De pronto, Rusia juega fuerte en Siria

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 22/9/15 en: http://www.lanacion.com.ar/1830101-de-pronto-rusia-juega-fuerte-en-siria

 

La Federación Rusa, sorpresivamente, está desplegando su poderío militar en Siria. Lo hace en defensa del régimen de Bashar al-Assad. Esto sucede en torno al puerto de Latakia. A menos de cien kilómetros de la única base naval rusa emplazada en el Mediterráneo, la de Tartus.

Hablamos de trabajos -sustantivos e importantes- de expansión de las instalaciones portuarias rusas y de dos pistas paralelas de aterrizaje que están siendo rápidamente ampliadas y modernizadas. También, de la llegada de viviendas portátiles que pueden alojar a por lo menos un millar de soldados rusos. Ya han arribado también cuatro modernos cazas SU-27; cuatro helicópteros de transporte HIP y otros cuatro similares, pero artillados. Así como tanques T-90 y centenares de infantes de marina. Con una flotilla de aviones Cóndor de transporte, Rusia está enviando -sin pausa- pertrechos militares a Siria. Lo hace a través del espacio aéreo iraquí, desde que Bulgaria, presionada por Estados Unidos y la Unión Europea, no le concedió derecho de paso.

Estados Unidos no esperaba, para nada, ese despliegue, que los tomó por sorpresa. Apoyo militar que supone un endoso mayúsculo para al-Assad, que ya ha dado frutos desde que los norteamericanos que se negaban a convocar a al-Assad (por sus actos criminales vinculados con el uso reiterado de armas químicas contra su propio pueblo) a cualquier negociación de paz, ahora dicen que podría ser parte de ella. Pero no de la solución. Rusia, quizás tenga otras ideas.

Hasta ahora Rusia había sido esencialmente una proveedora de armas para al-Assad. Hoy lo apoya con sus propias fuerzas militares en el terreno. A la manera de Irán o de Hezbollah, los dos grandes responsables de la frágil supervivencia del régimen de la familia Assad. El general iraní Qasem Suleimani acaba de estar, una vez más, en Moscú, seguramente coordinando las acciones de ambos países.

Ante lo sucedido, uno podría suponer que Rusia se apresta a luchar directamente contra el Estado Islámico, algunos de cuyos jefes pertenecen a los movimientos insurgentes de Chechenia. Pero el tipo particular de armamentos recientemente desplegados parecería sugerir otra cosa. Distinta. Porque se trata, entre otros, de modernos sistemas de defensa anti-aérea. Y los islamistas simplemente no tienen aviones.

Se supone entonces que el objetivo central ruso podría -como hemos dicho- ser proteger a al-Assad. Incluso contra una posible incursión aérea desde el exterior. De la aviación turca o de la norteamericana, cuyos cazas operan desde la base aérea turca en Incirlik. O de la aviación militar francesa, que se apresta a intervenir más activamente contra el Estado Islámico en apoyo de las fuerzas que lo combaten en el suelo. O de otros miembros de la coalición que, desde el aire, también operan contra los islamistas, como es el caso de Australia o el de Gran Bretaña.

La trascendente decisión rusa puede tener efectos cruciales de naturaleza geopolítica. Porque, por ejemplo, podría prolongar la guerra civil siria, al fortalecer a las fuerzas de al-Assad, que estaban muy debilitadas. Pese a que está claro que sin perjuicio del acuerdo de 2011 que presuntamente lo privara de armas químicas, al-Assad ha seguido utilizando criminalmente gas mostaza.

O, alternativamente, podría también apuntar a procurar una solución de partición, aceptando que hoy no es fácil reconstituir completamente la dañada integridad territorial de Siria. Una división que podría incluir la escisión de una franja costera en el occidente sirio que quedaría en manos de los «alawitas» (shiitas) de al-Assad que -por lo demás- la habitan. Y otros pedazos, uno de los cuales podría ser gobernado por los kurdos, para preocupación de Turquía que, con su importante población kurda doméstica, teme que ello genere nuevamente impulsos secesionistas kurdos en su propia casa.

Para los norteamericanos, que han evitado a toda costa empantanarse en el conflicto sirio, el despliegue ruso los ha obligado a coordinar sus acciones con Rusia, para por lo menos evitar accidentes. Pero la alternativa de procurar maximizar la eficiencia de las acciones militares de ambas naciones parecería ser un eventual próximo paso.

Para el segregado Vladimir Putin aparece ahora una nueva oportunidad de tratar de salir del aislamiento en que él y su país quedaran luego de la ilegal anexión, por la fuerza, de Crimea y Sebastopol y de sus permanentes acciones militares encubiertas, pero ciertamente desestabilizadoras, en Ucrania. Así como de sus constantes provocaciones militares aéreas ocurridas en todo el ámbito del Báltico. Que podría derivar en poder, finalmente, reunirse con su par norteamericano, Barack Obama, con quien lo cierto es que no ha tenido nunca una relación fluida, sino fría.

Una reunión entre ambos jefes de Estado podría ocurrir pronto, desde que ellos caminarán en los próximos días los corredores de las Naciones Unidas en oportunidad del nuevo período de su Asamblea General, como lo harán también casi todos los gobernantes y Jefes de Estado del mundo. Una reunión en ese ámbito particular es factible y relativamente fácil de generar.

Putin, por lo demás, aparentemente planea usar el podio de la organización internacional para, desde allí, instar fuertemente al mundo a actuar -sin más demoras y decisivamente- contra el Estado Islámico, deteniendo la marcha de su preocupante expansión y derrotándolo.

Lo que tiene enorme importancia, en momentos en los que existe la sensación de que el Estado islámico no sólo no ha sido vencido, sino que está ganando algunas batallas importantes y creciendo significativamente como peligro -real e inminente- para la paz y seguridad internacionales. Alimentado por los importantes ingresos derivados de su actual control de todos los yacimientos de hidrocarburos que existen en suelo sirio. Por esto la enorme ola de desesperados migrantes que en las últimas semanas se ha precipitado conmovedoramente sobre la Vieja Europa.

Putin seguramente supone que éste puede ser una suerte de «merecido dividendo» que debería poder cobrar después de su decisiva cooperación respecto del acuerdo de la comunidad internacional con Irán sobre el peligroso programa nuclear de los persas.

La decisión rusa ha tonificado a Bashar al-Assad y a sus fuerzas, evitando lo que ciertamente lucía como un inminente derrumbe. Y demuestra que, pese a su debilidad económica, Rusia es capaz de actuar por su cuenta en el escenario del mundo, como muy pocos países. Hasta en conflictos peligrosos, cuando sus intereses están en juego. Más allá de su mala experiencia en Afganistán, que en su momento precipitara la desaparición de la entonces Unión Soviética.

La repentina aparición rusa en Siria ha modificado la relación de fuerzas hasta ahora existente en el conflicto que azota a ese país. Es un audaz movimiento geopolítico de peso, que la región y el mundo observan. Y que ya ha obligado precipitadamente a los Estados Unidos a tratar de coordinar sus propias acciones militares en suelo sirio con las de Rusia. Una maniobra inesperada por Occidente que hasta podría abrir la puerta para que las acciones militares, que estén en marcha contra el Estado Islámico de pronto fueran más robustas, eficaces y convincentes. Como posible cambio de rumbo, es sustantivo. Su impacto podría entonces ser fundamental no sólo para encontrar una solución que evite que la guerra civil siria se prolongue indefinidamente, sino para que el Estado Islámico deje de ser un descontrolado foco de violencia inhumana.

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.

Posible nuevo amanecer en Gaza

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 6/8/14 en: http://www.lanacion.com.ar/1715980-posible-nuevo-amanecer-en-gaza

 

La sensación es de algún alivio. Las armas han callado en la Franja de Gaza. Por 72 horas, al menos. Ya no vuelan los misiles hacia Israel. Ni se oye el fragor de sus cañones. Hay una tregua. Frágil, pero allí está.

En las últimas horas habían aparecido las primeras señales de que los combates y acciones militares podrían quizás haber entrado en una lenta fase final. Ocurre que, desde el domingo pasado, Israel había comenzado ya a retirar buena parte de sus efectivos de las zonas pobladas de Gaza y a estacionarlos cerca de la frontera, aunque todavía dentro del territorio de Gaza. Con excepción de aquellas tropas que aún operaron activamente en las inmediaciones del paso fronterizo de Rafah, que fuera escenario de las últimas acciones militares. Hoy esos efectivos están ya en territorio israelí.

Las armas han callado en la Franja de Gaza. Por 72 horas, al menos

También Hamas -presumiblemente como consecuencia de los bombardeos israelíes- parecía haber disminuido un tanto la intensidad de sus disparos de misiles contra Israel. En los cinco primeros días del reciente estallido de violencia -esto es, desde el 8 al 13 de julio pasado- los disparos indiscriminados de misiles palestinos contra Israel alcanzaron un ritmo realmente aterrador: 300 misiles diarios. La magnitud de esos ataques había ido disminuyendo paulatinamente, hasta llegar a los 55 misiles que se dispararan durante el domingo pasado. Y a los 53 del lunes, el día previo a la tregua acordada.

Las cifras de bajas acumuladas en la reciente espiral de violencia son de horror: 1834 muertos palestinos (de los que bastante más de 1000 han sido civiles inocentes) y 9370 heridos. A los que hay que sumar las 64 muertes de soldados israelíes y los tres muertos israelíes, civiles inocentes.

Israel había, entonces, comenzado a cerrar unilateralmente su tercer enfrentamiento militar abierto en la Franja de Gaza contra los milicianos de Hamas. El final, si esto se consolida, podría ser parecido al que ocurriera a comienzos de 2009, en oportunidad del primer ciclo de combates entre ambas partes. De hecho. Sin que exista un cese el fuego explícito, convenido entre las partes. No obstante, ahora ha aparecido la oportunidad de consolidar la reciente interrupción de las hostilidades. Y de intentar construir una paz duradera.

Ahora ha aparecido la oportunidad de consolidar la reciente interrupción de las hostilidades. Y de intentar construir una paz duradera

Para Israel, el objetivo de inutilizar, destruir o, por lo menos, neutralizar la enorme red de 32 túneles construida por Hamas que penetraban en el territorio de Israel, parece haber sido sustancialmente alcanzado. No obstante, Hamas tiene aún un inventario importante de misiles no utilizados, estimado en unos 3000. Esa es una obvia amenaza para la paz. Lo que se evidencia con sólo recordar que, desde el 8 de julio pasado, desde el interior de Gaza se dispararon nada menos que unos 3300 misiles contra Israel. Indiscriminadamente. Lo que está expresamente prohibido por el derecho humanitario internacional.

Para Hamas, alcanzar el objetivo del levantamiento del bloqueo que, por ocho años, es cierto, ha lastimado profundamente a la población de la Franja de Gaza sigue siendo prioritario. Lo cierto es que lograrlo no pasa por las acciones militares, sino por los andariveles de la diplomacia. Y es de esperar que esto se comprenda y que, cuando una oportunidad parece haber aparecido, no se desaproveche.

El gobierno de Egipto ha sido decisivo en el logro del cese el fuego provisorio. Apoyado por las Naciones Unidas y los Estados Unidos. Su gestión debe continuar. Porque el camino de la paz no admite el cansancio. Egipto merece ahora el reconocimiento y el apoyo que corresponde.

En Israel, el premier Benjamin Netanyahu cuenta con el abrumador respaldo de la población de su país. Que ha tomado plena conciencia del peligro que corre. Hablamos de nada menos que un 85% de esa población. Los pacifistas se han hecho oír, pero los sondeos confirman que su peso en la opinión pública israelí es débil.

Las defensas antimisilísticas israelíes han demostrado una vez más su tremenda eficacia, destruyendo en el aire a los misiles que podían caer en los centros poblados o sobre blancos estratégicos. Pero el tema de la «proporcionalidad» de la reacción militar israelí es -y será siempre- una cuestión harto difícil, donde las opiniones estarán divididas.

En otro andarivel, pero en el mismo vecindario, cabe destacar que una buena parte de los líderes árabes esta vez pareció no apoyar a Hamas. Sucede que su propio mundo está inmerso en la fragilidad de una peligrosísima confrontación facciosa -increíblemente violenta- que se ha extendido por el mundo árabe, dividiéndolo profundamente. La que tiene como protagonistas a los fundamentalismos, tanto «shiitas» como «sunnis». Con acciones que, con frecuencia, evidencian un nivel de barbarie desesperante, absolutamente de espaldas a las normas del derecho humanitario internacional; esto es, a las leyes de la guerra.

Son pocos, felizmente, los que procuran que Gaza se convierta, de pronto, en una nueva Mosul. Sería una pesadilla. Multiplicando exponencialmente su fragilidad y acercándose así al abismo impredecible de la guerra religiosa. Adquiriendo, además, otro nivel de peligrosidad e irracionalidad. Con un marco de decapitaciones y circuncisión masiva de las mujeres. Con expulsión -o muerte- de quienes no comulgan con la versión del Islam que abrazan los «jihadistas».

Por todo esto quizás, Egipto, Jordania, Arabia Saudita y los Emiratos han estado casi en silencio. Sin apoyar abiertamente a Hamas. A diferencia de Turquía y Qatar, que endosaron a ese movimiento.

El presidente de Egipto, el ex general Abdel Fattah al Sisi, mantuvo su cooperación con Israel respecto del bloqueo de Gaza, así como en la tarea de inutilización de la red de túneles de Hamas. Mientras luchaba, en paralelo, contra el «jihadismo islámico» en su propia tierra. Especialmente en el norte de Sinaí, al norte mismo de la Franja de Gaza. A lo que cabe agregar que su principal enemigo doméstico -al que ha calificado formalmente de organización terrorista- es la Hermandad Musulmana, organización islámica que tiene intimidad con Hamas.

No obstante, Egipto, como correspondía en esta emergencia al país «decano» de la diplomacia africana, ha ayudado a Hamas en el capítulo de la ayuda humanitaria. Y ha tenido éxito en poder concertar el reciente cese del fuego. Lo que debe ser apoyado.

Irán, alejado de Hamas desde que el movimiento se negara a cooperar -como lo hiciera Hezbollah- en la represión de la insurgencia siria, está sobreextendido en su apoyo -en Siria- al clan Assad y al gobierno de Irak, ambos invadidos por las bien entrenadas fuerzas «jihadistas sunnis» que, luego de tres años de guerra en Siria, han conformado ahora el califato al que se ha llamado: ISIS. Y siguen expandiéndolo. En los últimos días han avanzado mucho tanto sobre la zona kurda de Irak, como sobre el Líbano. Como si sus contingentes fueran imparables. Hablamos de un fenómeno de enorme peligrosidad, que acaba de infectar a Libia, donde las fuerzas fundamentalistas que se han apoderado de la ciudad de Benghazi, han proclamado -también allí- un califato.

La aislada Rusia, con su ilegal manotazo sobre Crimea y Sebastopol, ha dañado severamente al derecho internacional, infectando al escenario internacional de anomia. Lo que naturalmente no ayuda en temas como el de Gaza. Como, además, Rusia mantiene su propio conflicto armado interno contra los fundamentalistas islámicos, en Chechenia y Dagestán, no ha mostrado simpatía por la causa de Hamas. Y no ha asumido en Gaza rol protagónico alguno. A diferencia de lo sucedido en Siria.

Algo bastante parecido sucede con China, donde el conflicto similar que el país oriental mantiene con los «uighures» en el noroeste de su territorio, ha crecido fuertemente en intensidad a lo largo de las últimas semanas.

Jordania está también en tensión, con las fuerzas de ISIS en su frontera controlando la ciudad de Ar Rudba. Y con cientos de miles de ansiosos palestinos refugiados, desde hace décadas, en su interior. Por su parte, tanto Siria como el Líbano e Irak son ya presas de la guerra facciosa que divide -cada vez más- al islamismo.

Frente a todo esto, releyendo el discurso de Elie Wiesel cuando recibiera el Premio Nobel a la Paz, en 1986, uno encuentra palabras proféticas y certeras que, 28 años después, mantienen su actualidad. «El sufrimiento humano en cualquier parte aflige a los hombres y mujeres en todas partes. Esto se aplica también a los palestinos, respecto de cuya situación soy sensible, pero cuyos métodos deploro. Los deploro cuando conducen a la violencia. La violencia no es la respuesta. El terrorismo es la más peligrosa de las respuestas. Ellos están frustrados. Lo que es comprensible. Algo debe estar mal. Los refugiados y su miseria. Los chicos y sus miedos. Los desarraigados y su desesperanza. Algo debe hacerse respecto de esta situación. Tanto el pueblo judío como el pueblo palestino han perdido demasiados hijos e hijas y han derramado demasiada sangre. Esto debe terminar y todos los intentos porque termine deben ser alentados.»

El clamor, entonces, debe hoy ser uno solo: el de mantener el cese total de la violencia. Y comenzar a edificar, sin pausas, una paz duradera. Sabiendo que la tarea es bien compleja y que debe ser abordada sin demoras. Y con absoluto realismo. Aunque, seguramente, edificarla lleve su tiempo.

Los misiles palestinos no deben seguir volando en procura de sembrar la muerte. Las reacciones militares israelíes, por inevitables que sean, llenan al mundo de congoja. Por esto, la Franja de Gaza (que hoy contiene a unos 260.000 desplazados) debería ser desmilitarizada, con un adecuado control internacional. Mientras, en paralelo, se comienza a trabajar sobre cómo levantar la manta de miseria que se ha extendido sobre su población, que lleva años de indescriptibles sufrimientos y frustraciones.

En el escenario actual, la acción de las Naciones Unidas (como aconteciera en los casos de Timor Oriental y Kosovo) podría ser central y el aporte y apoyo de todos para que ella se concrete resulta indispensable. Es hora de pasar de la retórica y los oportunismos a empujar las soluciones duraderas, incluyendo la acción humanitaria. Lo que supone apoyar, sin titubeos, a los actores capaces de impedir que la violencia vuelva, de pronto, a apoderarse de la Franja de Gaza..

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.

Cambios y preocupación en el escenario mundial

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 24/4/14 en http://www.lanacion.com.ar/1683918-cambios-y-preocupacion-en-el-escenario-internacional

La anexión de Crimea y Sebastopol a la Federación Rusa está consumada. Pero es un hecho tóxico. Por esto ha sido ampliamente repudiado por la comunidad internacional que previsiblemente no reconoce a Crimea como parte del territorio ruso.

Mientras tanto, un clima de absoluta fragilidad se ha apoderado del este de Ucrania. No está nada claro sobre lo que puede suceder -al menos en el futuro inmediato- en ese convulsionado rincón del país. Particularmente en la denominada República Popular de Donestsk. Allí donde, en la localidad de Zaporozhia, se fabrican hoy prácticamente todos los motores de los helicópteros rusos (incluyendo el MI-24), cuyas entregas están ahora suspendidas, lo que demuestra cuán diversas son las múltiples complejidades del conflicto en Ucrania.

Por la gravedad de lo ocurrido, el escenario internacional ha cambiado. Mucho. Como consecuencia de una conducta y un intento de justificación por parte de Rusia que lucen inaceptables. Porque han conmovido los cimientos de la arquitectura estructural de las Naciones Unidas. En efecto, hay ahora un precedente que luce como un aliciente para el uso de la fuerza y, peor aún, una suerte de justificación para tratar de poseer armas nucleares.

Porque se han desconocido -a cara descubierta- tres principios fundacionales de la comunidad internacional: el de la igualdad de los Estados, el de la santidad de la integridad territorial y el principio de «no intervención». A lo que debe agregarse el uso ostensible de tropas sin sus insignias nacionales, práctica vedada expresamente por las Convenciones de Ginebra. Y la violación abierta de convenios internacionales que estaban vigentes, como el Memorándum de Budapest de 1994, en virtud del cual Ucrania renunció a su arsenal nuclear a cambio del respeto explícito a su integridad territorial. Por todo ello, el impacto exterior de lo sucedido es grande.

Más allá de los recientes acuerdos de Ginebra, de los que participara ciertamente Rusia, la confianza de la comunidad internacional en ese país ha desaparecido. Por esto, la sospecha de que sigue manipulando insidiosamente a los insurgentes en el este ucraniano deviene inevitable. Particularmente frente a los esfuerzos rusos por evitar que Ucrania tenga elecciones nacionales el próximo 25 de mayo, en búsqueda urgente de un mínimo de legitimidad en el actuar.

Es cierto, Vladimir Putin se reinventó y relegitimó en su patria. En medio de una ola de nacionalismo, su popularidad doméstica es ahora enorme. Con un tsunami publicitario, a la manera del que alguna vez caracterizara al repugnante Goebbels, los medios rusos -que poco y nada tienen de independientes- alaban constantemente a Putin y denuestan, en unísono, a los países occidentales. Como ocurriría, curiosamente, en un ambiente cercano a un conflicto bélico.

Mientras tanto, los objetivos inmediatos de un Vladimir Putin que ha asumido el rol de «restaurador» del pasado ruso permanecen -más allá de las declamaciones públicas, frecuentemente contradictorias- envueltos en el misterio.

Se advierte entonces preocupación en la comunidad internacional por las eventuales repercusiones externas de lo sucedido en Crimea y Sebastopol. Ella se centra en algunos conflictos puntuales. Como el que tiene que ver con los espacios marítimos en los que China mantiene disputas de soberanía con Japón, Vietnam, Filipinas y Corea del Sur. Allí, en 2012, China actuó manu militari en el llamado «Scarborough Shoal», en el Mar del Sur de China, en desmedro de Filipinas. También hay intranquilidad respecto de las negociaciones referidas al peligroso programa nuclear iraní que, sin embargo, han continuado evolucionando y avanzando positivamente, aparentemente sin mayores dificultades. Y con relación a la cada vez más volátil e impredecible Corea del Norte.

La integración de Rusia con el resto del mundo después de la Guerra Fría ha sido lenta y parcial. Esto es, tan sólo relativa. Los principales avances fueron los registrados durante la etapa en la que Dimitri Medvedev ejerciera la presidencia de su país. Me refiero a: un nuevo tratado Start; las sanciones dispuestas contra Irán; el tránsito de las tropas norteamericanas de y hacia Afganistán a través de suelo ruso; o el acceso ruso a la Organización Mundial del Comercio. Ellos no fueron luego seguidos por otros pasos similares, de mayor acercamiento y cooperación en ésta, la tercera presidencia de Vladimir Putin. En paralelo, Rusia se ha transformado en una autocracia, lo que aumenta la desconfianza externa.

Por todo esto, es probable que Rusia sea -en más- objeto de relativo aislamiento. Sin cortar puentes, pero sin que exista la confianza mínima para actuar con ella de consuno. Esto supone que de pronto Rusia podría quedar de lado cuando, en algunas circunstancias, de actuar desde la comunidad internacional se trate. Será presumiblemente objeto de vigilancia para tratar de limitar lo que ahora luce como una clara inclinación al expansionismo. Con una posibilidad de cooperación que ahora es marginal.

Es probable que el nuevo enviado a Moscú de la administración del presidente Barack Obama sea John F. Tefft, un diplomático de carrera, familiarizado en las cuestiones que tienen que ver con Ucrania, Georgia y Lituania, donde ha prestado servicios. Un hombre de gran experiencia, queda visto.

En el escenario actual no es imposible que -de pronto- se den a conocer otras sanciones económicas de carácter personal contra algunos personajes rusos muy cercanos al presidente Putin, limitando sus posibilidades de actuar en los mercados internacionales de crédito y de comerciar libremente. Y evidenciando que existe una elite rusa poderosa, que funciona en torno al líder ruso, sospechada de corrupción. Por esto las acciones y los títulos de la deuda rusa caen. Y el rublo se debilita, en medio de una renovada fuga de capitales. También por esto una previsible caída de las inversiones externas en Rusia.

El cambio en el escenario internacional no supone necesariamente cortar vínculos que son imprescindibles entre Rusia y la comunidad internacional. Como los que tiene que ver con el programa espacial conjunto de norteamericanos y rusos. O aquellos que se refieren a la inutilización de las armas nucleares rusas que, vencidas, ya no pueden guardarse sin riesgos. O continuar juntos trabajando en el impostergable desarme sirio en materia de armas químicas.

La relación bilateral entre los Estados Unidos y Rusia estará -en más- presumiblemente marcada por el distanciamiento. Lo que no supone dejar de actuar en conjunto en algunas cuestiones comunes, como son las antes referidas.

Pero la normalidad está afectada y la confianza de Occidente en Rusia ha desaparecido. Pronto esto comenzará a ser evidente más allá de Ucrania. Lo ya sucedido tiene una entidad tal que es imposible pensar que no traerá aparejados profundos cambios relacionales, como los que anticipamos.

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.

Una crisis de alta peligrosidad

Por Emilio Cárdenas. Publicado el 7/3/14 en: http://www.lanacion.com.ar/1669819-una-crisis-de-alta-peligrosidad

 

Después de un operativo militar ejecutado con rapidez y precisión, Rusia controla íntegramente a la península de Crimea, que es parte de Ucrania. Utilizó para ello una estrategia similar a la que implementara en 2008, cuando se apoderara, también por la fuerza, de los enclaves de Abkhazia y Ossetia del Sur, en Georgia.

En Crimea, recordemos, está emplazada la base de la Flota Rusa del Mar del Norte. En Sebastopol, un excelente puerto de aguas profundas. Pese a ello, la vicepresidente de Rusia, Valentina Matviyenko, sostiene -con una obvia cuota de cinismo- que su país no ha intervenido en los «asuntos internos» de Ucrania. Interpretación de lo sucedido que es muy difícil compartir.

La audaz jugada rusa no es inesperada. Es bastante más que la expresión de una obsesión política o que una expresión del nostálgico nacionalismo que caracteriza al presidente Vladimir Putin. Y, después de lo sucedido en Kiev, es también más que una preocupación por la eventual repetición, en la propia Rusia, de las protestas callejeras de 2011-2012.

La invasión rusa tiene que ver con cuestiones geopolíticas que son de envergadura para los rusos. No sólo con la peculiar visión de Putin, que califica a la disolución de la Unión Soviética como «la mayor catástrofe política del siglo XX». Me refiero a cuestiones contemporáneas. Puntuales. Concretas. Como la necesidad rusa de mantener su proyección naval en el Mar Negro, utilizada para los bloqueos navales contra Georgia, cuando la guerra del 2008.

Pero también su presencia naval al Mediterráneo, como en ocasión de la crisis de Libia. Así como con relación a su participación en el esfuerzo internacional de patrullaje anti pirata en aguas del Océano Índico y en las costas de Somalía. O con respecto a la guerra civil en Siria, cuyo puerto de Taurus los buques de guerra rusos ya no pueden utilizar como antes.

Es cierto, existe la opción de usar el puerto comercial de Novorossiysk, pero para los rusos dejar Sebastopol es no sólo impracticable, sino impensable. Aunque en ese mismo puerto amarre también la flota de guerra ucraniana.

Rusia mantiene normalmente unos 15.000 hombres bajo bandera en Sebastopol, base naval que ha alquilado a Ucrania hasta 2042. Hoy a ellos deben sumarse los casi 150.000 hombres que están en derredor de Crimea, bajo el disfraz de «maniobras militares». Esas tropas, en los hechos, han tomado el control efectivo de la península, incluyendo su espacio aéreo y sus costas. Y pretendido, sin éxito, que los militares ucranianos se subordinen a ellas, generado una dura reacción de la comunidad internacional, preocupada por el uso unilateral de la fuerza por el autoritario Vladimir Putin, que se califica como agresión. Putin actuó quizás envalentonado por su éxito en la organización de los Juegos Olímpicos de Invierno, en Sochi, en el Mar Negro.

Cabe agregar que la llegada de los efectivos militares rusos a Crimea fue precedida por la toma del poder local por un grupo de presuntos militantes paramilitares uniformados y fuertemente armados que seguramente formaron parte de un operativo planificado y ejecutado milimétricamente para controlar el territorio completo de la península de Crimea. Esta es, quizás, una expresión más de la creencia generalizada en Rusia, que supone que «Occidente entiende el lenguaje de la fuerza». De allí la arriesgada aventura militar que hoy -por sus derivaciones- preocupa a todos. Porque apunta a producir un «hecho consumado» más. Como en Georgia.

Crimea, cabe recordar, estuvo -por siglos- en poder de Rusia. Desde la época de Catalina la Grande quien, en 1784, la conquistara. Hoy forma parte de Ucrania y contiene a unos dos millones de habitantes, el 60% de los cuales reclama la identidad rusa. Hay, además, un 24% de ucranianos y otro 13% de tártaros, que poblaron en su momento a Crimea y fueron masivamente deportados en 1944, en tiempos del sanguinario José Stalin. De allí la simpatía de los tártaros hacia las actuales autoridades de Kiev.

Para Rusia, la defensa de sus connacionales es el motivo clave, central, de su reacción. Casi irrenunciable, en función de su escenario doméstico. Ocurre que lo sucedido en algunos rincones del Báltico tras la implosión del imperio soviético respecto de los rusos que allí habían elegido vivir y fueran objeto de persecuciones y agresiones, es para la población rusa algo que no debe repetirse.

 

La crisis ucraniana tiene que ver con un país que parecería contener a dos naciones. O poseer dos corazones. Una nación fuertemente pro europea, que vive en el oeste y otra, en cambio, étnica y culturalmente rusa, que puebla el este del país. Hablamos de 46 millones de habitantes, de los cuales 13 millones se sienten rusos o son rusos. Por esto que -en medio del caos generado por la deposición del corrupto ex presidente Viktor Yanukovich- el parlamento ucraniano haya sancionado una ley prohibiendo el uso del idioma ruso luce como un error imperdonable. Que confirió una excusa a Vladimir Putin para mover sus fichas. Y arriesgó la integridad territorial del país, dueño de Crimea desde 1954, cuando -en tiempos de la Unión Soviética- el ex presidente Nikita Kruschev (él mismo, ucraniano) cediera a Ucrania la soberanía sobre Crimea.

A lo antedicho cabe agregar que las fuerzas paramilitares -compuestas por matones que reprimieron duramente a la población de Kiev (los Berkut)- estaban integradas, en gran medida, por ucranianos del este y por profesionales rusos del arte de golpear. Lo que alimentó viejos rencores y despertó sueños secesionistas que generaron una volatilidad extrema, desde que ellos se han extendido a la ciudad industrial de Donetsk y a Odesa, ambas emplazadas en la región oriental, allí donde la influencia rusa es grande.

Los grupos pro rusos que tomaron el poder en Crimea han convocado a un referendo para el 16 de marzo próximo, en el que la secesión sería objeto de consulta. Ello -es obvio- podría de pronto encender un conflicto entre los rusos y la población islámica local. Pese a que los tártaros no han tenido -en los últimos tiempos- expresiones de extremismo. No obstante, el riesgo existe.

Hasta ahora Crimea, como Chechenya en Rusia, ha sido autónoma. Ahora algunos presionan con la independencia. Como sucediera en los casos aludidos de Abkhazia y Ossetia del Sur, la comunidad internacional no reconocerá una agresión tan evidente a la integridad territorial de Ucrania. Salvo posibles casos patológicos, como son los de Venezuela y Nicaragua, que han reconocido la independencia de los enclaves rusos en Georgia, que quedaron aislados.

Frente a lo que luce como una agresión, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas no es ámbito para resolver la crisis, desde que Rusia tiene derecho de veto. Pero ha servido para discutir el tema.

Zbigniew Brzezinski, con su reconocido pragmatismo, propone encontrar una solución ad hoc: a través del diálogo. En su visión, edificando en Ucrania una alternativa similar a la que se usó en su momento para Finlandia, una nación neutral que no participa en ninguna alianza militar y que comercia con todos por igual.

Después de todo, a la caída de la Unión Soviética, los Estados Unidos y la Federación Rusa fueron capaces de encontrar, dialogando, la fórmula que permitió que Ucrania pudiera dejar de tener armas atómicas en su territorio, luego de haber edificado un inventario con la escalofriante cifra de 2000 bombas nucleares.

Veremos cómo sigue esta crisis, de alta peligrosidad para la paz y seguridad internacionales. El diálogo, reiteramos, luce como la avenida a transitar. Sin embargo, están sucediendo algunas cosas como la imposición de sanciones económicas y restricciones de viaje a algunos individuos en Rusia y Ucrania (similares a las impuestas a Irán) y hasta un intento de rebajar su «status» en el mundo, aislándola de todo diálogo significativo con Occidente. Con acciones como el congelamiento de las reuniones del llamado «G-8», la próxima de las cuales estaba curiosamente programada en Sochi. O el cese de conversaciones en el ámbito de la OTAN. Para Putin, si esto se profundizara, sería una dolorosa pérdida de imagen. Y, en este tipo de emergencias, existe la posibilidad de que ocurran accidentes o incidentes inesperados, que de pronto compliquen todo.

No obstante, la diplomacia tiene la palabra. Todos los actores deberían cuidarse de realizar actos que aumenten las tensiones en una situación sumamente delicada por la diversidad y complejidad de sus componentes.

 

Emilio Cárdenas es Abogado. Realizó sus estudios de postgrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y en las Universidades de Princeton y de California.  Es profesor del Master de Economía y Ciencias Políticas y Vice Presidente de ESEADE.