Intervencionismo, capital y salarios

Por Gabriel Boragina. Publicado en: http://www.accionhumana.com/2020/02/intervencionismo-capital-y-salarios.html

 

“La tendencia propia de la evolución capitalista es a aumentar constantemente los salarios reales. Este es el efecto de la acumulación progresiva de capital por medio del cual se mejoran los métodos tecnológicos de producción.”[1]

El capitalismo librado a sus propias fuerzas apuntará siempre al aumento de los salarios sin necesidad de normas que lo impulsen. Por el contrario, la existencia de tales disposiciones legales lo único que logra es frenar la acumulación de capital y propenden al dispendio del mismo, con lo cual los salarios en términos reales indefectiblemente tenderán a caer elevando el nivel de pobreza de la población en su conjunto, ya sea de los que están empleados como -naturalmente- de aquellos que no lo están.

“No hay medio por el que pueda aumentarse el nivel salarial para todos los que quieran obtener un salario que no sea el aumento de la cuota por cabeza de capital invertido. Siempre que se detiene la acumulación de capital adicional, queda paralizada la tendencia hacia un mayor aumento en los salarios reales.”[2]

Es la inversión per cápita la única que puede determinar el incremento del salario en cualquier tipo de actividad económica que se considerare, no hay al respecto escapatoria de ninguna índole. De este modo, puede afirmarse indefectiblemente que todas aquellas leyes laborales cuyo efecto (querido o no) obstaculice a los empleadores (efectivos o potenciales) a incrementar la cuota de capital por trabajador tendrá como resultado la paulatina disminución de los salarios del sector, y cuanto más se agudice la protección procurada por la ley laboral la situación -necesariamente- empeorará, al punto tal de llegar a lo que se denomina desempleo institucional que no es otra cosa que aquel provocado por razones ajenas a las voluntades tanto del empleador como del empleado respectivamente.

“Si el consumo de capital sustituye a un aumento en el capital disponible, los salarios reales deben caer temporalmente hasta que se eliminen los impedimentos para un mayor aumento de capital. Las medidas del gobierno que retrasen la acumulación de capital o lleven a un consumo de capital (como unos impuestos confiscatorios) van por tanto en perjuicio de los intereses vitales de los trabajadores.”[3]

Cabe destacar que las actuales medidas que se adoptan en materia laboral y todas aquellas leyes que los sindicatos aplauden como “conquistas sociales” son, precisamente, lo contrario a lo que declaman, porque las altas tasas de desempleo que registra la economía mundial y los bajos salarios que se verifican en muchos países y zonas son exclusivamente debidos a la escasez de capital que las predichas legislaciones laborales ocasionan. En tal sentido, la escasez de capital puede ser natural o inducida. La natural aparece cuando aún no se ha invertido en determinada actividad, en tanto que la estimulada surge cuando se dictan leyes laborales o sindicales con el fin supuesto (pero no efectivo) de “proteger” derechos que el capitalismo en modo alguno “ataca”. En ese orden, retribuir en cualquier cuantía el trabajo improductivo conlleva consumo de capital y disminuye el salario real de los trabajadores más productivos en su perjuicio, y en beneficio de los menos productivos.

“La expansión del crédito puede generar un auge temporal. Pero esa prosperidad ficticia debe acabar con una depresión general del comercio, un declive.”[4]

Es decir, la etapa del boom anterior a la del crack fruto de la inexistencia de un respaldo real de ese crédito ficticio ilusorio de una riqueza que -en los hechos- nunca fue producida y, por lo tanto, no podrá sostenerse en el tiempo. Los mecanismos son tan conocidos como las veces que fueron reensayados y fracasaron: baja artificial de la tasa de interés, expansión, inflación y crisis. Se trata de un ciclo creado únicamente por medidas gubernamental que no encuentran sus causas en los fenómenos de mercado ni resulta inherente al capitalismo.

“Difícilmente puede afirmarse que la historia económica de las últimas décadas haya ido en contra de las predicciones pesimistas de los economistas. Nuestra época tuvo que afrontar grandes penalidades económicas. Pero no es una crisis del capitalismo. Es la crisis del intervencionismo, de políticas pensadas para mejorar el capitalismo y sustituirlo por un sistema mejor.”[5]

Ludwig von Mises se refiere, por supuesto, al siglo XX, pero en la actualidad no existe mayor diferencia con lo que el sabio economista austriaco se encuentra describiendo. Si bien en menor grado, aquellas desdichas económicas continúan vigentes. Pero ninguna de ellas responde a situaciones que ya no hubieran sido prevenidas por los economistas de la Escuela Austríaca de Economía como por el brillante expositor que estamos comentando. Simplemente, los vaticinios de dichos economistas se han visto cumplidos por encontrarse basados en sólidos principios teóricos que se demostraron en los hechos tal y como fueran descriptos por los teoremas económicos austriacos. Queriendo “mejorar” un sistema evolutivo no creado por nadie como lo es el capitalismo lo único que los gobiernos consiguieron es perjudicarlo, y con ello a las masas que más lo necesitan que son las carenciadas.

“Ningún economista se atrevió nunca a afirmar que el intervencionismo pudiera producir otra cosa que desastre y caos. Los defensores del intervencionismo (los principales de entre ellos, la Escuela Histórica Prusiana y los institucionalistas estadounidenses) no eran economistas. Todo lo contrario. Para promover sus planes negaron directamente que existiera una ley económica. En su opinión, los gobiernos son libres para alcanzar todo lo que pretendan sin verse restringidos por una regularidad inexorable en la secuencia de los fenómenos económicos. Como el socialista alemán, Ferdinand Lassalle, mantienen que el Estado es Dios.”[6]

Fueron muchos en la historia que, intentaron hacerse pasar por economistas e influyeron negativamente en la opinión pública y alcanzaron imponer sus desviadas teorías que tanto perjudicaron a la humanidad. Baste simplemente recordar el peso que -aun hasta nuestros días- siguen ejerciendo Karl Marx y Friedrich Engels y la amplia cantidad de discípulos de ambos. Tal como se deja dicho en la cita, no estaban ni siguen estando animados en encontrar la verdad científica, sino que se mueven impulsados por espurios intereses detrás de los cuales buscan beneficiarse a costa de los demás. La gran mayoría de las personas se mueven bajo este espectro, sobre todo los intelectuales y los políticos.

[1] Ludwig von Mises, Caos planificado, fuente: http://mises.org/daily/2454 (Publicado el 3 de febrero de 2007). pág. 9

[2] L. v. Mises ibidem, pág. 9

[3] L. v. Mises ibidem, pág. 9, 10.

[4] L. v. Mises ibidem, pág. 10

[5] L. v. Mises ibidem, pág. 10

[6] L. v. Mises ibidem, pág. 10

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero. Síguelo en  @GBoragina

Salario, empleo y pobreza

Por Gabriel Boragina Publicado  el 26/11/17 en: http://www.accionhumana.com/2017/11/salario-empleo-y-pobreza.html

 

Aunque la economía es una ciencia que requiere mucho estudio, análisis y reflexión, sus principios no son -en el fondo- complejos. Debe si, para poder aprehenderlos, aplicarse la más rigurosa lógica, y esto, a veces, representa una dificultad para muchos, sobre todo en los tiempos que corren.

A continuación, vamos a comentar el excelente resumen que hace un no menos importante profesor mexicano de algunas de las máximas económicas más relevantes que nadie debería perder de vista para mejorar el propio nivel de vida y el de todos los demás:

“Única vía para aumentar salarios reales: apoyar leyes que faciliten más inversión y capacitación en empresas, lo demás es politiquería.”[1]

Mucha gente y economistas creen de buena fe (aunque profundamente errados) que los salarios e ingresos en términos reales pueden subirse por decreto o voluntad gubernamental. Otros opinan que son los sindicatos los que cumplen un papel fundamental para que los ingresos de los asalariados mejoren. No obstante, todos los que así piensan están hondamente equivocados, ya que solo existe una manera genuina, real y sostenida para que los salarios e ingresos de todo el mundo mejoren, y este medio es la libre incorporación de capital en el lugar donde se quieran ver esos beneficios concretarse. Lo mismo ha de decirse para las empresas, que serán las primeras interesadas en invertir en capacitación allí donde sea necesario para optimizar el rendimiento de su personal. Ello, también redunda en sensibles mejoras para la remuneración de sus empleados.

“Ni en Brasil, Argentina, Uruguay, ni en México en los 80, aumentos de salarios mínimos incre­mentaron salarios reales.”[2]

Y no solamente no subieron los salarios reales, sino que -como es sabido- aumentaron el desempleo, ya que es el efecto directo (aunque a veces no sea tan inmediato) que producen tanto las políticas de salarios mínimos como todas aquellas que de manera artificiosa incrementen los costos laborales.

“Políticas de controles de precios y salarios no reducen pobreza, la agravan. Demagogos las proponen, ignorantes las aceptan.”[3]

Otra máxima de fundamental importancia. La idea popular es evitar que los precios suban. Hay, no obstante, que aclarar aquí cierta ambigüedad en la terminología que puede llamar a confusión. Los salarios también son precios. Es otra forma de designar al ingreso del empleado. Con el vocablo “salario” simplemente se distingue la entrada monetaria del empleado de la que obtiene su empleador. La diferenciación es útil también a los fines académicos, ya que otra discrepancia en lo netamente económico es los disímiles tipos de controles que ambos sufren. La política popular (y muchos economistas) determina que debe evitarse que los ingresos de los empleadores crezcan, porque creen que si así sucede los salarios de los trabajadores bajarían. Ya hemos aclarado muchas veces que esta idea es un gravísimo error.

“Dos vías para crear empleos, la falsa: más gas­to público, la verdadera: menos impuestos y regulaciones. Trabajo infantil no se reduce por decreto ni pro­hibición, sino con más inversión y mejores em­pleos a los padres.”[4]

Y debe agregarse, por supuesto como ya se lo hizo antes, la inversión en capital. Sin estas herramientas fundamentales el nivel de empleo de ninguna manera puede aumentar, si es que estamos hablando del empleo real. En otro caso, el empleo puede crecer artificialmente en alguno que otro sector. Pero, utilizando políticas económicas ajenas a las recomendadas, el aumento del empleo será sectorizado, y siempre a costa de un mayor desempleo en otros ámbitos de la economía. En distintas palabras, en el campo laboral también debe regir libremente la ley de la oferta y la demanda.

“Entre más programas gubernamentales para ayudar a los pobres, aparecen más pobres. Pobreza no se reduce con programas guberna­mentales ni con más impuestos sino con más inversión, que florece con bajos impuestos.”[5]

Esos programas, en Argentina conocidos como “planes sociales” u otras denominaciones análogas, tienen los mismos efectos que los descriptos en la cita. El dinero para otorgar esos “planes” sale del peculio de los contribuyentes -ya sean estos de hecho o de derecho- lo que significa que, incluso aquellos que serán los destinatarios finales del “plan” también son expoliados por el gobierno vía menor nivel de bienes a su disposición. Es decir, se termina perjudicando a quienes se quisieron “ayudar”. Además de los otros efectos nocivos, como el incentivo al parasitismo por parte de los “beneficiados” supuestos.

“La mejor forma de ayudar a los pobres es difun­dir políticas económicas que reducen su núme­ro y denunciar las que los aumentan.”[6]

Lo que sucede es que, sobre todo, en lugares donde campea la ignorancia sobre la sana economía, suele creerse (a veces de buena fe) que la “mejor” forma de ayudar a los pobres es dándoles simplemente lo que necesitan. Es aquí donde son muy necesarias las recetes del autor en comentario sobre la buena educación económica que les permita a todos poder distar entre la sana economía y la malsana.

“Gasto social que no incentiva creación de em­presas que generen empleos productivos, no reduce pobreza ni desempleo.”[7]

Posiblemente se trate de un caso de ambigüedad en la redacción, por el cual podría entenderse que habría “algún” gasto social que pudiera incentivar la “creación de empresas”. No es así. El gasto social no solamente no puede estimular la creación de empresas sino el efecto exactamente contrario. Lo más probable es que el autor hubiera querido decir esto: que ningún gasto social puede ni podrá jamás alentar el nivel de empleo productivo, pero si el improductivo, lo cual es más exacto de expresar.

“El círculo perverso de la miseria: pobreza, popu­lismo para combatirla, más votos de pobres a populistas, más pobreza, más populismo.”[8]

Este círculo se rompe solamente con mayor y mejor educación económica. Muchos autores suelen enfatizar solamente la palabra “mayor” olvidándose lo de “mejor. Por “mejor” emitiendo aquella parte de la economía que enseña el camino correcto de la prosperidad y de la baja de la pobreza. Esto es lo que precisamente hace la Escuela Austríaca de Economía, cuya divulgación me parece fundamental.

[1] Luis Pazos. Educación económica contra demagogia electorera, Centro de Investigaciones Sobre la Libre Empre­sa, A.C. (CISLE) (Del libro Políticas Económicas). pág. 8

[2] Luis Pazos. Educación económica…ob. cit. Pag. 8

[3] Luis Pazos. Educación económica…ob. cit. Pag. 9

[4] Luis Pazos. Educación económica…ob. cit. Pag. 9

[5] Luis Pazos. Educación económica…ob. cit. Pag. 9

[6] Luis Pazos. Educación económica…ob. cit. Pag. 9

[7] Luis Pazos. Educación económica…ob. cit. Pag. 9

[8] Luis Pazos. Educación económica…ob. cit. Pag. 9

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.

La estafa de la jubilación estatal

Por Roberto H. Cachanosky. Publicado el 13/3/16 en: 

 

La jubilación debe ser cosa de cada uno. Es decir, el ahorro para nuestro retiro del mundo laboral no debería estar en manos de la dirigencia política

Si bien hoy en día es políticamente incorrecto hablar de la jubilación privada, tengo bien en claro que la mayor estafa que el populismo le ha hecho a la gente es la jubilación estatal. En nombre de la solidaridad social, el sistema de reparto ha sometido a generaciones de trabajadores a que terminen sus días de jubilados como verdaderos mendigos.

Es común ver como muchos jubilados caen en el error de decir que los estafaron porque los aportes que hicieron durante años se los robaron dado que cobran jubilaciones muy magras. La realidad que tanto los llamados aportes al sistema previsional que hacen los que están en actividad así como las contribuciones que realizan las empresas por cada trabajador son simples impuestos. En efecto, no es el aporte del trabajador y la contribución patronal de la empresa un ahorro destinado a cubrir la vejez del actual trabajador. Es solo un impuesto que se aplica para financiar el pago de los haberes de los actuales jubilados. Dicho en otras palabras, los actuales jubilados tienen su jubilación de los impuestos que pagan los trabajadores que actualmente están en actividad así como de las contribuciones patronales. En un sistema de reparto no hay tal cosa como un  ahorro para cuando uno se jubila. Solo hay impuestos que se cobran sobre la nómina salarial para mantener a los actuales jubilados. Y, los que hoy estamos en actividad, el día que nos jubilemos recibiremos los mendrugos del estado benefactor por los impuestos que pagarán los que estén en actividad en ese momento.

Resalto, en un sistema de reparto no hay ahorro. Nadie puede reclamar por sus aportes porque esos aportes fueron solo impuestos para sostener a los jubilados del pasado.

Matemáticamente el sistema de reparto estatal es inviable porque: 1) al aumentar la esperanza de vida hay cada vez menos trabajadores en actividad para sostener por cada jubilado, 2) la alta carga tributaria sobre la nominal salarial más la disparatada legislación laboral hace que mucha gente prefiera trabajar en negro en el caso argentino y, por lo tanto, el trabajo en negro no paga impuestos para sostener a los actuales jubilados, 3) en el caso argentino hay que agregar que hoy en día, fruto del populismo k, mucha gente vive de un subsidio “social” y por lo tanto no aporta para que los jubilados puedan mejorar sus ingresos, 4) la tasa de desocupación es tan alta que se reduce aún más la relación cantidad de trabajadores en actividad por cada jubilado y 5) el populismo ha destruido de tal manera la productividad de la economía que los salarios reales son bajos. Como  las jubilaciones son un porcentaje de los impuestos que se cobran sobre salarios reales bajos, inevitablemente los jubilados tienen jubilaciones de hambre.

Los que hoy dependen del sistema de reparto estatal como los que nos jubilemos en el futuro no podemos esperar nada del estado salvo miseria. Y esto es culpa de la misma gente que ha votada estatismo y rechazada la libertad.

La gran mayoría de la dirigencia política y buena parte de la población aplaudió cuando literalmente nos robaron los ahorros que teníamos en las AFJP, sistema que tampoco comparto en la forma en que fue implementado en Argentina, pero al menos es menos malo que la estafa que es el actual sistema de reparto.

La jubilación debe ser cosa de cada uno. Es decir, el ahorro para nuestro retiro del mundo laboral no debería estar en manos de la dirigencia política que ha demostrado ser lo suficientemente incapaz y estafadora como para saber de antemano que nos condenará a la miseria el día que nos retiremos.

Más de un dirigente político, suponiéndose un ser superior al resto, argumentará que si no se obliga a la gente a aportar cuando llegue el momento de jubilarse no tendrá ahorros porque no todos son previsores. En consecuencia, para que no vivan en la miseria en el futuro hay que obligar a la gente a aportar a un sistema de reparto. A la vista de todos están los resultados de lo previsores que fueron los que se creían seres superiores. Una gran masa de jubilados viviendo con la mínima que no alcanza para nada.

Nuestros abuelos y bisabuelos ahorraron sin que nadie les dijera cómo tenían que hacerlo. Muchos de ellos ahorraron comprando propiedades para vivir de los alquileres cuando se retiraran. Esto funcionó hasta que llegó Perón y estafó a los jubilados con la ley de alquileres.

Las AFJP, a pesar de ser un sistema ampliamente mejor que el de la jubilación de reparto, tenían errores como altas comisiones para comprar bonos del estado, con lo cual pagábamos una comisión por tener riesgo estatal. Negocio chino. Además no había competencia con aseguradoras del exterior.

En Chile mataron el sistema de reparto y funciona el sistema de capitalización en las AFP, donde cada persona tiene individualizados sus ahorros.  Esos ahorros perteneces a cada persona con nombre y apellido a diferencia del sistema de reparto.

Para que tengamos una idea del destrozo que se hizo en Argentina con los ahorros, el Fondo de Garantía de Sustentabilidad, que no es otra cosa que el título que el kirchnerismo le puso al robo de nuestros ahorros en las AJFP, maneja unos U$S 30.000 millones, en tanto que las AFP chilenas administran U$S 150.000  millones. Es ahorro de largo plazo que puede financiar hipotecas para que los jóvenes puedan comprar su primera vivienda sin necesidad de recurrir al denigrante curro del plan PROCREAR por el cual el estado decide a quién le otorga un crédito para construir su casa.

El ahorro de largo plazo, como es el caso del ahorro individual para las jubilaciones, constituye un formidable mecanismo de financiamiento de créditos hipotecarios a tasas muy bajas o de inversiones en el sector productivo. Incluso si el que ahorra para su jubilación lo hace en forma de propiedades, genera un círculo virtuoso de ahorro y crecimiento económico. Mueve la actividad de la construcción y aumenta la oferta de propiedades en alquiler con lo cual es más fácil acceder a una vivienda, por ejemplo para las jóvenes parejas actuales porque aumenta la oferta de propiedades en alquiler.

En síntesis, soy consciente de que criticar la jubilación de reparto estatal y defender la privada es políticamente incorrecto, pero me niego a aceptar que por decir lo políticamente correcto se siga estafando a generaciones de gente que al llegar el momento de su retiro advierte que los políticos, usando el estado, lo estafaron sin piedad dejándolo en la miseria más absoluta.

Recapacitemos para que las futuras generaciones no tengan que padecer el abandono al que el “estado benefactor” ha dejado a los actuales jubilados.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE

Qué es lo mínimo que hay que hacer

Por Roberto H. Cachanosky. Publicado el 24/1/16 en: http://economiaparatodos.net/que-es-lo-minimo-que-hay-que-hacer/

 

Se pueden resolver los problemas económicos solo con confianza?

Todo proceso económico tiene como destino final el consumo. Aun cuando se produzcan bienes de capital o insumos para la producción, ambos factores de producción tiene como último destino el de producir bienes de consumo.

Ahora bien, el kirchnerismo dio vuelta el proceso lógico de la economía y se lanzó a estimular artificialmente el consumo en forma desaforada utilizando diferentes mecanismos. Por un lado uso stock de capital para estimular el consumo, por ejemplo nuestros ahorros en las AFJP o el dinero que tendría que haberse destinado a financiar el mantenimiento y la mejora del sistema energético; por otro lado, nos exprimieron como a un limón a los que producimos dentro del sistema formal, aplicándonos una salvaje presión impositiva para redistribuir entre quienes se consideran con derecho a ser mantenidos de por vida por el resto de los mortales. Lo cierto es que esa presión impositiva derivó en fuertes desestímulos para producir y la economía quedó estancada durante los cuatro años del segundo mandato de Cristina Fernández. El resultado es que aunque Macri quisiera hacer populismo estimulando el consumo, no podría llevar a cabo esa estrategia porque no hay con qué estimular el consumo artificial como lo hizo el kirchnerismo, dilapidando 12 años de nuestras vidas.

No le queda otra opción a Macri, más allá que esa sea su convicción, que volver al proceso lógico de la economía por la cual primero hay que producir y luego consumir.

Para enfrentar el destrozo económico que hereda Macri del kirchnerismo, tiene, a mi juicio, dos opciones para comenzar a mover la economía. La más inmediata es las exportaciones, en particular de productos agropecuarios con una mayor diversificación en granos (el kirchnerismo forzó el monocultivo de la soja con las absurdas medidas que adoptó) y en una segunda etapa tiene que encender el segundo motor para mover la economía que es la inversión. Con estos dos motores en marcha bajará la desocupación, mejorarán los salarios reales e iremos a un proceso final en el que a economía tendrá tres motores empujando: el consumo, las exportaciones y la inversión. Pero el consumo no crecerá en forma artificial, sino en forma sólida.

Obviamente que todo este proceso no es mágico ni instantáneo. Décadas de destrucción populista no se resuelven en unos pocos meses y menos cuando esa destrucción populista llegó al máximo con el kirchnerismo. Yo diría que junto con José Ber Gelbard, Kicillof fue el peor ministro de economía que tuvo la Argentina en los últimos 40 años. Cabeza a cabeza compitiendo por el premio mayor al peor ministro de economía.

Ahora bien, volviendo a las opciones que tiene Macri por delante, me parece que al regular el mercado de cambios cuando salieron del cepo, se quedaron cortos en la suba del tipo de cambio real. Dicho de otra manera, Argentina sigue siendo cara en dólares porque los precios internos subieron más que el tipo de cambio nominal y, por lo tanto, habrá que ver si las exportaciones, que eran el motor más inmediato para mover la economía, pueden darle el empuje necesario. Tengo mis dudas, en particular con un tipo de cambio que se movió, en términos nominales igual al de Brasil y, encima, con nuestro principal socio estancado o en recesión.

Le queda a Macri el tercer motor para mover la economía que es la inversión. Un paso importante dio el presidente en las reuniones que mantuvo en Davos. El flamante gobierno argentino dejó una muy buena imagen. Ya no nos ven como los loquitos irresponsables de América Latina junto con el chavismo. Sin embargo, me queda el interrogante si la nueva imagen de Argentina con un gobierno racional, con gente preparada y proponiendo políticas lógicas, alcanza para atraer la suficiente cantidad de inversiones como para empezar a mover la economía hacia mediados de 2016, porque me parece que el primer semestre va a ser bastante duro.

Dicho de otra manera, uno puede decir para dónde va, pero habiendo tenido nuestro país tantas aventuras populistas, antes de lograr inversiones en cantidades importantes habrá que mostrar que estamos dispuestos a iniciar el camino de la madurez. No basta con decir que se buscará la disciplina fiscal, probablemente las inversiones lleguen cuando se vean señales claras con medidas concretas que buscan la disciplina fiscal.

Quiero decir que no sé si el simple cambio de expectativas alcanza para encender el tercer motor que puede mover la economía, esto es el motor de las inversiones. ¿Tendremos inversiones antes de aplicar reformas estructurales o primero vendrán las inversiones y luego se podrán implementar las reformas estructurales, particularmente en gasto público e impositivas?

En lo personal yo no me arriesgaría e iría por lo seguro. Dejaría flotar en serio el tipo de cambio sin subir la tasa de interés para que el motor de las exportaciones mueva rápidamente la economía y descomprima la situación social mientras avanzo en un plan de disciplina fiscal más convincente que el anunciado para, de esa manera, atraer inversiones.

El gran interrogante que se presenta es: ¿qué es lo mínimo indispensable que hay que hacer en el campo de la economía para salir del largo período de estancamiento? Hay tiempo para hacer correcciones en caso de no ser suficiente lo hecho hasta ahora. Pero tampoco tenemos todo el tiempo del mundo, porque el mundo nos está esperando entusiasmado, pero no nos va a esperar eternamente.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE

Revaluar, devaluar: Mises comenta los errores del gobierno británico después de la Primera Guerra

Por Martín Krause. Publicado el 13/10/15 en: http://bazar.ufm.edu/revaluar-devaluar-mises-comenta-los-errores-del-gobierno-britanico-despues-de-la-primera-guerra/

 

En Junio de 1959, Ludwig von Mises dictó seis conferencias en Buenos Aires que vemos ahora con los alumnos de Económicas, UBA. Éstas fueron luego publicadas y las consideramos también con los alumnos de la UBA en Derecho. Su cuarta conferencia se tituló, precisamente “Inflación” y describe ahora el gran error del gobierno británico después de la Primera Guerra al volver a la paridad anterior a la guerra, y luego devaluar. Mises comenta:

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“Para darles solamente algunos hechos: después de la Primera Guerra Mundial, Gran Bretaña retornó a la paridad de la libra en oro que tenía antes de la guerra. Esto es, revaluó la libra hacia arriba. Esto incrementó el poder de compra de los salarios de todos los trabajadores. En un mercado libre, sin trabas, el salario nominal en dinero debería haber caído para compensar esto, y el salario real de los trabajadores no habría sufrido.

No nos da el tiempo aquí para discutir las razones de este aserto. Pero los sindicatos en Gran Bretaña no estaban deseosos de aceptar un ajuste hacia abajo de los niveles en dinero de los salarios en razón del aumento del poder de compra. En consecuencia, los salarios reales aumentaron considerablemente por estas medidas monetarias. Esta fue una seria catástrofe para Gran Bretaña, ya que este país es predominantemente un país industrial, que debe importar sus materias primas, productos a medio elaborar y alimentos para poder vivir, y tiene que exportar productos manufacturados para poder pagar dichas importaciones. Con el incremento del valor internacional de la libra, los precios de las mercaderías británicas crecieron en los mercados extranjeros y las ventas y exportaciones declinaron. Gran Bretaña, en efecto, había establecido sus precios fuera del mercado mundial.

Los sindicatos no podían ser derrotados. Todos conocen el poder de un sindicato en la actualidad. Tiene el derecho, prácticamente el privilegio, de recurrir a la violencia. Y una orden del sindicato es, por lo tanto, digamos no menos importante que un decreto gubernamental. El decreto del gobierno es una orden para cuyo cumplimiento se encuentra disponible el aparato estatal, la policía. Deben obedecerse los decretos del gobierno, de lo contrario se tendrán dificultades con la policía. Lamentablemente, tenemos hoy – en casi todos los países del mundo – un segundo poder que tiene la posibilidad de ejercitar la fuerza: los sindicatos obreros. Los sindicatos establecen salarios y luego hacen una huelga para ponerlos en práctica en la misma manera en que el gobierno puede decretar un nivel de salario mínimo. No discutiré ahora la cuestión de los sindicatos, lo haré después. Sólo deseo dejar establecido que es la política de los sindicatos incrementar los salarios a niveles por encima de los niveles que tendrían en un mercado libre, sin trabas. Como resultado, una parte considerable de la potencial fuerza laboral puede ser empleada solamente por gente o industrias que estén dispuestas a sufrir pérdidas. Y, dado que los negocios no pueden mantenerse sufriendo pérdidas, cierran sus puertas y los empleados se convierten en desempleados. El establecer niveles de salarios por arriba del nivel que tendrían en un mercado libre y sin trabas resulta siempre en el desempleo de una parte considerable de la potencial fuerza laboral.

En Gran Bretaña, el resultado de los altos niveles de salarios, forzados por los sindicatos, fue un perdurable desempleo, prolongado año tras año. Millones de trabajadores estaban sin empleo, los volúmenes de producción caían. Inclusive los expertos estaban perplejos. En esta situación el gobierno Británico tomó una decisión que consideró una medida indispensable, de emergencia: devaluó su moneda.

El resultado fue que el poder de compra de los salarios en dinero, sobre los cuales los sindicatos habían insistido, no era más el mismo. Los salarios reales, los salarios medidos en bienes, quedaron reducidos. Ahora al trabajador no le era posible comprar todo lo que le había sido posible comprar antes, aún cuando el salario nominal permanecía en el mismo nivel. De esta manera, se pensó, los salarios reales retornarían a los niveles de un mercado libre y el desempleo desaparecería.”

 

 

 

Martín Krause es Dr. en Administración, fué Rector y docente de ESEADE y dirigió el Centro de Investigaciones de Instituciones y Mercados (Ciima-Eseade).

El costo de aislarnos del mundo

Por Roberto H. Cachanosky. Publicado el 29/9/15 en: http://www.lanacion.com.ar/1832109-el-costo-de-aislarnos-del-mundo

 

Uno de los grandes dramas de la economía argentina ha sido cerrarse al comercio mundial.

Aislarnos por miedo a competir. Aislamiento que trajo un creciente deterioro de la productividad y aumento de la pobreza.

Pero resulta que ahora no sólo se habla de sustituir importaciones, el nefasto mecanismo por el cual se somete al consumidor a la oferta de unos pocos productores locales que venden productos de baja calidad y a altos precios, sino que quieren inventar la pólvora lanzando la idea de sustituir exportaciones, entendiendo por tal cosa que en vez de exportar mercaderías hay que ponerle barreras a las exportaciones de esos productos para que se consuman internamente.

En rigor, este “invento” ya lo llevó a cabo el kirchnerismo limitando las exportaciones de carne para que se consumiera internamente. El resultado fue que se liquidaron 12 millones de cabezas de ganado vacuno y hoy comer carne es un verdadero lujo. La sustitución de exportaciones hizo que, finalmente, la carne fuera más cara y se perdieran miles de puestos de trabajo por la cantidad de frigoríficos que tuvieron que cerrar.

Lo mismo ocurrió con las restricciones a las exportaciones de lácteos, que derivó en el cierre de miles de tambos y familias enteras sin trabajo. O con el trigo, que al limitarse su exportación lo que se ha conseguido es que este año se siembre la misma cantidad de hectáreas que se había sembrado 100 años atrás.

Tomando datos de la Organización Mundial del Comercio, a principios del siglo XX las exportaciones argentinas representaban entre el 2 y el 3 por ciento del total de las exportaciones mundiales. Esta participación se mantiene hasta casi fines de la década del 40, es decir, el primer gobierno de Perón y un poco más allá del fin de la Segunda Guerra Mundial. A partir de entonces, comienza una continua declinación de nuestra participación en las exportaciones del mundo llegando en la actualidad representar solo el 0,4% del total de las exportaciones mundiales. En toda la década del 90 y de la era kirchnerista las exportaciones argentinas representan el 0,4% de las exportaciones del mundo.

Si la Argentina se hubiese integrado al mundo como lo hicieron, por ejemplo, Canadá y Australia, y mantuviésemos un 2,5% del total de las exportaciones del mundo, las exportaciones argentinas deberían ser del orden de los U$S 475.000 millones anuales en vez de los U$S 60.000 millones que se exportarán este año.

Quienes defienden la sustitución de importaciones y de exportaciones debería formularse la siguiente pregunta: ¿Cuántos puestos de trabajo y riqueza dejaron de generarse por aislarnos del mundo? ¿Cuánta pobreza creamos al aislarnos del mundo?

Los datos muestran que cuando nos integramos al mundo, fines del siglo XIX y principios del XX, el PBI por habitante crecía al 3,6% anual y que, cuando nos aislamos del mundo, empezamos a crecer a una tasa anual del 1 por ciento.

La brecha del ingreso per cápita entre la Argentina y otros países se fue agrandando en detrimento nuestro. De acuerdo a los datos de Angus Maddison, en la década del 40, cuando definitivamente nos aislamos del mundo, la Argentina tenía un ingreso per cápita que era un 113% más elevado que el de España. En 2010, último dato disponible de la serie de Angus Maddison, España tenía un ingreso per cápita que era un 64% más alto que el nuestro.

Si hacemos la comparación con Irlanda, nosotros teníamos un ingreso per cápita que era un 48% más alto. En 2010, los irlandeses tenían un ingreso per cápita que era 115% más alto que el nuestro.

En la década del 40% el ingreso per cápita de Australia era un 52% más alto que el nuestro. En 2010 la diferencia llegaba al 150%. Con relación a Chile, en la década del 40 nuestro ingreso per cápita era 36% más alto que el de nuestro vecino y en 2010 el ingreso per cápita de Chile superaba al de la Argentina en un 35%.

Al cerrar la economía, la competitividad disminuye porque al vender sólo al mercado interno los costos fijos aumentan por unidad producida ya que se produce sólo para 40 millones de personas, algo totalmente diferente a producir para miles de millones de consumidores que podríamos captar en el mundo. Al mismo tiempo, el volumen de inversiones que se necesita para producir sólo para el mercado interno es mucho menor al que se necesita si se produce para el mundo. La inversión es menor, los puestos de trabajo se generan en menor cantidad y la productividad es tan baja que deriva en salarios reales cada vez menores.

El primer suicidio económico de la Argentina fue aislarse del comercio internacional mediante la sustitución de importaciones. Como si esto no hubiese alcanzado, ahora quieren sustituir exportaciones, algo que de hecho ya ocurrió al perder competitividad y tener una decreciente participación en el comercio mundial.

De ser un desierto, la Argentina se transformó, a partir de 1880 con la consolidación nacional, en una potencia económica. Una ola de inmigrantes, que no venían a buscar un plan social sino a trabajar, llegó a la Argentina. El valor del esfuerzo y el trabajo imperaban en estas tierras. Las inversiones fluían y las exportaciones no paraban de crecer. Ese resultado no fue casualidad, hubo un marco institucional llamado Constitución Nacional de 1853/60 que fue la base sólida sobre la cual se construyó un país que era admirado en el mundo.

Es seguro que ese enorme potencial que tenemos para crecer puede repetirse. Por supuesto que no bajo la locura de la sustitución de exportaciones e importaciones ni del populismo depredador. Puede lograrse recuperando los valores que imperaron en la Constitución que nos legó Juan Bautista Alberdi, ese genio tan ignorando en estos tiempos y que nos indicó que la integración al mundo era el camino.

Por ignorar a nuestros sabios próceres como Alberdi tiene un costo. Y así nos va.

 

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE.

¡Invierta en Argentina, ganará poca plata!

Por Iván Carrino. Publicado el 18/4/15 en:  http://www.ivancarrino.com/invierta-en-argentina-ganara-poca-plata/

 

Nuestros dirigentes no paran de sorprender. Durante una de sus últimas apariciones públicas, esta vez en el lanzamiento de un modelo automotriz que comenzará a ser fabricado en el país, la presidente habló sobre la inversión y sorprendió a todos con una teoría que va a contramano del saber convencional.

En su discurso, afirmó:

Escucho hablar mucho en estos días de inversión y demanda, y que hay que reducir la demanda, que es reducir los salarios, para aumentar la inversión. No, señores. Para aumentar la inversión, hay que disminuir un cachito la rentabilidad, o traer alguna de la que se llevaron afuera.

Ahora bien, por un lado, habría que aclarar que “la que se llevaron afuera” ya no es tanta porque hace tres años que el cepo cambiario impide el giro de utilidades de las empresas al tiempo que restringe cualquier vía legal para sacar dólares del país. Esta realidad se verifica con datos que el propio Banco Central se encarga de divulgar. Desde 2007 hasta la imposición del control de capitales, las empresas giraron al exterior un promedio de USD 3.300 millones por año. Sin embargo, a partir de 2011, el promedio anual se desplomó un 70% a USD 968 millones, a causa de las restricciones.

Por otro lado, tenemos que detenernos en esta idea de que para aumentar la inversión no es necesario reducir el consumo (como lo haría cualquier persona o familia), sino ¡reducir las ganancias!

Imagínese un afiche de propaganda que usted mira en la vía pública. El afiche busca invitarlo a que veranee en un lugar determinado. Digamos, una playa en el caribe. Sin embargo, en lugar de mostrar una imagen de una pareja en la orilla de una playa inmensa en el medio de un día soleado y con agua cristalina, el aviso muestra una playa sucia, en medio de una lluvia torrencial y a la pareja abrigada hasta el cuello. A su vez, el cartel tiene un slogan: “Venga a veranear a nuestra playa, tendrá una semana fatal”. No hay que ser muy despierto para darse cuenta que pocos serán los interesados en vivir esa experiencia.

Lo mismo sucede con el concepto esgrimido por el gobierno. Lo que escapa a su razonamiento es que, al igual que quien está buscando destinos para disfrutar una semana de vacaciones, el mundo está lleno de inversores buscando oportunidades de invertir, y lleno, a su vez, de opciones que compiten para atraer ese ahorro y convertirlo en una inversión rentable.

En ese sentido, lo que buscan los inversores es precisamente aquellos proyectos de negocios donde puedan incrementar, duplicar y, por qué no, multiplicar sus ganancias con el correr del tiempo. Y eso no tiene nada de malo ya que, en el proceso, estarán beneficiando a todos aquellas personas que voluntariamente decidirán comprar el producto o servicio que este negocio ofrezca. Además, el nuevo negocio aumentará la demanda de trabajadores, incrementando el nivel de empleo o, en su defecto, los salarios reales.

En el caso de que la inversión sea “solamente” financiera, el beneficio también está allí, ya que los fondos se destinarán a financiar, en definitiva, un proyecto productivo que, de otra manera, no podría haberse comenzado.

Así, teniendo en cuenta lo que el inversor tiene en mente, los diferentes destinos posibles compiten constantemente para seducir y atraer esos capitales. En este marco, los países y jurisdicciones dentro de ellos se exigen al máximo por reducir los impuestos, ofrecer seguridad jurídica, permitir libertad en el flujo de capitales y en la compra venta de divisas. El objetivo es que cada posible inversor se sienta cómodo en el destino que elija y, además, seguro de que si su inversión es exitosa, podrá disfrutar plenamente de los beneficios derivados de ella.

Por último, una reflexión adicional: ¿no es razonable pensar en la frase de la presidenta totalmente al revés? ¿Qué empresa invertirá más en un país determinado: la que está generando beneficios, o la que no los está generando? El análisis es sencillo, si no hay ganancias, no hay nada que se pueda volver a invertir en el negocio, mientras que si las ganancias son grandes, o mejor aún, enormes, entonces es mucho mayor la cantidad de capital disponible para volver a invertir en el país.

Como se imaginará, si se considera lo que expusimos hasta acá, lo que debería hacer el gobierno es todo lo contrario a sugerir que para aumentar la inversión hay que reducir “un cachito” las ganancias. De hecho, para transformarse en un país rico, Argentina necesita una enorme cantidad de inversiones, y para atraerlas, el mensaje debe ser el opuesto: “venga a la Argentina, aquí maximizará sus ganancias”.

Por supuesto, el mensaje debe ser acompañado de hechos concretos, como sostener reglas de juego claras que respeten la propiedad privada, un marco de leyes flexibles y amigables con los capitales, un valor real del dólar y la eliminación de los controles de precios que reducen la rentabilidad de muchos sectores productivos del país, entre tantas otras reformas.

Todos estos temas los podremos ir analizando en otras notas más específicas sobre esos temas. Pero por lo pronto, hoy tenemos que quedarnos con esta idea: para incrementar la inversión y, por lo tanto, hacer que la producción y el bienestar crezcan, no hay que reducir las ganancias, sino tener la expectativa clara de que estas podrán incrementarse al máximo en el futuro. Y después de eso, por supuesto, hacer las cosas bien para que esta expectativa se vuelva una realidad.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Trabaja como Analista Económico de la Fundación Libertad y Progreso, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y profesor asistente de Economía en la Universidad de Belgrano.