La obsesión de repetirse en el error

Por Andrés Scioscia:

La historia reciente de la Argentina se caracteriza por el fracaso sistemático de sus planes económicos implementados. A lo largo de los últimos casi 50 años, el país no ha encontrado un modelo sostenible de crecimiento y desarrollo de sus principales sectores. Han pasado por la Casa Rosada gobiernos militares, radicales, peronistas con visiones liberales o proteccionistas, alianzas, etc. Han gobernado entre crisis mundiales, épocas de bonanza medidas en términos de intercambio, en el marco de cambios de paradigmas económicos imperantes y diversos factores externos muy diferentes entre sí, pero siempre el resultado fue el mismo: crisis económica.

             Fueron públicas las recientes declaraciones del presidente Alberto Fernández acerca de su opinión sobre los planes económicos. Al margen de que todo gobierno siempre cuenta con uno, su estrategia de comunicación minimizando su relevancia, contribuye a un clima de incertidumbre, especulación, y de poca previsibilidad. Características que no son compatibles o sanas para el desarrollo y la proyección económica.

             En el presente trabajo, haré un breve análisis acerca de las características que compartieron los planes económicos desde 1975 hasta la actualidad. Éstos tienen como denominador común no solamente las crisis económicas a las que derivaron sino, además, causas o errores idénticos. Intentaré rescatar aquellas medidas que hayan proporcionado estabilidad y crecimiento para destacarlas en función de una posible aplicación al presente.

             En el año 1975 se produjo el famoso Rodrigazo. El paquete de medidas de Celestino Rodrigo sinceraba una situación económica con una devaluación del 100%, aumento de tarifas públicas en esa misma proporción y liberación de precios entre otras medidas. Abandonaba la rígida estructura del Pacto Social de Gelbard que arrastraba desequilibrios ya insostenibles para ese momento. Un mal diagnóstico de la inflación -Gelbard creía que no era producto de las expansiones monetarias que conducía el déficit fiscal, sino más bien por una incapacidad de la economía de alcanzar un equilibrio mutuamente aceptado entre ingresos del trabajador y los del capital-, una economía recalentada y un Pacto Social que congelaba precios y tarifas llevaron al estallido de 1975.

             El golpe militar de 1976, acompañado de un cambio de paradigma en el mundo de las ideas económicas, significó para Argentina el fin transitorio del régimen de sustitución de importaciones. Al igual que en el primer gobierno de Carlos Menem, la tendencia mundial era muy influyente. Tanto el fracaso de las políticas keynesianas que a fines de los años ’60 habían sumido a muchos países a lo que comenzó a denominarse como estanflación, como la caída del muro de Berlín, condujeron a estos gobiernos a implementar políticas de tipo librecambistas.

             El comienzo de todos los mandatos comparte prácticamente los mismos objetivos: la estabilidad de precios (combate a la inflación) y el crecimiento económico. El Pacto Social de Gelbard, la reforma financiera y la implementación de la tablita de la junta militar, el Plan Austral y Plan Primavera de Alfonsín, los controles de precios del kirchnerismo ni las metas de inflación de Macri tuvieron éxito en sus intenciones iniciales. La única excepción en el período comprendido fue la convertibilidad en su primera etapa.

             El análisis del crecimiento del PBI muestra que de 1976 a 1990 su incremento fue de solamente 0.7%. Algo similar sucede comparando el período 2011-2019. Es decir, en casi 25 años la economía argentina no se expandió y, por ende, su PBI per cápita cayó considerablemente teniendo en cuenta el aumento poblacional. Con el agravante de que, en esos lapsos de tiempo, el país sufrió altas tasas de inflación exponiendo el fracaso de los planes económicos implementados.

             Como si no aprendiera de sus errores, o si decidiera conscientemente volverlos a cometer, Argentina insiste con las mismas recetas hace muchas décadas. Un déficit fiscal cronificado y una inflación solamente pausada en la década del ’90 muestra cómo el país se repite en su error. Las políticas de estímulo a la demanda en procesos recesivos para incentivar el consumo, llevar la tasa natural de desempleo al pleno empleo en forma transitoria, o bajar artificialmente la tasa de interés para dinamizar los principales indicadores le significaron a la economía más problemas que soluciones en el mediano y largo plazo.

             El Plan Austral fue un intento de estabilización de una situación ya nuevamente desbordada. El cambio del signo monetario permitió una leve modificación en las expectativas. Durante 1985, mediante endeudamiento externo, el ahorro forzoso, la aplicación de retenciones a las exportaciones, entre otras medidas, Argentina logró bajar considerablemente su tasa de inflación y la brecha cambiaria. Pero el hecho de mantener intactas las causas estructurales del déficit fiscal hicieron que dicho plan tuviera que ser sustituido por otro a menos de dos años de su implementación. Un gasto público del 43% destinado al subsidio de la producción privada sumado al enorme déficit de las empresas públicas constituía un 10% del PBI. Sin ese Estado corrector de “ineficiencias de mercado”, la economía hubiese pasado a un superávit del 3%. Para financiar ese gasto público exacerbado, se aumentaban impuestos, se utilizaban fondos del sistema previsional, se aumentaba la emisión monetaria y el endeudamiento externo. Esa imagen es casi un calco del gobierno de Cristina Kirchner. Con el rebrote de la inflación se ensayó el Plan Primavera con los mismos objetivos, pero sin medidas tan profundas. Para 1989, la hiperinflación y la corrida bancaria llevaron a Alfonsín a adelantar las elecciones.

             La introducción de la Ley de Convertibilidad fue, quizás, el plan más exitoso en el combate a la inflación. Logró bajar una tasa anual de 5.000% a un dígito en dos años. Sumado a la reforma del Estado, la desregularización de la economía, la baja de aranceles e impuestos, y la quita de restricciones a las exportaciones, permitió un crecimiento económico sostenido en ese primer mandato y una caída del índice de pobreza. Al no haber podido desregular el mercado laboral, el desempleo aumentó como consecuencia de dos motivos: el sector privado no pudo absorber a los empleados públicos que la reforma del Estado había dejado sin trabajo, ni tampoco a aquellos que se incorporaban al mercado ofreciendo su fuerza de trabajo.

             El primer gobierno de Menem significó un camino a la estabilidad. Los cambios de hábitos de las personas posponiendo consumo presente por consumo futuro generó ahorro. Surgió un incipiente mercado de capitales a partir de las AFJP. Comenzaba a haber créditos a tasas accesibles para viviendas. En términos generales, la economía argentina mostraba rasgos de una economía más sana que tiempos pasados. Pero, evidentemente, este programa requería inexorablemente de ajustes y actualizaciones. Si bien, producto de una disciplina monetaria y cierta austeridad fiscal permitieron que la crisis del Efecto Tequila no afectara a la estructura de la convertibilidad, el déficit fiscal creciente se financiaba con endeudamiento externo.

             Pero no toda la década que abarca la convertibilidad tuvo los mismos resultados. Y esa desigualdad es la que deja de manifiesto las dificultades que ese plan tenía. Para 1997 ciertas alarmas comenzaban a sonar. Se presentaba un contexto externo desfavorable. La crisis asiática de ese año afectaba a principales socios comerciales de Argentina. En 1998 una crisis financiera golpeó a Rusia y para 1999 la devaluación del Real hacía a Brasil mucho más competitivo en relación a la Argentina que ya mostraba cierto atraso con su tipo de cambio fijo. La situación global contribuía a ciertas dificultades críticas que la economía argentina arrastraba desde los principios del menemismo. Un desequilibrio fiscal, aunque reducido, con una imposibilidad de expansión monetaria ligado a flujos de comercio exterior ahora afectados. Términos de intercambio que ya no eran los mismos, obligaron a financiar ese déficit fiscal (que a valores de hoy parece irrisorio) con endeudamiento externo. La convertibilidad comenzó a exponer su propia fragilidad.

             El hecho de no haber corregido ciertas variables que el plan ya demandaba -Fernando de la Rúa gana las elecciones prometiendo mantener el 1 a 1- derivó en la crisis del 2001. En ese marco se comenzaron a implementar las recetas que suele utilizar la política para hacer ajustes encubiertos. La pesificación asimétrica significó la salida de la convertibilidad, transformando cada dólar a un nuevo cambio de $1.40 perpetrando, de esta manera, una nueva estafa de la política hacia la ciudadanía. Este modus operandi de devaluar o utilizar a la inflación como mecanismo para licuar salarios reales y así ajustar las variables macroeconómicas fue aplicado durante muchas etapas de la historia argentina. Teniendo en cuenta el panorama actual, no parece muy descabellado que implementen esta metodología para reajustar los desequilibrios fiscales y monetarios que la economía presenta en la actualidad.

             Naturalmente, la economía luego de tocar fondo rebotó. Los años venideros posteriores a la crisis fueron acompañados por históricos términos de intercambio favorables. Argentina comenzó a crecer a tasas verdaderamente altas al igual que toda la región. Las tasas de interés mundiales, además, eran considerablemente bajas lo que permitió financiar la inversión privada. Las políticas implementadas por el gobierno de Néstor Kirchner y el primer mandato de Cristina Fernández no hicieron más que repetir viejas recetas. El estímulo al consumo y al desempleo mediante expansiones monetarias comenzó a generar los primeros dígitos de inflación luego de muchos años de estabilidad.

             El crecimiento a tasas chinas de todo este período en base a exportaciones fue asignado no a la confección de un modelo eficiente de producción y desarrollo, sino a un aumento del tamaño del Estado que prácticamente se duplicó en términos de PBI en menos de diez años. El superávit fiscal y un considerable aumento de la presión impositiva generaba una recaudación récord que fue destinada al surgimiento, una vez más, del denominado Estado de Bienestar asistencialista e intervencionista. La creación de diversos planes sociales, el ingreso de millones de jubilados sin aportes previos a un régimen previsional que ya había absorbido a los aportes privados de las estatizadas AFJP, un aumento de la planta estatal en más de un millón y medio de nuevos empleados, y los programas y secretarías estatales varias terminaron aplastando a un sector privado cada vez más pequeño y asfixiado.

             La caída de los términos de intercambio llevó al segundo gobierno de Cristina Fernández a una estanflación que terminó forjando el cierre de ese período. La llegada de Macri implicaba, tal como sucedió con Menem, un mandato enfocado a la cuestión económica. Un gobierno débil que no supo, no pudo o no quiso implementar ningún tipo de política ortodoxa y que, como no podía ser de otra manera, fracasó en todas sus intenciones. Un déficit fiscal exorbitante, sin intenciones de ser combatido en la práctica, fue financiado con deuda externa. Una vez que los mercados fueron cerrándose, el gobierno de Macri no tuvo más remedio que acudir al Fondo Monetario Internacional para firmar el acuerdo número 28 que Argentina tuvo con esa institución en 60 años.

             Cuesta reconocer aciertos en los planes económicos implementados en el pasado que puedan replicarse en el presente. Considero que, más que buscar soluciones en la historia, es indispensable que Argentina deje de construir ficciones y sincere su realidad para comenzar a construir un modelo de desarrollo.

             En la actualidad, el país se enfrenta a uno de sus peores panoramas de la historia.  Si bien se puede tomar como punto de partida la exitosa renegociación de la deuda, el escenario que dejará la crisis mundial del coronavirus será catastrófico. De acuerdo a estimaciones, en 2020 la economía argentina se contraerá en, aproximadamente, 15%. Esto sumado a un déficit fiscal de 10% del PBI, una inflación contenida y estimulada por una caída de la demanda de dinero, una pobreza que superará a la mitad de la población y un desempleo de más de dos dígitos conforma la peor situación que ha sabido vivir la Argentina.

             Es por ello que es sumamente necesario no volver a implementar políticas que la evidencia empírica y nuestra propia experiencia muestran que solo contribuyeron a la construcción de una realidad ficticia en el corto plazo. No podemos esperar un nuevo milagro argentino que se fundamente en términos de intercambio favorables. Argentina requiere de profundas reformas estructurales que permitan readecuar el sistema productivo. El déficit fiscal no podrá financiarse tal y como se está haciendo hoy en día vía emisión monetaria (la base monetaria tocó su punto histórico al inyectar un billón de pesos), tampoco por medio de endeudamiento externo, ni mucho menos aumentando impuestos. Por ende, deberán recurrir a medidas más originales para bajar el gasto público. El actual gobierno cuenta con la espalda suficiente para poder tomar medidas que conlleven costos políticos grandes. Será necesaria una reforma laboral que permita, por lo menos en forma transitoria, cierta flexibilidad para contratar y despedir, de manera que, el desempleo post crisis pueda ser absorbido por el mercado laboral. A su vez, es indispensable transformar los planes sociales perpetuados en trabajo real. Tanto para los beneficiaros de dichas asignaciones como para aquellos empleados públicos sin funciones en la órbita estatal que deben ser removidos de sus puestos, una reforma educativa debería formarlos y capacitarlos para su posterior introducción al mercado de trabajo.

             De no implementar medidas nuevas que dinamicen a los principales actores de la economía argentina, nuevamente estaremos en presencia de una realidad ficticia que seguirá contribuyendo a la pobreza y el desempleo. La mala asignación de recursos genera improductividad y destrucción de capital. Argentina hoy no cuenta con herramientas ni recursos para seguir posponiendo las soluciones a sus problemas estructurales cronificados. Está claro que las políticas gradualistas no han tenido éxito y es vital la implementación de medidas ortodoxas que encaucen el aparato productivo.

Bibliografía:

Gerchunoff, P., Llach, L. (2018), El ciclo de la ilusión y el desencanto.

Rappoport, M. (2005), Historia económica, política y social de la Argentina 1880-2003.

Andrés Scioscia es Licenciado en Administración (Universidad de Belgrano) y cursa la Maestría en Economía y Ciencias Políticas (ESEADE).

Hoy no vivimos nada diferente a las crisis de los últimos 44 años

Por Roberto Cachanosky. Publicado el 20/8/2019 en: https://www.infobae.com/opinion/2019/08/20/hoy-no-vivimos-nada-diferente-a-las-crisis-de-los-ultimos-44-anos/

 

El resultado de las PASO mostró que la fórmula Fernández-Kirchner tiene más chances de ganar en la primera vuelta en octubre que Juntos por el Cambio dar vuelta el resultado adverso, llegar a un ballotage y ganarlo ahí

 

Es evidente la desconfianza que genera en los inversores la formula FF. Si habiendo ganado las PASO con 15 puntos de diferencia, al otro día se dispara el dólar, cae la Bolsa y se estalla el Índice de Riesgo País, todos activos líquidos de los que se puede salir en el día, es de imaginar que si nadie quiere tener activos líquidos por si gana la fórmula FF, menos habrá gente que quiera hundir una inversión en una fábrica de mayonesa, contratando personal, lidiando con el complejo sistema impositivo argentino, las locuras sindicales y la ausencia de una moneda.

Es decir, si con Mauricio Macri no se produjo la lluvia de inversiones, la sequía de inversiones continuará con los FF de ganar la presidencia a partir  del 10 de diciembre en octubre.

De manera que el primer problema a la vista es que hoy ninguno de los dos partidos o alianzas políticas con mayores chances de ganar la elección generan confianza. Los FF por su trayectoria de 12 años de incumplimiento con los compromisos internacionales y sus políticas populistas y Cambiemos por su gradualismo que fue inmovilismo que lo llevó a esta crisis económica justo en la puerta de las elecciones.

La pregunta es: ¿qué grados de libertad tiene cada uno para enfrentar la larga decadencia argentina? El gobierno de Macri, de aquí a las elecciones y, en caso de ganarlas, ¿qué hará luego? Y el kirchnerismo, ¿qué grados de libertad tendrá para enfrentar la economía si gana las elecciones?.

Grados libertad para el presente y para el futuro

Mi visión es que Macri tiene que lograr revertir la crisis cambiaria antes que se traduzca en una crisis financiera. En este tema ya queda claro que la tasa de interés dejó de ser un instrumento para frenar transitoriamente la corrida. A casi un año del lanzamiento de las Leliq en reemplazo de las Lebacs, pagan la misma tasa que al inicio y no consiguen dominar el mercado de cambios o, dicho con más precisión, la desconfianza en el peso.

Ahí no tiene muchas chances, a mi juicio. O logran un acuerdo con EE.UU. para recibir un apoyo del Tesoro que le permita al Banco Central cancelar  las Leliq de un cachetazo, para hacer bajar el dólar y la tasa de interés, o usa las reservas para amortiguar la corrida.

Cuando digo un acuerdo con EE.UU. estoy pensando en el apoyo que Bill Clinton le brindó a México cuando se produjo el Efecto Tequila, entre 1994 y 95. Recordemos que el Congreso había rechazado el apoyo a México, pero el departamento del Tesoro encontró la forma de ayudarlo con una paquete de USD 20.000 millones de aquél momento vía el Fondo de Estabilización de Divisas, más otro por USD 30.000 millones del FMI, del Bank for International Settlement y un swap de Canadá.

Obviamente, ahora a la Argentina ya no le queda más margen para mayor apoye del FMI, así que la única opción que quedaría es buscar el respaldo del Tesoro norteamericano para rescatar las Leliq del Banco Central y establecer una especie de convertibilidad de hecho para desactivar la corrida cambiaria. Hoy las reservas de libre disponibilidad se acercan bastante para cubrir la base monetaria, falta desarmar de un golpe las Leliq.

El Banco Central tiene reservas en divisas para cancelar de golpe las Leliq (Manuel Cortina)
El Banco Central tiene reservas en divisas para cancelar de golpe las Leliq (Manuel Cortina)

Si no se recibe ese apoyo del Tesoro de los EEUU, están las reservas y cambiar las Letras intransferibles que tiene el BCRA que le entregó el Tesoro argentino a cambio de las reservas en la era K, por un bono largo como un instrumento para quitar liquidez del mercado. No es gran cosa, pero es lo que hay. En este caso, no bajaría la tasa de interés pero al menos se desarmaría el misil que son las Letras de Liquidez por ya remuneran una tasa cercana a 75% anual a 7 días.

Es necesario presentar un plan económico de largo plazo

De nada sirve anunciar medidas para apagar el incendio si al mismo tiempo no se anuncia un plan económico de largo plazo a ser aplicado en caso de ganar las elecciones Cambiemos. Muchos podrán decir que ahora no hay tiempo, pero insisto con mi argumento: las campañas políticas son para anunciar los planes económicos de los gobiernos, no solo para apagar incendios y tratar de flotar para llegar a octubre o diciembre.

¿O acaso creen que pueden ganar las elecciones abrazando a la gente en el conurbano? Esa gente va a seguir votando al peronismo, lo que tiene que lograr Cambiemos es recuperar el apoyo de la clase media, esa a la que esquilmó con impuestos para sostener a piqueteros y ñoquis. Y la forma de recuperarla es, en primer lugar siendo más agresivo con la suba del mínimo no imponible de Ganancias y más agresivo en la baja del gasto público en el revoleo de planes sociales junto con el dominio de la corrida cambiaria.

¿Los márgenes de acción de Alberto Fernández en caso de ganar las elecciones? Recibe un gasto público consolidado de 46% del PBI; una presión impositiva consolidada del 42% del PBI; un peso que hace décadas dejó de ser moneda; sin ahorro interno para financiar el déficit fiscal; sin acceso al crédito externo y con vencimientos de deuda pública que solo podrá refinanciar con el apoyo del FMI, pero para eso tendrá que cumplir con una estricta disciplina fiscal y reforma laboral. Pregunta, ¿le aprobarán Pino Solanas, Recalde y los diputados de La Cámpora esas medidas y reformas?

Vuelvo al punto de partida, ninguno de las dos alianzas políticas generan hoy confianza en los inversores, sean financieros o aquellos que tienen que hundir inversiones en Argentina.

Mi impresión es que a Alberto Fernández le va a costar más trabajo generar confianza considerando los 12 años de kirchnerismo y la lista de legisladores que presenta, que a Macri que viene con 4 años de fracasos económicos pero podría llegar a hacer un mea culpa de lo hecho hasta ahora y reorientar su gobierno hacia una economía de reformas estructurales con un plan económico que genere un shock de confianza por su integración al mundo.

No hay que confundirse, la crisis cambiaria actual es el resultado de la falta de confianza en el peso, que a su vez es resultado de la prostitución monetaria fruto del continuo desborde del gasto público.

Tuvimos la misma crisis en 1975 con el Rodrigazo; en 1981 con el fin de la tablita cambiaria de Martínez de Hoz y su gradualismo; en 1985 con la gestión de Bernardo Grinspun que terminó en el Plan Austral, el cual a su vez terminó en varios australitos hasta el Plan Primavera que desembocó en la hiperinflación. Luego vino el plan BB que terminó en el plan Bonex en diciembre de 1989, para finalizar en la convertibilidad fija con el dólar en marzo de 1991.

El no ajuste del gasto público que propuso Ricardo López Murphy en marzo de 2001, boicoteado por los eternos «ahora no se puede», derivó en el corralito, la crisis institucional y el default de fines de 2001, más el desastre que hizo Eduardo Duhalde al salir de la convertibilidad generando una llamarada inflacionaria, confiscación de ahorros y un fenomenal salto de la pobreza.

Y luego el kirchnerismo que terminó tapando la crisis económica destruyendo el Indec para no conocer la pobreza, la inflación, el nivel de actividad, etc., con un cepo cambiario y casi cero reservas.

En síntesis, no estamos viviendo nada a lo que vivimos en los últimos 44 años. Crisis fiscales que derivan en crisis de confianza y corridas hacia el dólar. Repasemos qué se hizo en las crisis anteriores y vamos a entender la gran incertidumbre actual.

Que nadie se crea que ganando el kirchnerismo se podrá salir mágicamente de las crisis recurrentes o que ganando Mauricio Macri la reelección va a pasar lo mismo. Esto no es una cuestión de personas o partidos políticos, es una cuestión de grosero populismo que periódicamente estalla por falta de financiamiento y que ninguno está dispuesto a decir, con todas las letras, que hay que terminar con la cultura de la dádiva y volver a la cultura del trabajo.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE. Síguelo en @RCachanosky 

Que todo cambie para que nada cambie

Por Alejandro A. Tagliavini. Publicado  el 3177/17 en: https://alejandrotagliavini.com/2017/07/17/que-todo-cambie-para-que-nada-cambie/

 

 

Objetivamente el rumbo de la economía, más allá de discursos y matices, es el mismo que, desde hace décadas, sigue Argentina. Veamos algunos tips.

Hasta hoy, “Cambiemos” tomó créditos por casi US$ 100.000 millones. Un nivel de endeudamiento similar al del gobierno anterior. Dicen en la Rosada que el 70% fue para cancelar compromisos preexistentes. Pero ¿por qué no ahorraron bajando el gasto? Y responden que hubiera significado “un ajuste brutal”: el mismo discurso que el gobierno anterior.

En cuanto al consumo, el oficialismo se defiende argumentando que cambiaron los hábitos, antes se hacía mucho “shopping” y ahora se toman créditos hipotecarios y autos premium. Pero este cambio se debe a créditos, también, apalancados desde el Estado.

En los últimos 15 años, creció casi 80% el empleo público y hoy suman 3,6 millones de personas, según el Ministerio de Trabajo. Si bien entre 2003 y 2015, el empleo del sector público nacional (excluye provincias y municipios) creció más de 60%, a un ritmo anual promedio del 4%, en 2016 creció 1% lo que no es poco dada la crisis.

Entretanto la población aumentó 17,5% en ese período, mostrando que el crecimiento estatal es superior tanto que hoy el costo del empleo público, según FIEL, es de $1.452.000 millones anuales, es decir, 58,5% de la recaudación tributaria neta de Nación y provincias.

Con todo esto, resulta que, según los analistas, el déficit 2017 terminaría siendo el tercero más elevado de la historia, después de Rodrigazo y del “pico” de Alfonsín. Y, la meta anual del presupuesto nacional de déficit primario (4,2%) será incumplida en al menos el 1% del PIB; y el déficit financiero (que incluye intereses por 2,7% del PIB) terminaría superando el 8% del PIB en 2017.

Aunque ya no hay dólar oficial, la política monetaria del BCRA está fijando un cambio artificialmente barato. El viernes la rentabilidad de las Letras del BCRA a más corto plazo, 33 días, cerró a 26,5%, superando el 26,25% actual de la tasa de Política Monetaria, fijada de forma quincenal por la autoridad.

Lo que pasa es que este martes vencen Lebac por casi $ 530.000 millones, equivalente a mas del 60% de la base monetaria. Recordemos que, en la anterior licitación de estos papeles, el 19 de junio, caducó una cifra que marcó el récord histórico de $547.042 millones, y el BCRA pudo renovar solo $ 424.000 millones.

Por esto, no puede bajar las tasas y el mes pasado para el más corto plazo fue de 25,5%, unos 100 puntos básicos menos de lo que se operó el viernes en la plaza secundaria. En otras palabras, está obligado a mantener las tasas altas con lo que logra que la gente se desprenda de dólares, abaratándolo, para invertir en estos papeles. Por lo que en el mercado se barajaba con mucha fuerza que el BCRA convalidará esta semana estas nuevas referencias que rondarán el 27% anual para incentivar a los ahorristas y poder incrementar las colocaciones de Lebac.

 

Alejandro A. Tagliavini es ingeniero graduado de la Universidad de Buenos Aires. Ex Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California y fue miembro del Departamento de Política Económica de ESEADE.

Subir tarifas pero en un plan económico global

Por Roberto H. Cachanosky. Publicado el 31/7/16 en: http://economiaparatodos.net/subir-tarifas-pero-en-un-plan-economico-global/

 

El gobierno del PRO ajusta las tarifas de los servicios públicos, algo que inevitablemente tiene que hacer, pero sin un plan económico global

Cada vez que uno propone una reforma estructural como cambiar el sistema impositivo, bajar el gasto público o establecer límites a los llamados planes sociales, siempre salta alguno diciendo que está de acuerdo, pero que es imposible porque la situación social no lo permite. Que habría una crisis social o algún tipo de estallido que haría imposible la gobernabilidad. En otras palabras, no se puede aplicar un shock de baja de impuestos o de gasto público porque la gente no podría soportarlo.

Sin embargo, para aplicar los aumentos de las tarifas de los servicios públicos no hubo mucho gradualismo que digamos. En mi caso particular AYSA me mandó una factura que se multiplicó por 11 respecto al período en que no había subsidios. El m3 cúbico de gas me lo incrementaron 16 veces respecto al mismo bimestre de 2015. Algo parecido ocurrió con la luz y los ejemplos pueden seguir.

Del párrafo anterior no debe concluirse que estoy en contra de los ajustes de las tarifas de los servicios públicos. Hace rato que vengo diciendo que deben corregirse y no voy a cambiar de idea ahora que el PRO está en el gobierno. Es más, en la era k perdí un cliente por decir en una conferencia que esto terminaba en un rodrigazo. ¡Y vaya si tenemos un rodrigazo! Mi ex cliente consideró que lo mío era políticamente incorrecto y me canceló el contrato.

Pero dejando de lado mis historias personales, lo cierto es que resulta realmente inconsistente decir que no se puede bajar el gasto público por razones de crisis social o política y mandarse un tarifazo del 1.000% como si eso también no fuese a producir un impacto social. Mi propuesta al respecto es la misma de siempre. Que la gente pague la tarifa plena que tiene que pagar, que se eliminen los impuestos de las facturas de energía, gas, etc. que llegan a representar el 60% del importe que se paga por el consumo de energía y el cargo fijo. Esta reducción de impuestos y tasas municipales tiene que tener como contrapartida una reducción del gasto público para no desbalancear aún más las cuentas del sector público. En este punto saltan de nuevo los gradualistas en lo que hace a la baja del gasto público pero defensores del shock en materia de ajustar las tarifas de los servicios públicos y dicen que es inviable políticamente bajar el gasto estatal.

Desde el punto de vista del análisis económico están diciendo que el ajuste tiene que recaer sobre el sector privado y que el sector público es intocable por razones políticas. Dicho de otra manera, que si se ajusta al sector privado no hay crisis social o política y si se ajusta al sector público sí se producen esas crisis.

Si bien hoy el gobierno sigue teniendo un alto apoyo y buena imagen a diferencia de los que ocurría en 1975 con Isabelita, la forma en que se aplica el ajuste de las tarifas es similar. En 1975 las tarifas de los servicios públicos habían quedado deliberadamente atrasadas por Ber Gerlbard para mostrar una inflación artificialmente más baja. Celestino Rodrigo heredó ese lío económico de Gelbard y corrigió las tarifas en forma aislada. Sin incluir la corrección dentro de un plan económico global. Actualmente pasa lo mismo. El gobierno del PRO ajusta las tarifas de los servicios públicos, algo que inevitablemente tiene que hacer, pero sin un plan económico global.

Lo que hay que tener en cuenta es que las políticas populistas recurren al mecanismo de beneficiar arbitrariamente a unos en detrimento de otros. En general, para conseguir votos, los populistas benefician artificialmente a muchos y perjudican a unos pocos. Claro que esos pocos tienen que bancar la fiesta que el gobierno les brinda a los muchos.

Cuando llega un nuevo gobierno y quiere poner orden, de entrada se sabe que para arreglar el problema hay que hacerle entender a los muchos que fueron engañados con una fiesta de consumo artificial que esa fiesta se acabó. Cambiar los precios relativos distorsionados es eso. Mostrar la realidad.

Mi punto es que en este caso, buena parte del costo que tiene que asumir la gente por la recomposición de los precios relativos es mediante una profunda reforma del sector público. Dicho de otra manera, a todos los que siguen viviendo del fruto del trabajo ajeno decirles que tienen que hacer lo que hace el común de los mortales: buscar trabajo.

Las fórmulas para bajar el gasto público son diferentes y nadie dice que de un día para otro se despida a 3 millones de empleados públicos, pero sí debe anunciarse una reestructuración del estado que lleve, a lo largo del tiempo, a una reducción de la burocracia estatal. Desde los retiros anticipados, al cierre de reparticiones hay un largo trecho para trabajar. Lo mismo con los planes sociales que no pueden ser para siempre.

El problema no es solo subir las tarifas de los servicios públicos que la demagogia k dejó inalteradas durante 12 años. El problema está en querer hacer solo eso sin una reforma del estado, del sistema tributario, de una mayor flexibilización laboral y un escenario de previsibilidad en las reglas de juego. Hoy sabemos que Macri no va a cometer locuras, pero no son previsibles las reglas de juego porque no se las conoce.

En síntesis, de lo que se trata es de hacer un plan económico global de aplicación simultánea para que la gente sufra menos las correcciones que hay que hacer para dominar la terrorífica herencia que dejó Cristina Fernández.

 

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA) y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE

Los verdaderos números del atraso argentino

Por Iván Carrino. Publicado el 18/6/15 en: https://igdigital.com/2015/06/los-verdaderos-numeros-del-atraso-argentino/

 

El kirchnerismo es solo una etapa más de un largo proceso de deterioro de la economía y el estándar de vida de nuestro país. En esta nota verás la magnitud y duración de la caída que, de no haber cambios importantes, no se revertirá.

El 10 de diciembre asumirá en nuestro país un nuevo gobierno. Los ciudadanos decidirán si el triunfante es el oficialismo, representado por Daniel Scioli, quien acaba de definir una fórmula que garantiza la continuidad del kirchnerismo, o la oposición, representada por Mauricio Macri, el mejor ubicado en las encuestas para ese sector.

Sin embargo, lo que ni los ciudadanos ni el nuevo presidente podrán decidir será la herencia que recibirán de la saliente administración Kirchner. Tal como detallamos in extenso en nuestro informe especial “Los archivos desclasificados de Argentina”, el gobierno que se va deja una serie de problemas graves que se deben resolver cuanto antes. Entre ellos:

  • El déficit fiscal. El año pasado llegó al 5,3% del PBI y se espera que este año represente el 7,0%, su nivel más elevado desde 2001.
  • La inflación. La inflación en Argentina es, incluso de acuerdo con el INDEC, cinco veces el promedio mundial y en septiembre se cumplirán 10 años de inflación de dos dígitos.
  • El cepo cambiario. El control de cambios no evitó la devaluación del peso ni la pérdida de reservas, pero si colaboró reduciendo la competitividad y los incentivos a invertir.
  • Las instituciones. No hay ránking internacional de respeto por las instituciones y los límites al poder en que el país no haya mostrado un deterioro en estos años.

Esta combinación de malas políticas económicas nos han relegado a la cola del mundo, con una inversión extranjera que llega en cuenta gotas, unas tasas de interés propias de países de frontera y una economía que no crece hace 4 años.

Frente a este panorama uno podría cargar todas las tintas contra el kirchnerismo. Sin embargo, este no debe ser juzgado de manera aislada. Después de todo, Argentina arrastra ya 85 años de decadencia. El kirchnerismo es, simplemente, una nueva etapa en este proceso de deterioro.

La afirmación no es arbitraria. El camino de la decadencia es el que se desprende de observar la relación entre nuestra riqueza per cápita y la de 12 de los países más importantes del continente europeo. Lo que se observa en el gráfico es que por muchos años nuestro ingreso anual medido en dólares osciló entre un 80% y un 120% de aquél de los países desarrollados de Europa. Sin embargo, esa paridad cayó hoy a cerca del 40%, con lo que hoy un argentino gana menos de la mitad de lo que gana un europeo en un año.

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¿Qué nos pasó?

La crisis del ’30 fue un duro golpe para la economía mundial. En nuestro país produjo dos efectos. El efecto de corto plazo fue el desplome de las exportaciones, producto del freno a las compras desde los centros principales que ahora se volcaban al proteccionismo. A más largo plazo, los efectos serían aún peores. Es que en ese período se instaló en Argentina el encanto de las soluciones fáciles, el populismo y la demagogia, de la mano del primer golpe de estado exitoso, a cargo de José Félix Uriburu. El golpe del ’30 dio paso a la presidencia de Agustín P. Justo, que implementó a nivel local las políticas económicas del New Deal de Estados Unidos, que proponían el gasto deficitario como solución a la crisis.

Así, no solo se incrementaron el gasto público y el déficit sino que también lo hizo la participación del estado en la vida económica del país. En 1931, por decreto, se instaló el primer control de cambios de la historia. Al año siguiente se decretó el establecimiento del “impuesto a los réditos”, un supuesto impuesto de emergencia que todavía hoy está vigente con el nombre de “impuesto a las ganancias”. Por último, en 1935 se creó el Banco Central y se eliminó la convertibilidad con el oro.

El peronismo de la década del ’40 solo se limitó a “profundizar el modelo” iniciado en los ’30. Y las consecuencias se empezaron a sentir. El gobierno de Perón fue el primero en llevar la inflación por encima del 50% anual. Acto seguido, decretó precios máximos, creó “tribunales contra la especulación” y, finalmente, estatizó el Banco Central en 1946 junto con la totalidad del sistema bancario. Por otro lado, durante su gobierno se crearon 17 organismos públicos entre cámaras, comisiones, consejos y empresas estatales. Además, se estatizaron las telecomunicaciones y se expropiaron numerosas compañías privadas.

La excesiva importancia asignada al rol del estado resultó en una economía poco dinámica y en años de déficit fiscales crónicos, con sus consecuentes deudas impagables e inflaciones demoledoras. Desde el año 1975 nuestro país padece crisis recurrentes cada 10 años. Entre estas puede mencionarse el “Rodrigazo”, la hiperinflación, el fin de la convertibilidad y la estanflación en que vivimos ahora. La consecuencia sobre los niveles de pobreza es clara. A principios de la década del ’70 la pobreza afectaba solamente al 3% de la población. Hoy no baja del 25%.

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Más allá de quién gane las elecciones en octubre, si no se modifica radicalmente el modelo inaugurado en la década del ’30 y profundizado por el peronismo y los gobiernos posteriores a él, no podemos esperar una recuperación verdadera. Tenemos que prepararnos, porque mantener este statu quo, significa mantener la decadencia, sembrando el camino para una nueva gran crisis.

 

Iván Carrino es Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires y Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. Trabaja como Analista Económico de la Fundación Libertad y Progreso, es profesor asistente de Comercio Internacional en el Instituto Universitario ESEADE y profesor asistente de Economía en la Universidad de Belgrano.

El kirchnerismo sólo puede ofrecer más decadencia

Por Roberto Cachanosky. Publicado el 5/9/13 en: http://www.lanacion.com.ar/1616905-el-kirchnerismo-solo-puede-ofrecer-mas-decadencia

Una de las típicas preguntas que nos formulan a los economistas es la siguiente: ¿Cuáles serían las dos o tres medidas fundamentales que hay que tomar para salir de la crisis? Es como si los economistas tuviésemos la solución mágica por la cual, tocando el tipo de cambio, los subsidios y alguna otra variable, repentinamente se solucionaran los problemas económicos. Inclusive, colegas economistas que suelen hablar más como políticos que como economistas, suelen decir que la situación no es tan grave y que los problemas pueden resolverse relativamente fácil, afirmando a renglón seguido que hay que bajar la inflación, atraer las inversiones y corregir alguna otra variable.

Mi visión es muy diferente. En primer lugar porque para poder frenar la inflación hay que dejar de emitir moneda a marcha forzada como lo viene haciendo el BCRA, y para que el BCRA deje de emitir a las tasas disparatadas en que lo viene haciendo es inevitable bajar el gasto público. Es decir, para poder poner orden monetario el paso previo necesario es restablecer el orden fiscal. Obviamente que lo que acabo de decir implica ser tildado de neoliberal que quiere el ajuste, cuando en rigor el ajuste se está haciendo ahora de la peor manera, licuando los salarios con la inflación, teniendo un nivel de carga tributaria que ahoga a la gente y con casi nulas inversiones que impiden crear nuevos y eficientes puestos de trabajo. Hoy la demanda laboral en la Ciudad de Buenos Aires y el Gran Buenos Aires se encuentra por debajo del nivel que tenía en abril del 2002, el peor momento de la crisis de ese año.

Hay casos en que empleados u operarios prefieren no hacer horas extras porque eso implicaría aumentar en el escalón de ganancias y pagar más impuesto que lo que se cobra. En otros términos, trabajar para ganar más implica terminar cobrando menos que si no se hacen las horas extras o, si se prefiere, trabajar menos significa ganar más dada la carga impositiva vigente.

 

La pregunta es: ¿por qué se ha llegado a tal punto que la presión impositiva desestimula trabajar más? Porque el Gobierno ha aumentado tanto el gasto público que necesita recursos aun de los sectores de menores ingresos.

Basta con ver los balances del BCRA para advertir que el stock de adelantos transitorios (emisión monetaria para financiar el gasto público) prácticamente se ha duplicado en un año. Ni una fenomenal carga impositiva junto con un tsunami de emisión monetaria es suficiente para financiar el ineficiente y altísimo gasto público que tenemos.

Corregir el gasto público es necesario para bajar la carga tributaria y frenar la emisión para contener la inflación implica, entre otras cosas, frenar el desborde de subsidios a la energía y el transporte público, lo cual quiere decir aumentar las tarifas en estos rubros en porcentajes que hoy superan a los del Rodrigazo de 1975. Como puede verse, no es tan sencillo, desde el punto de vista económico, corregir las distorsiones económicas.

Algunos políticos y economistas sostienen que el problema de la inflación se corrige con más inversiones. Pregunto: ¿quién puede hacer inversiones en un país que no tiene moneda? Sin moneda no hay posibilidad de hacer cálculo económico, es decir, estimar ingresos y gastos de un proyecto de inversión para determinar la tasa de rentabilidad esperada y decidir si se hace o no la inversión. Aclaro que la moneda tiene que cumplir con dos requisitos: 1) ser ampliamente aceptada como medio de intercambio y 2) ser reserva de valor. El peso no es reserva de valor por la emisión que genera el BCRA y por lo tanto no es moneda, ergo, no hay cálculo económico posible que permita evaluar inversiones.

Pero hay un paso previo al de tener moneda para que fluyan las inversiones. Ese paso previo es la calidad institucional. Me refiero a las normas, códigos, leyes, costumbres que regulan las relaciones entre los particulares y a las relaciones entre los particulares y el Estado.

En una sociedad chica, con poca gente, todos se conocen y se sabe quién es buen pagador y quién no lo es. En una sociedad con millones de personas, los contratos se hacen entre personas que no se conocen. Para eso se firman contratos y está el Estado para hacerlos cumplir. La Justicia determina quién tiene la razón en caso de conflicto y el Estado, con el monopolio de la fuerza, hace cumplir los contratos de acuerdo a la sentencia de los jueces.

El problema que tenemos en la Argentina es que quien tiene que hacer cumplir los contratos es el que los viola (confiscación de empresas, no respeto por los contratos firmados, aplicar impuestos sin pasar por el Congreso, etcétera). El Estado, que tiene que otorgar previsibilidad en las reglas de juego (instituciones) es el que justamente las cambia tan arbitrariamente que las transforma en imprevisibles. Sin instituciones eficientes y estables es imposible atraer inversiones. Nadie va a invertir en una fábrica de hamburguesas para que luego Moreno no le permita exportar, o no le deje importar insumos o le regule un precio que le genere quebrantos.

Desde el punto de vista económico la solución al crecimiento sostenido es más o menos conocido: disciplina monetaria que requiere de disciplina fiscal. Una carga tributaria que no espante las inversiones y apertura económica al mundo para ser competitivos. Nadie invierte si no tiene competencia, y si la economía está cerrada no hay estímulos para ser competitivos. Vender productos de baja calidad y a precios altos es más negocio que invertir para ser eficientes. Es decir, necesitamos hacer exactamente la inversa del modelo de sustitución de importaciones que pregona el oficialismo. Y, finalmente, eliminar todas las regulaciones que inhiben la capacidad de innovación de la gente.

Pero el drama es que el kirchnerismo ha destruido por completo la seguridad jurídica para los inversores, algo que no los perjudica a ellos porque tienen muchos lugares en el mundo donde invertir, sino que esa destrucción de la seguridad jurídica afecta a los sectores de menores ingresos porque al no haber inversiones no consiguen trabajo ni mejoras salariales basadas en incrementos de la productividad de la economía.

El mayor destrozo que ha producido el kirchnerismo no es la fuerte distorsión de precios relativos, la inflación y una carga tributaria desorbitante. El mayor destrozo lo ha hecho en las instituciones. En las reglas de juego. En la seguridad jurídica. En el respeto por los derechos de propiedad.

Esa es la herencia que dejan estos 10 años de kirchnerismo. El haber arrasado con la condición básica para el crecimiento: la calidad institucional. Y no está en el espíritu del kirchnerismo corregir ese problema. Primero porque no cree en esa relación entre calidad institucional y crecimiento, y segundo porque aunque quisiera cambiar ya nadie les creería. Por eso el kirchnerismo sólo puede ofrecer decadencia económica. Porque está en sus genes el desprecio por la calidad institucional.

Si hoy la gente tiene miedo a perder su trabajo, el salario no le alcanza para llegar a fin de mes y lo matan con impuestos, lo que tiene que saber la gente es que la causa última de sus problemas tiene que ver con esas palabras que parecen tan difusas pero son tan importantes: calidad institucional..

Roberto Cachanosky es Licenciado en Economía, (UCA)y ha sido director del Departamento de Política Económica de ESEADE y profesor de Economía Aplicada en el máster de Economía y Administración de ESEADE.

¿Ante el abismo cambiario, el suicidio?

Por Enrique Blasco Garma. Publicado el 7/5/13 en http://www.ambito.com/diario/noticia.asp?id=687062

 La depreciación del peso, medida por el dólar «blue» o marginal, despierta temores a alteraciones de parámetros, con consecuencias imprevisibles, e incentiva propuestas de urgentes acomodamientos. Reclamos de ajustes inmediatos, para corregir la inflación y el abusado «atraso cambiario». Todo lo cual genera gran inquietud. En estas circunstancias, los gobiernos que se apresuraron y dispusieron medidas no bien evaluadas fueron siempre suicidas. En poco tiempo, el salto devaluatorio precipitó desplomes de la demanda global, del poder adquisitivo del salario, quebrantos empresarios, del sistema financiero, conflictos sociales que recortaron la aceptación y sustentabilidad de los gobiernos. Un hito dramático fue el Rodrigazo de 1975, que devaluó el peso y elevó las tarifas de servicios públicos dramáticamente, fulminando los activos financieros y patrimonios de los ahorristas, empresas y diezmó la clase media y llevó la miseria a estratos desconocidos. Enseguida, el desorden y conflictos resultantes también alumbraron la caída del Gobierno y el golpe del último Gobierno militar.

No sólo gobiernos democráticos sufrieron las consecuencias de devaluaciones apresuradas. El proceso militar, al final de la gestión Videla-Martínez de Hoz, alteró la «tablita» cambiaria, con un ajuste de «apenas» un 10%. Ese quebrantamiento de expectativas alimentó perspectivas de nuevas «correcciones», que se materializaron en pocos meses, con sendas devaluaciones del 30% cada una, para «reacelerar» la economía y «corregir el atraso cambiario». Si bien el ministro y su jefe duraron poco, los argentinos volvieron a experimentar los rigores de «correcciones» para alentar la economía, que no hicieron más que contraer los ingresos y engrosar desazones y descontentos.

Ya en democracia, la devaluación del 6 de febrero de 1989 no sólo tumbó al gabinete si no que aseguró la pérdida del Gobierno en las próximas elecciones. En consecuencia, el desprestigio del Gobierno de Alfonsín fue tan grave que precipitó un traspaso anticipado, aun antes del término del mandato constitucional, a Menem, triunfador en los comicios. Repasando la historia argentina, no existe ninguna circunstancia en que un Gobierno produzca una devaluación brusca, a mitad de su mandato, y lo concluya.

En los análisis y recomendaciones de propulsores de medidas correctoras se advierten algunas fallas gruesas. La cotización del «blue» es un valor de salida, y al mismo tiempo de entrada, el precio del billete para sacar, unas personas, y entrar otras, capitales al país, en las actuales circunstancias. Cada comprador encuentra un vendedor, ambos dispuestos a efectuar la transacción contraria, unos compran la misma y exacta cantidad que otros venden. El valor del billete no incide en los niveles generales de precios, que vienen anclados, fundamentalmente, por el tipo de cambio único oficial. Los salarios, precios y tarifas se pactan con una expectativa cambiaria y de evolución de la demanda y condiciones productivas y normativas. No es verdad que la suba del «blue» eleve los niveles generales de precios. La competencia de oferentes y demandantes comprime los precios del mercado en una franja acotada por costos de importación e ingresos de exportación, salarios, impuesto, regulaciones y otros costos. El «blue» no tiene injerencia, aunque algunos pretendan utilizarlo como excusa.

Si queremos realmente atenuar la inflación, nunca se puede proponer devaluar la moneda. Devaluar es siempre elevar precios internos. No obstante, muchas propuestas para combatir la inflación comienzan recomendando devaluar.

El actual abismo cambiario guarda similitud con el abismo fiscal y las discusiones de la deuda pública en EE.UU. Frente al abismo, los funcionarios y legisladores responsables lo evitaron. En nuestro medio, advierto una pulsión suicida, similar a la de los experimentos de Henri Laborit, biólogo francés nacido en Hanoi. De sus experimentos con cobayos, Laborit saca las siguientes conclusiones, que extrapola al psiquismo humano:

1°) Ante una situación displacentera, un cobayo huirá o intentará controlarla. 2º) Si el cobayo no puede ni huir ni dominar la situación distresante, sufrirá afecciones psicosomáticas y le bajarán las defensas del sistema inmunitario hasta que probablemente muera como consecuencia de un «suicidio» instigado. Esas condiciones incentivan el salto «hacia adelante», el hacer algo aunque finalmente provoque su propia destrucción.

Enrique Blasco Garma es Ph.D (cand) y MA in Economics University of Chicago. Licenciado en Economia, Universidad de Buenos Aires. Es Economista del Centro de Investigaciones Institucionales y de Mercado de Argentina CIIMA/ESEADE. Profesor visitante a cargo del curso Sist. y Org. Financieros Internacionales, en la Maestria de Economia y C. Politicas, ESEADE.