Dime cuántos impuestos pagas y te diré que autoritario es tu gobierno

Por Gabriel Boragina. Publicado en: https://visionliberal.com.ar/dime-cuantos-impuestos-pagas-y-te-dire-que-autoritario-es-tu-gobierno/

 

Los totalitarismos no tienen mejor instrumento de opresión a su alcance que el régimen tributario, pues al arrancar de manos del que posee algo que es fruto de su sudor y de su esfuerzo, so color de tributo fiscal, introduce la amargura y la violencia que hacen germinar, casi siempre, el áspero fruto de la revolución.”[1]

Plausible reflexión, ya que, ¿qué otra cosa que el “arrancar de manos del que posee algo que es fruto de su sudor y de su esfuerzo” es el tributo fiscal?

El impuesto es eso mismo y su naturaleza no cambia, sea que se lo aplique en un régimen totalitario o en otro no-totalitario, porque en ambos sistemas lo que el impuesto tiene en común es su naturaleza forzosa, precisamente su imposición por sobre la libre determinación del ciudadano a pagarlo o no.

Cuanto más altas son estas dos variables más totalitario es el régimen que las aumenta. Solo los regímenes anti totalitarios carecerían de impuestos, pero a la fecha no tenemos conocimiento de la existencia de ninguno.

Lo único que determina cuando un impuesto es instrumento de opresión es el bolsillo de aquel del cual debe salir, sin importar cual sea el régimen político que impere donde vive.

“Desde el punto de vista político y económico, el economista Wagner admite las dos expresiones del derecho de imposición de los impuestos: la primera, política, nace de la necesidad social de subsistencia por lo cual se ha creado, por “derecho histórico”, la coerción para hacer efectivos los ingresos. Las finalidades son netamente financieras, o bien de política social, para reglamentar la repartición y empleo de las rentas y de las fortunas.”[2]

“Necesidad social de subsistencia” es otra forma de designar aquellas supuestas “necesidades” del “estado” que ya hemos refutado antes. La sociedad provee a su propia subsistencia sin necesidad del impuesto, y no hay registro histórico de que la gente haya necesitado del impuesto para subsistir. Lo ha hecho sin impuestos durante siglos desde la creación del mundo, mediante la caza y la pesca al principio, la agricultura y ganadería después, y el comercio e intercambio de sus productos con sus semejantes hasta hoy.

El impuesto no ha desempeñado ningún papel en ese proceso, excepto el de obstaculizar primero y llegar a impedir después todo ese desenvolvimiento social natural que significó y continúa representando el libre comercio. Por el contrario, el impuesto no contribuye a la subsistencia social, sino que la ataca y entorpece.

Otro despropósito de la cita es el referido a un supuesto “derecho histórico” justificando “la coerción para hacer efectivos los ingresos”. No existe ningún “derecho histórico” en tal sentido, porque el derecho ha experimentado una lenta evolución a través de los siglos, y no ha tenido ni tiene un sentido univoco. Bastará recordar que en la antigüedad por “derecho” se consideraba la sola voluntad del líder, jefe, rey, monarca, emperador, y en el siglo XX la del Führer, el Duce o el secretario general del partido comunista soviético. A todo esto -en cada momento histórico- se lo llamó “derecho”. ¿a cuál “derecho histórico” de todos estos se refiere Wagner?

Por otra parte, que a lo largo de la historia los gobernantes hayan hecho recurrente uso de la fuerza para cobrar tributos no configura un “derecho” por ese simple motivo. El inicio del uso de la violencia -contra uno o muchos- nunca constituye un “derecho” sino lo contrario a derecho.

Utilizando el mismo “argumento” del autor, podría decirse -sin temor a equivocarse- que crímenes han existido desde Caín y Abel en adelante. Pero con ese “fundamento” no podemos convalidar un “derecho histórico al crimen”.

Ninguna “finalidad financiera” y menos aún de “política social” autoriza el uso agresivo de la fuerza contra terceros indefensos llamados irónicamente contribuyentes como si lo pagaran voluntariamente.

Si alguien necesita de la coerción para hacer efectivo el ingreso a sus arcas de dinero propiedad de un tercero, eso -desde que el mundo es mundo- se llama robo, atraco, latrocinio, desfalco, etc. porque, necesariamente, requiere de una imposición, es decir, de un acto de fuerza contra la voluntad del despojado. No cambia la cosa que el ladrón se haga llamar por todos “gobierno”, “estado”, “nación”, si roba será siempre un ladrón, con o sin título “legal”. Pero Goldstein no está de acuerdo y dice:

“Abonando estos conceptos expresa el profesor argentino A. Ruzo que, la “democracia tiene una relación esencial con un buen régimen tributario. Cuando el Estado impone al pueblo el sacrificio de una contribución monetaria o cuando el Estado crea un servicio público que él monopoliza y que por eso mismo lo hace obligatorio —como ocurre con el correo o las obras sanitarias, que está vedado explotarse como industria privada— ejercita una actividad propia de su soberanía, y este poder soberano de echar la carga sobre el pueblo, de arrebatar a los particulares una parte de su riqueza —lesionando así el principio de la inviolabilidad de la propiedad privada y que en otras circunstancias se calificaría de confiscatorio— dimana de un mandato de la colectividad ejercitado por medio de sus representantes legales y que importa la decisión colectiva de hacer entrega al Estado de la parte alícuota del patrimonio particular, a fin de que pueda este cumplir con los objetivos para los que ha sido creado como entidad jurídica directiva que representa la sociedad.”[3]

Nuevamente aparece la confusión semántica (y conceptual) entre “estado” y gobierno. Es el gobierno y no el “estado” el que crea e impone el impuesto. Nosotros no estamos de acuerdo con que el gobierno establezca monopolios, ni mucho menos que los haga obligatorios, ya que ninguna -de ambas cosas- son “necesarias” o “necesidades” del “estado” (para seguir usando la terminología de los autores que se vienen citando en los pasajes estudiados). Tampoco concordamos con que la creación de monopolios obligatorios sea “una actividad propia de su soberanía”, ni aun cuando estuviera determinado en una Constitución política, como ha sido el caso de varias naciones, y la de la Argentina misma con la tristemente recordada “constitución” de 1949. No existe ningún poder soberano “de echar la carga sobre el pueblo, de arrebatar a los particulares una parte de su riqueza—lesionando así el principio de la inviolabilidad de la propiedad privada”, porque de admitirse tal dislate no habría límite alguno para tal supuesto “poder soberano”, y así como decide arrebatar una parte puede -con el mismo “argumento”- decretar arrebatar el todo, incluyendo las libertades individuales, y no sólo las riquezas que ellas producen.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero. Síguelo en  @GBoragina

¿Para qué sirven los impuestos?

Por Gabriel Boragina. Publicado en:  http://www.accionhumana.com/2020/04/para-que-sirven-los-impuestos.html

 

“…los totalitarismos no tienen mejor instrumento de opresión a su alcance que el régimen tributario, pues al arrancar de manos del que posee algo que es fruto de su sudor y de su esfuerzo, so color de tributo fiscal, introduce la amargura y la violencia que hacen germinar, casi siempre, el áspero fruto de la revolución.”[1]

Plausible reflexión, ya que, ¿qué otra cosa que el “arrancar de manos del que posee algo que es fruto de su sudor y de su esfuerzo” es el tributo fiscal? El impuesto es eso mismo, y su naturaleza no cambia, sea que se lo aplique en un régimen totalitario o en otro no-totalitario, porque en ambos sistemas lo que el impuesto tiene en común es su naturaleza forzosa, precisamente su imposición por sobre la libre determinación del ciudadano a pagarlo o no. Lo que diferencia a un régimen totalitario de otro contrario no es la existencia o no de los impuestos sino su cuantía y alícuota. Cuanto más altas son estas dos variables más totalitario es el régimen que las aumenta. Solo los regímenes anti totalitarios carecerían de impuestos, pero a la fecha no tenemos conocimiento de la existencia de ninguno. Lo único que determina cuando un impuesto es instrumento de opresión es el bolsillo de aquel del cual debe salir, sin importar cual sea el régimen político que impere donde vive.

“Desde el punto de vista político y económico, el economista Wagner admite las dos expresiones del derecho de imposición de los impuestos: la primera, política, nace de la necesidad social de subsistencia por lo cual se ha creado, por “derecho histórico”, la coerción para hacer efectivos los ingresos. Las finalidades son netamente financieras, o bien de política social, para reglamentar la repartición y empleo de las rentas y de las fortunas.”[2]

“necesidad social de subsistencia” es otra forma de designar aquellas supuestas “necesidades” del “estado” que ya hemos refutado antes. La sociedad provee a su propia subsistencia sin necesidad del impuesto, y no hay registro histórico de que la gente haya necesitado del impuesto para subsistir. Lo ha hecho sin impuestos durante siglos desde la creación del mundo, mediante la caza y la pesca al principio, la agricultura y ganadería después, y el comercio e intercambio de sus productos con sus semejantes hasta hoy.

El impuesto no ha desempeñado ningún papel en ese proceso, excepto el de obstaculizar primero y llegar a impedir después todo ese desenvolvimiento social natural que significó y continúa representando el libre comercio. Por el contrario, el impuesto no contribuye a la subsistencia social, sino que la ataca y entorpece.

Otro despropósito de la cita es el referido a un supuesto “derecho histórico” justificando “la coerción para hacer efectivos los ingresos”. No existe ningún “derecho histórico” en tal sentido, porque el derecho ha experimentado una lenta evolución a través de los siglos, y no ha tenido ni tiene un sentido univoco. Bastará recordar que en la antigüedad por “derecho” se consideraba la sola voluntad del líder, jefe, rey, monarca, emperador, y en el siglo XX la del Führer, el Duce o el secretario general del partido comunista soviético. A todo esto -en cada momento histórico- se lo llamó “derecho”. ¿a cuál “derecho histórico” de todos estos se refiere Wagner?

Por otra parte, que a lo largo de la historia los gobernantes hayan hecho recurrente uso de la fuerza para cobrar tributos no configura un “derecho” por ese simple motivo. El inicio del uso de la violencia -contra uno o muchos- nunca constituye un “derecho” sino lo contrario a derecho.

Utilizando el mismo “argumento” del autor, podría decirse -sin temor a equivocarse- que crímenes han existido desde Caín y Abel en adelante. Pero con ese “fundamento” no podemos convalidar un “derecho histórico al crimen”.

Ninguna “finalidad financiera” y menos aún de “política social” autoriza el uso agresivo de la fuerza contra terceros indefensos llamados irónicamente contribuyentes como si lo pagaran voluntariamente.

Si alguien necesita de la coerción para hacer efectivo el ingreso a sus arcas de dinero propiedad de un tercero, eso -desde que el mundo es mundo- se llama robo, atraco, latrocinio, desfalco, etc. porque, necesariamente, requiere de una imposición, es decir, de un acto de fuerza contra la voluntad del despojado. No cambia la cosa que el ladrón se haga llamar por todos “gobierno”, “estado”, “nación”, si roba será siempre un ladrón, con o sin título “legal”. Pero Goldstein no está de acuerdo y dice:

“Abonando estos conceptos expresa el profesor argentino A. Ruzo que, la “democracia tiene una relación esencial con un buen régimen tributario. Cuando el Estado impone al pueblo el sacrificio de una contribución monetaria o cuando el Estado crea un servicio público que él monopoliza y que por eso mismo lo hace obligatorio —como ocurre con el correo o las obras sanitarias, que está vedado explotarse como industria privada— ejercita una actividad propia de su soberanía, y este poder soberano de echar la carga sobre el pueblo, de arrebatar a los particulares una parte de su riqueza —lesionando así el principio de la inviolabilidad de la propiedad privada y que en otras circunstancias se calificaría de confiscatorio— dimana de un mandato de la colectividad ejercitado por medio de sus representantes legales y que importa la decisión colectiva de hacer entrega al Estado de la parte alícuota del patrimonio particular, a fin de que pueda este cumplir con los objetivos para los que ha sido creado como entidad jurídica directiva que representa la sociedad.”[3]

Nuevamente aparece la confusión semántica (y conceptual) entre “estado” y gobierno. Es el gobierno y no el “estado” el que crea e impone el impuesto. Nosotros no estamos de acuerdo con que el gobierno establezca monopolios, ni mucho menos que los haga obligatorios, ya que ninguna -de ambas cosas- son “necesarias” o “necesidades” del “estado” (para seguir usando la terminología de los autores que se vienen citando en los pasajes estudiados). Tampoco concordamos con que la creación de monopolios obligatorios sea “una actividad propia de su soberanía”, ni aun cuando estuviera determinado en una Constitución política, como ha sido el caso de varias naciones, y la de la Argentina misma con la tristemente recordada “constitución” de 1949. No existe ningún poder soberano “de echar la carga sobre el pueblo, de arrebatar a los particulares una parte de su riqueza—lesionando así el principio de la inviolabilidad de la propiedad privada”, porque de admitirse tal dislate no habría límite alguno para tal supuesto “poder soberano”, y así como decide arrebatar una parte puede -con el mismo “argumento”- decretar arrebatar el todo, incluyendo las libertades individuales, y no sólo las riquezas que ellas producen.

[1] Mateo Goldstein. Voz “IMPUESTOS” en Enciclopedia Jurídica OMEBA, TOMO 15 letra I Grupo 05.

[2] Goldstein, M. ibidem. Op. Cit.

[3] Goldstein, M. ibidem. Op. Cit.

 

Gabriel Boragina es Abogado. Master en Economía y Administración de Empresas de ESEADE. Fue miembro titular del Departamento de Política Económica de ESEADE. Ex Secretario general de la ASEDE (Asociación de Egresados ESEADE) Autor de numerosos libros y colaborador en diversos medios del país y del extranjero. Síguelo en  @GBoragina

EL PROBLEMA DEL KIRCHNERISMO NO ES LA CORRUPCIÓN.

Por Gabriel J. Zanotti. Publicado el 19/6/16 en: http://gzanotti.blogspot.com.ar/2016/06/el-problema-del-kirchnerismo-no-es-la.html

 

Si, fue digno de la mejor película. A Woody Allen le faltó imaginarse esta escena en Robó, huyo y lo pescaron.  Un altísimo ex funcionario, a la madrugada, tirando bolsas de dólares robados por la ladera de un convento. Impresionante. Grotesco, en realidad, como grotesco fue el final de fiesta del gobierno de Isabelita Perón. Un ADN que, se ve, lo tienen bien incorporado.

Pero el problema consiste en que casi todos piensan que ESO es el kirchnerismo. Y no, lamntablemente no.

A todos habrá asombrado la carta en facebook de Cristina Ferdández de Kirchner. A mí no. Fue coherente. Se aferra a una ideología que siempre la sostuvo.

Lo voy a repetir: el kirchnerismo ES Montoneros. ES el peronismo marxista violento. Que tal vez volvió como comedia, puede ser. Pero el daño que podrían haber hecho es tan terrible que, justamente, lo que nos salvó de ese peronismo fue su propia impericia –más de Cristina que de Néstor- en lo cual se incluyen sus grotescos actos de corrupción. Porque fueron sus psicópatas y mafiosos personajes, finalmente, lo que inclinó a muchos votantes por Mauricio Macri, en ese 54% vesus 46% que algún día también se sabrá.

De lo contrario, con un poco de buena administración y honestidad, el kirchnerismo seguiría en el poder. Porque lo que lo define no es su corrupción. Lo definieron, en cambio, estas cosas:

–          Su política de derechos humanos, juzgando para un solo lado, poniendo presos políticos y apoyando a Hebe de Bonafini.

–          Su desprecio sistemático de la división de poderes. Eso no es corrupción. Es autoritarismo 101, “por el bien del pueblo”.

–          Su consiguiente desprecio por las instituciones republicanas y la concentración del poder.

–          Su persecución de la prensa libre, porque en realidad son “los medios concentrados”.

–          Su tremenda carga impositiva, su gasto publico, su estatismo.

–          Su apoyo incondicional a Castro y Venezuela.

–          Su política de redistribución del ingreso basada en los “planes trabajar” y etc.

¿Es necesario seguir? No, lo necesario es recalcar que todo ello fue apoyado y seguiría apoyado por la mayoría de la población, o a muchos no les importó en absoluto, mientras pudieran seguir con su asadito del domingo, Tinelli y el fulbo.

Ahora bien, ninguna de esas políticas implica necesariamente corrupción, y menos aún este tipo de corrupción grotesca que hemos vivido.

Pero sí fueron medidas que incentivaron las causas estructurales de la corrupción, cosa que también la mayoría de las argentinos ignora, especialmente aquellos que dicen que “lo que se necesita es gente honesta” cosa en la cual este gobierno ha caído también.

Como siempre, somos los liberales clásicos los que nos matamos todos los días explicando qué es la escuela del Public Choice, que explica lo que es una sociedad en busca de la torta del estado y los problemas de incentivos al gasto que ello produce, con lo cual la tentación de robarse gran parte del presupuesto es enorme. Pero no, no vaya a ser que algún dirigente lo estudie. Porque la responsabilidad principal la tienen por un lado los académicos que desprecian todo esto y, por el otro, los que dicen no tener ideologia, los que dicen que lo importante es la gestión, y miran con desprecio a cualquier encuadre “teórico” que alguien intente explicarles.

Por lo tanto:

–          El autoritarismo y el estatismo de los Kirchner, y su opción pro-Cuba y pro-Venezuela, NO son una cuestión de corrupción sino una profunda cuestión ideológica, heredada del peronismo de los 70 y que siguie siendo apoyada por la mayoría de la población, incluso políticos y académicos que siempre se dijeron NO kirchneristas.

–          Nos salvamos del kirchnerismo NO porque la población haya rechazado eso, sino por las divisiones internas del peronismo (NO la división de poderes), sus asesinatos visibles (Nissman); sus robos, fraudes y corrupciones grotescas, y sus psicopáticos personajes.

–          El estatismo de los Kirchner fomentó aún más, por supuesto, las causas estrucutrales de la corrupción (el Estado central) que NINGUN gobierno, desde el 55, pudo revertir.

–          Los académicos, y los dirigentes políticos ignoran o desprecian las enseñanas del liberalismo clásico y de la Escuela del Public Choice que podrían explicarles cuáles son las causas estructurales de la corrupción.

–          El actual gobierno parace despreciarlas también. Que Dios los ayude.

 

Sí. Robó, huyó y lo pescaron. Fue pescado López y serán pescados algunos otros. Pero la ideología kirchnerista no robó, no huyó, y NO la pescaron ni la perciben la mayoría de los anti-kirchneristas que hoy festejan.

 

Gabriel J. Zanotti es Profesor y Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino (UNSTA), Doctor en Filosofía, Universidad Católica Argentina (UCA). Es Profesor titular, de Epistemología de la Comunicación Social en la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor de la Escuela de Post-grado de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral. Profesor co-titular del seminario de epistemología en el doctorado en Administración del CEMA. Director Académico del Instituto Acton Argentina. Profesor visitante de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala. Fue profesor Titular de Metodología de las Ciencias Sociales en el Master en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE, y miembro de su departamento de investigación.