El caso ChiChi: las tensiones entre instituciones y mentalidad económica.

Por Carlos Newland: 

Puede suponerse que si la mayor parte de la población de un país valora los atributos de una economía de mercado votará por  opciones políticas conducentes a marcos institucionales proclives a generar competencia, desarrollar la iniciativa privada y limitar a la acción gubernamental. La elaboración de un índice mundial de pensamiento pro mercado (FMMI) por parte de quien escribe estas líneas junto con Pal Czegledi, ha permitido ranquear a las naciones según el grado de apoyo popular al capitalismo. Gracias a esta métrica se ha podido constatar que  una alta valoración del sistema de mercado ha generado usualmente instituciones económicas eficientes (según, por ejemplo, el Índice Fraser de Libertad Económica), como es el caso de la Anglósfera (USA, Australia, Nueva Zelanda, Canadá), las naciones de Europa del Norte, y aquellas de la Sinósfera (como Japón, Vietnam o Taiwán). Por otra parte, los países donde domina una mentalidad más afín al socialismo o a la intervención gubernamental han generado instituciones adversas a la eficiencia económica, y con ello han afectado su desarrollo, como es el caso de Argentina, Ucrania o Egipto.  Puede entonces postularse que existe una relación directa entre mentalidad, instituciones y desarrollo económico. Pero este no siempre es el caso: pueden existir situaciones en que la mentalidad popular no ha podido expresarse libremente: en esos casos una minoría ha podido imponer sus instituciones de preferencia por la fuerza y sin consentimiento popular. Tal parece ser el caso de lo que denominamos Chichi, China y Chile. En ambas naciones parece existir un contraste entre la mentalidad popular y las instituciones o marco dentro de la cual sus agentes económicos operan.

China sería el caso de una población que presenta un positivo y moderado apoyo al sistema de mercado medido por el FMMI, o un muy alto apoyo según encuestas del Pew Research Center. Pero esta nación ha sufrido en la segunda mitad del siglo XX la imposición de un muy duro y rígido sistema comunista. Los miembros del partido y su líder Mao lograron forzar una economía planificada y centralizada con resultados negativos de desempeño productivo. Esta situación comenzó a variar hacia 1978 cuando los integrantes de la jerarquía comunista fueron abandonando muchos postulados de su ideario, cambiando paulatinamente sus instituciones. Así, liberaron más y más su economía, permitiendo el funcionamiento de incentivos a la producción y a la eficiencia. Gracias a ello su crecimiento ha sido espectacular, transformándose hoy en día en una potencia mundial similar a los Estados Unidos. Se ha mencionado que un detonante del cambio en China fue la iniciativa de altísimo riesgo que tomaron algunos agricultores en 1979, de subdividir a los efectos prácticos la tierra comunal. Tan fue el éxito del experimento ilegal que las autoridades lo terminaron aceptando y promoviendo. En última instancia los gobernantes han ido aceptando la mentalidad de la población. Es altamente probable que, si China se transformara de una dictadura a una democracia, los partidos políticos proclives a la economía de mercado serían los dominantes y no lo contrario.

Chile parece ser el caso opuesto a China. Allí el apoyo al sistema de mercado es bajísimo según la medición del FMMI, donde presenta valores similares a los de Argentina. Ello no nos puede sorprender mucho ya que en 1970 la población eligió como presidente al marxista Salvador Allende, quien intentó aplicar un modelo socialista, lo que incluía nacionalizaciones, control público de la banca y la reforma agraria. El marco institucional en Chile no cambiaría por un cambio en la ideología de los votantes sino por imposición de un gobierno militar. En 1973 el gobierno golpista del General Augusto Pinochet encomendó a un grupo de economistas pro mercado, denominados allí “Chicago Boys”, el diseño e implementación de una política económica que incluyo desregulación, privatizaciones y el logro de la estabilidad monetaria. Inclusive Milton Friedman visitó al país en 1975 dando apoyo a las reformas que se estaban implementando. Con el tiempo esta política resultó muy exitosa y Chile ingresó a un notable sendero de crecimiento y reducción del nivel de pobreza, superando recientemente al ingreso per cápita (y la esperanza de vida, junto con una menor mortalidad infantil) de su tradicionalmente más próspero vecino Argentina. Pero el nuevo estadio de desarrollo obtenido no parece haber afectado estructuralmente la ideología económica de sus habitantes. La mentalidad popular que fue el sustrato de la elección como presidente de Allende sigue en gran medida vigente: el FMMI del país es bajo, muy similar al presentado por la población de Argentina. Es de destacar que los diversos gobiernos de centro izquierda que ganaron las elecciones a partir de la vuelta a la democracia en 1990 (hasta 2010, y de nuevo en 2014) no se atrevieron a desmantelar (aunque si atemperaron) el marco institucional recibido. Sin embargo, el país claramente estaba en una situación de un equilibrio político inestable. Si hubiera aparecido en ese país -uno de los pocos donde todavía se encuentra muy activo el Partido Comunista- un personaje carismático populista de izquierda, Chile podría haber seguido el camino de Argentina o Venezuela. El reciente estallido social no es más que una manifestación popular de una ideología reprimida que ha encontrado en las calles un modo de expresarse.

 

Carlos Newland es Dr. Litt. en Historia. Profesor y Ex Rector de ESEADE.

 

La mentalidad anticapitalista chilena

Por Carlos Newland: 

 

Hace algunos años con el economista húngaro Pal Czegledi elaboramos un índice mundial de mentalidad económica pro mercado. Las conclusiones de ese trabajo parecen particularmente relevantes a la luz de los recientes episodios de violencia y caos en Chile y el cuestionamiento, en ciertos ámbitos, al “modelo chileno”.  El índice y los trabajos mostraban que en el mundo los países no poseen una cultura económica popular homogénea. Las naciones con poblaciones cuya ideología es más afín a la economía de mercado son las pertenecientes a lo que se ha denominado “Anglósfera” (EEUU, Canadá, Australia y Nueva Zelanda). Allí el reconocimiento de las ventajas de la iniciativa privada y de la competencia y las desventajas de una excesiva regulación e intervención estatal forman parte de la cultura. No es sorprendente que estas naciones tengan las instituciones más libres, lo que en gran parte explica su elevado nivel de ingreso per capita. El segundo conglomerado más pro capitalista es el correspondiente a los países de Europa del Norte, seguidos en el ranking por las naciones de la Sinósfera” (Japón, Taiwan, China, etc).

 

La publicación índice ha dado lugar a un debate respecto al lugar que ocupan algunos países (abajo se incluye el ranking). No sorprende encontrar casi al final del listado a la Argentina. Al fin y al cabo, el segundo himno nacional, la marcha peronista (que incluso ha sido entonada recientemente en reuniones macristas) contiene en sus estrofas un llamado “a combatir al capital”. Cerca de la posición argentina se encuentra Rusia y Ucrania, países que han sufrido décadas de adoctrinamiento comunista, lo que parece haber condicionado su apreciación por las ventajas de una economía libre. Pero lo que más nos sorprendió fue que la mentalidad anti-mercado chilena (digamos hacia 2010) era prácticamente idéntica a la argentina. Cuando presentamos nuestro índice en Santiago, e incluso en Buenos Aires, cuestionaron nuestros resultados argumentando que no podía ser que en Chile, luego de décadas de reformas pro-mercado incuestionablemente exitosas, no se hubiera desarrollado una mentalidad más favorable a la competencia y los mercados.

 

Nuestra respuesta sobre la falta de identificación popular chilena con instituciones económicas asociadas al sistema de mercado tenía que ver con la forma en que se habían implementado. La liberalización (para nosotros exitosa) de su sistema económico no tenía que ver con ninguna plataforma política de un partido elegido democráticamente, sino que fue impuesta por un gobierno militar en contra de la ideología popular predominante. Al fin y al cabo muy poco tiempo antes una alta proporción del electorado había confirmado como Presidente al marxista Salvador Allende. Pero, se nos decía, los gobiernos democráticos posteriores no anularon las reformas inicialmente impuestas por la fuerza. Esto lo aceptábamos ya que estimábamos que el sistema había tenido a mediano plazo un éxito indudable reconocido por la mayor parte de los dirigentes. Pero, decíamos, se había creado un equilibrio inestable ya que la mentalidad anticapitalista seguía vigente y bastaba que algún líder carismático radical accediera al poder para anular los éxitos obtenidos. Finalmente se nos dijo que en la última elección había sido el candidato pro mercado quien había accedido a la presidencia, por el voto popular.

Debo reconocer que este hecho nos desconcertó. Lo único que atinamos a observar es que Piñeira había sido elegido por una atomización del voto de izquierda y ante la ausencia de un candidato opositor medianamente carismático.  Creemos que esta tensión entre la ideología popular y la política económica en Chile es uno de los factores que explica el estallido social de la última semana.

¿Debemos ser entonces totalmente pesimistas sobre el futuro de Chile? Seguramente una buena cantidad de las medidas adoptadas (que consideramos positivas) terminaran siendo revertidas, como la educación superior arancelada. Pero otras, ante su efecto benéfico obvio, seguramente se mantendrán, como la integración al comercio  internacional  y la estabilidad de su moneda. Al fin y al cabo, muchos de sus países vecinos del Pacífico han adoptado políticas económicas pro mercado a través del voto.

 

Índice Mundial de pensamiento pro capitalista (ranking, país, índice). De mayor a menor apoyo a la economía de mercado (solo se incluyen los países con mayor y menor valores).

 

1 Estados Unidos 0.697
2 Nueva Zelanda 0.686
3 Suiza 0.671
4 Taiwan 0.646
5 Canada 0.621
6 Noruega 0.615
7 Suecia 0.611
8 Gran Bretaña 0.600
9 Australia 0.596
10 Hong Kong 0.575
66 Jordania 0.364
67 Poland 0.359
68 India 0.359
69 Turquia 0.346
70 Algeria 0.343
71 Zambia 0.339
72 Argentina 0.323
73 Chile 0.316
74 Hungria 0.301
75 Kazakhstan 0.283
76 Ucrania 0.283
77 Rusia 0.241

 

 

Carlos Newland es Dr. Litt. en Historia. Profesor y Ex Rector de ESEADE.

La tiranía de la igualdad. Por qué el igualitarismo es inmoral y socava el progreso de nuestra sociedad

Libro de Axel Kaiser, comentado por Carlos Rodriguez Braun.

Por Carlos Rodriguez Braun: Publicado el 24/4/17 en: http://www.elcultural.com/revista/letras/La-tirania-de-la-igualdad-Por-que-el-igualitarismo-es-inmoral-y-socava-el-progreso-de-nuestra-sociedad/39339

 

La igualdad no es una consigna originalmente socialista sino liberal, y el liberalismo la ha propugnado desde hace siglos. La moderna igualdad socialista, sin embargo, distorsiona la igualdad compatible con la libertad y la justicia, la igualdad ante la ley, y la transforma en una igualdad distinta, que requiere la violación de ambas: la igualdad mediante la ley. La justicia tiene una espada, porque debe ser firme, y una balanza, porque debe ser equilibrada. Pero también lleva una venda delante de los ojos. Los antiliberales le arrebatan este último atributo, y por ello la desnaturalizan.

La estratagema es denunciada en este libro del pensador chileno Axel Kaiser (Santiago, 1981), que constata lo que la gente hace realmente, a saber, luchar por mejorar, y no por ser iguales. Frente a los anhelos de las mujeres y los hombres, este volumen marca las falacias de los razonamientos igualitaristas y sus deficiencias económicas, sociales, políticas y morales. No establece juicios de intenciones, sino más bien al contrario: “No cabe duda de que la mayor parte de la izquierda socialista no busca un régimen totalitario”.

Pero la confianza en el uso arbitrario del poder político y legislativo para imponer una supuesta voluntad colectiva igualitaria sobre el conjunto de la sociedad vulnera derechos y libertades de los ciudadanos. Lo ilustra este trabajo con referencias no sólo a las realidades despóticas del comunismo o el nacional-socialismo sino también a proyectos colectivistas, como el de Salvador Allende en Chile, al que retrata severamente.

Señala la trampa que tienden reiteradamente los antiliberales para convencer a los incautos de sus benévolas intenciones, y que nos invita a someternos porque, total, los héroes del pueblo sólo van contra una minoría, contra los ricos, o los judíos, o las élites, los capitalistas, las empresas multinacionales, etc. Toda la historia prueba que en verdad van siempre contra las mayorías, y siempre lo hacen atacando las instituciones de la libertad, empezando por la propiedad privada y los contratos voluntarios.

“Lo que al igualitarista le importa en primer lugar no es que todos tengan mejor salud o educación, sino que todos tengan la misma. Por eso deben eliminar el mercado, pues si lo toleran -aun habiendo una mejora para todos, como muestra por lo demás la evidencia- no se cumple el estándar igualitario que buscan. Se trata así de pura ideología, de la visión del mundo que según ellos es justa y que debe imponerse al resto”.

Tras despejar en el primer capítulo los mitos sobre el infierno liberal y el paraíso socialista, en el capítulo II aborda “La idea de derechos sociales como fundamento del colectivismo”. Refuta las principales ficciones del pensamiento único, como la vieja mentira conforme a la cual no somos libres si somos pobres, con lo cual nos conviene que el poder nos sojuzgue. Al revés de lo que se nos dice, Axel Kaiser demuestra que los llamados derechos sociales se fundan en el quebrantamiento de los derechos individuales, y en la amenaza a la misma democracia.

Por fin, el volumen se cierra con el capítulo III, que ataca el dogma de “El Estado como motor de la prosperidad económica”, y denuncia los costes de todo tipo que comporta la invasión estatal de las vidas y haciendas privadas. Desmonta los argumentos y las estadísticas utilizadas sobre la desigualdad, como el índice Gini, y afirma que “mientras más libre es la economía, más social es”, y al revés: no hay nada más antisocial que el Estado de bienestar.

Crítico con la izquierda, el libro ataca con el mismo vigor a la derecha, porque “no constituye una defensa del status quo sino una radiografía de las implicaciones, errores y falacias de la ideología igualitarista”. Y así, mientras subraya la inmoralidad de fascistas y socialistas, censura a la derecha estatista, tan amiga del poder y tan enemiga de la libertad como la izquierda.

 

Carlos Rodríguez Braun es Catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Consultivo de ESEADE

Cambia la vista desde la cordillera

Por Martín Krause. Publicada el 22/10/16 en: http://diario.latercera.com/2016/10/22/01/contenido/opinion/11-225514-9-cambia-la-vista-desde-la-cordillera.shtml

 

ALGO RARO  está sucediendo en la cordillera. Antes, quienes están a Occidente miraban con preocupación a sus vecinos de Oriente, ahora la preocupación comienza a ir en sentido contrario. Desde el Aconcagua, se ve con más optimismo lo que ocurre en Argentina que lo que está pasando en Chile.

En estos días, el diario La Nación (del cual me honra también ser columnista), tal vez el más importante de Argentina, publicó un editorial reflejando esta preocupación con el título “Chile, una tardía regresión populista” (14/10/16). Allí describe la calamitosa situación chilena al final del mandato de Salvador Allende y las notables reformas que llevaron a Chile al primer puesto en la región en términos de PIB per cápita o en la calidad de sus instituciones. También comenta el notable consenso que estas reformas alcanzaron, ya que fueron continuadas, y en algunos casos profundizadas, por sucesivos gobiernos tanto de centroizquierda como de centroderecha.

Parecía entonces que los chilenos habían aprendido algunas lecciones. Tenían, además, tan solo que mirar al otro lado de la cordillera para observar allí las consecuencias del populismo.

Pero parece que no; que, pese a todo eso, no se aprende. ¿Será necesario repetir el ciclo?  El problema es que estos aprendizajes son muy costosos. Tomemos el caso de Argentina. Está claro que se ha aprendido a fuego y sangre una lección: no habrá más golpes militares ni violaciones de los derechos humanos. Sin embargo, Argentina tuvo hiperinflación en 1989 y una generación después aceptaba altos niveles de gasto público y emisión monetaria que generaban creciente inflación sin comprender sus causas y sin anticipar sus efectos, que hoy estamos pagando.

Desde este lado de la cordillera nos preguntamos si, luego de 12 años de furor populista kirchnerista, hemos aprendido esa lección tan básica para tener una razonable república que nos permita aprovechar las oportunidades que siempre tuvimos. No puedo decir si eso ocurrirá, pero se ha abierto una posibilidad.

Y mirando hacia nuestros vecinos, los vemos comenzar un camino que nosotros ya hemos recorrido,  y lo hicimos hasta el final. ¿Cómo puede ser que una sociedad en las puertas del progreso decida cometer un suicidio colectivo? Bueno, ¿acaso nosotros no hicimos lo mismo en el siglo XX?

En el caso argentino, la explicación de esa decadencia es muy compleja. A riesgo de simplificar, arriesgo una sobre el caso chileno. Una que he planteado muchas veces a mis amigos “Chicago boys”, pero no aceptan. Es así: las muy exitosas reformas económicas chilenas fueron justificadas en términos de eficiencia, sus beneficios eran mayores que sus costos. No se justificaron en términos de derechos, de libertades. Por ejemplo: el sistema de pensiones privadas es más eficiente que el sistema estatal.

El argumento, por supuesto, es correcto, pero cae de bruces ante una crítica basada en la justicia. La respuesta que recibe es: será eficiente, pero es injusto. Y allí se acabó el debate. Nunca se justificaron las reformas en términos de derechos: los contratos laborales deben ser libres, no porque sean más eficientes, que lo son, sino porque tengo un derecho de propiedad sobre mi fuerza de trabajo. Y así sucesivamente.

Si éste es el punto débil del exitoso modelo chileno, no es que esté perdido, pero será necesario brindarle una base moral y principista que hoy es débil. No hace falta un presidente que diga “voy a manejar el país como una empresa” (los accionistas tampoco salen a la calle), hace falta un movimiento de gente que considere la libertad como valor supremo.

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

CUMBRE DE LAS AMÉRICAS: UN FIASCO

Por Alberto Benegas Lynch (h)

Luego de las palabras del secretario general de las Naciones Unidas que instó a que se aplicara la “justicia social” en el continente, abrió oficialmente las deliberaciones el presidente de Panamá como representante del país anfitrión. Cayó en el lugar común de condenar las desigualdades de resultados sin distinguir entre regímenes fascistoides donde empresarios prebendarios se enriquecen a costa de sus semejantes de los sistemas de mercado donde los empresarios que se enriquecen se debe a que aciertan satisfacer las necesidades de su prójimo.

 

Asimismo rindió homenaje a Monseñor Oscar Romero de El Salvador, abanderado de la teología de la liberación quien insistía en sus recetas marxistas en un contexto de gobiernos corruptos y estatistas. Celebró el acuerdo Estados Unidos-Cuba por el que se le da cabida a la isla-cárcel en foros supuestamente democráticos para que los estadounidenses sean usados para financiar el aparato comunista en reemplazo primero de la Unión Soviética y luego de Venezuela. Afirmó que en el continente no hay represión haciendo oídos sordos al antedicho caso cubano y al venezolano. Alabó los muy discutidos arreglos del gobierno colombiano con el terrorismo de ese país y festejó lo que estimó ha sido el fin de conflictos territoriales en el continente como si no leyera los periódicos. Nada dijo de las amenazas a la libertad de prensa en medios ecuatorianos y argentinos ni sobre las alarmantes corrupciones en Brasil, Nicaragua, Bolivia y Argentina. Desde luego que tampoco hubiera quedado bien que criticara las reiteradas actitudes dilatorias y de apoyo a medidas autoritarias por parte de la OEA y de su secretario general, en su momento amigo y admirador de Salvador Allende (en ese foro, ufanándose de una peculiar noción de la diplomacia, el embajador venezolano declaró que “las balas pasan más rápido por las cabezas huecas de lo opositores”).

 

Afortunadamente hubo una especie de contra-cumbre en la que veinticinco expresidentes y jefes de gobierno se manifestaron por la libertad a través de la “Declaración de Panamá” (oportunidad en que Andrés Pastrana criticó severamente a su compatriota Juan Manual Santos por no pronunciarse), en especial referida a los gravísimos, brutales y repetidos atropellos a los derechos de los venezolanos por parte del chavismo totalitario.

 

Sin sonrojarse, el presidente de Ecuador afirmó que “Cabría preguntarse si una sociedad puede llamarse realmente libre cuando los medios están en manos de sociedades con fines de lucro”. Claro que este personaje no puede comprender lo que significa la liberad de prensa luego de haber impuesto varias leyes mordaza en su país y de estar en permanente conflicto con cualquier manifestación de prensa independiente. Es el tipo de sujeto que no acepta la idea del lucro en los medios periodísticos porque rechaza la relación entre la audiencia voluntaria y los éxitos editoriales. Le produce rechazo el mercado abierto y competitivo, prefiere que sea el aparato estatal con los dineros compulsivamente detraídos de la gente quien maneje las noticias a su capricho. Es la típica mentalidad autoritaria que no tiene la menor idea de lo que es una sociedad abierta. Con la esperanza de juntar más adeptos a la mordaza, cerró con la afirmación de que “la prensa latinoamericana es mala, muy mala”. Menos mal que el gobernante estadounidense le respondió que “democracia quiere decir que todo el  mundo puede hablar”.

 

Sin embargo, en su alocución el mandatario norteamericano expresó que “Estados Unidos no es prisionera del pasado” y que “Es histórico que Castro y yo estemos sentados aquí”, claro que si en el sentido apuntado por Carlos Alberto Montaner al señalar que en este arreglo  “Para mí no hay dudas que se trata de un triunfo político total de la dictadura cubana”. Dictadura que ha detenido a más de dos mil personas desde que se anunció el acuerdo. También el senador estadounidense Marco Rubio, uno de los candidatos a la presidencia por el Partido Republicano, ha escrito en el Wall Street Journal un artículo con el sugestivo título “Una victoria para la opresión” donde dice que “El anuncio hecho por el presidente Obama de dar legitimidad diplomática y acceso a dólares estadounidenses al régimen de Castro no solamente es malo para el oprimido pueblo cubano, o para los millones que viven en exilio y perdieron todo en las manos de la dictadura. La nueva política cubana de Obama es una victoria para los gobiernos opresivos de todo el mundo y tendrá también consecuencias negativas para el pueblo de Estados Unidos”.

 

Como he escrito antes, todas las personas con algún sentido de dignidad se entristecen frente a esta infamia porque no olvidan los alaridos de dolor de los presos atestados en mazmorras y las miserias espantosas por las que atraviesan los cubanos cotidianamente desde hace más de medio siglo, las espantosas condiciones de las pocilgas que son los hospitales (solo se mantiene algún centro de salud en la vidriera para la gilada) y los sistemáticos lavados de cerebro que se dicen escuelas o universidades donde debe escribirse con lápiz en los cuadernos para que la próxima camada pueda borrar y escribir nuevamente debido a la escasez de papel. Y no se trata del embargo que, como todo el mundo sabe, ha sido una fenomenal pantalla para que la dictadura local la use como pretexto frente a los fracasos colosales del régimen, mientras triangula todo lo que puede comprar.

 

Por supuesto que habló también el dictador cubano quien comenzó con la chanza (muy festejada por la audiencia) en la que manifestó que dado que no lo invitaron a las otras seis cumbres podía estirar los ocho minutos asignados para su exposición a cuarenta y ocho (habló cuarenta y dos minutos). A continuación manifestó que aprecia la medida “que decidirá rápidamente sobre la presencia de Cuba en la lista de países patrocinadores del terrorismo en la que nunca debió estar” (¡cosa que el Ejecutivo en EEUU propuso hacer tres días después del cónclave notificando al Legislativo!), en apoyo al gobierno venezolano dijo que “el país bolivariano está pasando por las misma cosas que nosotros” y en defensa del gobierno ecuatoriano criticó a empresas trasnacionales que explotan su suelo con lo que “dejan secuelas ecológicas”, fustigó “la desigual distribución de la riqueza”, abogó por una “reparación por los daños del colonialismo” y sostuvo que “el pueblo de Cuba seguirá con las ideas” de la revolución, condenó “la especulación financiera”, invitó “a la tolerancia”, aseguró que la “participación de los cubanos en la vida política” es una realidad y celebró “nuestra libertad conquistada con nuestras propias manos”, todo lo cual no necesita comentarios por el grado de cinismo e hipocresía del discurso de marras.

 

A su turno, el gobernante venezolano que habló cuarenta minutos, perorata en la que reiteró todo lo que viene machacando y advirtió que “hay una campaña mundial” en su contra, que el gobierno norteamericano “amenazó a mi patria” por lo que “no le tengo confianza”, que existe un grueso error en algunos que “consideran que con la partida de Chávez la revolución se acaba” y se extendió sobre las bondades del socialismo del siglo XXI, claro sin mencionar las penurias de los venezolanos, las detenciones y encarcelamiento de opositores, la eliminación de la libertad de expresión y el copamiento de la justicia y todos los organismos de contralor.

 

Dejando de lado las confusiones en que incurrió el presidente boliviano en la parte improvisada de su presentación, subrayó que “deben debatirse las causas de la pobreza” y en esta dirección defendió “el pensamiento anticapitalista” para concluir que Estados Unidos opera “a través del imperativo neoliberal”. Así nuevamente introdujo la etiqueta del neoliberalismo con la que ningún intelectual serio de nuestra época se identifica, en verdad un invento grotesco. Pero si lo que ha querido condenar es el supuesto liberalismo clásico estadounidense, conviene indicarle al gobernante en cuestión que los lamentables problemas de Estados Unidos provienen de su latinoamericanización en el peor sentido del vocablo y el abandono de la tradición liberal por lo que le da la espalda a los extraordinarios valores de sus Padres Fundadores.

 

También habló la gobernante argentina quien comenzó confesando que “no resulta fácil hablar después del amigo y comandante Raúl Castro” e hizo una encendida arenga en la que dibujó un entusiasta panegírico del gobierno cubano (que ni los Castro se la creen) y del venezolano. En este sentido, subrayó que Cuba “luchó más de sesenta años con una dignidad sin precedentes”, que “Cuba es un país conducido por líderes que no traicionan su lucha” y que “el mejor triunfo de la revolución cubana es este que estamos viendo aquí” (por la cumbre, con lo que evidentemente le asiste toda la razón). Agregó que hay “golpes suaves donde se utilizan medios masivos de comunicación con denuncias falsas y asociaciones caprichosas para hacer conspiraciones” que “apuntan a la desestabilización de gobiernos de la región, y son los gobiernos que más han hecho por la equidad”. Menos mal que se extralimitó en solo dos minutos del tiempo estipulado.

 

En realidad este cuadro de situación es por lo menos inquietante, en esto mutaron los principios inherentes a la mejor tradición estadounidense, en esto se convirtieron todos los esfuerzos latinoamericanos que costaron tantas vidas para ser independientes de los atropellos españoles y ser libres de toda opresión. En esto se transforman los impuestos y las cargas que deben soportar los pueblos de nuestra región. Por cierto hay un largo camino que recorrer para retomar el espíritu republicano y así sacarse de encima a politicastros sedientos por manejar a su antojo vidas y haciendas ajenas.

 

Finalmente consigno que estos mandatarios que en la mayor parte de los casos actúan como mandantes, no dejan de inventar nombres para las reuniones que convocan que son muy buenas muestras de sus arrogancias y petulancias superlativas, como esto de “cumbre” puesto que no hay denominación que los coloque a mayores alturas, mientras que en general sus gobernados están por los zócalos cuando no en el subsuelo. Estos nombres que incrustan en sus fastuosas instalaciones que siempre rodean a sus peculiares cavilaciones y discursos altisonantes no parece que reflejen la idea de que son simples servidores de la gente para proteger las libertades individuales.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. en Ciencias de Dirección. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer rector de ESEADE.