Mi discurso imaginario ante el Congreso

Por Roberto H. Cachanosky. Publicado el 21/2/16 en: http://economiaparatodos.net/mi-discurso-imaginario-ante-el-congreso/

 

No le pido un sacrificio a la gente que trabaja. Le pido a los que no trabajan y viven de los que producen que se pongan a trabajar

Estimados compatriotas, es mi obligación como presidente de la república informar a sus habitantes sobre el estado en que se encuentra la nación. El pueblo tiene derecho a saber qué ha dejado el anterior gobierno y como vamos a encarar las soluciones a los múltiples problemas que el kirchnerismo le ha dejado, no a este presidente, sino al pueblo de la nación. A cada uno de Uds. Los problemas que le ha dejado Cristina Fernández a los que me votaron y a los que no me votaron.

Entre la infinidad de problemas que la señora Cristina Fernández le ha dejada a cada uno de mis compatriotas, se encuentra el fiscal. En su desaforado populismo y escándalos de corrupción, ha llevado el gasto público hasta niveles nunca antes alcanzados. Pero también la señora Cristina Fernández ha aumentado la presión tributaria hasta niveles de verdadera confiscación del fruto del trabajo de cada uno de Uds. A pesar de esa presión impositiva salvaje las cuentas fiscales no cierran. El estado gasta más de lo que le ingresa por impuestos y por lo tanto tiene déficit fiscal. Ese déficit fiscal fue financiado con emisión monetaria produciendo la inflación que todos Uds. padecen y que, durante años, el populismo k se encargó es esconder destruyendo el INDEC.

El fenomenal aumento del gasto público no se ha traducido en más seguridad para la gente, educación, salud, mejores rutas o bienes públicos que beneficien a la población. Por el contrario, el estado ha sido destruido para cumplir sus funciones básicas de proteger el derecho a la vida, la propiedad y la libertad de las personas y fue transformado en un botín que tomaron por asalto y en beneficio propio las anteriores autoridades. El estado se ha transformado en el principal saqueador de los habitantes.

Para que mis conciudadanos tengan una idea del uso del estado en beneficio de una facción política le doy el siguiente dato: tomando la nación, las provincias y los municipios, el total de empleados públicos era de 2,4 millones de personas en 2003 dejando, en 2015, 4,2 millones de empleados estatales. Han duplicado la cantidad de empleados públicos pero Ud. no tiene mejor salud, educación o seguridad.

Estimados compatriotas, a Uds. le han quitado el fruto de su trabajo a través de una feroz presión impositiva para mantener a gente que no hacía nada útil para Ud. Por el contrario, el estado abusó de su poder para quitarle su trabajo y dárselo a militantes del kirchnerismo para beneficio de los jerarcas de ese partido.

Ahora bien, frente al enorme déficit fiscal que nos ha dejado Cristina Fernández algunos asesores me dicen que no baje el gasto público, sino que estimule el ingreso de capitales. Ese ingreso de capitales movilizará la economía, habrá más actividad, más recaudación tributaria, menor déficit fiscal y, finalmente, menor necesidad de emitir moneda para financiar el agujero fiscal y menor inflación.

Considero que este camino no es el adecuado. En primer lugar porque nadie va a invertir en Argentina mientras tengamos esta presión impositiva y esta alta tasa de inflación. Es imposible estimar la posible rentabilidad de una inversión cuando hay inflación porque no pueden proyectarse los costos en el largo plazo. En consecuencia, no veo como una salida posible esa opción.

Pero aun suponiendo que esa estrategia tuviera éxito, no estaría cumpliendo con mi deber republicano de cuidar los intereses de los habitantes porque estaría derrochando los recursos de la gente en un gasto improductivo.

Suponiendo que ingresaran esos capitales y el estado recaudara más, cobrar impuestos para mantener ñoquis no es ético ni contribuye a establecer valores de honestidad en nuestra patria.

Si no hacemos nada para bajar el gasto público y reducir el déficit fiscal, las opciones que tenemos por delante son las siguientes:

1)   Aumentar la presión impositiva. Cobrarle más impuestos a Ud. que ya está agobiado por la carga tributaria que tiene que soportar. Espantaríamos a quienes quieren invertir y no habría nuevos puestos de trabajo para la gente

2)   Emitir más moneda acelerando la inflación y deteriorando más rápidamente el poder de compra de los salarios

3)   Tomar deuda interna. Actualmente el Banco Central está tomando deuda en el mercado interno para financiar el déficit fiscal. Esto quiere decir que al crecer la deuda crece el gasto público por los intereses que hay que pagar por ese creciente stock de deuda agravando la situación fiscal y generando una situación explosiva hacia el futuro. Por otro lado, al quedarse el estado con escaso crédito interno, el sector privado se queda sin financiamiento para invertir o la gente para adquirir con financiación bienes de consumo

4)   Tomar deuda externa. En ese caso podremos tener una reactivación en el corto plazo porque el estado podrá gastar más sin cobrar más impuestos, pero, como en otros momentos de nuestra historia, esa deuda habrá que pagarla junto a los intereses produciendo otra grave crisis futura.

Compatriotas, como Uds. pueden ver aquí no hay magia posible. No hay artilugios financieros, monetarios o cambiarios que pueda resolver el problema estructural que hemos heredado: un gasto público exorbitante que no le brinda servicios a la población y ahoga a la economía.

Por las razones expuestas, considero que el camino más justo para la gente decente que vive de su trabajo y el más eficiente y beneficioso para el país, es bajar el gasto público.

Esto significa que todos aquellos que hoy viven del trabajo ajeno como son los ñoquis y legiones de gente que se consideran con derecho a no trabajar y a ser mantenidos con planes llamados sociales tendrán que salir a buscar un trabajo como lo hace cualquier de Uds. Luego explicaré cómo será esa transición para los que hoy viven del trabajo ajeno.

La función del gobierno es crear las condiciones institucionales y económicas para generar una gran corriente inversora que cree esos puestos de trabajo para que esa gente que hoy vive de sus impuestos empiece a vivir de su propio trabajo.

La herencia recibida nos deja, entonces, ante el dilema de no bajar el gasto público y continuar con el déficit fiscal, la inflación y el endeudamiento, o bien bajar el gasto público, devolverle poder de compra a la gente reduciendo impuestos y crear nuevos puestos de trabajo.

Por cada peso de impuestos que bajemos, gracias a la reducción del gasto público, el contribuyente tendrá un peso más para gastar, habrá más trabajo en el sector privado y quienes hoy cobran un sueldo por no hacer nada productivo en el sector público podrán conseguir un puesto en el sector privado pero trabajando y haciendo algo útil para el resto de la sociedad.

La economía cambiará porque ahora, en vez de producir uno (el contribuyente) y consumir dos: el contribuyente y el ñoqui de lo que produce el contribuyente, los dos producirán. Habrá más bienes y servicios en el mercado y mejorará el nivel de vida de la población.

En definitiva, frente a la herencia recibida que castiga a la gente  con la inflación y la expoliación fiscal, la baja del gasto público es necesaria para terminar con esta penuria de la población que día a día trabaja decentemente para sostener un aparato estatal gigantesco que no le provee de los servicios públicos más esenciales.

Por otro lado, la baja del gasto público es comenzar a cambiar esta cultura perversa que se ha instalado en nuestro país por el cual todos se sienten con derecho a ser mantenidos por el trabajo ajeno. Consideran que tienen derecho a recibir bienes y a no trabajar. Y los políticos corruptos han estimulado ese comportamiento. Por eso nosotros quisimos llegar el gobierno. Porque decíamos Cambiemos estos valores de la cultura de la dádiva por la cultura del trabajo.

A la Argentina la construyeron nuestros abuelos que cruzaron el océano para venir a trabajar. No vinieron a buscar un plan social.

En definitiva, compatriotas, la baja del gasto público que proponemos es para terminar con el clientelismo político, la corrupción y restablecer la cultura del trabajo. Ser simplemente un país de gente decente y laboriosa.

No le pido un sacrificio a la gente que trabaja. Le pido a los que no trabajan y viven de los que producen que se pongan a trabajar. Eso no es un sacrificio, ni un ajuste. Es un acto de justicia.

En síntesis, propongo que Cambiemos la cultura de la dádiva por la cultura del trabajo para recuperar el camino de grandeza que hace tiempo construyeron nuestros abuelos y en una parte de la historia lo perdimos para caer en esta decadencia de la que les ofrezco salir.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE

Sin precios en la salud se toman malas decisiones: no estamos realmente tomando ‘decisiones’

Por Martín Krause. Publicada el 4/1/16 en: http://bazar.ufm.edu/sin-precios-en-la-salud-se-toman-malas-decisiones-no-estamos-realmente-tomando-decisiones/

 

Cuando no hay precios en las decisiones que tomamos relacionadas con la salud, no estamos asignando nuestros recursos a lo que estimemos que son nuestras prioridades. Comenta el último premio Nobel en Economía, Angus Deaton, en su libro The Great Escape:

Deaton

“Dado que el cuidado de la salud (en Estados Unidos), es de alta calidad y ayuda a mantener y mejorar la salud, es un instrumento importante para la salud. Pero la atención médica es cara, por lo que existen una compensación potencial entre un gasto mayor en atención a la salud  y otros aspectos del bienestar. Si los norteamericanos gastaran el doble en salud, tendrían que reducir el gasto en todo lo demás en un cuarto. O si pudiéramos seguir las recomendaciones de Darmouth para reducir los programas caros y de poco valor, y cortar el gasto en salud, digamos, a la mitad, podríamos aumentar el gasto en cualquier otra cosa en un 10%. Este tipo de compensaciones sucede todo el tiempo en la vida diaria, y usualmente no nos preocupamos mucho si la gente, por ejemplo, gasta mucho en libros o aparatos electrónicos y les queda poco para gastar en vacaciones de verano. Entonces, ¿por qué la salud sería diferente?

El problema es que la gente no está realmente eligiendo cuanto gastar en atención a la salud en la forma en que lo hace sobre los libros o las vacaciones. En realidad, la gente puede no saber cuánto está pagando por esa atención, o lo que están sacrificando a cambio. En los Estados Unidos, la mayor parte de la atención de los jubilados es pagada por el gobierno a través de Medicare, y la mayoría (59%) de los no jubilados reciben coberturas de sus empleadores. Muchos de estos piensan que sus empleadores están pagando por su atención médica, sin costo para ellos. Sin embargo, la mayoría de los estudios han mostrado que no son los empleadores los que terminan pagando, sino los empleados, a través de salarios más bajos. Como resultado, los ingresos típicos, han crecido más despacio de lo que hubieran crecido si los costos de salud no hubieran crecido tan rápido. Pero la gente no lo ve de esta forma, y no piensa en culpar a los mayores costos de salud por el más lento crecimiento de sus ingresos. Como resultado, no logran ver a los costos de salud como el problema que realmente es.

Problemas similares surgen  cuando el gobierno provee atención médica, como en Europa, o en Medicare, que paga por la salud de los jubilados en Estados Unidos. Cuando la gente presiona al gobierno para que provea beneficios de salud adicionales –cobertura para remedios, por ejemplo- no tienden a pensar en lo que están sacrificando a cambio. El decano de los economistas sanitarios de los Estados Unidos, Victor Fuchs, da el ejemplo de una mujer anciana para quien Medicare proveerá costos atención quirúrgica sin costo para ella, incluso cirugía que no sería necesaria o urgente, pero cuya jubilación no le permitiría comparar un boleto de avión para visitar a un nieto. Estas compensaciones se realizan en el proceso político a través de algún tipo de debate democrático, pero ése es un proceso difícil, cuestionable, y muchas veces mal informado. También es un proceso que, al menos en algunos países, está profundamente influenciado por los proveedores, que tienen un interés en sobre-proveer, un interés que  se hace más fuerte y está mejor financiado cuanto más se gasta.”

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

LAS TRES ETAPAS DEL AVANCE DEL ESTADO

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 12/7/15 en: http://gzanotti.blogspot.com.ar/2015/07/las-tres-etapas-del-avance-del-estado.html

 

(De un ensayo de próxima aparición).

  1. Las tres etapas del avance del estado.

El principio de subsidiariedad (PS), la iniciativa privada y las libertades individuales consiguientemente protegidas, sufrieron una negación y una involución progresiva que podríamos señalar en tres etapas.

  1. a) El estado-nación legislador del s. XIX.

Fruto del positivismo, que en lo social Hayek llama constructivismo[1], los estados-nación racionalistas europeos de fines del s. XIX (Francia, Italia), con copias en Latinoamérica (México, Uruguay, Argentina), avanzaron sobre temas de educación, salud pública y matrimonio, con la intención de educar y proteger al ciudadano en tales áreas mediante lo que la ciencia podía proporcionar. La educación pública obligatoria tenía por misión educar en las ciencias y letras básicas el futuro ciudadano ilustrado[2] y secularizado; la medicina se divide en legal e ilegal, y en la primera el estado avanza en la salud pública. En materia de matrimonio y familia los estados avanzan quitando el cuasi-monopolio que las comunidades religiosas mantenían en esas áreas. Comparado con lo que vino después, fue un positivismo ingenuo y un laicismo moderado (laicismo como esencialmente diferente a la sana laicidad)[3]. Los estados educaban en cosas que hoy consideraríamos “buenas” tales como ciencia básica, lecto-escritura, matemáticas, etc., y los hospitales públicos se regían por una medicina científica relativamente des-ideologizada. Las comunidades religiosas toleraron al principio y aceptaron luego esta situación sin sospechar lo que vendría después.

  1. b) El Welfare State.

Como fruto de la crisis del 29 y la progresiva crítica y desconfianza a un liberalismo “individualista”, surge más o menos a mitad del s. XX el convencimiento generalizado de que los gobiernos centrales deben ofrecer bienes públicos en materia de salud, medicina, educación e información, respondiendo ello a lo que serían los derechos de segunda generación (a la salud, la vivienda, la educación, la seguridad social, etc.) muchos de los cuales fueron explícitamente escritos en diversas reformas constitucionales[4]. Luego de la 2da. guerra, este avance del estado convive con formas republicanas en EEUU (el New Deal) y en Europa (el Estado Providencia) o con sistemas más autoritarios, como el primer peronismo en Argentina, de orientación claramente fascista en el sentido técnico del término. Los estados, con toda lógica, proveen salud, educación, seguridad social e información, según los criterios del estado, por supuesto. Pocas voces, como Mises y Hayek, advierten los peligros para los derechos personales[5], pero no son escuchadas. Diversas religiones aceptan de buena gana el sistema, convencidas de la crítica al liberalismo y de la necesaria intervención del estado para proteger a los menos favorecidos por la lotería natural de recursos, como diría Rawls[6]. Claro, esto siempre que los gobiernos no quisieran imponer coactivamente cuestiones que violaran la libertad religiosa, pero al principio, dadas las costumbres de la época, ello no parecía ser un problema. Los católicos argentinos tuvieron una primera advertencia cuando Perón se enfrentó con la Iglesia en su 2do. mandato, pero luego los militares católicos que lo derrotaron utilizaron los mismos instrumentos estatales para imponer la “sana doctrina” y lo que algunos autores llaman “el mito de la nación católica”[7]. Mientras tanto, el PS y las libertades individuales brillaban por su ausencia, ya despreciadas estas últimas como la mera expresión ideológica de un capitalismo supuestamente incompatible con lo religioso.

  1. c) Las nuevas ideologías autoritarias.

El escándalo se produce cuando nuevas ideas, casi inconcebibles mundialmente en los 30 y los 40, amanecen en el horizonte para ser impuestas desde el estado, violentamente enfrentadas con lo religioso, como una nueva etapa de laicismo radical. Ellas son:

  1. Que el sexo es una identidad que el individuo se coloca a sí mismo con total autodeterminación.
  2. Que el aborto y los anticonceptivos son derechos que todo individuo tiene derecho y obligación de recibir.
  3. Que el matrimonio homosexual (y obviamente disoluble) es otro derecho de igual naturaleza que los anteriores.
  4. Que ya no hay derecho a la libertad de expresión, sino derecho a la información objetiva, que el estado debe proveer, contrario a las manipulaciones comunicativas de las corporaciones privadas.
  5. Que los planes y programas de estudios, especialmente los primarios y secundarios, ya privados o púbicos, deben enseñar obligatoriamente 1, 2 y 3;
  6. Que las instituciones de salud, ya privadas o públicas, deben proveer de manera coactiva y obligatoria el punto 2,
  7. Que todo desacuerdo con todos los puntos anteriores es un acto de discriminación que debe ser penalmente prohibida.

¿Por qué hemos llamado a todo lo anterior “ideologías autoritarias”? Porque su problema no radica principalmente en el contenido de lo que proponen. En una sociedad libre, con derecho a la libertad de expresión, enseñanza, asociación e intimidad, los que quieran pensar como el punto 1 y el 2 (el aborto ya es otro tema pues está en juego el derecho a la vida), etc., tienen todo el derecho legal a hacerlo: tienen derecho a la libertad de expresión y derecho a la intimidad personal. El problema radica en su imposición global a través de los instrumentos del estado, instrumentos legales que ya habían quedado perfectamente preparados en las fases a y b. Pero las comunidades religiosas, durante las fases a y b, no advirtieron el problema. Habiendo aceptado muchas de ellas el estado providencia y los derechos de 2da. generación, denigrando al mismo tiempo a las libertades individuales como pertenecientes a un liberalismo individualista y agnóstico, más que como emergentes necesarias del PS, quedaron indefensas ante la tercera fase.Ahora reclaman sus libertades, cuando ya es casi muy tarde. Ahora reclaman la libertad de conciencia pero no tendrían problema en volver a un estado providencia cuando este último vuelva a “portarse bien” en esas materias. Eso las desautoriza ante la opinión pública, por un lado, y las ha vuelvo con-causa de esta nueva oleada de laicismo autoritario que ahora critican con tanto vigor.

 

[1] “Los errores del constructivismo”, en Nuevos Estudios, op.cit.

[2] Zanotti, Luis J.: Etapas históricas de la política educativa, Eudeba, Buenos Aires, 1972.

[3] Nos referimos a la noción de sana laicidad manejada sobre todo por Pío XII y Benedicto XVI. Sobre este tema ver Santiago, A.: La relevancia cultural, política y social de la religión en los albores del s. XXI, Academia Nacional de Ccias. Morales y Políticas, Buenos Aires, 2015.

[4] Sobre este tema ver Bidart Campos, G.J.: Las obligaciones en el derecho constitucional, Ediar, Buenos Aires, 1987.

[5] Mises, en La Acción Humana (Sopec, Madrid, 1968) y Hayek en Camino de servidumbre (Alianza, Madrid, 1977) yLos Fundamentos de la Libertad (Unión Editorial, Madrid, 1975).

[6] Nos referimos a su clásico Theory of Justice, Harvard University Press, 1971.

[7] Irrazábal, G.: Iglesia y Democracia, Ediciones Cooperativas, Biblioteca Instituto Acton, Buenos Aires, 2014.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.

Gasto público: de eso sí hay que hablar

Por Roberto H. Cachanosky. Publicado el 12/6/15 en: http://www.lanacion.com.ar/1800947-gasto-publico-de-eso-si-hay-que-hablar

 

No recuerdo en la historia contemporánea argentina una huelga de los sindicatos por tener que soportar una elevada carga tributaria. Normalmente las huelgas eran porque los salarios nominales no subían al mismo ritmo o más que la tasa de inflación. En las huelgas del pasado podían incluirse ítems como condiciones laborales, pero en la mayoría de los casos eran reclamos por aumentos de salarios nominales versus inflación. La novedad que ha introducido esta política populista del kirchnerismo es un creciente malestar social en aquellos sectores que trabajan en el sector formal de la economía, incluyendo a empleados bancarios, el que conduce un camión o trabaja manejando un tractor.

Esta situación inédita deja claramente al descubierto que el ajuste realmente existe y el que lo soporta es el sector privado que paga impuestos, en tanto que hay todo otro sector que son unos 2 millones de empleados públicos nuevos que, en rigor, son desocupados que cobran un subsidio por pertenecer a un sector político. Dicho de otra forma, estadísticamente son 2 millones de empleos nuevos que ganan un sueldo, económicamente hablando son 2 millones de desocupados que cobran un subsidio que el Estado hace figurar como sueldo. Esa gente, más los miles y miles que viven de subsidios llamados sociales, no sufren ajustes. Viven a costa de los que producen.

El kirchnerismo ha llevado la situación fiscal a un nivel realmente muy complicado. Por un lado, el gasto público se ha disparado a niveles récord pero sin ofrecerle a la gente nada a cambio a pesar del récord de carga tributaria. El Estado no brinda seguridad, educación o salud. Es decir, si ajustamos la presión impositiva asfixiante por calidad de gasto público, aquella tiende a infinito.

Por supuesto que ningún candidato que pretenda ganar las elecciones va a formular un planteo de estas características, pero actualmente hasta el oficialista Daniel Scioli destroza a la gente con impuestos como el inmobiliario o ingresos brutos. Es de imaginar que si llegara a ser presidente puede intentar replicar a nivel nacional lo que ha hecho a nivel provincial. El problema es que tengo la impresión que la gente que paga impuestos ya está tan agobiada, que está a punto de la rebelión fiscal silenciosa. Paga si puede y si no puede ya se verá.

Si el próximo presidente quiere bajar la tasa de inflación tendrá que lograr disciplina monetaria

Si el próximo presidente quiere bajar la tasa de inflación tendrá que lograr disciplina monetaria. Para tener disciplina monetaria y dejar de emitir al 35% anual como actualmente está ocurriendo, hay que tener disciplina fiscal, y para lograr disciplina fiscal caben tres posibilidades: a) bajar el gasto, b) subir la carga tributaria y c) una combinación de a) y b). Como hoy es descartable la opción b) ya que no queda mucho margen para subir más la presión impositiva, lo que queda es bajar el gasto. Y el gasto puede bajarse de dos maneras: a) en forma eficiente y b) en forma ineficiente.

Bajar el gasto en forma eficiente significa dejar de gastar en rubros que no son función propia del Estado e invitar amablemente a la legión de militantes que hoy cobran suculentos sueldos a buscar trabajo en el sector privado. Es decir, ordenadamente, y bajar el gasto en lo que no hace falta que el Estado gaste.

Bajar el gasto en forma desordenada es no hacer ninguna reforma estructural del Estado eliminando gastos innecesarios y recurrir al trámite de licuar todo el gasto público mediante una llamarada inflacionaria y cambiaria al estilo Eduardo Duhalde. Se sigue teniendo un Estado con funciones que no tiene que tener, es decir un Estado gigantesco e inútil, pero se le paga menos en términos reales a los empleados estatales, a los jubilados, etcétera.

Cuando formulo este planteo, suelen decirme: ¿Y dónde van a ir a trabajar los que se vayan del Estado? Mi pregunta es la misma: ¿Dónde van a ir a trabajar los que hoy viven de cargos públicos innecesarios cuando la economía agonice (no falta mucho) y no genere recursos para pagarle sus sueldos? El final será el mismo. Matarán con impuestos al sector privado que es el que sostiene al Estado y no habrá forma de que cobren sus sueldos.

¿Dónde van a ir a trabajar los que hoy viven de cargos públicos innecesarios cuando la economía agonice?

Soy consciente que este tema es políticamente tabú y de eso no se habla. Pero la realidad es que este nivel de gasto público es infinanciable y destruye al sector productivo de la economía al punto que, como comentaba al comienzo de esta nota, por primera vez en la historia económica argentina los sindicatos han hecho una huelga por los impuestos que tienen que pagar.

Cuando Cristina Fernández dijo que le dejaba al próximo gobierno una economía cómoda para la gente e incómoda para los políticos, lo que estaba diciendo es que les dejaba una bomba de tiempo difícil de desactivar. Sin embargo, si hay un acuerdo político de la oposición puede desactivarse perfectamente esta bomba fiscal sin que estalle.

En síntesis, el desafío que hay por delante es muy grande pero no imposible de resolver. Por primera vez, si se quiere bajar la inflación y aliviar a la gente de la insoportable carga tributaria que padece, habrá que bajar el gasto público.

Si se hace dentro de un plan económico consistente e integral con economistas que tengan trayectoria, prestigio y que generen confianza, más un acuerdo político de gobernabilidad, este destrozo fiscal que deja el kirchnerismo es perfectamente manejable. Eso sí, los que durante todos estos años vivieron a costa del trabajo ajeno por ser militantes tendrán que empezar a buscar trabajo en serio. Sí, tendrán que trabajar porque la vida es dura.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE.

La jihad amenaza las conquistas de Europa:

Por Mario Vargas Llosa. Publicado el 23/2/15 en: http://www.lanacion.com.ar/1770572-la-jihad-amenaza-las-conquistas-de-europa?utm_source=TW&utm_medium=Cali&utm_campaign=1770572

 

Leí en alguna parte que una encuesta hecha en el mundo entero había determinado que Dinamarca era el país más feliz de la Tierra y me disponía a escribir esta columna, prestándome el título de un libro de cuentos de mi amigo Alfredo Bryce que venía como anillo al dedo a lo que quería -burlarme de aquella encuesta-, cuando ocurrió en Copenhague el doble atentado jihadista que ha costado la vida a dos daneses -un cineasta y el guardián judío de una sinagoga- y malherido a tres agentes.

¿Qué mejor demostración de que no hay, ni ha habido, ni habrá nunca países felices? La felicidad no es colectiva, sino individual y privada -lo que hace feliz a una persona puede hacer infelices a muchas otras y viceversa-, y la historia reciente está plagada de ejemplos que demuestran que todos los intentos de crear sociedades felices -trayendo el paraíso a la Tierra- han creado verdaderos infiernos. Los gobiernos deben fijarse como objetivo garantizar la libertad y la justicia, la educación y la salud, crear igualdad de oportunidades, movilidad social, reducir al mínimo la corrupción, pero no inmiscuirse en temas como la felicidad, la vocación, el amor, la salvación o las creencias, que pertenecen al dominio de lo privado y en los que se manifiesta la dichosa diversidad humana. Ésta debe ser respetada, pues todo intento de regimentarla ha sido siempre fuente de infortunio y frustración.

Dinamarca es uno de los países más civilizados del mundo por el funcionamiento ejemplar de su democracia -basta ver la magnífica serie televisiva Borgen para comprobarlo-, por su prosperidad, por su cultura, porque las distancias que separan a los que tienen mucho de los que tienen poco no son tan vertiginosas como, digamos, en España o el Perú, y porque, hasta ahora al menos, su política hacia los inmigrantes, esforzándose por integrarlos y al mismo tiempo respetar sus costumbres y creencias, ha sido una de las más avanzadas, aunque, por desgracia, tan poco exitosa como las de los otros países europeos. Pero la felicidad o infelicidad de los daneses está fuera del alcance de las mediciones superficiales y genéricas de las estadísticas; habría que escarbar en cada uno de los hogares de ese bello país y, probablemente, lo que resultaría de esa exploración impertinente de la intimidad danesa es que las dosis de dicha, satisfacción, frustración o desesperación en esa sociedad son tan varias, y de matices tan diversos, que toda generalización al respecto resultaría arbitraria y falaz. Por otra parte, basta con pasar revista a las manifestaciones de dolor, perplejidad, angustia y confusión en que ha sumido al pueblo danés el último atentado terrorista para advertir cómo, al igual que todos los otros países de la Tierra, de los más ricos a los más pobres, de los más libres a los más tiranizados, también en Dinamarca la seguridad es ahora precaria y nadie allá está libre de ser asesinado -o decapitado- por la ola de fanatismo que se sigue extendiendo por el mundo igual que esas pestes que en la Edad Media parecían caer sobre los hombres como castigos divinos.

El terrorista Omar Abdel Hamid El Hussein, un joven de 22 años, de origen palestino pero nacido y educado en Dinamarca, no era, según el testimonio de profesores y compañeros, un marginado semianalfabeto lleno de rencor hacia la sociedad de la que se sentía excluido, sino -algo que no es infrecuente entre los últimos jihadistas europeos- inteligente, estudioso, amable y “con voluntad de servir a los demás”, según precisa uno de sus conocidos. Sin embargo, formó parte de pandillas y estuvo en prisión por atracos y violencias diversas. En algún momento esta “buena persona” se volvió un delincuente y un fanático. Antes de cometer sus crímenes colgó videos de propaganda de Estado Islámico -probablemente en los mismos días en que este Estado decapitaba en Libia a 21 cristianos coptos sólo por el crimen de no ser musulmanes y filmaba semejante hazaña con lujo perverso de detalles- y lanzaba feroces arengas antisemitas. Todo indica que sin el valeroso Dan Uzan, que le impidió la entrada, ofrendando de este modo su vida, el terrorista hubiera perpetrado en la sinagoga, donde se celebraba un bar mitzvá, una matanza descomunal.

Su objetivo primero, cuando atacó el centro cultural donde lo atajaron los tres guardias que resultaron malheridos, era Lars Vilks, el dibujante y caricaturista sueco -Suecia es, como Dinamarca, otro de los países más civilizados, democráticos y prósperos del mundo-, a quien los fanáticos islamistas persiguen con saña desde que en 2007 realizó una exposición de sus trabajos en los que Mahoma aparecía con el cuerpo de un perro. Hombre tranquilo, nada provocador, Lars Vilks ha explicado que no hizo aquello con el ánimo de ofender las creencias religiosas de nadie, sino para ejercitar una libertad que considera la irreverencia y el humor cáustico derechos irrenunciables. Lo ha pagado caro; ya ha sido víctima de dos atentados, le han quemado su casa, debe andar protegido por una escolta del gobierno sueco las veinticuatro horas del día y Al-Qaeda ofrece un premio de 100.000 dólares a quien lo mate (y 50.000 a quien “degüelle” a Ulf Johansson, el editor que publicó sus caricaturas).

El caso de Lars Vilks es interesante porque muestra las ambiciones ecuménicas del fanatismo islamista: no persigue sólo restaurar el fundamentalismo primitivo de su religión entre los creyentes, sino intervenir en los espacios donde el islam no existe o es minoritario a fin de someterlo a las mismas prohibiciones y tabúes oscurantistas. El Occidente democrático y liberal, que ha dejado de considerar a la mujer un ser inferior y un objeto en manos del varón, que ha separado la religión del Estado, que respeta la crítica y la disidencia, y practica la tolerancia y la coexistencia en la diversidad, es su enemigo y un objetivo cada vez más frecuente de sus operaciones sanguinarias.

Es obvio que esta amenaza no va a tener éxito ni destruir a Occidente. El peligro es que, por prudencia o, incluso, por convicción, algunos gobiernos occidentales comiencen a hacer concesiones, autoimponiéndose limitaciones en el campo de la libertad de expresión y de crítica, con el argumento multiculturalista de que las costumbres y las creencias del otro deben ser respetadas (¿aun a costa de tener que renunciar a las propias?). Si este criterio llegara a prevalecer, los fanáticos islamistas habrían ganado la partida y la cultura de la libertad entrado en un proceso que podría culminar en su desaparición. Por este camino todas las grandes conquistas de la democracia, desde el pluralismo político, la igualdad entre hombres y mujeres, hasta el derecho de crítica que incluye el de la irreverencia por supuesto, habrían sellado su sentencia de muerte. Ya en algunos lugares en Europa se ha admitido el uso del velo islámico, símbolo flagrante de la humillación y discriminación de que es víctima la mujer en algunos países musulmanes, y la existencia de piscinas públicas separadas por sexos, con argumentos que podrían llegar a la demencia de tolerar los matrimonios pactados por los padres y hasta la castración ritual de las adolescentes para garantizar su virtud. Cualquier concesión en este campo no sirve para apagar la sed de los fanáticos; por el contrario, los envalentona y convence de que el enemigo está retrocediendo, que tiene miedo y se sabe ya derrotado.

La primera ministra danesa, Helle Thorning-Schmidt, en el homenaje que rindió a sus compatriotas asesinados por el jihadista danés, recordó que las mayores víctimas del fanatismo islamista son los propios musulmanes, a los que los fanáticos asesinan y torturan por millares en Medio Oriente y en África. Hay que tenerlo presente y saber, por eso, que los europeos que como el dibujante Lars Vilks se enfrentan con coraje al desafío del terror, luchan para salvar de la barbarie no sólo a Europa y Occidente, sino a la humanidad entera.

 

Mario Vargas Llosa es Premio Nobel de Literatura y Doctor Honoris Causa de ESEADE.

 

LA IMPORTANCIA DEL SENTIDO DEL HUMOR

Por Alberto Benegas Lynch (h)

 

No es muy fácil escribir sobre el tema de esta nota dadas las trifulcas y turbulencias del momento algunas sobre las cuales también hemos escrito, pero de todos modos puede ser saludable un ejercicio de concentración y prestar un instante de atención a este asunto que abre un paréntesis a las preocupaciones cotidianas.

 

Debemos tener muy presente que nos encontramos ubicados en un universo en el que existen millones de galaxias con altísimas probabilidades de vida inteligente en otros mundos y concientes de nuestra inmensa ignorancia de casi todo. Estas son poderosas razones para no tomarnos demasiado en serio y andar con pies de plomo.

 

El sentido del humor es esencialísimo para la vida, no solo por lo dicho sino por respeto a uno mismo que demanda la debida humildad y también por razones de salud ya que reduce el nivel de hormonas vinculadas al stress, mejora la digestión, aumenta el volumen respiratorio, mejora la circulación de la sangre y potencia los factores inmunológicos. Pero el motivo central es que mejora la calidad de vida con alegría y contrarresta los problemas que a todos les circundan.

 

Se dice que hay dos puntos clave para evitar el stress: primero no preocuparse por nimiedades y segundo, tener en la mira que, bien visto, todo es una nimiedad. Esto está bien como chiste pero el sentido del humor no significa para nada frivolidad, es decir aquel que se toma todo con superficialidad y descarta y desestima los temas graves. Es un irresponsable que resulta incómodo para encarar temas que por su naturaleza requieren análisis prudentes y atentos. Tampoco el sentido del humor alude a lo hiriente y agresivo, ni las referencias a temas que no son susceptibles de risa.

 

Es de interés el experimento de contar en reuniones sociales las estupideces que uno hace, no solo para liberar tensiones sino para observar la reacción de los demás que en general son de dos tipos. Unos se manifiestan sorprendidos en el sentido de que como puede ser que se comentan determinados errores garrafales. Son los amargos de la reunión, los que miran desde arriba los acontecimientos como si ellos fueran incapaces de una equivocación. Es bueno tenerlos en cuenta para no mantener una conversación seria con ellos. Los hay también que se ríen a sus anchas del tropiezo y relatan acontecimientos similares que les han sucedido a ellos. Con estos puede conjeturarse una conversación fértil.

 

En cuanto a la humildad de la que, como queda dicho, el humor es una manifestación (y muy especialmente bienhechora si incluye la capacidad de reírse de uno mismo), lo cual no debe ser confundido con la falsa humildad que oculta una gran soberbia. “La humildad, siempre que no sea ostentosa” ha sentenciado bien Borges.

 

Cultivar el sentido del humor no significa que se sea alegremente optimista, más aun el pesimista del presente es en verdad un optimista del futuro porque ve posibilidades de mejorar en un contexto en el que atribuye potencialidades de excelencia para lograr metas. El optimista del presente, en cambio, es un pesimista del futuro porque estima que no es posible mejorar y, por ende, se conforma con lo que sucede. Se puede ser realista y al mismo tiempo tener muy buen sentido del humor.

 

Platón sostenía en La República que “los guardianes del Estado” debían controlar que la gente no se ría puesto que eso derivaría en desorden (lo mismo sostuvo Calvino). De esta tradición proceden las prohibiciones de mofas a los gobernantes autoritarios en funciones. Nada más contundente para gobernantes que se burlen de ellos, por ejemplo, en nuestra época probablemente lo más filoso haya sido la producción cinematográfica El gran dictador de Charles Chaplin para ridiculizar a la bestia de Hitler. Y más recientemente, los chistes en torno a los discursos de Nicolás Maduro con respecto a “la multiplicación de los penes” o a “los millones y millonas”, Cristina Kirchner que habla de “oficiales y oficialas” o, en pleno mundial,  destacó que los equipos de football  tienen “once jugadores y un arquero” y en sendas conferencias de prensa, primero en Oregon y luego en Jordania, Obama manifestó que “he visitado 57 estados de mi país, creo que me falta uno” y “quiero ser absolutamente claro, Israel tiene estrechos lazos de amistad con Israel”. Estos tropiezos -unos más grotescos que otros- ocurren desde tiempo inmemorial, más graves aun si recordamos que había que tomar seriamente el justificativo de los incestos de Calígula “para preservar la pureza de la sangre”. El ridículo es lo que más afecta a los megalómanos porque consideran que están más allá “del llano” y del error; cuando son sorprendidos con “las manos en la masa” robando dineros públicos, se disgustan, cuando son descubiertos en otros delitos, se quejan y buscan subterfugios, pero cuando los ponen en ridículo estallan en rabietas que no pueden absorber ni digerir. Los gobernantes suelen adoptar actitudes de estar haciendo cosas sublimes pero lo que no tienen en cuenta es que “entre lo sublime y lo ridículo hay solo un paso”.

 

Muchos han sido los estudios detallados sobre aspectos filosóficos del humor, comenzando por Henri Bergson, pero es relevante subrayar que, de lo conocido, es una característica solo humana puesto que requiere comprensión de lo dicho. La hiena no tiene humor, no se ríe -hace ruidos que se asemejan a la risa- del mismo modo que puede hacerlo un ser humano cuando le hacen cosquillas donde solo existen fenómenos musculares y nerviosos. Por otra parte, no necesariamente se sigue la risa del humor, sin embargo, a la inversa, cada vez que hay risa está presente el humor.

 

En otro orden de cosas, como parte de la educación familiar, no es pertinente reírse delante de los hijos de temas que tienen gracia pero están cargados de contravalores ya que la educación, precisamente consiste en la trasmisión de valores. Asimismo, chanzas que intercalan lenguaje soez, contribuyen al deterioro de valores básicos. No es que los que se abstienen de recurrir a improperios y equivalentes carezcan de imaginación, sino que no lo hacen para evitar que todo se convierta en una cloaca.

 

El sentido del humor entonces refleja un aspecto sustancial de la personalidad, en realidad, por las razones apuntadas, se hace muy difícil que transcurra la vida sin el valiosísimo ingrediente del humor  y, además, de muchos chistes contestatarios al status quo surgen ideas novedosas y de gran utilidad para sustituir lo vigente por otras perspectivas de gran calado. En no pocas ocasiones la fina ironía ha permitido poner al descubierto grandes verdades. En otros casos, la comedia ha desentrañado aspectos ocultos que era necesario develar.

 

Pocas cosas son más cómicas -tragicómicas- que observar funcionarios gubernamentales con rostros adustos y gestos graves portando gráficos (generalmente mentirosos), pontificando acerca de cómo debe el aparato estatal administrar los bolsillos ajenos, siempre con resultados calamitosos pero adjudicando las culpas a “la especulación”, a “golpes de mercado” y otras gansadas que, según ellos, oscurecen el panorama a pesar de la supuesta sapiencia de los burócratas.

 

De todos modos, somos mortales y la vida es corta y hay que contribuir en lo que se pueda para mejorarla en cuanto expandir los espacios de libertad para que cada uno se encamine hacia su proyecto. Respecto al final de los días, Woody Allen en un arranque de humor negro escribió: “Me gustaría morir como mi padre que se quedó dormido y no como los otros que iban gritando en el automóvil”.

 

En lo que fue la primera vez que dictaba clase en la universidad, después de desarrollar una tesis del autor que mencionaba a continuación, quise decir que la elucubración pertenecía a “Hans Sennholz, que es un alemán…” pero dije “Hans Sennholz, que es un animal…”, con lo que quedé un tanto estupefacto, estado que inmediatamente se intensificó a raíz de las sonoras carcajadas de mis incipientes alumnos.

 

Cierro este apunte sobre el humor con cuatro chistes (y no tan chistes) de economistas y uno de política:

“La economía es el único ejemplo en el que pueden obtenerse premios Nobel por decir cosas opuestas entre si” (y a veces en el mismo acto, como fue el caso de Hayek y Myrdal).

“Un economista es quien se hace rico explicando porqué otros son pobres”.

“¿Porqué Dios creó a los economistas? Porque de esa manera los pronosticadores de meteorología no quedan tan mal parados”.

“¿Qué tienen que hacer esos hombres con trajes grises en este desfile militar? Son economistas, no saben el daño de que son capaces”.

“Los políticos en funciones son como los pañales, tienen que cambiarse y por los mismos motivos”.

 

Alberto Benegas Lynch (h) es Dr. en Economía y Dr. En Administración. Académico de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y fue profesor y primer Rector de ESEADE.