«The Economist» y el liberalismo

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 21/3/20 en: https://younews.larazon.es/the-economist-y-el-liberalismo/

 

Ayer mismo pedía más gasto público por la crisis del coronavirus, pero «The Economist» es considerado una «biblia» del liberalismo. Y hace un par de años publicó una serie sobre la literatura del liberalismo, que revela sus matices en torno a estas ideas.
Esos matices son conocidos por los especialistas, como Ángel Arrese, profesor de la Universidad de Navarra, o Wayne Parson, autor de «The Power of the Financial Press» –una reseña aquí: https://bit.ly/2kIJgxt. El «Economist» se acercó al keynesianismo y aplaudió el papel redistribuidor del Estado.
Repasemos ahora rápidamente sus notas sobre las figuras que deberían a su juicio integrar la literatura del liberalismo: 1) John Stuart Mill: lo trata como el fundador del liberalismo, ignorando a Smith o Hume, y no de la socialdemocracia, que podría legítimamente reivindicarlo; no subraya sus contradicciones (cf. «On Liberty’s Liberty», aquí: https://bit.ly/2kIJgxt). 2) Tocqueville: se refiere a la pérdida de libertad de los tiempos modernos, en la línea del pensador francés, pero la denuncia en China y en los regímenes populistas de EE UU, Europa, Asia y América Latina. No analiza esa pérdida de libertad debida a la democracia misma, que promueve la extensión del Estado, cuyo papel redistribuidor aplaude, si no es populista. 3) Keynes: simpatiza con su intervencionismo, «modestamente planificador». 4) Schumpeter, Popper, Hayek: saluda su liberalismo, pero añade que no debe ser excesivo; llamó antes «pragmático» a Mill, pero ahora llama «fundamentalista del Estado pequeño» a Hayek. 5) Berlin, Rawls, Nozick: claramente defiende a los dos primeros más que al tercero. 6) Rousseau, Marx y Nietzsche: dice que el error de Marx es haber subestimado el poder del capitalismo para eludir la revolución mediante «compromisos» y frenos a sus propios «excesos»; pero acertó por haber señalado el problema de la desigualdad.

En resumen, lo que tenemos en esta supuesta «biblia» del liberalismo es el pensamiento hegemónico de nuestro tiempo. Es un pensamiento contradictorio, porque quiere a la vez más libertad y más Estado. Rechaza el proteccionismo y la autarquía, pero reclama más control sobre las empresas, y más impuestos sobre el patrimonio y la herencia; coquetea con la renta básica y, como hacen también las izquierdas, pide «un nuevo contrato social» y se lamenta porque «muchos liberales se han vuelto conservadores».

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE. Difunde sus ideas como @rodriguezbraun

Franco, izquierda, Iglesia

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 5/9/18 en: https://www.actuall.com/criterio/democracia/franco-izquierda-iglesia/

 

Fusilamiento de la imagen del Sagrado Corazón de Jesús en el Cerro de los Ángeles durante la Guerra Civil Española.
Fusilamiento de la imagen del Sagrado Corazón de Jesús en el Cerro de los Ángeles durante la Guerra Civil Española.

El odio de la izquierda a Franco y a la Iglesia Católica son fáciles de entender. Lo peculiar son sus piruetas a la hora de practicar una de sus dos estrategias fundamentales: la mentira.

De entrada, la izquierda no odia a Franco por haber sido un dictador. Si los supuestos progresistas amaran la libertad y la democracia por encima de todo, entonces aborrecerían también el comunismo, el socialismo y el populismo, que han arrasado con vidas, derechos y libertades en medio planeta. En vez de eso, aprecian esos regímenes, o no los censuran tanto como a la dictadura franquista, o, en el colmo del falso equilibrio, los sitúan a la par, como si de verdad el régimen franquista y, digamos, el comunista camboyano, fueran equiparables en su carácter criminal, despótico y empobrecedor.

En realidad, el odio al franquismo se debe a que lo asocian con la derrota en la Guerra Civil, que pretenden ganar ahora con la mal llamada “memoria histórica”, y con la distorsión del pasado, que pretenden pintar de tal modo que creamos que los perdedores de esa guerra eran bondadosos defensores de la democracia.

En esa distorsión se inscribe su aversión a la Iglesia. Es verdad que ese rechazo es común a las izquierdas de todo el mundo, que abominan de la religión por lo que representa de “fortaleza privada”, como decía Schumpeter para referirse a las instituciones fundamentales de la sociedad libre, que median entre el Estado y los ciudadanos. Las diversas variantes del socialismo están en contra de esas instituciones —desde la religión hasta la propiedad privada— precisamente por lo que tienen de amparo del individuo.

España es un caso especial dentro de ese odio de la izquierda a las religiones judeocristianas. Y lo es por su relación con la Guerra Civil y el franquismo. Fue el conflicto el que produjo el respaldo abierto y declarado a uno de los bandos: la Iglesia se situó sin fisuras junto a los nacionales y en contra de los republicanos.

Nunca se explica esta circunstancia. Simplemente se añade el franquismo como un motivo más para condenar a la Iglesia, como si no hubiese habido ningún motivo por el cual la Iglesia secundó a uno de los bandos en la Guerra Civil.

Esta mentira es una constante en la izquierda y la hemos vuelto a vivir con los recientes debates a propósito del traslado de los restos de Franco. Así, hemos podido leer a personas de la izquierda indignadas recordando que los obispos homenajearon al dictador, y lo hicieron entrar bajo palio en las catedrales. Se rasgan las vestiduras y proclaman: ¡nada de eso queremos los demócratas!

La mentira en este caso no es simplemente, como acabo de señalar, el hecho patente de que ninguno de los bandos enfrentados en la Guerra Civil quería la democracia. Hay algo más y se trata de la otra estrategia fundamental de la izquierda: la violencia.

En efecto, al atacar a la Iglesia, identificándola con el franquismo, la izquierda elude la consideración de por qué apoyó la Iglesia a los nacionales. Y la explicación es clara. Lo que sucedió fue que las fuerzas de la izquierda practicaron una violencia brutal contra los católicos, y en particular contra los religiosos. Miles de monjas y curas fueron asesinados salvajemente. Pero de esto nunca se habla, de eso no hay “memoria histórica”. Y la Iglesia es condenada por franquista, como si hubiera respaldado a Franco porque sí, por pura maldad y sin razón alguna.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE

Buenas y malas de David Ricardo: ventajas comparativas sí, pero siguió el camino del valor-trabajo

Por Martín Krause. Publicado el 31/3/18 en: http://bazar.ufm.edu/buenas-malas-david-ricardo-ventajas-comparativas-siguio-camino-del-valor-trabajo/

 

En el Capítulo IV de su libro “Principios de Política Económica y Tributación”, David Ricardo comienza señalando al trabajo como fuente del valor de los bienes y la cantidad comparativa de trabajo como el fundamento de su precio: http://www.econlib.org/library/Ricardo/ricP2.html

Pero luego centra su análisis en el mecanismo de inversión de capital que se produce en el mercado, asignándolo a aquellas ramas de los negocios donde se obtengan mayores ganancias y desatando un proceso que lleva, al final, en el equilibrio, a iguales tasas de ganancias. El proceso de mercado que analiza explica correctamente este camino pero más adelante veremos que destruye la teoría del “valor trabajo”, al menos como la continuara más tarde Karl Marx. Dice Ricardo:

 

“Supongamos que todos los bienes tienen su precio natural y que, por lo tanto, las ganancias del capital en todos esos empleos obtienen exactamente la misma tasa, o se diferencias tan sólo, en lo que la estimación de las partes creen es alguna ventaja real o aparente. Supongamos ahora que un cambio de moda incrementa la demanda de sedas y disminuye la de lanas; su precio natural, la cantidad de trabajo necesaria para su producción, permanecerá inalterado, pero el precio de mercado de la seda aumentará, y el de la lana caerá; y por lo tanto las ganancias del productor de sedas será mayores, mientras que las del productor de lanas serán menores. No solamente las ganancias, también los salarios de los trabajadores se verán afectados en esos empleos. Esta mayor demanda de sedas sería, sin embargo, rápidamente atendida, por la transferencia de capital y mano de obra de la manufactura de lanas hacia la de sedas; cuando los precios de mercado de las sedas y las lanas volverían a aproximarse a sus precios naturales, y los respectivos productores de esos bienes obtendrían las ganancias usuales.”

Por supuesto que esta idea de un mecanismo de auto-ajuste que responde a cambios en las preferencias de los consumidores había sido presentada ya por Adam Smith en su famosa metáfora de la “mano invisible”.

Pero tal vez como Ricardo parte en ese ejemplo del equilibrio para analizar un cambio, haya dado a entender que ese equilibrio alguna vez se alcanza, y esto llevó a la economía a desarrollar modelos de equilibrio y prestar menos atención al proceso allí explicado.

Como la economía se encuentra en permanente cambio y movimiento, ese punto final nunca llega a alcanzarse, por lo que, en realidad, es necesario estudiar el ‘proceso de mercado’, que apunta siempre en esa dirección pero que debe ajustarse en forma permanente. Este análisis llegaría después, tal vez un siglo más tarde. El motor de esos cambios es el emprendedor, el que, motivado por las oportunidades que se presentan “sacude” al mercado con sus innovaciones, siempre motivado por esa ganancia que promete llegar allí primero.

Por eso la figura del emprendedor quedó relegada en el análisis económico, donde todos los ajustes en el mercado parecían suceder automáticamente. En ese sentido, si se interpretaba la idea de “mano invisible” como una adaptación que simplemente “sucede”, dejaba entonces de explicar lo más importante.

Ya en el siglo XX los economistas austriacos (entre ellos Schumpeter), Frank Knight y otros, desarrollarían el análisis de ese proceso de mercado en forma más completa.

Por último, en la misma presentación de Ricardo se encuentran las raíces de la fundamental crítica de Böhm-Bawerk a la teoría del valor trabajo: si el valor proviene del trabajo, y de él, agregaría Marx, se extrae la plusvalía, en el equilibrio, donde todas las actividades generan una tasa de ganancias similar, ¿no deberían todas tener la misma cantidad de trabajo? Y esto, obviamente, no es así.

 

Martín Krause completó su doctorado en Administración en la Universidad Católica de La Plata, es profesor de Derecho y Economía en la Facultad de Derecho e Historia del Pensamiento Económico (Escuela Austriaca) de la Facultad de Economía de la Universidad de Buenos Aires. Miembro de la Sociedad Mont Pérérin. Fué Rector, Director de Investigación y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade). En 1993, recibió el Eisenhower Fellowship. También recibió el Premio de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires 2007.

¿BENEFICIOS DE LA DESTRUCCIÓN?

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

Parece de ciencia ficción pero inmediatamente después de la catástrofe de los espantosos vientos huracanados en el sur de Estados Unidos, el presidente de la Reserva Federal de New York, William Dudley, declaró que el efecto neto de la destrucción desembocará en resultados positivos para la economía. Estas declaraciones trasnochadas fueron levantadas por varios medios estadounidenses de tirada nacional pero de modo acrítico. Dijo textualmente el personaje de marras que “El efecto a largo plazo de estos desastres en realidad eleva la actividad económica porque hay que reconstruir todas las cosas que han sido dañadas por las tormentas”.

 

Cualquier principiante en economía sabe que las antedichas declaraciones constituyen un dislate mayúsculo. Cualquiera que conozca la bibliografía elemental sobre estos temas hace que aquella manifestación patética lo remita al texto de la obra Economía en una lección de Henry Hazlitt en su segundo capítulo, titulado “La vidriera rota”.

 

En el primer capítulo de ese libro Hazlitt explica la falacia de los supuestos beneficios de la destrucción de activos. Comienza escribiendo el autor que la economía contiene más falacias que otras disciplinas donde se mezclan los efectos a largo plazo con los de corto plazo, por una parte, y por otra mezclan los efectos visibles de los que laten en la trastienda que, muchas veces resultan los más contundentes y decisivos. También señala la manía de centrar la atención en los efectos sobre un grupo sin ver los efectos sobre el conjunto.

 

Hasta el infante más distraído sabe por propia experiencia -sigue diciendo Hazlitt- sabe del disfrute de engullir caramelos pero también se percata de los efectos perniciosos si se excede en la cantidad. Sin embargo, el autor subraya la desaprensión de economistas considerados de renombre que proponen todo tipo de desatinos, como por ejemplo, aconsejar que todo el gasto vaya al consumo “para reactivar la economía” y en esa línea argumental desdeñan el ahorro y la consecuente inversión como si se pudiera consumir lo que no se produce revirtiendo la cadena causal.

 

En todo caso, en el antedicho segundo capítulo Hazlitt refuta de hecho las referidas declaraciones del presidente de la Reserva Federal de New York realizadas setenta años después de publicado el libro. Este capítulo emula algún escrito del decimonónico Frédéric Bastiat en el que alude al escenario siguiente.

 

Un chico rompe de una pedrada el vidrio del escaparate del un panadero del barrio. Los vecinos se reúnen y observan los vidrios rotos sobre los pasteles en la vidriera del panadero y comienzan a deliberar sobre el suceso. Al principio todos se lamentan y  condenan al malechor que se ha fugado, pero luego de transcurrido un rato alguien dice que las cosas no son tan negras puesto que el vidriero tendrá más trabajo y la suma correspondiente le dará la oportunidad de adquirir nuevos bienes y servicios y así sucesivamente con los que reciben el dinero, lo cual crea un proceso virtuoso de reactivación (que es lo que ha enfatizado el burócrata de la Reserva Federal).

 

Lo que no se ve, puntualiza la dupla Bastiat-Hazlitt, es que el panadero dispondrá de menos precisamente por la cantidad que destinó para reponer el vidrio en cuestión que lo tenía pensado para comprase un nuevo traje y así el sastre no podrá gastar el dinero correspondiente y así sucesivamente.

 

Ahora bien, ¿cual es el efecto neto de la destrucción del cuento?: se cuenta con un activo menos (el vidrio) y se podría haber ganado el traje (o mantener los ahorros del sastre) si no fuera por la pedrada. En lugar de contar con el vidrio y el traje, la economía solo cuenta con la reposición del vidrio que ya estaba antes de la rotura. La pérdida neta es el vidrio y, en nuestro ejemplo, mantener la inversión en dinero o adquirir el traje.

 

Días pasados uno de mis hijos -Bertie- publicó un artículo en Infobae (septiembre 15) donde explica detenidamente los efectos devastadores que produjeron las intervenciones gubernamentales en los precios a raíz de las tragedias de los huracanes en la zona de Florida, en Estados Unidos. Ahora, resulta que aparecen sujetos como el de la Reserva Federal que plantean el absurdo a que hemos hecho referencia, lo cual empeora notablemente el cuadro de situación y sienta un pésimo precedente para el futuro.

 

Desafortunadamente no está solo quien ponderó los supuestos efectos beneficiosos de la destrucción, los pioneros en este tipo de declaraciones y razonamientos han aparecido en la Primera Guerra Mundial y también en algunos textos que pretenden ser de economía.

 

En algunos textos se confunde lo dicho con la “destrucción creadora” de Schumpeter que nada tiene que ver con el  análisis que queda consignado en la presente nota. Este economista se refiere a la innovación permanente que tiene lugar en el capitalismo en un contexto evolutivo y creador en el que se dejan de lado bienes de consumo, bienes de capital y formas de producción obsoletas para reemplazarlas por nuevas perspectivas. “Este proceso de destrucción creadora -concluye Joseph Schumpeter en el séptimo capítulo de su Capitalismo, socialismo y democracia– constituye el dato de hecho esencial del capitalismo”.

 

Pero en los hechos hay otra forma de hace la apología de la destrucción y es recomendando políticas económicas desatinadas que a la postre consumen activos. A la cabeza de este tipo de destrucciones se ubica John Maynard Keyenes quien en el prólogo a la edición alemana de su teoría general en 1936 (a confesión de parte, relevo de prueba), en plena época nazi, escribió que “La teoría de la producción como un todo, que es a lo que apunta el presente libro, es mucho más fácilmente aplicable a las condiciones de un estado totalitario que la teoría de la producción y distribución de los resultados producidos bajo las condiciones de la libre competencia y del laissez-faire”.

 

En el capítulo 2 del segundo volumen de su Ensayos de persuasión, Keynes afirma que “Estamos siendo castigados con una nueva enfermedad, cuyo nombre quizás aun no han oído algunos de los que me lean, pero de la que oirán mucho en los años venideros, es decir el paro tecnológico”. Este comentario sobre “la nueva enfermedad” pone de relieve la incomprensión de Keynes sobre el tema del desempleo. Como se ha puntualizado en diversas ocasiones, en una sociedad abierta, es decir, en este caso, allí donde los salarios son el resultado de arreglos libres entre las partes nunca se produce sobrante de aquél factor que resulta esencial (el trabajo manual e intelectual) para la producción de bienes y para la prestación de servicios.  Y no es cuestión de centrar la atención en la transición puesto que la vida es una transición permanente. Cualquiera que cotidianamente en su oficina propone un cambio para mejorar está de hecho reasignando recursos hacia otros campos. La mayor productividad produce siempre ese resultado. Los empresarios en su propio interés están interesados en la capacitación en los nuevos emprendimientos.

 

G.R. Steele en su Keynes and Hayek resume bien el aspecto medular del autor a que nos venimos refiriendo al sostener que Keynes paradójicamente aparece como el salvador de un sistema que condena, es decir el capitalismo y concluye que “Keynes considera el capitalismo como estética y moralmente dañino por cuya razón justifica el aumento de las funciones gubernamentales” y afirma muy documentadamente que “Hayek tenía gran respeto por el hombre, pero muy poco respeto por Keynes como economista”. Su conocida visión de que las obras públicas en si mismas permiten activar la economía pasan por alto el hecho de que los recursos del presente son desviados de las preferencias de los consumidores para destinarlos a las preferencias políticas lo cual implica consumo de capital. Si las obras en cuestión son financiadas con deuda, se comprometen los recursos futuros de la gente.

 

Keynes, mucho más que Marx, ha influido negativamente en la destrucción que comentamos quien patrocinaba la liquidación de la sociedad abierta con recetas que, las más de las veces, resultaban mas sutiles y difíciles de detectar para el incauto que el marxismo debido a su lenguaje alambicado y tortuoso. Los ejes centrales de su obra mas difundida a la que hemos hecho referencia consisten en la alabanza del gasto estatal, el déficit fiscal y el recurrir a políticas monetarias inflacionistas para “reactivar la economía” y asegurar el “pleno empleo” ya que nos dice  en ese libro que “La prudencia financiera está expuesta a disminuir la demanda global”.

Todos los estatistas de nuestro tiempo han adoptado aquellas políticas, unas veces de modo explícito y otras sin conocer su origen. Incluso en Estados Unidos irrumpió el keynesianismo mas crudo durante las presidencias de Roosevelt: eso era su “New Deal” que provocó un severo agravamiento de la crisis del treinta, generada por las anticipadas fórmulas de Keynes aplicadas ya en los Acuerdos de Génova y Bruselas donde se abandonó la disciplina monetaria.

En definitiva, Keynes apunta en su mencionada teoría general a “la eutanasia del rentista y, por consiguiente, la eutanasia del poder de opresión acumulativo de los capitalistas para explotar el valor de escasez del capital”. No quiero introducir consideraciones demasiado técnicas ni cansar al lector con las incoherencias y los galimatías de Keynes, pero veamos solo un caso que hemos apuntado en otra oportunidad y es el que bautizó como “el multiplicador” al efecto de disfrazar lo que en la práctica se traduce en destrucción neta a través del gasto estatal. Sostiene que si el ingreso fuera de 100, el consumo de 80 y el ahorro 20, habrá un efecto multiplicador que aparece como resultado de dividir 100 por 20, lo cual da 5. Y préstese atención porque aquí viene la magia de la acción estatal: afirma que si el Estado gasta 4 eso se convertirá en 20, puesto que 5 por 4 es 20 (sic). Ni el keynesiano más entusiasta ha explicado jamás como multiplica ese “multiplicador”

Resulta esencial percatarse de lo inexorablemente malsano de cualquier política monetaria del mismo modo que es altamente inconveniente la politización de la lechuga o de los libros. Este es el consejo, entre otros, de los premios Nobel en economía Hayek y Friedman en su última versión. Cualquier dirección que adopte la banca central ya sea para expandir, contraer o dejar la base monetaria inalterada, alterará los precios relativos con lo que las señales en el mercado quedan necesariamente distorsionadas y el consiguiente consumo de capital se torna inevitable que, a su turno, empobrece a todos.

En otras palabras, hay formas directas y formas indirectas de generar destrucción para lo cual quienes participan de los valores de una sociedad abierta deben estar en guardia…y no solo respecto a las declaraciones grotescas como las del presidente de la Reserva Federal de New York con que abrimos esta nota.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, fue profesor y primer rector de ESEADE durante 23 años y luego de su renuncia fue distinguido por las nuevas autoridades Profesor Emérito y Doctor Honoris Causa.

David Ricardo, el ‘valor-trabajo’, y las ganancias en el equilibrio: afuera quedó el emprendedor

Por Martín Krause. Publicada el 4/4/16 en: http://bazar.ufm.edu/david-ricardo-el-valor-trabajo-y-las-ganancias-en-el-equilibrio-afuera-quedo-el-emprendedor/

 

En el Capítulo IV de su libro “Principios de Política Económica y Tributación”, David Ricardo comienza señalando al trabajo como fuente del valor de los bienes y la cantidad comparativa de trabajo como el fundamento de su precio: http://www.econlib.org/library/Ricardo/ricP2.html

Pero luego centra su análisis en el mecanismo de inversión de capital que se produce en el mercado, asignándolo a aquellas ramas de los negocios donde se obtengan mayores ganancias y desatando un proceso que lleva, al final, en el equilibrio, a iguales tasas de ganancias. El proceso de mercado que analiza explica correctamente este camino pero más adelante veremos que destruye la teoría del “valor trabajo”, al menos como la continuara más tarde Karl Marx. Dice Ricardo:

David Ricardo

“Supongamos que todos los bienes tienen su precio natural y que, por lo tanto, las ganancias del capital en todos esos empleos obtienen exactamente la misma tasa, o se diferencias tan sólo, en lo que la estimación de las partes creen es alguna ventaja real o aparente. Supongamos ahora que un cambio de moda incrementa la demanda de sedas y disminuye la de lanas; su precio natural, la cantidad de trabajo necesaria para su producción, permanecerá inalterado, pero el precio de mercado de la seda aumentará, y el de la lana caerá; y por lo tanto las ganancias del productor de sedas será mayores, mientras que las del productor de lanas serán menores. No solamente las ganancias, también los salarios de los trabajadores se verán afectados en esos empleos. Esta mayor demanda de sedas sería, sin embargo, rápidamente atendida, por la transferencia de capital y mano de obra de la manufactura de lanas hacia la de sedas; cuando los precios de mercado de las sedas y las lanas volverían a aproximarse a sus precios naturales, y los respectivos productores de esos bienes obtendrían las ganancias usuales.”

Por supuesto que esta idea de un mecanismo de auto-ajuste que responde a cambios en las preferencias de los consumidores había sido presentada ya por Adam Smith en su famosa metáfora de la “mano invisible”.

Pero tal vez como Ricardo parte en ese ejemplo del equilibrio para analizar un cambio, haya dado a entender que ese equilibrio alguna vez se alcanza, y esto llevó a la economía a desarrollar modelos de equilibrio y prestar menos atención al proceso allí explicado.

Como la economía se encuentra en permanente cambio y movimiento, ese punto final nunca llega a alcanzarse, por lo que, en realidad, es necesario estudiar el ‘proceso de mercado’, que apunta siempre en esa dirección pero que debe ajustarse en forma permanente. Este análisis llegaría después, tal vez un siglo más tarde. El motor de esos cambios es el emprendedor, el que, motivado por las oportunidades que se presentan “sacude” al mercado con sus innovaciones, siempre motivado por esa ganancia que promete llegar allí primero.

Por eso la figura del emprendedor quedó relegada en el análisis económico, donde todos los ajustes en el mercado parecían suceder automáticamente. En ese sentido, si se interpretaba la idea de “mano invisible” como una adaptación que simplemente “sucede”, dejaba entonces de explicar lo más importante.

Ya en el siglo XX los economistas austriacos (entre ellos Schumpeter), Frank Knight y otros, desarrollarían el análisis de ese proceso de mercado en forma más completa.

Por último, en la misma presentación de Ricardo se encuentran las raíces de la fundamental crítica de Böhm-Bawerk a la teoría del valor trabajo: si el valor proviene del trabajo, y de él, agregaría Marx, se extrae la plusvalía, en el equilibrio, donde todas las actividades generan una tasa de ganancias similar, ¿no deberían todas tener la misma cantidad de trabajo? Y esto, obviamente, no es así.

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

 

Enron y el mercado.

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 22/10/14 en: http://www.carlosrodriguezbraun.com/articulos/la-razon/enron-y-el-mercado/

Suele hablarse de Enron como de un ejemplo de economía de mercado. Robert Bradley, que trabajó en la compañía, asegura que la verdad es justo la contraria (“Political Enron: its Behavior and Spirit”, Library of Economics and Liberty, 2014, http://goo.gl/nYa6tn). No fue la desregulación lo que animó a Enron, sino al revés. Todo el planteamiento de la empresa giraba en torno al poder: “El enfoque de Enron era político: lanzar un gran programa, montar una ceremonia cortando lazos y todo, y después a recoger los beneficios (votos para los políticos o bonus para los ejecutivos de Enron)”.

Dejando aparte que la intervención en los mercados era una clave del negocio, cosa que inevitablemente sucede en muchas empresas, dado el enorme intervencionismo prevaleciente en todos los países, un aspecto importante de Enron es el espíritu de los altos directivos de la empresa, que no pasaba por respetar la ley sino más bien por lo contrario: se animaban entre sí y animaban a la gente a quebrantar las normas. Así, la podríamos comparar con El lobo de Wall Street, otra historia también asimilada al mercado y al capitalismo, cuando en realidad se basaba en la estafa y el engaño sistemático a los clientes.

Dice Robert Bradley, con razón, que eso no es la “destrucción creativa” de Schumpeter, es decir, el proceso de competencia en el mercado, que premia al eficiente y castiga al ineficiente. Más bien podríamos denominarlo un juego de suma negativa, o “destrucción destructiva”, valga la redundancia.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE.

 

Of Positivism and the History of Economic Thought (by Bruce Caldwell)

Por Nicolás Cachanosky. Publicado el 22/1/13 en http://puntodevistaeconomico.wordpress.com/2013/01/22/of-positivism-and-the-history-of-economic-thought-by-bruce-caldwell/#more-4255

En la última conferencia de la Southern Economic Association (New Orleans), Bruce Caldwell (Center for the History of Political Economy, Duke University) dió la presidencial address cuyo título fue “Of Positivism and the History of Economic Thought.” Cuando Bruce Caldwell escribe sobre estos temas, es material de lectura obligada. En esta ocación Caldwell ofrece un análisis de cómo el lenguaje positivista tuvo como consecuencia no intencionada dejar de lado la historia del pensamiento económico junto a relegar ramas que hoy son centrales en la economía. Al punto tal, nos cuenta Caldwell, que recuerda cursos interdisciplinares donde los no economistas tenían un manejo superior sobre los la historia del pensamiento y textos centrales de la economía que los propios economistas. Sus palabras se encuentran disponibles online como working paper, aquí ofrezco un resumen y algunos pasajes sobre las opiniones de Caldwell sobre este tema.

El lenguaje positivista, dice Caldwell, llevó a que la disciplina se preocupase casi exclusivamente por aquello que era factible de ser medido y presentarse como trabajo empírico. No sólo la historia del pensamiento, sino otras ramas como Teoría de Juegos y Public Choice (quizás también por motivos políticos/ideológicos) no podían hacer pié en el core de la disciplina. Si bien esto fue cambiando para varias ramas de estudio, como el caso de Teoría de Juegos que hoy tiene un rol central, no lo fue para el caso de historia del pensamiento. Si bien es el caso que hoy día la economía comprende trabajos que van desde cuestiones matemático/teóricas de equilibrio general hasta behavioral economics, sí ha persistido la idea de que lo que se ha estudiado y aprendido se encuentra concentrado en los trabajos de los últimos 5 años. Al punto tal que no es raro encontrar trabajos basados en working papers aún sin publicar.

Caldwell también resalta que en esta actitud la economía ha hecho uso de una filosofía de la ciencia débil (el positivismo) para defender una práctica que de hecho no es muy sólida. “In short, in describing and defending their practices economists had been borrowing, often badly, from an increasingly suspect because [of an] unworkable philosophical position.” La filosofía de la ciencia no es un mero juego intelectual, es lo que define qué se va a aceptar como ciencia y qué no, y por lo tanto no sólo como responder preguntas, sino que va a definir qué preguntas son o no científicas. Si se va a tomar la postura de hacer a un lado corrientes o posturas por considerarlas no científicas, más vale tener en claro qué dice la filosofía de la ciencia al respecto.

Caldwell menciona varios beneficios de estudiar historia del pensamiento y que esta currícula se encuentre presente en los programas de economía (ambos, undegraduate y graduate).

Por ejemplo, poder dar un contexto y ver los debates que de hecho dieron origen a las teorías como alternativa y complemento a los modelos/recetas en los manuales de texto. Estos modelos, ¿de dónde salieron? ¿qué problemas intentaban resolver? ¿de dónde salen los supuestos? etc. No menos importante y excitante, leer a los grandes pensadores de la disciplina. No es lo mismo leer pasajes de Smith que leer lo que alguien dice que Smith dijo (quien posiblemente tampoco lo haya leído detenidamente). Aún recuerdo el dolor ocular al leer en el manual de micro de MasColell, Whinston y Greene que el Primer Teorema del Bienestar es una representación formal de la mano invisible de Adam Smith (p. 524).

Por otro lado, los cursos de historia del pensamiento son ideales para que los alumnos desarrollen dos capacidades: (1) escritura y (2) argumentación (en lugar de resolver problemas). No es lo mismo escribir sobre ideas que demostrar capacidades técnicas. A veces veo traslucir algún aire de superioridad cuando escribo un paper sin “técnicas” o modelos… pero este aire viene de las mismas personas que no han tenido que lidiar con la dificultad de escribir y argumentar sobre ideas que no siempre son suscetibles de encuadrar en un modelo y luego resolver siguiendo los pasos matemático/técnicos. El buen economista debe poder manejar los dos ámbitos, el de la técnica y el de las ideas, no sólo uno; historia del pensamiento económico es una buena oportunidad para desarrollar el área de las ideas.

Por otro lado, y esto es más importante de lo que puede parecer a primera vista, en un curso de historia del pensamiento es dónde un alumno se ve de hecho expuesto a puntos de vista alternativos al mainstream. “Where else in the economics curriculum will students actually read, not just Smith, Marshall, Knight, and Keynes, but Marx, Veblen, Schumpeter, Mises, and, dare I say it, Hayek?” Esto no es una mera cuestión de ampliar la lectura, sino de ampliar el punto de vista, incorporar conceptos ajenos al mainstream que permiten identificar procesos, soluciones y problemas que pueden quedar escondidos bajo los anteojos de una u otra corriente.

En lo que respecta a programas de posgrado (doctorados), incluir historia tiene otras ventajas particulares para los que se van a dedicar a la investigación.

“First, ignorance of history is a barrier to the growth and accumulation of knowledge: students who learn economics via working papers, whose only knowledge of the history of the discipline is through occasional anecdotes or potted caricatures in textbooks written by faculty who are usually equally ill-acquainted with the past, are almost doomed to reinvent the wheel” (sobran ejemplos sobre la reinvención de la rueda que cada lector puede pensar por sí mismo).”

“Second, when apparently promising avenues of inquiry disappoint or research leads to dead ends, as so often happens in all sciences, the record of how we got to the impasse can provide a map back to paths not taken.”

“Third, a knowledge of history may lead to the revival of an old idea as modeling techniques improve: for example, the Hayekian notion of the market as a competitive process was difficult to capture with theories that emphasized equilibrium, but with recent advances [Hayek’s] theory it is gaining coming into its own.”

Desde un punto de vista más amplio, un programa de estudio que incluya lectura de otras disciplinas relacionadas (ciencias políticas, historia, filosofía moral, filosofía del derecho, etc.) ayuda a ver presupuestos que uno da por sentado en su disciplina y que quizás darlos por sentado no sea tan sencillo como parece (este punto también se relaciona con el reciente post de Adrián Ravier).

Recomiendo la lectura del paper de Caldwell, que no sólo desarrolla estos temas en mayor detalle de una forma accesible, sino que ofrece anécdotas interesantes (incluyendo el pié de página 18).

Nicolás Cachanosky es Lic. en Economía, (UCA), Master en Economía y Ciencias Políticas, (ESEADE), y Doctorando en Economía, (Suffolk University). Es profesor universitario.