Progresión versus proporcionalidad

Por Gabriel Boragina. Publicado en: http://www.accionhumana.com/2021/05/progresion-versus-proporcionalidad.html

La idea sonada que «las grandes fortunas son en su mayoría un producto del medio social» es falsa, y alude a la teoría marxista que es la que sostiene exactamente esa misma falacia. Tales fortunas responden a la iniciativa individual privada, al espíritu emprendedor o empresario de uno o más individuos creativos que arriesgando sus propios capitales se lanzan al terreno empresarial a probar suerte, fabricando u ofreciendo lo que el consumidor demanda.

También es manifiestamente falso que «reciben del Estado mayores garantías de protección y de seguridad que las pequeñas». Por el contrario, son las más castigadas con impuestos más pesados. Y precisamente por su mayor tamaño son las más atractivas para el ladrón estatal siempre voraz. Nuevamente, que el «estado» favorece «las grandes fortunas» es otra idea marxista tan falsa como muy popular.

Por último, respecto de que el impuesto proporcional es más oneroso para el pobre que para el rico es otra falsedad más. En rigor cualquier impuesto de cualquier tipo y sistema siempre es más oneroso para el pobre que para el rico aun la ley eximiera al pobre de su pago.

En segundo lugar, tanto lo «necesario» como lo «superfluo» son apreciaciones que solamente puede hacer el propio sujeto que valora y no un tercero ajeno al mismo. Mientras haya impuestos nadie estará exento de sus efectos económicos, aunque no tenga efectos legales. En este sentido, insistiremos que cualquier impuesto implica un grado más de pobreza para la sociedad que lo sufra.

Es decir, no resulta posible en ningún caso determinar cuándo un 10, 20, 30% etc. está gravando lo «necesario» o lo «superfluo».

En la práctica, los gobiernos zanjan la cuestión centrándose en los que ellos llaman los grandes «contribuyentes», que también se denominan como «grandes fortunas» sin prestar mayor atención al resto.

Como cualquier buen pescador podrá acreditarlo, las redes de pesca capturan de manera más rápida y mucho mejor a los peces gordos que a los pequeños. Lo mismo ocurre con las redes fiscales y en exacta medida.

«c) El impuesto progresivo. Los opositores del impuesto proporcional adhieren decididamente al impuesto progresivo. ¿En qué consiste? Se llama así a aquel cuya cuantía crece en proporción más rápida que la riqueza objeto del mismo. El divisor (tasa del impuesto) es variable y crece a medida que aumenta el dividendo (riqueza imponible). Dentro de este sistema, que ha venido ganando la mente y el corazón de los estadistas y legisladores, hay numerosas formas y modalidades de la progresión.»[1]

Implica pues que a medida que el patrimonio del expoliado aumenta se incrementa más que proporcionalmente el impuesto que lo expolia. Varios autores han expuesto lo negativo de estos impuestos. Recordaremos -por ahora- lo que el Dr. Sabino dice de los mismos en su ya afamado Diccionario de economía y finanzas al respecto:

«Los impuestos directos se calculan normalmente sobre la renta o el enriquecimiento neto que una persona ha obtenido en un año o período fiscal determinado, o sobre las ganancias de las empresas. Hasta hace algunas décadas éste era el impuesto principal que recogían casi todos los gobiernos. A medida que las funciones del Estado fueron creciendo, que se difundieron políticas de corte redistribucionista y que se expandió la seguridad social, las escalas fueron aumentando también, para obtener los ingentes recursos fiscales que se iban requiriendo.»[2]

En otros términos -y pese a la prudencia y sobriedad de la definición dada- lo que se debe interpretar de ella es que a medida que los gobiernos tornaron cada vez más voraces y esa voracidad se hizo incontenible «las escalas fueron aumentando también, para obtener los ingentes recursos fiscales que se iban requiriendo». El pretexto de los gobiernos es siempre el mismo : el «deber social» o la «justicia social» donde el gobierno asume por sí mismo la misión de ser algo así como un enorme Santa Claus que en su formidable trineo tirado por renos (que bien podrían simbolizar a los contribuyentes expoliados) reparte el botín entre los «niños» adultos (los «más necesitados»).

Y continúa así: «Ello llevó a que, más allá de cierto punto, se sintiesen los efectos de tan fuertes cargas impositivas sobre el ahorro y la inversión: al privar a los ciudadanos y las empresas de una significativa proporción de los ingresos que superan una determinada cifra, se desalientan por completo los esfuerzos por aumentar la producción y el ahorro. Los impuestos, por lo tanto, presentan un rendimiento decreciente más allá de cierto punto: la gente prefiere un mayor ocio frente a una renta imponible mayor e, incluso, puede tener que optar por el desahorro para poder mantener un cierto nivel de consumo. Por ello los impuestos directos se han reducido en muchos países durante la última década y han sido sustituidos en parte, como fuente de ingresos fiscales, por los indirectos.»[3]

Lamentablemente los impuestos directos han vuelto con toda su virulencia luego de que el Dr. Sabino escribiera estas palabras en 1991.

«El tratadista americano Edwing R. A. Seligman, en su notable libro El Impuesto progresivo, analiza las diversas expresiones del impuesto progresivo y reconoce las siguientes especies: 1») Progresión por clases: consiste en dividir la riqueza imponible en diversas categorías, la más baja generalmente exenta de impuesto. Cada clase paga no un porcentaje sino una suma fija que aumenta a medida que se pasa de una clase a otra superior.»[4]

Es decir, la arbitrariedad de las arbitrariedades dado que esa «suma fija» no es «fija» y, además, la determina el ladrón fiscal a voluntad y sin criterio objetivo alguno. Quedando librado a la arbitrio discrecional del burócrata de turno que ampliará el siguiente burócrata y así sucesivamente a medida que vayan rotando las distintas burocracias. Se divide la riqueza, que es lo mismo que decir dividir a las personas en clases o castas, y se trata cada casta conforme a lo que le toque en suerte o desgracia, consonante varían los humores del todopoderoso organismo fiscal. Claro está que, el criterio divisor de cada categoría tampoco es objetivo sino subjetivo de la voluntad del burócrata. En suma, la expoliación llevada a su mayor grado de tétrica perfección.


[1] Mateo Goldstein. Voz «IMPUESTOS» en Enciclopedia Jurídica OMEBA, TOMO 15, letra I, Grupo 05.

[2] Carlos SABINO; Diccionario de Economía y Finanzas. Contiene léxico inglés-español y traducción de los términos al inglés. Consultores: Emeterio Gómez; Fernando Salas Falcón; Ramón V. Melinkoff. CEDICE. Editorial Panapo. Caracas. Venezuela.

[3] SABINO C.; Ibídem.

[4] Goldstein, M.Ibidem

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero. Síguelo en  @GBoragina

El dirigismo

Por Gabriel Boragina. Publicado el 4/5/14 en: http://www.accionhumana.com/2014/05/el-dirigismo.html

 

Aunque parezca mentira, existen aun en nuestros días personas que creen que vivimos en una sociedad capitalista y/o individualista, por lo que será oportuno dedicar algunas palabras a este tema, con miras a despejar nuevamente (como ya hiciéramos otras veces) ese tremendo error. Hay en tal sentido, numerosos indicadores que señalan con precisión que nuestro sistema político-económico es dirigista y no capitalista ni individualista, lo que se desprende -en primer lugar- de la propia noción del término individualismo:

«individualismo. El individualismo no es en sí una escuela filosófica sino una corriente de pensamiento que ha hallado su expresión en autores de diversas épocas. Se opone, básicamente, al colectivismo, en el sentido de que considera al individuo, y no a la sociedad, como fundamento de las leyes y de las relaciones morales y políticas. El individualismo, en economía, reconoce el valor y la legitimidad de la propiedad privada, aboga por un sistema competitivo de libre mercado y recusa la idea de que la sociedad pueda desarrollarse adecuadamente mediante un control político o un plan económico deliberado. Se opone por lo tanto a toda clase de dirigismo estatal o de planificación central y afirma, con Adam Smith, que el interés social se sirve mejor si cada individuo persigue su interés individual.»[1]

No hace falta examinar mucho la realidad que nos circunda para darnos cuenta que casi todo el mundoconsidera a la sociedad, y no al individuo, como fundamento de las leyes y de las relaciones morales y políticas. Así como tampoco se reconoce el valor y la legitimidad de la propiedad privada, ni se aboga por un sistema competitivo de libre mercado y menos todavía se «recusa la idea de que la sociedad pueda desarrollarse adecuadamente mediante un control político o un plan económico deliberado», sino que ocurre todo lo contrario, de donde se deriva que por doquier campea «toda clase de dirigismo estatal o de planificación central». El dirigismo es pues lo opuesto al individuo «como fundamento de las leyes y de las relaciones morales y políticas», al «valor y la legitimidad de la propiedad privada» y a «un sistema competitivo de libre mercado», entre otras cosas. Vale la pena que nos detengamos en el propósito de «un control político o un plan económico deliberado» como característica del dirigismo, para lo cual será muy oportuno reparar en la siguiente aserción:

«Desde sus primeros pasos los estudiantes de economía son introducidos en la economía matemática y de ahí en más se los somete a una lectura intensiva de artículos y libros que exponen distintos modelos matemáticos, según la corriente de moda y los “avances” logrados en su perfeccionamiento. Al terminar la carrera el estudiante se ha convertido en un “modelo” de economista dirigista. Los que llegan a ocupar un puesto público relevante tratarán de aplicar alguno de los irreales modelos matemáticos a la realidad (los más sagaces inventan modelos propios). Comienzan, entonces, a manipular tasas de interés, tipos de cambio, aranceles, encajes bancarios, precios, salarios, etcétera, a la luz de lo que sus modelos les anticipan que ocurrirá (con cierto desvío estándar). El grado de dirigismo puede variar desde los que creen que hay que manipular todas las variables hasta los que creen que sólo hay que controlar una (por ejemplo, la oferta monetaria según alguna “regla” que el modelo recomiende). También dentro del mismo grado de dirigismo puede variar el “tipo” de intervención; algunos piensan que hay que controlar las variables A, B y C y otros las W, Y y Z. La combinación de todos los grados y tipos de dirigismo arroja una gran cantidad de “experimentos” posibles para poner en práctica.»[2]

Resulta claro pues que todo esto que observamos en la realidad de nuestros días se opone a cualquier noción de individualismo o de capitalismo (conceptos estos que si bien no son estrictamente hablando sinónimos, son sin ninguna clase de duda, complementarios e inescindibles: el capitalismo es individualista, de la misma manera que el individualismo es capitalista:

«El individualismo, como término del lenguaje corriente, es muchas veces un sinónimo de egoísmo despiadado o de aislamiento con respecto al grupo. No es ese, sin embargo, el contenido que asume para la ciencia económica: se entiende en ésta que el individuo, limitado naturalmente por un marco normativo adecuado, puede y debe perseguir libremente sus intereses y que, al hacerlo, desplegará su iniciativa y su creatividad, procurando maximizar sus beneficios. Para que esto ocurra, sin embargo, deberá producir algún bien o servicio que los demás valoren, de modo tal que encontrará su retribución económica sólo si ajusta sus acciones a los deseos de los otros individuos. Esta relación entre personas independientes, pero intensamente relacionadas entre sí, constituye el verdadero fundamento del mercado, entendido como marco donde se producen los intercambios entre los diferentes individuos de una sociedad.»[3]

En el dirigismo actual, el individuo no sólo está limitado «por un marco normativo adecuado» sino que -además de esto- es dirigido por el gobierno de turno en cuanto a sus acciones políticas, jurídicas y económicas, tal como sucede en nuestros días y desde hace décadas. El campo de elección y de acción del individuo de hoy, se encuentra constreñido al máximo por los gobiernos dirigistas contemporáneos. Ello sin contar que, la mayoría de los marcos normativos lejos están de ser «adecuados», sino que son cada vez en mayor medida altamente opresivos, al punto de reducir y hasta anular en el individuo toda «su iniciativa y su creatividad procurando» minimizar «sus beneficios».

De donde, no se advierte cómo es posible –excepto supina ignorancia o mala fe- que existan personas con «estudios» y «grados universitarios» que crean «seriamente» que «vivimos» en una sociedad «individualista» o «capitalista». En cualquiera de ambos casos, se denota que sus conceptos están muy pervertidos.

 

[1] Carlos Sabino, Diccionario de Economía y Finanzas, Ed. Panapo, Caracas. Venezuela, 1991. voz Individualismo.

[2] Juan Carlos Cachanosky «LA CIENCIA ECONÓMICA VS. LA ECONOMÍA MATEMÁTICA (II)». Revista Libertas 4 (Mayo 1986). Instituto Universitario ESEADE. Pág. 26

[3] C. Sabino, Diccionario….ob. cit. Ídem.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero. 

El poder creciente de la burocracia

Por Gabriel Boragina. Publicado el 22/12/13 en: http://www.accionhumana.com/

De acuerdo al prestigioso Diccionario de economía del Dr. C. Sabino: ”burocracia. Tipo de administración caracterizada por una jerarquía formal de autoridad, reglas definidas para la clasificación y solución de problemas, extendido uso de comisiones y organismos colectivos de decisión y formas escritas de comunicación. La burocracia es peculiar de las oficinas e instituciones estatales, pero en cierta medida también se encuentra en las grandes corporaciones privadas. El término burocracia, sin embargo, se usa también en otros sentidos: sirve para designar tanto al conjunto de funcionarios -o burócratas- como para calificar una forma de proceder lenta, rutinaria, que dificulta y entraba toda decisión.”[1]

Lo que diferencia, en rigor, un gobierno grande de otro mediano y de uno pequeño no es sino los distintos tamaños de sus respectivas burocracias, ya que conforme sea el mismo -mayor o menor- será también su poder, exactamente en esa idéntica proporción.

La burocracia ha merecido diferentes tratamientos conforme difiera el sistema político y económico en el cual ella se encuentre inserta. Así por ejemplo enseña L. v. Mises que:

“El socialismo de la economía planificada se distingue del socialismo de estado aplicado en Prusia bajo los Hohenzollern principalmente por el hecho de que la posición privilegiada en el control de la economía y en la distribución del ingreso, que los últimos asignaban a los junkers y a los burócratas, se asigna aquí al empresario anterior. Esto es una innovación dictada por el cambio en la situación política que resultó de la catástrofe que avasalló a la monarquía, a la nobleza, a la burocracia y a la oficialidad; aparte de esto carece de significado para el problema del socialismo.”[2]

De alguna manera hoy en día, y según se observa en muchos países, las burocracias han recuperado buena parte de aquella posición privilegiada en el control de la economía y en la distribución del ingreso de la que gozaban en Prusia bajo los Hohenzollern, en gran medida por cuanto ha existido en los últimos tiempos en esas naciones un retorno a un socialismo de estado bastante similar a aquel.

M. N. Rothbard amplia –en este mismo sentido- los anteriores conceptos de L. v. Mises:

“a fines del siglo XIX retornaron el estatismo y el Gobierno Grande, pero exhibiendo ahora una cara favorable a la industrialización y al bienestar general. El Antiguo Régimen retornó, aunque esta vez los beneficiarios resultaron ligeramente alterados: ya no eran tanto la nobleza, los terratenientes feudales, el ejército, la burocracia y los comerciantes privilegiados, sino más bien el ejército, la burocracia, los debilitados terratenientes feudales y, sobre todo, los fabricantes privilegiados. Liderada por Bismarck en Prusia, la Nueva Derecha formó un colectivismo de extrema derecha basado en la guerra, el militarismo, el proteccionismo y la cartelización compulsiva de los negocios y las industrias -una gigantesca red de controles, regulaciones, subsidios y privilegios que forjaron una gran coalición del Gobierno Grande con ciertos elementos privilegiados en las grandes empresas e industrias.”[3]

Existen muchos indicadores respecto del exorbitante crecimiento de las burocracias en el mundo, como los que señala el profesor Dr. A. Benegas Lynch (h):

“En esta instancia del proceso de evolución cultural, un tributo es indispensable para cubrir los gastos de justicia y seguridad del monopolio de la fuerza, pero, de un tiempo a esta parte, la participación de los gobiernos en la renta nacional ha pasado del tres por ciento al cuarenta por ciento en los llamados países libres (y algunos alcanzan al sesenta por ciento con lo que la gente debe trabajar la mayor parte del año para alimentar la burocracia estatal que cada vez más invade actividades propias de la esfera privada).”[4]

Es decir, en otros términos, las elevadas tasas de imposición fiscal –constantemente crecientes- es evidente que tienen por finalidad engrosar el tamaño de esas burocracias siempre voraces, lo que hace que los gobiernos que -a su turno- se sustentan en esas mismas burocracias no cesen de expandirse, devorando cada vez mas y mas ámbitos privados, y reduciendo el espacio de libertad individual de las personas.

Friedrich A. von Hayek advierte sobre el importantísimo papel que cumple la burocracia en los planes totalitarios de un gobierno con estas irreprochables palabras:

“De todo aquello que implica el rol completo que tiene el creciente paragobierno, en esta etapa sólo comenzaré a discutir la amenaza que crea el crecimiento incesante de la maquinaria de gobierno, es decir, la burocracia. La democracia, al mismo tiempo que parece convertirse en algo completamente absorbente, se convierte a nivel gubernamental en un imposible. Es una ilusión creer que el pueblo, o sus representantes electos, pueda gobernar en detalle a una sociedad compleja. Un gobierno que cuente con el apoyo general de la mayoría, por supuesto, determinará a pesar de lo anterior los pasos principales, siempre que no sea meramente guiado hacia ellos por el impulso de sus actos previos. Pero el gobierno está pasando a ser tan complejo que es inevitable que sus miembros, como jefes de los distintos departamentos estén convirtiéndose en forma creciente en títeres de la burocracia, a la cual ellos seguirán dándole “directrices generales”, pero de cuya operación depende la ejecución de todos los detalles. No es sin razón que los gobiernos socialistas desean politizar esta burocracia porque es en ella, y no en un cuerpo democrático, donde se toman cada vez más decisiones cruciales. Sin esto, ningún poder totalitario puede alcanzarse.”[5]

La burocracia es -como vemos- una enemiga declarada de la democracia y tiende a la destrucción de esta.

Referencias:

[1] Carlos Sabino, Diccionario de Economía y Finanzas, Ed. Panapo, Caracas. Venezuela, 1991. Voz respectiva.

[2] Ludwig von Mises. “SOCIALISMOS Y PSEUDOSOCIALISMOS” Extractado de Von Mises, Socialism: An Economic and Sociological Analysis, capítulos 14 y 15.Estudios Públicos, pág. 21.

[3] Murray N. Rothbard. For A New Liberty. pag. 21

[4] Alberto Benegas Lynch (h) “La caja, las normas y la autoridad”. Publicado en Diario de América, NY. Pág. 2

[5] Friedrich A. von Hayek. “La contención del poder y el derrocamiento de la política”, Estudios Públicos. pág. 66.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero. 

El intervencionismo

Por Gabriel Boragina. Publicado el 8/12/13 en: http://www.accionhumana.com/2013/12/el-intervencionismo.html

Resulta prácticamente muy difícil encontrar personas que no estén de acuerdo con el intervencionismo, que el Dr. C. Sabino define de la siguiente manera:

«intervención estatal. Acción de los gobiernos que tiene por objeto afectar la actividad económica. El término es lo suficientemente amplio para incluir tanto la regulación y control de los mercados como la participación directa en la actividad económica.»[1]

 

Este intervencionismo se ha querido justificar desde distintos ángulos y diferentes puntos de vista, de algunos de los cuales pasaremos rápida revista. Uno de ellos es el de su «necesidad» para la provisión de bienes públicos:

«En otros términos, el bien público constituye el argumento central del intervencionismo estatal, ya que en esta línea argumental, el gobierno produciría la cantidad óptima del bien en cuestión que sería financiado por todos a través de impuestos con lo cual se internalizaría la externalidad y no habría free-riders ni costos ni beneficios externos sin internalizar. Tal vez el resumen más claro de esta posición esté expresado por Mancur Olson quien sostiene que “Un estado es, ante todo, una organización que provee de bienes públicos a sus miembros, los ciudadanos”. [2]

Pero, el mismo profesor señala que:

«Las externalidades positivas y negativas se internalizarán o no en el proceso de mercado según sean los gustos y las preferencias del momento y, en su caso, según los costos involucrados pero en modo alguno pueden considerarse “fallas de mercado”. Sin embargo, el intervencionismo gubernamental constituye una falla (o una tragedia para utilizar la expresión de Garret Hardin) al recurrir a la fuerza para internalizar aquello que, tomados todos los elementos disponibles en cuenta, se considera no internalizable al tiempo que se distorsionan los precios relativos con lo que, según el grado de intervención, se obstaculiza o imposibilita la asignación eficiente de recursos.»[3]

 

Ciertos autores consideran que la globalización es una suerte de barrera contra el intervencionismo:

«Otro resultado de la expansión de la división internacional del trabajo — llamada globalización — es que los estados participantes y sus políticas son controlados cada vez más por la competencia internacional. Debido a esta competencia, pierden parte del poder sobre sus ciudadanos, y el intervencionismo estatal debe ceder.»[4]

 

Ciertamente, apuntamos a esta cita, que no resulta simple hacer ceder a los gobiernos su intervencionismo. De allí, las trabas que normalmente han impuesto y siguen imponiendo al comercio internacional único medio este por el cual esa división internacional del trabajo podría encauzarse. Frente a la división internacional del trabajo no con menor vigor los estatistas le oponen sus barreras proteccionistas.

El Dr. Mansueti analiza este tema desde otro ángulo diferente intentando una clasificación. Para él:

«una clasificación aproximada (no perfecta) de los sistemas de Economía Política sería así: …De centro, el intervencionismo distributivo (Welfare State), por la igualdad a través el voto. Es el de las “Terceras Vías”: socialismo democrático, socialismo cristiano, y populismo.

– De derecha es sin duda el sistema de mercado; pero hay tres modelos distintos: el intervencionismo de privilegios corporativos (“crony capitalism” o mercantilismo); el capitalismo liberal, de gobierno limitado, que es de derecha porque busca la libertad dentro del orden; y el anarcocapitalismo, que resulta la verdadera “extrema” derecha.»[5]

La clasificación ensayada por el Dr. Mansueti, si bien es bastante original, nos ofrece algunas dudas que no es del caso tratar aquí de momento. La citamos sólo con fines expositivos.

Más adelante certeramente añade:

«Es un principio general: si el Estado se entromete en una actividad privada cualquiera, es para imponer opiniones y reglas a sus protegidos, y a cambio conferirles ventajas frente a sus competidores. Así es en las cuatro actividades vistas hasta aquí –economía, prensa, educación y atención médica–; y la política no es una excepción. El intervencionismo estatal es un atentado contra la libertad: no debe ser.»[6]

Estamos de acuerdo con esta última observación.

Un importante partidario del intervencionismo como K. R. Popper debe, sin embargo, reconocer que:

«la intervención económica, aun me­diante los métodos graduales aquí defendidos, tiende a acrecentar el poder del Estado. Se desprende, pues, que el intervencionismo es en extremo peligroso. Esto no constituye, sin embargo, un argumento decisivo en su contra, pues el poder del Estado, pese a su peligrosidad, sigue siendo un mal necesario. Pero debe servir como advertencia de que si descuidamos por un momento nuestra vigilancia y no fortalecemos nuestras instituciones democráticas, dándole, en cambio, cada vez más poder al Estado mediante la «planificación» intervencionista, podrá sucedemos que perdamos nuestra libertad. Y si se pierde la libertad, se pierde todo, incluida la «planificación». En efecto, ¿por qué habrán de llevarse a cabo los planes para el bienestar del pueblo si el pueblo carece de facultades para hacerlos cumplir? La seguridad sólo puede estar segura bajo el imperio de la libertad.»[7]

Lamentablemente los temores de K. R. Popper se vieron cumplidos en la mayor parte de los países del mundo. Sucede que parece no haber advertido (al menos en la obra de la cual tomamos esta cita) que el poder tiende a su propia expansión tanto en el tiempo como en el espacio. Mucho antes de K. R. Popper Lord Acton ya exclamaba que el «El poder tiende a corromper. El poder absoluto corrompe absolutamente». Fue Acton quien demostró tener razón.

Hoy vivimos épocas de intervencionismo extremo, particularmente en Latinoamérica donde ha adoptado la forma de populismo en varios países como Argentina, Venezuela, Ecuador y Bolivia.


[1] Carlos Sabino, Diccionario de Economía y Finanzas, Ed. Panapo, Caracas. Venezuela, 1991. Voz respectiva.

[2] Alberto Benegas Lynch (h), «Bienes públicos, externalidades y los free-riders: el argumento reconsiderado». Exposición ante la Academia Nacional de Ciencias. Noviembre 28 de 1997. Pág. 3

[3] Alberto Benegas Lynch (h), «Bienes….» Óp. Cit. Pág. 13.

[4] Hubertus Müller-Groeling-«La Dimensión Social de la Política Liberal»-Publicado por Fundación Friedrich Naumann (FFN)-Oficina Regional América Latina. pág. 18

[5] Alberto Mansueti. Las leyes malas (y el camino de salida). Guatemala, octubre de 2009, pág. 258.

[6] Mansueti A. Las leyes….ob. cit. pág. 310

[7] Karl R. Popper. La sociedad abierta y sus enemigos. Paidos. Surcos 20. Pag. 345

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE.  Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero.