Una esperanza para la Argentina

Por Mario Vargas Llosa. Publicado el 2/11/15 en: http://www.lanacion.com.ar/1841789-una-esperanza-para-la-argentina

 

Los resultados de las elecciones del domingo 25 en la Argentina desmintieron todos los sondeos de opinión según los cuales el candidato Daniel Scioli, apoyado por la jefa de Estado, Cristina Kirchner, ganaría en primera vuelta. Y han abierto la posibilidad de que el país que fue algo así como el faro de América latina salga de la decadencia económica y política en que está hundido desde hace más de medio siglo, y recupere el dinamismo y la creatividad que hicieron de él, en el pasado, un país del primer mundo.

La condición es que en la segunda vuelta electoral, el 22 de noviembre, gane Mauricio Macri y el electorado confirme el rechazo frontal que ha recibido en la primera el kirchnerismo, una de las más demagógicas y corruptas ramas de esa entelequia indescifrable llamada peronismo, un sistema de poder parecido al antiguo PRI mexicano, en el que caben todas las variantes del espectro ideológico, de la extrema derecha a la extrema izquierda, pasando por todos los matices intermedios.

La novedad que encarna Macri no son tanto las ideas modernas y realistas de su programa, su clara vocación democrática, ni el sólido equipo de plan de gobierno que ha reunido, sino que el electorado argentino tiene ahora la oportunidad de votar por una efectiva alternativa al peronismo, el sistema que ha conducido al empobrecimiento y al populismo más caótico y retardatario al país más culto y con mayores recursos de América latina.

No será fácil, desde luego, pero (por primera vez en muchas décadas) sí es posible. La victoria de María Eugenia Vidal, de inequívocas credenciales liberales, en las elecciones para la gobernación de Buenos Aires, tradicional ciudadela peronista, es un indicio claro del desencanto de un vasto sector popular con una política que, detrás de la apariencia de medidas de “justicia social”, antiamericanismo y prochavismo, ha disparado la inflación, reducido drásticamente las inversiones extranjeras, lastimado la credibilidad financiera del país en todos los mercados mundiales y puesto a la Argentina a orillas de la recesión.

El sistema que encarna la señora Kirchner se va a defender con uñas y dientes, como es natural, y ya es un indicio de lo que podría suceder el que, en la primera vuelta, el Gobierno permaneciera mudo, sin dar los resultados, más de seis horas después de conocer el escrutinio, luego de haber prometido que lo haría público de inmediato. La posibilidad del fraude está siempre allí y la única manera de conjurarlo es, para la alianza de partidos que apoya a Macri, garantizar la presencia de interventores en todas las mesas electorales que defiendan el voto genuino y -si la hubiera- denuncien su manipulación.

Dos hechos notables de las elecciones del 25 de octubre son los siguientes: Macri aumentó su caudal electoral en cerca de 1.700.000 votos y el número de electores se incrementó de manera espectacular: del 72% de los inscriptos en la pasada elección a algo más del 80% en ésta. La conclusión es evidente: un sector importante del electorado, hasta ahora indiferente o resignado ante el statu quo, esta vez, renunciando al conformismo, se movilizó y fue a votar convencido de que su voto podía cambiar las cosas. Y, en efecto, así ha sido. Y lo ha hecho discretamente, sin publicitarlo de antemano, por prudencia o temor ante las posibles represalias del régimen.

De ahí la pavorosa metida de pata de las encuestas que anunciaban un triunfo categórico de Scioli, el candidato oficialista, en la primera vuelta. Pero el 22 de noviembre no ocurrirá lo mismo: el poder kirchnerista sabe los riesgos que corre con un triunfo de la oposición y moverá todos los resortes a su alcance, que son muchos -la intimidación, el soborno, las falsas promesas, el fraude- para evitar una derrota. Hay que esperar que el sector más sano y democrático de los peronistas disidentes, que han contribuido de manera decisiva a castigar al kirchnerismo, no se deje encandilar con los llamados a la unidad partidista (que no existe hace mucho tiempo) y no desperdicie esta oportunidad de enmendar un rumbo político que ha regresado a la Argentina a un subdesarrollo tercermundista que no se merece.

No se lo merece por la variedad y cantidad de recursos de su suelo, uno de los más privilegiados del mundo, y por el alto nivel de integración de su sociedad y lo elevado de su cultura. Cuando yo era niño, mis amigos del barrio de Miraflores, en Lima, soñaban con ir a formarse como profesionales no en Estados Unidos ni Europa, sino en la Argentina. Esta tenía entonces todavía un sistema de educación ejemplar, que había erradicado el analfabetismo -uno de los primeros países en lograrlo- y que el mundo entero tenía como modelo. La buena literatura y las películas más populares en mi infancia boliviana y adolescencia peruana venían de editoriales y productores argentinos y las compañías de teatro porteñas recorrían todo el continente poniéndonos al día con las obras de Camus, Sartre, Tennessee Williams, Arthur Miller, Valle Inclán, etcétera.

Es verdad que ni siquiera los países más cultos están inmunizados contra las ideologías populistas y totalitarias, como demuestran los casos de Alemania e Italia. Pero el fenómeno del peronismo es, al menos para mí, más misterioso todavía que el del pueblo alemán abrazando el nazismo y el italiano el fascismo. No hay duda alguna de que la antigua democracia argentina -la de la república oligárquica- era defectuosa, elitista, y que se precisaban reformas que extendieran las oportunidades y el acceso a la riqueza a los sectores obreros y campesinos. Pero el peronismo no llevó a cabo esas reformas, porque su política estatista e intervencionista paralizó el dinamismo de su vida económica e introdujo los privilegios y sinecuras partidistas a la vez que el gigantismo estatal. El empobrecimiento sistemático del país multiplicó la desigualdad y las fracturas sociales. Lo sorprendente es la fidelidad de una enorme masa de argentinos con un sistema que, a todas luces, sólo favorecía a una nomenclatura política y a sus aliados del sector económico, una pequeña oligarquía rentista y privilegiada. Los golpes y las dictaduras militares contribuyeron, sin duda, a mantener viva la ilusión peronista.

Recuerdo mi sorpresa la primera vez que fui a la Argentina, a mediados de los años sesenta, y descubrí que en Buenos Aires había más teatros que en París, donde vivía. Desde entonces he seguido siempre, con tanta fascinación como pasmo, los avatares de un país que parecía empeñado en desoír todas las voces sensatas que querían reformarlo y que, en su vida política, no cesaba de perseverar en el error. Tal vez por eso he celebrado el domingo 25 los resultados de esa primera vuelta con entusiasmo juvenil. Y, cruzando los dedos, hago votos porque el 22 de noviembre una mayoría inequívoca de electores argentinos muestre la misma lucidez y valentía llevando al poder a quien representa el verdadero cambio en libertad.

 

Mario Vargas Llosa es Premio Nobel de Literatura y Doctor Honoris Causa de ESEADE.

RECORRIDO INTELECTUAL DE VARGAS LLOSA

Por Alberto Benegas Lynch (h)

Uno de mis proyectos aun no ejecutados consiste en invitar a varios de mis amigos, con algunos de los cuales he hablado en borrador, ex-marxistas y ahora formidables liberales para que escriban sobre sus respectivos tránsitos intelectuales y recopilar esos documentos en un libro (y no digo tránsitos ideológicos, porque esta palabreja en su acepción más difundida implica algo cerrado, terminado e inexpugnable, lo cual es la antítesis del liberalismo y de todo conocimiento que es por definición provisorio y abierto a refutaciones tal como nos enseña la visión popperiana).

Esta idea es naturalmente en interés personal al efecto de percatarme de cuales han sido los autores, las obras y las ideas que los atrajeron cuando eran socialistas, cuales fueron las que los incitaron al cambio y finalmente cuales las que primeramente los atrajeron del lado liberal.

Esto es lo que en cierto sentido ha hecho muy resumidamente Mario Vargas Llosa en su reciente presentación Mi trayectoria intelectual, una conferencia suya titulada “Mi trayectoria intelectual: del marxismo al liberalismo” pronunciada en el Institut économique de Montreal un año antes de la publicación a que hacemos referencia, también en francés y en inglés en la misma edición.

En esa conferencia Vargas Llosa alude a su recorrido intelectual que puede a su vez apretarse para esta nota periodística en nueve etapas. Primero, su alarma ante las dictaduras latinoamericanas y las consiguientes explotaciones especialmente a los más pobres, lo cual lo derivó a libros como el de Jan Valtin (La noche quedó atrás), en ese momento un autor comunista aunque luego se apartó de esa concepción. Segundo, sus estudios en la Universidad de San Marcos de su Perú natal donde comenzó a leer a Lenin, a Marx, a George Polizer y más adelante a Sartre.

Tercero, se produjeron disidencias con sus colegas comunistas debido a crecientes desconfianzas a las actitudes dogmáticas y sectarias, como resultado principal de sus lecturas de Camus y de André Gide. Cuarto, se produce la revolución cubana contra Batista que lo llenó de entusiasmo. Quinto, comienzan sus primeras desilusiones con Castro a raíz del descubrimiento de que las llamadas Unidades Miliares de Ayuda a la Producción eran campos de concentración para encerrar y torturar a disidentes. Sexto, su viaje a la Unión Soviética lo convenció de la crueldad del sistema, de la miseria en que vivían sus habitantes y la censura que sufrió  el propio escritor cuando el régimen soviético eliminó  cuarenta páginas de una de sus novelas en ruso.

Séptimo, debido a estas y otras experiencias similares dejó de ser comunista y se dio cuenta que “había estado desperdiciando mi tiempo, había desperdiciado años leyendo muchísimo acerca del marxismo. Me sentí muy solo y desnudo”. Octavo, comenzó el estudio y la lectura de autores como Aron y Revel. Noveno, sobrevino el célebre caso Padilla en Cuba lo cual indignó a Vargas Llosa y a otros renombrados pensadores por lo que adhirió a varios manifiestos públicos contra el régimen comunista de la isla. Y noveno, ahondó en los trabajos de Berlin, Popper y otros cientistas sociales que lo encaminaron cada vez con mayor profundidad en las sumamente amplias y ricas avenidas liberales.

Como es de público conocimiento, Vargas Llosa ha publicado en abultada escala no solo en el género de la ficción sino escritos de gran calado en defensa de los ejes centrales de la sociedad abierta. En este último sentido, personalmente estimo que uno de sus mayores logros se refieren a su fundamentada y reiterada crítica a los nacionalismos. Por ejemplo, en su artículo “El elefante y la cultura” nos dice que “Resumamos brevemente en que consiste el nacionalismo en el ámbito de la cultura. Básicamente, en considerar lo propio un valor absoluto e incuestionable y lo extranjero un desvalor, algo que amenaza, socava, empobrece o degenera la personalidad […] Hay que combatir resueltamente estas tesis a las que, la ignorancia de un lado y la demagogia de otro, han dado carta de ciudadanía, pues ellas son un tropiezo mayor para el desarrollo cultural”.

Los que participamos de la filosofía de la libertad estamos sumamente agradecidos por las múltiples faenas de Mario Vargas Llosa al explicar las ventajas de esa tradición en muy diversas tribunas y desde diversas perspectivas, especialmente al contemplar la situación de los relativamente más pobres que son usados por los autoritarios para incrementar su poder cuando no enriquecerse con dineros malhabidos, lo cual hacen en alianza con empresarios prebendarios que le escapan al mercado abierto y a la competencia.

Es de especial significación su permanente esfuerzo por el fortalecimiento de la democracia tan vilipendiada y desfigurada en no pocos lugares, donde la idea de los Giovanni Sartori de nuestra época ha sido sustituida y contrabandeada por una desfachatada cleptocracia, es decir, el gobierno de los ladrones de libertades, de propiedades y se sueños legítimos de vida. Hayek, Leoni y otros has sugerido medidas adicionales para ponerle bridas al Leviatán que deben ser consideradas junto a otras de tenor equivalente si es que no queremos sucumbir frente a votos mayoritarios que asaltan al Poder Judicial y a todos los organismos de contralor, incluyendo tribunales electorales en una farsa macabra e inaceptable que arrasa con las autonomías individuales.

En otro de sus artículos (“Muerte y resurrección de Hayek”), Vargas Llosa escribe que en el terreno liberal “ninguno fue tan lejos como Friedrich von Hayek” que insistió “que la planificación centralizada de la economía mina de manera inevitable los cimientos de la democracia y hace del fascismo y del comunismo dos expresiones de un mismo fenómeno, el totalitarismo, cuyos virus contaminan a todo régimen, aun de apariencia más libre que pretenda ´controlar´ el funcionamiento del mercado […] Como von Mises, como Popper, Hayek no puede ser encasillado dentro de una especialidad, en su caso la economía, porque sus ideas son tan renovadoras en el campo económico como en los de la filosofía, el derecho, la sociología, la política, la historia y la ética. En todos ellos hizo gala de una originalidad y un radicalismo que no tienen parangón dentro de los pensadores modernos”.

Cabe en este contexto agregar que Hayek escribió en “El dilema de la especialización” que “nadie puede ser un buen economista si sólo es economista y estoy tentado a decir que el economista que es sólo economista tenderá a convertirse en un estorbo, cuando no en un peligro manifiesto”. Es decir, se torna indispensable para el economista el incorporar temas epistemológicos, filosóficos en general, históricos, éticos y jurídicos para esta disciplina que muy bien ha estipulado von Mises en el contenido y en el título de su magnum opus: La acción humana. Tratado de economía.

Efectivamente, la acción humana para ilustrar el campo de esa ciencia que hasta ese entonces era interpretada como circunscripta al terreno de lo material y sin conexión con otras áreas científicas, una línea que a contracorriente fue iniciada por Adam Smith con su Teoría de los sentimientos morales en 1759 como base para su posterior La riqueza de las naciones, pero desafortunadamente en gran medida abandonada hasta la irrupción de la decimonónica Escuela Austríaca.

En un plano diferente y privativo de cada uno (Vargas Llosa ha dicho cuando se postulaba a la presidencia de Perú que “la religión como el amor son temas reservados a la intimidad de cada cual”), este autor ha inventado para si una nueva categoría referida al ámbito de la religiosidad -claro, no de iglesias oficiales- que es la del “agnóstico relativo” admitiendo la posibilidad de algo más allá de la vida terrena. Mi conjetura es que de modo especial han influido sobre él, George Steiner a través de Real Presence. Recuerdo que escribió sobre esta obra en la época que lo conocí personalmente a Vargas Llosa con motivo de un seminario en el Instituto de Cultura Económica de la Universidad de Boston en 1990 (oportunidad en la que lo invité a pronunciar un par de conferencias en ESEADE, las que, dicho sea al pasar, fueron muy exitosas) y la otra influencia que en esta materia estimo de peso sobre él ha sido el libro de Emanuel Swedenborg titulado El cielo y sus maravillas y el infierno publicado originalmente en latín en 1758.

Es una obviedad sostener que entre los liberales hay diferencias,  lo cual ocurre también con uno mismo muchas veces cuando leemos lo publicado y percibimos que podríamos haber mejorado la marca, puesto que como ha dicho Borges citando a Alfonso Reyes dado que no hay tal cosa como un texto perfecto “si no publicamos, nos pasamos la vida corrigiendo borradores”. No hay popes en este espacio tan fértil que apunta al respeto recíproco, todo está abierto en medio de un proceso siempre evolutivo. En todo caso, esto también va para Vargas Llosa con algunas pocas de sus reflexiones y posturas que no compartimos, temas sobre los que intercambiamos ideas en su momento, en el seminario de las II Jornadas Liberales Iberoamericanas, en Benidorm, en 1994.

Finalmente, una nota autorreferencial y si se quiere de vanidad aunque no me la crea, transcribo la generosa dedicatoria que me escribió Mario en el referido libro sobre su recorrido intelectual, la última vez que estuve con él, en marzo de este 2015, en Lima: “Para Alberto Benegas Lynch, maestro de maestros, con todo el afecto de su amigo y lector”.

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer rector de ESEADE.

Stephen Hicks: El populismo triunfa donde falla la educación:

Por Belén Marty: Publicado el 5/12/14 en: http://es.panampost.com/belen-marty/2014/12/05/stephen-hicks-el-populismo-triunfa-donde-falla-la-educacion/

 

El filósofo canadoestadounidense Stephen Hicks visitó el centro de Buenos Aires el jueves 5 de noviembre para participar del lanzamiento de su libro recientemente traducido al castellano, Explicando el posmodernismo.

En el transcurso de una hora y media, el profesor de la Universidad de Rockford presentó un panorama general de las diversas cuestiones planteadas en el libro, y estableció las diferencias entre la filosofía continental y la angloamericana.

Para Hicks, estas escuelas de pensamiento están en constante conflicto. Por un lado, se encuentran los ídolos del sistema educativo de América Latina: Rousseau, Marx, Hegel, Heidegger, Foucault, Sartre, Kant, Nietzsche y Derrida. Por el otro, tenemos a Bacon, Locke, Newton, Smith, Hume y Stuart Mill.

Hicks insiste en la importancia de la educación para luchar contra regímenes populistas disfuncionales.

Al final de su discurso, no era difícil entender por qué, por ejemplo, los estadounidenses tienen como modelos a seguir a individuos como Steve Jobs, mientras que en Argentina son más como el Che Guevara.

Hicks ofreció sus perspectivas al PanAm Post, y habló sobre las relaciones entre filosofía y temas como la corrupción, la política y la educación.

Stephen Hicks explaining the main differences between the Anglo-American and the Continental  philosophy. (PanAm Post)

¿Quién es más responsable por el fracaso o el éxito de un país: los empresarios, los políticos o los intelectuales?

Los políticos son en gran parte culpables, así también como los hombres de negocios que son amigos y coquetean inapropiadamente con los políticos. Pero la culpa más importante, sin duda, va para los intelectuales. Los intelectuales son los que capacitan a los maestros cuando estos van a la universidad. Los maestros luego se hacen cargo de los jóvenes y entonces forman la cultura de la gente para pensar de una manera determinada.

Ciertamente, los intelectuales que trabajan como profesores universitarios son los que forman a los futuros abogados, periodistas, y personas de todas las profesiones. Por lo tanto, la responsabilidad intelectual es principalmente de los profesores.

Usted mencionó la corrupción durante su discurso, sobre todo en América Latina. ¿Cómo puede la filosofía luchar contra la corrupción?

La corrupción es principalmente una cuestión de ética, y las personas aprenden diferentes tipos de sistemas éticos. Algunas personas llegan a creer, moralmente hablando, que este ya es un mundo corrupto, del que no son responsables. Que se salve quien pueda, y creen que si no practican la corrupción, entonces otras personas lo harán y ellos van a ser las víctimas. Por lo tanto, llegan a creer que la corrupción está bien.

Sin embargo, creo que la mayoría de las personas que están envueltas en actos de corrupción saben que es posible hacer las cosas en la política, o en los negocios, o en cualquier otro aspecto de la vida, sin que haya corrupción.

Ellos saben que su sistema corrupto está mal, pero aún así decidieron participar en este como un atajo y eso es una irresponsabilidad.

Los defensores del libre mercado y los derechos individuales generalmente se basan en argumentos utilitarios. ¿Es este el camino correcto para convencer a la gente sobre las ideas de libertad?

Yo creo que es absolutamente importante que la libertad conduce a buenos resultados. Una de las razones por las cuales una sociedad libre es buena es que mejora la vida de la gente. Las personas están más satisfechas, porque escogen sus propias carreras, eligen su propia familia, su propia arte; la gente se vuelve más próspera. Por lo tanto, las consecuencias son muy importantes.

Pero lo importante aquí es que la libertad es una cuestión de principios. Los seres humanos necesitan tomar sus propias decisiones en la vida. Eso es lo que significa ser humano. Así que, incluso si las decisiones que las personas toman son equivocadas, y conducen en algunos casos a malas consecuencias, hay que respetar su libertad como una cuestión de principios.

Algunos dicen que el posmodernismo está pasando de moda, y que no tiene el mismo atractivo que ha tenido en décadas anteriores. ¿Estamos saliendo de la fase de la posmodernidad?

Realmente me encantaría pensar que sí. Yo crecí en una era con un clima intelectual posmodernista y este ha sido el dominante para la última generación.

Probablemente lo más acertado sería decir que se ha abierto el debate contra el posmodernismo. Las cosas se mueven más lentamente en el mundo posmoderno.

Los pensadores posmodernos comenzaron a dominar en los años 70 y 80, y al llegar a finales de la década de los años 90, se comenzaron a ver algunas personas articuladas e inteligentes argumentando en contra del posmodernismo en la literatura, en el derecho, en la historia, y así sucesivamente. Me uní también a ese debate a finales de los 90.

En este momento, es apropiado decir que en el mundo académico todavía hay una gran cantidad de posmodernismo, pero también hay una gran cantidad de personas que se resisten y están tratando desarrollar alternativas. Nadie puede decir aún cuál de ellas va a prevalecer.

Lo que me hace un poco optimista, sin embargo, es que en el mundo intelectual a las personas les gustan los nuevos argumentos y nuevos enfoques. El posmodernismo ha estado rondando por alrededor de una generación, así que estoy empezando a sentir que se volvió un poco añejo.

Pero a menos que los argumentos de los posmodernistas se contesten a un nivel muy fundamental, estos podrían alejarse por un tiempo y luego volver a aparecer en la próxima generación en una forma ligeramente diferente.

Dado el éxito de los regímenes populistas en América Latina, ¿diría usted que la gente se deja llevar por la pasión?

Creo que la gente puede y debe ser movida por pasiones. Somos seres humanos, racionales [y] apasionados. Pero lo importante, como un proyecto filosófico personal para todos nosotros, es reflexionar sobre lo que es importante y lo que significan nuestras vidas y luego comprometerse apasionadamente a la consecución de nuestros objetivos. Y también, disfrutar con pasión todas las cosas que hacemos.

El problema, por supuesto, ocurre cuando se trata de hacer una cosa sin la otra.

El éxito del populismo solo funciona cuando se tiene un sistema educativo disfuncional. Si usted tiene un sistema en el que las personas no están educadas y no se les enseña a pensar por sí mismas entonces recurren a otras formas de liderazgo, a las que siguen ciegamente.

Esos líderes son, en muchos casos, muy hábiles en saber qué botones presionar para despertar pasiones en la gente y lograr que hagan lo que ellos quieran.

El problema del populismo disfuncional es un problema de educación. Obviamente, lo que queremos en una sociedad democrática, libre y abierta es que la población esté mejor informada y sea apasionada por la política, pero claro, en una dirección liberal.

 

Belén Marty es Lic. en Comunicación por la Universidad Austral. Actualmente cursa el Master en Economía y Ciencias Políticas en ESEADE. Conduce el programa radial “Los Violinistas del Titanic”, por Radio Palermo, 94,7 FM.