamente a cortar su dependencia energética de Rusia. No sólo porque Rusia cierra esa canilla cuando quiere. Como sucediera en 2009. También porque advierte que es demasiado vulnerable frente a una potencia que no inspira confianza puesto que no respeta el derecho internacional.

En Crimea misma, la minoría tártara ha sido objeto de intimidaciones. Sabe que está en peligro. Hablamos del 13% de la población de la península, cuya religión es la musulmana. Maltratada y expulsada en tiempos de la Unión Soviética, cuando gobernaba José Stalin, que los acusó de haber colaborado con los nazis, está nuevamente intranquila.

Rusia, después de lo sucedido en Crimea, estará aislada de la comunidad, por un rato. Ya ha sido excluida del G8 -el club más exclusivo del mundo industrializado- al que pertenecía desde 1998. Porque su conducta es inaceptable para ese grupo. Particularmente cuando de responsabilidades compartidas se trata. Lo que supone que Rusia puede haber dejado de pertenecer a la categoría -no escrita- de “país normal”. Lo que es grave.

A todo ello se suman las tibias sanciones impuestas a algunos de los rusos a los que se tiene por co-responsables de lo sucedido en Ucrania. Así como a una entidad financiera a la que se considera vinculada con lo más alto del poder en Rusia.

Habrá también que ver cómo se comporta, en más, Rusia en las negociaciones entre la comunidad internacional e Irán respecto del programa nuclear del país persa. Las conversaciones, es cierto, siguen por ahora adelante en Viena, sin que Rusia haya abandonado su actitud constructiva. Pero su representante no pudo evitar una amenaza velada, aludiendo a que esas conversaciones son parte de “un juego a escala mundial”. Y que Rusia “podría cambiar de actitud”.

Rusia, por lo demás, no está económicamente bien. Ya no crece al ritmo del 7%, sino al 1,3% anual y enfrenta una fuga de capitales a un ritmo de 60 billones de dólares por año. El rublo ha perdido, en dos años y medio, un 11% de su valor frente al dólar.

Pero no nos engañemos. El futuro de Ucrania depende sustancialmente de ella misma. Está financieramente quebrada. Por la acumulación de años de mal manejo y corrupción. Recibirá un paquete de ayuda financiera del orden de los 27 billones de dólares, incluyendo los 18 billones de dólares que le suministrará el FMI. Sus líderes no pueden usarlo irresponsablemente, como hicieron con los seis “stand-by” recibidos por Ucrania del FMI entre 1995 y 2010. Deberán ordenar la casa. Esto es recortar gastos, eliminar subsidios, llevar los precios de los servicios a niveles razonables y flexibilizar sus cepos cambiarios. Por sobre todas las cosas, deberán gobernar con honestidad, en una oportunidad que no será nada fácil de repetir si se la dilapida.

Para Ucrania es hora de construir. Con orden y seriedad. Sin caer en extremismos. Respetando a las minorías. Abriéndose al mundo, sin exclusiones. Edificando, paso a paso, al país del futuro. Con una conducta eficiente y, por sobre todas las cosas, responsable. Algo que lamentablemente ha estado ausente en Ucrania desde 1991, cuando se separara de la Unión Soviética.

Para la comunidad internacional, a su vez, es hora de recordar y no repetir los errores cometidos en los acuerdos de Munich con Adolfo Hitler, en 1938, y de Yalta con José Stalin, en 1945.

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.

Ucrania: hora de cambios

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 5/2/14 en: http://www.lanacion.com.ar/1661200-ucrania-hora-de-cambios

Kiev está, desde hace dos meses, en tensión. Altísima. Tiene, una vez más, a multitudes encolerizadas acampando en sus calles y protestando airadamente contra la corrupción, la mentira, la incapacidad de los políticos y los fraudes electorales. Hartos de sus propias circunstancias. Ocupando, desafiantes, algunos edificios públicos. En el oeste del país, pro europeo, el fenómeno se repite en otras ciudades. Pero las protestas se han extendido -sorpresivamente- en el este del país, donde se habla ruso y la influencia de la Federación Rusa es enorme. Al tiempo de escribir estas líneas, todavía 14 de los 25 edificios de los gobiernos regionales siguen ocupados.

Ocurre que, pese al clima gélido, las plazas y las calles ucranianas están calientes. Llenas de pasión y rabia. La protesta tiene un habitual centro neurálgico: la simbólica Plaza Maidan, la de la Independencia, en la capital del país. Algunos manifestantes esgrimen palos. Otros portan toda suerte de armas primitivas. Y hasta los normalmente inocuos fuegos artificiales han sido transformados, de pronto, en una inesperada arma de guerra. Actúan a la manera de sublevados. Fundamentalmente exigen que se convoque a elecciones presidenciales anticipadas, de modo de sacarse de encima -con alguna legitimidad- al presidente filo comunista Viktor Yanukovich, cuya renuncia piden a gritos.

La persistente presión popular parecería estar dando algunos resultados. Pero nada es definitivo. Sobre todo, porque las muertes y golpizas que se acumularon cuando las protestas se reprimieron con dureza, pesan enormemente sobre los hombros de quienes las ordenaron. Suele ser así. De allí el terror de los políticos cuando de asumir esa compleja responsabilidad se trata.

Un Yanukovich a la defensiva ofreció a la oposición, en diálogo directo, nada menos que ocupar los cargos de primer y viceprimer ministros. Una suerte de rendición política. Pero -cuidado- siempre con él como presidente. Porque no parece dispuesto a irse. Lo que es inaceptable para las decenas de miles de enfervorizados ciudadanos instalados en las plazas y calles de Kiev, pese a los riesgos. Ellos creen posible un triunfo que, al menos esta vez, no se les birle. Inapelable, entonces. Definitivo.

La oferta de Yanukovich suponía designar como premier al líder del principal partido de la oposición: Arseniy Yatsenyuk (correligionario de la popular dama rubia de las trenzas, la ex premier Yulia V. Tymoshenko, que sigue encarcelada) y, como vicepremier, a Vitali Klitschko, un ex campeón mundial de boxeo de peso pesado, hoy transformado en el líder carismático que encabeza otro de los principales partidos del arco opositor y es candidato a ser presidente de Ucrania, con altas posibilidades de ser electo si los comicios se hacen con limpieza.

La respuesta de los líderes de la oposición a la oferta de Yanukovich fue terminante. Negativa. Porque tienen claro que no es lo que exige la gente, a la que, en rigor, nadie conduce efectivamente. Y porque sabe que un gobierno sin credibilidad -como es el de Yanukovich- no está en condiciones de pretender, ni de imponer, casi nada. Lo saben porque, presionado que fuera, ya ha forzado la renuncia del primer ministro, Mykola Azarov y el despido del resto del gabinete.

Yanukovich anunció que está, además, dispuesto a cambiar la Constitución, de modo de recortar las facultades del presidente (las suyas, entonces) y transferirlas a la “Rada” (el Parlamento unicameral de Ucrania). Así como también a dejar sin efecto el odiado paquete de 12 normas opresivas y restrictivas de las libertades esenciales sancionado el 16 de enero pasado. Lo que acaba de suceder, aunque condicionado a la desocupación de los edificios públicos.

Pero para todo esto hay que ir cubriendo etapas. Ocurre que cuando la credibilidad de un gobierno se deteriora sustancialmente, los márgenes políticos de maniobra se achican. Lo que, desde el poder, no siempre se advierte a tiempo. En otras palabras, cuando no hay confianza, todo es muy difícil.

Las protestas exigen, en rigor, suscribir inmediatamente un acuerdo de integración con la Unión Europea, que aleje a Ucrania de la órbita rusa. Lo que el propio Yanucovich hace un par de meses tuvo la oportunidad de hacer pero se negó, desatando la tormenta que hoy lo envuelve. La exigencia tiene su lógica. Por todo lo que significa. Quienes vivieron bajo el comunismo -y saben, por experiencia propia, lo que significa el hecho gravísimo de perder la libertad- no desean ir para atrás. Y, desconfiando del autoritarismo ruso, lucharán a brazo partido para que ello no ocurra.

Las calles de Ucrania también piden la liberación de Tymoshenko y la de los demás presos políticos. Además, una rápida reforma integral de las normas electorales, de modo de asegurar la transparencia en las elecciones y eliminar la posibilidad de que se repitan los fraudes conocidos, por parte de los comunistas.

Ni la policía, ni la fuerza especial de seguridad a la que se conoce como “Berkut” parecen capaces de controlar a la masa indignada de gente que acampa en las calles de muchas de las ciudades ucranianas. En ese ambiente de alta tensión, las treguas duran lo que un suspiro. Sólo eso. La insistencia de quienes protestan es permanente. Y dura. A esta altura de los acontecimientos, hasta la violencia represiva parecería incapaz de cambiar el rumbo de las cosas. Es más, si se la desatara, hasta podría fortalecer las protestas.

Los principales oligarcas -presintiendo un desenlace cercano- están cambiando de vereda y de discurso, lo que es toda una señal en la confusa situación ucraniana. El capitalismo de amigos es peligroso, queda visto, para sus beneficiarios centrales. Tanto es así, que cualquier compromiso político que se alcance tendría que estar garantizado, para evitar marchas atrás y nuevos engaños.

El presidente Yanukovich (a la manera de Mikhail Gorbachov, en 1991) de pronto solicitó “licencia por enfermedad”, generando un peligroso vacío de poder. Pero se apresta a retomarlo. Debe, sin embargo, comprender que ha llegado la hora del paso al costado. Y de estar hasta dispuesto a exiliarse. Lo que no será sencillo, desde que las multitudes exigen que se haga cargo de sus errores, incluyendo la violencia y la corrupción.

Por el momento seguirán seguramente las barricadas y continuarán las columnas de denso humo negro que se levantan desde neumáticos ardientes. Porque es cierto aquello de que el valor espera y el miedo es el que va a buscar. Después de la reciente reunión de los líderes opositores con John Kerry y Sergei Lavrov en Mónaco, los tiempos parecen haberse flexibilizado un poco. Pero cuando de conformar a multitudes se trata, nada es cierto, ni seguro.

Rusia, actor principal de esta crisis, que había comprometido 15 billones de dólares de asistencia, ha suspendido sus desembolsos pero, para no dramatizar las cosas, no ha utilizado su arma más temida: la de cortar el suministro de gas natural, sin el cual Ucrania quedaría rápidamente en el caos. En cambio, los Estados Unidos y la Unión Europea han sugerido que habrá asistencia de emergencia, si fuera necesaria.

Con un poco más de espacio, la seria crisis ucraniana parece encaminarse ahora hacia su desenlace, todavía impredecible.

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.